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Un tajo limpio

28 sep

Decíamos el otro día que las revoluciones no hacía ruido, y es verdad. Casi siempre. Y que a una algarada le sigue una respuesta, digamos, contrarrevolucionaria. Acción, reacción, y todo eso. El Madrid vive ahora una suerte de Conferencia de Viena, donde todos los fiduciarios del antiguo régimen se han puesto de acuerdo para devolver la realidad al punto original de partida: en consecuencia, ayer Casillas volvió a ser titular. Periodistas de cámara, opinadores, opinólogos y homeópatas de la información, coincidieron en señalar la extraordinaria normalidad: Casillas paró mucho y bien, transmitió seguridad, ejerció de líder natural y el 18 de noviembre de 1975, por la noche, Franco estaba muy bien de salud.

Esta alternancia diaria en la portería es un fenómeno desconocido en el fútbol de élite. Ancelotti, embebido quizá del carácter pionero del Madrid, juega con los naipes de Navas y Casillas, presa del pandemónium de intereses contrapuestos que avalan a cada uno; intereses futbolísticos y de los otros, ya saben: esas cuestiones inefables, susurradas a medias en los telediarios, deslizadas viscosamente por entre las páginas del periódico, que nada tienen que ver con la agilidad de los porteros o con su ritmo de trabajo. En este momento, la diferencia balompédica entre Iker y Keylor es tan grande, que con los matices se podría llenar la fosa de Las Marianas.

El partido empezó muy graciosamente con una cesión torpe de Kroos atrás: imaginó Toni que allí estaba Neuer, y supuso que el portero saldría, la controlaría y comenzaría la jugada con los pies. Casillas no es Neuer, huelga comentar la diferencia, y apenas pudo despejar de mala manera, torciendo el gesto y derrengándose con mucha fealdad sobre la línea de fondo, para choteo general de propios y extraños. Así, antes del primer minuto de partido teníamos córner y el café yéndose por el lado equivocado de la glotis: cada saque de esquina en contra es un desafío soberanista a la unidad de España.

Marcelo parece asentado en el lateral izquierdo: Carvajal ha recuperado su fuero en el derecho, y el Madrid sale esquiando sobre estos dos carrileros, a toda mecha, y disparado también se acerca el peligro, casi siempre tras la nuca de ambos. Fue digno de ver el despliegue de los centrocampistas del Madrid: dicen que Modric, James y Kroos se difuminan en un triángulo isósceles en el que la punta es para el colombiano y el vértice lateral, para Luka, pero a mí, ayer, me pareció ver una fila prieta cada vez que el Villarreal atacaba la fase defensiva madridista. Ubicados casi en línea, soldaban las grietas por entre las que seguían colándose jugadores amarillos, pero sin poder acuchillar en corto. Varane y Ramos, ágiles como gamos, corregían atentos las goteras de los tres mediocampistas, y los dos laterales juntábanse mucho en la base dejando por detrás una playa virgen donde, curiosamente, moría de inanidad todo intento local por dañar el área blanca.

El Villarreal, carente de un 9 grande capaz de fijar a los centrales y aterrizar alguna pelota lateral, hormigueaba por el balcón del área madridista valiéndose de la tremenda movilidad de Vietto y Uche; ambos delanteros, bajitos y nervudos, con buena técnica y sagacidad en el desmarque, ganaron algunos espacios por entre las piernas de Varane, que son tan largas que, debajo, cabe Liliput. No obstante, sus disparos salieron fuera o demasiado al centro: las dos únicas ocasiones de peligro en la primera parte surgieron de dos trallazos al muñeco. Uno, despejado por Casillas al centro -en la repetición se vio cómo embocó el balón con los ojos cerrados, en otra imagen para la Historia no-oficial del santo varón de las Españas- conllevó un rechace finiquitado muy malamente por Uche, para sosiego de la gente temerosa de Dios; el siguiente lo interceptó Marcelo justo en la cara del portero, en un escorzo inverosímil, karateca, con esa manera de defender desparramada que tiene Marcelo, con ese dramatismo de funambulista que tantos disgustos le da a los que, como el que escribe, aspira a una formalidad capelliana en el noble arte de la defensa y el quite.

Esta intensidad del Villarreal fue desactivada pronto por la paciencia del Madrid. El cambio de Xabi y Di María por James y Kroos ha barnizado al equipo de Ancelotti con una pátina diferente: dos jugadores, vamos a decirlo así, rompedores, por dos jugadores inclusivos. La diferencia, para mí, es tan evidente, que este Madrid va jugando cada vez más a lo que es propio y genético en Modric y sus dos compañeros de viaje. Xabi y Di María, por sus naturaleza, tendían a quebrar el junco disparando: balón largo, verticalidad, conducción larga y arrastre de contrarios, erupción volcánica y cientos de espacios tras cada breakdown; James y Kroos, en cambio, pisan la pelota. No una vez, sino muchas. Caracolean, la alimentan, buscan más la transacción corta y rápida, a lo xaviniesta, aunque, no obstante, gusten de orientar a izquierda y derecha con parábolas hacia los compañeros más desmarcados que, sin embargo, carecen de esa violencia que tanto Di María como Alonso imprimían siempre a sus pases. De resultas de este juego, el Madrid volvió a escalonarse 4-2-2-2 cuando atacaba la rocosa trinchera amarilla. Bale parecía, más que nunca, desterrado a la esquina derecha, como un náufrago ahogándose en un perfil opuesto a su mecánica habitual de control y galope.

Benzema, en cambio, nadaba muy a gusto entre tanta marca adversaria: las defensas así son su piscina climatizada. El Madrid iba empujando al Villarreal hacia atrás, sin herirle demasiado, hasta que Modric avistó un rectángulo sin dueño en la portería de Asenjo. Chutó desde muy lejos, casi desde el aeropuerto de Castellón, como si estuviera de rave allí y tirase un botellazo: apenas le dio fuerte, sino muy colocada a un ángulo que, de forma inverosímil, estaba sin cubrir. El gol hizo desplomarse al Villarreal y un rato después iba a llegar el 0-2: Benzema hendió hasta la línea de fondo con un desmarque de esos extremos que llevan al central rival a apurar el tackle hasta el final; cualquier otro delantero hubiera chutado de primeras. Él, naturalmente, la controló, y de un toque se ubicó hacia el minarete de este Madrid que es, claro, Ronaldo, que venía echando humo por la chimenea de la locomotora. Le puso el balón en el pie y Cristiano acomodó con el interior al palo contrario de la dirección de la jugada.

El Madrid afrontó el resto del partido con una seriedad inaudita. Siempre quise que el Madrid ganase en las salidas difíciles como veo hacer muchas veces a Chelsea, Bayern, Juve o cualquiera de esos equipos grandes y europeos que vencen con una superioridad, por decir, burocrática, que es incontestable. El Madrid se llevó la victoria ayer de esta manera: veía uno correr a los de blanco y parecían más fuertes, más redondos, más fibrosos y mejor plantados que los de amarillo, y con esa vanidad estética se conforma uno en una tarde de sábado soleada en la que se intuía imposible recortar ningún punto a Barcelona y Atlético de Madrid.  El Villarreal no paró de correr y Marcelino de gesticular en banda; fue para nada. El Madrid dejó que atacasen la frontal misma del área, y debe ser un reflejo involuntario de la defensa cuando juega Casillas: se cuelgan todos del área pequeña, pero esta vez no ocurrió ninguna desgracia. Salieron Nacho, Illarramendi y Alarcón muy tarde, y además de la dilecta sobriedad pequeñoburguesa de Illarra en el procesamiento funcionarial de los tres puntos, destacó Isco. Comparte Isco las características que mencioné antes de los jugadores rompedores, a pesar de la la plebe se deleite con su versión más aburrida, esa que le hace ser un Iniesta con pelo y carisma. Isco rompe cuando juega corriendo, cuando conduce pero con el periscopio muy arriba y cuando al primer toque busca y encuentra.

Las revoluciones no hacían ruido

24 sep

Se avecina octubre tras la cortina cárdena del cielo y llegan las últimas lluvias del año. O las primeras. Durante todo el día la tormenta amenazó con descargar furiosa, pero llegaron las ocho de la tarde y en el Bernabéu no pasó nada. Debutó Keylor Navas de manera oficial, en la quinta jornada, y por las calles la gente siguió paseando con sosiego. Los bares no cerraron, tampoco se colapsaron las bocas de metro, y el tráfico fluyó con la normalidad habitual. Las revoluciones hacen mucho ruido mientras se anuncian. En ese estadio previo de mentideros en los periódicos y susurros radiofónicos, los nervios se excitan. Casillas al banquillo, decían, esperando oír estrépito, confusión, gritos y carreras. Nada de esto. Ese miedo a la sublevación plebeya, tan florentinista también, forraba al capitán del Madrid de un espesor totémico, casi un velcro que hacía imposible despegarlo del césped y de nuestras vidas. Jugó Navas y no pasó nada: la gente entró al estadio bulliciosa, con esa dicha especial que tiene el madridismo los días entre semana, sin duda hábito adquirido en el armagedón anual de la Copa de Europa.

Los predicadores del terrores nocturnos hablaban de rotaciones y suplentes para recibir al Elche. Ancelotti apostó por un Madrid distinto, ciertamente. Illarramendi y Alarcón relevaron a Benzema y Modric, y fue como salir de boxes con neumáticos blandos para la lluvia. Fue el partido más interesante de la temporada en lo táctico. El Real se orientó alternativamente del 4-2-2-2 al 4-3-3 siempre según entrase el viento por la proa. Allí, hendiendo la negrura del océano, Ronaldo y Bale confirmaron lo que apuntándose venía desde el derby de hace dos semanas: el lugar del 9 -que no la punta. No sería preciso hablar de punta en un ataque tan dúctil como el madridista- es ahora una estepa por donde transitan los búfalos, un páramo sin habitantes, tierra de nómadas que pasan por allí, lo rompen todo y siguen adelante. Entre Kroos e Illarra tejieron en el mediocentro la malla metálica por donde el Madrid contuvo el partido: casi siempre fue el vasco el que mantuvo la guardia, lanzando al alemán a un raid constante entre Mosquera, Adrián y Víctor, los hombres de verde llegados desde Elche cargado de dátiles.

Enfocó la realización durante dos segundos a Escrivá, el entrenador del Elche. Por un segundo quedé sugestionado por su tez bronceada, su pelo corto a lo marine, ceniciento ma non troppo, y por su traje oscuro, sin corbata. Me recordó a alguien.

Illarra destacó verdaderamente por primera vez desde que juega en el Madrid. Descubrió, de pronto, su vasquidad. Saltó decidido, confiado y agresivo. Disputó todos los balones sin encogerse; pisó el balón, cosa inaudita en él, clavándolo bien al metro de césped madrileño donde paraba. Recorrió todo el pasillo central con la autoridad de un aspirante a general; acudió a la refriega también con ese punto inconsciente que sugestiona a los rivales cuando en Anoeta, San Mamés o El Sadar los equipos locales tremolan y todo empieza a vibrar, como sísmicamente, y casi siempre los rivales acaban escurriéndose montaña abajo con toda la cabeza reventada. Eso es muy vasco y anoche Illarramendi se desempeñó con esa nobleza, sin atisbo del recato acostumbrado desde que llegó a Madrid. Fue la mejor noticia de un equipo que jugó toda la primera parte en el campo del Elche, rememorando aquellas tardes de mi infancia cuando los partidos sólo los jugaba el Madrid y los rivales, fueran quienes fuesen, eran meros figurantes, atrezzo decorativo, monigotes que saltaban y caían y corrían solamente hacia atrás mientras los de blanco recuperaban, encerraban y golpeaban.

No obstante, el primero que golpeó fue Ronaldo. En el primero de los dos únicos acercamientos ilicitanos al templo de piedra maya de Keylor, un córner mal despejado se le quedó colgando a Cristiano del gemelo. Erró al querer controlar y al despejar su zurda despeinó a un delantero del Elche. Penalty. El Bernabéu, cantarín y despreocupado, se sacudió de repente: en las redacciones las gargantas se encogieron y quizá Fernando Burgos tapóse los ojos ante la posibilidad de que aquel cualquiera mulato, usurpador y don nadie que había sido contratado por los méritos mostrados -qué pringado- no como Iker, funcionario de primera clase, pudiera pararlo. No lo hizo porque Edu Albacar lanzó fuerte, a media altura y hacia un lado.

Justo tras el gol pudo llegar otro: el segundo (y último) relámpago verde tras la linde de Ramos y Varane dejó a Marcelo expuesto frente al espejo. Jonathás conquistó su espalda sin esfuerzo aparente y cuando ya pisaba el vestíbulo del área, cayó fulminado por una patada del brasileño del Madrid: no tocó tierra por poco, y se quedó sin poder pedir el asilo político del segundo penalty.

Entre el 0-1 y el 1-1 a Ronaldo le dio tiempo de rematar a dos defensas en el área del Elche. Era tal la violencia con que los atropellaba a todos en ambas áreas, que parecía a punto de descoserse la camiseta, en plan Hulk.

La movilidad permanente en la cabeza del dragón madridista produjo el empate con una naturalidad que pudiera ser considerada insultante para con el resto de equipos de fútbol del mundo. James, encargado de gestionar el pánico por la orilla derecha, abrió de un tajo el costado derecho por donde Carvajal arrastraba media costa levantina: con su zurda, a contrapelo de la jugada, combó un balón hacia el primer palo, por donde Bale, casi sin esfuerzo, lo acarició con la coronilla. Surgió Bale por el sitio del delantero centro, como luego haría Ronaldo para cabecear el 3-1 con un latigazo de su cuello que cantado por Homero ocuparía toda la crónica entera. Antes, el árbitro imaginó un penalty en un tirabuzón de Marcelo en área visitante. 2-1. Ancelotti parece estar respondiendo a la eterna cuestión de la delantera sin Benzema: el plan B es este. Los movimientos tácticos del italiano no tienen la instantaneidad genial de los de Mourinho o Guardiola; son, por así decirlo, aproximaciones leves, bocetos que con el paso de los partidos terminan coloreándose según Carletto les vea pragmatismo o no. Bale y Ronaldo, dos jugadores inclasificables, inabarcables dentro de sus cualidades innatas, no son nueves, ni sietes, ni dieces: son monstruos que duermen bajo la cama de todos los adversarios del Madrid en España y Europa. Como tal los considera Ancelotti, así los explota: lo que más aterroriza a los niños es la ubicuidad de los monstruos.

La segunda parte fue aburrida y monótona. El Madrid tenía ganado el partido y no quiso gastar más gasolina de la necesaria. Destacó Isco, muy conectado al ambiente y al equipo a lo largo de la noche. Alarcón parece encendido. Esto aumenta el potencial del Madrid, lo amplifica hasta límites insospechados. Es, tras Benzema, el mejor jugador del Real con el balón controlado. Anoche, antes de los tres hachazos blancos, se ocupó de torear por la izquierda del ataque madridista, juntándose con Marcelo y cayendo tras Ronaldo y por entre Bale y James cuando el remolino se formaba ante las barbas del Elche. Descosió el terreno de juego por su lado, en ese intermezzo táctico situado entre Illarra, Kroos y la delantera. Con el partido ganado, ya en la segunda parte, se dedicó al arabesco y la escultura del detalle. Plegó al Bernabéu, lo arrodilló ante sus pies con toda una serie de verónicas, medias verónicas, pases de pecho y manoletinas, muy del gusto de la afición; suele jugar así cuando los rivales están a merced y él se gusta, se encuentra a sí mismo entre la frondosidad de sus compañeros. No es el mejor Isco: éste, la mejor versión de este futbolista extraordinario, suele concurrir a los partidos llamados machos. Es entonces cuando el malagueño se despoja de esa finta inútil y del barroco innecesario, y juega con la seriedad de los toreros legendarios: en corto, rápido y con hipérboles.

Fue un partido, no obstante, magnífico para los pasadores. James, el propio Isco, Kroos y Bale, se deleitaron con la espalda del Elche, martirizada por la largura de los carrileros del Madrid. Quedando diez minutos entraron Chicharito por James, Nacho y Arbeloa por Ramos y Carvajal. Sólo cambió el dibujo la entrada del mexicano. Ha fichado esta semana el Madrid a otro mexicano, para el baloncesto. Llevará el 14, como el delantero. Ayer no pudo marcar. Casi lo hace en una pelota suelta que le llegó de rebote, hacia la frontal. Se echó muy atrás y la pegó con el tobillo: ya había metido dos desde lejos en Riazor, era suficiente. Es el Chícharo un calambrazo, como un desfibrilador: lo veremos en los partidos en que el Madrid infarte. Su ingreso desterró a Bale a la derecha y ahí se hizo más visible, aunque menos efectivo: es lo que tiene su nueva posición de delantero centro, que lo invisibiliza, sobre todo para los rivales, que mueren sin darse cuenta. Ronaldo marcó el cuarto y el quinto, y Arbeloa recibió el calor de la grada por su condición de hombre-club y correa transmisora de un madridismo irredento que no necesita de periodistas en la zona mixta para enorgullecerse de sí mismo.

Ronaldo abandonó el Bernabéu con otras cuatro vergas enemigas ensartadas en un alambre, y 93 minutos más encima de su maltrecha rótula. Llegarán las oscuras golondrinas.

La Coruña sin dolor

20 sep

Carlo Ancelotti saltó al césped coruñés de Riazor vestido muy a la italiana, con un chalequillo debajo de la chaqueta. Respeto mucho a los hombres que visten así, los que no se han plegado aún a la tiranía de las mangas de camisa, del reniego a la corbata ni del menosprecio al chalequillo. Al enfocarle durante el partido, varias veces, daba el perfil de un Soprano de Nueva Jersey. Decían que Carletto tenía atravesada La Coruña, desde aquel 4-0 del Deportivo a su Milan. Aludían los periodistas a aquella remontada como queriendo invocar algo, conjugando la proverbial equidistancia mediática para con el Madrid de algunos próceres del oficio -que es más equis que distancia, deberían emitirse Los Manolos con dos rombos para ahuyentar a los niños- con un recurso muy de moda últimamente: las estadísticas. Qué coñazo, las estadísticas, qué cruz de la tecnocracia moderna a la que el periodismo deportivo se suma como las putas se agregaban a la caravana de un ejército en la Antigüedad.

Al Deportivo lo entrena Víctor Fernández, un viejo amigo, amante, según los entendidos, del espectáculo. Casi siempre lo da, ante Madrid, Barcelona y quien se ponga por delante: no gana un partido importante desde la Recopa de Nayim, e incluso ha alternado ridículos espantosos en sus postreras apariciones por los banquillos de Primera con tertulias televisivas cuyo propósito, colijo, era el de recolocarlo dentro del panorama de agentes y presidentes verbeneros en que se mueve la cara B de la Liga española. Víctor Fernández, para no perder la costumbre, armó un Deportivo que era un souflé: inflado por los costados, presumido de cierta horizontalidad vistosa, y vacío por dentro. Al Madrid le aguantó media hora pero más por acierto de Lux, su portero, que por fortaleza propia.

Estaba Riazor extrañamente manso con el Madrid hoy. Las 4 de la tarde es una hora perfecta para el aficionado europeo, no así para el español. Ponerle al ibérico medio el Madrid a las 4, un sábado, es cortarle el rollo: enfrentarlo a una coyuntura dramática, hacerlo elegir entre dos instituciones sagradas: la siesta y el Madrí. El madridista y el antimadridista llegaron al bar maldiciendo por lo bajo de la hora y eso se notó también en las gradas de La Coruña, exentas de la animosidad acostumbrada cuando asoma por toriles el blanco nuclear. No se puede insultar bien con la barriga llena, y la modorra es la mejor morfina para el odio. Hacía, además, una tarde excelente, lucía un tibio sol por encima de la Galicia que mostraba el televisor, y el césped parecía un prado cantábrico.

Así que el Madrid se aplicó al desnudo del partido sin el nervio tensor de los últimos días. Varane ha entrado ya en escena y las señales que pueden verse en el cielo auguran que no va a salir del once más que en camilla. Ordena a Ramos, lo serena como por influjo magufo de su metro noventa de morenez polinesia. Tanto es así que vimos al Ramos más agresivo con el balón en tiempos: fueron tres o cuatro las veces que atravesó el meridiano del centro del campo con el balón cosido a la bota, mandando con ese brío que le sale a veces de torero figurón, de Hierro tatuado. Casi nunca arriesgó el pase en esas acciones, lo que nos alumbró otra certeza: Peperamos es un siamés diabólico que al separar una de sus partes se anula la bipolaridad de la otra. Arbeloa recuperó el carril derecho y Marcelo el izquierdo: incrustó su caribeñismo melenudo entre los interiores gallegos y la defensa, desangrando lentamente a los locales mediante la asociación más mortífera que tiene este Madrid: Benzema, James, Bale y Marcelo danzando en círculos alrededor de Laure, Diakité, Fariña, Bergantiños y Juan Carlos.

Era paciente el Madrid. Kroos bajó definitivamente al sótano, con Modric en perpendicular sobre él, rotando sin parar por toda la zona ancha. El Madrid simulaba casi siempre un abanico al atacar y la movilidad de Benzema resultó devastadora para Sidnei y Diakité, centrales lentos y huérfanos además de la asistencia de sus laterales. La hiperactividad de Karino destapó otra variante sobre la que parece ir tendiendo puentes Ancelotti para un próximo paso de su locomotora: Bale y Ronaldo disputábanse la posición de delantero centro permutando puestos con naturalidad, de forma espontánea, sin solaparse nunca. Las características apocalípticas de Ronaldo deben conducirlo con el tiempo a ese lugar, reducida su explosividad con los años; de momento gusta de ir entrando por entre los huecos sin dueño que dejan los centrales contrarios. Bale, muy atento también a las sinergias que la asimetría táctica de sus compañeros iba generando en el balcón del área deportivista y en los costados, trasladaba su zurda elegante a la derecha ora así conviniese; deslizaba calambrazos por la izquierda ora la jugada lo dirigiera hacia sus pastos naturales.

El primer gol vino así: Ronaldo, izado en el punto de penalty como el mástil de un galeón, acabó rematando una polifonía ejecutada con velocidad y precisión por el resto del equipo. Modric encontró a Bale y este a Arbeloa, descolgado con frecuencia en el córner izquierdo de la defensa coruñesa. Puso el interior de su bota y la pelota subió muy arriba. Llovió sin fuerza sobre la frontal del área chica y ahí vimos a Michael Jordan extendiendo sus gemelos por encima de los límites fisiológicos del hombre moderno. Ronaldo se suspendió en el aire; miré a una y otra parte, esperando ver aparecer la cartulina de Nike y a Cantona diciendo Just Do It, o algo. El cabezazo, dado con la sien, orientado casi con la primera vértebra del cuerpo de cíclope que tiene este muchacho, fue lamiendo los guantes de Lux, prometiéndole frenesí y champán hasta dejarlo plantado en el ascensor con cara de capullo.

James, que hasta entonces habíase acoplado por fin a la carta de navegación acostumbrada de Modric, metió el segundo apenas pasados unos minutos. Recibió en el pretil derecho del área deportivista y metió el pie abajo, muy abajo, donde nace el balón, segando parte del césped de un tajo limpio y preciso. La comba fue muy fotogénica y Lux sólo pudo mirar cómo entraba la pelota por su escuadra izquierda. Ciertamente, James jugó muy bien, y el gol colmó un partido fantástico, manufacturado con el mimo artesanal que se le presupone a este zurdo de seda que se mueve muy rápido por todas partes pero al que Modric parece ya haber sincronizado con su cuenta de Twitter. Cuando Luka publica, James firma el tuit: Ancelotti, quizá, haya descubierto que el orden entre sus tres centrocampistas consiste en ponerlos en fila. Todos han dado un paso hacia atrás, y desde Kroos con los centrales a James con Benzema, la rectitud de la línea de 3 ha dado al Madrid profundidad y bandas. O al menos, eso pareció en Riazor, donde el ritmo fluyó si no rápido, sí, al menos, calmado, y el balón se balanceó de banda a banda siguiendo una música coral agradable de ver, armoniosa, sin sobresaltos.

Influyó en esto la solvencia de la pareja de centrales y la atención constante de Arbeloa, en el quite y cobertura. Marcelo, liberado sindical, acudía de vez en cuando a confirmar que todo marchaba bien. Varane y Ramos, muy arriba, empujaban al Deportivo contra sus propios defensas. No obstante, al salir de vestuarios el Madrid concedió un balón lateral, el primero del partido, que se escurrió hasta el corazón del área y tropezó allí con la mano de Ramos. Estaba pegada al cuerpo o eso me lo pareció. El árbitro consideró que con la victoria del NO en Escocia era suficiente alborozo centralista en Europa y permitió al Deportivo recortar 1-3 la distancia; a la jugada siguiente Casillas colapsó algún ventrículo que otro al no atrapar (¡qué sorpresa!) un centro en su área chica: menos mal que el árbitro reconsideró su postura geopolítica y pitó falta posterior. El Deportivo comenzó a golpear el avispero pero Ancelotti atajó pronto: Illarramendi al centro y Benzema fuera. El ajuste trasladó a Ronaldo definitivamente al sitio donde muere la gente y Bale recibió un telegrama donde se le avisaba de forma urgente que acudiera a banda izquierda. Illarra, muy metódico siempre en la quita y el pase, ahormó al Madrid: Kroos y Modric dieron un paso adelante, ambos al mismo tiempo, y el Madrid cambió de dibujo. Con el croata y el alemán alineados en paralelo por encima de la hormigonera de Mutriku, James se liberó absolutamente y Marcelo animóse a puntear. Así llegó el 1-4, en el que Marcelo, una versión caribeña y despreocupada de sí mismo -que ya es decir- conectó con Bale por donde doblan las campanas y los centrales gallegos sólo pudieron observar cómo el galés picaba la pelota ante la salida de Lux, sin controlar ni pararla porque esas cosas se las deja Bale a los malos toreros.

Luego fueron llegando los goles como cerne la lluvia en otoño. Mojando poco a poco, entre Ronaldo y Bale fueron matando al Deportivo hasta el 1-6. Entonces los locales volvieron a tirar a puerta y Casillas quedó muy bien en la fotografía, reflectándose como un cono de la Guardia Civil de tráfico al recoger otro balón desde dentro de su portería. Los periodistas deportivos españoles llevan desde mayo haciendo papiroflexia semántica para disculpar a Casillas de todos los goles que recibe: cualquier día acabarán por gritar en directo la desfachatez de Fulanito por meterle un gol a Iker sin avisarles con tiempo de preparar otro truco gramático. La culpa volvió a ser, por supuesto, de la defensa. Menos mal que al final entró Chicharito y, para joder bien jodidos a estos nuevos tecnócratas que inventan el periodismo cada vez que abren la boca, metió su primer gol como madridista desde fuera del área. Es la grandeza del Madrid, que convierte a un palomero mexicano en triplista yugoslavo. El Chícharo reventó la portería del Deportivo de La Coruña dos veces en cinco minutos, ambas desde Playa del Carmen, poniéndole sal al reborde del vaso donde se sirven allí los margaritas.

Curas paliativas

17 sep

La Copa de Europa es el paracetamol que acude a salvar las resacas más pesadas del Madrid. Siempre ha sido así. En el estado de crisis perenne en que vive el club, azorado por cataclismos semanales de duración variable, es una suerte de tregua. Es tal la fascinación que produce este torneo entre la nación madridista, tal la sugestión, tal la convicción de pueblo elegido que tiene la hinchada, que en cuanto suena el himno todos cesan en sus cuitas terrenales: las iglesias de toda la Cristiandad tocan a cruzada. Enfrente, el Basilea: un equipo que aparece de vez en cuando en la escena internacional, jugando más o menos bien aunque realmente nadie lo sepa, puesto que en Suiza todo parece tener un aire equidistante y acolchado. También el fútbol. ¿Se puede jugar bien en la pradera que sale en la tapa del chocolate Milka? Es complicado intuir la rasgadura visceral a la que estamos acostumbrados aquí, y que todo lo determina con su pasión catártica. Basilea, como toda Suiza, suena a posición avanzada de Roma; a centinela perdida, a última frontera de la civilización. Bosques, ríos y bárbaros con hacha. Un lugar que ha logrado ponerse de perfil cada vez que Europa se apuñalaba con el mundo y a sí misma, imperturbable. No me fío de los suizos.

Quizá Ancelotti tampoco y por eso recurrió a Nacho en banda derecha. El canterano es uno de los hallazgos más interesantes de los últimos tiempos. Su propia irrelevancia mediática, per sé, lo avala: discreto y eficaz. Se le puede aplicar ya, sin rubor alguno, el trampantojo ese de hombre de club. Sus declaraciones son anodinas, siempre que habla su discurso se inserta en el código oficial del club: ¡no era mucho pedir, un futbolista así! Trabaja duro y vive despojado del divismo que afecta a muchos futbolistas a la hora de aceptar su condición de mero peón en el tablero del entrenador. Ha sido central, lateral izquierdo y derecho, y no descarto que cualquier día Ancelotti lo pluriemplee de líbero, portavoz oficial y sustituya, además, a Herrerín. En el lateral izquierdo también hubo cambio: Marcelo.

Sobre la crisis de juego y resultados del Madrid -más analizada que un desplome bursátil- se han alcanzado algunas conclusiones: Kroos no vale para mediocentro como Di María no valía de interior hasta que valió; James desubica a Modric, y el equipo necesita acumular el balón. Si Marcelo, el Marcelo kistch de ahora, sirve para algo en este equipo, es para eso. Carletto así lo creyó y ante el Basilea se permitió invertir en socialdemocracia por la banda izquierda con el objetivo de eso que se llama ahora “contentar a las bases”. Marcelo es una apuesta intermedia entre la ruptura con el 4-3-3 y el Equipo de Asalto. Sin un 5 que haga de superglú entre las transiciones defensiva y ofensiva, el 12 es el escalón donde el equipo apoya el pie al retroceder, para no caer e impulsarse de nuevo hacia el rival. Funciona, sobre todo, cuando la exigencia es menor, como ayer.

Por delante, la canción que ya se han aprendido todos los niños del mundo.

Kroos se movió bien, suelto, sin la asfixia de los rottweilers de Simeone. Como contra Sevilla en Cardiff y Real Sociedad un rato, la primera media hora aquella, tan engolada. Su zancada abarca un pantano entero. Me recuerda a Effenberg, por el porte y la manera de correr. Desde luego, Kroos es lo que hoy sería Effenberg si a Stefan le hubiese tocado jugar a este fútbol contemporáneo en el que casi ninguno de los alemanes campeones del mundo en Maracaná parece un alemán. Quiero decir, la aculturación balompédica producida desde 2008 con el despótico triunfo ininterrumpido de la selección española, ha modelado a un jugador nuevo. En Alemania, el choque es evidente. Götze, Özil, Lahm, Reus, Neuer -portero de balonmano- hasta Müller incluso, son, morfológicamente, distintos a Effenberg, Jeremies, Basler, Matthaüs, Völler, Jancker, Scholl y todos aquellos alemanes con los que crecimos. Quién sabe si será por la influencia estetizante del futsal -seña de identidad de este juego en el siglo XXI- o por el ánimo de emular a Iniesta, Xavi, Silva, Fábregas o Alonso. ¿Alguien encuentra alguna diferencia entre Isco y toda esta raza de nuevos jugadores germánicos? El hecho ha afectado hasta a los más grandes, por centímetros: Kroos es el ejemplo. Es Effenberg corriendo con estilo y gracia. Ayer hasta me lo recordó en la manera de perder balones en el centro del campo, por puro exceso de conducción: va ralentizándose con la pelota cosida al empeine a medida que va dejando de ver huecos y desmarques de ruptura, hasta que dos rivales se le suben a la grupa y consiguen domarlo.

Modric pudo abrir la puerta grande, pero pinchó dos veces al entrar a matar y recibió tres avisos: tras asistir a Bale en el segundo y tercer gol con precisión quirúrgica en el tiempo y en el espacio, organizó dos verbenas defensivas. Dos pelotas perdidas, una cedida atrás en incomprensible chilena hacia el campo propio con el equipo en fase ofensiva; otra, ya en la segunda parte, tropezando consigo mismo y dos suizos que pasaban por allí, en el inicio de la jugada. Ambas pérdidas fueron como soltar dos vaquillas en las calles del pueblo atestadas de paisanos borrachos y desprevenidos.

El Basilea apenas sí mostraba el empaque propio de los equipos alemanes. Se llaman Fussbball Club Basel y eso delata su solidez, incluso en la debacle. Los equipos españoles tienden a desparramarse por todo el campo cuando reciben 3 o 4 goles seguidos. Los suizos resistieron a pie los minutos que mediaron entre el gol de Nacho (aunque se lo dieron a Suchy, un defensor en quien la pelota tuvo la descortesía de rozarse) y el de James, que fue el 4-0. Modric avistó dos autovías a espaldas, siempre, de los carrileros contrarios. La primera vez, por la izquierda, emergió Bale de toda la bruma que llevaba rodeándolo desde pretemporada. El pase de Luka, con el empeine y al primer toque, traspasó la línea adelantada con la que el equipo de Paulo Sousa pretendía amarrar a Benzema. Bale sorteó a Vaclick y remachó a portería vacía. Es interesante el gol no por la estadística -otra banalidad más del fútbol de Playstation y Misterchips- sino por el hecho de que el dragón galés apareciese por su lado natural. Es el segundo partido consecutivo en donde la permuta con Cristiano es frecuente: ambos han establecido un puente aéreo de izquierda a derecha, un intercambio constante de posiciones del que aún no se ha aprovechado del todo Benzema pero sí Modric, que volvió a encontrarse con una carrera diagonal del 11, esta vez por la derecha. Bale controló otro brochazo con el empeine de Luke Sky Modric y lo hizo con su defensor a la altura: lo destrozó orientando la recepción hacia adelante, un metro más allá del límite físico de Safari. Vio venir por dentro a Ronaldo y lo demás, esta vez sí, fue estadística.

Advertí que el Madrid se estructuró en un 4-2-2-2 durante ratos largos, sobre todo en la fase de demolición suiza. Kroos al pie de la escalera, con Modric alternando las bandas y la corona de la zona ancha sin ubicarse jamás en paralelo al alemán; James y Cristiano descosiendo el campo entre banda y banda, y Benzema con Bale girando en torno a la lámpara de Vaclick. Más o menos, esa fue la disposición. James empujó a la red el cuarto gol tras magnífica jugada colectiva que terminó con un disparo de Benzema desde el punto de penalty. Cuando el Madrid enlata a los rivales, emite dos tipos de señales: ha alcanzado cierta comodidad y los goles son consecuencia natural de la voracidad que despierta en el equipo la visión del contrario arrodillado en tierra, suplicando en cierta forma clemencia.

Pero el Basilea no pidió clemencia, ¡para eso son casi alemanes! Derlis González hendió la defensa madridista por el centro, mientras Pepe y Ramos jugaban al escondite con sus marcas. El disparo cruzado estuvo muy bien chutado, las cosas como son: Casillas se estiró con nulo garbo y con el gol el Bernabéu olió otra vez la naftalina que despiden portero y centrales. En la segunda parte, el Madrid adormeció el partido y el Basilea quiso llevarse algún souvenir del estadio, sin éxito aparente hasta que Varane -al que Carlo parece querer meter como sea en el equipo, sin saber muy bien si prescindir de Peperamos o no- regaló a Embolo lo que querían: despejó hacia atrás un balón inocuo, se la dejó botando al espigado moreno del Basilea que con el viento fuerte soplano de popa tiró pastosamente al centro. Casillas se estiró cerrando mucho los ojos, como en él es especialidad -debe ser otro de sus trucos de superportero, parar sin mirar, intuir con el olfato como los centinelas franceses de la Gran Guerra que adivinaban los raids alemanes en sus trincheras por las variaciones atmosféricas- y el balón rebotó en la palma de su mano. Los suizos ya tenían su Estuve en Madrid y me acordé de ti. Una espiral de humo blanco comenzó a subir desde Bernabéu hacia el cielo: al final del partido entré en la web de AS y vi un Vine de Casillas ascendiendo, como la Virgen María, sobre una nube parecida a la de Goku mientras un coro de Colinos celestiales mugían la canción de los santos.

Luego Benzema marcó un gol psicotrópico y el Madrid inició la defensa del título con un 5-1 que dejó al pueblo en armas sin la posibilidad, intuida antes del partido, esperada, quién sabe, con veradera fruición íntima, de seguir odiando otro día más. La gente abandonó el estadio sin saber demasiado bien qué sentir.

Artillería del año 36

14 sep

El Madrid se ha llevado tanto de seguido ganándole al Atlético de Madrid, de todas las maneras inimaginables, que ahora es presa de un sortilegio: el Atlético también puede ganar. La excepción -ganarle a un equipo mucho, muchas veces, muchas veces consecutivas- pasó a ser costumbre, y ahora el Real está en un diván preguntándose a sí mismo por qué han salido volando los patos de la piscina. La intolerancia a la derrota del madridismo, que es antropológica y afecta incluso físicamente a los individuos que la padecen, se torna insoportable con el Atlético de Madrid. El vecino fue visto como una caricatura y hay una generación entera de hinchas blancos que están descubriendo ahora que el sioux del Manzanares fue una vez adversario temible y no estrofa peripatética de Sabina. El conocimiento, como casi siempre, llega con sufrimiento. El Atlético de Madrid ha ganado 3 veces en el Bernabéu desde mayo de 2013, y hay quien todavía se resiste a admitir que Aníbal ha cruzado los Alpes: ¡pero si son el Aleti!

El Madrid de Ancelotti se desangra por una herida abierta en la portería. Es absurdo obviar de cualquier análisis el hecho franco e inobjetable de que cualquier córner o falta lateral contra el área madridista es medio gol. Ningún equipo de élite, ni siquiera el campeón de Europa, puede competir con esa arritmia: ante rivales tan poderosos en la pelota parada como el Atlético, esta circunstancia resulta trágica. Del desempeño de los dos equipos a lo largo de la primera parte se colige que el partido fue de 1-0: el Madrid jugó muy bien. Arbeloa entró por Carvajal, lesionado en la excursión ridícula en cada mes de septiembre de las selecciones nacionales; la revolución que predijo Ancelotti se quedó en la salida de Coentrao por Marcelo, encadenado a una bola de acero desde San Sebastián. A partir de ahí, la letanía: Kroos, Modric, James, y la 101 Aerotransportada. Algunos pensaron con candidez, yo entre ellos, que Keylor Navas iba a tomar, de una vez, la titularidad: al parecer Carletto no huele a muerto, o guste de salpimentar sus aventuras aristocráticas -recuerden al Milan de Dida, aquel Don Tancredo mulato- introduciendo en el guión la variante dramática del mono armado con metralleta delante de la cuna del bebé.

El Atlético sólo se acercó una vez en toda la primera parte. Fue académico: comba al primer palo y gol. Casillas volvió a no salir, mirando ceñudo a Ronaldo como echándole la culpa de su parálisis. Dentro de poco sus hagiógrafos sacarán la teoría de que sufre algún tipo de vértigo, o de que no sale porque fuera de la portería hace mucho frío. Sin embargo, no cambiaron las palpitaciones del partido: por primera vez desde las semifinales de Copa del año pasado, el Madrid imponía su versión a Simeone. El Atlético se alargaba demasiado entre Koke, Raúl García y Mandziukick: es admirable la fijación del Cholo en fichar roles; se marchó Costa y llegó este comeniños que, sin la calidad determinante del otro, asume el mismo papel. Arbeloa, cuyo último gran partido fue contra Diego, volvió a interpretar muy bien lo que la situación demandaba: dedicóse a graparle los tobillos al croata, cegando el único camino atlético hacia Casillas. El Madrid dispuso del tempo, del espacio y hasta de la precisión: Ronaldo deslizándose por la derecha, en lugar de la percusión cansina de siempre por la izquierda, estaba destrozando a Siqueira. Había espacios, aunque Bale no los viera, obcecado en cabalgar por encima de los zombis. Se vislumbraba el desajuste, hasta se oía crujir las piezas del Rolex madridista que estaban encajando. En el ambiente olía a gol, como pasa cuando llueve o va a llover. Entre los centrales y Thiago se abría el Canal de La Mancha y Carletto echó a sus aviones ahí. Benzema y James dibujaron autopistas de luz durante media hora extraordinaria de fluidez y velocidad, en que llegaron el empate, dos o tres buenas ocasiones de gol.

Benzema marró, como decían los clásicos, el 2-1: se le escapó el más sencillo control, a él, el tragafuegos que construye con los balones más inverosímiles verdaderas manufacturas de gol.

El Madrid no invadió Inglaterra cuando pudo y el descanso fue el desarme moral del equipo. Simeone, desde un cuarto oscuro -cuando lo enfocaban las cámaras, parecía un preso político, cuán prodigioso es el barniz propagandístico que puede llegar a ofrecer la realización del Plus, rompeolas de la anti-España- ingenió un artefacto que desactivó la presión dominante del Real: ocupó la zona ancha, desalojó de allí a Modric, aisló a Kroos, enclaustró otra vez a Bale y el partido se transformó en lo de casi siempre. El Madrid, liberado durante un rato de la silla del dentista en la que siempre logra sentarlo el Atlético, creyó poder terminar de una vez por todas con la fibrilación lenta y estresante a la que es sometido cada vez que el rojiblanco se le pone por delante. Terminó con eso Thiago, que encontró a Gabi, a Koke, a Juanfran, a García. Mandziukick detectó la ansiedad que pugnaba por salir del interior de Peperamos y el doble cambio Turan&Griezmann desequilibró el estado de las cosas. Casi siempre fue Ancelotti el que, con Marcelo e Isco, encontraba la llave para descerrajar el laberinto estrecho de Simeone. Esta vez, fue al revés. Griezmann, que es un francés fino e inteligente, se puso a flotar con una bandera pirata por detrás de Modric; a Kroos se le colgaban tres liliputienses con puñal y cachirulo cada vez que cruzaba el medio campo. James se disolvió, y el madridismo ya se pregunta quién es y por qué está aquí.

No debería preocuparle eso, aunque sí su volatilidad: está Ancelotti en el mismo punto que el año pasado, cuando Isco abrazó la intrascendencia y él tuvo que buscarle un papel en la obra que encajara con su naturaleza etérea y, a la vez, tan decisiva. James es igual: es un aglutinador -del balón y, por consiguiente, del tiempo- y un zapador, pero este Madrid ya no respira entre líneas. Hasta el 1-2 y después, fue incapaz de encontrarle un agujero a la alambrada rojiblanca; los dos TEDDAX, Isco y James, James e Isco, se fueron a morir lentamente a las bandas, desterrados a los presidios de Simeone en donde sus dobles-carriles (Siqueira, Juanfran y sus interiores) anulan toda posiblidad de imaginar.

Turan desentrañó la vereda de la puerta de atrás del Madrid: ese sitio en donde se guardan, custodiados por una vieja peluda y arrugada, las pesadillas de todos los niños madridistas, grandes y pequeños. Llegó hasta allí, llamó a la puerta y la vieja le contó el secreto. El gol fue de un virtuosismo renacentista que desvela un grado de evolución dentro de la artesanía guerrillera del Atlético: Ho Chi Mihn está empezando a fabricar drones.

Griezmann ganó una pelota sin aparente peligro a Coentrao, y pasó adelante sobre la línea de cal. Ahí ya algunos intuimos el hachazo: el lateral izquierdo estaba demasiado arriba y por detrás de Juanfran sólo había pradera. El pase atrás, inteligencia impropia de un tipo tan limitado, fue adornado por García con un amago que recordó al de Rivaldo en la final de Yokohama; con la diferencia de que Raúl García, natural de Pamplona, Navarra, es un carpintero metido a Buonarroti. La belleza del gol ni siquiera sirvió como paliativo: dolió más.

El Madrid volvió a perder y un cometa dibujó un poni con su estela cenicienta sobre el firmamento oscuro de la capital.

Mad Max

31 ago

La salida de Xabi está saturada de rumores. Lo cierto es que, de momento, sigue siendo puro mentidero. En los mentideros se dicen muchas cosas. Sin embargo, el único hecho incuestionable, por ahora, es que ha precipitado su marcha a cuatro días del cierre del calciomercato. Las interpretaciones están constipadas por el trauma: el icono largándose, etcétera. Lo más tangible es que el Madrid carece de mediocentro al uso. No hay, ya, quien se acurruque entre los centrales y lance a los laterales a la conquista del salvaje Oeste. La base deberá ser ocupada, ahora, de otra manera, pero por suerte para Ancelotti el Madrid respira con el bypass de Modric desde el partido de vuelta de las semifinales de la Copa de Europa de 2013. Ese día el croata tomó La Bastilla y el papel de Alonso no dejó de marginalizarse desde entonces. No obstante, el crepúsculo alonsista del Madrid era un fenómeno que quemaba etapas con naturalidad. El 14 seguía acrisolando la tendencia al dinamismo y la asimetría del Carlettosistema; era como una brújula marcando siempre el norte de interiores, mediapuntas y centrales. Su fuga acelera el proceso y pone a Illarramendi en la casilla de salida, otra vez, devolviéndolo al teatro de operaciones, de donde parecía desterrado por Toni Kroos.

El Madrid estrenó el rosa en San Sebastián. La maglia rosa otorga una superioridad estética indiscutible al equipo: los ilumina, los aligera incluso, aunque case mal con los tatuajes pandilleros y las botas amarillas. El rosa es el futuro y así lo dejó escrito este Madrid, que no pudo ganar pero terminó agosto de 2014 ofreciendo al mundo el nuevo descubrimiento: el fútbol ya no es de las rayas, ni de los cuadros, ni de las combinaciones noventeras, y quizá tampoco lo sea ya del negro monocromático que tan augusto hacía a los futbolistas del blanco y negro.

Kroos y Modric volvieron, en Anoeta, al sitio en donde deslumbraron al mundo en la Supercopa de Europa. A diferencia del lunes pasado, la certeza de que son, definitivamente, el plan A, pareció revestirlos de una autoridad sacramental: los primeros 15 minutos de ambos sobre la pradera donostiarra deberían estudiarse en los colegios. Firmes, seguros, casi excesivos, activaron el bulldozer y el Real, de rosa, aplanó las crestas rocosas de Arrasate. Isco y James, por delante, flotaban entre los espacios con una verticalidad, digamos, estática: fluían ocupando espacios inexistentes antes y después de su fugacísima estancia en ellos. De tanto abrir persianas, los mediocampistas del Madrid cegaron la débil transición defensiva de la Real Sociedad. Contribuyó al esfuerzo ofensivo, exquisito, Marcelo aunque también Carvajal. Los centrales subían la presión hasta el condado de Treviño y entre Bale y Benzema dislocaban la atención de De la Bella, Zurutuza, Íñigo y Granero, incapaces de seguir la marca de tanto rosa fluorescente. Modric, durante un rato, levitó sobre el césped. Ha inventado Modric un concepto novedoso: la velocidad con el balón. Luka, que no es una centella, parece correr más cuando lo hace poseyendo la pelota. Es una cosa curiosísima, y muy agradable de ver. La imanta como hacía Redondo, otro que estimulaba sus piernas cuando trotaba con el balón. Fruto de tanta intensidad fueron los goles de Ramos y Bale: cabezazo flamígero el primero y pieza de orfebrería galesa el segundo. Bale, quizá, se empeña en desmontar el mito del atleta con cada vez más frecuentes caricias al violín: es un Stradivarius encerrado en el cuerpo de Usain Bolt. Ramos pudo meter 3 goles más, embebido unos instantes por su alter ego lisboeta, y un minuto antes del desastre Kroos estrelló en el pie del guardameta el 0-3 preludio, qui lo sá, de una goleada que murió con aquel contragolpe. Ahí terminó el Madrid y empezó Mad Max.

La Real Sociedad se había pasado media hora pidiendo una tregua. Daba cosa verlos agitar la bandera blanca, desencajados, con un aire fatalista que no le pega nada al club de los pijos vascos de la costa guipuzcoana. Siempre que el Madrid juega en San Sebastián yo me acuerdo de Baroja y de los pueblecitos pesqueros de Shanti Andía. Caserones de piedra, lomas verdes y Cantábrico cabrón: uno de esos temporales desató la desidia de Casillas en el 1-2. Casi todos los goles que ha recibido el Madrid desde abril son iguales. Un córner sucio, de estos que se golpean como mordidos y rebotan casi siempre en una cabeza, en el primer palo, o se enroscan hacia el segundo como el abrazo de una anaconda; este tipo de córners precisa de porteros cuya autoridad se exprese a puñetazo limpio. Cuando no ocurre así, y con Casillas siempre sucede lo mismo, los defensas descubren, de pronto, el frío que hace: están desnudos. Casillas no salió y Ramos se quedó tocando la guitarra mientras Íñigo Martínez ejecutaba en el segundo palo. La Real no se lo creía: seguían celebrando la vida como los prisioneros de los campos de concentración pueden festejar, qué sé yo, la Navidad. Pero por el cielo del Madrid ya sobrevolaba el humo negro de Lost: vienen los malos. Antes del descanso, Zurutuza, que es un zanahorio irlandés nacido por casualidad en mitad de Vasconia, remató desde el punto de penalty, con la frente, un centro fantástico de Aguirretxe por la izquierda. La desolación en el balance defensivo de la zaga madridista fue tan evidente, que no fue posible culpar a Casillas. Marcelo intentó arreglarlo con una patada de kárate, y siempre que vean a Marcelo haciendo estas extravagancias, no lo duden: el gol fue por su culpa.

Con Marcelo y Carvajal ocurre como con la ginebra y el vodka: jamás se te ocurra mezclarlos en una misma noche. Si el equipo comienza golpeando, son los mejores para consolidar la brecha. Si no, la gotera (la espalda de ambos siempre tiene una fuga, siempre) que suponen en los costados tanto de Peperamos como de Modrikroos amenaza con convertirse en tsunami. Así fue. Mediada la segunda parte, el Madrid seguía siendo incapaz de generar algún tipo de gol: parecía como si la primera media hora del partido hubiese sido un ensalmo. Desvanecido por las calores de agosto, y con Kroos superado por la voluntad inquebrantable del euskaldún una vez detectada la debilidad del centralismo (léase en clave política), Arrasate desequilibró la partida: Canales y Vela. Ambos, zurdos indisciplinados y talentosos, apostaron al empuje final contra la violencia sostenida de la Real hasta aquel momento: los locales avasallaron con filigrana. Canales dibujó una fantasmagoría en la pared de Marcelo, y a Isco se le fue un interior. Desde Benalmádena miró cómo el fulano ganaba la línea de fondo y servía contundente, hacia atrás, donde Zurutuza llegaba otra vez echando humo por las orejas: gol en las mismas barbas de un portero zombi y el Madrid profundamente desquiciado. Hasta el final, el equipo se consoló teniendo la pelota, pero eso no bastó para espantar la certidumbre de que rondaba más cerca el 4-2 que el empate a 3. Así fue, en efecto, aunque el gol de Vela incurriera en una ilegalidad clamorosa. El mexicano se llevó la pelota con la mano pero el árbitro estimó que aquel gol formaba parte del Cupo Vasco, así que al Estado le tocó pagar, como siempre.

Solamente la finura andaluza de Isco Alarcón se rebeló contra el dominio apático del Madrid. Intentó la gambeta contra sus pares, que siempre fueron tres, o cuatro. Al menos derrochó personalidad y saltó algunas cajas fuertes, con ese tobillo inefable que frota, de vez en cuando, la lámpara mágica. Los donostiarras lo miraban como alucinados, sin poder comprender cómo al fútbol también se puede vencer sin darle con el hacha al tronco una y otra vez, hasta que terminas metiendo al portero dentro de la portería. El madridismo epicúreo se quedó con esa confrontación de escuelas, admirando el andalucismo con el que sobrevendrá el nuevo imperio ancelottiano o no será. James ya está siendo llevado al altar por Abraham: es el hijo que Dios ha pedido sacrificar a los nostálgicos por la huida de Alonso. Me recuerda a lo que se publicaba de Di María cuando llegó, allá por 2010. El 4-2 abre una zanja: prepáranse a saltar.

Mañanas grises

26 ago

Apareció el Córdoba por el Bernabéu, en agosto, sin levantar sospechas y con el clamor viejo que traen consigo los equipos llamados históricos. Esa coletilla, la de la Historia, que hace chorrear pepsicola a las plumas del periodismo deportivo. Gracias al uso indiscriminado, no se sabe ya si lo que describe está verdaderamente enraizado en la Historia o no. ¿Cuántos años ha de llevarse un equipo preso en el Castillo de If del fútbol español para que se le siga etiquetando como histórico, sin que resulte ridículo? Emergió, pues, el Córdoba de Zutanito por el túnel del Bernabéu con un tufo a inframundo que se olía desde el Gregorio Marañón. Me pareció ver al Chapi Ferrer, su entrenador, con una lápida de mármol colgando de la espalda: cuarenta años hacía que este club no jugaba en Primera. ¡Del Bosque aún parecía un Beatle, y todo!

El Madrid afrontó la lidia desde la bruma. Circulan rumores, se corren las voces, se oyen gemidos en medio de la noche, y dicen que el Gobierno ha activado el Estado de Sitio: el madridismo tiene otro ataque de ansiedad. Las visicitudes emocionales que atraviesa este equipo a lo largo de las temporadas no las vive nadie más. Ancelotti no tiene bastante con presentar la Copa de Europa ganada antes de ayer, ni la prueba de impresión del coloso en ciernes que se vio en la Supercopa de Europa en Cardiff. No. Apenas una decisión cuestionable (la elección de Casillas por delante de Keylor en la titularidad del arco) ha servido para desatar sobre él la tormenta de insinuaciones aviesas y medias verdades que hace pender, de repente, la espalda de Damocles del madridismo histérico encima de la cabeza del entrenador que toque. El ogro, ya saben. El cable de alimentación que conecta la vox populi con la trituradora de la zona noble.

El Madrid es un estado de ánimo y ese ánimo es, ahora mismo, iurandi contra el entrenador de las tres Copas de Europa, depositario ya, en el imaginario colectivo madridista, de la voluntad presidencial: Marionetto debe ser un títere de factura prodigiosa, un muñeco diabólico que convierte en realidad los delirios de Florentino. ¿Dónde lo habrán comprado? Mis playmobils no eran capaces ni de articular sus brazos, por más que yo los embarcase hacia el Caribe empeñado en conquistar Puerto Rico con ellos. ¡Cuán fácil gana la gente Copas de europa tuiteando desde el bar!

No obstante, cuesta justificar su apuesta por Casillas, quien ya es un colector extraordinario de situaciones comprometidas: cuando juega, atrae sobre sí todas las posibilidades de confusión, drama y peligro que puedan darse en córners en contra y faltas laterales sobre el área del Madrid. Comparado con su suplente, Casillas es un monigote fofo a cuya decrepitud física se agrega una inseguridad lacerante sobre todo para sus defensas, presas de la esquizofrenia del balón parado. Navas, en cambio, parece un guerrero maya jugando a la pelota en Chichen Itzá: es de imaginar que el paso del tiempo pondrá la titularidad en sus garfios retráctiles, como cae la fruta madura de los árboles en verano.

El Bernabéu en agosto no es, precisamente, el Coliseo romano sediento de sangre cristiana. El Córdoba se ayudó de ese murmullo informe y de la desidia espiritual del graderío madridista, al que siempre le cuesta arrancar. Se aculó en tablas el equipo andaluz, enmarañado alrededor de su portero, y onduló en torno a una línea de centrocampistas numerosa y gallarda. Incomodó al Madrid desde el inicio. Un Madrid lento, tanto en los procesos físicos como en los mentales. Equilibró Ancelotti el balance en los carriles con Arbeloa haciendo de contrapeso en la derecha a la alegría de Marcelo por la izquierda. Era uno de esos partidos felices para el 12, a priori. Pero Marcelo está como atascado en un nihilismo irritante para marcelistas y detractores, por igual. Perdida esa electricidad, ese rayo fulminante que sólo le daba el físico cuidado, todavía le sobra el talento para gambetear y orbitar sobre sí mismo. Ofreciéndose a todo tipo de asociaciones por su banda, sociedades que casi siempre desahogan al Madrid, le otorgan una salida limpia, refrescante. Otras veces, no, y el revolotear del brasileño desagrada al casticismo del Bernabéu, incapaz de entender la fontanería fina con la que el Madrid pretende deconstruir a los adversarios pétreos: lo que no es un brochazo gordo y una patada en la puerta, no cuenta para los ojos impostados de este aficionado que cree saberlo todo del contragolpe desde que pasó Mourinho por Madrid.

Kroos volvió a redundar con Alonso y Arbeloa apenas ofreció una ligera asistencia en carretera a Bale por su lado. Modric, solapado por el frenesí anárquico de James, lleva tres partidos apagado. Está triste Modric, y el Madrid sufre de arritmias cuando su mejor jugador no encuentra el moméntum. Escorado, como lanzado hacia el vértice del trivote carlettiano, naufraga Luka en mares demasiado hondos para su vuelo rasante, liviano. El Modric pletórico de Cardiff, simbiosis perfecta con Kroos, está opacado desde que la presencia dominante de Xabi surge como el gran paterfamilias del juego madridista. Es este el primer gran dilema táctico de la temporada para Carlo Ancelotti, resuelto ya el incordio de Di María. Rumbo a Manchester, el argentino deja un potosí y una legión de conversos al fideísmo: repasen teeles de hace un año. Di María, o mejor, su ausencia, no es una tragedia. La marcha de Khedira, sin embargo, habría dejado huérfanos varios roles de la plantilla. Carlo respira ya con su continuidad: no hay más que ver que ayer recurrió a él tras varios partidos apartado del grupo, cuando en la segunda parte el Córdoba amenazó el 1-0. Benzema, como el año pasado, desvirgó la cuenta anotadora con un gran colpo di testa a un centro perfecto de Toni Kroos.

Para el 2-0 hubo que esperar al descuento del partido: Ronaldo soltó la guadaña desde lo alto del Muro y se llevó por delante a los miles de cordobesistas que casi habían conseguido escalarlo en la segunda parte, gracias a la anuencia de portero y defensas. El portero, sobrepasado por su guiñol de cartón piedra; Peperamos, olvidados ya de su ejemplar concentración y mesura mostradas en el final de la temporada pasada. Será que se ha ido todo con el rapado de Kepler Laverán.

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