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Irse a Yuste

11 jun

Hace ya más de una semana que Juan Carlos I anunció que abdicaba. Nosotros, que somos hombres modernos engreídos por la sugestión esa que nos hace pensar que todo lo que vivimos es nuevo, terrible y chispeante, no lo sabemos. Pero la abdicación de un rey es un fenómeno repetido con cierta frecuencia en la Historia de España. Cada 150 años, más o menos, uno coge el petate y le deja el soufflé a otro. La cosa va así: Carlos I, V para el brandy -incomparable superioridad sonora, hay que decirlo- fue el primero en picar el billete, enfermo de gota y llevando consigo ya el hastío tremebundo de gobernar españoles de tantos territorios. Si ahora somos insoportables habitando una península de clase media con dos casitas en la playa, no me hago a la idea de lo que debió ser cuando teníamos yate, mansión con helipuerto en América, el 51% de las acciones de un puticlub llamado Flandes y un loft en Filipinas. En 1724 fue Felipe V el que renunció a la corona en favor de su hijo, Luis I todavía lampiño y sin haber hecho la selectividad. Lo que no se imaginaba el primero de los borbones españoles era que Luis ingresaría muy pronto en el patio de los callados: una viruela fulminante acabaría con siete meses de reinado y un matrimonio esquizofrénico. No mucho después, en 1808, España asistiría al célebre paripé de Bayona protagonizado por Napoleón y aquellos dos miserables clowns coronados con los que el poder real español se rebozó en una charca porcina: Carlos IV y Fernando VII. La cesión de la jefatura del Estado que Juan Carlos I hará efectiva la semana que viene en su hijo Felipe será la cuarta abdicación, y uno no puede evitar pensar que las estructuras orgánicas longevas desarrollan un sistema inmunológico particular que les permite concentrarse sobre sí mismos en esos momentos en que una cierta tensión de ruptura parece hacer peligrar la supervivencia de todo el edificio. Quizá sea así como perviven en el tiempo, humedeciendo los resortes del poder terrenal a base de oportunismo, conveniencia, estrategia, cálculo, azar y flexibilidad histórica. Yéndose a Yuste. Que la monarquía haya constituido la marca de uno de los Estados más antiguos del mundo civilizado durante casi todos sus 500 años de vida es un hecho que exige un análisis detenido, amplio. Con perspectiva.

La porosidad demostrada por la Corona en un país tan en apariencia volcánico puede ser una de las claves que expliquen su permanencia. España está recorrida por algunas fuerzas telúricas muy potentes. No sé si es el calor, lo áspero de su paisaje o el sedimento de la Biblia y del Corán en una tierra fermentada por Grecia y Roma. En España prácticamente nunca hubo un rey absoluto al uso de otras potencias europeas, e incluso el feudalismo apenas fue reconocible en su ortodoxia europea al convivir con larvadas formas de proto-colectivismo agrario y comunidades autónomas de raíz asamblearia dotadas a sí mismas de más fueros que el Estatuto de autonomía de Navarra. Este sarmiento de equilibrio entre poderes, este albedrío cívico, coexistencia estamental que hacía a los reyes españoles más primus inter pares que a ninguno de los otros monarcas vecinos, este sarmiento nudoso y abigarrado como digo, aún se alarga hasta nuestros días. Felipe VI será proclamado por las Cortes, no coronado. La praxis medievalista de la monarquía hispánica revela cierto grado de sujeción del jefe del Estado a otro poder no individual, ostentado por un colectivo que representa los intereses de otra mayoría. Esto, que ha sido más o menos así y que por supuesto ha oscilado con los avatares históricos de cada edad del progreso humano -que ya os veo venir con la bayoneta calada, jarfia- puede alumbrar al españolito medio que hoy duda, erguido sobre sus pies, cuando mira hacia los leones del Congreso y entre toda la bruma conceptual y el ruido de las plazas no puede intuir en qué coño va a terminar todo este quilombo en que se debate un país moralmente arruinado. Lo del ruido de las plazas da para un folletín. Ese neomarxismo de áspid que ha germinado entre la juventud ágrafa de una nación saciada de sí misma tiene en cada pequeña plaza de cada pequeño pueblo español su particular Bastilla: su coto privado de revolución, su Palacio de Invierno, su Acorazado Potemkin desde el que gritar muy fuerte la inanidad doctrinal y el sectarismo más extraordinario y grosero. Prometo tratarlo en otro momento tras el Mundial, no vaya a ser que ocurra lo inevitable. Vamos, que me vea obligado a abandonarme al primitivo neandertal que llevo dentro poniéndome a dar gritos por algo tan banal como el fútbol para bochorno y condescencencia de vosotros, que sois todos tan trascendentes y comprometidos intelectualmente.

Irse a Yuste puede ser una de esas palancas procedimentales que eximan a la Monarquía de rendir cuentas definitivamente con la Historia, postergando el final sine die como sólo logran conseguir las instituciones que están por encima del propio hombre, como la Iglesia o el Real Madrid. Modular el ejercicio de un poder del que cada rey español desde Fernando VII se sabe receptor sólo por azar histórico; fluir junto con el desarrollo circunstancial de la política y las necesidades de Estado. En ese sentido, el rey que ahora abandona el trono camino a Yuste es el paradigma mejor de la conducta táctica que abona el tránsito de la Corona por los siglos modernos españoles. Juan Carlos de Borbón acató las imposiciones coyunturales de la dictadura mientras pactaba con los comunistas un retorno sosegado a la democracia liberal parlamentaria; Juan Carlos I se retiró a una libinidosidad palaciega asegurándose un diezmo jugoso en la nueva situación general de las cosas, asentada ya su monarquía constitucional y puesta en marcha la locomotora autonómica contemporánea. Así llevó a cabo su plan, que no era otro que la propia supervivencia de la Corona en el destino de España: con una vela a Dios y con otra al Diablo, gestionando con habilidad de croupier la satisfacción razonable de todos los poderes fácticos y de los otros hasta que a los españoles se nos asó en la olla la gallina de los huevos de oro. Felipe VI reinará sobre una España ni más ni menos convulsa que la que se hallaron ante sí todos sus sucesores en la jefatura del Estado. Como el Segundo Felipe, tendrá a su padre vigilándole desde un monasterio, y quizá una amenaza interior que revista alguna gravedad según llegue o no dinero a las carteras de los españoles. Esta vez no son un puñado de herejes imprimiendo libros luteranos en Sevilla o Valladolid: la desintegración de uno de los dos partidos-nación que conforman el régimen partitocrático del parlamentarismo español recuerda demasiado a la primera vez que el PSOE se fragmentó dramáticamente en 1936, absorbidas sus bases por la pujanza del comunismo. Entonces se abrieron de par en par las puertas del templo de la guerra, y todo se escurrió por el sumidero de la Historia.

Comentario general sobre los planes de creación de empleo en Andalucía (II)

16 may

Yo conocí a algunos de quienes asistieron a esas escuelas-taller. Alguien de Zamora o Albacete puede creer que se trata de algo imposible, de una leyenda negra hilada con alevosía. Esto no tiene nada de fábula. Puedo poner el ejemplo de antiguas novias de buenos amigos míos, incluso también de amigos íntimos, de gente cercana, o de otros tantos conocidos, anónimos de aquí y de allí, de este pueblo o de aquel otro. El sostén del neocaciquismo es esa Andalucía popular, inserta en el agros, en los inmensos vacíos que separan las 9 o 10 ciudades dignas de llamarse así que hay en la vasta extensión andaluza. Núcleos urbanos de apenas 10.000 habitantes, o los que no superan los 20.000, y hasta las ciudades medias, de 50.000 en adelante, cuya alma es absolutamente aldeana a pesar de su término municipal ensanchado artificalmente con pequeños barrios construidos a la buena de Dios que han ido atrayéndose entre sí merced a la burbuja inmobiliaria y a la progresión asimétrica, imposible de catalogar en parámetros racionales, de la vida de estos pagos. Sanlúcar de Barrameda, Dos Hermanas, Isla Cristina, El Puerto de Santa María, y para qué seguir contando, si desde Punta Umbría al Cabo de Gata saben de lo que hablo. Ahí reside el espíritu puramente andaluz, lo virginal de esta sociedad a medio camino entre la Ilustración y la Tradición más mística, más arraigada a la tierra, a los santos que encontraron los pastores en la cueva, a las vírgenes halladas en las oquedades de los árboles. Ahí es donde los partidos, sobre todo IU y el PSOE, se hacen grandes, fuertes, auténticos bastiones, y recrean dentro de sí verdaderas sociedades particulares en las que germinan los modos, las conductas, las actitudes y los procesos que determinarán luego la manera en que en los círculos de poder urbanitas, se abduce la democracia, se malea, se ductiliza, se estruja y moldea como si fuera plastilina.

La cuestión del empleo en Andalucía es como la droga en el Baltimore de The Wire. Encuentra el hilo y sigue la madeja. Follow the money. Los EREs fraudulentos, los escándalos judiciales, son las pústulas. La pus supurando hacia la superficie. Los poderes ejecutivo y legislativo en Andalucía están gangrenados, desde los cimientos. Todas las estructuras de poder en la región están recorridas por la fuerza telúrica de la corrupción: hay un nervio que las recorre de manera transversal, que hiende al sistema en su mismo pecho, que atraviesa cada una de las plantas de este enorme rascacielos sustentado en arcilla. Aquellos buenos tiempos en que pagarle un sueldo a la costra social era hacer una leva forzosa entre los presidios de la costa y embarcarlos a todos en tres carabelas rumbo al Nuevo Mundo, se terminaron en 2008. No hay dinero, pero el sistema se regenera, nace de sus terminaciones nerviosas muertas una simiente que es necrosis pero aun así vive, regurgita: planes de empleo de carácter urgente. Emergencia autonómica, casi nacional: la mitad de los andaluces no trabaja, pero cada ayuntamiento sigue recibiendo X cantidad cada X tiempo -el tamaño de la bolsa depende de lo cerca que esté cada alcalde del palacio de San Telmo- y en cada una de las oficinas andaluzas del INEM se obra un pequeño milagro mensual, bimensual o trimestral. Es como un plan Marshall dilatado en el tiempo. Susana Díaz toca algunos despachos, Madrid abre un poco el puño, los juegos de poder en el intestino de los partidos dominantes amansan las urgencias cotidianas, el default de la Junta sigue sin declararse, el artículo 155 continúa partiéndose el culo desde el altar de la Constitución y a 50 o 100 andaluces de Chipiona, Coria, Pilas, Aljaraque, Alhaurín o El Ejido le tocan 700 euros por 15 días arreglando alguna acera de algún polígono industrial.

Los planes públicos de fomento laboral son bullshit: carroña electoral, cortoplacismo de la más abyecta y miserable miopía política. El Estado continúa obviando su responsabilidad para con el funcionamiento de la economía que ellos llaman micro pero que yo llamo deja vivir a los autónomos. Deja que los recién licenciados puedan asumir una cuota razonable en la seguridad social mientras desbrozan la jungla, y deja que trabajar por cuenta propia resulte rápido, práctico y sobre todo, natural. El tejido productivo de Andalucía mantiene todavía una mentalidad de población ocupada, una resignación colectiva, una asunción de la medianía como si resultase normal aceptar la derrota y sin que la deserción voluntaria no suponga la reprobación de la tribu, sino todo lo contrario: el aplauso. Para qué vas a complicarte la vida, si lo que tienes que hacer es conseguir que alguien te firme las horas necesarias para cumplir la cuota de 6 meses exigibles para cobrar el PER. Para qué buscas el lío, si los 420 euros de la beneficencia estatal están ahí, tan cerca, tan sencillos. Si yo tengo un compadre que me firma horas como autónomo colaborador en su empresa de Trebujena, y sólo con aparecer por allí y firmar una vez cada 15 días me sirve. Este es el discurso, la dialéctica que ha terminado sustituyendo a aquel mensaje de la España antigua, de los 90, del trigo sin recoger: tú no te compliques la vida, sácate unas oposiciones y vive del Estado. Vida resuelta a los 25 años.

Yo sé, yo tengo las pruebas: esto pasaba, y sigue pasando. Cuántas familias no viven así. Matrimonio con hijos que juntando las peonadas del marido y las de la mujer logran el éxtasis de Santa Teresa en un pueblo andaluz cualquiera que es alcanzar el cupo y poder ir al INEM a sellar la ganga. El Estado se materializa en Andalucía en la figura anacrónica del pater redentor del que sólo cabe esperar regalos, indulgencia, limosna o violencia. Nada más. Nunca hubo comprensión exacta de las cosas, jamás la ley se hizo patente en este far west por el que han pasado todas las civilizaciones constructoras de Occidente y que a lo mejor por eso ya está de vuelta de todas las cosas, y más allá de las 10 ciudades nunca permeabilizará la racionalidad. La fórmula es distinta, pero la trampa social, el agujero sociológico, la ratonera, es la misma. La vieja narrativa social ha quedado obsoleta, inservible, y uno se pregunta si al final la crisis no va a tener más beneficios morales que perjuicios. Si esta sociedad enferma dejara de embelesarse con la imagen reverberada que de sí misma le devuelven los miles de millones de espejos que jalonan su minúsculo espacio vital, si tal milagro ocurriese, aun no siendo suficiente, sería el mayor logro ético de los andaluces desde el nacimiento de Velázquez.

Comentario general sobre los planes de creación de empleo en Andalucía (I)

7 may

No paro de escuchar a portavoces de la Junta, y a la misma presidenta, hablar acerca de planes estratégicos de empleo. Susana Díaz quiere, pide y promete grandes soluciones taumatúrgicas: “regeneración laboral paliativa” podría llamarse esa suerte de planificación de emergencia a la que se alude desde San Telmo para inyectar esperanza a una población asolada por las estadísticas. Más o menos la mitad de los andaluces en edad de trabajar no lo hacen. Una sociedad así, simplemente, no puede sostenerse. A pesar de que quienes no viven aquí elucubran explicaciones generales acerca de este problema, vagas e inconclusas, la realidad de la cuestión precisa un análisis muy fino que alcance las causas verdaderas o al menos orille los tópicos tan manidos en los que se refugia el acercamiento superficial al drama del trabajo en Andalucía. Susana Díaz habla, y no cesa, de la necesidad de una gran inversión, de una mastodóntica inyección financiera que alivie la tragedia de la región más poblada de la península. Sin embargo, Andalucía viene recibiendo ingentes cantidades de dinero desde hace décadas. Fondos dedicados a la cohesión social, ese sintagma tan abstracto y que a nada obliga. Millones de pesetas y ahora euros que llovían sobre la comunidad menos desarrollada industrialmente como el maná destinado a equilibrar desajustes seculares y despegar Andalucía del campo: hacerla viable en una Europa competitiva, convertirla en un granero de algo más que votos socialistas. Dibujarla, en suma, como una tierra fecunda capaz de erigirse algún día -remotísimo, visto ahora con la perspectiva del tiempo- en motor de la España emergente con la que soñábamos.

Yo puedo hablar de todo eso sin que la crisis me enturbie el juicio. Casi 4 décadas de autogobierno no han traído aquí más progreso que el minimum lógicamente exigible a un territorio que se mueve dentro de un país cuyos resortes de poder avanzaron desde una dictadura cuasi autárquica hacia una democracia liberal inscrita en el circuito de la Europa occidental de finales del siglo XX. No más, tampoco menos. Andalucía es un territorio anclado en un caciquismo transversal de corte moderno pero cuya factura es irremediablemente antigua. Su fragancia es la misma que el del viejo sistema paternalista y feudal que dominaba amplias zonas de España durante el siglo XIX. La fotografía, el instante, es idéntico: sólo que ahora el acceso a la cúspide se hace mediante dura y larga oposición dentro de un partido político. La estructura clientelar atraviesa ayuntamientos, diputaciones, mancomunidades y empresas públicas en una jerarquía marcadamente piramidal. Todo nace en Sevilla, se cuece en la olla de pocos kilómetros que abarca la Ronda de Capuchinos, donde se ubica el Parlamento, y el Paseo de las Delicias, allí donde está levantada la magnífica portada barroca, tan andaluza, tan labrada, tan sobrecargada de elementos y retruécanos marmóreos, del Palacio de San Telmo, sede del gobierno autónomo de Andalucía.

Para quienes habitan este espacio opaco, lleno de recovecos y ángulos muertos, morada habitual de pelotas, sátrapas, saltimbanquis de la cuerda y advenedizos sin ningún tipo de pudor y escrúpulo alguno, un 40, un 50 por ciento de la población activa de Andalucía sin nada que hacer cada mañana a las 8 no significa más que una estadística. Un número, una cifra molesta, un dato que utilizar como estilete contra el que se sienta en el escaño de enfrente o, verbigracia, una maravillosa oportunidad. Un 40, o un 50 por ciento de gente sin ingresos con los que alimentar a su familia también es una bolsa gigantesca de potenciales votantes a los que azuzar con migajas para que acaben tirándose de cabeza al depósito de gasolina electoral con el que funciona IU, PSOE o PP en Andalucía. Entra aquí la maravillosa concupiscencia de todos esos secretarios, subsecretarios, delegados del gobierno, coordinadores generales, convergentes todos en un mismo punto: reduzcamos todo plan general de empleo a una sola idea, táctica infalible, implacable lógica partitocrática destinada a la supervivencia de un modo de satrapía tan eficaz en tanto en cuanto usurpa el mecano de la propia democracia para su sustento y viveza. Démosle 500 euros mensuales durante 4, 5, o 6 meses a cada uno de todos esos jóvenes entre 16 y 20 años que no acabaron la ESO mediante la fórmula, administrativamente perfecta, abracadabrantemente mágica, de la “escuela-taller” descrita en los boletines oficiales del Estado como lugares donde reciclar gente inválida para el beneficio común de la sociedad y materializada en la terca realidad cotidiana como aulas de esparcimiento donde el 60% de los que comparten generación conmigo tocábanse las pelotas a dos manos por 7 euros la hora pagadas del erario público. Y esto ocurría en los felices años 2000. Otro día les iré detallando cómo ha ido evolucionando todo ahora que nos acercamos a Burundi, impasible el ademán.

Ir al fútbol

3 may

Ir al fútbol. Reconozco que en esto me falta práctica. Ir al fútbol es como una socialización masiva, a lo basto. También es un ritual. Ayer fui a ver un partido de Segunda división B, traicionándome a mí mismo y a mis propias reglas autoimpuestas con las que intento evitar congregaciones multitudinarias y espectáculos dionisíacos. Y el infrafútbol. Pero qué coño, hay que verlo todo y vivirlo casi todo. Fui al Tartiere a ver un Oviedo-Sporting B y me mantuve alerta como el que está atravesando la selva a machetazos o el barrio de Los Pajaritos a la altura del tanatorio en la S30. El Tartiere es un estadio cinco estrellas Platini en cuyo techo se crían malvas del tamaño de Andrés Iniesta.

Uno va bajando las escalinatas que conectan la ciudad con la olla mordoriana a los pies del Naranco en donde han desterrado al Oviedo y sólo tiene que liberar la imaginación. A uno de aquellos matojos le pones una camiseta azulgrana y en La Masía te lo convalidan por un niño de once años. Carne fresca. Pescaditos, pescaditos, y Morgan Freeman aceptando apuestas sobre cuál de aquellos Fábregas romperá antes a llorar revelando alguna debilidad intolerable en la cárcel del tikinaccio: el alto aquel con cara de cabrón acabará confesándole a Las Niñas que le gusta chutar desde fuera del área. No jodas. Sí. Vale. 20 euros. Voy.

Bajaba rodeando el Tartiere y crecía la peregrinación de fieles envueltos en azul en torno a las taquillas, en una fanzone improvisada, junto a los mazacotes de hormigón de los pilares. La gente bebía asturianía donde todas las aficiones del mundo aquilatan la cogorza con whisky, ron o ginebra barata, y aquí los oviedistas incluso escanciaban la sidra en familia como si estuvieran en la cuesta de Gascona. Con sus cubetas llenas de vidrios verdes y sus vasos anchos, esos que tanto me gusta ver de ginebra hasta el borde, creí observar cómo un paisano convidaba a sidra a dos policías nacionales. La gente en Asturias nace echando raíces en la tierra, y no es una metáfora. Conozco muchos lugares apegados al terruño con un fervor talibán con verdadero nacionalismo aldeano, pero el asturianismo es otra cosa. Esta gente somatiza la caída de alguno de sus viejos robles, y se golpea el pecho reclamando la circunscripción de su espacio natural con la misma fuerza con que las olas rompen en las playas del Cantábrico. Siente físicamente el suelo que pisan, en el que crían a sus hijos y entierran a sus muertos. Los asturianos tienen tan interiorizado ese orgullo comunitario que antes de ir al fútbol se emborrachan, por supuesto, de sidra.

Huelga comentar que sólo conocía un jugador del Oviedo, Cervero, al que al final del match, en medio del bochorno general, los tres orangutanes azules que se me pusieron delante terminaron llamándolo Cervecero. Jé, Europa bajo el signo del hate. La web 2.0 expande modos y costumbres, y la gente acaba por mimetizar hasta el odio. Qué década, macho.

El Sporting B era una excursión de chavales de Gijón más un negro. Del player nigro hablaré más adelante. El Oviedo es una institución tan histórica como desgraciada. Me molesta un poco el uso del adjetivo histórico como recurso manoseadísimo para describir a un club deportivo de rancio abolengo, como si para ubicarle en el sitio que le corresponde del imaginario colectivo hubiera que acudir a la estantería de los tan cargantes lugares comunes. Odio los lugares comunes pero aquí voy a dejar ese lamentable histórico porque estoy cansado, he comido mal, dormido menos y llevo ocho horas sin salir de un tren. Hablábamos del Oviedo. El Oviedo estuvo a punto de desaparecer hace un par de años, y antes también, y por su directiva han pasado cohortes de facinerosos, ladrones sin guante blanco y todo tipo de fulanos de escasos escrúpulos que precipitaron al club hacia un vórtice sideral de vergüenza ajena, corrupción bochorno administrativo y muerte de toda esperanza.

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Tras rebotar por todos los rincones del desván del fútbol español y ser abandonado a la buena de Dios como a la chatarra de la MIR flotando sobre la Tierra, el Oviedo danzó delante de los cuervos de la muerte y salió del coma gracias a la aparición mariana del millonario mexicano Carlos Slim. Aterrizó en Oviedo cuando el oviedismo de los siete reinos dejaba sus huchas temblando con una masiva a la par que emotiva suscripción popular. Slim vino, tiró un fajo de billetes desde la ventanilla del jet y se fue diciendo gestiónenme bien esta vaina, güeys.

No sé lo que ocurrirá con la pasta, pero en el césped el Oviedo es una banda de tullidos en la que destaca un chaval espigado, elegante, exquisito en la conducción y con maneras de torero clásico. Lleva el 9 pero se mueve como una tarántula en la media punta. Lo demás es morralla. Para una vez que me atrevo a ver al Oviedo, llega el Sporting B y bostezando les mete 4. El 4, precisamente, terrible zaguero local, terrible en el sentido canónico de la palabra, malo como una venérea, regaló los dos primeros y se llevó una pitada del respetable al ser sustituido que a mí me haría replantearme el sentido de mi vida.

El player nigro al que antes me refería cumplía los estándares mínimos del arquetipo balompédico africano: feo, fuerte y formal. Metió el tercer gol manejando la zurda como un kalashnikov, y yo me partí el culo recordando el vídeo aquel famoso del mono en medio de un claro de algún bosque tropical del Congo al que tres guerrilleros prestan un fusil para echarse unas risas. La defensa del Oviedo eran los milicianos centroafricanos y el player nigro, el mono, pero que nadie me quiera cazar en el cepo del racismo porque lo digo con una evidente intención peyorativa hacia los defensores locales. Ya me habéis hecho explicar el chiste, cabrones.

Como digo, en la fila de delante había tres tipos engorilados que se comunicaban entre sí mediante gemidos, aspavientos y un código verbal que creí identificar como latín altomedieval. No parecían demasiado enfurecidos por el lamentable espectáculo que estaba ofreciendo el Oviedo ante los cachorros de El Rival. Yo no lo creía, pero cualquier cosa roja y blanca que se acerque no ya al Tartiere, sino al perímetro defensivo de la ciudad de Oviedo, a su lebensraum, es odiado con sádica iracundia, vituperado hasta el extremo. Oviedo y Gijón están separados por una carretera que se tarda en recorrer apenas veinte minutos, pero parece como si se abriera entre ellos el estrecho de los Dardanelos. En Oviedo, Europa, Grecia, la Civilización, el Orden; en Gijón, Asia, Turquía, la Aldea, lo Oscuro. Esa otredad es fascinante para el que viene de fuera, como yo, pero no me hizo falta más que sentarme en la tribuna del Tartiere para comprobar que aquello con más fuego podía ser Faluya.

En un fondo animaban los ultras locales con verdadera pasión genuina. Eso, o fingían de puta madre. Creo que algo de artificio se adivinaba ahí, en esos cánticos compuestos por lustros de negrura espiritual. En el flamear de las banderolas. Algo de impostura latía en eso, sí, no puede ser otra cosa, porque pensémoslo bien. Quién coño aguanta tantos años viviendo en la nada más absoluta. O aún peor, en una chabola hecha con cartones del DIA en medio del jodido vacío. Hay que estar muerto por dentro o mentir y asumir esa mentira como única forma de volver a ponerte la camiseta azul cada domingo sin que se te caigan los cojones al suelo. A estas pobres criaturas se les han ensanchado las tragaderas.

Fíjate cómo estará el Oviedo que ni hizo falta que aquellos tres paisanos siguieran insultando. Marcaron los azules el 1-3 y el más grande -y más calvo- de los tres se levantó agitándose rabioso contra su propia grada: ¡no lo celebréis, qué vergüenza! Se fueron con el 1-4 ríos enteros de gente subiendo por los vomitorios hacia la calle, y nunca sentí que vomitorio significase tanto y estuviese tan bien inventada esa palabra como entonces. La gente salía del Tartiere vomitada hacia Oviedo, y ni enfadados estaban. Qué bochorno, colega.

Caspa ardiendo en las puertas de Tanhäuser

7 mar

Hay dos momentos en Gravity que me parecieron cenitales. Por su potencia simbólica, más que otra cosa. Cuando Sandra Bullock entra -tras una serie interminable de peripecias angustiosas- en la Soyuz y más tarde, en su equivalente china. ¿Qué se encuentra? Dos exvotos. En la nave rusa podemos apreciar la estampita de un San Cristóbal de factura ortodoxa encima del panel de mandos. En la china, exactamente ubicada en el mismo sitio, la figurita de un Buda. No tengo ni puta idea de cine y ni tan siquiera distingo entre la responsabilidad del director y el negociado del guionista en el metraje final. Así que disfrazo mi ignorancia centrándome en estos bizantinismos que, no obstante, me sirven de manera extraordinaria para ponderar el grado de orfebrería intelectual con la que los creadores adornan sus productos audiovisuales. Con dos sencillos planos, Cuarón introduce al individuo (y con él, su portentosa querencia a aferrarse a lo esotérico cuando afronta batallas universales) en medio del pétreo ateísmo científico estructural subyacente en la aventura espacial soviética. Hace lo mismo, un rato después, con la carrera cósmica de la República Popular China, heredera de la URSS en cuanto a la dimensión megalómana y redentora del comunismo postmoderno: abofetea a Mao saltándose la línea de tiempo con el muñeco de un Buda regordete y burlón. La sutileza con la que el director mexicano desmontó la frialdad mecanicista del sistema -máquinas, matemáticas, espacio, termodinámica, el hombre como mero conductor de un átomo de acero y plástico que acerca la Tierra al cielo despojado de dioses- casi me lleva a subirme a la butaca y aplaudir yo sólo, en el cine: no lo hice porque temí me echaran de la sala sin dejarme ver el final de la película. Incluso los rudos cosmonautas criados en la estepa comiendo patriarcas crudos elevan una plegaria al viejo mito de la abuela cuando se asoman al abismo. Magistral. El otro detalle del que vine hoy a hablarles alude al final de Gravity: cuando Bullock, erigiéndose titánica en la zona Cesarini del drama y la tragedia espacio-temporales, consigue atravesar las miles de atmósferas que circundan la Tierra como una cebolla nueva. La cápsula espacial cae en algún punto del océano, pero ya desde antes todo es Darwin y la Teoría de la Evolución de las Especies. La vida adherida al meteoro que se desintegra mientras atraviesa la mampara del planeta azul; que cae en el fondo del mar y lucha como un microbio por llegar a la superficie, gatea por la orilla deshaciéndose del pelaje amniótico, luego se incorpora a cuatro patas, más tarde a dos, etcétera. La contemplación de esa maravilla alucinógena me emocionó tanto que cuando salí del cine no pude escribir nada: anidaba en mí el irresistible fenómeno fan, esa fascinación erógena por la genialidad que invade de pronto el área límbica del cerebro y nos hace estúpidamente reptilianos. Tanto, que he tenido que esperar 6 meses para escribir esto. Concretamente, a que pasara la turba de los Oscar y saliera de la cueva la horda cromañón del cuñadismo celtíbero a tachar Gravity de truño donde una tía se pasa tres horas dando vueltas por el espacio. La tribu corriendo a la casa del alquimista con la tea ardiendo en una mano y la hoz afilada en la otra: que se dé por jodido el arte, el creador y el detalle. Ni a Carlos Herrera ni a Antonio Burgos -a éste último no le he leído ni oído nada al respecto, pero tampoco me hace falta- no les gusta Gravity: la Cofradía del Folclore Ambulante ha dictado sentencia.

Ser freelance

31 ene

Estar parado no es glamouroso. Y en esto, creo, convenimos todos. Vivimos en un tiempo en que está censurada de forma táctica cualquier expresión pública de negatividad. Uno puede decir en Twitter que está surfeando en Groenlandia, o actualizar el estado de Facebook con un ¡Haciendo puenting sobre el río Kwai! pero no ose asegurar que está triste, molesto o melancólico. Da igual la razón: en la post-postmodernidad uno tiene que estar feliz siempre. Full time. O como la mujer del César, parecerlo. Mostrarse alegre, dicharachero, jovial, y siempre positivo, como un guiñol de Van Gaal lanzándole ladrillos de flower power a todo quisqui por las redes sociales. En este contexto de anulación belicosa de la tristeza, decir estoy parado es como un insulto a la estética dominante. Una transgresión intolerable, porque la perífrasis lleva implícito lo negativo que, obviamente, resulta encontrarse sin ingresos. Por eso, y porque desempleado suena muy forzado, como si fuese algún logaritmo técnico que sólo se le permite usar al Gobierno o a los sindicatos, está de moda presumir de uno mismo definiéndose como freelance. Hola, qué tal, soy un freelance. Y lo molo todo. Reflexionando últimamente sobre esto, he concluido que ser un freelance es tener estudios -de lo que sea- y yacer en el sofá, más parado que un avión de mármol. Soy tan freelance que no me llama nadie. Es, claro, un intento quizá voluntariosamente naïf de encontrar un hueco en un mercado que se cierra delante de los jóvenes licenciados como el Inter de Mourinho defendiendo un 3-1 en el Camp Nou. No sé si fue culpa nuestra, o si tuvimos la mala suerte de nacer en medio de un pantagruélico reajuste de las condiciones laborales universales, pero aquello que nos decía, cuando éramos pequeños, nuestra abuela de estudia, hijo, estudia y lábrate un futuro, ha devenido en una condena para nosotros mismos. ¿Qué debimos haber hecho? Nos estaremos preguntando eso toda la vida, pero, mientras, arañamos la puerta del mercado como canteranos correteando con el peto puesto por la banda del Bernabéu. Y, obviamente, nos autoproclamamos freelance porque así aparentamos una proactividad que se nos exige desde Infojobs. Tienes que moverte, hijo. Moverte por ahí. Me pregunto todos los días qué significará eso. ¿Dar vueltas alrededor de la sede del INEM? No paro de moverme rotando sobre mi propio eje y alrededor del sol, pero lo único que, hasta el momento, he podido hallar es una palabra: freelance. Fabuloso ejercicio de candidez, porque ser freelance es hacer alguna cosa, escribir en cinco medios online de forma gratuita y poner la bio de Twitter en inglés debajo de un avatar en blanco y negro. Ir de aquí para allá, no yendo hacia ninguna parte, y al mismo tiempo, más agobiado que Jack Lemmon en El Apartamento.

Un sábado cualquiera

18 oct

Cuando uno, que es un hombre -un hombre normal, de esa rara especie de los que habitamos el angosto espacio entre el homínido cuyo reino es la sabana desplegada entre el gimnasio y la discoteca, y el yuppie- se imagina un fin de semana tranquilo, con su pareja, quizá no piensa en acabar almorzando en un sitio chic donde mientras deglute, un mastín le está mirando desde abajo. Concretamente, dominando tu finis Africae desde su ángulo de visión. Comprendí entonces cuán profundamente ha arraigado Europa en la España urbana. Eso sólo puedes verlo en los bares. En cualquier capital de provincias -y no digo ya, en cualquier pueblo, del norte o del sur, tanto da- una cosa así es impensable. ¿Un perro sentado a los pies de su dueño, en un restorán? Faltarían piernas para atizarle al chucho en el hocico. Obviando la circunstancia, por supuesto, de que los únicos perros que entran en los bares de la España de los pueblos son los denominados tasqueros: esa variante costumbrista del can callejero cuyos años de experiencia a la puerta de las tabernas le dan las tablas para ser contertulio habitual del programa de Jesús Quintero. En el agros, Europa no existe, y en Madrid, quizá, existe demasiado. En todo caso, el detalle del cánido me sirvió para gruñir un poco y afeárselo a mi compañera -al dueño del perro no, en el fondo soy un hombre pacífico que se adapta a las circunstancias con estoica serenidad, qué creían- mientras ella se reía a mandíbula batiente de mis remilgos. Pero qué quieres, mujer, si yo veo al Madrid en una tasca llena de carteles de toros amarillos por el tiempo y en el que hay un canario, dentro de una jaula colgada en un rincón del local, que sabe más fútbol que Maldini. Es lo grandioso de Madrid. Le preguntas dónde le apetece comer hoy, y tu novia te dice que ha visto recomendado un sitio monísimo en Facebook donde sirven sándwiches de diseño y los camareros llevan tatuajes, la gente habla bajito y los platos te son servidos en mesas de escritorio con lámparas bajas y paredes enfoscadas, como si todo el bar en sí fuese un loft gigante y minimalista. Justo al llegar, percibí la diferencia generacional entre mi padre y yo. Me lo imaginé pidiendo uno de aquellos emparedados de nombre impronunciable -que por cierto, estaban buenísimos- y hablando con mi madre de arquetipos literarios, y creí sentir un chasquido de colapso dentro de mi cabeza.

Lo peor, para mi fachada de hombría sin mancha y virilidad numantina a prueba de europeísmos, es que me encantó. Tuve que darle la razón, mientras ella asentía con gesto triunfal de hembra alfa, calle Alcalá abajo, el sol recortándose entre las aristas de la Puerta y reflejándose en su pelo negro ruán. La miré y pensé para mis adentros ¡qué bueno estar aquí, estar con ella! mientras fruncía la cara como quejándome amargamente: el truco consiste en sostener la pose de macho desplazado contra su voluntad de la jefatura de la manada, mientras, cuando ella no te ve, te deslizas plácidamente entre las sábanas de la satisfacción. Luego, para mantener el juego de poder, le dices airado que ahora, qué menos, tendréis que tomar un gintonic para sacarte la postmodernidad del paladar, y es ahí cuando Madrid vuelve a emboscarte con su cosmovisión: terminas en Callao tomándote un smoothie que sabe a sandía, mientras te arrastran Gran Vía arriba mirando escaparates. Ahí es donde, querido amigo, adviertes que estás jodido de verdad. Toda la gallardía espartana tras la que nos parapetamos los hombres, convenciéndonos a nosotros mismos de lo solitarios y rebeldes que somos, se derriten como uno de esos toppings de yogurtería -¡cuando nos creíamos James Dean, quién nos iba a decir que acabaríamos en una yogurtería, sin que nos forzasen!- cuando ella te sonríe, girándose. A tomar por culo Leónidas. Se está tan bien bajo la agradable luz primaveral de Madrid, en medio de la marabunta, rodeado de luces, de colores, de territorio libre e inexplorado, que te ves a ti mismo cegado por el sol disparándole a tu yo absurdo y machote del pasado sin saber muy bien por qué. Lo único que tienes claro, es que no te arrepientes. ¡La culpa la tiene ella, que hace tan interesante Madrid! Y sigues caminando, sorteando a la gente como Maradona ingleses en el Azteca, preguntándote a ti mismo por qué es tan importante mantener la apariencia de Tony Soprano en el Bada Bing si no te incomoda la idea de ser como Nicholas Cage en Family Man. Al final todo es una cuestión de contextos: en unos eliges impostar, y en otros no lo necesitas.

No vayan a creer que todo es queja y lamentación. Al final pasamos más tiempo en la planta de caballeros de Zara que en la de señoras, ¡motu proprio! con lo cual el proceso culmina de forma satisfactoria: la victoria de la hembra alfa es absoluta. A estas alturas, con el sol ya declinando por entre la Minerva del Círculo de Bellas Artes y la Victoria Alada del Metrópolis, uno considera el haber esquivado el brunch matutino como una pequeña gran victoria. Tomado ese baluarte, el resto de concesiones saben menos amargas al estoico espíritu del hombre proveedor que todavía resiste en cada uno de nosotros. Arrancas hacia Cuesta Moyano, y por el camino te atrapa una exposición de Cartier en el Thyssen. ¡Cartier! Observas cómo brillan sus ojos al decirlo, y qué vas a hacer tú. Dime. A ver. Toda la palabrería de barra de bar -el compadreo, las palmadas en la espalda, la auto-afirmación grupal a la que nos dedicamos los hombres, con ese énfasis de australopiteco vanidoso, cuando nos juntamos unos cuantos alrededor de una botella- se evapora, tan cándido como el ímpetu adolescente. Le esbozo media sonrisa a mi reflejo en el cristal tras el que se guardan los 179 quilates de serpiente que María Félix soñó en platino, y le digo a ella: Adán tenía razón. Yo también hubiera mordido la manzana. Pero aún no he perdido todo mi anterior encanto agreste, y me tiene que sacar de un empujón de la sala donde la actriz mexicana imaginó sus excesos y Cartier los diseñó en pedrería de lujo. ¡Qué hortera! clama, llevándome a rastras hacia la colección personal de Alfonso XIII, orfebrería fina, elegante, victoriana. Al fin y al cabo, sigo siendo un hombre, y como Tarantino en Abierto hasta el amanecer, un reptil enroscado en el cuello de una mujer sigue siendo una imagen demasiado psicotrópica. Nos dejamos engatusar por cualquier faquir, hasta que llegan ellas y nos devuelven el equilibrio. La suavidad. La armonía.

Ya es de noche. ¿A dónde vamos a cenar? Tengo ganas de probar un chino, take away, he visto los carteles, sugiere. Espontánea, sutil, femenina. Irresistible. El fuerte está rendido, pienso. Los apaches están ya saqueando la armería. ¿Por qué no pintarme la cara como uno de ellos? Sólo nos queda agarrarnos a su cintura y volver a adoptar la pose contestataria: ¡un chino! ¡qué delicia, un bistec de lomo de perro! No escuchas sus protestas. Tampoco son tales. Ella también está fingiendo, porque se sabe dueña. Como Madrid. La Carrera de San Jerónimo se ilumina con esa mezcla de naranjas, rojos y fulgores dorados que se desparrama desde lo alto de las farolas, alumbrando la arteria por la que nosotros, ciudadanos-hormiga, subimos y bajamos como plaquetas sanguíneas desde el corazón hasta las más remotas terminaciones del sistema nervioso de la ciudad. Es una plácida estampa viva: el costumbrismo de Madrid, al contrario que en provincias, late, vibra y tiene pulso. Por eso algún día deberían vender en los kioscos del Paseo del Prado postales con imágenes en movimiento. Madrid es un constante parpadeo. Neones cuya energía es alcalina, y brota de los millones de pies que la tapizan cada día, a cada hora. Nunca duerme la ciudad de las luces cegadoras, y estoy seguro de que Bono compuso su canción inspirándose en mitad de la Puerta del Sol, un sábado a las 9 de la noche. Madrid son las luces fluorescentes dibujan en el firmamento el camino hacia cada uno de los exóticos salones del inmenso hormiguero. Por cada estación de metro, un islote por conquistar. Detrás de una barra metálica muy cuadrada a lo moderno, parapetados tras un mamparón de cristal, dos asiáticos manejan los fogones como dos chefs bóxers a los que sólo falta el sombrero cónico de paja para meterlos de extra en cualquier película de Jackie Chan ambientada en Hong Kong. Qué habilidad tiene Tsun Zu, exclamo mirando a uno, y ella me sonríe, apretándome la mano. Gracias por estar aquí, dicen sus ojos. Y yo digo, qué coño, no quiero estar en ninguna otra parte. Dame unos palillos, Confucio. Que hoy voy a aprender a comer así.

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