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Rigor mortis

12 may

El fútbol es una feria continua del tópico. El lugar común, la frase hecha, el sintagma recurrente, la simpleza, en suma, abonan constantemente el lenguaje balompédico. Desde el de los profesionales hasta el de los sencillos aficionados, que repiten en la barra del bar las frivolidades gramaticales o las estupideces más inanes que oyen de boca de los protagonistas del circo. De los suyos y de los otros. No hay apenas excepciones. Por supuesto, el periodismo ejerce de catalizador de todo esto. Propaga, vaporiza y licúa ese lenguaje residual y paupérrimo del que viven a diario, y que tanto futbolistas como hinchas absorben a fuer de leer periódicos, escuchar programas de radio o ver tertulias. Una de las cimas de esta verbalización lánguida del fútbol es la actitud. “Faltó actitud”, dicen las crónicas. “Se tocaron los cojones”, gruñe la plebe. “No le echaron huevos”, asume resignado el triste analista de Twitter, Facebook o cola de la caja de Mercadona. La actitud. ¿Qué coño es la actitud? “El Madrid no tuvo actitud ayer”, como si esa cosa porosa, ese ente ingrávido que sobrevuela los estadios fuese algo palpable o que se manejase a voluntad. ¿Quién puede delimitar la actitud? Actitud e intensidad son varias gradaciones de una misma cosa: el ánimo colectivo de un grupo. Entre la desidia y el esfuerzo conservador hay escalas, modulaciones de la conducta, y, naturalmente, un abismo. Si el Madrid hubiese ganado al Valencia el domingo pasado, es muy probable que desde Ancelotti hasta los tocados o recién recuperados (como Khedira o Arbeloa) hubieran asumido riesgos en la evidente caza del título. Pero el cuervo de tres ojos dejó de estar a la vista de este equipo con el gol de Parejo en el Bernabéu, y más aún, desde el Pizjuán, su vuelo era visible pero cada día más inasible, y el análisis que prescinda de  estos factores quedará tullido de una pierna. O de las dos. El Madrid no tiró la Liga: sencillamente, esta semana la compitió con la gasolina en reserva.

Ancelotti compuso un bloque serio con los retales que le fueron quedando. Ni Varane, ni Pepe, ni Carvajal; tampoco Di María, ni los tres velociraptors del volcán asimétrico ofensivo de Carletto. Con tal parte de bajas, Arbeloa y Khedira cayeron sobre el equipo como dos gotas de maná en mitad del desierto. Suyos fueron el carril derecho: acompañando a Arbeloa formaron Nacho, Ramos y Marcelo, y junto a Khedira, Alonso y Casemiro se desplegaron en testudo sobre el soleado prado vigués. Morata, Isco y Modric aleteaban por delante pero nunca picaron como las abejas. El Celta disputó fuerte cada centímetro del centro del campo, y la primera parte quedó secuestrada entre el empeño estéril de los madridistas por domar el tempo del juego y el ímpetu local por romper la parsimonia visitante. Con ese ritmo anodino, con ese pragmatismo sucio que induce al sopor de la siesta veraniega, el Madrid pretendió bloquear las salidas rápidas de Rafinha, Charles, Nolito, Orellana y Krohn-Deli, jugadores todos muy técnicos y violentos con el balón controlado. Violentos, quiero decir, en su acepción más sport: son jugadores hábiles que no rehúyen la refriega con los centrales, que no retiran la pierna y que necesitan pocos toques para construir una pequeña tragedia en el área del adversario. Así murió el Madrid. Rondando el minuto 40, Ramos tuvo un dèja vu de su antiguo y epiléptico ser. El otro yo, el viejo yo de siempre, el superyo de Ramos poseyó el cuerpo del capitán madridista y una pelota tranquila que le llegó cuando era el último hombre de su equipo se convirtió de pronto en un estrépito de loza rota. Ramos intentó una media verónica y Charles le empitonó por la cintura, sin sangre. El árbitro dejó seguir y Balaídos festejó iracundo que el Madrid ya no estaba en la Liga.

Toda la segunda mitad fue un funeral de Estado. Con el Real Madrid de cuerpo presente, Luis Enrique se hizo cargo de adecentar la capilla ardiente con un gusto muy clásico. Se nota que pertenece al añejo antimadridismo de siempre, al de antes, al de toda la vida. Ese estilo celtíbero se pudo admirar en el color de las cortinas, en el sencillo y sobrio roble del ataúd y en los hombres de negro fumando en la puerta mientras las mujeres hablan de sus cosas delante del muerto. El Madrid se fue desquiciando progresivamente delante de Sergio, el portero del Celta, que sacó tres o cuatro manos de gran mérito. Nadie puede argüir aquello de la “actitud”: el Madrid peleó con la dignidad de Omar Little tirándose por el balcón antes de morir baleado por tres sicarios. Lisboa es la luna que regula las mareas de este equipo, y resulta casi inhumano pedirle a Ancelotti que sea de otra manera. Si el Madrid no hubiese perdido ante Barcelona y Sevilla, es bastante probable que a 3 jornadas del final fuese campeón de Liga. El triplete, entonces, sería una realidad tangible. Pero el triplete, jóvenes muchachos, es una entelequia moderna. Una exigencia contemporánea, algo ajeno a la concepción antigua del deporte profesional que nos trajo Guardiola en 2009 y que luego repitieron Mourinho con el Inter y Heycknes con el Bayern y a todos nos pareció algo consuetudinario. Pero para ceñirse la triple corona hay que manufacturar la Liga en marzo y fue ahí cuando el Madrid padeció su última crisis de ansiedad: quién sabe si de no ocurrir aquello este equipo, este mismo grupo inestable y necesitado de imponderables, hubiera ganado en Munich como lo hizo. La Historia no admite retrospectivas especulatorias. Sin embargo, a esta generación aún le queda un partido de trascendencia universal, que ya aborda la luz del nuevo día con la carga fulminante de la tinta con la que se escribe el futuro. Lisboa será uno de esos días que justifican toda una vida.

La flor de mi señorita

8 may

En Valladolid hace mucho frío. O eso dicen, porque yo no he estado nunca. Pienso en Valladolid y la única imagen que se me viene a la cabeza es la del estadio José Zorrilla, por lo que la ciudad se me figura como él: grande, desangelada y poco estimulante. Si hay partidos que transmitan poco, sin duda, son los Madrid-Valladolid y viceversa. Cuando se despertó, el Valladolid-Real Madrid seguía allí. Y así siempre. El José Zorilla, no obstante, guarda uno de los recuerdos más hermosos a la par que fútiles de nuestra adolescencia madridista: la ruleta fallida de Zidane. Fue el annus horribilis de Queiroz, cuando aún éramos jóvenes, bellos, inconscientes. Zidane fue sorteando rivales metiéndole paredes inverosímiles a Ronaldo entre las piernas de los defensores. El gordo genial se las iba devolviendo todas al primer toque, pam, pam, pam, hasta que el franciscano de Marsella giró 180 grados sobre el eje rotatorio de su leyenda y a puerta vacía mandó el balón medio metro por encima del larguero. Diez años después podemos decir que en aquella jugada estaba dibujado el destino de aquel Madrid fastuoso que al final se quedó en fuegos de artificio. El partido de anoche no tuvo nada de grandeza, por supuesto. El Madrid llegó urgido por una Liga escurridiza y ungido por la misión sacramental de Lisboa, que ya lo acapara todo, ocupa todo el espacio vital del madridismo, abarca urbi et orbe el deseo, los sueños y las pesadillas de cada uno de los hijos de Israel.

Varane, Carvajal y Bale se cayeron a última hora de la convocatoria, y Ancelotti lo puso todo encima de la mesa: all in, que nadie diga que no lo intentamos. Isco relevó al dragón galés en uno de esos partidos a priori feos donde se intuye que su viveza fantástica termina diluyéndose en las patadas de los contrarios. Sin embargo, acabó siendo de los mejores. El ya canonizado 4-4-2 se esbozó sobre la maleza vallisoletana con una configuración extraña: Di María demasiado disperso por la derecha, Alarcón metido hacia el centro y Coentrao transitando la vereda de Benzema. No le dio tiempo a atascarse al Madrid porque Ronaldo pidió el cambio a los 5 minutos. Ocurrió justo después de quedar tendido en el suelo al intentar reinventar la física atravesando 3 rivales al mismo tiempo, como trinchándolos con un espeto. La imagen del héroe abandonando el césped por propia voluntad, quejándose amargamente, y además tan pronto, causó un hondo impacto entre las multitudes. En el campamento aqueo resonó un negro lamento: han abatido a Aquiles. ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Quién hará caer Troya? Debió ser lo mismo que sintieron los ingleses al evacuar Dunkerque. Salió por él Morata, con su frenesí habitual y con su típica retahíla de desgracias tragicómicas. El partido se fugó entonces a una dimensión opaca, inalienable, se emancipó del espectador o más bien fue el espectador el que se evadió de un enfrentamiento caótico, digno del mejor calcio medieval italiano.  El Valladolid pretendía encajar al Madrid sobre Casillas mediante ráfagas alternas de intensidad con poco acierto. Javi Guerra cabeceó ligeramente fuera un contragolpe académico que su equipo cargó sobre la espalda de Nacho y del Madrid apenas se tenían señales. Alonso, Modric, Isco y Di María tropezaban entre sí, el balón botaba como si fuera de Nivea, los pelotazos desde Peperamos al frente de ataque aumentaron en frecuencia e imprecisión, y todo fue una nebulosa aburrida hasta que a Benzema le pitaron una falta peligrosa en la frontal del área local.

Ausentes Ronaldo y Bale, Ramos asumió el encargo de chutarla. La metió con una maravillosa comba que quizá el portero pudo haber despejado de no tener una mano hecha de manteca. Sergio Ramos lleva desde el partido de Dortmund como poseído por un impulso sobrenatural. Es el Rey Midas de este Madrid de Ancelotti: todo lo que toca se hace de oro. De repente se ha serenado, juega con una naturalidad desconocida, con una seguridad inaudita. Distinguido siempre por ser un futbolista inestable, imprevisible, inclinado al desequilibrio emocional y proclive a las frivolidades más estúpidas, cualquiera diría que en su lugar está jugando un impostor con una careta. Es probable que lo de este Sergio Ramos adulto y consciente sea sólo flor de abril y mayo, o todo esto forme parte de una campaña de marketing de la HBO para anunciar la 4ª temporada de Juego de Tronos y el pequeño de los Stark lo esté manejando por telekinesia, como a Hodor. Sea como fuere, con el 0-1 el Madrid se dejó llevar meciéndose entre Modric, Isco y Benzema, quienes no generaban ocasiones de gol pero mantenían el juego en una pax augusta pasándose el balón con seguridad y acaparándolo el tiempo necesario para mantener al Valladolid corriendo tras los de naranja. Hasta que Carletto quitó del campo a 2 de esos 3 jugadores. Entraron Marcelo e Illarramendi, y como intención teórica estaba muy bien: conducir el partido hacia un sopor inofensivo, apatrullar la ciudad. En la práctica estos dos jugadores son ahora mismo futbolistas sin seguridad en sí mismos, torpedeados en su línea de flotación. Uno porque todavía tiene terrores nocturnos pensando en Klopp y el otro porque ha decidido vivir su última etapa en el Madrid como una vaca pastando que mira pasar los trenes. El trainspotting de Marcelo duele cada día menos y enerva cada vez más. El Valladolid arrinconó al Madrid durante 5 minutos mediante el ancestral rito del apedreamiento masivo, y en un córner mal defendido Osorio marchitó la flor de la Liga madridista con un inapelable cabezazo. Hincó la rodilla el Madrid, terminando en el corazón de Castilla una Liga irregular, que pudo ganarse con el arreón de enero a marzo, cuando el Real fue Armstrong subiendo el Tourmalet. Pero menos mal que nos queda Portugal.

Thriller

5 may

Después de una juerga apocalíptica siempre llega una resaca homicida. Es ley de vida, y qué es el Madrid sino la máxima expresión de ella. El 0-4 de Munich fue como un Big Bang, y ya se sabe que después de la explosión original el Universo se tomó unos días entre Matalascañas y Chipiona para relajarse mientras la piedra, los volcanes, la lava y el magma comenzaban a enfriarse. Siempre hay un lapso de tiempo más o menos breve en que se solidifica la lluvia de fuego y germina la vida. En ese repecho está el Madrid ahora, cuando Lisboa ya no es una letanía melancólica sino el pico del Alpe D´Huez surgiendo tras una curva. La disposición táctica no varió: parece claro que Ancelotti ya no renunciará a su abracadabra del 4-4-2. Bale e Isco hacían de brazos retráctiles ocupando los costados de Illarramendi y Alonso, y por delante Cristiano y Benzema permutaban sin cesar entre la punta del ataque y las bandas. Esta naturalización del caos es propio del sistema de Carletto. Tanto Karim como Ronaldo alternan la línea de cal con el balcón del área, de manera que la defensa rival suele quedarse sin un referente fijo. Si salen a buscarles a las alas, el pasillo central se convierte en un matadero con Bale cercenando la esperanza de los contrarios en un mundo mejor. Si permiten el deambular aparentemente inofensivo de los dos a lo largo del salón-comedor, las bandas arden como si lo describiese Homero y en un pestañear los adversarios se ven estrujados entre su portero y la frontal del área. Así fue la primera media hora del partido. Un vaivén plácido, sin violencia, con el Madrid meciendo al Valencia casi con cariño. Asentados sobre los mediocentros del post-carlismo punk, y huérfanos de Modric, Ronaldo, Bale, Benzema e Isco trazaban diagonales amables tras la espalda de Keita y Parejo. Parecía que el gol caería como el fruto al final de la primavera. Goles sin hostilidad. Fue todo un espejismo.

Y lo fue porque el Madrid volvió a deleitarnos con la ración diaria de ocasiones falladas y goles derrochados en el altar de la pegada. La pegada del Madrí, hay que tener poca vergüenza. El Madrid despilfarra goles cantados porque es un rockstar al que se le escapa el dinero por un agujero del bolsillo. Tengo tanto que me sobra. Un par de bastas definiciones de Cristiano, otro par de palomitas de Diego Alves y algunos cabezazos de Ramos aburrieron al equipo, que fue dejándose llevar por la modorra. Creyó estar ante un partido fácil y el Valencia, aprovechándose del ritmo bajísimo -lógico tras el desgaste de ambos equipos en una dura jornada europea intersemanal- se fue colgando de Parejo y Feghouli hasta el 0-1. El gol visitante se fue intuyendo durante 15 minutos en los que el Madrid dimitió del gobierno del balón y del tempo del juego. Parejo y Keita son dos centrocampistas que sólo tienen sentido si el balón viaja en diligencia por su zona de influencia. Estoy convencido de que si el Madrid hubiese jugado a una velocidad homologable con el fútbol del hemisferio norte, el Valencia no habría tenido ninguna posibilidad. Pero no fue así, y por un lado Keita -apoyándose en el antiguo cayado que lo distingue como jefe de su tribu en Mali- y por el otro Parejo -un Guti de Hacendado, uno de esos tantos enfants terribles de serie B que tan pródigos fueron en España antes de 2008- dieron en desnudar a Illarramendi en toda su actual inseguridad, exponiéndola en pública almoneda. Illarra todavía está en Dortmund y entre él y Marcelo regalaron varias fanegas de tierra sobre la calle Padre Damián en la que el Valencia fue cómodamente arrumbando sus bártulos.

Diego López se comió el 0-1 tras varias atajadas muy meritorias y muy bonitas. La sensación final con Superlópez es agridulce: han podido con él, o eso se infiere de sus actuaciones taurinas. Toreras por lo espectacular de sus algunas de sus paradas y la constancia que manifiesta en errores a priori inusitados en un meta de su envergadura. Al descanso Di María entró por Illarramendi y el Madrid se rompió definitivamente en dos mitades desconectadas entre sí. Jugó casi hasta el final con una emergencia impropia del mismo equipo que domeñó el Allianz Arena con paciencia, poderío, temple y absoluta superioridad. Contra el Valencia parecía estar jugando la prórroga de la final de Lisboa y fue sorprendente que el equipo de Pizzi no machacara en algunas contras dramáticas. Ramos y Varane sostuvieron con su plasticidad la omisión de Marcelo en la izquierda y las aventuras de Carvajal por la derecha, que no obstante fue de los mejores a pesar de jugar con una evidente merma emocional. A Carvajal se le había muerto su abuelo el día antes y en el minuto de silencio previo al inicio del choque pareció romper a llorar. No sé si fue muy conveniente cargar trágicamente con la música de los violines y el silencio sepulcral un momento de homenaje que sirvió para casi derrumbar al pobre chaval allí mismo, en medio del césped. Sin embargo, yo quiero hablarles de Marcelo: su segunda mitad de temporada justifica un despido fulminante. El mejor lateral izquierdo del mundo lleva tres años muriéndose amargamente dentro de ese cuerpo fofo y descuidado regido por la infantil mente de un niño grande al que no le preocupa lo más mínimo cuidar de sus obligaciones contractuales. Marcelo ha perdido hasta ese flow que eliminaba las lorzas de su ecuación por el vórtice zurdo del ataque madridista y lo convertía en un protagonista absoluto de la transición ofensiva del Madrid. Emocionalmente parece muy lejos de la titularidad: no se crece ante la adversidad, más bien se autoexcluye del grupo apartándose de todo y llevándose consigo toda su magia. Fue doloroso verle fallar algunos pases horizontales, dados con la misma consistencia de la mierda de pavo.

Empató Ramos y a pocos sorprendió porque Ramos lleva dos meses triunfando en la eterna lucha contra sí mismo. El Madrid, deshilachado, logró forzar al Valencia por eso que tiene Bale: abre las piernas, articula una zancada, y cruza el Atlántico como un San Cristóbal con motores de propulsión. No obstante el Valencia marcó el 1-2 provocando un homérico coitus interruptus en el Bernabéu, y Ancelotti, en vista de lo cual, metió a Casemiro por Isco para evitar la hemorragia que estaba desangrando a un centro del campo donde Xabi agitaba los brazos en la solitud más absoluta. Me recordó a Tom Hanks en medio del mar con un turbante en la cabeza y barba de 4 años viendo pasar por su lado un inmenso carguero. El amigo de Xabi, si Wilson, fue anoche Di María, quien recuperó la versión más disparatada de su juego para pelearse con los rivales, insultar al árbitro, provocar un penalty y dar dos goles. Alargó 6 minutos el referí pero el Madrid sólo pudo empatar en el 95 con un gol superlativo de Cristiano: capturó la pelota en mitad del área ejecutando un escorzo en escorpión. Una maravilla. Sirvió sólo para recortar un punto al Atlético y fiar ya del todo cualquier atisbo de victoria final en la Liga al Barcelona, lo cual no deja de ser gracioso. El Madrid que más cerca está de ganar el triplete en toda su Historia depende para ello de un equipo que, desde Martino a Messi, parecen los extras del videoclip de Thriller. Los no muertos de Can Baggsa.

Ir al fútbol

3 may

Ir al fútbol. Reconozco que en esto me falta práctica. Ir al fútbol es como una socialización masiva, a lo basto. También es un ritual. Ayer fui a ver un partido de Segunda división B, traicionándome a mí mismo y a mis propias reglas autoimpuestas con las que intento evitar congregaciones multitudinarias y espectáculos dionisíacos. Y el infrafútbol. Pero qué coño, hay que verlo todo y vivirlo casi todo. Fui al Tartiere a ver un Oviedo-Sporting B y me mantuve alerta como el que está atravesando la selva a machetazos o el barrio de Los Pajaritos a la altura del tanatorio en la S30. El Tartiere es un estadio cinco estrellas Platini en cuyo techo se crían malvas del tamaño de Andrés Iniesta.

Uno va bajando las escalinatas que conectan la ciudad con la olla mordoriana a los pies del Naranco en donde han desterrado al Oviedo y sólo tiene que liberar la imaginación. A uno de aquellos matojos le pones una camiseta azulgrana y en La Masía te lo convalidan por un niño de once años. Carne fresca. Pescaditos, pescaditos, y Morgan Freeman aceptando apuestas sobre cuál de aquellos Fábregas romperá antes a llorar revelando alguna debilidad intolerable en la cárcel del tikinaccio: el alto aquel con cara de cabrón acabará confesándole a Las Niñas que le gusta chutar desde fuera del área. No jodas. Sí. Vale. 20 euros. Voy.

Bajaba rodeando el Tartiere y crecía la peregrinación de fieles envueltos en azul en torno a las taquillas, en una fanzone improvisada, junto a los mazacotes de hormigón de los pilares. La gente bebía asturianía donde todas las aficiones del mundo aquilatan la cogorza con whisky, ron o ginebra barata, y aquí los oviedistas incluso escanciaban la sidra en familia como si estuvieran en la cuesta de Gascona. Con sus cubetas llenas de vidrios verdes y sus vasos anchos, esos que tanto me gusta ver de ginebra hasta el borde, creí observar cómo un paisano convidaba a sidra a dos policías nacionales. La gente en Asturias nace echando raíces en la tierra, y no es una metáfora. Conozco muchos lugares apegados al terruño con un fervor talibán con verdadero nacionalismo aldeano, pero el asturianismo es otra cosa. Esta gente somatiza la caída de alguno de sus viejos robles, y se golpea el pecho reclamando la circunscripción de su espacio natural con la misma fuerza con que las olas rompen en las playas del Cantábrico. Siente físicamente el suelo que pisan, en el que crían a sus hijos y entierran a sus muertos. Los asturianos tienen tan interiorizado ese orgullo comunitario que antes de ir al fútbol se emborrachan, por supuesto, de sidra.

Huelga comentar que sólo conocía un jugador del Oviedo, Cervero, al que al final del match, en medio del bochorno general, los tres orangutanes azules que se me pusieron delante terminaron llamándolo Cervecero. Jé, Europa bajo el signo del hate. La web 2.0 expande modos y costumbres, y la gente acaba por mimetizar hasta el odio. Qué década, macho.

El Sporting B era una excursión de chavales de Gijón más un negro. Del player nigro hablaré más adelante. El Oviedo es una institución tan histórica como desgraciada. Me molesta un poco el uso del adjetivo histórico como recurso manoseadísimo para describir a un club deportivo de rancio abolengo, como si para ubicarle en el sitio que le corresponde del imaginario colectivo hubiera que acudir a la estantería de los tan cargantes lugares comunes. Odio los lugares comunes pero aquí voy a dejar ese lamentable histórico porque estoy cansado, he comido mal, dormido menos y llevo ocho horas sin salir de un tren. Hablábamos del Oviedo. El Oviedo estuvo a punto de desaparecer hace un par de años, y antes también, y por su directiva han pasado cohortes de facinerosos, ladrones sin guante blanco y todo tipo de fulanos de escasos escrúpulos que precipitaron al club hacia un vórtice sideral de vergüenza ajena, corrupción bochorno administrativo y muerte de toda esperanza.

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Tras rebotar por todos los rincones del desván del fútbol español y ser abandonado a la buena de Dios como a la chatarra de la MIR flotando sobre la Tierra, el Oviedo danzó delante de los cuervos de la muerte y salió del coma gracias a la aparición mariana del millonario mexicano Carlos Slim. Aterrizó en Oviedo cuando el oviedismo de los siete reinos dejaba sus huchas temblando con una masiva a la par que emotiva suscripción popular. Slim vino, tiró un fajo de billetes desde la ventanilla del jet y se fue diciendo gestiónenme bien esta vaina, güeys.

No sé lo que ocurrirá con la pasta, pero en el césped el Oviedo es una banda de tullidos en la que destaca un chaval espigado, elegante, exquisito en la conducción y con maneras de torero clásico. Lleva el 9 pero se mueve como una tarántula en la media punta. Lo demás es morralla. Para una vez que me atrevo a ver al Oviedo, llega el Sporting B y bostezando les mete 4. El 4, precisamente, terrible zaguero local, terrible en el sentido canónico de la palabra, malo como una venérea, regaló los dos primeros y se llevó una pitada del respetable al ser sustituido que a mí me haría replantearme el sentido de mi vida.

El player nigro al que antes me refería cumplía los estándares mínimos del arquetipo balompédico africano: feo, fuerte y formal. Metió el tercer gol manejando la zurda como un kalashnikov, y yo me partí el culo recordando el vídeo aquel famoso del mono en medio de un claro de algún bosque tropical del Congo al que tres guerrilleros prestan un fusil para echarse unas risas. La defensa del Oviedo eran los milicianos centroafricanos y el player nigro, el mono, pero que nadie me quiera cazar en el cepo del racismo porque lo digo con una evidente intención peyorativa hacia los defensores locales. Ya me habéis hecho explicar el chiste, cabrones.

Como digo, en la fila de delante había tres tipos engorilados que se comunicaban entre sí mediante gemidos, aspavientos y un código verbal que creí identificar como latín altomedieval. No parecían demasiado enfurecidos por el lamentable espectáculo que estaba ofreciendo el Oviedo ante los cachorros de El Rival. Yo no lo creía, pero cualquier cosa roja y blanca que se acerque no ya al Tartiere, sino al perímetro defensivo de la ciudad de Oviedo, a su lebensraum, es odiado con sádica iracundia, vituperado hasta el extremo. Oviedo y Gijón están separados por una carretera que se tarda en recorrer apenas veinte minutos, pero parece como si se abriera entre ellos el estrecho de los Dardanelos. En Oviedo, Europa, Grecia, la Civilización, el Orden; en Gijón, Asia, Turquía, la Aldea, lo Oscuro. Esa otredad es fascinante para el que viene de fuera, como yo, pero no me hizo falta más que sentarme en la tribuna del Tartiere para comprobar que aquello con más fuego podía ser Faluya.

En un fondo animaban los ultras locales con verdadera pasión genuina. Eso, o fingían de puta madre. Creo que algo de artificio se adivinaba ahí, en esos cánticos compuestos por lustros de negrura espiritual. En el flamear de las banderolas. Algo de impostura latía en eso, sí, no puede ser otra cosa, porque pensémoslo bien. Quién coño aguanta tantos años viviendo en la nada más absoluta. O aún peor, en una chabola hecha con cartones del DIA en medio del jodido vacío. Hay que estar muerto por dentro o mentir y asumir esa mentira como única forma de volver a ponerte la camiseta azul cada domingo sin que se te caigan los cojones al suelo. A estas pobres criaturas se les han ensanchado las tragaderas.

Fíjate cómo estará el Oviedo que ni hizo falta que aquellos tres paisanos siguieran insultando. Marcaron los azules el 1-3 y el más grande -y más calvo- de los tres se levantó agitándose rabioso contra su propia grada: ¡no lo celebréis, qué vergüenza! Se fueron con el 1-4 ríos enteros de gente subiendo por los vomitorios hacia la calle, y nunca sentí que vomitorio significase tanto y estuviese tan bien inventada esa palabra como entonces. La gente salía del Tartiere vomitada hacia Oviedo, y ni enfadados estaban. Qué bochorno, colega.

Feuer Frei!

30 abr

En los días previos al partido, el madridismo había previsualizado absolutamente todos los escenarios. Desde el 5-0 terrorífico al replay del gol de Makaay en el segundo siete de partido, al 2-1 en el minuto 89 o la deposición total de las armas al descanso. Se habían agotado las posibilidades, los paisajes mentales. Hasta el parroquiano de tasca, cuarto de manzanilla y MARCA rumiaba las noches desde el pasado martes intentando imaginar la pizarra en forma de holograma en la que Guardiola descifraba sus logaritmos euclidianos con los que perforar al Madrid desde el túnel de vestuarios. Llegaba tan avisado el madridista al partido de Munich, había mirado tanto hacia atrás y de reojo, que aparcó el zeppelin en el Allianz despojado del miedo. Presagiaban las crónicas un tormento oscuro y atronador, un cortocircuito de luces cegadoras sobre la portería de Casillas, pero a Ancelotti le bastó con cambiar una pieza y empujar dos metros adelante el alma henchida de un equipo convencido. El 4-4-2 continuó a pesar de faltar Isco. Sin embargo, Di María empezó por la izquierda y Bale ocupó la zona derecha, donde dicen que había un tipo llamado Alaba que era algo parecido a un Fukushima generando radioactividad y que, en verdad os digo, no fue más que un guiñapo temeroso de Dios y de los hombres por obra y gracia de una transición ofensiva madridista perfecta. Carlo, el capo tranquilo que hiende vientres sin chasquear la navaja mientras te pregunta sonriendo por la familia, demostró que tenía la eliminatoria esbozada en una servilleta. Desde Dortmund. O desde la semana trágica en que perdió con Barcelona y Sevilla. En aquellos cuatro días el Madrid se dejó la Liga, pero también le salieron escamas.

Esperábamos un Bayern aupado en la vieja fuerza de germánica desolación pero Guardiola ha asexuado a este equipo. Los ha convertido en eunucos esclavos de la pelota. Kroos, Müller, Schweini, Ribery, Robben, Lahm, arrastran el balón como si fuera una bola de hierro de los presidios antiguos. Sospecho que Pep, un entrenador excepcional, ha interiorizado el personaje mesiánico que ha construido alrededor suya. Es el riesgo que corren él y Mourinho, dos gigantes que juegan en planos paralelos: el del césped y el de los focos. Cuando permiten que estas dos dimensiones de sus figuras se entrecrucen, comienzan a percibir la realidad distorsionada. Es entonces cuando les devora la fanfarria, el atrezzo, la dramaturgia. Quitar a tu único 9 para meter a un mediocentro defensivo cuando necesitas 5 goles, y otras fábulas de Esopo. La segunda parte del Bayern anoche fue un ejercicio de onanismo de un entrenador encerrado entre cuatro espejos que le devolvían su propia imagen reverberada ad infinitum. Cautivos de un esquema que limita sus aptitudes naturales, los jugadores alemanes sostuvieron el envite en Madrid y en el Allianz mientras duró la sugestión de su propio poderío: con todo el planeta balompédico esperando que pariesen un Picasso en medio del Bernabéu, el gol de Benzema les torció el gesto. Desarmó la determinación de unos extraordinarios jugadores entregados a una idea alienígena para ellos, tan prestos siempre a la carga de caballería sin fin: la paciencia, el vaivén horizontal de una pelota sin riesgo, el balanceo. Ancelotti adivinó que en los primeros 15 minutos de la vuelta no habría ningún Castern Jancker masticando niños tras la puerta y subió el volumen de su dibujo con Bale y Carvajal acoplándose en el drenaje al dúo Alaba/Ribery y Modric hilando destellos luminosos con Benzema en un pasillo central deshabitado por donde murió la eliminatoria y regresó el mito.

Porque fue pura mitología. A los 16 minutos el Bayern no había siquiera olido el punto de penalty madridista y entonces surgió la ecuación inesperada que lo rompió todo. Sergio Ramos. Parecía predestinado. El IV Reich de los poetas y Raimundo Llull se encontró de pronto con un andaluz insensato escupiendo en el santo grial. El Madrid se encaramó otra vez al muro de su Historia marcando un golazo de córner, circunstancia que viene a anular por fútiles todas las teorías, análisis y estudios concienzudos que pretenden racionalizar el fútbol. Este juego es la ciencia de lo absurdo. No metía el Real un gol de córner en partido gigante desde Felipe II, o antes. No pasaron 10 minutos y Ramos volvía a subirse encima de la ola: falta lateral botada con precisión desconocida por Di María que Pepe cabecea en la frontal, lo justo para que por detrás Sergio trepara hasta el castillo de proa del Acorazado Bismarck y arriase su bandera poniendo encima un trapo negro con la efigie de Camarón. Fueron unos minutos audaces, irrepetibles, que terminaron con un contragolpe napoleónico. Carvajal y Bale empotraron a Scarface en el enésimo callejón sin salida y Di María conectó el balcón del área propia con Benzema, que llevaba desde el principio infiltrado en el búnker de Hitler intentando abrirlo con una ganzúa. Karim la descansó con un parpadeo y tras pestañear se pudo ver a Bale corriendo por delante de Boateng como Gregory Peck huyendo por las calles empinadas de Navarone. A Gareth le dijeron por la Team Radio que Ronaldo venía doblándolo por la izquierda y el resto es Historia. De este deporte, de la Copa de Europa y del Real Madrid.

Durante toda la segunda parte, el Madrid fue desangrando lentamente al Bayern, llevándolo por los hombros de un lado a otro del Allianz hasta que dejara se gotearle el degüello de matarife que le había hecho en la garganta durante la primera parte. Entraron Götze, JaviMar y también Claudio Pizarro, a quien creía muerto. Resulta que este Pizarro es el mismo de antaño, superviviente del Bayern que vio pasar a Zidane hacia Glasgow. Podrá contarle a sus nietos que le derrotó el Madrid de ZZ, de Figo, de Raúl y de Roberto Carlos, pero también el de Modric, Alonso, Ronaldo, Bale, Benzema y Sergio Ramos. El Carvajal impreciso y disoluto de comienzos de temporada ha mutado definitivamente en un defensor adulto, un competidor maduro y un atacante resuelto e intuitivo, definición que puede compartir con un Coentrao que llevaba en el pelo una mecha rubia por cada eliminatoria que el Madrid ha ido perdiendo a lo largo de estos 12 años tan largos como la misma epopeya que rodea a este club. Mónaco, Turín, Roma, Arsenal, Bayern, Liverpool, Lyon, Barcelona, Dortmund, son ahora una cicatriz en el costado. La lanzada de Longinos cuando pedíamos agua y nos daban vinagre. De derrota en derrota hasta la victoria final, así ha llegado este Madrid de Ancelotti a Lisboa. Un equipo que no sólo es de don Carlo -aprendamos ya a llamarlo así, reservémosle de una puta vez mesa diaria en El Vesubio, pago yo la primera- sino también de Mourinho. Y de Pellegrini. De Schuster, Capello, Juande, García Remón, del lebrijano aquel que tartamudeaba, de Queiroz, Luxemburgo, Del Bosque y de la madre que parió a cada uno de los fulanos que queriendo y sin querer nos han llevado hasta aquí, haciéndonos ser quienes somos. Ronaldo cerró la noche con un libre directo, y el 0-4 restalló como un trallazo en el cielo de Baviera. El Madrid pisó el minuto 90 acosando a Neuer, buscando el último gol, otro gol más, otro latigazo del emperador en la espalda de Europa. Con la grandeza a la que obliga este club que vuelve al partido para el que fue creado: la final de la Copa de Europa.

Napoleón en Chamartín

24 abr

El madridismo es lo más parecido a aquellas primeras internacionales socialistas. Lleno de escisiones, facciones enfrentadas irremediablemente, odios viscerales y subversiones heréticas, no hay una verdad oficial, preestablecida, más allá del manido madrileñismo rancio de Toñín el Torero en cartón piedra o el ninot de Roncero hecho de caspa solidificada. Fiel reflejo de la misma España, donde dos náufragos son capaces de hundir el bote que los mantiene vivos en medio del océano con tal de que no se salve el otro. Sin embargo, el madridismo sólo se envara cuando delante tiene a un alemán de 2 metros de larga cabellera rubia y todo entero vestido de rojo. Entonces el Bernabéu se convierte en una comuna libertaria asediada por el ejército: ellos y nosotros. Hay que ver la camaradería percibida en cada plano de las cámaras, como si el destino de una civilización se jugase en 90 minutos. Cada vez que el Bayern pisa Chamartín, los aficionados abandonan casi todos sus tics de hinchada obtusa y aburguesada. Si existe algún tipo de noción comunitaria en el madridismo, si fuera posible aplicar la terminología sociológica a una cosa así, sin duda se acuñó para estas eliminatorias. El Bernabéu, el Madrid, el madridismo, es entonces un pueblo. Se envuelve en una bandera invisible tejida con mitología antigua y grandes dosis de furia racial, gritando como nunca, jaleando cada acción de sus jugadores como si todos los partidos anteriores, como si todas las temporadas anteriores y todas las disputas previas y todas las cuestiones mediáticas circunscritas al entorno psiquiátrico del club quedaran fuera del estadio. El Bayern obra el milagro. El Bernabéu se hace espacio autónomo, con entidad clara aunque indefinible: cada enfrentamiento con el Polifemo bávaro otorga categoría de nacionalidad histórica al Madrid, mete al Madrid en la Constitución. Voy a proponer esto cuando en dos años -o menos- se abra el melón de la reforma constitucional. Madrí ye nación.

Esta vez lo que venía de Munich era algo más que el Bayern: era el equipo visitante de Space Jam. La colección de jugadores de tiránica dimensión que posee Guardiola en el Allianz le hace parecer indestructible. Más de lo normal, digo, teniendo en cuenta que este equipo viene de ganar todos los títulos que disputó en 2013. Guardiola entrenando al Bayern es como la Werhmacht entrando por Bélgica con un poeta recitando a Goethe encima de cada tanque. Para el madridista no existe fotografía del Harmagedón más perfecta que ésta. Benito Pérez Galdós ya vio este partido hace poco más de 200 años.  Escribió una crónica larguísima bajo el nombre de Napoleón en Chamartín.El efecto que produjo la presencia de la hidra de las cien cabezas entrenada por el terror nocturno más ocurrente de los madridistas fue similar: Madrid en armas. Sobrevolando la ciudad con una Go Pro incrustada en un dron se podrían haber visto las barricadas que los chulapos estaban montando en la Puerta del Sol y la calle Mayor. Guardiola, el icono. El hombre que consiguió subvertir una trayectoria vital, una tendencia histórica: el fulano que redujo a los mayores ganadores de la historia del deporte mundial a la categoría de guiñapos temerosos de Dios y de Messi. Guardiola nos conoce tan bien que no descarto que sea nieto de alguno de los hermanos Padrós. Es un producto refinadísimo, el mejor entrenador del mundo junto a Mourinho. Domina la escenografía que rodea al gran circo como nadie, pero tiene un defecto mayúsculo que es la derrota. Ahí es cuando se le ven unas costuras viejas, las cicatrices del niño que creció con la mitología madridista soplándole la nuca. Guardiola, excelso propagandista, ha lobotomizado incluso a futbolista alemanes y holandeses que, como buenos centroeuropeos, casi siempre se han mantenido lejos del melodrama mediterráneo y del discurso etéreo acerca de las ideas. Ver a Robben, o a Lahm, hablando de lo hermoso que ha sido tener el 80% de la posesión en el Bernabéu habiendo perdido 1-0 y pudiendo haberlo hecho por 3 o 4 goles de diferencia, es una cosa sobrenatural: ¡menos mal que nos queda Beckenbaüer!

Porque el Madrid de Ancelotti derrotó al Bayern con la nobleza antigua, derrochando una seriedad inusitada que a Pedro Ampudia remitió convenientemente a la final de Amsterdam del 98. Aquel partido era el símil más cercano al que podíamos acudir en la previa: jamás un Madrid más cerrado sobre sí mismo enfrentó a un rival tan aupado sobre una ola universal de favoritismo. La Juve de ese día era el Bayern 2014. Ancelotti, que dicen departe sobre estrategia militar con Arrigo Sacchi, planteó a los visitantes la misma coyuntura que el miércoles pasado en Mestalla. Un 4-4-2 flexible tanto en el repliegue como en la salida, con Di María batiendo el perfil derecho e Isco trabajando sobre el carril zurdo del ataque contrario. En lugar de Bale, un Cristiano a media partitura interpretaba el vértigo del asalto tras el robo de balón, con Benzema haciendo orbitar al Madrid sobre sí mismo. Los primeros 15 minutos del Bayern fueron terribles. La agresividad táctica me recordó al mejor Barcelona de Guardiola, el de 2011. Posesión constante, rápida, precisa y muy vertical sobre la línea de medios madridista. Los cambios de orientación sobre Robben y Ribery fueron continuos, y la idea de Guardiola quedó reflejada como en un espejo: bajarle el volumen al Bernabéu, minimizar una posible salida en troma del Madrid aupado sobre el ímpetu ambiental, y aposentar sus reales con una dosis alta de intimidación. Entonces emergió la figura de Xabi Alonso. Con el culo metido en la cueva, sostuvo al Madrid en unos minutos delicadísimos. Las transiciones ofensivas alemanas eran demoníacas, pero siempre encontraron la respuesta de un equipo cohesionado como una pared de granito. Carvajal y Coentrao cerraron la puerta a sus espaldas con una disciplina prusiana, y tanto Pepe como Ramos leyeron cada penetración bávara con una inteligencia que asombró a quienes llevamos sufriendo sus deslices esquizofrénicos más de un lustro. El Madrid aguantó la blitzkrieg sin conceder ni un tiro a puerta y entonces Benzema capturó el partido durante cinco segundos.

La jugada nació tres metros sobre la bombilla del área propia. Benzema le ganó uno de tantos balones rifados a Lahm, el diestro que jugó toda su vida en el lateral izquierdo hasta que Guardiola se vio en la obligación de perpetuar su imagen de Ferran Adrià balompédico y lo puso de mediocentro, y lo bajó al suelo y contuvo el instante lo suficiente como para que Isco, Di María, Ronaldo y Coentrao zumbaran campo arriba. Cedió a Alarcón, quien avanzó tras las líneas enemigas como un espía de la Resistencia en el París ocupado. Ronaldo recibió tan atrás, para lo que es natural en él, que eso ya debió advertir de algo a Rafinha. Rafinha llamó maricón a un tuitero que hace meses lo mencionó comparándole con Arbeloa, pero Arbeloa, entre otras cosas, muy pocas veces concederá la autopista hacia Ganímedes que Rafinha permitió anoche detrás suya. Cristiano lanzó un pase en largo a la carrera de Coentrao, que se limitó a meter un pase horizontal sobre las piernas de toda una mesa larga de la caseta de Paulaner de la Oktoberfest. En la otra punta esperaba quien lo germinó todo: Karim Benzema. 1-0. San Jorge ya había alanceado al dragón, tan sólo quedaba esperar 70 minutos a que se desangrara. Carletto priorizó la cobertura sobre Ribery antes que sobre Robben. Quedó claro que para él el francés es más nocivo que ese remedo de Messi que es Robben, casi tan talentoso como el argentino pero sin su quiebro explosivo. Robben hace la misma jugada que Leo salvo por una cosa: cuando a Messi los defensas le han conducido al callejón sin salida tras el que no queda sino chutar, casi siempre tiene tobillos para frenar en seco y gemelos para voltearse 180 grados y romper a los marcadores con una finta. Robben no.

El Madrid pudo asestar 2 machetazos definitivos a un Bayern descompuesto en la fase defensiva, pero Ronaldo y Di María quizá recordaron el susto de Dortmund y decidieron que al Allianz hay que ir con la tensión palpitando en las sienes. El Madrid esterilizó al mejor equipo del mundo inutilizando incluso las variantes de Guardiola: Götze, Javi Martínez y Müller, fíjense bien, salieron en la segunda parte. Tres tipos que, juntos y por separado, serían insustituibles en cualquier otro equipo del mundo excepto en este Bayern de diseño que tiene más potencia de fuego que la Luftwaffe. En el 85 el Madrid se desajustó por única vez en todo el partido: Ramos acudió a desmontar a Robben del caballo, Modric cometió el único error del partido al querer sacarla jugada y por una extraña y trágica circunstancia el balón le quedó botando a Götze a la altura del punto de penalty. Varane llegó tarde y Casillas hizo una parada extraordinaria. Luego Müller se desmayó en el área pequeña cuando el Madrid, aturdido, dejó que el Bayern creyese en el empate, pero hasta en eso Guardiola ha inoculado el virus de la comedia latina en la ópera germana: un alemán prefirió fingir un penalty que reconocer que un español, concretamente un vasco de Tolosa, le había robado la cartera.

Sputnik

17 abr

Tenían que haber puesto por megafonía la banda sonora de Carros de Fuego. No estuvo rápido el encargado. Quizá no le dio tiempo. También se le escapó a varios cámaras. Lo perdieron de vista por unos segundos. Se salió, literalmente, del campo y del plano. Rompió la barrera del sonido, y no sólo esa: pulverizó la del miedo. Gareth Bale salió disparado desde Cabo Cañaveral como la cápsula de acero del Gun Club con la que Impey Barbicane y Michel Ardan pretendieron conquistar la Luna. Su recorrida memorable del minuto 84 contiene todos los elementos alegóricos necesarios para explicar el Madrid a las generaciones futuras: un fulano de blanco al que se le suben tres orcos a la joroba y que avanza imparable como un gigante con toda Liliput cosida a sus talones. Bale se adentró en lo más profundo de la más oscura sima imaginada por Julio Verne y alumbró un mundo nuevo con un fogonazo de luz primigenia. Llevó la zarza ardiendo hasta la portería de Pinto mientras Bartra, y más atrás el Tata, y más lejos todavía, Guardiola en su adosado tirolés de Der Moralenjën de Münich, miraban espantados como sólo se puede mirar de frente a la muerte. O al ángel exterminador que porta la espada de la justicia. El dragón galés surcó la noche de los mortales como la Sputnik, y como aquel primer envite del hombre con el espacio exterior, generó de pronto, entre los millones de espectadores que no respiraron tras su cabalgada, cientos de miles de nuevos fieles que ya se han hecho del Madrid tan sólo para poder sentir el viento cortando en la cara cuando uno corre hacia la luz. Como Bale.

Fue el penúltimo acto de una final mayúscula. Luego vino uno de esos prodigios que suelen terminar mal para el Madrid del siglo XXI: alguien, no sé si Messi, Xavi o Iniesta -a esas alturas yo ya estaba enganchado a la lámpara del salón, como un spider monkey alborotado en su jaula del zoo- filtró un pase entre las siete torres de Ancelotti. Otro jugador culé, al que tampoco identifico todavía ni falta que me hace porque para mí son todos el mismo replicante metroymedio con imanes en las botas, hurtó el pase por entre sus piernas y tanto Pepe como Ramos y Carvajal se tragaron el anzuelo. La bola le quedó a Neymar en el punto de penalty, tan franca, tan delicada, tan extraordinaria para la ejecución y el empate que a Casillas no le dio tiempo más que de agitarse delante suya con desesperación alucinada. El remate golpeó en el poste. Para mi asombro, no rebotó en Coentrao y entró por la escuadra; ni tan siquiera rozó en algún tacón madridista que ahogándose por despejar hubiese brindado el rechace otra vez a Neymar. Nada de eso. Cruzó el área chica tan rauda como salió de la bota del brasileño y Casillas la atrapó con algo de incredulidad. Algo está cambiando, los dioses han dejado de estar enfadados con nosotros. ¿Nos habrán perdonado ya la arrogancia de haber ganado tanto en apenas 50 años? Con oficio de tonadillera vieja y resabiada, Casillas corrió a besar el palo, agradeciéndole la gentileza, y con eso ganó medio minuto que permitió respirar a media España y dejó reposar el chasco a los malos. Se cerró el partido: teníamos la certeza de que después de esa aparición mariana el Madrid tenía la final en el bolsillo.

Fue un partido ejecutado con maestría. La virtud de Carletto como estratega de altura estaba en entredicho por los dos peores partidos de su Madrid, graciosamente coincidentes con los dos enfrentamientos previos con el Barcelona. Pero Ancelotti es un hombre que ha ganado toda clase de títulos nacionales e internacionales alternando la gestión de vestuarios de variado pelaje y las intrigas palaciegas de magnates peligrosos, con discursos afilados de dos direcciones, como Berlusconi, Abramovich y el príncipe de Qatar. Es como uno de esos antiguos validos que sobrevivían en la corte de los emires, los califas y los reyes medievales. Gente que no mata pero que tiene la espalda hecha de escamas por donde resbalan las puñaladas más desprevenidas. Completó con Isco Alarcón la segunda línea del 4-4-2 con el que enmarañó la única potencia de fuego real de este Barcelona en descomposición: el flujo diabólico de posiciones, marcas y espacios que origina la constante permuta entre Xavi, Iniesta, Messi, Neymar y los laterales. Alba y Alves juegan tan largo que, ante la ausencia de una referencia nítida en la punta del ataque y la fijación de Messi en la base de todas las transiciones de ataque, conforman entre todos una línea que es como la marea. Sube y baja pero mantiene una presión constante sobre la defensa y los medios rivales, lo que ha sido casi siempre mortal para este Madrid de Ancelotti en los duelos directos con la nación sin Estado. No ocurrió así esta vez. Alonso se juntó con Modric haciendo de balcón para los centrales, unos correctísimos Pepe y Ramos, quienes sujetaron la posesión barcelonista en una tierra de nadie inofensiva. Carvajal y Coentrao, especialmente éste último, construyeron una malla desplegada a lo ancho del campo madridista que no dejó casi nunca recibir en superioridad a nadie. Di María e Isco fueron los muelles que lanzaban tanto a Benzema como a Bale tras cada recuperación: los velociraptores recibían, y casi siempre Benzema paralizaba los movimientos del adversario con algún tipo de sustancia venenosa que impedía el repliegue culé sin menoscabo de la espalda bien de Mascherano, bien de Bartra.

Así llegó el primer gol: entre Isco y Alonso robaron una posesión inicua y el malagueño lanzó a su equipo hacia adelante con movimientos de orfebre. Rápida ejecución, percepción desacelerada. Cuando Benzema recibió abierto en el costado izquierdo, ya Bale y Di María, uno por dentro y otro por el otro lado, sangraban la cobertura desordenada de los rivales. Al primer toque Karim alargó sobre la carrera del argentino, quien se desfondó con aparente caos mental ante Pinto. Presagiábamos un córner y de pronto el Fideo cruzó rasa la pelota hacia el palo contrario, ejecutando como sólo un zurdo sin oxígeno en el cerebro puede hacer. El gol afianzó el plan madridista: hormigón armado con 8 jugadores absolutamente coordinados en la presión y el achique y 2 lanzaderas espaciales dirigiendo con sentido el vértigo desde la medular hacia adelante. Así pasaron los minutos hasta casi sesentaytantos. El Madrid había perdonado demasiadas ocasiones demasiado golosas: el mozarabismo de este equipo huérfano de Cristiano aún sufre desajustes en la precisión de la estocada. Maniatado un Barcelona atrapado en el autismo de Messi y en la manutención de la pelota -en eso ha terminado el estilo, en Iniesta y Xavi obligados a pasarle una pensión alimenticia al balón, convertido en fin en sí mismo, algo que contradice la naturaleza productiva de este juego- el Madrid sólo podía perder la Copa él mismo. Y marcaron de córner. Pepe cometió el único error de la noche y se tragó el salto de Bartra, quien cabeceó extraordinariamente bien a la escuadra de Casillas. Comenzaron a danzar de nuevo los fantasmas pero entre Modric, Alonso, Coentrao y otra vez Isco, fabuloso artesano del minimalismo balompédico, sostuvieron el pírrico empuje de un Barcelona que ya no odia. Recuerden que el odio impulsó a Xavi, a Guardiola, a Valdés y a Puyol (hijos todos del imperio del último Sanz, del primer Florentino y del astracán Gaspart) a demoler los cimientos espirituales del madridismo desde 2008 a 2012. Al odio sólo puede vencerle una fuerza motriz hermana en potencia, en magnitud: el amor. Que fue lo que sopló a Bale desde las cumbres nevadas del Olimpo hasta convertirlo en supersáiyan. Bale irradió sobre sí mismo el aura dorada de la bola de dragón y fotografió el instante por eso, por eso mismo. Por amor.

Si Don Draper fuera madridista

13 abr

Es una sucesión de micro-cataclismos, pequeñas catarsis semanales, diarias incluso, que alteran la linealidad cronológica de nuestras vidas pero sólo aparentemente. Ora el futuro se presenta torcido, ora todo brilla como en un amanecer de primavera. Hace dos semanas estábamos tomando la Bastilla, anunciando con fervor apocalíptico el final de un mundo viejo y acabado. El miércoles por la noche pisábamos las semifinales de la Copa de Europa como quien se adentra en un círculo del infierno. Hoy, sin que nada extraordinario haya sucedido en la actualidad madridista más allá de que el sorteo deparase el combate ancestral contra la hidra de las cien cabezas, de repente sonreímos a lo ancho. A la manera de un borracho feliz que siente alejarse los temores terrenales de la vida sobria en tanto se adentra en ese nirvana apoteósico lleno de esperanzas con forma de huríes haciendo topless que es la ebriedad. El Barcelona se desgajó en Granada y dejó al madridismo, en un instante, sin motivos para estar triste. Ya se había derrumbado antes, el viernes, la cotización del madridismo maldito cuando Figo sacó la bola del Bayern de Guardiola y del núcleo de fisión madridista se liberó la tormenta eléctrica que llevará surfeando al Madrid hasta Lisboa. Ancelotti se pidió un old fashioned, bajóse las gafas de sol hasta media nariz, y dijo: non, non ho detto gioia, ma noia, noia, noia, maledetta noia. Alineó un equipo alegre, bullanguero, lo que pedía este Bernabéu y este sábado de pasión y muerte del enemigo en la Alhambra. Nacho, Varane, Pepe y Coentrao compusieron la zaga, pero realmente si sólo hubiese jugado uno, o si el equipo hubiera comenzado en Illarramendi, nadie lo habría notado. El Almería se presentó en Chamartín dispuesto a morir lentamente, como un recién llegado al pasillo de la muerte. Le faltó jugar de naranja. Exigió lo mínimo y el Real lo agradeció no azotándolo demasiado, arrimándosele como a un toro manso con esa condescendencia taurina de la media verónica y el capotazo gustador.

Carletto puso a Modric y a Di María escoltando a Illarra en la espina dorsal del equipo. La decisión de mantener firme al vasco bisoño en la titularidad es una de las señas de identidad de los entrenadores grandes. Postrarlo en el banquillo habría sido como meterlo en el nicho de los jugadores fallidos y desheredados del parnaso blanco. Ancelotti volvió a darle galones y Asier respondió primero con timidez y luego con absoluta soltura. En cuanto olvide los fantasmas de Dortmund recuperará la osadía que llevaba mostrando justo hasta que en Westfalia le aplastó la grandeza, los lobos amarillos olieron su miedo y se lo comieron debajo de un árbol como los germanos se zampaban a los legionarios novatos que patrullaban por primera vez más allá del Limes. Por delante se abrieron en abanico Alarcón, Benzema y Bale, aunque la posición de Isco fue una constante permuta con Di María: en ausencia de Ronaldo el 4-3-3 se dibuja en el tapete verde como un 4-3-2-1 flexible en el que el argentino y el malagueño ocupan lugares que mutan con la marea del partido. Pasa también con Bale. La presencia de Cristiano fija las responsabilidades, fosiliza el esquema táctico. En su orfandad, los puntos de partida son sólo iniciales: el dragón galés prueba por la izquierda para terminar por su sitio natural en el Carlettosistema, la derecha; Di María avanza desde la gruta de las maravillas modricias hasta el hábitat del mediapunta, valiéndose de los muelles que tiene en sus gemelos; Isco va difuminándose frente a los marcadores rivales para aparecer de nuevo a sus espaldas, como el hombre de arena, reteniendo la zancada de su equipo en los tres cuartos de cancha contraria y difundiendo desde ahí el miedo. El miedo de los adversarios del Madrid, en este momento concreto de la temporada, consiste en lo que Isco es capaz de hacer en esa tierra de nadie entre el círculo central y la media luna del área de los otros. Esa la franja de Gaza, el territorio donde comienzan a morir los que juegan con este Madrid.

El primer gol llegó porque tenía que llegar. El Madrid le había tirado diez mil veces a Esteban, el portero del Almería, y éste las había devuelto todas como si fuese un frontón de pelota vasca. Esteban es un caso curioso de longevidad competitiva: era el portero del último Oviedo en Primera División. Desde entonces ha jugado en todas las catacumbas del fútbol profesional español, y aquí le tenemos otra vez, en 2014: titular con un Primera en el Bernabéu, y más estilizado que el propio Casillas. Hay gente que no envejece nunca y está bien que sea así porque son los asideros que tiene nuestra memoria para devolvernos a aquel espacio preadolescente donde éramos felices, la Selección perdía siempre en cuartos de final y el Madrid ganaba Copas de Europa. Esteban es el último superviviente de aquel fútbol glorioso de los 2000 y ayer le honramos ese recuerdo feliz metiéndole 4. Di María cazó su palo largo en un buen eslalom nacido en la banda derecha, y si el Almería apenas había merodeado la puerta de Diego López hasta entonces, desde ese minuto lo haría todavía menos. Desde el 1-0 hasta el resto de goles, ya en la segunda parte, el encuentro fue un discurrir jocundo y verbenero donde brilló por encima de todos Karim Benzema. Precisamente anoche volvieron a pitarle. Por fallar muchos goles, deduzco, lo cual me parece harto gracioso y cómico. La temporada del cabilio está siendo tan abrumadora que incluso ha parido una nueva posición táctica dentro del fútbol: la de pivote. Como en baloncesto, el símil viene solo. Benzema se acula en la frontal, infiltrado entre los centrales contrarios o en ese hueco nefando que casi siempre se produce entre uno de los centrales y el lateral, y desde ahí hace de arnés. Sus compañeros, generalmente Modric, Isco, Ronaldo cuando está y también Bale, le tiran la cuerda y él los engancha, permitiéndoles la escalada hasta las mismas barbas del contrario. Ayer volvió a ocurrir lo mismo. Benzema es la bisagra. Recibe, aguanta lo justo, continúa la jugada o abre al costado para proseguir la percusión. Encuentra agujeros inimaginables entre el hormigón de piernas contrarias y cuando no se puede, da un paso atrás y visualiza el ataque en estático como un superordenador procesando millones de variables en un sólo segundo. Benzema es una bendición que está a tres o cuatro dimensiones espaciotemporales de lo que merece cierto madridismo casposo y rociero.

El 2-0 lo metió Bale y el 3-0 Isco, ambos tras pase del francés. Karim descifra la jugada y los demás ejecutan, percuten, le abren las fauces al portero. El Madrid-Almería de ayer fue para él como un single de experimentación: probó regates inverosímiles, empeines alucinógenos y remates al primer toque de una ambición rayana en lo irreverente. Y claro, ¡jugar a ser Dios en el santuario de lo divino que es el Bernabéu! Esto no gusta demasiado al guardián de las sacras esencias que mucho abonado en Chamartín lleva dentro. Morata marcó el 4-0 y tres o cuatro parroquianos de mi bar gritaron al unísono que a ver si Carletto abría los ojos y le daba la titularidad al chaval, que es tres mil veces mejor y le echa más cojones que el francés ese, que es el niño bonito de Florentino. Nunca nadie resumió tan bien 500 años de civilización hispánica en una sola frase. A mí me iba a explotar la cabeza o peor aún, estaba a punto de agarrar un tenedor e hincárselo en los ojos a alguno de aquellos gañanes, hasta que llegó Isco y con uno de esos recortes hacia dentro tan suyos, me reconcilió con la vida. Isco conserva todavía dentro de sí esa suerte tan antigua del requiebro. El recorte, en un balompié tan de Playstation, de R2+cuadrado, tiene mucho de arcano. De misterio viejo que sólo conocen los ancianos y los locos. Esa pausa flamenca de meter el interior hacia dentro con suavidad, casi acariciando la pelota, y sobre todo ese besar al balón como si fuera la novia, cuando se está en medio del vértigo y de las metralletas de una eliminatoria en abril, es una artesanía mayúscula. Superlativa. Por ahí respira este Madrid de rock y de speed, de Alonso, Bale y Ronaldo, del guitarrazo y la pelea de bar. Entre Isco y entre Benzema están construyendo la habitación del segundo antes de por la que tienen que venir los títulos, o vendrá la muerte.

Los ojos de la bestia

9 abr

Las experiencias cercanas a la muerte o ECM (en inglés, near-death experiences, NDEs) son percepciones del entorno narradas por personas que han estado a punto de morir o que han pasado por una muerte clínica y han sobrevivido. Hay numerosos testimonios, sobre todo desde el desarrollo de las técnicas de resucitación cardíaca,  y según algunas estadísticas, podrían suceder aproximadamente a una de cada cinco personas que superan una muerte clínica. Copio y pego directamente de la Wikipedia. Todavía tengo el pulso acelerado y me parece estar viendo a Dios vestido de gitano gritándome algo desde el túnel donde se estrelló Lady Di. Alemania. El Vietnam de la generación de Amsterdam 98, las Copas de Europa en años pares y la volea de Zidane repetida en bucle desde los videomarcadores del Bernabéu hasta el último anillo de Saturno. Que a estas alturas deben conocerla incluso allí: la renaissença madridista llegará cuando se quemen en una pira las nueve Copas de Europa y todas las copias del gol de Zidane en Glasgow. Es decir, cuando el madridismo se despoje de su propia mitología, pesada ya como un fardo o una losa. El Madrid volvió a ser violentado con impunidad en Dortmund, esta vez con el agravante de los precedentes. Volvió a dejarse golpear, volvió a postrarse ante el Dios del Bochorno y a suplicar clemencia con la mirada perdida. Volvió a tener los ojos de la bestia a un palmo de su cara.

El aliento del infierno alemán es una flatulencia que le sube al madridista desde el bajo vientre y se instala perenne en la boca. Alemania es como una papila gustativa podrida, que apesta a miedo. Miedo viscoso y del que paraliza. Ancelotti alineó a Illarramendi junto a Alonso y Modric, metiendo a Di María en el ala derecha, precisamente para evitar eso, el miedo. Superioridad numérica, drenaje de las líneas de pase de los mediocentros borussios y demolición controlada de la eliminatoria. Ese era el plan. La idea. Con Di María yendo y viniendo entre la cobertura a Reus y la conexión con Benzema, Bale quedaba desplazado a su banda natural para aprovechar la espalda de Psyzscek y terminar el trámite. Nada de esto salió bien. Durante 20 minutos el Madrid no sufrió: Peperamos sacaba al equipo de la gruta con algún sobresalto, casi nunca limpiamente. Modric y Alonso, bien presionados por Friedrich, Jojic y Mirkytarian, apenas tenían tiempo de avistar alguna camiseta blanca a la que señalar el espacio libre. Así y todo, se trenzó una bonita combinación, la posesión más larga de toda la primera parte, y el Madrid basculó desde Carvajal -en su propia área- hasta Coentrao, que habíase asomado al balcón del lateral derecho polaco del BVB acompañando una elaborada transición ofensiva de su equipo. Su centro golpeó en la mano del defensor y el árbitro pitó penalty. Para qué tendría que pitar penalty el señor referí de rojo.

Lo tiró Di María y lo tiró mal. Se resbaló. Después Benzema también se deslizó como una bailarina rusa cayéndose en una pista de hielo cuando estaba a punto de embocar solo ante el portero, y a Bale se le trompicó en el talón un pase en largo. Son esos pequeños detalles intangibles, esa taumaturgia negativa que hechiza al Madrid en Alemania y que nos lleva a pensar en que a este club le sobrevuela algún tipo de nigromancia extraña. Di María, y nadie sabe aún por qué, erró en el lanzamiento y el Signul Iduna Park comenzó a dar alaridos: 4.000 tíos de pie aullando como monos locos y tres gradas más sosteniendo el empuje. Un riff nibelungo, terrorífico. El Borussia atrapó al Madrid en un salón de espejos infernales: salvaba el trivote blanco con cuatro toques rapidísimos y alcanzaba con facilidad el cuarto oscuro de Peperamos, ese lugar tétrico donde se abandona toda esperanza. En 10 minutos marcaron 2 goles y perdonaron otros dos. De repente el Madrid estaba mirándose al espejo, con todos sus fantasmas danzando alrededor. Uno tras otro. Fue el calco exacto del partido del año pasado, pero en repetición acelerada: 25 minutos. El Madrid quedó roto en dos mitades desconectadas: los tres de arriba deambulaban incapaces de retener la pelota más de 10 segundos, y el equipo no podía salir, ahogado en la horizontalidad nociva de unos centrales a los que se les olvidó tomar el litio. Carvajal y Coentrao dejaron de ser comodines en la habilitación de las salidas y por ellos cargó el Real un flujo de juego epiléptico que siempre terminó con imprecisiones el los tres cuartos de cancha propia. Ahí Reus se hizo gigante, tiránico, abrasador. Pepe despejó hacia atrás flojo, sin fuerza, con la entereza de la mierda de pavo. La jugada compendió todo lo que un defensor no debe hacer jamás: recular sin prudencia, cabecear hacia el portero conscientemente y preferir el pase más difícil en lugar de la cesión sencilla al compañero que está de cara. Nadie le avisó, tampoco, de que Reus venía zumbando por detrás, lo que indica una peligrosa ausencia de solidaridad colectiva que quién sabe si no delata una ancestral falta de concentración o, aún peor, un vértigo súbito y fulminante.

El Madrid alcanzó el descanso como un náufrago agarra el primer puñado de arena al ganar la playa. Ancelotti corrigió rápido: Isco por Illarra. El heredero euskaldún fue engullido por su primer big game y aunque la crítica se cebará con su bisoñez competitiva, se le podría decir aquello tan laportiano del al loro, que no estamos tan mal: Pepe, Ramos o Di María volvieron a completar un partido esquizofrénico y dantesco, pero a ellos no les salva la excusa de la edad. Con Alarcón el Madrid respiró por un costado: asido al lado izquierdo, devolvió a Bale al derecho y tanto Modric como Alonso recuperaron una referencia tras las líneas enemigas. Con Isco, los pelotazos desde la cueva adquirieron sentido, pausa y orientación, y el equipo jugó 20 minutos realmente buenos en los que pudo meter 2 goles. Weidenfeller empequeñeció 3 veces la definición de Bale y Benzema, y de pronto el diablo armenio con el 10 de los amarillos a la espalda se plantó ante Casillas. Ocurrió sin que nadie lo previera, sin que nadie fuera capaz de descifrar el momentum, la jugada, la clave. Entre 5 madridistas, 2 borussios hilaron un contragolpe radioactivo, y Mirkytarian saltó por encima de Casillas, perfilándose claramente a gol. Con la portería vacía, mandó la pelota al palo, y todos buceamos en nuestro diván de los horrores y encontramos a Higuaín haciendo lo mismo contra el Lyon, en 2010. Karma is a bitch, Jurgen. Casemiro entró por Di María y desplegó toda su exuberancia amazónica, invadiendo el centro del campo como la jungla ocuparía Manaos si de repente la deshabitaran. Tardó exactamente 10 segundos en matar la eliminatoria: en su primera jugada derribó a un alemán de potente empellón, levantándose con aspavientos dirigidos al resto de sus compañeros. Nadie esperaba el alarde de cancherismo que exhibió un jugador tremendamente infravalorado por todos los gurús, pero al que se le adivina un mediocentro de envergadura no sólo física sino también plástica, técnica, geoestratégica. Corre como si trotara por una vereda selvática husmeando el rastro de un jaguar, pero es muy complicado quitarle la pelota. Protege con su cuerpo, distribuye con sentido y arriesga en la entrega: haría bien Ancelotti en no olvidarse de este Emerson bizarro al que no achicó ni el lugar, ni el contexto. Su entrada revitalizó al Madrid, y al BVB, exhausto, le creció una planta carnívora justo en el lugar desde donde estaba breando al Madrid como un cañón de Navarone: el hall de Alonso y Modric. Los últimos minutos fueron de estos dos, quienes adelantaron al Madrid lo justo para terminar el partido en las barbas del portero alemán. Rendido Klopp, el Madrid sobrevivió a sí mismo y a su propio recuerdo. Es tan indescifrable este equipo, que quién puede saber lo que el destino le tiene reservado en semifinales.

Lluvia ácida

3 abr

Recuerdo la vuelta a casa tras el 4-1 en Dortmund, el abril pasado. Fue la hora en metro más larga de mi vida. Para mí, que soy de pueblo, el cálculo de las distancias en Madrid era una cosa muy seria, como un ritual. Me hice hijo del minutero: a y cuarto salgo, a en punto llego. Tengo diez minutos para recorrer los pasillos de búnker de Diego de León y hacer el transbordo. Etcétera.  Tuve que habituarme a una liturgia de reloj para programar mi vida sin que los tiempos resultasen excesivos. Para que no me engullese el tiempo, vamos. Aquella noche la cosa se eternizó con una crueldad intolerable. A partir de cierta hora, los trenes van espaciando sus llegadas. Tuve que esperar sentado quince minutos en el andén, sin batería en el móvil y con toda la cara de otro: con la de Lewandowsky, concretamente. Imagínense, el panorama. Después de eso sólo me hicieron creer en el disparate de la remontada unos tuits de Mercutio, un artículo de Manuel Jabois y una canción de AC/DC. Por eso ayer regresé al bar -era otro bar, era otra ciudad, pero seguía siendo el mismo cenáculo comunitario donde el fútbol se convierte en drogaína social- con cierta sensación de angustia. Otra vez, el ogro amarillo. Klopp y sus 101 putos dálmatas. Incluso la visión de un negro peinado a lo afro con unas estrellas grabadas en el pelo de un parietal y las siglas del BVB en el otro me infundieron temor: estos modernos vienen a meternos Europa por vía rectal otra vez. Pero nada de eso.

El Madrid necesitaba una catarsis para salir del coma inducido. Un partido así: esquizofrénico, caótico, en el que dominara por rachas y caminara sobre el alambre con el funambulismo de las tardes históricas. Electricidad y riesgos. Tumba abierta, que escribirían los clásicos. Cuando Skyler le grita a Walter White que no puede vivir sabiendo que un día cualquiera alguien va a llamar a la puerta con una pistola en la mano, y él le dice que es él el tipo que golpea la puerta. I am the danger. Ese es el Madrid. Ese fue el Madrid anoche. Carletto tuvo que remendar un equipo, apuntalarlo como las obras a medio hacer por culpa de las bajas. Khedira, Arbeloa, Jesé y ahora Marcelo y Di María. Lo de Marcelo es de despido procedente: la rotura de isquiotibiales de cada mes de abril. El tipo lleva dentro de sí un número 1 indiscutible, pero se empeña con mucho esmero y dedicación en tirar su carrera deportiva, siempre ajeno a conceptos tan básicos en la élite profesional como la disciplina, el sacrificio, el trabajo diario, la competitividad. A Di María se le vino Rosario atrás, donde cargan los buenos, y dejó a Isco Alarcón uno de esos resquicios por donde se entra en la Historia.

Nada más empezar, el Madrid subió la presión hasta el mismo Weidenfeller, y al minuto 3 Benzema ya había hecho magia en una esquina. Dejó botar el balón y el lateral izquierdo se tragó el cebo. Entero. Hasta la Cabila argelina. Benzema se deslizó como un rayo entre Durm y el mediocentro que vino a probar el asiento de atrás, y Carvajal ya estaba esperándolo en el balcón del área. Al primer toque continuó la jugada sobre la incorporación de Bale, que acuchilló al Borussia desde el perfil de un delantero centro. Desde ahí hasta el minuto 20 el Madrid jugó a lo antiguo, a lo que veíamos en la tele cuando éramos pequeños: los de blanco rebañando en el círculo central y lanzando al rival contra sus cuerdas. Isco, Modric, Alonso batiendo desde atrás y Benzema permutando constantemente con Cristiano y Bale, perforaban la pared alemana con esa asimetría constante en la que fluye el juego madridista cuando Modric se armoniza con el Universo y todo a su alrededor sintoniza. Al 26 Isco maerializó esa sensación nociva para el adversario, de angustia perenne, zigzagueando en la frontal del área borussia y picando un balón diabólico a la cepa del poste derecho del BVB. El toque fue sublime, enguantando la pelota con el interior del pie y haciéndolo botar fulminante en el instante preciso en que el portero alargaba la mano para atajarlo. El partido de Isco fue una reconciliación consigo mismo. Este tipo de genios se mueven así, a impulsos cósmicos, y su virtuosismo depende de condiciones ambientales incontrolables.

El Madrid pudo irse al descanso 4 o 5-0 si Weidenfeller no se hubiera lucido. A este portero le pones un uniforme de oficial de la Gestapo y parece sacado de un fotograma de El Pianista. En la segunda parte el Madrid acusó el desgaste y ciertas alteraciones atmosféricas en torno a Sergio Ramos. Peperamos es como lo que dice mi abuela de los gitanos: si no te la dan a la entrada, te la dan a la salida. Pepe, omnímodo como en sus mejores años, salvó unas cuantas situaciones de daño real en las que los borussios se plantaron frente a Casillas con superioridad y la Luger 45 amartillada. La paradoja es que casi todo el peligro visitante vino inmediatamente después de jugadas de ataque del Madrid, cosa inaudita que se viene repitiendo con cierta asiduidad desde el Clásico. Klopp echó a sus chavales hacia arriba con ímpetu, empezó a llover y el partido se tornó difuso, como psicotrópico. El Madrid se replegó y siguió zumbando sobre el Borussia a ráfagas: en una, Modric robó en tres cuartos y pilló a los de amarillo en pleno retroceso. Ronaldo agradeció la dádiva con un gol muy bonito que fue lo último que hizo antes de irse lesionado. Luego Benzema y Bale tuvieron la puntilla a la eliminatoria pero la comuna hipster de Dortmund se resistió y envidó al final presionando muy alto a un Madrid que acabó con Morata, Casemiro e Illarramendi como única rotación posible en una plantilla muy mermada por las lesiones. El Bernabéu despidió a sus héroes con media entrada: entre los que se fueron faltando 5 minutos -con el subcampeón de Europa asfixiando a los suyos en la ida de los cuartos de final de la Copa de Europa, jé- y los que no vinieron por los desorbitados precios de las entradas, la bajada del telón en Chamartín fue un cliffhanger disperso, de promesas inciertas y primaveras sin romper.

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