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Fútbol y guerra: la epopeya de los vascos (V)

27 dic

Al llegar a México, como hemos visto, el propio delegado del gobierno de Aguirre en ese país -Francisco Belausteguigoitia- impugnó el último acuerdo hecho con Tomás Arana. A pesar de contar con el aval de las autoridades mexicanas, el asunto aún coleaba: al parecer, Arana tenía ciertas sinergias comerciales con elementos facciosos españoles en la república mexicana, y esto causaba malestar en los círculos cercanos al lehendakari. Algunos nacionalistas vascos dudaban de que la recaudación de los partidos de Euzkadi fuesen a parar verdaderamente a la causa republicana española. Además de esta cuestión empresarial, existían algunas diferencias de orden institucional o político que comenzaron a dinamitar el entendimiento entre la expedición y el Gobierno a quienes pertenecían por naturaleza: tanto el entrenador, Vallana, como el coordinador, Alegría, mantuvieron algunos altercados con el delegado de Aguirre en México, el citado Belausteguigoitia, a cuenta de la equipación. Según éste último contó al lehendakari en una carta, el equipo Euzkadi pretendía jugar en México con la camiseta rojiblanca del Athletic de Bilbao y no con la zamarra verde con la que habían asombrado a Europa meses antes. Aguirre, impedido por la distancia y el cada vez más trágico desarrollo de la guerra, poco podía hacer para llamar al orden al entrenador y al máximo responsable del equipo Euzkadi, así que la cuestión, al parecer, se contuvo dentro de los límites de la cordialidad -no exenta de graves acusaciones personales por parte de Belauste hacia el entrenador y el directivo que, por suerte para todos, quedaron en la privacidad epistolar-. De este modo, en octubre de 1937 el equipo Euzkadi debutó en el DF ante una selección de Jalisco, primero, y más tarde frente al propio combinado nacional mexicano. Ambos partidos los resolvieron con victoria: 1-5 a Jalisco y 1-2 a México frente a 30.000 personas, en la mejor entrada de toda la gira azteca. Tras estos primeros choques, Euzkadi volvió a jugar contra México tres veces seguidas más, todas ellas en el DF. El 28 de noviembre derrotaría otra vez a las águilas por 1-4; el 5 de diciembre se impondría de nuevo por 1-2, y cinco días más tarde cerraría esta tetralogía con un rotundo 0-4. Ese mismo mes aún daría lugar a otros tres enfrentamientos en la capital mexicana, esta vez ante tres de los equipos punteros del fútbol tricolor: el Asturias, el Atlante y el América. La del Club de Fútbol Asturias es otra de esas maravillas escondidas en la Historia: en 1918, un grupo de asturianos emigrados en México fundaron el Centro Asturiano y con él su equipo de fútbol, el CF Asturias. Su intención principal fue la de aglutinar no sólo a los asturianos residentes en el DF sino a todos los españoles que quisieran reunirse para matar la saudade de España. Este equipo, al principio amateur, llegó a conquistar un récord que quedará para siempre en los anales de la historia del fútbol mexicano: fue el primer campeón del balompié profesional en México, en 1944. Vestidos de azul y blanco en rayas verticales, con pantalón azul y medias de ambos colores, ganaron 8 títulos de Copa y dominaron el fútbol centroamericano durante los años 30 y 40, protagonizando terribles derbys contra otros rivales de la capital.

Frente a los asturianos, los vascos se emplearon a fondo, consiguiendo una nueva victoria por 2 goles a 3. Tras este derby español en México, llegaron sin solución de continuidad otros dos enfrentamientos: un 0 a 3 al Club Atlante y un empate a 2 frente al Club América, el equipo más popular de México en la actualidad. El 9 de enero de 1938 disputarían el último de esta magnífica serie de partidos en México otra vez contra la selección nacional, dándose el resultado de 3-1 a favor de los locales. Tras 9 partidos en apenas 2 meses, Euzkadi probó el sabor de la derrota en el quinto enfrentamiento con la selección de México: es probable que nadie haya horadado el orgullo patrio de un equipo nacional de una forma tan consecutiva como los vascos de Pedro Vallana. Aguirre, desde Cataluña, les pedía “ejemplaridad, más que ganar partidos” y ellos se aplicaban a ambas metas puesto que, al otro lado del Atlántico, era lo único que podían hacer por sí mismos y por su tierra. En España, la República continuaba perdiendo terreno frente a Franco y el equipo Euzkadi era, cada día más, un grupo de desterrados arrastrando tras de sí la antigua fama de estrellas del football español y, cada día menos, un Euzkadi Korps hecho de gudaris sin pistola. Apenas una semana más tarde abandonaban México rumbo al Caribe: Cuba. En la isla residía una nutrida colonia comercial vasca desde antiguo. Sin embargo, la mayor parte de sus componentes estaban muy lejos de simpatizar con el nacionalismo ni con el PNV. De manera que la función propagandística del equipo Euzkadi quedó prácticamente anulada en su visita a La Habana, donde estuvieron hasta finales de febrero y jugaron 4 partidos. Si aún hoy el fútbol es un deporte marginal en las Antillas, en 1938 era casi exclusivo de los emigrantes europeos. No hay más que ver ante quiénes jugaron los vascos: el 16 de enero, frente a la Juventud Asturiana de La Habana, un club de origen semejante al del Club de Fútbol Asturias de México, contra quienes empataron 4-4; el 23 de enero, con el Deportivo Gallego, equipo dependiente del Centro Gallego de La Habana, fundado en el Casino Español durante la época colonial; el FC La Habana, ante quien venció 0-2 el 28 de enero, y frente a la Juventud Asturiana, otra vez, el 30 de enero, ganando por 2 goles a 3. La gira cubana fue un fracaso en lo político, ya que el delegado del Gobierno vasco en La Habana, José Luis Garay, no pudo conseguir aumentar el impacto mediático del equipo Euzkadi entre los círculos gubernamentales e institucionales de la isla debido a carácter conservador y pro-franquista de la colonia española en la Cuba de 1938. Sin embargo, deportivamente, el cuadro de Vallana mantenía unos registros espectaculares: de 13 partidos disputados en el continente americano, habían ganado 10, empatado 2 y perdido 1.

El 25 de febrero, el equipo Euzkadi se embarcó rumbo a Argentina, donde ya se habían apalabrado cinco partidos ante los titanes del fútbol albiceleste: River, Boca, Racing, Independiente y San Lorenzo ya esperaban a la selección vasca que llevaba casi un año deslumbrando en todo el mundo. El Gobierno vasco tenía depositadas muchas esperanzas en esta gira argentina, dada la popularidad del fútbol en ese país y la enorme presencia de emigrantes españoles, muchos de ellos exiliados de la España nacional. No obstante, en frebrero del 38 gran parte del teatro geopolítico internacional daba por segura la derrota de la República a manos de los generales golpistas, y cada vez menos puertas se le abrían al equipo del lehendakari. La creación, en la España nacional, de una Federación Española de Fútbol con sede en San Sebastián que pretendía arrogarse con la legitimidad de la FEF sita en la Barcelona republicana planteó un gravísimo inconveniente a las aspiraciones del equipo Euzkadi. El presidente de la FIFA convocó a ambas federaciones en Suiza, y dada cierta inclinación filo-fascista de fifos destacados en aquel momento, no se prohibió la existencia misma del equipo Euzkadi pero sí la disputa de los 5 partidos previstos en Argentina. Durante 2 meses, los jugadores deambularon por Buenos Aires sin poder hacer nada más que asistir impotentes, desde el otro lado del Atlántico, a la resolución de su destino. Con la farragosidad propia de estas gestiones burocráticas opacas y contaminadas por el cabildeo -hoy lo llamaríamos lobbying- tan intrínseco a estas situaciones y a aquella España en guerra que se desangraba en todos los frentes, la cuestión de los jugadores vascos se eternizó hasta el punto en que, en abril, decidieron regresar a Cuba. Así, al menos, podrían seguir jugando, aunque ya, por supuesto, rozando la clandestinidad: habían dejado de ser gudaris de la patria vasca, y al fin sólo eran un grupo de hombres expulsados de su país que habían elegido el bando perdedor en una guerra fratricida. Fue aquí cuando, en el momento de embarcar rumbo al Caribe, se produjeron las deserciones definitivas que terminaron, virtualmente, con la epopeya del equipo Euzkadi: Vallana, el entrenador, decidió quedarse en Argentina, y con él Chirri II y Ángel Zubieta, quien fichó por San Lorenzo de Almagro y se convirtió en un mito del equipo del que, décadas después, un papa sería barra brava. A pesar de que el equipo Euzkadi continuó jugando algunos partidos más desde mayo a octubre de 1938 en Cuba y México, la aventura estaba tocada de muerte. Graves disensiones internas finiquitaron un proyecto asombroso que constituye, todavía, un capítulo increíble de la Historia del fútbol español, y el capitán Regueiro se marchó temporalmente a Francia para jugar con el Racing de París. Al fin y al cabo, eran españoles: se acusaban entre sí de deslealtad, de traición, de poco patriotismo y de falta de compromiso, pero parece que lo que terminó con el equipo Euzkadi no fue la política sino algo tan humano como el cansancio y la desconfianza. En general, la reputación personal de los jugadores que habían participado en el equipo Euzkadi se había visto agigantada gracias a sus incontestables victorias, a la nobleza de su juego y al utópico carácter de lucha política del equipo. A finales de ese año y durante 1939, lo que quedaba del equipo Euzkadi se transformó en el Club Deportivo Euzkadi, federándose y quedando segundo en la Liga Mayor de aquel año tras, curiosamente, el Asturias. Pero esa es otra historia, tan fabulosa y exótica como la que aquí termina.

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Fútbol y guerra: la epopeya de los vascos (IV)

20 dic

A primeros de agosto, el equipo Euzkadi se encontraba en una situación incómoda: llevaban casi dos meses en Rusia, muy lejos de casa, y las noticias que continuaban llegando desde España eran desalentadoras. Franco avanzaba imparable hacia Asturias, y el Norte republicano agonizaba. Su causa ya era virtual, puesto que Aguirre desmontaba a toda prisa su taifa semi-independiente trasladándola primero a Cantabria y más tarde a Cataluña. Llevaban jugando por Europa desde abril, pero para casi todos los expedicionarios ya no había España a la que volver. Así que decidieron, una vez más, seguir jugando: quizá por la patria vasca, quizá por la República, o quizá por ellos mismos. En Moscú, De la Sota y Alegría agenciaron tres amistosos más: en la misma capital soviética el 2 de agosto; en Minsk, el 7, y en Leningrado, el 12. Sólo jugaron uno, el de Minsk. Los nómadas vascos volvieron a chuparse varias horas de tren hasta el corazón de Bielorrusia, donde el día 9 se enfrentaron al FC Dinamo de Minsk en el Dinamo Stadion. Delante de 41.000 bielorrusos, los españoles torearon al orgullo local por 1-6, despidiéndose a lo grande de la Unión Soviética pues éste sería su último partido allí. Tras regresar a Moscú después del partido, al equipo Euzkadi le salieron (por intervención directa de Aguirre) tres compromisos más en Europa: dos en Noruega y uno en Dinamarca. La sensación que seguía causando el fútbol de los vascos en el extranjero, añadida al dramatismo que su causa alcanzaba dado el prolongado conflicto de España, prolongaron su empresa un poco más. El 17 de agosto abandonaron la URSS rumbo a la gira escandinava, dejando en Rusia un cálido recibimiento, una miríada de inolvidables victorias y algunas anécdotas propias del choque cultural que supuso la llegada a la primera nación socialista del mundo de unos hombres profundamente arraigados en el terruño y la tradición religiosa. Como la de, por ejemplo, tener que asistir discretamente a misa en la embajada finlandesa en Moscú debido a que el culto católico estaba prohibido en la ciudad. Antes de abandonar Moscú, no obstante, tuvieron ocasión de visitar un sanatorio inaugurado recientemente donde se acogía a más de 500 niños españoles, muchos de ellos vascos, entre los que repartieron fotografías de los jugadores y asistieron a un partido entre la chavalería del cual Luis Regueiro ofició como árbitro. Además, tanto el capitán como los delegados y algunos otros jugadores escribieron numerosas cartas de exhortación propagandística de la causa republicana que se publicaron en los medios oficiales del régimen soviético, entre ellos el celebérrimo Pravda. ¡Un futbolista español en el Pravda! Situándonos en una cierta y satírica perspectiva, debió ser casi como cuando el Empire State se iluminó con los colores de España tras ganar el Mundial de 2010.

Previa parada en Leningrado, el equipo Euzkadi llegó a Oslo. Esta visita era, en cierto modo, un deseo personal del lehendakari, quien instruyó tanto a Irezábal como a De la Sota y Alegría, acerca de la conveniencia de visitar los países escandinavos como forma de continuar recaudando dinero y simpatías. De paso, esta etapa de la gira internacional iba a servir, también, para ir preparando un proyecto aún más ambicioso: saltar el Atlántico y emprender una gira americana por los países más cercanos a la II República española. Este proyecto se llevaba gestionando desde el partido de Euzkadi en Marsella, y los contactos con las embajadas mexicana y argentina aumentaron durante el verano. De tal forma que mientras el equipo de Vallana jugaba en Noruega, Irezábal viajó a México para ultimar los detalles. Bien recibidos en Noruega, el equipo Euzkadi se enfrentó a la selección nacional el 22 de agosto, derrotándola por 1-3. Cinco días más tarde, el 27, ambos equipos repitieron, pero esta vez en Sarspborg. Este era un pequeño municipio costero, cercano a Oslo, que a pesar de su reducido tamaño albergaba una considerable industria del papel y la celulosa. Sarspborg, eminentemente obrera, se había distinguido en el envío de dinero y ayuda a la República durante la guerra, por lo que tanto la delegación vasca como la federación noruega decidieron disputar el segundo amistoso allí. Euzkadi venció de nuevo a Noruega por dos goles a tres, y esa fue la despedida de los chicarrones vascongados del territorio noruego. Al día siguiente partieron hacia Copenhague, donde fueron recibidos a Internacional en grito, con una efusividad que sorprendió a los miembros de la expedición por dos cosas: el natural frío y hermético que ellos preveían en los daneses, y la condición democrática del Reino de Dinamarca. Ambas circunstancias no fueron óbice para que se les recibiera por todo lo alto, ni tampoco para que ellos correspondiesen a sus anfitriones nórdicos apabullando a su selección nacional por nada menos que 11 goles a 1 en el encuentro disputado el 29 de agosto. Dinamarca, como vemos, estaba aún lejos de ser la fabulosa Dinamita Roja que ganaría la Eurocopa de 1992 encabezada por los Laudrup.

A finales de agosto de 1937 el equipo Euzkadi volvió a París. Desde este momento y hasta el final de la epopeya, la aventura de estos jugadores vascos fue tornándose cada vez más personal y dramática, y mucho menos política o ideológica. La cornisa cantábrica estaba a punto de ser conquistada por completo por el ejército nacional, y los futbolistas acusaban el cansancio de una gira interminable y la incertidumbre -aumentada por la lejanía- por el futuro propio y de sus familias. A lo largo de dos semanas intensas, emisarios del bando nacional contactaron en la capital de Francia con Melchor Alegría para proponerles algo: un salvoconducto con el que volver a sus casas, abandonando la selección vasca y haciendo poco menos que tabula rasa. La cosa debió ser algo así como: al fin y al cabo, sois hombres de orden, y católicos. No habéis matado a nadie y esto del equipo Euzkadi es una chiquillada política. Volved, y aquí no ha pasado nada. Sin embargo, sólo Gorostiza, Echevarría y el fisio, Birichinaga, aceptaron la invitación. El resto iba a continuar en México, nada menos. La idea de José Antonio Aguirre y del consejero socialista Gracia era pasear al equipo por la nación más dadivosa con la República española, pero los dos meses pasados en la URSS iban a traerles algunos problemas. En primer lugar, con la FIFA. Desde la España nacional se instaba a la satrapía hoy presidida por Blatter a denegar la autorización para que el equipo Euzkadi pudiese jugar en México y Argentina debido a los mítines lúdico-políticos en los que habían participado a lo largo de la gira rusa. Tanto Alegría como De la Sota e Irézabal contactaron entonces con Félix Gordón Ordás, embajador de España en México, para que agilizara los trámites burocráticos. La cuestión, para la FIFA, era desligar en lo posible la gira deportiva de Euzkadi de cualquier consideración ideológica, circunstancia harto complicada teniendo en cuenta la índole propagandística de la aventura de los vascos. Entre el gobierno autónomo y la presión diplomática del embajador, el viaje a México se escondió tras una “compensación” en demostración de gratitud por la ayuda prestada por aquel país a la República en guerra contra el fascismo. A falta de un patrocinador -podemos imaginar que con Franco embocando el Levante español, ni Aguirre, ni nadie en la República tenía mucho dinero ya para financiar una odisea balompédica-, los coordinadores de la expedición llegaron a un acuerdo con un empresario mexicano, Luis Casas. Éste debía ser un fulano de dudosa catadura, ya que antes de zarpar el pacto se rompió, dado que el cariz propagandístico del equipo Euzkadi se convirtió, de pronto, en inaceptable para este buen hombre. A toda prisa reorganizaron la cuestión con Tomás Arana, un vasco amigo de Melchor Alegría residente en el DF. Éste les adelantó el dinero para el pasaje, y embarcaron. Al llegar al puerto de Veracruz casi tienen que darse la vuelta, después de la interminable travesía, puesto que había cundido la sospecha de que Arana era adicto a la España nacional y el dinero que recaudase de estos partidos se temía fuese destinado a la causa de Franco. El lío se resolvió con intervención directa del embajador, y Euzkadi desembarcaba, pues, en la Nueva España. Esta era una aventura, a la postre, sin retorno.

Fútbol y guerra: la epopeya de los vascos (III)

18 dic

El 9 de mayo, Racing de París y el equipo Euzkadi volvieron a enfrentarse, esta vez en Toulouse. El resultado final fue de 3-3. El conjunto viajó fugazmente a Praga, donde perdió 3-2 ante una selección checoslovaca. A pesar de la derrota, el combinado vasco iba adquiriendo renombre internacional, dado el recrudecimiento de la guerra española durante la campaña nacional sobre la cornisa cantábrica y al terrible impacto emocional de los bombardeos sobre Guernica en la opinión pública europea. Naciones como Francia o Gran Bretaña, neutrales, se conmovían en aquellas fechas con las informaciones procedentes del País Vasco, y todo esto favorecía la recepción de los futbolistas vascos en el extranjero. El equipo de Vallana volvió a París, y allí se batió por tercera vez consecutiva con el flamante campeón francés, el Racing. Esta vez fueron las gradas del Estadio Jean Bouin las que vieron a los vascos doblegar por 2-3 al equipo local, lo que insufló moral y ánimo a los jugadores españoles de cara a continuar la gira internacional. Melchor Alegría consiguió 1000 valiosos francos de parte del Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña, el gobierno catalán de facto en aquel momento. Con ese dinero, el Equipo Euzkadi pudo desplazarse hasta Marsella, donde el 23 de mayo derrotaron al Olympique en un encuentro memorable. 1-5 terminó el partido, que estuvo presidido por el ministro de la Marina francés Henri Tasso y por el cónsul español en Marsella. El éxito fue completo: la prensa francesa alabó el gran juego desplegado y la probidad con la que los futbolistas vascos habían asimilado su condición de agitadores propagandísticos del Gobierno de Aguirre. También fue en Marsella donde Luis Regueiro conversó con el cónsul de la República acerca de la tragedia de Guernika y la diplomacia mexicana realizó su primer acercamiento al equipo Euzkadi. Más tarde veremos lo fructífera y necesaria que iba a ser esta relación, sobre todo para los españoles. Sin embargo, el último partido del equipo Euzkadi en Francia iba a ser su única derrota en el país vecino que tan bien les había acogido. Ocurrió el 30 de mayo en Sète, una ciudad que jalona la costa mediterránea entre Narbona y Montpellier. El equipo local, el Football Club de Sète 34, hizo lo que ni parisinos ni marselleses pudieron: doblegar a los irreductibles vascones por 3 goles a 1. Hay que tener en cuenta, no obstante, que este club que ahora pena por la sexta división del fútbol francés era, en aquel momento, una flamante escuadra que había conquistado el doblete hacía tan sólo 3 temporadas.

Desde allí, los coordinadores de la expedición se plantearon entonces qué hacer. En España, el ejército nacional llevaba avanzando sobre Vizcaya desde finales de marzo, y aunque Mola acababa de estrellarse en Burgos, la ofensiva sobre el corazón del País Vasco había dejado al Gobierno de José Antonio Aguirre aislado de Guipúzcoa y la mayor parte de Álava, en manos del enemigo, y con el Cantábrico bloqueado por la flota rebelde. La situación era crítica, por lo que el equipo Euzkadi decidió seguir jugando. 13 jugadores se desplazaron con Manuel de la Sota a Polonia, donde habían gestionado dos amistosos: uno en Katowice y otro en Varsovia. En Katowice derrotaron por 4 a 5 a un combinado regional de Silesia, pero en Varsovia se presentaron los primeros inconvenientes. Los polacos, de abrumadora mayoría católica, apenas descifraban el galimatías político e ideológico de la guerra española. Otrosí, la propaganda nacional también hacía estragos en la opinión pública internacional, y la idea de que en España se estaba desarrollando una guerra sin cuartel entre el bolchevismo y la religión calaba hondo en según qué contextos socioculturales. Tanto es así que en la capital algunos jugadores tuvieron problemas al ir a oír misa un domingo: algunos polacos no entendían cómo unos individuos que se confesaban católicos practicantes podían estar recorriendo Europa colectando apoyos para la República. El caso es que el partido de Varsovia se suspendió, y los futbolistas volvieron a Francia con el resto de sus compañeros. Desde ahí, todos juntos y por intercesión del consejero socialista de Asistencia Social del Gobierno vasco Juan Gracia, volaron hacia Moscú: les había surgido la posibilidad de jugar por toda la Unión Soviética -la potencia que sostenía la España republicana en aquel instante- en representación de la República. Habían dado el gran salto. La gira soviética fue apoteósica. Jugaron en Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Georgia, y durante dos meses fueron tratados como verdaderos héroes de la República hermana de España que se alzaba en armas por el proletariado internacional y la revolución. Llenaron estadios olímpicos, dieron mítines políticos, participaron en macrodesfiles deportivo-militares, concentraron hasta cien mil espectadores en sus partidos de Moscú, fueron agasajados por altos funcionarios del Partido Comunista y del gobierno de Stalin y se les trató, en suma, como a verdaderos príncipes de una nación acogotada por los enemigos de la revolución marxista. Esto, naturalmente, creó algunas tensiones internas en un grupo formado casi exclusivamente por recios hombretones mecidos desde la cuna por un sobrio tradicionalismo patriarcal de marcado carácter religioso: a muchos de aquellos futbolistas, sobre todo a los menos comprometidos ideológicamente con alguna causa, aquel exótico despliegue de parafernalia comunista con que les recibía la Gran Madre Rusia les olía a gabarra ardiendo más allá de la ría del Nervión.

Sin embargo, en vísperas del primer partido en la capital soviética, la expedición recibió el golpe más duro: las tropas nacionales habían conquistado Bilbao el 18 de junio, con lo que aquel viaje ya era una aventura sin retorno. Así y todo, el equipo Euzkadi ya tenía apalabrados dos encuentros frente a dos de los tres equipos más potentes del fútbol ruso: el Dinamo de Moscú y el Lokomotiv. En el Stadium Dynamo, ante 100.000 espectadores, Luis Regueiro pronunció su primer discurso, debutando así como orador político ante las masas. Los vascos dieron un recital frente al Lokomotiv, avasallándolo por 1-5. Tres días más tarde, el 27 de junio, y ante el mismo aforo, Euzkadi volvió a ganar 1-2 al poderoso Dinamo de Moscú, vigente campeón de la liga soviética. Entre medias, los jugadores fueron recibidos por el ministro de Deportes de la URSS y visitaron algunos hospicios donde vivían muchos de aquellos niños de la guerra españoles que marcharon a la URSS durante el conflicto. Esta visita conmocionó especialmente a los miembros del equipo Euzkadi, enternecidos por la nostalgia que aquellas criaturas mostraban de España y el calor con el que recibieron a los jugadores españoles.  Tras el periplo moscovita, el grupo tomó un tren con destino a Leningrado, la antigua San Petersburgo de los zares. Allí empataron a 2 frente al equipo local, el Dinamo de Leningrado, y prácticamente al día siguiente regresaron a Moscú para cerrar su gira rusa: barrieron de nuevo al Dinamo moscotiva por 4 goles a 7 el 4 de julio, pero el 8 cosecharon su única derrota desde mayo: 6-2 frente al Spartak de Moscú. Desde allí abandonaron Rusia para internarse en la otra gran república soviética: Ucrania. El 14 de julio fueron recibidos multitudinariamente en Kiev, donde al día siguiente vencieron al mítico Dinamo de Kiev (el mismo que pocos años después protagonizaría los legendarios enfrentamientos contra la selección de la Wehrmacth de dramático desenlace) en el Stadium Dynamo por 1-3. Ante 35.000 espectadores los vascos siguieron deslumbrando a pesar del cansancio de los continuos viajes, de los desplazamientos y las noches en vagones de tren y de, sobre todo, la incertidumbre por lo que ocurría con sus familias en España. Guipúzcoa, Álava y finalmente, Vizcaya, estaban ya en manos de Franco, y la ofensiva nacional continuaba hacia Santander y Asturias. El panorama se presentaba sombrío para unos jugadores que estaban nada menos que en la otra punta de Europa representando a un Gobierno autónomo que ya marchaba hacia Santander. A pesar de jugar por una institución ya sin poder real sobre ningún territorio, el equipo Euzkadi cruzó el Mar Negro el 20 de julio de 1937 para llegar a Tbilisi, capital de Georgia, al día siguiente. Allí jugarían 2 partidos más frente al FC Dinamo Tbilisi, equipo de la segunda división soviética que décadas más tarde, en los 80, ganaría una Recopa de Europa. El 24 de julio, repuestos ya de los rigores del viaje, los vascos vencieron al equipo local por 0-2. Se completaron las 35.000 localidades del estadio de la capital georgiana, y el impacto de aquel partido fue tal, que se improvisó un segundo match frente a una selección de Georgia seis días más tarde. El 30 de julio Euzkadi volvió a ganar, esta vez por 1-3. Dos días más tarde, con la moral bajo mínimos pero pertrechados bajo una imagen de invencibilidad afianzada en cada partido desde abril, el grupo volvió a Moscú.

Fútbol y guerra: la epopeya de los vascos (II)

13 dic

El 28 de febrero de 1937 se vieron las caras en San Mamés dos combinados en representación de Vizcaya y Guipúzcoa. Esta última provincia, así como buena parte de Álava, estaba ya prácticamente bajo control nacional, por lo que la significación política de estos partidos aumentaba a medida que también lo hacía la presión bélica sobre el territorio aún en poder del gobierno autónomo vasco. Este encuentro tenía, a ojos de jugadores, prensa y opinión pública, la categoría de determinante para la futura configuración del plantel que recorrería Europa en nombre del gobierno autónomo vasco, ya que a esas alturas era vox populi que el lehendakari Aguirre estaba ultimando los detalles de la gira, pensada para la primavera. Otra vez en San Mamés, los guipuzcoanos derrotaron a los locales por 1 gol a 2. Por Vizcaya formaron, de rojo, Blasco; Pablito, Aedo; Cilaurren, Soladrero, Zubieta; Ruiz, Iraragorri, Bata, Larrínaga y Gorostiza. De blanco, Guipúzcoa alineó a Eguía; Ciriaco, Areso; Bienzobas, Muguerza. Roberto; Insausti, Unamuno, Lángara, Olivares y Sánchez Arana. De estos 22, 15 quedaron definitivamente seleccionados para el Equipo Euzkadi (así fue denominado de forma oficial en abril de 1937, según parece, para evitar que la FIFA vetase los partidos de una conjunto denominado selección nacional vasca). Algunos, como el madridista Ciriaco -estrella del balompié nacional de aquel momento, quien formaba junto a Zamora y otro vasco, Quincoces, el famoso tridente defensivo del Madrid de 1936- se pasaron al otro bando después de ese partido, en cuanto las líneas nacionales avanzaron hasta casi el mismo Cinturón de Hierro bilbaíno. Bando en el que hacía tiempo combatía el otro mito del fútbol vasco, Jacinto Quincoces, destacado como conductor de ambulancias en el frente de Vitoria y quien, obviamente, estaba ausente de la iniciativa. Otro de los vascos del Madrid, Simón Lecue, se recluyó casi desde el principio con su familia en Arrigorriaga, de donde era natural, y se desentendió del proyecto. Desde ese 28 de febrero hasta finales de abril, mientras se disputaban los dos últimos partidos entre ANV y PNV, los artífices del seleccionado vasco trabajaron entre bambalinas para formalizar la aventura balompédico-política de José Antonio Aguirre. Con el visto bueno del socialista Juan Gracia, a la sazón consejero de Asistencia Social del Gobierno vasco, seis hombres comenzaron a preparar una tourné que, en principio, sólo incluía algunos amistosos en Francia. En apenas unos días, dada la celeridad que las circunstancias de la guerra imprimían a los acontecimientos, se eligieron los colores del equipo y el staff tanto técnico como directivo.

El periodista anteriormente citado Melchor Alegría; Ricardo Irézabal, vicepresidente de la Federación Española de Fútbol y ex-presidente del Athletic de Bilbao; Manuel López, apodado El Travieso, que había sido jugador del mismo club en los años 20; Joking Rezola, utillero; Pedro Birichinaga, masajista, y Manuel De la Sota, representante del lehendakari. Todos ellos pertenecían a círculos muy cercanos al PNV, el partido del presidente Aguirre, de ahí que el diseño de la equipación que el equipo de Euzkadi lució finalmente en la gira internacional se inspirase en la ikurriña: zamarra verde, calzas blancas con una franja vertical roja y medias rojas cortadas por dos rayas horizontales verdes y blancas. Irézabal, amigo personal del lehendakari, tenía como misión encabezar administrativamente la expedición, en calidad de delegado del Gobierno vasco. A su vez, El Travieso sería el entrenador, y tanto Alegría como De la Sota gestionarían la organización interna de la embajada: intendencia, desplazamientos, recaudación y relaciones diplomáticas. Tras los primeros entrenamientos en marzo, Manuel López hizo defección, con lo que se le asignó la dirección deportiva del equipo Euzkadi a Pedro Vallana. Vallana era una vieja gloria del deporte español en aquel tiempo: con el equipo de su ciudad natal, el Arenas de Guecho, conquistó la mítica Copa de 1919 y participó en 3 de las 4 finales que este club disputó en los años 20. Así mismo, este legendario lateral derecho participó en los Juegos Olímpicos de Amberes, París y Amsterdam, siendo el único futbolista hasta la fecha que ha representado a España en tres citas olímpicas. En 1929 protagonizó otro hito histórico: se retiró del fútbol en activo durante la campaña en curso, y poco después debutó como árbitro profesional. De manera que jugó y arbitró en un mismo campeonato nacional de Liga, estableciendo un récord impensable en nuestros días y que nos indica con claridad el limbo reglamentario en el que aún se movía el fútbol en España durante las décadas de 1920 y 1930. Así pues, la convocatoria final resultó la siguiente: Blasco, Iraragorri, Cilaurren, Muguerza, Zubieta, Aedo, Echevarría, Pablito, Gorostiza, Urquiola, Aguirre, Ignacio Aguirrezabala Chirri II y Unamuno, del Athletic de Bilbao; Luis y Pedro Regueiro, y Emilín Alonso, del Madrid Club de Fútbol; Lángara, del Oviedo; Eguskiza, del Baracaldo; Larrinaga, del Racing de Santander; Areso, del Fútbol Club Barcelona; Marculeta y Bienzobas, del Unión de Irún, y Soladrero, del Arenas de Guecho.

La expedición partió de Bilbao con la determinación de agregar voluntades, en el escenario internacional, para la causa republicana en general y para la cruzada del nacionalismo vasco por su propio Estado semi-independiente en particular. Además, el dinero obtenido en los distintos choques que tenían pactados ya -y de los que fueran surgiendo sobre la marcha- iría a sociedades de socorro y asistencia a viudas, huérfanos y víctimas de bombardeos nacionales, hospitales de campaña y heridos de guerra. El equipo Euzkadi demostró, durante su periplo, que iba a ser algo más: un grupo de extraordinarios futbolistas vascos asombrando al mundo con su talento, y un producto propagandístico de enorme impacto para el nacionalismo vasco. De facto, fueron un brazo político más del Gobierno de José Antonio Aguirre, y Luis Regueiro -quien se incorporó al equipo ya en Francia, junto a su hermano Pedro y su compañero madridista Alonso- ejerció como portavoz ideológico desde que asumió la capitanía de la selección. El 26 de abril de 1937, casi al mismo tiempo que la Legión Cóndor destruía Guernica, el equipo Euzkadi aplastaba al vigente campeón francés, el Racing de París, en un abarrotado Parque de los Príncipes de la capital francesa. Tal fue el asombroso estreno de la escuadra verde. El 0-3 final estuvo acompañado, por supuesto, de diversos actos políticos en los que los jugadores cargaron con su doble condición de deportistas y altavoces propagandísticos: visitaron la sede de dos periódicos parisinos de izquierdas (Paris Soir Ce Soir. Aparte, Regueiro tuvo que dar un speech en Radio París, propalando punto por punto el argumentario del PNV y del lehendakari Aguirre acerca de la fraternidad atávica del noble pueblo vasco perturbada por la horda fascista y todo eso, háganse una idea) homenajearon el túmulo al Soldado Desconocido y confraternizaron con la plantilla del Racing de París. Hundida la moral del equipo tras conocerse en Francia la noticia del cruel bombardeo alemán sobre Guernica, el capitán Regueiro se destacó notablemente en la tarea de motivar al grupo lo suficiente como para afrontar otro amistoso en Toulouse. Regueiro, hombre de gallardía incuestionable, afrontó múltiples y variopintos desafíos a lo largo de esta odisea: como hemos visto, además de jugador y capitán, también hubo de hacer de psicólogo de un colectivo muy afectado por las noticias que llegaban de casa y, más adelante, se vio a sí mismo como orador político ante una tribuna repleta de miles de personas, en mitad de la Unión Soviética, en una súbita posición de portavoz simbólico de la causa vasca donde seguro jamás imaginó verse cuando en 1936 levantaba la Copa de la República junto a sus compañeros madridistas en Valencia.

Fútbol y guerra: la epopeya de los vascos (I)

9 dic

Hay algunas historias que merecen ser contadas, y a lo largo de la Guerra Civil española sucedieron muchas dignas del epíteto de inolvidables. A pesar de que el último partido de fútbol oficial en España, hasta 1939, fue la final de Copa entre el Madrid y el Barcelona (el Supermatch de Mestalla) de junio del 36, el balompié continuó vivo durante la guerra. No obstante, fueron muy pocos los encuentros meramente deportivos que se disputaron en España en aquellos tres años: el fútbol (que vivía su propio proceso de profesionalización en ese tiempo, no exento de polémicas de índole estructural y cuasi filosóficas entre quienes se agarraban a la lírica del amateurismo y quienes ya montaban el caballo ganador del fútbol-industria) se convirtió, por supuesto, en una estupenda herramienta propagandística para republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas, nacionalistas, carlistas, monárquicos, falangistas y mediopensionistas. Como para no serlo, dado el percal de esa España que se desangraba. Este país, matrioska gigante, acoge en su seno innumerables contradicciones y particularidades: como, por ejemplo, la de unos católicos de derechas empuñando el cetme por la legalidad de un parlamento frentepopulista ante el pronunciamiento de unos militares de mayoría conservadora que pronto convertirían el conflicto en una guerra santa. Todo, por supuesto, absolutamente coyuntural. Así nació la Selección de Euzkadi en 1937. Como un medio para un mensaje.

Los embriones de esta iniciativa fueron 4 partidos disputados entre febrero y marzo de 1937 en San Mamés. El golpe de Estado de julio de 1936 había sorprendido a los futbolistas de vacaciones. Casi todos habían vuelto al terruño a pasar el impasse veraniego. Las tres provincias vascas, que no habían sucumbido al Alzamiento, contaban con una de las mejores añadas de futbolistas de la Historia del balompié español: piezas clave en Madrid, Barcelona, Athletic, Betis, Sevilla u Oviedo, leyendas como Ciriaco, Quincoces, los Regueiro, Lángara o Zubieta deslumbraban también en la jovencísima Selección Española de fútbol, formada por primera vez para los JJOO de Amberes en 1920. En el invierno de 1937, nítida ya la conciencia entre los españoles de que la guerra no iba a ser breve ni sencilla, los dos principales partidos del primer gobierno autónomo vasco de la Historia -Acción Nacionalista Vasca y el Partido Nacionalista Vasco- decidieron aprovechar la circunstancia de que casi todos los ilustres del foot-ball regional estaban refugiados en sus pueblos para organizar un partido. El choque sería, a la vez, acto político e iniciativa recaudatoria: los carteles lo anunciaban como Partido Pro Avión Euzkadi. Un Air Force One para la Lehendakaritza, dicho en plata. Puede apreciarse ya el grado de independencia de facto del que gozaba el gobierno autónomo vasco dentro de una República que, en aquel invierno, comenzaba a recuperar paulatinamente el poder efectivo y real sobre toda su administración; poder que había perdido tras la desintegración del Estado en las horas siguientes al golpe militar del 18 de julio. Además, contaba con la promoción de uno de los múltiples periódicos surgidos en medio de aquel torbellino ideológico: Tierra Vasca. Antonio Aguirre, el primer lehendakari -también exfutbolista- , junto al alcalde de Bilbao y el cónsul soviético, presidió el partido, disputado en Bilbao ante 22.000 personas. Era el 7 de febrero de 1937. Acabó 7-5 a favor de ANV, quien contó entre sus filas con Eguía, Euskalduna, Aedo, Julián Ramón, Bienzobas, Marculeta, Rejón, Iraragorri, Lángara, Bata y Oyaneder. José Iraragorri El Chato, celebridad del Athletic de Bilbao y miembro de la Sección de Sanidad de ANVjugó y entrenó al mismo tiempo al combinado que, en aquella ocasión, vistió de rojo. Por su parte, el conjunto peneuvista -de blanco- formó con Ispizúa, Pablito Areso, Cilaurren, Soladrero, Zubieta, Larrondo, Unamuno, Gurruchaga, Mandaluniz y Gorostiza. Entre los dos equipos, once jugadores que ya habían sido internacionales con la Selección Española. José Mandaluniz militaba entonces en el Español de Barcelona. Daba la curiosa casualidad de que era primo del Chato Iraragorri, aunque esto no sea más que otra anécdota que no viene a reforzar -¡Dios nos libre!- la sospecha general acerca de la endogamia característica de ciertas clases sociales de Vasconia que presumen de un RH sanguíneo anterior al emperador Augusto.

El match fue un éxito: Aguirre exclamó ante la tribuna unos sonoros ¡Gora Euzkadi! y ¡Viva la República!; se acumuló un taquillaje de hasta 8.000 duros; el abuelo de Iturralde comenzó a labrar la fama de extravagante polemista que arrostraría su nieto, dos generaciones después, por los campos de España (las malas lenguas le atribuían una complicidad especial en la misteriosa liberación de Lángara, el estelar goleador del Oviedo y pichichi de las tres últimas Ligas quien era tenido por faccioso y estaba recluido por ello en el buque-prisión Quilates, a la sazón en Bilbao) y Mandaluniz exigió una revancha. El replay se programó para finales de marzo. La formación peneuvista iba a tener la oportunidad de resarcirse de la derrota y el lehendakari Aguirre iba a seguir recaudando para su avión y para su causa. Daba forma ya, en su cabeza, a un proyecto propagandístico que le había sugerido el periodista Melchor Alegría: un equipo netamente vasco que jugase por medio mundo exportando la imagen del Gobierno Autónomo y recolectando simpatías, dinero y publicidad para la lucha republicana contra el fascismo. Pero aquel 21 de marzo todavía quedaba algún tiempo para eso. Ese día volvieron a jugar los equipos de ANV y del PNV con un resultado que a pocos sorprendió: 3-0 a favor de los peneuvistas. Jugaron prácticamente los mismos, y más de uno sospechó que la victoria del equipo de Mandaluniz era un amaño para propiciar un tercer partido. Se jugó, como los otros dos, también en Bilbao, pero esta vez el equipo rojo no representó a ANV ni el blanco al PNV: dos combinados vascos neutros se enfrentaron en un choque cuya recaudación fue destinada a la suscripción popular que en toda la España republicana se organizaba para financiar un nuevo Komsomol, buque mercante soviético hundido por la Marina nacional en otoño del 36 y cuya tripulación penaba en un presidio de Málaga, incomunicada y, podemos imaginar, sufriendo las de Caín. Este partido terminó 7-2 a favor del conjunto blanco. Sin embargo, hubo otro partido, entre el primero y el segundo de esta trilogía protagonizada por ANV y PNV, que constituyó un germen quizá aún más determinante para la futura concepción de la Selección de Euzkadi: el duelo entre la Selección de Vizcaya y la de Guipúzcoa.

Molinos contra gigantes

10 sep

España es Bárcenas, Griñán, los EREs, los Puyol y su querencia suiza, el Carmelo, el 3%, las embajadas de los Països en el extranjero, los GAL, Eufemiano Fuentes, la Gurtel, Camps, los Calatrava por pagar y el aeropuerto de Castellón. Sí, vale. De acuerdo. Pero también es mucho más, a pesar de que el tan necesario noventayochismo derive -al hacerse popular y creencia cierta para la masa, todo se desvirtúa, incluso hasta los más níveos movimientos intelectuales de regeneración- en una exaltación grotesca de nuestros pecados capitales. En esta leyenda negra que nosotros mismos hemos ido tejiendo con los retales de una realidad implacable no cabe la mirada serena ni la reflexión pausada. De manera que no somos capaces de advertir que la cima de este enorme Everest de mierda -ese que en 2008 nos dimos cuenta de que, oh sorpresa, estaba ahí, aunque lleváramos años pasando por delante de él, ignorando su existencia- también está coronada, como la de todas las montañas, de hielo blanco y espuma de nubes, tan cerca del cielo que incluso convive con él. Y que la nieve, cuando el sol la funde, se convierte en un río de agua en el que nosotros, todos, España, tenemos otra oportunidad de purificarnos. Bebiendo de las fuentes de lo que, oscuridad aparte, todavía seguimos siendo. Porque necesitamos dejar de respirar por la misma herida de siempre, aun a costa de tragarnos la mierda, que es mucha. La necesidad de vertebrarnos alrededor de una identidad que no supure la visceralidad tribal que nos ha maniatado toda la vida es tangible, y va más allá de una limpieza institucional o una cura judicial a los males estructurales de un país carcomido por el egoísmo general: es un latido vertical que atraviesa el alma de toda la nación.

El sol de España derrite un hielo por cuya agua corren, cristalinos, hidalgos de adarga antigua y barbudos conquistadores de playas vírgenes e imperios milenarios. Ese es nuestro patrimonio. Si la explotación comercial de nuestra nación se articula en torno al rancio arquetipo folclórico, la fuerza de la marca huye por el boquete mediterráneo de la repetición. Ya no somos el exótico país de las mil y una noches que Irving vino a dibujar en el XIX: Berbería, Turquía y el Adriático son los nuevos edenes congelados en la nevera de la singularidad etnográfica. Hemos perdido ese punch, que era como el cartel cutre anunciando sangría cunera en un bar de atrezzo para guiris en la calle Mateos Gago de Sevilla. Sin embargo, puestos a construirnos una identidad visual que acrisole voluntades y engalle el pecho de eso que dan en llamar autoestima nacional, España puede proyectarse mercadotécnicamente sobre pilares más poderosos. Más seguros. Y más verosímiles. Una España de Mr. Hyde tan real como la España de Mr. Jekyll que viste Chesterfield y esquía en Baqueira antes y después de visitar a los amigos de Ginebra.

Esa España cabalga a lomos de Rocinante, y cuelga de algún sueño de Dalí dibujado en la cresta de un acantilado del Ampurdán. Esa España ruge como uno de los leones de la Alhambra; estudió en la Institución Libre de Enseñanza con Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y Gregorio Marañón; escribió el guión de todas las películas de Buñuel y fue la paleta con la que Picasso asombró al mundo. Esa España, y no es poco, tuvo París tiranizada bajo su pincel con dos genios cuya grandeur Francia quiso hacer suya. Y esa España vende su luz a precio de oro en Christie´s y Sotheby´s, a medio millón de euros el brochazo de Velázquez, Murillo y Goya, como si cada uno de los pigmentos con los que ellos esbozaron bufones, reyes, Inmaculadas y coraceros franceses acuchillados en las calles de Madrid estuviesen hechos con la piedra, la sal y la arena de cualquiera de sus playas. Playas donde desembarcaron legiones romanas buscando la puerta falsa de Aníbal. Playas por donde se introdujo la cruz en Europa, y playas por donde Tariq metió el Corán y después, con los caracteres rasgados de la lengua del desierto, a los clásicos grecorromanos que en la Europa septentrional ardían en piras de intolerancia o yacían sepultados bajo tierra, lodo y olvido. España, sí, es eso, y también es Ana Botella haciendo el ridículo balbuceando un inglés infame. Pero qué quieren que les diga: Don Draper no diseñaba sus campañas de Lucky Strike mostrando los pulmones negros llenos de cáncer y muerte, sino enseñando una mozuela en la flor de la vida saboreando lo tostado de los cigarrillos que la harían americanísimamente libre. La imagen. El relato. El discurso. Hijos del Renacimiento español poniendo sus vidas en el filo de una espada por el sueño de una ciudad llena de oro y plata. La narración encarnada en una partitura de Manuel de Falla, y la leyenda esculpida en mármol en un busto de Trajano en Roma.

Si continuamos empeñados en vender al mundo que abandonamos el traje de luces y la Carmen de Bizet por el gol de Iniesta y los Roland Garros de Nadal, seguiremos perdiendo batallas, porque como el antiCid totémico de la derrota y de un 1898 eterno, el estereotipo crucificará la visión que exportemos allende los Pirineos hasta que no sea derribado con una imagen tan potente como él. Recorrimos el siglo XIX con Gabriel Araceli, cruzamos el Atlántico en avioneta y sobre tres o cuatro tanques destartalados entramos en la París de Hitler antes que nadie. Hablo de esto. De jugar las partidas importantes con cartas nuevas, extraordinarias en su contenido y cuyo ethos sea fascinante, corrosivo, incomparable. Con la mitad de lo que hicimos en América, los ingleses se montaron la Commonwealth: luego vamos al COI y lo que allí ven de nosotros es a 180 ganapanes marcándose un todo incluido en Argentina a costa del contribuyente. Tira, Paco, que es pólvora del rey. España son tres reyes cabalgando colina abajo por la salvación de la civilización occidental, y un tipo dando la vuelta al mundo a bordo de una cáscara de nuez. Hazañas y proezas, ejemplos y mitos. Molinos contra gigantes que tumben la tradición obsoleta del españolito acomplejado siervo de sus pasiones y africanizado en su celo por el terruño y la comarca. Desde 2008 hemos aumentado los decibelios del cinismo atolondrado y de la mofa propia, desdibujando los límites de la reflexión crítica sobre nuestras propias actitudes. Hoy, los españoles no hacemos más que deformar el reflejo que nos devuelve el espejo donde nos miramos con el espanto y la desesperanza de 1898, como si nunca hubiésemos salido de esa cuneta histórica a la que nos arrojaron los acorazados yanquis en la bahía de Santiago de Cuba. Y tenemos que ir a Otumba de una vez, cortarle la cabeza Matlatzincatzin y enfilar de nuevo las grupas hacia Tenochtitlán, no por unos Juegos Olímpicos, o por una algarabía patriotera de chichinabo, sino por una simple cuestión de supervivencia: dos náufragos no pueden escupirse a la cara mientras se los lleva la corriente.

La segunda modernización

29 ago

Como la crónica de una muerte anunciada, hace dos días, José Antonio Griñán escenificó ante las cámaras su renuncia a seguir al frente de la Junta de Andalucía. Fue casi conmovedor, de no ser por su absoluta falta de relevancia. Griñán compuso un discurso melodramático que pretendió incidir con una tragedia impostada, tan artificial que a Dexter casi se le hubiera caído una lágrima, en su condición de víctima política. De pobre bruja cazada en medio de un pogromo. Sin embargo, la incapacidad manifiesta de este hombre para transmitir alguna emoción con su paupérrima oratoria se tradujo en una pusilánime justificación de sí mismo que nadie recordará cuando esté sentado en el banquillo de los acusados por el fraude pantagruélico de los ERE.

Griñán deja como heredera universal del virreinato socialista de Andalucía a Susana Díaz. Cambio de guardia. El viejo dinosaurio saluda, marchito, al joven tiburón -que viene del latín “hila legítima del politburó”-. Los pretorianos del felipismo entregan la cuchara, acuciados por las consecuencias irreversibles de sus propias veleidades megalómanas. Hubo un tiempo en que se creyeron impunes, y soñaron con cabalgar eternamente a lomos de la codicia por las vastas praderas de la manipulación, y el interminable valle de la ignorancia deliberada del electorado andalusí. Quizá hoy, todavía y a pesar de todo, en Andalucía los socialistas todavía lo sean. Impunes, digo. No hay más que ver cómo siguen permitiéndose el lujo feudal de paralizar la actividad política de la región más deprimida de España mientras ellos dirimen sus particulares cuitas dinásticas. Es un fuero éste viejo y solariego, ganado con sacrificio y constancia de hormiga durante tres décadas de ominoso aclarado intelectual en una tierra, la que se despliega al sur de Despeñaperros, destinada a la indigencia cultural ad aeternum. Griñán lega el Trono de Hierro a una mujer, un asiento de espinosas puntas forjado con las cabezas de los dos millones de parados que siembran los campos de un lugar al que Quevedo dedicón, sin saberlo, su tratado sobre el ojo del culo. Seguramente a esto se referían los socialistas cuando, hace unos años, hablaban sin parar de la segunda modernización.

Parece que fue hace un siglo, pero hace menos de una década, y aun de un lustro, cuando el PSOE se agitaba bajo el mantra de la Segunda Modernización de Andalucía. Nunca supimos muy bien a qué se referían, probablemente por que jamás vimos la Primera. Aunque, no obstante, en ello puede que tengamos nosotros la culpa: lo mismo la Primera Modernización llegó mientras estábamos de cachondeo en la Feria de Abril, y no nos dimos cuenta. Y para cuando lo hicimos, habíamos acabado de despertar de la resaca y ella ya estaba allí, como el PSOE en el Palacio de San Telmo cinco minutos después de apagarse el eco del Big Bang. Deberíamos preguntarles a los delegados de la UGT, el sindicato socialista. Quizás ellos, entre raciones de gambas y barra libre de 2500 euros, la vieron de refilón, vestida de flamenca. ¡La Segunda Modernización de Andalucía! Fue, durante años, la entelequia propagandística más recurrente de unos tipos que, en el cenit de su ingenio más desaforado, desarrollaron el maravilloso lema que hoy verdea cual central nuclear soviética abandonada en mitad de Kazajistán: Andalucía, imparable. Seguramente tengan razón, y ya esté aquí la susodicha modernización. Una mujer al frente de la Junta. Joven, perfectamente conocedora de los entresijos oscuros de la política palaciega. Una cara nueva, que a fin de cuentas, es lo que el votante andaluz medio deseaba para acudir pronto a las urnas sin ese cargo de conciencia que algunas noches, entre programas casposos de Juan Y Medio y exaltaciones folclóricas a cargo de Eva González, le asalta durante un segundo de angustia en el que se cuestiona a sí mismo y se pregunta si quizá él también es culpable de algo. Menos mal que la novedad disipa pronto cualquier atisbo de reacción intelectual en los cerebros amodorrados.

Duro de serie B

7 ago

Todos los gobiernos de la democracia han azuzado el espantajo de Gibraltar cada vez que sus índices de popularidad asomaban por Liliput. Detrás del espantapájaros vestido de rojigualda que nuestros políticos agitan cada cierto tiempo, muy fuerte y con mucho algarazo, viene una procesión de figurantes que parecen sacados de una película de Berlanga. Yo no sé dónde se esconde tanto patriota entre medias, cuando Gibraltar deja de ser el destino histórico de nuestra nación y desaparece de la actualidad mediática española. Si no llega a ser por los recientes éxitos de la selección nacional de fútbol, hubiese creído que toda esa pulsión nacionalista no es más que una legión de extras sacados de algún estudio cinematográfico, a 50 euros el día de españolía ardorosa. Son entrañables. La zona límbica del demiurgo colectivo español tiene todavía un sensor que se activa cada vez que el nombre de Gibraltar resuena por alguno de sus recodos. Somos como un vitorino al que le agitan un trapo rojo delante de los ojillos miopes: allá vamos, embistiendo atolondrados, como si del ¡Gibraltar, español! que farfullamos a boca llena, casi ahogándonos de la rabia, dependiese la última carga de la brigada de caballería que salvará nuestro honor como país. Honor que parece importarnos más bien poco cuando otras cuestiones despejan el horizonte y nos acercan la realpolitik patria, nuestra liga, que diría un entrenador cagón de equipo de provincias. Entonces no nos enervamos, y la hidalguía de telediario que nos hincha la vena y saca al Cid que todos llevamos dentro se hace, de pronto, arteria huidiza de heroinómano. Somos muy facilones. Rajoy se ha puesto a mirar muy serio y muy ceñudo hacia el Peñón, como queriendo infundir de golpe todo el respeto que España se ha ido dejando, como harapos de un antiguo y lustroso uniforme de paseo lleno de charreteras mohosas, colgado por cada una de las aristas de la roca gibraltareña. A quién pretendemos engañar, Mariano. A estas alturas de la película. La pose de duro, malote de serie B, del Gobierno -aun teniendo razón en sus reclamaciones- llega con un par de siglos de retraso: la cofradía de piratas hermanados en la turbiedad del lodazal fiscal que anida bajo la Union Jack en las aguas del Estrecho no tiene más que echar un vistazo por encima de la verja para partirse el culo con todos nosotros.

Monipodio del sur

18 jul

A cuenta de los ERE en Andalucía y la posible -más que probable- imputación de José Antonio Griñán con la consiguiente dimisión y convocatoria de elecciones autonómicas anticipadas, se especula en tertulias y columnas de opinión con un hipotético resultado post-electoral en, digamos, 2014. El escenario más factible, paradójicamente, es el de una holgada victoria socialista. En este caso no estoy seguro de si el adverbio es preciso o sobra, puesto que la obscena incongruencia moral que supondría el que los andaluces legitimasen masivamente en las urnas al partido del que, como un octopus gigante, han salido los brazos que han saqueado las arcas públicas de la Junta, está fuera de toda duda; sin embargo, la aquiescencia moral de ese pueblo para con el socialismo raya en la complicidad cuasi íntima y eso, además de ser un hecho probado para cualquiera que conozca Andalucía, ha quedado demostrada en multitud de ocasiones anteriores. Una más, honestamente, no me iba a sorprender. Conociendo el percal. Por que, EREs aparte, el Partido Socialista Obrero Español ha convertido Andalucía en su cortijo, a la manera de los antiguos latifundios señoriales en los que se dividieron los reinos andaluces tras la Reconquista. Desde 1978, la región más poblada de España, y quizá la que cuenta con una mayor diversidad en sus recursos naturales, es también, o sigue siendo, la última en cuanto a nivel de vida de sus habitantes, a renta per cápita, a desarrollo estructural y a generación de riqueza, empleo y crecimiento. También es el principal granero electoral del socialismo español. Como los clásicos sátrapas de la Antigüedad,  gobiernan el territorio suspendidos en una telaraña socioeconómica y cultural tejida pacientemente -durante tres décadas, nada menos-. Sobre ella, un colchón. Mullido colchón hecho a base de clientelismo, favores, manipulación social a través de medios de comunicación y de la malhadada instrucción pública, y de toda una red de estómagos agradecidos guarecidos bajo un colosal paraguas administrativo, sobre el que la jerarquía socialista descansa tranquila. Segura de su posición. Tanto que se permite la frivolidad de pulsar el pause del botón político cada vez que una turbulencia agita las aguas internas del partido bajan escrofulosas, gangrenadas (no es de extrañar si manan de un nido de víboras y reptiles).

Y es que en la anulación sistemática de la alternancia política en Andalucía confluyen una serie de factores demográficos, culturales y estrictamente políticos que voy a reseñar a continuación. El primero es de orden histórico: la Andalucía rural vota con la zurda. La del campo, la vieja y estrecha Andalucía de los olivares interminables, las casas blanqueadas y las lomas bajas con las que Windows dibujó su ondulante fondo de escritorio una vez que Bill Gates debió veranear en la campiña de Jerez. La herencia de cuatro décadas de franquismo ha vertebrado aquí un corpus pseudo-ideológico en la psyque profunda del andaluz del agros, hijo de la masa de braceros sin tierra de los años 30, de la propaganda frentepopulista y de la laboriosa, casi mirmidónica, labor de zapa sociocultural del establishment socialista post-78. La contraposición entre ciudad y campo es en Andalucía más dramática si cabe que en cualquier otra parte de España. El sur urbano, burgués y universitario, hace mucho tiempo que abandonó la demagógica atalaya del Andaluces levantáos, pedid tierra y media de gambas; por contra, extramuros apenas nada ha cambiado, a pesar del fiasco tan obsceno de la segunda modernización de Andalucía, de los índices de paro críticos, de la desindustrialización lacerante y del atraso tecnológico respecto de todas las regiones de la zona euro. El abrazo del oso socialista todavía constriñe la mirada crítica del andaluz intergeneracional, de entre 35 y 65, que no ha terminado la ESO, lee el Marca y cuadra en su cabeza con precisión alemana los meses que necesita para cubrir el subsidio de los 400 euros por desempleo terminal. No digamos ya el efecto pernicioso que siete reformas educativas y el legado filial que ese mismo andaluz deja a los que vienen detrás: hoy, aún, mucha gente contempla como algo normal y cotidiano el que un niño de 13 años deje el colegio y en absoluto se plantee la universidad no ya como desafío sino como instrumento de prosperidad para su futuro inmediato.

Lo demográfico viene explicado, en parte, por la completa inoperancia de un Partido Popular andaluz cuyo departamento de comunicación debe estar subcontratado de forma vitalicia a la familia Picapiedra. Incapaces de diagnosticar cuál es su punto de partida -señoritos cortijeros, nietos del Caudillo, la oscuridad más demoníaca, etc- aún hoy, 30 años después de encadenar derrotas electorales en Andalucía como Poulidor administraba segundos puestos en el podio de París, demuestran una kafkiana autocomplacencia a la hora de enfocar comunicativamente la manera más adecuada mediante la cual puedan explotar las bazas propias, y ajenas, que en este momento tienen en Andalucía. La victoria pírrica de Javier Arenas en marzo de 2012 es un botón de muestra extraordinario: pocas veces un candidato afrontó unos sufragios con tan abrumadora ventaja sobre su adversario, y casi ninguna vez en democracia un rival se presentó a las urnas en una posición tan débil como José Antonio Griñán. La campaña pepera no pudo ser más apática, desinteresada y grotesca: el corolario fue la renuncia de Arenas a un cara a cara televisado frente a Griñán. Andalucía son arenas movedizas para el PP, y si sobre el piso resbaladizo patina un elefante borracho de absenta, es probable que la hostia se escuche hasta en Fernando Poo. Ignorantes de que la movilización de la Andalucía urbana, culta, cosmopolita y liberal es su única oportunidad de hacer frente a un sino histórico-cultural negativo, campan a sus anchas por una turbia zona intermedia, condenados a ser la segunda fuerza parlamentaria en Sevilla y a vivir en la nada más absoluta y ominosa hasta el fin de los días. El Virreinato, a pesar de la crisis, los escándalos de corrupción que habrían acabado con cualquier otro ismo que no se hubiese ocupado antes de tejer la manta con la que ahora se arropa el PSOE en Andalucía, sigue su curso. Inalterable al desaliento, al paso del tiempo, a los avatares del destino. Es probable que si mañana a Susana Díaz -la cantera del establishment sociata andaluz es como la Masía, una producción fordiana de querubines en serie- le descubriesen tres o cuatro cuentas en Suiza repletas de dinero público, a la satrapía del puño y la rosa solamente le bastase con mover una ficha de su gran tablero sureño para seguir gobernando las 8 millones de almas más parecidas a una mansa grey que ideólogo político alguno pudo haber soñado jamás.

Tuitero Bárcenas

8 jul

Luis Bárcenas parece uno de esos malos de serie B que atormentan a los ímprobos protagonistas de las tórridas películas de mediopelo con las que Antena 3 lleva años copando la cuota de pantalla de los sábados por la tarde. La pulcritud de su apariencia, y ese repeinado con abundante gomina, le dan un toque de sofisticada vacuidad a su condición de presidiario de alto copete. No tiene ese garbo callejero que anuncia el plebeyo origen de los malos de verdad, ni ese puntito de zafia altivez de los chicos duros del Chicago de los años 20. Bárcenas es la remasterización de Mario Conde. Sin ese halo de juvenil osadía, ni tampoco su fachada de brillante y advenedizo fucker, pero con el mismo emplaste de gelatina en el pelo y, sobre todo, con muchísimo más dinero. Mario Conde también amenazaba con revelar secretos que harían temblar los cimientos de la Sublime Puerta, igual que Bárcenas ahora. De un par de brochazos gruesos, dice Pedrojota que dice Il Tesorero, es capaz de rotular en negro el epitafio de un gobierno. Nada menos. Es probable que estemos asistiendo a momentos que en 10 o 15 años aparecerán en la pequeña pantalla narrados con voces en off en alguna TV Movie de Telecinco, así que si van por la calle sin prisa, procuren sonreír: quién sabe si no hay ya gente grabando planos para el metraje. Bárcenas, como Mario Conde, tendrá, por supuesto, sus tres capítulos de nostálgica gloria wharholiana, cuando ya no sea un molesto incordio para nadie y tenga que mantener su estatus de ángel caído vendiendo sus memorias al mejor postor, guionizando su meteórico ascenso a la cima suiza del dinero en negro, y tuiteándolo todo a tiempo real. Por que en España, aunque nadie lo diga, todo el mundo sabe que Il Tesorero no guarda bajo su manga ninguna carta capaz de aguantar el farol, pero también sabe que sabe lo suficiente, sea válida la redundancia, para huir de una condena demasiado larga. Con lo que en un plazo razonable de tiempo, la memoria de la infamia desaparecerá, y el ciudadano Bárcenas volverá convertido en Tuitero Bárcenas, honorable político, empresario y ex-malo de celuloide, y quizá funde un partido con el que presentarse a algunas elecciones. Dando lecciones de cómo han de hacerse las cosas. Como Mario Conde.

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