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Una japonesa en Valladolid

28 jul

Cuando el tren paró en León, yo me despabilé y una japonesa se subió. El hecho mismo de ver a una japonesa en León resulta extravagante por sí solo, como si a la perífrasis le faltara algo. Mis impresiones sobre León están basadas en algunas lecturas sobre la infancia de Durruti y las imágenes que retengo de soslayo cada vez que marcho y vuelvo de Oviedo en tren. Seguir leyendo

Esperando a Grouchy

23 jun

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La tendremos, dijo Napoleón el 18 de junio de 1815 por la mañana, al ver desde Le Caillou que ninguno de los 60 mil soldados de la coalición comandada por Wellington se había movido de su sitio desde Hougomount hasta Papelotte. Y la tuvieron, naturalmente. Seguir leyendo

Cruzando el Sarónico

27 mar

En septiembre de 2008 yo tenía 20 años y hacía segundo de Periodismo. Nos dio, a mí y a un par de amigos, por irnos una semana a Grecia. Era la segunda vez en toda mi vida que salía al extranjero. No sabía lo que hoy sé, ni de Grecia ni de la vida: no es que ahora sepa mucho, pero voy avanzando en lo de gnosti té auton.  Simplemente, sentía una atracción sorda y disparatada por Atenas y la Acrópolis. Muchas veces, después, he lamentado no haberme formado más en aquel tiempo. Jenofonte, Tucídides, Homero y Sófocles vinieron luego, Seguir leyendo

París en una calle

3 feb

Antes de pisar París había leído, naturalmente, algunas cosas sobre ella. Crónicas de Gaziel, la primera parte de Los tres mosqueteros -libro que no he consumado, de cuya lectura el fantasma recorre encadenado mi alcoba en las noches de insomnio-, Fiesta de Hemingway, algún folletín en mi adolescencia de lecturas sin tino, y cómo no, El Conde de Montecristo. Libro que condonó mi deuda, finalmente, con el espectro pantagruélico de Dumas. A París, digo, llegué yo a través del metro. Sale uno de España renegando de lo que tiene, por la españolía esa que, ya saben, obliga (como antes obligaba a batirse la nobleza), y al primer encuentro con Francia topéme con una estación en obras; un servicio metropolitano poco intuitivo, enrevesado, y con un fulano cagando junto a las escaleras mecánicas. No obstante, al emerger en la superficie lo percibí todo con manifiesta claridad: la grandeur. Seguir leyendo

El Muro de los Navarros

27 dic

Me gusta fantasear. Uno de mis grandes defectos es que tengo una imaginación desbocada, pero oye, nadie es perfecto. El caso es que si voy caminando por la calle, o si estoy en una clase que me aburre (lo que sucede a menudo) o si simplemente dispongo de tiempo libre (lo que también ocurre a menudo, demasiado frecuentemente), mi mente, como si tuviera un piloto automático, desconecta de la realidad y se pone a inventar historias. A hollar terrenos vírgenes. Bonita metáfora, la de hollar. Terrenos vírgenes. Como si quedaran. Seguir leyendo

Bilbao

22 sep

Hace poco fui a Bilbao. Se está bien en Bilbao. Es una ciudad agradable, rica, sin llegar a la opulencia: clásica, burguesa, cosmopolita. A lo menos, no a la opulencia urbana de Madrid, que es la desmesura; más en la línea de Barcelona o incluso Málaga (la menos andaluza de las ciudades andaluzas), con esa arquitectura mixta de ensanche decimonónico y calatravismo, tan europea. A Bilbao le falta la luz del Mediterráneo para ser Málaga; le sobran puentes para ser Oviedo; carece de la epidermis anarcopop barcelonesa, pero es, en suma, una ciudad viva y fresca. Garbosa, ajena al letargo en que parecen sumidas las ciudades de Andalucía, La Mancha o Castilla, tan aplastadas por el sol ubicuo. Seguir leyendo

Lisboa

29 may

El camino hacia Lisboa desde el Algarve es particularmente curioso. Cualquiera diría que la península ibérica se suaviza a medida que abandona España por el oeste, como si dejase todo lo áspero, todo lo hirsuto de su paisaje y todo lo agreste en el lado español de la frontera. En el sur no hay paralelismo posible entre Andalucía y el Algarve. Andalucía se alza tras Sierra Morena, se levanta arrogante más allá de Despeñaperros, izándose al cielo del mundo como una bandera blanca rebosante en su fulgor. El Algarve, en cambio, aparece ante nosotros sin hacer ruido, como escondido o, mejor, mucho mejor: ensimismado. Desde Huelva va uno atravesando la fronda selvática que cubre Doñana por el norte y de repente se encuentra una llanura y un puente: el Internacional del Guadiana, un tiralíneas de acero sobre el río que huye y que nos deja en mitad de una carretera amable. Portugal se enrisca a poco de avanzar sobre ella. Cuando uno deja a su izquierda el Atlántico van surgiendo como motas blancas en un tapete bajo, entre verde y ocre, los pueblitos de esa Costa del Sol preservada en su semi-virginidad que es el litoral portugués hasta Sagres y el cabo de San Vicente. Tavira, Faro, Albufeira. Seguir leyendo

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