Archivos por Etiqueta: Ancelotti

Thriller

5 may

Después de una juerga apocalíptica siempre llega una resaca homicida. Es ley de vida, y qué es el Madrid sino la máxima expresión de ella. El 0-4 de Munich fue como un Big Bang, y ya se sabe que después de la explosión original el Universo se tomó unos días entre Matalascañas y Chipiona para relajarse mientras la piedra, los volcanes, la lava y el magma comenzaban a enfriarse. Siempre hay un lapso de tiempo más o menos breve en que se solidifica la lluvia de fuego y germina la vida. En ese repecho está el Madrid ahora, cuando Lisboa ya no es una letanía melancólica sino el pico del Alpe D´Huez surgiendo tras una curva. La disposición táctica no varió: parece claro que Ancelotti ya no renunciará a su abracadabra del 4-4-2. Bale e Isco hacían de brazos retráctiles ocupando los costados de Illarramendi y Alonso, y por delante Cristiano y Benzema permutaban sin cesar entre la punta del ataque y las bandas. Esta naturalización del caos es propio del sistema de Carletto. Tanto Karim como Ronaldo alternan la línea de cal con el balcón del área, de manera que la defensa rival suele quedarse sin un referente fijo. Si salen a buscarles a las alas, el pasillo central se convierte en un matadero con Bale cercenando la esperanza de los contrarios en un mundo mejor. Si permiten el deambular aparentemente inofensivo de los dos a lo largo del salón-comedor, las bandas arden como si lo describiese Homero y en un pestañear los adversarios se ven estrujados entre su portero y la frontal del área. Así fue la primera media hora del partido. Un vaivén plácido, sin violencia, con el Madrid meciendo al Valencia casi con cariño. Asentados sobre los mediocentros del post-carlismo punk, y huérfanos de Modric, Ronaldo, Bale, Benzema e Isco trazaban diagonales amables tras la espalda de Keita y Parejo. Parecía que el gol caería como el fruto al final de la primavera. Goles sin hostilidad. Fue todo un espejismo.

Y lo fue porque el Madrid volvió a deleitarnos con la ración diaria de ocasiones falladas y goles derrochados en el altar de la pegada. La pegada del Madrí, hay que tener poca vergüenza. El Madrid despilfarra goles cantados porque es un rockstar al que se le escapa el dinero por un agujero del bolsillo. Tengo tanto que me sobra. Un par de bastas definiciones de Cristiano, otro par de palomitas de Diego Alves y algunos cabezazos de Ramos aburrieron al equipo, que fue dejándose llevar por la modorra. Creyó estar ante un partido fácil y el Valencia, aprovechándose del ritmo bajísimo -lógico tras el desgaste de ambos equipos en una dura jornada europea intersemanal- se fue colgando de Parejo y Feghouli hasta el 0-1. El gol visitante se fue intuyendo durante 15 minutos en los que el Madrid dimitió del gobierno del balón y del tempo del juego. Parejo y Keita son dos centrocampistas que sólo tienen sentido si el balón viaja en diligencia por su zona de influencia. Estoy convencido de que si el Madrid hubiese jugado a una velocidad homologable con el fútbol del hemisferio norte, el Valencia no habría tenido ninguna posibilidad. Pero no fue así, y por un lado Keita -apoyándose en el antiguo cayado que lo distingue como jefe de su tribu en Mali- y por el otro Parejo -un Guti de Hacendado, uno de esos tantos enfants terribles de serie B que tan pródigos fueron en España antes de 2008- dieron en desnudar a Illarramendi en toda su actual inseguridad, exponiéndola en pública almoneda. Illarra todavía está en Dortmund y entre él y Marcelo regalaron varias fanegas de tierra sobre la calle Padre Damián en la que el Valencia fue cómodamente arrumbando sus bártulos.

Diego López se comió el 0-1 tras varias atajadas muy meritorias y muy bonitas. La sensación final con Superlópez es agridulce: han podido con él, o eso se infiere de sus actuaciones taurinas. Toreras por lo espectacular de sus algunas de sus paradas y la constancia que manifiesta en errores a priori inusitados en un meta de su envergadura. Al descanso Di María entró por Illarramendi y el Madrid se rompió definitivamente en dos mitades desconectadas entre sí. Jugó casi hasta el final con una emergencia impropia del mismo equipo que domeñó el Allianz Arena con paciencia, poderío, temple y absoluta superioridad. Contra el Valencia parecía estar jugando la prórroga de la final de Lisboa y fue sorprendente que el equipo de Pizzi no machacara en algunas contras dramáticas. Ramos y Varane sostuvieron con su plasticidad la omisión de Marcelo en la izquierda y las aventuras de Carvajal por la derecha, que no obstante fue de los mejores a pesar de jugar con una evidente merma emocional. A Carvajal se le había muerto su abuelo el día antes y en el minuto de silencio previo al inicio del choque pareció romper a llorar. No sé si fue muy conveniente cargar trágicamente con la música de los violines y el silencio sepulcral un momento de homenaje que sirvió para casi derrumbar al pobre chaval allí mismo, en medio del césped. Sin embargo, yo quiero hablarles de Marcelo: su segunda mitad de temporada justifica un despido fulminante. El mejor lateral izquierdo del mundo lleva tres años muriéndose amargamente dentro de ese cuerpo fofo y descuidado regido por la infantil mente de un niño grande al que no le preocupa lo más mínimo cuidar de sus obligaciones contractuales. Marcelo ha perdido hasta ese flow que eliminaba las lorzas de su ecuación por el vórtice zurdo del ataque madridista y lo convertía en un protagonista absoluto de la transición ofensiva del Madrid. Emocionalmente parece muy lejos de la titularidad: no se crece ante la adversidad, más bien se autoexcluye del grupo apartándose de todo y llevándose consigo toda su magia. Fue doloroso verle fallar algunos pases horizontales, dados con la misma consistencia de la mierda de pavo.

Empató Ramos y a pocos sorprendió porque Ramos lleva dos meses triunfando en la eterna lucha contra sí mismo. El Madrid, deshilachado, logró forzar al Valencia por eso que tiene Bale: abre las piernas, articula una zancada, y cruza el Atlántico como un San Cristóbal con motores de propulsión. No obstante el Valencia marcó el 1-2 provocando un homérico coitus interruptus en el Bernabéu, y Ancelotti, en vista de lo cual, metió a Casemiro por Isco para evitar la hemorragia que estaba desangrando a un centro del campo donde Xabi agitaba los brazos en la solitud más absoluta. Me recordó a Tom Hanks en medio del mar con un turbante en la cabeza y barba de 4 años viendo pasar por su lado un inmenso carguero. El amigo de Xabi, si Wilson, fue anoche Di María, quien recuperó la versión más disparatada de su juego para pelearse con los rivales, insultar al árbitro, provocar un penalty y dar dos goles. Alargó 6 minutos el referí pero el Madrid sólo pudo empatar en el 95 con un gol superlativo de Cristiano: capturó la pelota en mitad del área ejecutando un escorzo en escorpión. Una maravilla. Sirvió sólo para recortar un punto al Atlético y fiar ya del todo cualquier atisbo de victoria final en la Liga al Barcelona, lo cual no deja de ser gracioso. El Madrid que más cerca está de ganar el triplete en toda su Historia depende para ello de un equipo que, desde Martino a Messi, parecen los extras del videoclip de Thriller. Los no muertos de Can Baggsa.

Feuer Frei!

30 abr

En los días previos al partido, el madridismo había previsualizado absolutamente todos los escenarios. Desde el 5-0 terrorífico al replay del gol de Makaay en el segundo siete de partido, al 2-1 en el minuto 89 o la deposición total de las armas al descanso. Se habían agotado las posibilidades, los paisajes mentales. Hasta el parroquiano de tasca, cuarto de manzanilla y MARCA rumiaba las noches desde el pasado martes intentando imaginar la pizarra en forma de holograma en la que Guardiola descifraba sus logaritmos euclidianos con los que perforar al Madrid desde el túnel de vestuarios. Llegaba tan avisado el madridista al partido de Munich, había mirado tanto hacia atrás y de reojo, que aparcó el zeppelin en el Allianz despojado del miedo. Presagiaban las crónicas un tormento oscuro y atronador, un cortocircuito de luces cegadoras sobre la portería de Casillas, pero a Ancelotti le bastó con cambiar una pieza y empujar dos metros adelante el alma henchida de un equipo convencido. El 4-4-2 continuó a pesar de faltar Isco. Sin embargo, Di María empezó por la izquierda y Bale ocupó la zona derecha, donde dicen que había un tipo llamado Alaba que era algo parecido a un Fukushima generando radioactividad y que, en verdad os digo, no fue más que un guiñapo temeroso de Dios y de los hombres por obra y gracia de una transición ofensiva madridista perfecta. Carlo, el capo tranquilo que hiende vientres sin chasquear la navaja mientras te pregunta sonriendo por la familia, demostró que tenía la eliminatoria esbozada en una servilleta. Desde Dortmund. O desde la semana trágica en que perdió con Barcelona y Sevilla. En aquellos cuatro días el Madrid se dejó la Liga, pero también le salieron escamas.

Esperábamos un Bayern aupado en la vieja fuerza de germánica desolación pero Guardiola ha asexuado a este equipo. Los ha convertido en eunucos esclavos de la pelota. Kroos, Müller, Schweini, Ribery, Robben, Lahm, arrastran el balón como si fuera una bola de hierro de los presidios antiguos. Sospecho que Pep, un entrenador excepcional, ha interiorizado el personaje mesiánico que ha construido alrededor suya. Es el riesgo que corren él y Mourinho, dos gigantes que juegan en planos paralelos: el del césped y el de los focos. Cuando permiten que estas dos dimensiones de sus figuras se entrecrucen, comienzan a percibir la realidad distorsionada. Es entonces cuando les devora la fanfarria, el atrezzo, la dramaturgia. Quitar a tu único 9 para meter a un mediocentro defensivo cuando necesitas 5 goles, y otras fábulas de Esopo. La segunda parte del Bayern anoche fue un ejercicio de onanismo de un entrenador encerrado entre cuatro espejos que le devolvían su propia imagen reverberada ad infinitum. Cautivos de un esquema que limita sus aptitudes naturales, los jugadores alemanes sostuvieron el envite en Madrid y en el Allianz mientras duró la sugestión de su propio poderío: con todo el planeta balompédico esperando que pariesen un Picasso en medio del Bernabéu, el gol de Benzema les torció el gesto. Desarmó la determinación de unos extraordinarios jugadores entregados a una idea alienígena para ellos, tan prestos siempre a la carga de caballería sin fin: la paciencia, el vaivén horizontal de una pelota sin riesgo, el balanceo. Ancelotti adivinó que en los primeros 15 minutos de la vuelta no habría ningún Castern Jancker masticando niños tras la puerta y subió el volumen de su dibujo con Bale y Carvajal acoplándose en el drenaje al dúo Alaba/Ribery y Modric hilando destellos luminosos con Benzema en un pasillo central deshabitado por donde murió la eliminatoria y regresó el mito.

Porque fue pura mitología. A los 16 minutos el Bayern no había siquiera olido el punto de penalty madridista y entonces surgió la ecuación inesperada que lo rompió todo. Sergio Ramos. Parecía predestinado. El IV Reich de los poetas y Raimundo Llull se encontró de pronto con un andaluz insensato escupiendo en el santo grial. El Madrid se encaramó otra vez al muro de su Historia marcando un golazo de córner, circunstancia que viene a anular por fútiles todas las teorías, análisis y estudios concienzudos que pretenden racionalizar el fútbol. Este juego es la ciencia de lo absurdo. No metía el Real un gol de córner en partido gigante desde Felipe II, o antes. No pasaron 10 minutos y Ramos volvía a subirse encima de la ola: falta lateral botada con precisión desconocida por Di María que Pepe cabecea en la frontal, lo justo para que por detrás Sergio trepara hasta el castillo de proa del Acorazado Bismarck y arriase su bandera poniendo encima un trapo negro con la efigie de Camarón. Fueron unos minutos audaces, irrepetibles, que terminaron con un contragolpe napoleónico. Carvajal y Bale empotraron a Scarface en el enésimo callejón sin salida y Di María conectó el balcón del área propia con Benzema, que llevaba desde el principio infiltrado en el búnker de Hitler intentando abrirlo con una ganzúa. Karim la descansó con un parpadeo y tras pestañear se pudo ver a Bale corriendo por delante de Boateng como Gregory Peck huyendo por las calles empinadas de Navarone. A Gareth le dijeron por la Team Radio que Ronaldo venía doblándolo por la izquierda y el resto es Historia. De este deporte, de la Copa de Europa y del Real Madrid.

Durante toda la segunda parte, el Madrid fue desangrando lentamente al Bayern, llevándolo por los hombros de un lado a otro del Allianz hasta que dejara se gotearle el degüello de matarife que le había hecho en la garganta durante la primera parte. Entraron Götze, JaviMar y también Claudio Pizarro, a quien creía muerto. Resulta que este Pizarro es el mismo de antaño, superviviente del Bayern que vio pasar a Zidane hacia Glasgow. Podrá contarle a sus nietos que le derrotó el Madrid de ZZ, de Figo, de Raúl y de Roberto Carlos, pero también el de Modric, Alonso, Ronaldo, Bale, Benzema y Sergio Ramos. El Carvajal impreciso y disoluto de comienzos de temporada ha mutado definitivamente en un defensor adulto, un competidor maduro y un atacante resuelto e intuitivo, definición que puede compartir con un Coentrao que llevaba en el pelo una mecha rubia por cada eliminatoria que el Madrid ha ido perdiendo a lo largo de estos 12 años tan largos como la misma epopeya que rodea a este club. Mónaco, Turín, Roma, Arsenal, Bayern, Liverpool, Lyon, Barcelona, Dortmund, son ahora una cicatriz en el costado. La lanzada de Longinos cuando pedíamos agua y nos daban vinagre. De derrota en derrota hasta la victoria final, así ha llegado este Madrid de Ancelotti a Lisboa. Un equipo que no sólo es de don Carlo -aprendamos ya a llamarlo así, reservémosle de una puta vez mesa diaria en El Vesubio, pago yo la primera- sino también de Mourinho. Y de Pellegrini. De Schuster, Capello, Juande, García Remón, del lebrijano aquel que tartamudeaba, de Queiroz, Luxemburgo, Del Bosque y de la madre que parió a cada uno de los fulanos que queriendo y sin querer nos han llevado hasta aquí, haciéndonos ser quienes somos. Ronaldo cerró la noche con un libre directo, y el 0-4 restalló como un trallazo en el cielo de Baviera. El Madrid pisó el minuto 90 acosando a Neuer, buscando el último gol, otro gol más, otro latigazo del emperador en la espalda de Europa. Con la grandeza a la que obliga este club que vuelve al partido para el que fue creado: la final de la Copa de Europa.

Sputnik

17 abr

Tenían que haber puesto por megafonía la banda sonora de Carros de Fuego. No estuvo rápido el encargado. Quizá no le dio tiempo. También se le escapó a varios cámaras. Lo perdieron de vista por unos segundos. Se salió, literalmente, del campo y del plano. Rompió la barrera del sonido, y no sólo esa: pulverizó la del miedo. Gareth Bale salió disparado desde Cabo Cañaveral como la cápsula de acero del Gun Club con la que Impey Barbicane y Michel Ardan pretendieron conquistar la Luna. Su recorrida memorable del minuto 84 contiene todos los elementos alegóricos necesarios para explicar el Madrid a las generaciones futuras: un fulano de blanco al que se le suben tres orcos a la joroba y que avanza imparable como un gigante con toda Liliput cosida a sus talones. Bale se adentró en lo más profundo de la más oscura sima imaginada por Julio Verne y alumbró un mundo nuevo con un fogonazo de luz primigenia. Llevó la zarza ardiendo hasta la portería de Pinto mientras Bartra, y más atrás el Tata, y más lejos todavía, Guardiola en su adosado tirolés de Der Moralenjën de Münich, miraban espantados como sólo se puede mirar de frente a la muerte. O al ángel exterminador que porta la espada de la justicia. El dragón galés surcó la noche de los mortales como la Sputnik, y como aquel primer envite del hombre con el espacio exterior, generó de pronto, entre los millones de espectadores que no respiraron tras su cabalgada, cientos de miles de nuevos fieles que ya se han hecho del Madrid tan sólo para poder sentir el viento cortando en la cara cuando uno corre hacia la luz. Como Bale.

Fue el penúltimo acto de una final mayúscula. Luego vino uno de esos prodigios que suelen terminar mal para el Madrid del siglo XXI: alguien, no sé si Messi, Xavi o Iniesta -a esas alturas yo ya estaba enganchado a la lámpara del salón, como un spider monkey alborotado en su jaula del zoo- filtró un pase entre las siete torres de Ancelotti. Otro jugador culé, al que tampoco identifico todavía ni falta que me hace porque para mí son todos el mismo replicante metroymedio con imanes en las botas, hurtó el pase por entre sus piernas y tanto Pepe como Ramos y Carvajal se tragaron el anzuelo. La bola le quedó a Neymar en el punto de penalty, tan franca, tan delicada, tan extraordinaria para la ejecución y el empate que a Casillas no le dio tiempo más que de agitarse delante suya con desesperación alucinada. El remate golpeó en el poste. Para mi asombro, no rebotó en Coentrao y entró por la escuadra; ni tan siquiera rozó en algún tacón madridista que ahogándose por despejar hubiese brindado el rechace otra vez a Neymar. Nada de eso. Cruzó el área chica tan rauda como salió de la bota del brasileño y Casillas la atrapó con algo de incredulidad. Algo está cambiando, los dioses han dejado de estar enfadados con nosotros. ¿Nos habrán perdonado ya la arrogancia de haber ganado tanto en apenas 50 años? Con oficio de tonadillera vieja y resabiada, Casillas corrió a besar el palo, agradeciéndole la gentileza, y con eso ganó medio minuto que permitió respirar a media España y dejó reposar el chasco a los malos. Se cerró el partido: teníamos la certeza de que después de esa aparición mariana el Madrid tenía la final en el bolsillo.

Fue un partido ejecutado con maestría. La virtud de Carletto como estratega de altura estaba en entredicho por los dos peores partidos de su Madrid, graciosamente coincidentes con los dos enfrentamientos previos con el Barcelona. Pero Ancelotti es un hombre que ha ganado toda clase de títulos nacionales e internacionales alternando la gestión de vestuarios de variado pelaje y las intrigas palaciegas de magnates peligrosos, con discursos afilados de dos direcciones, como Berlusconi, Abramovich y el príncipe de Qatar. Es como uno de esos antiguos validos que sobrevivían en la corte de los emires, los califas y los reyes medievales. Gente que no mata pero que tiene la espalda hecha de escamas por donde resbalan las puñaladas más desprevenidas. Completó con Isco Alarcón la segunda línea del 4-4-2 con el que enmarañó la única potencia de fuego real de este Barcelona en descomposición: el flujo diabólico de posiciones, marcas y espacios que origina la constante permuta entre Xavi, Iniesta, Messi, Neymar y los laterales. Alba y Alves juegan tan largo que, ante la ausencia de una referencia nítida en la punta del ataque y la fijación de Messi en la base de todas las transiciones de ataque, conforman entre todos una línea que es como la marea. Sube y baja pero mantiene una presión constante sobre la defensa y los medios rivales, lo que ha sido casi siempre mortal para este Madrid de Ancelotti en los duelos directos con la nación sin Estado. No ocurrió así esta vez. Alonso se juntó con Modric haciendo de balcón para los centrales, unos correctísimos Pepe y Ramos, quienes sujetaron la posesión barcelonista en una tierra de nadie inofensiva. Carvajal y Coentrao, especialmente éste último, construyeron una malla desplegada a lo ancho del campo madridista que no dejó casi nunca recibir en superioridad a nadie. Di María e Isco fueron los muelles que lanzaban tanto a Benzema como a Bale tras cada recuperación: los velociraptores recibían, y casi siempre Benzema paralizaba los movimientos del adversario con algún tipo de sustancia venenosa que impedía el repliegue culé sin menoscabo de la espalda bien de Mascherano, bien de Bartra.

Así llegó el primer gol: entre Isco y Alonso robaron una posesión inicua y el malagueño lanzó a su equipo hacia adelante con movimientos de orfebre. Rápida ejecución, percepción desacelerada. Cuando Benzema recibió abierto en el costado izquierdo, ya Bale y Di María, uno por dentro y otro por el otro lado, sangraban la cobertura desordenada de los rivales. Al primer toque Karim alargó sobre la carrera del argentino, quien se desfondó con aparente caos mental ante Pinto. Presagiábamos un córner y de pronto el Fideo cruzó rasa la pelota hacia el palo contrario, ejecutando como sólo un zurdo sin oxígeno en el cerebro puede hacer. El gol afianzó el plan madridista: hormigón armado con 8 jugadores absolutamente coordinados en la presión y el achique y 2 lanzaderas espaciales dirigiendo con sentido el vértigo desde la medular hacia adelante. Así pasaron los minutos hasta casi sesentaytantos. El Madrid había perdonado demasiadas ocasiones demasiado golosas: el mozarabismo de este equipo huérfano de Cristiano aún sufre desajustes en la precisión de la estocada. Maniatado un Barcelona atrapado en el autismo de Messi y en la manutención de la pelota -en eso ha terminado el estilo, en Iniesta y Xavi obligados a pasarle una pensión alimenticia al balón, convertido en fin en sí mismo, algo que contradice la naturaleza productiva de este juego- el Madrid sólo podía perder la Copa él mismo. Y marcaron de córner. Pepe cometió el único error de la noche y se tragó el salto de Bartra, quien cabeceó extraordinariamente bien a la escuadra de Casillas. Comenzaron a danzar de nuevo los fantasmas pero entre Modric, Alonso, Coentrao y otra vez Isco, fabuloso artesano del minimalismo balompédico, sostuvieron el pírrico empuje de un Barcelona que ya no odia. Recuerden que el odio impulsó a Xavi, a Guardiola, a Valdés y a Puyol (hijos todos del imperio del último Sanz, del primer Florentino y del astracán Gaspart) a demoler los cimientos espirituales del madridismo desde 2008 a 2012. Al odio sólo puede vencerle una fuerza motriz hermana en potencia, en magnitud: el amor. Que fue lo que sopló a Bale desde las cumbres nevadas del Olimpo hasta convertirlo en supersáiyan. Bale irradió sobre sí mismo el aura dorada de la bola de dragón y fotografió el instante por eso, por eso mismo. Por amor.

Si Don Draper fuera madridista

13 abr

Es una sucesión de micro-cataclismos, pequeñas catarsis semanales, diarias incluso, que alteran la linealidad cronológica de nuestras vidas pero sólo aparentemente. Ora el futuro se presenta torcido, ora todo brilla como en un amanecer de primavera. Hace dos semanas estábamos tomando la Bastilla, anunciando con fervor apocalíptico el final de un mundo viejo y acabado. El miércoles por la noche pisábamos las semifinales de la Copa de Europa como quien se adentra en un círculo del infierno. Hoy, sin que nada extraordinario haya sucedido en la actualidad madridista más allá de que el sorteo deparase el combate ancestral contra la hidra de las cien cabezas, de repente sonreímos a lo ancho. A la manera de un borracho feliz que siente alejarse los temores terrenales de la vida sobria en tanto se adentra en ese nirvana apoteósico lleno de esperanzas con forma de huríes haciendo topless que es la ebriedad. El Barcelona se desgajó en Granada y dejó al madridismo, en un instante, sin motivos para estar triste. Ya se había derrumbado antes, el viernes, la cotización del madridismo maldito cuando Figo sacó la bola del Bayern de Guardiola y del núcleo de fisión madridista se liberó la tormenta eléctrica que llevará surfeando al Madrid hasta Lisboa. Ancelotti se pidió un old fashioned, bajóse las gafas de sol hasta media nariz, y dijo: non, non ho detto gioia, ma noia, noia, noia, maledetta noia. Alineó un equipo alegre, bullanguero, lo que pedía este Bernabéu y este sábado de pasión y muerte del enemigo en la Alhambra. Nacho, Varane, Pepe y Coentrao compusieron la zaga, pero realmente si sólo hubiese jugado uno, o si el equipo hubiera comenzado en Illarramendi, nadie lo habría notado. El Almería se presentó en Chamartín dispuesto a morir lentamente, como un recién llegado al pasillo de la muerte. Le faltó jugar de naranja. Exigió lo mínimo y el Real lo agradeció no azotándolo demasiado, arrimándosele como a un toro manso con esa condescendencia taurina de la media verónica y el capotazo gustador.

Carletto puso a Modric y a Di María escoltando a Illarra en la espina dorsal del equipo. La decisión de mantener firme al vasco bisoño en la titularidad es una de las señas de identidad de los entrenadores grandes. Postrarlo en el banquillo habría sido como meterlo en el nicho de los jugadores fallidos y desheredados del parnaso blanco. Ancelotti volvió a darle galones y Asier respondió primero con timidez y luego con absoluta soltura. En cuanto olvide los fantasmas de Dortmund recuperará la osadía que llevaba mostrando justo hasta que en Westfalia le aplastó la grandeza, los lobos amarillos olieron su miedo y se lo comieron debajo de un árbol como los germanos se zampaban a los legionarios novatos que patrullaban por primera vez más allá del Limes. Por delante se abrieron en abanico Alarcón, Benzema y Bale, aunque la posición de Isco fue una constante permuta con Di María: en ausencia de Ronaldo el 4-3-3 se dibuja en el tapete verde como un 4-3-2-1 flexible en el que el argentino y el malagueño ocupan lugares que mutan con la marea del partido. Pasa también con Bale. La presencia de Cristiano fija las responsabilidades, fosiliza el esquema táctico. En su orfandad, los puntos de partida son sólo iniciales: el dragón galés prueba por la izquierda para terminar por su sitio natural en el Carlettosistema, la derecha; Di María avanza desde la gruta de las maravillas modricias hasta el hábitat del mediapunta, valiéndose de los muelles que tiene en sus gemelos; Isco va difuminándose frente a los marcadores rivales para aparecer de nuevo a sus espaldas, como el hombre de arena, reteniendo la zancada de su equipo en los tres cuartos de cancha contraria y difundiendo desde ahí el miedo. El miedo de los adversarios del Madrid, en este momento concreto de la temporada, consiste en lo que Isco es capaz de hacer en esa tierra de nadie entre el círculo central y la media luna del área de los otros. Esa la franja de Gaza, el territorio donde comienzan a morir los que juegan con este Madrid.

El primer gol llegó porque tenía que llegar. El Madrid le había tirado diez mil veces a Esteban, el portero del Almería, y éste las había devuelto todas como si fuese un frontón de pelota vasca. Esteban es un caso curioso de longevidad competitiva: era el portero del último Oviedo en Primera División. Desde entonces ha jugado en todas las catacumbas del fútbol profesional español, y aquí le tenemos otra vez, en 2014: titular con un Primera en el Bernabéu, y más estilizado que el propio Casillas. Hay gente que no envejece nunca y está bien que sea así porque son los asideros que tiene nuestra memoria para devolvernos a aquel espacio preadolescente donde éramos felices, la Selección perdía siempre en cuartos de final y el Madrid ganaba Copas de Europa. Esteban es el último superviviente de aquel fútbol glorioso de los 2000 y ayer le honramos ese recuerdo feliz metiéndole 4. Di María cazó su palo largo en un buen eslalom nacido en la banda derecha, y si el Almería apenas había merodeado la puerta de Diego López hasta entonces, desde ese minuto lo haría todavía menos. Desde el 1-0 hasta el resto de goles, ya en la segunda parte, el encuentro fue un discurrir jocundo y verbenero donde brilló por encima de todos Karim Benzema. Precisamente anoche volvieron a pitarle. Por fallar muchos goles, deduzco, lo cual me parece harto gracioso y cómico. La temporada del cabilio está siendo tan abrumadora que incluso ha parido una nueva posición táctica dentro del fútbol: la de pivote. Como en baloncesto, el símil viene solo. Benzema se acula en la frontal, infiltrado entre los centrales contrarios o en ese hueco nefando que casi siempre se produce entre uno de los centrales y el lateral, y desde ahí hace de arnés. Sus compañeros, generalmente Modric, Isco, Ronaldo cuando está y también Bale, le tiran la cuerda y él los engancha, permitiéndoles la escalada hasta las mismas barbas del contrario. Ayer volvió a ocurrir lo mismo. Benzema es la bisagra. Recibe, aguanta lo justo, continúa la jugada o abre al costado para proseguir la percusión. Encuentra agujeros inimaginables entre el hormigón de piernas contrarias y cuando no se puede, da un paso atrás y visualiza el ataque en estático como un superordenador procesando millones de variables en un sólo segundo. Benzema es una bendición que está a tres o cuatro dimensiones espaciotemporales de lo que merece cierto madridismo casposo y rociero.

El 2-0 lo metió Bale y el 3-0 Isco, ambos tras pase del francés. Karim descifra la jugada y los demás ejecutan, percuten, le abren las fauces al portero. El Madrid-Almería de ayer fue para él como un single de experimentación: probó regates inverosímiles, empeines alucinógenos y remates al primer toque de una ambición rayana en lo irreverente. Y claro, ¡jugar a ser Dios en el santuario de lo divino que es el Bernabéu! Esto no gusta demasiado al guardián de las sacras esencias que mucho abonado en Chamartín lleva dentro. Morata marcó el 4-0 y tres o cuatro parroquianos de mi bar gritaron al unísono que a ver si Carletto abría los ojos y le daba la titularidad al chaval, que es tres mil veces mejor y le echa más cojones que el francés ese, que es el niño bonito de Florentino. Nunca nadie resumió tan bien 500 años de civilización hispánica en una sola frase. A mí me iba a explotar la cabeza o peor aún, estaba a punto de agarrar un tenedor e hincárselo en los ojos a alguno de aquellos gañanes, hasta que llegó Isco y con uno de esos recortes hacia dentro tan suyos, me reconcilió con la vida. Isco conserva todavía dentro de sí esa suerte tan antigua del requiebro. El recorte, en un balompié tan de Playstation, de R2+cuadrado, tiene mucho de arcano. De misterio viejo que sólo conocen los ancianos y los locos. Esa pausa flamenca de meter el interior hacia dentro con suavidad, casi acariciando la pelota, y sobre todo ese besar al balón como si fuera la novia, cuando se está en medio del vértigo y de las metralletas de una eliminatoria en abril, es una artesanía mayúscula. Superlativa. Por ahí respira este Madrid de rock y de speed, de Alonso, Bale y Ronaldo, del guitarrazo y la pelea de bar. Entre Isco y entre Benzema están construyendo la habitación del segundo antes de por la que tienen que venir los títulos, o vendrá la muerte.

Deus ex machina

30 mar

Antes de la lluvia, cierra bien la puerta. El Bernabéu estaba medio vacío, y me imagino por qué. Hacía frío, llovía y el metro atestado de gente y de humedades es una mazmorra infernal. Les comprendo. Hay días en que el hecho físico de ir a ver el Madrid requiere un ejercicio de fe. De voluntad. Tanto da si hay que desplazarse al bar o al estadio. Ayer era uno de esos días. Lluvia ácida sobre Chamartín y en las tribunas se veían las letras blancas sobre el azul predominante de la platea del Bernabéu. Mal asunto. El madridismo transita por el punto más bajo de confianza en sí mismo de toda la temporada. Toda la autoestima de este equipo se esfumó de golpe con el 3-4 del domingo pasado. Encima, Klopp está cruzando los Alpes montado en elefante, y lo que hace una semana era un rival antaño temible venido a menos y con muchas bajas, es ahora, otra vez, el ogro amarillo de Westfalia. No importa que vayan a jugar 4 de los titulares que machacaron a Mourinho cuando su Madrid ya era un Frankestein. Este equipo ha sido capaz de resucitar a Messi y hacer de Rakitic un espectro caníbal: vuelven a verse sombras rubias tirando paredes al primer toque por las marquesinas de La Castellana.

Se presentaba Jémez con su Rayo de diseño pero a nadie parecía importarle un carajo. Ni Jémez, ni su Rayo, ni el partido. Paco Jémez, otrora conocido como Paqui el de la Larga Cabellera Gitana al Viento, es un tipo curioso. Ha sabido reinventarse a sí mismo con una maestría digna de aplauso. De central tosco, feo, arrabalero, cuyo logro más singular fue quitarle la titularidad a Fernando Hierro en la Eurocopa del año 2000 y jugar en la UD Las Palmas que ganó al Madrid de Zidane -en sus primeros partidos en España, cuando el Madrid era un ente faraónico que fascinaba y repugnaba por igual a las masas y todo el mundo quería ganar al Madrid de Zidane para salir en el telediario- a entrenador de culto. Calvo, con sus foulards y sus camisas rosas, sus fotos en blanco y negro y su labia de vendedor de crecepelos. Es encomiable la labor de este hombre, el empeño que ha puesto en comprarse otra identidad. En construírsela. Cae en gracia a la opinión públia, y por eso su Rayo es un paradigma del fútbol HD a pesar de ser el equipo más goleado del campeonato. Así se escribe la Historia. Su Rayo, no obstante, vino al Bernabéu sin convicción, consciente de que se cruzaba con un Madrid borracho y loco. El 5-0 estaba ya escrito en la cara de Ronaldo cuando las cámaras lo enfocaron en el túnel de vestuarios.

Ancelotti recompuso el lateral izquierdo pensando en los alemanes. Coentrao jugará el miércoles, esto lo sabe hasta el último emperador de Constantinopla. Marcelo ha pasado desapercibido en el repudio colectivo que se ha hecho de los laterales del Madrid en la última semana: todo el escupitajo se ha centrado en Carvajal, pero el salón del cómic del otro día en Sevilla ha pasado factura también para él en la pizarra de Carletto. Peperamos recuperó su sitio, y sólo queda agarrar bien fuerte las cuentas del Rosario y drogarse antes del partido del miércoles para verlo todo como en una nebulosa tridimensional. Modric, con fiebre, se quedó fuera: todo el mundo pudo ocuparse ya sin rubor en criticar abiertamente a Xabi Alonso. La tormenta se ha llevado por delante la intocabilidad de su figura, hasta hace unos días venerada como una reliquia de beato en el Madrid. La gente que fue al Bernabéu anoche estaba como poseída de una furia iconoclasta: se pitó a Cristiano Ronaldo por no cederle un gol cantado, con 4-0, a Morata. La mente colmena de este estadio es laberíntica, está sembrada de cadáveres, de opiniones de Roncero esculpidas en mármol y de nauseabundas  portadas de Marca. Ayer se silbó a Benzema y también a Diego López, siendo aplaudido de nuevo Morata, quien el día del Schalke por poco no tiene que salir del campo protegido por la UIP.

Diego López es ya el Cachorro en Viernes Santo atravesando el puente de Triana. Cualquier día se arranca uno de la grada y le canta una saeta. Con este hombre están haciendo una carnicería mediática absurda, rastrera, ruin, peligrosa. Nada que no le hubieran hecho antes a Capello o Mourinho, pero no menos lacerante por eso. De Diego molesta ya hasta su misma presencia física: no me extrañaría que Relaño sermonease a las masas desde su púlpito en AS pidiendo que lo recluyan en una celda. Benzema, el mejor jugador del Madrid en este momento concreto, fue pitado porque hacía frío en el Bernabéu, llovía a cántaros, en el sofá de casa se está mucho mejor y qué coñazo estar aquí viendo a estos mataos pudiendo ver Los secretos de Laura en DVD, que me los ha regalado mi cuñado. Ronaldo marcó el primero, Carvajal definió con la zurda el 2-0, Bale metió el tercero, también en cuarto en recorrida memorable a la que quizá dediquen un artículo en Ecos del Balón, y Morata cerró el partido con un latigazo desde fuera del área muy macarrónico, heterodoxo y bello. Le sienta bien el rapado al chaval, sigue teniendo la misma pata de palo pero así guarda un aire subversivo, rebelde, como de antihéroe desesperado dispuesto a sacrificarse fanáticamente al final de la peli, por el bien común. El Madrid está ante una encrucijada de la que sólo puede sacarle un resultado asombroso y favorable, muy favorable, el miércoles ante el monstruo de Klopp: pero eso también es el Madrid, quizás. Un Deus ex machina esquizofrénico.

Espíritu de after

27 mar

Caímos bajo el influjo. El embrujo Ancelotti. Jugábamos bien, éramos felices. Habíamos descubierto eso tan remoto para el madridismo de infantería del control del partido y Modric jugaba montado en el caballo de Espartero. Las jornadas pasaban plácidas, las victorias se sucedían sin sangre. Sin dolor. Sin miedo. Ancelotti lo había logrado: la atmósfera previa a la grandeza, la antesala de la posteridad. El Madrid había transitado desde el perfil outsider al rol del líder carismático nimbado de invencibilidad, y todo con una tranquilidad inquietante. Como en las pelis de miedo, donde la vida de los protagonistas alcanza el cenit de la felicidad justo un segundo antes de que se desate el infierno. Así fue lo nuestro, también. En 4 días hemos caído de cabeza en el corazón de Carcosa, y ahora mismo estamos mirando de frente a los ojos de la Bestia. Aún queda por determinar si a los de la cara o al del culo que glosó Quevedo. Qué bonito, Quevedo. Qué bien nos vio. Cómo lo anticipó todo en ese librito de fascinante título, libro que nunca  verán en la biblioteca de Florentino Pérez ni de Fernando Fernández Tapias. Ni en la de Xabi Alonso. El Madrid perdió anoche en Sevilla y todavía estoy pensando en cómo sucedió. Qué proceso metafísico se desencadenó el domingo a las 6 de la tarde, cuando todavía éramos felices. Cuando aún soñábamos con llenar de ginebra el carro de la Cibeles y huir con los turbopropulsores al cielo infinito de los tripletes, las Décimas y las borracheras por venir. De hecho, todavía lo estoy reflexionando. A un palmo de sentenciar la Liga, el Madrid se ha despeñado por el acantilado de sus viejos fantasmas y ahora es tercero, a 2 puntos del mediocrissimo Barcelona del Tata y a 2 partidos, 2 ya, del Atlético de Madrid.

El fondo de los Biris recibió al Madrid con un tifo en el que se podía leer “nacidos para dominar Sevilla”. Hermosa demostración de provincianismo rampante. En ese momento pensé: es imposible que perdamos con estos paletos. La Sevilla balompédica es lo más cercano a Las Hurdes del siglo XIX. Ahí no ha llegado todavía la civilización, y el mundo exterior es una cosa abstracta y peligrosa de la que hablan los chamanes. Desconocen el sentido de la otredad, y su cosmovisión se circunscribe al perímetro exterior de la plaza del Triunfo. Cómo nos van a ganar estos gañanes, por los clavos de Cristo. Benzema avisó un par de veces y desde el minuto 5 el juego se desequilibró definitivamente hacia Modric. Alonso e Illarramendi acompañaban al croata, y desde la primera posesión resultó diáfano que Illarra ha dado un salto hacia adelante. Descolgado por el carril derecho, asumió responsabilidad y obligaciones. Asier se nos hizo mayor de repente. Si algo quedará para la Historia del partido de anoche será eso: en el Pizjuán, Illarra se sacó el carnet de conducir, se abrió una cuenta en el banco y comenzó a vacilarle a sus primeras novietas. Alonso, inscrito entre los centrales, jugó como si desde el domingo lo cubriese un manto gris, de plomo fundido. Cristiano Ronaldo marcó sobre el minuto 20 con un buen tiro libre que rebotó en un defensor, y parecía que el Madrid tenía el partido para ganarlo fácil. 0-3, algo así. Limpio, aseado. Pero fue precisamente la grieta abierta en torno a Xabi por la que se derramó el Sevilla y al Madrid se le apretó el nudo de la corbata.

El Madrid botó una jugada a balón parado en tres cuartos de cancha sevillista, y el rebote le cayó al 14. Tardó tanto en acomodársela, en levantar la cabeza y en ejecutar el pase, que para cuando abrió la JotDown ya tenía tres de blanco encima. Alonso perdió una pelota fantasmal, de esas que marcan el destino de los campeonatos: con todo el equipo en plena transición ofensiva, siendo él uno de los 3 que cerraba en el mediocampo. Entre Rakitic y Reyes llegaron hasta Diego López trenzando pases ante los ojos inyectados en miedo del madridismo universal. Vencido Marcelo y con los centrales en retroceso desesperado, alguien filtró un pase al desmarque de Bacca y este fulminó con cierta clase. El empate desmoronó la entereza madridista. Aunque recuperó el dominio de la autopista central, a Modric, Illarra y Bale le costaron 10 minutos largos empezar a percutir otra vez. Sin embargo, lo hicieron, y es ahí donde entró en juego la baraka. Si este Madrid casi nunca tuvo mentalitá vincente, también adoleció siempre de *eso* que hace que el balón entre cuando estás ahogándote en tu propio vómito y necesitas una colleja de Dios para salir con vida del momento. Cristiano sorteó con una parábola imposible la salida de Beto y el balón se quedó llorando entre el palo y la línea de gol. Bale se quedó solo ante el portero, otra vez, y se enrocó tanto sobre su pierna izquierda que acabó disparándose a sí mismo. Era kafkiano que el Madrid no fuese ganando al descanso.

Los primeros 15 minutos de la reanudación fueron como una manada de cuarentones borrachos rodeando a un par de veinteañeras solitarias en mitad de una discoteca, a las 6 de la mañana. El Madrid comenzó a defender con tres: Varane, Pepe y Alonso. Carvajal enlazaba la proa con la popa y Marcelo ya se fue a vivir al córner izquierdo del Sánchez Pizjuán. Pero el Madrid perdió claridad. Las paredes y las triangulaciones se hacían en un entorno demasiado hostil para los orfébres Benzema y Modric. Bale siempre intentaba romper con violencia y Ronaldo iba chocándose por las paredes como un sonámbulo. Mbami, Fazio y Coke repelían todos los balones frontales por tierra, mar y aire, y los visitantes iban consumiéndose en una bañera de desesperación y absenta. Ancelotti metió a Isco por Illarramendi, y aquí advertí un gesto muy inquietante: fue el primer ademán de hombre político de Carlo, hasta ahora más o menos acertado en sus decisiones pero siempre justo, honrado. Anoche dejó al peor jugador del Madrid sobre el terreno de juego, Alonso, y quitó al quizá más destacado, Illarramendi de Gotham, y para mí esto es peor que la derrota: anuncia turbulencias jerárquicas insalvables. Fue entrar Alarcón y el Sevilla encontrar de pronto una puerta abierta: Rakitic y Bacca se lanzaron sobre la salida de la discoteca como 2 tías que huyen despavoridas del outlet carnívoro del afterhour. El desmarque de ruptura del delantero colombiano lo estaban viendo desde la Estación Espacial Internacional, pero Marcelo tiró la diagonal de cobertura con la misma parsimonia con la que enfrentaría una ensalada de soja. El gol fue un navajazo. La pax ancelottiana con la que el Madrid construyó una identidad, un halo de majestuosidad, una manera de competir desapasionada y eficaz, ha saltado por los aires en 4 días. La herida no es demasiado honda todavía, en virtud de la lucha antropófaga que les espera a Barcelona y Atlético en la Copa de Europa, pero este Madrid necesita ahora un motivador que le de consignas y odio para recobrar la autoestima. Los viejos fantasmas asoman la cabeza de nuevo, haciendo frú-frú bajo las sábanas de los niños de Ancelotti, que han dejado de ser, de golpe, chulitos de instituto para volver a recibir hostias en el recreo. Como cuando estaban en el colegio.

Tengo un cruzado para usted

18 mar

En partidos así lo que pasa en el césped no le importa ni a los jugadores. Se notó en el Madrid: fue caer Jesé en la playa de Omaha que le montaron dos alemanes de padres balcánicos en un córner, al minuto 2, y apretársele el esfínter a todos. Congoja grupal. A Jesé lo atropelló Kolasinac, un boxeador bosnio metido a lateral izquierdo, y el golpe le giró al canario la rodilla hacia dentro. Al parecer, se ha roto el ligamento cruzado de su rodilla derecha, una lesión dramática para cualquier futbolista en cualquier momento de su carrera, pero más para quien está despegando en el Madrid con 21 años a la manera de un cazabombarderos Harrier. Bale saltó al campo casi sin calentar, pero no le hizo falta. El dragón galés se dedicó durante los 85 minutos en los que correteó por el Bernabéu a inmortalizar aquella portada de Marca en la que se anunciaba urbi et orbe que el chico estaba herniado. Esa tapa nació con el don de la posteridad: pasarán los años y la mofa se irá pasando de padres a hijos y de hijos a nietos. Mira, niño. Herniaman. Qué linces. Su partido fue pletórico, de fuegos artificiales. Ofrendó los tres goles de su equipo en un sacrificio ritual. Los alemanes, rebeldes ante su destino tan sólo la media hora final de la primera parte, volvieron a ser corderos llevados del ronzal a la inmolación. El 9-2 del agregado quedará como un oprobio permanente a la germanidad del Schalke, club que no descarto sea repudiado de la Bundesliga por permitir tal violación por parte del Madrid, que siempre fue el monigote con el que Alemania desfogaba la pulsión racial de los nibelungos para con los bajitos y roñosos latinos del sur.

La baja de Jesé para lo que resta de temporada abre una puerta nueva tras la que se esconden peligros inciertos y druidas acechando en las tinieblas. La irrupción de Big Flow, su meteórica emergencia, amplificaba los bafles de la plantilla: liberaba a Di María para que ejerciera las tareas de gendarmería del ausente Khedira y expandía la potencia de fuego del Madrid tanto por los costados como en la punta. Han sido tres meses de excelente alternancia con Bale, Ronaldo y Benzema. Jesé ha sido algo así como un as de copas, un comodín superior, una nueva ola de refresco para los velociraptors. Sin él, y sin Khedira ni Arbeloa hasta mayo, Ancelotti se halla de pronto huérfano de esa dimensión multidisciplinar de su Madrid. Habrá que apañárselas con lo que hay. Alonso, Ronaldo y Ramos fueron los tres únicos de los incuestionables que iniciaron el trámite. Varane acompañó a Ramos, Nacho regresó a su antigua patria del lateral derecho, y Coentrao se reencontró con el pasillo izquierdo donde tanto tabaco le costó superar las noches sin dormir que le dio el antimourinhismo militante. Illarramendi y Alarcón se dedicaron a postear como dos pívots bajo un aro de baloncesto en torno a Xabi, y Morata corrió de aquí para allá como suele hacer: con ímpetu de keniata. Falló un par de goles bíblicos, de esos que te ahogan para siempre en el océano del olvido madridista. Tras rematar con la tibia un pase taurino de Bale que lo dejaba en solitud frente a la boca del gol, cierto sector del estadio comenzó a pitarle. El Bernabéu es un campo que tal como te saca en procesión, te mete fuego, y parece que el calendario de Morata ya está deshojando el 14 de abril del 31. Lo que es de una inmoralidad manifiesta es lo de Piperland: algún día alguien debería escribir un opúsculo desenmascarando a esta gente indecente cuya alma bovina encumbra lo primero que se le señala desde una portada con rotulador fluorescente, para luego colgarlo en la plaza mayor de la opinión pública sin el menor rubor, acogiéndose a lo sagrado de unos supuestos valores ancestrales.

Un jugador, sin duda héroe alemán desconocido, empató al filo del descanso el gol inicial de Ronaldo. Tuvo el Schalke unos instantes de caótico dominio en los que pudieron meter otro, llevados a lomos de su gran afición. Recorrerte Europa tras perder 1-6 en casa y animar con denuedo durante todo el día tiene un mérito sideral. En el Bernabéu, alicaído por la tragedia de Jesé y con el alboroto faldicorto de los días sin historia, sólo se les oía a ellos. Lo vivieron como si estuvieran en Port Aventura, lo cual no dista mucho de la realidad, dado el carácter cada vez más museístico de un estadio que casi es ya indistinguible de un parque temático. El Madrid, en la segunda parte, decidió resolver la cuestión por la vía del encajonamiento, atávica tradición de Chamartín. A Isco le salieron unos cuantos requiebros y la gente se encendió, pero a mí me irritó bastante su partido. Es demasiado bueno para jugar así, como a cámara lenta, perfilando tanto cada movimiento que sólo le falta anunciar su siguiente pase por megafonía. Una cabalgata valquiria de Cristiano convirtió el 2-1, y casi sin respirar Bale le sirvió a Morata el 3-1. Marcó el muchacho y todos sonreímos. En su nerviosismo agónico se adivinan tardes grises de fútbol industrial en Getafe, pero no deja de ser uno de los nuestros. Quizá su rol se acerque más al del Fernando Torres crepuscular que aprovecha su explosividad en el arranque de las jugadas, y su zancada poderosa, para enrolarse en ambas bandas y hacer como de interior afilado, más que de 9. Quién lo sabe. Lo cierto es que carece de confianza y ahí Ancelotti tiene trabajo, porque el Madrid encara ya las cumbres borrascosas desde una posición inmejorable pero habiendo perdido una de las bombonas de óxigeno de repuesto, que se ha quedado en el ligamento cruzado de Big Flow Jesé.

Cuaresma

16 mar

Hay a quien no le gusta el naranja. No son los colores del Madrid, dicen, como si Moisés hubiese bajado del Sinaí con las equipaciones reglamentarias del Real escritas en piedra. A mí me encanta el naranja porque ver a Modric zumbando como una abeja entre los rivales, vestido de taronja, es robarle al barcelonismo el romanticismo cruyffista y su propiedad intelectual. Una suerte de butrón anacrónico a su museo emocional. El Madrid, de naranja, nunca pierde. Aunque, de hecho, el Madrid de Ancelotti lleva 30 partidos consecutivos sin perder: no hinca los cuernos desde que Urdangarín era un noble estandarte de la grandeur culer sin mácula judicial y en el Palau Blaugrana retiraron la camiseta con su dorsal. Esa inevitabilidad que sobrevuela las victorias del Madrid, ese halo de imbatibilidad, ese determinismo, es la gran victoria de don Carlo en Madrid: hacer que a los rivales les pesen los partidos. Salir ganando desde el túnel de vestuarios. Señal inequívoca de los equipos destinados a la Historia. El Madrid domina como sojuzgaba a los contrarios en los partidos de mi infancia, cuando las derrotas del Real eran un invento de los periodistas y el fútbol era como ver diapositivas en cinemascope.

Ayer al Madrid le mordieron los tobillos, o eso dice la prensa. En realidad le tiraron dos veces, y sólo una fue a puerta. Diego López no tuvo que mancharse el pantalón, y menos mal, porque a Diego se le está poniendo cara de misterio de Semana Santa. Con ese rostro angulado, ese moreno moruno -cualquiera diría que es gallego, si parece de Isla Cristina- y ese conato de greñas que se está dejando, me recuerda a uno de esos cautivos que sacan en procesión cualquier jueves santo en los pueblos de Andalucía. Diego no tiene quien le escriba, tituló el otro día Orfeo Suárez en El Mundo, y no seguí leyendo porque el tufo a Poncio Pilatos lavándose las manos que despedía ese texto era grotesco. A López lo han puesto delante de una masa enfurecida que sólo grita Barrabás y esa pose trágica está afectándole hasta en la mirada. Menos mal que no encajó ayer, porque desde el Calderón hay un sanedrín que aguarda otra pelota endemoniada llovida del cielo para azotarlo con el látigo de siete puntas casillista y crucificarlo en el Gólgota. El Málaga de Schuster dejó recibir muy sólo durante 20 minutos a Alonso, y aunque Xabi es desde Dortmund una versión slow motion de sí mismo, cederle el espacio y el tiempo para armar el mortero es como ponerse una pistola en la sien. Tuvo libertad de movimientos justo el tiempo que necesitó Cristiano para marcar un gol, lesionar a Benzema intentando meter otro y exigirle dos acrobacias a Willy Caballero. A Bale lo derribaron con un placaje del Seis Naciones pero el árbitro no pitó nada porque a Garethcito se le ha fichado con el dinero del SAREB y su sueldo lo pagan los preferentistas de 80 años.

Benzema se retiró doliéndose del muslo, y al madridismo se le atragantó el gintonic. Benzema está en su mejor momento desde que llegó al Madrid. Vive un éxtasis estético y arrastra detrás de su barba todo el mecano del Madrid de Ancelotti: dame un Benzema y moveré el mundo, dijo Pitágoras. O Anaximandro de Mileto. Salió en su lugar Di María, cuya mayor virtud ayer fue no ver la tarjeta amarilla que hubiese impedido alinearle contra el Barcelona la semana que viene. Di María corrió arriba y abajo a lo largo de los 60 minutos de choque y triqui-traque que propuso el Málaga a partir del gol de Ronaldo. Alarcón, ayer titular, jugó como llorando. Le atacó la saudade y mandó a Arroyo de la Miel un balón de gol que Di María le regaló al inicio de la segunda parte tras un slalom transatlántico: empezó a correr en Rosario, gambeteó y siguió gambeteando hasta que vio venir a Isco y éste se asustó al verle la cara a Caballero. El Málaga es un equipo de calvos agresivos y de zurdos portugueses. Duda, que ya jugaba en Cádiz cuando Mágico González, y Antunes, son como dos ediciones del mismo libro. Se peinan igual y tienen los mismos gestos: la única diferencia radica en las canas de uno y en la rubiez del otro. Duda estrelló sus 50 años contra los tacos de Pepe, y salió gritándole al linier que le habían rajado la rodilla. De haber sido Pepe el polifemo comeniños de antaño, hoy estaríamos viendo a la Guardia Civil tomándole declaración en Valdebebas. Pero Pepe es un chico bueno ahora. Tiene el pelo largo, susurra versos de Camoes y sonríe a los periodistas en zona mixta. Anoche compartió pareja con Varane, ausente Ramos, y volví a comprobar que jugar con Raphael es como conducir borracho un Mercedes: no importa que te pegues una hostia con la boca del metro, siempre saldrá peor parado quien se choque contigo. El Madrid sólo ganó 0-1 en Málaga, y dicen en Twitter que hubo descontrol. Normal, estamos en cuaresma y hasta el Clásico no se puede comer carne.

Fiestas de pueblo

9 mar

Sergio Ramos tuvo uno de esos días en los que jugó mirándose al espejo. Estrenaba peinado a lo Jimmy Darmody, salvando las crines que se ha dejado por detrás. Esto es una tragedia, qué quieren que les diga: a cuántos milpesetas veré el sábado que viene bebiendo ronescola con estas pintas. Sergio Ramos y Cristiano Ronaldo son los tótems de cierta España arrabalera, de chándal y Seat León con tribales de vinilo pegados en el capó trasero. Moldean a la horda a golpe de ingeniosa mamarrachada en la cabellera, rizando el tirabuzón de lo absurdo. Las consecuencias las sufrimos todos, porque lo peor es que necesitamos a esta carne de cañón para sentirnos arropados en los bares cuando suenan los tambores de guerra de cada derby y cada Clásico. Ya saben: cuando toca gritar mucho y fuerte en los días D, todo tonto es útil. El eterno drama de la fragilidad del individuo en medio de la esquizofrenia colectiva del balompié de masas. El ambiente festivo con el que comenzó el partido le regaló a Sergio una de esas oportunidades que tanto le gustan: rival cómodo, viento a favor, tan sólo le faltó el cajón flamenco para recrearse en cada una de las suertes que componen el muestrario de su egolatría freak. Taconazos, requiebros, pases de 60 metros al desmarque del Hombre Invisible y mucho lucimiento muscular. En días así Ramos se quiere mucho a sí mismo: adora ser quien es, y le encantaría poder darse por culo. Como digo, la derrota barcelonista en Valladolid del sábado ayudó a convertir el Bernabéu en Triana durante la Velá de Santa Ana. El Madrid compite ya con la inercia telúrica de los ejércitos que conquistan imperios: no pierde desde octubre, y sólo concede empates estratégicos cuando lo balean con granizada de arcabucería. El Levante de Caparrós, que ya intentó eso en la ida, llegó medio rendido a Madrid, poniéndole una vela a Satán y otra a Keylor Navas, su ángel de la guarda. No sirvió de nada.

Varane volvía al eje de la retaguardia, y yo me regocijé porque el chico es el mejor defensa que tiene este equipo y además trota por el césped sujetando con correa al capitanísimo Sergio Ramos. Flanqueados por los laterales ungidos por Dios y por España, de Modric en adelante Ancelotti dispuso la caballería habitual. Parece que, psicológicamente, el Madrid está ya en modo fuego purificador. Al menos lo parece. Desde el silbatazo inicial sometió a los visitantes a una presión altísima, iniciada, como es natural en el ecosistema de don Carlo, por los centrales: robo fulminante cuando la salida del contrario se está gestando, apertura a los laterales y dominio absoluto de la segunda jugada. Con Alonso en la base, Modric se empodera del juego. Del tiempo, del espacio, del sentido y de la intención. El partido es suyo. Por los costados del golem, Marcelo/Di María y Carvajal/Bale aletean como mariposas y pican como jodidas abejas africanas. El Madrid siembra el perímetro del portero adversario de cadáveres: los defensas del Levante se iban amontonando como en una trinchera sobre Navas, pisándose entre ellos como si desalojaran un centro comercial al ver la pisada de Godzilla. Tardó poco Cristiano Ronaldo en elevarse sobre el muro azulgrana y cabecear de frente el único córner bien sacado por Di María desde que en Rosario le pagaban impuestos al rey de España. El gol amainó un poco el temporal, y el Levante pudo salir de la cueva montado en Barral, un delantero pendenciero no exento de talento que emergió de una salina de San Fernando con esa cara de camorrista de la Isla diseñada expresamente por Dios para asustar a los turistas del norte de Europa. Parapetados en torno a Juanfran, de tartamudez universal y célebre por romperse el cráneo jugando en el Celta, los pretorianos de Caparrós se aplicaron a la brega sin límite y a la seguridad privada hecha balompié: la rodilla de Varane es testigo del cariño del entrenador sevillano por el choque robusto, sin fronteras. Benzema cabeceó a lo matador una pelota servida con guantes de seda por Marcelo y Keylor Navas punteó el remate con una parada digna del Circo del Sol: el costarriqueño es un gimnasta portentoso que ataja con delectación latina. Sí, eso de lo que padecen, en mayor o menor medida, todos los porteros hispanoamericanos, desde Higuita a Campos pasando por Abbondanzieri o Leo Franco: el gusto por la golosina, la extravagancia, la mano cambiada y la sonrisa para el fotógrafo. En la segunda parte tuvo un vuelo de palo a palo en el que pudo agarrar un gran remate de Benzema pero prefirió despejarla con la mano de apoyo: las escuelas, en los portero de fútbol, son muy acentuadas, como una cosa casi académica. Salen todos con la marca de agua, aunque a algunos apenas se les note.

De todas formas, aunque el Madrid relajó su intensidad y dormitó hasta mediada la segunda parte, el Levante jamás inquietó: arracimados en torno a Sissoko, Navarro y Juanfran, apenas Ivanschitz conectó algún contragolpe naïf: Diego López no tuvo ni que ducharse. Sobre el Madrid pendía el 1-0 y el hormigueo de no cerrar un trabajo que estaba hecho, hasta que Marcelo aguijoneó por su carril y metió un golazo. Ronaldo desbordó al lateral derecho y se llevó consigo la marca del interior. Filtró un pase por dentro que llevaba escrita la huella de la Muerte. Marcelo controló, y para templar una pelota que se le iba larga fintó con la izquierda y acompasó el cuerpo como si estuviera en el sambódromo. El central se comió el paso de tango y Marcelo chutó con la derecha. Colocada, fuerte, ineluctable. Vista la repetición, la jugada parecía filmada en dos velocidades: los de blanco corrían en technicolor, se movían como en cuatro dimensiones, y los del Levante recordaban a los figurantes del cine mudo que pasaban delante de la cámara sin saber muy bien cómo comportarse. Entre este Madrid al 60% y el Levante de Caparrós (que en todos sus equipos intenta acortar la distancia entre el talento y la tosquedad con electroshock y sangre en los ojos) había la misma distancia que entre el sofá de mi casa y Plutón. Con el 2-0 Ancelotti quitó a Varane. El príncipe etíope tiene en sus rodillas la caja fuerte del futuro madridista, y don Carlo nació en una casa de agricultores de la Emilia-Romaña: sabe que cuando el cielo se llena de nubes hay que proteger la cosecha. Salió Nacho y Ramos logró forzar la quinta amarilla poniendo en juego los ligamentos cruzados de su rodilla, obscenidad que sin embargo no nos sorprende pues Ramos es como el dicho: peores cosas se le han visto. Alarcón  y Jesé también tuvieron su rato de gloria en el que apenas dijeron nada relevante. En el minuto 80, el defensor azulgrana Nikos Kalaberas se metió en un gol en propia puerta y yo pensé que era una injusticia lo que la vida le había hecho a ese hombre. De haber nacido 3 siglos antes, Nikos Kalaberas hubiese sido pirata, heredero de una fortuna solariega en la isla de Quíos y terror de los turcos en el mar Egeo. Sin embargo, ahora es lateral izquierdo del Levante Unión Deportiva. Él, como yo, nacimos en el tiempo equivocado. Al final de la noche Carvajal nos atragantó la cerveza cuando cayó retorciéndose sobre el verde del Bernabéu: para cuando yo ya soñaba con Ramos mecánicos saltando la verja de Almonte, él mismo desmintió por televisión que lo suyo fuese grave.

Estructuras anfibias

2 mar

Hasta que llegó Simeone, el Madrid visitaba el Calderón como una excursión de alemanes a la que llevan a los suburbios en un autobús descapotable, de esos panorámicos, para que vean cómo es la España que no sale en los folletos que les vendió su turoperador. Después del Cholo, entra como un regimiento de rangers americanos en el centro de Faluya: con blindaje hasta en el cielo de la boca. La eliminatoria de Copa que hace un mes ganó con comodidad el Real al Atlético dejó secuelas: emocionales y tácticas. Diego Costa saltó hoy al campo con una factura larguísima en el bolsillo, dispuesto a cobrársela al contado a Pepe, Ramos y Arbeloa. Con esa sonrisa asesina que debe ser la misma que pone un sicario albanokosovar antes de ejecutar un encargo. Simeone también tenía otra muesca: el centro del campo. El argentino es un tío muy listo al que se la puedes dar una vez, pero a la siguiente estará esperándote con la navaja extensible escondida en el puño de la camisa. El Madrid de Ancelotti es, como si dijéramos, un organismo compuesto por diferentes entidades autónomas. No es, por ejemplo, como el equipo de su antecesor, Mourinho, ni como el del mismo Simeone, quienes se caracterizan por construir ejércitos de piedra con un sólo espíritu y un único panel de mandos: ellos mismos, el banquillo. En cambio, Ancelotti traslada el poder ejecutivo al césped. Ellos juegan, ellos deciden, yo sólo dispongo. Esto, como todo, tiene sus ventajas y sus inconvenientes: la estructura homogénea gana y se derrumba como una torre compacta, y el federalismo asimétrico de la gente como Carlo -o Del Bosque- desagua un buen trabajo colectivo por una única cañería defectuosa o, al revés, es capaz de conquistar algunas metas volantes gracias a la virtud de una de sus partes. Algo así ocurrió hoy en el Calderón, visto el partido como un diagrama geopolítico de los que resuelven los analistas de la CIA.

El Atlético de Madrid salió de toriles embistiendo con la furia de todos los parias del Universo juntos a la vez, puestos en pie, odiando fuerte. Pero a los 3 minutos el Madrid consiguió un córner. Modric la sacó en corto, Di María caracoleó sobre la cornisa del área rival, y con la retaguardia atlética haciendo el fuera de juego metió un balón diagonal que Benzema, escondido en el desván de Courtois, enganchó a gol con facilidad. El 0-1, totalmente legal a pesar de que el Realizador del Plus (en mayúsculas, por supuesto. La máxima autoridad en materia de propaganda y manipulación visual de España merece todos mis respetos) se empeñase en suscitar la ira de los bares de esa España fea, hortera y que huele a ajo, que es la antimadridista. El gol no alteró el guión: Ancelotti plantó en los laterales a sus guardias jurado, Arbeloa y Coentrao, esperando un calco de la ida de Copa en el Bernabéu. No se equivocó. Simeone recuperó a Luis Filipe y a Juanfran, la llave maestra de su plan de choque: adelantada la línea de 4 rojiblanca, Luka Alonso, el binomio medular madridista, quedaba ahogado por un tsunami termodinámico. Koke, Turan, Gabi, Raúl García y los laterales empujando, oprimieron la línea de flotación de Ancelotti hasta hundir el barco en mitad del Manzanares. Aun con el resultado a favor, ni Modric ni Alonso imantaron la pelota lo suficiente como para hilvanar la tela con la que terminan atrapando los partidos. Diego Costa pivotó entre Pepe y Ramos con la esperada agresividad patibularia, y esta vez el duelo cayó de su lado. Supo desquiciar a dos defensas que llevan desde Navidad jugando con el bozal puesto. Lo hizo fácil, sencillo, directo. A Pepe empezaron a ponérsele los ojos en blanco, y Ramos se vio a sí mismo con demasiada responsabilidad.

Modric debió asustarse al recordarle todo aquello el fuego de mortero serbio sobre su vieja casa de Zadar, y simplemente desapareció. Con él, el Madrid. Di María, gendarme plenipotenciario cuando Xabi y Luka dictaminan sobre lo permitido y lo conveniente en los partidos, fue la salida natural de los centrales cuando, agobiados por la presión atlética sobre la primera jugada madridista, pedían auxilio con el balón. Desactivados 2 de los 3 ejes naturales del Madrid, Simeone subió los decibelios hasta que al Real le estalló el iPod en los oídos: Koke recibió un pase filtrado de Arda en una solitud desacostumbrada, extraña, inesperada, a 2 metros de Superlópez y absolutamente libre de marca. Su trallazo fue como un flechazo sioux en el costado madridista. A partir de ahí todo fue una sucesión de golpes, caídas, contragolpes furibundos del Atlético y desorientación de los visitantes: la Mara del Cholo había encerrado al Madrid en un callejón sin salida, rompió las farolas y se aplicó con ansiedad eléctrica en el navajeo en corto. Bale, Benzema y Cristiano flotaban por los tres cuartos de cancha local como la isla esa que está naciendo delante de El Hierro: un volcán que rugía sin entrar en erupción. Karim conectó un latigazo en tres dimensiones de una pelota que Di María mandó a la frontal atlética como se le tira un chaleco salvavidas a un náufrago que está a la deriva. Los velociraptors orbitaban sobre la alfombra de Courtois como si fueran chatarra espacial girando alrededor de la Tierra: era un sitio que estaba lejísimos de donde se estaban matando a tiros y puñaladas. Y eso fue el 2-1, una puñalada: al 45 de juego, Gabi avanzó sin oposición alguna hasta que le zumbó al balón con la violencia del desheredado por la vida y por el fúbol, y por la fama. Llamarte Gabi y ser capitán del Atlético es como que por Reyes te regalen un puzzle, y tú te tienes que joder, conformándote sin el Action Man. Pues Gabi marcó un golazo que a Diego López se le escurrió entre las yemas de los dedos: la irregularidad en la portería afecta más a quien no tiene el Gramma de su parte. Superlópez es un héroe de la calle, pero no tiene baraka. Desde el rejonazo de Gabi, mostró cierta inseguridad que la combustibilidad del ambiente no ayudará a mejorar esta semana. Vienen tiempos duros para los outsiders.

En la segunda parte, el Madrid se libró del 4-1 hacia el que el Destino y el contexto volcaban el partido. Diego Costa siguió hiriendo la espalda de los centrales con esquizofrénica tenacidad hasta que los cambios de Ancelotti redujeron al Atlético a la condición del oso cansado que tira zarpazos al aire mientras los pitbulls les roen las entrañas. Una y otra vez, yendo y viniendo, como un hormiguero enfurecido. Carletto sacó sus pitbulls: Carvajal, Marcelo y Alarcón, e introdujo el partido en una espiral de caos controlado que terminó inevitablemente con Simeone pidiendo la hora. Con los laterales amables, Modric ganó superioridad en el centro del campo; Xabi instaló el campamento entre los centrales, y el carril derecho encontró, de pronto, la profundidad ausente con Arbeloa, que dejaba a Bale huérfano de espacio y velocidad. Ronaldo, maniatado los 70 minutos anteriores, empezó a agitarse por la media luna atlética. El Madrid superó entonces al Atlético desde donde había estado perdiendo el partido hasta el momento: las dualidades autónomas Peperamos, Luka Alonso y Benzema-Ronaldo activaron su núcleo de fisión y Simeone, entonces, gestionó muy mal los cambios: sólo agotó uno, y el cuerpo marmóreo de su Atlético se disolvió sin que nadie más que las cabalgadas fantasmales de Costa se atreviesen a cuestionar el nuevo orden del partido. Tras varios avisos, Carvajal holló por fin la línea de fondo virgen con bota de conquistador, centró atrás y Cristiano selló un empate que pudo ser victoria si Ancelotti y Zidane no hubieran sido educados tácticamente por Sacchi, Capello y Lippi. El Madrid salvó un punto cuyo valor estratégico es incalculable. Con la visita de la Agencia Tributaria a Chamartín en el horizonte y la regularidad metafísica que ha adquirido este equipo en la cara B de la Liga, Ancelotti negocia victorias parciales y cesiones calculadas. Este punto, y el goal-average, es una de ellas. Bien está.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 27 seguidores

%d personas les gusta esto: