Tag Archives: Atlético de Madrid

Artillería del año 36

14 sep

El Madrid se ha llevado tanto de seguido ganándole al Atlético de Madrid, de todas las maneras inimaginables, que ahora es presa de un sortilegio: el Atlético también puede ganar. La excepción -ganarle a un equipo mucho, muchas veces, muchas veces consecutivas- pasó a ser costumbre, y ahora el Real está en un diván preguntándose a sí mismo por qué han salido volando los patos de la piscina. La intolerancia a la derrota del madridismo, que es antropológica y afecta incluso físicamente a los individuos que la padecen, se torna insoportable con el Atlético de Madrid. El vecino fue visto como una caricatura y hay una generación entera de hinchas blancos que están descubriendo ahora que el sioux del Manzanares fue una vez adversario temible y no estrofa peripatética de Sabina. El conocimiento, como casi siempre, llega con sufrimiento. El Atlético de Madrid ha ganado 3 veces en el Bernabéu desde mayo de 2013, y hay quien todavía se resiste a admitir que Aníbal ha cruzado los Alpes: ¡pero si son el Aleti!

El Madrid de Ancelotti se desangra por una herida abierta en la portería. Es absurdo obviar de cualquier análisis el hecho franco e inobjetable de que cualquier córner o falta lateral contra el área madridista es medio gol. Ningún equipo de élite, ni siquiera el campeón de Europa, puede competir con esa arritmia: ante rivales tan poderosos en la pelota parada como el Atlético, esta circunstancia resulta trágica. Del desempeño de los dos equipos a lo largo de la primera parte se colige que el partido fue de 1-0: el Madrid jugó muy bien. Arbeloa entró por Carvajal, lesionado en la excursión ridícula en cada mes de septiembre de las selecciones nacionales; la revolución que predijo Ancelotti se quedó en la salida de Coentrao por Marcelo, encadenado a una bola de acero desde San Sebastián. A partir de ahí, la letanía: Kroos, Modric, James, y la 101 Aerotransportada. Algunos pensaron con candidez, yo entre ellos, que Keylor Navas iba a tomar, de una vez, la titularidad: al parecer Carletto no huele a muerto, o guste de salpimentar sus aventuras aristocráticas -recuerden al Milan de Dida, aquel Don Tancredo mulato- introduciendo en el guión la variante dramática del mono armado con metralleta delante de la cuna del bebé.

El Atlético sólo se acercó una vez en toda la primera parte. Fue académico: comba al primer palo y gol. Casillas volvió a no salir, mirando ceñudo a Ronaldo como echándole la culpa de su parálisis. Dentro de poco sus hagiógrafos sacarán la teoría de que sufre algún tipo de vértigo, o de que no sale porque fuera de la portería hace mucho frío. Sin embargo, no cambiaron las palpitaciones del partido: por primera vez desde las semifinales de Copa del año pasado, el Madrid imponía su versión a Simeone. El Atlético se alargaba demasiado entre Koke, Raúl García y Mandziukick: es admirable la fijación del Cholo en fichar roles; se marchó Costa y llegó este comeniños que, sin la calidad determinante del otro, asume el mismo papel. Arbeloa, cuyo último gran partido fue contra Diego, volvió a interpretar muy bien lo que la situación demandaba: dedicóse a graparle los tobillos al croata, cegando el único camino atlético hacia Casillas. El Madrid dispuso del tempo, del espacio y hasta de la precisión: Ronaldo deslizándose por la derecha, en lugar de la percusión cansina de siempre por la izquierda, estaba destrozando a Siqueira. Había espacios, aunque Bale no los viera, obcecado en cabalgar por encima de los zombis. Se vislumbraba el desajuste, hasta se oía crujir las piezas del Rolex madridista que estaban encajando. En el ambiente olía a gol, como pasa cuando llueve o va a llover. Entre los centrales y Thiago se abría el Canal de La Mancha y Carletto echó a sus aviones ahí. Benzema y James dibujaron autopistas de luz durante media hora extraordinaria de fluidez y velocidad, en que llegaron el empate, dos o tres buenas ocasiones de gol.

Benzema marró, como decían los clásicos, el 2-1: se le escapó el más sencillo control, a él, el tragafuegos que construye con los balones más inverosímiles verdaderas manufacturas de gol.

El Madrid no invadió Inglaterra cuando pudo y el descanso fue el desarme moral del equipo. Simeone, desde un cuarto oscuro -cuando lo enfocaban las cámaras, parecía un preso político, cuán prodigioso es el barniz propagandístico que puede llegar a ofrecer la realización del Plus, rompeolas de la anti-España- ingenió un artefacto que desactivó la presión dominante del Real: ocupó la zona ancha, desalojó de allí a Modric, aisló a Kroos, enclaustró otra vez a Bale y el partido se transformó en lo de casi siempre. El Madrid, liberado durante un rato de la silla del dentista en la que siempre logra sentarlo el Atlético, creyó poder terminar de una vez por todas con la fibrilación lenta y estresante a la que es sometido cada vez que el rojiblanco se le pone por delante. Terminó con eso Thiago, que encontró a Gabi, a Koke, a Juanfran, a García. Mandziukick detectó la ansiedad que pugnaba por salir del interior de Peperamos y el doble cambio Turan&Griezmann desequilibró el estado de las cosas. Casi siempre fue Ancelotti el que, con Marcelo e Isco, encontraba la llave para descerrajar el laberinto estrecho de Simeone. Esta vez, fue al revés. Griezmann, que es un francés fino e inteligente, se puso a flotar con una bandera pirata por detrás de Modric; a Kroos se le colgaban tres liliputienses con puñal y cachirulo cada vez que cruzaba el medio campo. James se disolvió, y el madridismo ya se pregunta quién es y por qué está aquí.

No debería preocuparle eso, aunque sí su volatilidad: está Ancelotti en el mismo punto que el año pasado, cuando Isco abrazó la intrascendencia y él tuvo que buscarle un papel en la obra que encajara con su naturaleza etérea y, a la vez, tan decisiva. James es igual: es un aglutinador -del balón y, por consiguiente, del tiempo- y un zapador, pero este Madrid ya no respira entre líneas. Hasta el 1-2 y después, fue incapaz de encontrarle un agujero a la alambrada rojiblanca; los dos TEDDAX, Isco y James, James e Isco, se fueron a morir lentamente a las bandas, desterrados a los presidios de Simeone en donde sus dobles-carriles (Siqueira, Juanfran y sus interiores) anulan toda posiblidad de imaginar.

Turan desentrañó la vereda de la puerta de atrás del Madrid: ese sitio en donde se guardan, custodiados por una vieja peluda y arrugada, las pesadillas de todos los niños madridistas, grandes y pequeños. Llegó hasta allí, llamó a la puerta y la vieja le contó el secreto. El gol fue de un virtuosismo renacentista que desvela un grado de evolución dentro de la artesanía guerrillera del Atlético: Ho Chi Mihn está empezando a fabricar drones.

Griezmann ganó una pelota sin aparente peligro a Coentrao, y pasó adelante sobre la línea de cal. Ahí ya algunos intuimos el hachazo: el lateral izquierdo estaba demasiado arriba y por detrás de Juanfran sólo había pradera. El pase atrás, inteligencia impropia de un tipo tan limitado, fue adornado por García con un amago que recordó al de Rivaldo en la final de Yokohama; con la diferencia de que Raúl García, natural de Pamplona, Navarra, es un carpintero metido a Buonarroti. La belleza del gol ni siquiera sirvió como paliativo: dolió más.

El Madrid volvió a perder y un cometa dibujó un poni con su estela cenicienta sobre el firmamento oscuro de la capital.

Cuando la mariposa aletea en el hemisferio sur

20 ago

Imagínense atravesar una charca llena de cerdos. Imagínense hacerlo de noche, a oscuras. Imaginen, también, que por medio se encuentran alambre de espino enrollado por todas partes. Y cristales con la punta hacia arriba diseminados por todo el barrizal. Imagínense, ahora, que mientras lo están cruzando comienzan a apedrearles al tiempo que los cerdos corren enloquecidos chocándose entre sí, chillando y mordiéndoles el culo. Háganse a la idea de que a la vez que intentan cruzar la charca salvando todos estos obstáculos, atrona de fondo un hit en bucle de Camela. ¿Lo visualizan? Así intentó el Madrid ganar el partido de anoche. La Mara del Cholo ha perdido a sus tres mejores jugadores. Sin embargo, han fichado bien: el espíritu sigue siendo el mismo. También el dibujo. Se siente muy cómoda la tribu del Manzanares camuflándose tras la doble valla electrificada y la zanja llena de cocodrilos con la que protegen su portería. Godín y Miranda siguen siendo infranqueables: es admirable la plasticidad con la que se compenetran, la manera en que sellan la cámara sagrada. Me recuerdan a los bichos aquellos de La Momia que salían de las aberturas del interior de las pirámides y se te metían bajo la piel, destruyéndote a dentelladas. A Filipe le sustituye Siqueira, otro luisíada del mismo perfil que, incluso, tiene más querencia a los tobillos contrarios. Por la derecha, Juanfran completa el abrazo caníbal con que envuelve Simeone al adversario en tres cuartos de cancha propios. Se nota que aprendió a dragar minas en Pamplona, y que en el Atlético ha refinado su portentosa habilidad para adherirse al alerón trasero de los extremos madridistas: ¡es como si Bale y Ronaldo jugaran con KERS!

El Madrid, sin embargo, se plantó con el que parece será el esquema de los partidos grandes. A priori. Kroos adelantó su posición con respecto al partido de Cardiff, y Xabi ocupó la base. Modric y el alemán se desplegaron a ambos lados del 14 y eso hizo al Madrid menos elástico, en ambos sentidos: Peperamos no subía tanto la línea de presión, y Kroos parecía como superpuesto a Alonso, moviéndose por la misma pista de baile. Perdió profundidad el Real pero ganó solidez, aunque el Atlético no fió demasiado la pelota a la espalda de los centrales. Apenas un par de balones olisqueados por Mandziuckick, el amigable lonely soldier que ha fichado el Cholo para relevar a Costa. Mucho antes, no obstante, de que el Madrid apenas arañase el jardín con vistas a la chimenea central de la fábrica de Moyá, se guardó un minuto de silencio en el Bernabéu. Era el primer partido oficial que iba a jugar el Madrid, desde 1954, sin su mito fundacional, Di Stéfano. El silencio fue sobrecogedor, y las exequias emocionales que el club le rindió, de una solemnidad impactante. Como era natural, la oración íntima, y a la vez, colectiva, del madridismo, sólo podía ser rota por un grupo de anormales: algunos aficionados atléticos abochornaron el nombre de su institución poniéndose en evidencia con cánticos fuera de lugar. Es probable que esto no lo lean en muchos sitios a lo largo del día de hoy. Se sabe que cuando el establishment mediático sube a alguien a un altar, en España, ni siquiera la terca realidad puede desmentir ni un ápice de esa sacralidad con la que se describen a la mejor afición del mundo, o al equipo del pueblo. Sepan que todo, como siempre, es pura y simplemente mierda.

Tras el descanso, Ronaldo se quedó en la caseta y en su lugar salió James. Se pudo escuchar, entonces, un estruendo en el Bernabéu: era el murmullo de los sables en palacio anunciando un cambio de rey. Bale saltó como embebido de esa mística que desde hace ya algún tiempo lo sitúa como pretendiente real al trono. Lo malo es que el cosmos madridista sólo admite un rey, y las situaciones de bicefalia, por la propia naturaleza de club y afición, son consideradas como extraordinarias -y fugaces- excepciones: la grey madridista tiene esa condición unívoca de todos los pueblos elegidos, es monoteísta. El peso de esta circunstancia histórica lastró al galés, quien se vino al medio con Benzema para dejar los costados a James por un lado y a Carvajal por otro. Benzema consiguió entonces librarse de las cadenas: había estado todo el rato enseñándoles los papeles a la aduana atlética como si quisiera entrar en un aeropuerto de EEUU tosiendo ébola. Ancelotti alargó al equipo y Simeone encogió al suyo. Kroos zafóse de la marca de Raúl García y Saúl ya no pudo seguir más a Xabi, quien no necesitó correr tanto para mover al equipo de un lado para otro. Las costuras atléticas se veían ya, claras, como tajos de puñal, y el Madrid rozó el gol en varias acciones sueltas. El Real, abanicándose con el Bernabéu y aliado de la fatiga tempranera de agosto, volcó el estadio hacia Moyá y cada rechace era otra oportunidad. Entró Di María por Modric y Marcelo y Carvajal, y hasta casi Pepe, acamparon ya en el perímetro atlético. Un zig-zag de Kroos descorrió la cortina por la derecha. Carvajal la puso en el penalty y Benzema quiso rematarla de tacón. El ladrido de Godín dejó la bola trotando libre para que James la enchufase y el madridismo de ultramar entró en éxtasis. Entonces se vivió el clásico terremoto que provoca la universalidad del Madrid: aleteó la mariposa en Colombia, alegre, feliz, vibrante con el gol del estandarte hispano de la pax florentina, y un tsunami de madrileñismo rancio, inerte, apagado por el peso de su carcundia, abrasó La Castellana a la salida de un córner atlético. Casillas, hijo de la desidia, descubrió entonces que el gimnasio no te devuelve los años de juventud, pero sí te da gemelos con los que saltar a por balones aéreos.

Treinta segundos sobre Tokio

26 may

Ya no era la Décima, ni la Historia, ni tampoco la Leyenda. Ni el Mito, ni ninguna de todas esas grandes palabras que siempre empiezan con una mayúscula. Lo que perseguía el madridismo desde hace una década era otra cosa: vivir ese momento en que miras de frente a Dios. Ese espacio de tiempo, minúsculo, brevísimo, partícula fugaz en la línea tridimensional de las cosas del Universo, en que le hincas la lanza en el pecho al dragón y de su boca sale un fuego terrible y purificador y sin embargo no te quema. Y durante ese instante de lujuria salvaje sobrevuelas Tokio en un DC10 el mundo te pertenece, eres uno y trino con el destino y una alegría cósmica, arcana, vieja como la sangre, brota en torbellino desde las entrañas invadiendo cada terminación nerviosa de cada músculo de tu cuerpo. Luego, después, más tarde, llegan las sensaciones, y las piezas van encajando en su sitio con la naturalidad de la victoria desmedida que comienza a entrar en el embudo que le damos a todas las historias para poder comprenderlas con sencillez. Es lo que llamamos el relato. La Décima. Pero debajo del Santo Grial se escondía la ansiedad cavernícola por conquistar, por morder la luz, y eso es lo que llevaba empujando al madridismo desde aquella lluviosa tarde de San Isidro en Glasgow en 2002. El Madrid, que no era un equipo de 20 tíos ni 70 mil notas con y sin entrada en Lisboa sino que fue más que nunca una legión etérea que abarcaba toda la tierra conocida desde Algeciras a Estambul, se plantó en Da Luz a cazar dragones y el impulso vital de esta nación sin Estado arrolló a la tribu de sioux dementes que acampó en medio del campo del Benfica.

Pero qué cerca estuvieron esos sioux de aniquilar al Décimo de Caballería. El Atlético jugó una final heroica, a la altura de la competición más grande que el hombre ha imaginado. Delante del campamento se alzaron Godín y Miranda como dos mamuts enfurecidos, poseídos de una determinación sobrenatural: por aquí no pasa ni Dios. Y no pasó nadie por más que el Madrid terminó derramándose sobre el área de Courtouis en los últimos 35 minutos de puro y agónico cerco sin retorno. Tras la lesión de Costa en el minuto 10, todos comprendimos, y Simeone el primero, que el Atlético de Madrid tenía la Copa de Europa en las cabezas de sus dos centrales. Amarrando al Madrid en tres cuartos de campo, la Mara del Cholo metió a Benzema en una jaula, ató a Bale a un pitbull como hacían en la Edad Media con los osos en los circos, y excluyó del juego a Ronaldo. Parece frívolo decirlo así pero el Atlético lo apartó del flujo del partido, de donde sucedían las cosas, y precisamente anuló de la ecuación la posibilidad de que sucedieran cosas. El Madrid dominó sin sustancia ni fundamento un partido en el que la ausencia de Alonso enviudó a Modric: las ventajas que la constante movilidad de Luka creaban en el círculo central dejaban siempre solo a Khedira con 10 metros de pradera lisboeta por delante. Justo lo que Simeone pretendía: que el madridista menos capaz de violar el laberíntico muro de Godín, Miranda, Filipe, Juanfran, Koke, Thiago y Gabi y Raúl García, fuera el encargado de descifrar el camino. La entrada de Adrián por Costa no alteró un sistema férreo en el que los dos delanteros asturianos eran meros peones de brega en la presión a Varane y Ramos.

Y en un córner propio, el Atlético encontró la pepita de oro. Dos minutos antes Bale había terminado su único eslalom definiendo delante de Courtois como atenazado por el miedo a la Historia. Acto seguido el Atleti ganó la segunda jugada del saque de esquina y la pelota llovió en parábola sobre el punto de penalty: Godín peinó con la coronilla y Casillas murió a media salida, su pecado original. Parecía un guión encorsetado por una intención moral tan típico de los norteamericanos: el crimen de los 19 años, el juego aéreo que Casillas nunca se preocupó por mejorar, devolvía de golpe, 12 años después, los grilletes al héroe: rey en Glasgow, condenado en Lisboa. Así jugó el Madrid hasta la entrada de Marcelo e Isco: oprimido por la letanía de los libros antiguos. Al 60 Ancelotti no esperó más. El Atlético ya había renunciado al área madridista, a pesar de que Thiago, un descarte de Mourinho, de la Juve y de todo el balompié internacional -paradigma de este Atlético, grupo ganador hecho de jirones, residuos de la élite, chatarra inútil de la alta sociedad rebelados de golpe ante la oportunidad de sus vidas- escamoteaba el balón y los esfuerzos del rival. El Madrid necesitaba las ventajas de los orfebres. Marcelo fue como un pinchazo de adrenalina para Di María, y Alarcón empezó a sacar humo de la lámpara mágica que hasta ese momento Modric había paseado como un fantasma por el césped de Da Luz. Activaron los carriles, Ramos y Varane se quedaron a vivir en el campo atlético y el Madrid se abalanzó definitivamente sobre su destino. Alrededor de Courtois se arracimaron diez tíos vestidos de rojiblanco, un bloque abigarrado, impenetrable, oscuro como la mirada de los madridistas del fondo de Da Luz a los que empezaba a envolver la amargura de la derrota más dura de todas las derrotas que en el mundo se hubieran dado. A pesar de Odín, a pesar de la insistencia carnívora de Ronaldo, de Bale, de Benzema y luego Morata, los sioux no cedían y tuvo que ser en el 93 cuando Ramos entró en el firmamento de los ungidos.

Hasta el mes de abril, la temporada de Sergio Ramos estaba transitando entre la pena, el asco y el descrédito. Desde la eliminatoria contra el Borussia, juega en estado febril. Es un jugador pirolítico. La Historia recordará sus dos partidos, en Munich y en Lisboa, como dos días memorables, inmarcesibles. Ramos apareció en el momento más crítico con todo el aplomo y la gallardía que antes, casi siempre, le habían faltado para conseguir lo que, de hecho, logró el sábado: volar por encima de todos los gigantes y sentarse en el trono de Fernando Hierro o Paolo Maldini, esos arquetipos con los que siempre se le comparó de forma excesiva. Ramos remató el córner perfecto. Fue el primero que no sacó Di María, que parecía al borde de la muerte. Modric, como en el Allianz, dibujó una geometría que sólo él vio, porque seguramente la habría soñado ya en alguna de esas noches de su infancia cuando bombardeaban Croacia y a él se le aparecían toreros andaluces brillando más allá de Orión. Todavía no sé cómo a los autómatas de Simeone se les pudo escapar Ramos, pero el hecho cierto, la verdad que ya nadie nunca podrá borrar, es que Ramos se zafó hasta de sí mismo y marcó los tiempos del remate de cabeza canónico, académico, del más perfecto gol marcado con la cabeza que se puede recordar desde Santillana o alguna de esas figuras en blanco y negro que salían en los álbumes que coleccionábamos de chicos. Tras el gol, Da Luz entera se volcó sobre el fondo madridista. Pudo notarse un temblor sísmico, un maremoto abatiéndose sobre Lisboa: era el madridismo saltando sobre los tres palos del arco de Courtois. El Atlético, esclavo de su tiránico esfuerzo, apenas pudo sobrevivir a la primera parte de la prórroga. En la segunda, Bale entonó el peán de la victoria y Florentino ya puede colgarse la corona de olivo que se ponían los estrategos en Grecia cuando ganaban las grandes batallas. Luego llegarían el tercero y el cuarto, y el apocalipsis se hizo dueño del estado de ánimo de toda la grey del señor. Los caminantes blancos zarparon desde el Atlántico lisboeta hasta los cuatro puntos cardinales, llevando las cuatro palabras que abrirán para siempre la cueva vikinga de Alí Babá: Hemos ganado la Décima

Thriller

5 may

Después de una juerga apocalíptica siempre llega una resaca homicida. Es ley de vida, y qué es el Madrid sino la máxima expresión de ella. El 0-4 de Munich fue como un Big Bang, y ya se sabe que después de la explosión original el Universo se tomó unos días entre Matalascañas y Chipiona para relajarse mientras la piedra, los volcanes, la lava y el magma comenzaban a enfriarse. Siempre hay un lapso de tiempo más o menos breve en que se solidifica la lluvia de fuego y germina la vida. En ese repecho está el Madrid ahora, cuando Lisboa ya no es una letanía melancólica sino el pico del Alpe D´Huez surgiendo tras una curva. La disposición táctica no varió: parece claro que Ancelotti ya no renunciará a su abracadabra del 4-4-2. Bale e Isco hacían de brazos retráctiles ocupando los costados de Illarramendi y Alonso, y por delante Cristiano y Benzema permutaban sin cesar entre la punta del ataque y las bandas. Esta naturalización del caos es propio del sistema de Carletto. Tanto Karim como Ronaldo alternan la línea de cal con el balcón del área, de manera que la defensa rival suele quedarse sin un referente fijo. Si salen a buscarles a las alas, el pasillo central se convierte en un matadero con Bale cercenando la esperanza de los contrarios en un mundo mejor. Si permiten el deambular aparentemente inofensivo de los dos a lo largo del salón-comedor, las bandas arden como si lo describiese Homero y en un pestañear los adversarios se ven estrujados entre su portero y la frontal del área. Así fue la primera media hora del partido. Un vaivén plácido, sin violencia, con el Madrid meciendo al Valencia casi con cariño. Asentados sobre los mediocentros del post-carlismo punk, y huérfanos de Modric, Ronaldo, Bale, Benzema e Isco trazaban diagonales amables tras la espalda de Keita y Parejo. Parecía que el gol caería como el fruto al final de la primavera. Goles sin hostilidad. Fue todo un espejismo.

Y lo fue porque el Madrid volvió a deleitarnos con la ración diaria de ocasiones falladas y goles derrochados en el altar de la pegada. La pegada del Madrí, hay que tener poca vergüenza. El Madrid despilfarra goles cantados porque es un rockstar al que se le escapa el dinero por un agujero del bolsillo. Tengo tanto que me sobra. Un par de bastas definiciones de Cristiano, otro par de palomitas de Diego Alves y algunos cabezazos de Ramos aburrieron al equipo, que fue dejándose llevar por la modorra. Creyó estar ante un partido fácil y el Valencia, aprovechándose del ritmo bajísimo -lógico tras el desgaste de ambos equipos en una dura jornada europea intersemanal- se fue colgando de Parejo y Feghouli hasta el 0-1. El gol visitante se fue intuyendo durante 15 minutos en los que el Madrid dimitió del gobierno del balón y del tempo del juego. Parejo y Keita son dos centrocampistas que sólo tienen sentido si el balón viaja en diligencia por su zona de influencia. Estoy convencido de que si el Madrid hubiese jugado a una velocidad homologable con el fútbol del hemisferio norte, el Valencia no habría tenido ninguna posibilidad. Pero no fue así, y por un lado Keita -apoyándose en el antiguo cayado que lo distingue como jefe de su tribu en Mali- y por el otro Parejo -un Guti de Hacendado, uno de esos tantos enfants terribles de serie B que tan pródigos fueron en España antes de 2008- dieron en desnudar a Illarramendi en toda su actual inseguridad, exponiéndola en pública almoneda. Illarra todavía está en Dortmund y entre él y Marcelo regalaron varias fanegas de tierra sobre la calle Padre Damián en la que el Valencia fue cómodamente arrumbando sus bártulos.

Diego López se comió el 0-1 tras varias atajadas muy meritorias y muy bonitas. La sensación final con Superlópez es agridulce: han podido con él, o eso se infiere de sus actuaciones taurinas. Toreras por lo espectacular de sus algunas de sus paradas y la constancia que manifiesta en errores a priori inusitados en un meta de su envergadura. Al descanso Di María entró por Illarramendi y el Madrid se rompió definitivamente en dos mitades desconectadas entre sí. Jugó casi hasta el final con una emergencia impropia del mismo equipo que domeñó el Allianz Arena con paciencia, poderío, temple y absoluta superioridad. Contra el Valencia parecía estar jugando la prórroga de la final de Lisboa y fue sorprendente que el equipo de Pizzi no machacara en algunas contras dramáticas. Ramos y Varane sostuvieron con su plasticidad la omisión de Marcelo en la izquierda y las aventuras de Carvajal por la derecha, que no obstante fue de los mejores a pesar de jugar con una evidente merma emocional. A Carvajal se le había muerto su abuelo el día antes y en el minuto de silencio previo al inicio del choque pareció romper a llorar. No sé si fue muy conveniente cargar trágicamente con la música de los violines y el silencio sepulcral un momento de homenaje que sirvió para casi derrumbar al pobre chaval allí mismo, en medio del césped. Sin embargo, yo quiero hablarles de Marcelo: su segunda mitad de temporada justifica un despido fulminante. El mejor lateral izquierdo del mundo lleva tres años muriéndose amargamente dentro de ese cuerpo fofo y descuidado regido por la infantil mente de un niño grande al que no le preocupa lo más mínimo cuidar de sus obligaciones contractuales. Marcelo ha perdido hasta ese flow que eliminaba las lorzas de su ecuación por el vórtice zurdo del ataque madridista y lo convertía en un protagonista absoluto de la transición ofensiva del Madrid. Emocionalmente parece muy lejos de la titularidad: no se crece ante la adversidad, más bien se autoexcluye del grupo apartándose de todo y llevándose consigo toda su magia. Fue doloroso verle fallar algunos pases horizontales, dados con la misma consistencia de la mierda de pavo.

Empató Ramos y a pocos sorprendió porque Ramos lleva dos meses triunfando en la eterna lucha contra sí mismo. El Madrid, deshilachado, logró forzar al Valencia por eso que tiene Bale: abre las piernas, articula una zancada, y cruza el Atlántico como un San Cristóbal con motores de propulsión. No obstante el Valencia marcó el 1-2 provocando un homérico coitus interruptus en el Bernabéu, y Ancelotti, en vista de lo cual, metió a Casemiro por Isco para evitar la hemorragia que estaba desangrando a un centro del campo donde Xabi agitaba los brazos en la solitud más absoluta. Me recordó a Tom Hanks en medio del mar con un turbante en la cabeza y barba de 4 años viendo pasar por su lado un inmenso carguero. El amigo de Xabi, si Wilson, fue anoche Di María, quien recuperó la versión más disparatada de su juego para pelearse con los rivales, insultar al árbitro, provocar un penalty y dar dos goles. Alargó 6 minutos el referí pero el Madrid sólo pudo empatar en el 95 con un gol superlativo de Cristiano: capturó la pelota en mitad del área ejecutando un escorzo en escorpión. Una maravilla. Sirvió sólo para recortar un punto al Atlético y fiar ya del todo cualquier atisbo de victoria final en la Liga al Barcelona, lo cual no deja de ser gracioso. El Madrid que más cerca está de ganar el triplete en toda su Historia depende para ello de un equipo que, desde Martino a Messi, parecen los extras del videoclip de Thriller. Los no muertos de Can Baggsa.

Estructuras anfibias

2 mar

Hasta que llegó Simeone, el Madrid visitaba el Calderón como una excursión de alemanes a la que llevan a los suburbios en un autobús descapotable, de esos panorámicos, para que vean cómo es la España que no sale en los folletos que les vendió su turoperador. Después del Cholo, entra como un regimiento de rangers americanos en el centro de Faluya: con blindaje hasta en el cielo de la boca. La eliminatoria de Copa que hace un mes ganó con comodidad el Real al Atlético dejó secuelas: emocionales y tácticas. Diego Costa saltó hoy al campo con una factura larguísima en el bolsillo, dispuesto a cobrársela al contado a Pepe, Ramos y Arbeloa. Con esa sonrisa asesina que debe ser la misma que pone un sicario albanokosovar antes de ejecutar un encargo. Simeone también tenía otra muesca: el centro del campo. El argentino es un tío muy listo al que se la puedes dar una vez, pero a la siguiente estará esperándote con la navaja extensible escondida en el puño de la camisa. El Madrid de Ancelotti es, como si dijéramos, un organismo compuesto por diferentes entidades autónomas. No es, por ejemplo, como el equipo de su antecesor, Mourinho, ni como el del mismo Simeone, quienes se caracterizan por construir ejércitos de piedra con un sólo espíritu y un único panel de mandos: ellos mismos, el banquillo. En cambio, Ancelotti traslada el poder ejecutivo al césped. Ellos juegan, ellos deciden, yo sólo dispongo. Esto, como todo, tiene sus ventajas y sus inconvenientes: la estructura homogénea gana y se derrumba como una torre compacta, y el federalismo asimétrico de la gente como Carlo -o Del Bosque- desagua un buen trabajo colectivo por una única cañería defectuosa o, al revés, es capaz de conquistar algunas metas volantes gracias a la virtud de una de sus partes. Algo así ocurrió hoy en el Calderón, visto el partido como un diagrama geopolítico de los que resuelven los analistas de la CIA.

El Atlético de Madrid salió de toriles embistiendo con la furia de todos los parias del Universo juntos a la vez, puestos en pie, odiando fuerte. Pero a los 3 minutos el Madrid consiguió un córner. Modric la sacó en corto, Di María caracoleó sobre la cornisa del área rival, y con la retaguardia atlética haciendo el fuera de juego metió un balón diagonal que Benzema, escondido en el desván de Courtois, enganchó a gol con facilidad. El 0-1, totalmente legal a pesar de que el Realizador del Plus (en mayúsculas, por supuesto. La máxima autoridad en materia de propaganda y manipulación visual de España merece todos mis respetos) se empeñase en suscitar la ira de los bares de esa España fea, hortera y que huele a ajo, que es la antimadridista. El gol no alteró el guión: Ancelotti plantó en los laterales a sus guardias jurado, Arbeloa y Coentrao, esperando un calco de la ida de Copa en el Bernabéu. No se equivocó. Simeone recuperó a Luis Filipe y a Juanfran, la llave maestra de su plan de choque: adelantada la línea de 4 rojiblanca, Luka Alonso, el binomio medular madridista, quedaba ahogado por un tsunami termodinámico. Koke, Turan, Gabi, Raúl García y los laterales empujando, oprimieron la línea de flotación de Ancelotti hasta hundir el barco en mitad del Manzanares. Aun con el resultado a favor, ni Modric ni Alonso imantaron la pelota lo suficiente como para hilvanar la tela con la que terminan atrapando los partidos. Diego Costa pivotó entre Pepe y Ramos con la esperada agresividad patibularia, y esta vez el duelo cayó de su lado. Supo desquiciar a dos defensas que llevan desde Navidad jugando con el bozal puesto. Lo hizo fácil, sencillo, directo. A Pepe empezaron a ponérsele los ojos en blanco, y Ramos se vio a sí mismo con demasiada responsabilidad.

Modric debió asustarse al recordarle todo aquello el fuego de mortero serbio sobre su vieja casa de Zadar, y simplemente desapareció. Con él, el Madrid. Di María, gendarme plenipotenciario cuando Xabi y Luka dictaminan sobre lo permitido y lo conveniente en los partidos, fue la salida natural de los centrales cuando, agobiados por la presión atlética sobre la primera jugada madridista, pedían auxilio con el balón. Desactivados 2 de los 3 ejes naturales del Madrid, Simeone subió los decibelios hasta que al Real le estalló el iPod en los oídos: Koke recibió un pase filtrado de Arda en una solitud desacostumbrada, extraña, inesperada, a 2 metros de Superlópez y absolutamente libre de marca. Su trallazo fue como un flechazo sioux en el costado madridista. A partir de ahí todo fue una sucesión de golpes, caídas, contragolpes furibundos del Atlético y desorientación de los visitantes: la Mara del Cholo había encerrado al Madrid en un callejón sin salida, rompió las farolas y se aplicó con ansiedad eléctrica en el navajeo en corto. Bale, Benzema y Cristiano flotaban por los tres cuartos de cancha local como la isla esa que está naciendo delante de El Hierro: un volcán que rugía sin entrar en erupción. Karim conectó un latigazo en tres dimensiones de una pelota que Di María mandó a la frontal atlética como se le tira un chaleco salvavidas a un náufrago que está a la deriva. Los velociraptors orbitaban sobre la alfombra de Courtois como si fueran chatarra espacial girando alrededor de la Tierra: era un sitio que estaba lejísimos de donde se estaban matando a tiros y puñaladas. Y eso fue el 2-1, una puñalada: al 45 de juego, Gabi avanzó sin oposición alguna hasta que le zumbó al balón con la violencia del desheredado por la vida y por el fúbol, y por la fama. Llamarte Gabi y ser capitán del Atlético es como que por Reyes te regalen un puzzle, y tú te tienes que joder, conformándote sin el Action Man. Pues Gabi marcó un golazo que a Diego López se le escurrió entre las yemas de los dedos: la irregularidad en la portería afecta más a quien no tiene el Gramma de su parte. Superlópez es un héroe de la calle, pero no tiene baraka. Desde el rejonazo de Gabi, mostró cierta inseguridad que la combustibilidad del ambiente no ayudará a mejorar esta semana. Vienen tiempos duros para los outsiders.

En la segunda parte, el Madrid se libró del 4-1 hacia el que el Destino y el contexto volcaban el partido. Diego Costa siguió hiriendo la espalda de los centrales con esquizofrénica tenacidad hasta que los cambios de Ancelotti redujeron al Atlético a la condición del oso cansado que tira zarpazos al aire mientras los pitbulls les roen las entrañas. Una y otra vez, yendo y viniendo, como un hormiguero enfurecido. Carletto sacó sus pitbulls: Carvajal, Marcelo y Alarcón, e introdujo el partido en una espiral de caos controlado que terminó inevitablemente con Simeone pidiendo la hora. Con los laterales amables, Modric ganó superioridad en el centro del campo; Xabi instaló el campamento entre los centrales, y el carril derecho encontró, de pronto, la profundidad ausente con Arbeloa, que dejaba a Bale huérfano de espacio y velocidad. Ronaldo, maniatado los 70 minutos anteriores, empezó a agitarse por la media luna atlética. El Madrid superó entonces al Atlético desde donde había estado perdiendo el partido hasta el momento: las dualidades autónomas Peperamos, Luka Alonso y Benzema-Ronaldo activaron su núcleo de fisión y Simeone, entonces, gestionó muy mal los cambios: sólo agotó uno, y el cuerpo marmóreo de su Atlético se disolvió sin que nadie más que las cabalgadas fantasmales de Costa se atreviesen a cuestionar el nuevo orden del partido. Tras varios avisos, Carvajal holló por fin la línea de fondo virgen con bota de conquistador, centró atrás y Cristiano selló un empate que pudo ser victoria si Ancelotti y Zidane no hubieran sido educados tácticamente por Sacchi, Capello y Lippi. El Madrid salvó un punto cuyo valor estratégico es incalculable. Con la visita de la Agencia Tributaria a Chamartín en el horizonte y la regularidad metafísica que ha adquirido este equipo en la cara B de la Liga, Ancelotti negocia victorias parciales y cesiones calculadas. Este punto, y el goal-average, es una de ellas. Bien está.

Riot propaganda

12 feb

Media entrada en el Calderón y 0-2 en el minuto 15 de partido. Así, en frío, corta la digestión. Eso fue lo que le pasó al Atlético, que ya venía indispuesto desde la caseta: Simeone puso a Miranda en el centro de la defensa y lo rodeó de un pintor, un fontanero y un escayolista. Se preveía arreón inicial en los minutos de tanteo, o al menos alguna que otra cornada de amor propio. Algo, en definitiva, que darle a los plumillas con que empezar la crónica. Pero cuando no hay juego, la brocha se vuelve muy fina, por inercia. Y uno se ve abocado al impresionismo. Eso es lo que me quedó cuando Cristiano Ronaldo puso a Aranzubía frente al pelotón de fusilamiento por segunda vez en un rato. La eliminatoria estaba resuelta, 5-0, y empecé a oler mecha ardiendo detrás del banquillo local: un Atlético de cóctel incendiario y capucha que convirtió el resto de la primera parte en una bronca desacompasada, permanente, molesta y zafia. Tanto como Raúl García, que es un futbolista áspero y malencarado, como salido de una película de Almodóvar. El árbitro señaló dos penaltis en apenas cinco minutos. Fueron tan diáfanos que al Atlético no le quedó ni el consuelo de quejarse. Dos torpezas de sus laterales, Manquillo e Insúa, que atropellaron a Ronaldo y Bale sin poder huir de la escena del crimen. Ahí terminó la semifinal.

Después, el Madrid pudo aniquilar la decaída moral del vecino pero lo dejó pasar, con suficiencia. La noche no daba para mucho más. El equipo de Ancelotti se dedicó a dominar el partido con un rondo sin contemplaciones. De Modric a Ramos, de éste a Varane, de Arbeloa a Xabi, pase al otro lado para Carvajal y vuelta a empezar con Modric. La sumisión del Atlético, hasta la semana pasada un golem temible, era absoluta. Por un instante creí estar viendo al Barcelona de Guardiola: la defensa con balón que hizo el Madrid anoche en el Calderón fue a ráfagas puro tikinaccio. Economizar el gasto energético manteniendo la posesión no por inercia sociocultural, sino por la sencilla razón de que en el campo tienes a gente que puede hacerlo. Con Varane, Ramos, Carvajal, Modric, Illarra y Alonso, Ancelotti parecía ayer un españolito de infantería dándole vueltas al contador de la luz, buscando el gasto cero. El rival, sin el faro de Arda ni la referencia de ningún punta -jugó Adrián, o eso dice la ficha técnica- se dedicó a perseguir sombras blancas: parecía el patio de un colegio, todos detrás de una pelota a la que llegaban siempre cuando los madridistas se daban la vuelta. Don Carlo probó a Isco Alarcón donde Benzema, y permutó su posición con Bale y Cristiano durante todo el partido, lo que derivó en la ausencia efectiva de una referencia clara en la delantera, huérfana de Benzema. Sirvió, no obstante, como propósito a los planes del Madrid, que dejó que su frente de ataque agitase la dubitativa salida del balón local abriendo y cerrando muchas puertas a lo largo del pasillo central del Atlético.

El cambio de ubicación benefición a Isco. Liberado de toda responsabilidad defensiva -más allá del tibio pressing de la primera línea ofensiva- el malagueño destacó en el centro de la pista de baile, donde le gusta a las divas. Alarcón lo es. Necesita que tanto el rival como el espectador lo enfoquen. Necesita luces y taquígrafos, y que al terminar, su marcador le pida la camiseta. Ayer estaba cómodo y se notó desde que terminó su pared con Bale, en el segundo penalty, de un taconazo flamenco. Atrajo las estacas atléticas y habilitó espacios para los dos velociraptors, que no aprovecharon más el hueco abierto entre Arroyo de la Miel y la Puerta de Toledo porque llovía, hacía frío y el rival pedía perdón desde el calentamiento. Isco fue lo más notable de la noche en lo balompédico: el Madrid jamás permitió que Simeone entrase en la eliminatoria. El ejercicio competitivo del Real me dejó en el paladar el sabor de un equipo maduro capaz de entender la compleja ecuación entre necesidades, posibilidades y prioridades, eso que otros años pareció a veces jeroglífico. Ahí se pierden imperios, y también se ganan. Con esta eliminatoria, el Madrid se ha ganado a sí mismo, dando con ello un golpe de Estado cuyo impacto emocional en su vecino sioux se verá en el próximo derby: ambos equipos habrán de verse en el mismo escenario pero con la Liga en juego y Shalke y Milan mirando desde la barrera.

Al filo del descanso Cristiano y Manquillo saltaron a por el mismo balón. La diferencia entre las masas musculares de ambos, y la velocidad con la que encararon el brinco, quedó retratada en la demoledora caída del jugador atlético, quien se contorsionó en el aire y cayó mal, rematadamente mal. Tanto que pudo haberse roto el cuello. Por fortuna, quedó en un susto, y en un esguince cervical milagroso: la imagen del pobre lateral rojiblanco sobre el césped fue terrible, sobrecogedora. Alguien, en la grada, encontró el pretexto perfecto para desahogar la frustración acumulada durante una semana de pavorosa reducción de la autoestima atlética: lanzó con excelsa puntería un mechero que se reventó en el parietal de Cristiano Ronaldo. La secuencia no deja lugar a dudas: ahora queda el paripé de los comités, tan prolijos en España como las setas, o como los estatutos de autonomía y los centros de interpretación. Cuando el sol se apague y sobre la faz de la tierra sólo queden Viggo Mortensen, su hijo y unos cuantos caníbales, el Camp Nou seguirá sin cumplir la sanción por lo del cochinillo, así que no esperen ver el Calderón cerrado por esto. La fogosidad arrabalera de la tribuna se contagió al césped, donde Raúl García, el capitán atlético, se empeñó en salir en una foto con Xabi Alonso. Este jugador, al que David Beckham inmortalizó con aquel célebre ¿tú quién eres? Eres muy feo, es el vivo retrato de una España cañí, fea y grasienta, para la que gente como Ronaldo, Xabi o Becks son purititos casus belli: esculturas a tamaño natural de lo que no serán en toda su vida.

Terribilitá

6 feb

Un buen partido del Madrid, un partido grande de verdad, deja una desoladora evidencia: no se puede escribir nada mejor que lo que uno ha sentido viéndolo. Cuando el Madrid juega poseído por un furor dionisíaco, aplasta. Casi siempre al espectador y generalmente a los rivales. El Madrid de Ancelotti había transmitido ideas, nociones más o menos abstractas, conceptuales, pero hoy fue terribilitá. Me recordó, en cierta medida, a la vuelta contra el Dortmund del pasado mes de abril. Desde entonces no había visto un Real tan efervescente: el Bernabéu parecía una cerilla gigantesca, a la que sólo había que prender con un poco de gasolina. Las dos derrotas frente al Atlético tras 14 años de hegemonía amable, sencilla, paternal, habían tocado algunas teclas. Una parte de la afición recibía a los rojiblancos con aprensión -elegante eufemismo de jindama- pero otra emuló al Coliseo rugiendo con la salida de unos cristianos a punto de ser devorados por el león. El equipo se contagió de la ira colectiva y decidió ajustar cuentas pendientes desde el pitido inicial dominando el territorio de lo emocional, lugar donde a este grupo forjado por la gubia de Mourinho se le han terminado yendo las grandes ocasiones.

La primera media hora fue carcelaria. Arbeloa, Ramos, Pepe, Coentrao y Xabi Alonso desquiciaron a Diego Costa. Cada vez que el balón se acercaba a la trinchera madridista, las cámaras lo grababan todo con el plano cenital con el que los telediarios retransmiten desde un helicóptero los motines en los presidios de Sudamérica. Fue una lección de balompié subrepticio, del que nunca salió en las Futbolecciones de Valdano. Costa, que es un extraordinario delantero centro, también es avezado en la suerte del navajeo en corto. Ayer encontró en eso rivales de altura. Pepe y Ramos, disfrazados de 2012, lo engancharon por derecho: parecían dos subalternos pegándole muletazos. Entre quite va y quite viene, Arbeloa le tarascó tres o cuatro veces sin que Clos Gómez lo viera. Así es como zurran los artesanos del oficio, siempre en la nuca del árbitro. Coentrao y Xabi se iban turnando en la suerte de banderillas, y sobre el minuto 35 Diego Costa era un miura al que habían pasado ya por el caballo del picador. El ejercicio de punch colectivo del Madrid, anoche, fue soberbio, ejecutado con inesperada eficacia. Pepe nunca perdió el temple, y en su cara volvió a asomar la sonrisa esquizoide que tanto echábamos de menos. Debajo de esa apariencia sacerdotal, oculto tras esa melena de seminarista repartiendo biblias a la puerta de un instituto, todavía late el pandillero de Stanley Kubrick. Ancelotti le administra el litio con mano experta, y de momento Kepler rinde a niveles notabilísimos.

Suyo fue el primer gol. Sujetos Costa y anulados Turan, Diego y Koke, el Atlético quedó maniatado por la hiperactividad de Modric y el vuelo corto de Di María, Jesé, Benzema y Cristiano alrededor de la frontal de Courtois. El Madrid tanteaba la rocosidad de la pareja Miranda-Godín con combinaciones fugaces en tres cuartos de cancha y llegadas hasta la línea de fondo, pero el blindaje lo hizo saltar Pepe con un trallazo desde el loquero. Se aventuró hasta el limes de los centrales, que es esa zona desde la que se ve muy grande la portería del contrario y atrás queda todo un océano infestado de piratas, y  chutó con determinación. El balón golpeó en Insúa, un tipo al que Simeone ha alistado para el lateral izquierdo, y la trayectoria se desvió en una bonita parábola que Courtois sólo pudo seguir con la mirada. El gol fue justo y desde ahí sólo existió el Madrid, que redujo al líder de la Liga a una pequeñez impropia de la condición mostrada durante toda esta temporada. El Atlético de Simeone, por fin, se parecía a las miniaturas enloquecidas que el Madrid almacenaba en un estante del salón con pulso de coleccionista tras cada derby.

En la segunda parte el Atlético bombeó un par de balones sobre la portería de Casillas, al principio, en un amago de reacción forzada, pero tras varios esláloms de Modric -que ayer parecía Alberto Tomba esquiando entre la impotente medular atlética- el juego siguió por la pendiente por la que se había volcado el Bernabéu hacia la portería contraria. Los locales continuaron tan conectados al partido que no cedieron un palmo por el que la Mara del Cholo pudiera meterse. Parecían el mejor Milan de Ancelotti, por cómo competían. Ramos y Pepe adelantaron la defensa madridista tan arriba que asfixiaron cada salida del contrario, permitiendo al trivote centrocampista un mayor margen a la hora de recuperar, posicionarse y salir jugando. El Madrid rescataba balones en mitad de la selva rojiblanca y llegaba con toda la tropa al área adversaria, de manera que casi siempre la segunda jugada, el rebote y las esquirlas caían de nuevo a los pies de los blancos. Alrededor del minuto 20, en la segunda parte, Di María caminaba como un funambulista desde el carril izquierdo hacia el pasillo central, y Jesé, Cristiano y Benzema iniciaron un desmarque de ruptura a la vez. En manada. El argentino envolvió con el empeine una pelota prodigiosa, geométrica, al hueco por donde apareció Jesé adelantándose a su marcador. El canario acompañó la trayectoria natural del balón con su bota derecha y Courtouis se lo tragó. Con el 2-0 el Madrid se desató mientras Chamartín bullía en un éxtasis grupal. Di María culminó su partido limpiando a Diego Costa para la vuelta dándole un rodillazo en las costillas después de hacerle falta. Costa, a esas alturas, fuera del partido, respondió con un empujón que lanzó al aire a Di María en las mismas narices de Clos Gómez. La picardía fue tan inteligente que podía haber salido en el Guzmán Alfarache de Mateo Alemán. A partir de ahí el Madrid se dedicó a surfear la ola del Bernabéu encendido, que cuando truena parecen oírse las trompetas del Apocalipsis y tiene la fuerza destructiva de un temporal en el Cantábrico.

El Atlético sólo estuvo una vez cerca del gol: con 2-0, Godín remató un córner en el que Casillas se quedó leyendo el horóscopo y bajo palos llegó Modric, disfrazado de superman, para sacar una pelota que se envenenaba hacia el 2-1. Justo después llegó el 3-0. Di María condujo hasta que se le apagó la luz, y decidió chutar desde lejos. La pelota dio en el tacón de Miranda, que se quitaba para no molestar, y como en el 1-0, Courtois la maldijo con la mirada. Ahí terminó un partido extraordinario que añoró a Cristiano, que anoche sólo veía una mancha roja. Ronaldo parece afectado por la verbena de Ayza Gámez, el comité y la inexplicable sanción: frente al Atlético se movió por impulsos instintivos, cegado por un salvaje egoísmo al final, viendo que se le ganaba 3-0 al odiado rival sin ningún gol suyo. Ancelotti dio por fin el golpe emocional que el Madrid necesitaba para encaramarse a la primera final de la temporada, y los agoreros empiezan a mirar el cielo esperando una señal que confirme sus oscuros vaticinios. De momento, el cielo sigue despejándose, y en 10 partidos jugados en 2014 el Real sólo ha encajado un gol. Al Calderón deberán marchar los antidisturbios, puesto que cosas más grandes ha visto Carletto, pero el poso heroico de una victoria sin contestaciones se queda ya en los paladares propios. También en los ajenos.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 281 seguidores

%d personas les gusta esto: