Tag Archives: Andalucía

2 de febrero de 1936

2 feb

Hay paralelismos excitantes entre el año de 1936 y el año de 2015. Podemos comprobarlo confrontando las portadas de la información nacional de, por ejemplo, La Vanguardia del domingo 2 de febrero de 1936, y la del mismo periódico hoy, 2 de febrero de 2015. 79 años después, España afronta unos comicios genesíacos en los que se dirimen dos cosmovisiones enfrentadas: la democracia, representada por sus frágiles y manifiestamente mejorables defensores socialdemócratas, centristas y democristianos; y los paladines del estatismo, esa nueva vestidura ambigua y grisácea, Seguir leyendo

Discurso del chamán a la tribu

30 dic

Desde la alcazaba de Almería, quién sabe si como metáfora sutil de su condición de ciudadela amurallada en la cumbre del socialismo español, Susana Díaz amenizó la cena de ayer de los andaluces que sintonizaban Canal Sur en ese momento. Como todo el mundo sabe, el target decisivo de la televisión pública de la Junta lo constituyen hombres y mujeres comprendidos en esa franja de edad entre los 40 y 85; de ahí, posiblemente, la solemnidad institucional de hacer sonar el himno al principio (ese himno horrísono, cacofónico, inventado por Blas Infante y sacralizado desde los 80 como poco menos que La Marsellesa andaluza) y el cartelito hecho con el Word Art anunciando el discurso con cutre pompa. Susana iba de negro. Su efigie oscura contrastaba con la lechosidad artificial del patio de armas de la alcazaba, iluminada como si fuera un quirófano reflectando en la negrura de la noche almeriense. Seguir leyendo

Propósitos de Año Nuevo

30 dic

El 30 de diciembre de 2013, Susana Díaz emitió urbi et orbe un discurso de fin de año. A la manera tradicional del Jefe del Estado, la Junta venía haciendo esto desde hacía algunos años. Bajo el engolado índice de mensaje institucional de Fin de Año, la presidenta de la Junta de Andalucía apareció en el Patio de los Leones de la Alhambra granadina de pie, quién sabe si para demostrar que, efectivamente, el movimiento se demuestra andando. Seguir leyendo

Un hombre en gabardina

16 dic

El otro día me puse una gabardina. Esto, un hecho irrelevante en cualquier lugar del mundo civilizado, se convierte en toda una experiencia cuando uno está en un pueblo. Es sabido que la civilización comienza y termina en las rondas de circunvalación de las ciudades. Todo lo que queda fuera de esos anillos de hormigón fronterizos es, por así decir, una estepa, una cosa árida y selvática, un agros habitado por bárbaros. Me puse, digo, una gabardina el otro día: llovía con sórdida constancia y tenía unos cuantos compromisos sociales que atender. Así que me dije, perfecto, gentleman. Es tu momento. Tiernamente pensé… Seguir leyendo

Bilbao

22 sep

Hace poco fui a Bilbao. Se está bien en Bilbao. Es una ciudad agradable, rica, sin llegar a la opulencia: clásica, burguesa, cosmopolita. A lo menos, no a la opulencia urbana de Madrid, que es la desmesura; más en la línea de Barcelona o incluso Málaga (la menos andaluza de las ciudades andaluzas), con esa arquitectura mixta de ensanche decimonónico y calatravismo, tan europea. A Bilbao le falta la luz del Mediterráneo para ser Málaga; le sobran puentes para ser Oviedo; carece de la epidermis anarcopop barcelonesa, pero es, en suma, una ciudad viva y fresca. Garbosa, ajena al letargo en que parecen sumidas las ciudades de Andalucía, La Mancha o Castilla, tan aplastadas por el sol ubicuo.

Alguien tenía que atreverse a decirlo: el sol es un coñazo. El edén para el hombre ibérico, meridional y arrugado como una uva pasa, dátil de palmera, es una pradera esmeralda infinita sobre la que luzca algodón gris y nubes perpetuas de ceniza; del mismo modo que el hombre del desierto árabigo soñaba con ríos de agua y miel orlados con jardínes e hileras de macetas, o el del hombre escandinavo se duerme imaginándose entre dunas blancas y sol de radiador. Que no radiante.

Caminando por Bilbao entendí por qué gustan tanto los vascos de la provincia de Cádiz: es todo lo que allí no tienen. Es decir, Cádiz -polis y agros- adolece de las condiciones ambientales que allí en Vasconia, advertí ausentes, no sé si por obstinación de sus habitantes o por mera concepción distinta del mundo. La limpieza de las calles; el correctísimo funcionamiento del transporte público, la adecuada integración en el paisaje urbano de metro, tranvía, carril bici; la existencia de espaciosas alamedas llenas de verdor, frondosos aduares alrededor de la ría que hablaban por sí mismos del cuidado con que la ciudad que los sembró se preocupaba de mantenerlos con vida; esculturas post, digamos, apocalípticas, que cuadraban muy bien en el entorno, y toda una suerte de jardines mimados con la perseverancia intuida a los vascos. Todo, en general, lo que no hay en Cádiz.

Quizá por eso cuando aprieta julio, muchos vascos se deslizan península abajo hasta las playas gaditanas, buscando, a lo mejor, algo más que el buen tiempo. Es probable. Cádiz se significa, en la gente septentrional de España, con un exotismo particular. Una mezcla de orientalismo occidentalizado: windsurf y teterías morunas, por resumirlo en dos conceptos a la mano. Era mi primera visita al País Vasco y todo me parecía extraño: por inusual la limpieza y el orden que trascendía de todas las cosas que iba viendo por la calle, y por incomprensible, el idioma. El vasco es una lengua ininteligible. Su disparidad fonética con cualquier lengua románica es tan acendrada, que mueve a risa la inserción de vocablos castellanos en mitad de las frases, por el contraste.

Bilbao refulge con un resplandor ceniciento. Es la tonalidad con la que uno se queda. Fachadas caliginosas, predominancia del marrón y el negro. Largas avenidas, muy bien dispuestas, como a escuadra y cartabón. Noté la mano experta del urbanista, la conocida seguridad de caminar por planos hechos a medida, nada de esa improvisación insoportable de la arquitectura etérea de los pueblos del sur.

Atraviesa el metro toda la conurbación bilbaína desde Guecho y más allá, hasta Santurce y sus ballenas; es en grado sumo cómodo moverse en una ciudad cuyo transporte público cumple el pacto de lectura debido con el usuario. Hay un tranvía que recorre la ciudad, describiendo como un círculo, y está muy bien: descubrí, tarde, que se puede subir sin pagar y no pasa nada. Quiero decir, que el tranvía es útil: conecta más de dos lugares alejados entre sí lo suficiente como para hacer que la inversión millonaria en su construcción haya merecido la pena. Por lo tanto, la gente lo usa. Los defensores del libre mercado encuentran en el albedrío de la gente su verdadero argumento irrebatible contra los colectivizadores: el éxito o el fracaso dependen, en último -pero definitivo- término, de que la gente compre la mercancía que uno le vende. Perogrullo plora lagrimones pero es tan evidente como que el agua moja, aunque para algunos administradores de lo público en Sevilla o Cádiz la racionalidad mercantil quede fuera de su zona de confort.

Bilbao, a fuer de andar por ella durante dos días, me pareció muy amena, muy agradable de ver. No obstante, Guecho me gustó más, por su índole balnearia y su dobe faz de ciudad de descanso trazada sobre la ría de Bilbao y de caserío elevado sobre un peñasco asomado al mar. La parte vieja de Guecho tiene un encanto inalterable, la gracia propia del norte abigarrado de Baroja. Las casas son grandes, caserones de tres plantas con cornisas de madera, a dos aguas, más propias del Tirol que de la España bravía que uno puede imaginar. Nos hemos vendido muy mal, pensé deslizándome por una cuesta altísima hasta el Puerto Viejo. Los publicistas españoles deberían reivindicar también esto, la próxima vez que tengan que vender el país afuera, en los eventos esos tan graves y relevantes en donde, dicen, el dinero corre más que Usain Bolt.

Fui a ver el baloncesto, la causa de nuestro viaje. Hubo que desplazarse hasta Barakaldo. Allí se levanta el Bilbao Exhibition Centre, un edificio prodigioso. Simula un cuadrado macrocefálico, pespuntado por una torreta como de control aeroportuario. La forma cúbica de su exterior presta muy bien a la geometría gris y futurista de este nuevo Bilbao, tan guggenheinano. Formas rectas, ondulaciones suaves, acero, puentes de plata, exuberancia de la técnica. Regresé de Bilbao, de su conurbación, con el cuerpo de Marinetti. En verdad os digo que la burguesía vasca, nieta de la demasía metalúrgica, se ha reciclado muy bien, ocupando de nuevo la vanguardia de esa España que se trepa por encima de sus propios muros, más allá del reflejo de sí misma.

El amor en los tiempos del ébola

29 ago

Semana número 10

El pasado fin de semana lo pasé en el norte. La diferencia entre la España cantábrica y la España del bajo Guadalquivir es asombrosa. Se trata de dos países distintos. La Historia cuenta que fue la Bética el territorio hispánico en donde la civilización occidental  alcanzó el clímax. Tartessos, Fenicia, Grecia, Cartago, Roma, Bizancio, el Islam, la Cristiandad y todo eso. Al contrario, el norte siempre fue cuna del arquetipo bárbaro: indómitos vascones, astures rebeldes y don Pelayo dando por saco en lo alto de un peñasco. Qué les voy a contar. Sin embargo, no. De Marco Ulpio Trajano a Isabel Pantoja, el sur ha llegado al exceso civilizador. Se ha podrido, es una fruta madura dejada al sol de agosto, un día entero. Se ha llegado a un manierismo extremo, a un recargamiento de todo: Séneca en chanclas con el brazo tatuado y la camiseta de tirantes definiendo cervezas extemporáneas. La fisonomía de los paisajes difieren tanto que recorrerlos en tren, desde Jerez hasta Oviedo, se asemeja a atravesar un cuerpo tumefacto que todavía conserva un busto verde. Sano. Verde, de eso sí, hay de sobra al cruzar la cresta de roca que separa León de Asturias. Entra uno en un mundo nuevo. Plomo en el cielo, bruma en el suelo.

Las ciudades del sor adolecen de firmamentos post-industriales: horizontes de techos cortados de un tijeretazo, blanqueados por un sol criminal; un caserío almenado con antenas que son sartenes y parabólicas negras, como astillas en las azoteas que dibujan un skyline decrépito, algo parecido a una calavera resecada en el desierto perfilada sobre un cielo vasto como el océano. E igual de azul. La España cantábrica, en cambio, con sus fachadas de piedra, sus tejados de pizarra, sus cierros de madera y su mampostería empotrada en recovecos inauditos, te da un manotazo de frescura nada más cruzarla. Sentí una honda tristeza al marcharme. Nunca me gusta abandonar Asturias, pero es que últimamente, al bajar por Puertollano con el tren, tengo que incluso taparme la nariz con una pinza. No les hablo ya, por supuesto, del paisanaje: aquí me repito más que el ajo. Sólo puedo añadir que caminando por la calle Uría, a uno le parece harto improbable que de ahí pueda salir un Amador Mohedano. Y ya que sale ecce homo en la conversación, no puedo sino comentar su último brochazo: cagar en la playa. ¡Qué oda a Duchamp ha dejado, sin proponérselo, grabada para la posteridad! Me voy tres días y al volver encuentro una Chipiona tomada por Telecinco. Las unidades móviles han acampado a lo pequeño y estrecho del pueblo. Los indígenas no habían visto semejante despliegue tecnológico desde que construyeron el faro. Amador Mohedano, descartado del casting de Los Soprano por la excesiva pureza del personaje, decidió homenajear la calidad de las playas, la calidez de las gentes y la vitalidad del lugar, del único modo en que se puede estar a la altura de Chipiona: dejando un ñordo en la arena como símbolo del amor en los tiempos del ébola. ¡Qué arte tiene mi gente!

Caballitos de anís

18 ago

Semana número 9

Hoy, en la radio, dijeron que iba a comenzar la Vuelta. La Vuelta ciclista a España, se entiende. También dijeron que partiría de Jerez. Ufano, el locutor reseñaba que ya estaba todo preparado en la ciudad para, aprovechando la coyuntura, enseñar al mundo la jerezanía. Las señas de identidad de nuestra tierra. Concretamente, caballos y fino. Enormes figuras hípicas acompañarían a grandes botellas de Tío Pepe, La Ina o Domeq en el escenario desde donde, en medio de atronadores ritmos aflamencados -intuyo- la élite del ciclismo internacional saldría a las carreteras a luchar por la Vuelta. ¡Vaya, qué sorpresa tan bárbara! ¡Vino fino, caballos y flamenco! Por un instante fugaz pensé que alguien, en el Ayuntamiento de Jerez -o, ¡mejor, en la sociedad civil!- habría pensado que la presencia en la ciudad de cientos de medios de comunicación retransmitiendo en directo para todo el mundo un acontecimiento de primer orden deportivo, seguido por millones de espectadores, sería una oportunidad fantástica para redefinir el paisaje mental que Jerez inspira a los individuos allende los mares. Y, de paso, el de toda Cádiz y, por qué no, Andalucía. ¿Pero qué estás diciendo, energúmeno? ¿Habrá algo más nuestro que un gitano de Jerez en lo alto de una jaca, jerezana, por supuesto? ¿Explotar otros conceptos, dices, teniendo el cante jondo y la gitanería gitana? ¡Otra maravillosa posibilidad de rediseñar las constantes vitales del sitio donde nos ha tocado vivir, que tiramos a la basura! ¡Pónme otra cuarta de fino fresquito, jefe, y no te comas el coco!

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