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Deus ex machina

30 mar

Antes de la lluvia, cierra bien la puerta. El Bernabéu estaba medio vacío, y me imagino por qué. Hacía frío, llovía y el metro atestado de gente y de humedades es una mazmorra infernal. Les comprendo. Hay días en que el hecho físico de ir a ver el Madrid requiere un ejercicio de fe. De voluntad. Tanto da si hay que desplazarse al bar o al estadio. Ayer era uno de esos días. Lluvia ácida sobre Chamartín y en las tribunas se veían las letras blancas sobre el azul predominante de la platea del Bernabéu. Mal asunto. El madridismo transita por el punto más bajo de confianza en sí mismo de toda la temporada. Toda la autoestima de este equipo se esfumó de golpe con el 3-4 del domingo pasado. Encima, Klopp está cruzando los Alpes montado en elefante, y lo que hace una semana era un rival antaño temible venido a menos y con muchas bajas, es ahora, otra vez, el ogro amarillo de Westfalia. No importa que vayan a jugar 4 de los titulares que machacaron a Mourinho cuando su Madrid ya era un Frankestein. Este equipo ha sido capaz de resucitar a Messi y hacer de Rakitic un espectro caníbal: vuelven a verse sombras rubias tirando paredes al primer toque por las marquesinas de La Castellana.

Se presentaba Jémez con su Rayo de diseño pero a nadie parecía importarle un carajo. Ni Jémez, ni su Rayo, ni el partido. Paco Jémez, otrora conocido como Paqui el de la Larga Cabellera Gitana al Viento, es un tipo curioso. Ha sabido reinventarse a sí mismo con una maestría digna de aplauso. De central tosco, feo, arrabalero, cuyo logro más singular fue quitarle la titularidad a Fernando Hierro en la Eurocopa del año 2000 y jugar en la UD Las Palmas que ganó al Madrid de Zidane -en sus primeros partidos en España, cuando el Madrid era un ente faraónico que fascinaba y repugnaba por igual a las masas y todo el mundo quería ganar al Madrid de Zidane para salir en el telediario- a entrenador de culto. Calvo, con sus foulards y sus camisas rosas, sus fotos en blanco y negro y su labia de vendedor de crecepelos. Es encomiable la labor de este hombre, el empeño que ha puesto en comprarse otra identidad. En construírsela. Cae en gracia a la opinión públia, y por eso su Rayo es un paradigma del fútbol HD a pesar de ser el equipo más goleado del campeonato. Así se escribe la Historia. Su Rayo, no obstante, vino al Bernabéu sin convicción, consciente de que se cruzaba con un Madrid borracho y loco. El 5-0 estaba ya escrito en la cara de Ronaldo cuando las cámaras lo enfocaron en el túnel de vestuarios.

Ancelotti recompuso el lateral izquierdo pensando en los alemanes. Coentrao jugará el miércoles, esto lo sabe hasta el último emperador de Constantinopla. Marcelo ha pasado desapercibido en el repudio colectivo que se ha hecho de los laterales del Madrid en la última semana: todo el escupitajo se ha centrado en Carvajal, pero el salón del cómic del otro día en Sevilla ha pasado factura también para él en la pizarra de Carletto. Peperamos recuperó su sitio, y sólo queda agarrar bien fuerte las cuentas del Rosario y drogarse antes del partido del miércoles para verlo todo como en una nebulosa tridimensional. Modric, con fiebre, se quedó fuera: todo el mundo pudo ocuparse ya sin rubor en criticar abiertamente a Xabi Alonso. La tormenta se ha llevado por delante la intocabilidad de su figura, hasta hace unos días venerada como una reliquia de beato en el Madrid. La gente que fue al Bernabéu anoche estaba como poseída de una furia iconoclasta: se pitó a Cristiano Ronaldo por no cederle un gol cantado, con 4-0, a Morata. La mente colmena de este estadio es laberíntica, está sembrada de cadáveres, de opiniones de Roncero esculpidas en mármol y de nauseabundas  portadas de Marca. Ayer se silbó a Benzema y también a Diego López, siendo aplaudido de nuevo Morata, quien el día del Schalke por poco no tiene que salir del campo protegido por la UIP.

Diego López es ya el Cachorro en Viernes Santo atravesando el puente de Triana. Cualquier día se arranca uno de la grada y le canta una saeta. Con este hombre están haciendo una carnicería mediática absurda, rastrera, ruin, peligrosa. Nada que no le hubieran hecho antes a Capello o Mourinho, pero no menos lacerante por eso. De Diego molesta ya hasta su misma presencia física: no me extrañaría que Relaño sermonease a las masas desde su púlpito en AS pidiendo que lo recluyan en una celda. Benzema, el mejor jugador del Madrid en este momento concreto, fue pitado porque hacía frío en el Bernabéu, llovía a cántaros, en el sofá de casa se está mucho mejor y qué coñazo estar aquí viendo a estos mataos pudiendo ver Los secretos de Laura en DVD, que me los ha regalado mi cuñado. Ronaldo marcó el primero, Carvajal definió con la zurda el 2-0, Bale metió el tercero, también en cuarto en recorrida memorable a la que quizá dediquen un artículo en Ecos del Balón, y Morata cerró el partido con un latigazo desde fuera del área muy macarrónico, heterodoxo y bello. Le sienta bien el rapado al chaval, sigue teniendo la misma pata de palo pero así guarda un aire subversivo, rebelde, como de antihéroe desesperado dispuesto a sacrificarse fanáticamente al final de la peli, por el bien común. El Madrid está ante una encrucijada de la que sólo puede sacarle un resultado asombroso y favorable, muy favorable, el miércoles ante el monstruo de Klopp: pero eso también es el Madrid, quizás. Un Deus ex machina esquizofrénico.

Terribilitá

6 feb

Un buen partido del Madrid, un partido grande de verdad, deja una desoladora evidencia: no se puede escribir nada mejor que lo que uno ha sentido viéndolo. Cuando el Madrid juega poseído por un furor dionisíaco, aplasta. Casi siempre al espectador y generalmente a los rivales. El Madrid de Ancelotti había transmitido ideas, nociones más o menos abstractas, conceptuales, pero hoy fue terribilitá. Me recordó, en cierta medida, a la vuelta contra el Dortmund del pasado mes de abril. Desde entonces no había visto un Real tan efervescente: el Bernabéu parecía una cerilla gigantesca, a la que sólo había que prender con un poco de gasolina. Las dos derrotas frente al Atlético tras 14 años de hegemonía amable, sencilla, paternal, habían tocado algunas teclas. Una parte de la afición recibía a los rojiblancos con aprensión -elegante eufemismo de jindama- pero otra emuló al Coliseo rugiendo con la salida de unos cristianos a punto de ser devorados por el león. El equipo se contagió de la ira colectiva y decidió ajustar cuentas pendientes desde el pitido inicial dominando el territorio de lo emocional, lugar donde a este grupo forjado por la gubia de Mourinho se le han terminado yendo las grandes ocasiones.

La primera media hora fue carcelaria. Arbeloa, Ramos, Pepe, Coentrao y Xabi Alonso desquiciaron a Diego Costa. Cada vez que el balón se acercaba a la trinchera madridista, las cámaras lo grababan todo con el plano cenital con el que los telediarios retransmiten desde un helicóptero los motines en los presidios de Sudamérica. Fue una lección de balompié subrepticio, del que nunca salió en las Futbolecciones de Valdano. Costa, que es un extraordinario delantero centro, también es avezado en la suerte del navajeo en corto. Ayer encontró en eso rivales de altura. Pepe y Ramos, disfrazados de 2012, lo engancharon por derecho: parecían dos subalternos pegándole muletazos. Entre quite va y quite viene, Arbeloa le tarascó tres o cuatro veces sin que Clos Gómez lo viera. Así es como zurran los artesanos del oficio, siempre en la nuca del árbitro. Coentrao y Xabi se iban turnando en la suerte de banderillas, y sobre el minuto 35 Diego Costa era un miura al que habían pasado ya por el caballo del picador. El ejercicio de punch colectivo del Madrid, anoche, fue soberbio, ejecutado con inesperada eficacia. Pepe nunca perdió el temple, y en su cara volvió a asomar la sonrisa esquizoide que tanto echábamos de menos. Debajo de esa apariencia sacerdotal, oculto tras esa melena de seminarista repartiendo biblias a la puerta de un instituto, todavía late el pandillero de Stanley Kubrick. Ancelotti le administra el litio con mano experta, y de momento Kepler rinde a niveles notabilísimos.

Suyo fue el primer gol. Sujetos Costa y anulados Turan, Diego y Koke, el Atlético quedó maniatado por la hiperactividad de Modric y el vuelo corto de Di María, Jesé, Benzema y Cristiano alrededor de la frontal de Courtois. El Madrid tanteaba la rocosidad de la pareja Miranda-Godín con combinaciones fugaces en tres cuartos de cancha y llegadas hasta la línea de fondo, pero el blindaje lo hizo saltar Pepe con un trallazo desde el loquero. Se aventuró hasta el limes de los centrales, que es esa zona desde la que se ve muy grande la portería del contrario y atrás queda todo un océano infestado de piratas, y  chutó con determinación. El balón golpeó en Insúa, un tipo al que Simeone ha alistado para el lateral izquierdo, y la trayectoria se desvió en una bonita parábola que Courtois sólo pudo seguir con la mirada. El gol fue justo y desde ahí sólo existió el Madrid, que redujo al líder de la Liga a una pequeñez impropia de la condición mostrada durante toda esta temporada. El Atlético de Simeone, por fin, se parecía a las miniaturas enloquecidas que el Madrid almacenaba en un estante del salón con pulso de coleccionista tras cada derby.

En la segunda parte el Atlético bombeó un par de balones sobre la portería de Casillas, al principio, en un amago de reacción forzada, pero tras varios esláloms de Modric -que ayer parecía Alberto Tomba esquiando entre la impotente medular atlética- el juego siguió por la pendiente por la que se había volcado el Bernabéu hacia la portería contraria. Los locales continuaron tan conectados al partido que no cedieron un palmo por el que la Mara del Cholo pudiera meterse. Parecían el mejor Milan de Ancelotti, por cómo competían. Ramos y Pepe adelantaron la defensa madridista tan arriba que asfixiaron cada salida del contrario, permitiendo al trivote centrocampista un mayor margen a la hora de recuperar, posicionarse y salir jugando. El Madrid rescataba balones en mitad de la selva rojiblanca y llegaba con toda la tropa al área adversaria, de manera que casi siempre la segunda jugada, el rebote y las esquirlas caían de nuevo a los pies de los blancos. Alrededor del minuto 20, en la segunda parte, Di María caminaba como un funambulista desde el carril izquierdo hacia el pasillo central, y Jesé, Cristiano y Benzema iniciaron un desmarque de ruptura a la vez. En manada. El argentino envolvió con el empeine una pelota prodigiosa, geométrica, al hueco por donde apareció Jesé adelantándose a su marcador. El canario acompañó la trayectoria natural del balón con su bota derecha y Courtouis se lo tragó. Con el 2-0 el Madrid se desató mientras Chamartín bullía en un éxtasis grupal. Di María culminó su partido limpiando a Diego Costa para la vuelta dándole un rodillazo en las costillas después de hacerle falta. Costa, a esas alturas, fuera del partido, respondió con un empujón que lanzó al aire a Di María en las mismas narices de Clos Gómez. La picardía fue tan inteligente que podía haber salido en el Guzmán Alfarache de Mateo Alemán. A partir de ahí el Madrid se dedicó a surfear la ola del Bernabéu encendido, que cuando truena parecen oírse las trompetas del Apocalipsis y tiene la fuerza destructiva de un temporal en el Cantábrico.

El Atlético sólo estuvo una vez cerca del gol: con 2-0, Godín remató un córner en el que Casillas se quedó leyendo el horóscopo y bajo palos llegó Modric, disfrazado de superman, para sacar una pelota que se envenenaba hacia el 2-1. Justo después llegó el 3-0. Di María condujo hasta que se le apagó la luz, y decidió chutar desde lejos. La pelota dio en el tacón de Miranda, que se quitaba para no molestar, y como en el 1-0, Courtois la maldijo con la mirada. Ahí terminó un partido extraordinario que añoró a Cristiano, que anoche sólo veía una mancha roja. Ronaldo parece afectado por la verbena de Ayza Gámez, el comité y la inexplicable sanción: frente al Atlético se movió por impulsos instintivos, cegado por un salvaje egoísmo al final, viendo que se le ganaba 3-0 al odiado rival sin ningún gol suyo. Ancelotti dio por fin el golpe emocional que el Madrid necesitaba para encaramarse a la primera final de la temporada, y los agoreros empiezan a mirar el cielo esperando una señal que confirme sus oscuros vaticinios. De momento, el cielo sigue despejándose, y en 10 partidos jugados en 2014 el Real sólo ha encajado un gol. Al Calderón deberán marchar los antidisturbios, puesto que cosas más grandes ha visto Carletto, pero el poso heroico de una victoria sin contestaciones se queda ya en los paladares propios. También en los ajenos.

Ser freelance

31 ene

Estar parado no es glamouroso. Y en esto, creo, convenimos todos. Vivimos en un tiempo en que está censurada de forma táctica cualquier expresión pública de negatividad. Uno puede decir en Twitter que está surfeando en Groenlandia, o actualizar el estado de Facebook con un ¡Haciendo puenting sobre el río Kwai! pero no ose asegurar que está triste, molesto o melancólico. Da igual la razón: en la post-postmodernidad uno tiene que estar feliz siempre. Full time. O como la mujer del César, parecerlo. Mostrarse alegre, dicharachero, jovial, y siempre positivo, como un guiñol de Van Gaal lanzándole ladrillos de flower power a todo quisqui por las redes sociales. En este contexto de anulación belicosa de la tristeza, decir estoy parado es como un insulto a la estética dominante. Una transgresión intolerable, porque la perífrasis lleva implícito lo negativo que, obviamente, resulta encontrarse sin ingresos. Por eso, y porque desempleado suena muy forzado, como si fuese algún logaritmo técnico que sólo se le permite usar al Gobierno o a los sindicatos, está de moda presumir de uno mismo definiéndose como freelance. Hola, qué tal, soy un freelance. Y lo molo todo. Reflexionando últimamente sobre esto, he concluido que ser un freelance es tener estudios -de lo que sea- y yacer en el sofá, más parado que un avión de mármol. Soy tan freelance que no me llama nadie. Es, claro, un intento quizá voluntariosamente naïf de encontrar un hueco en un mercado que se cierra delante de los jóvenes licenciados como el Inter de Mourinho defendiendo un 3-1 en el Camp Nou. No sé si fue culpa nuestra, o si tuvimos la mala suerte de nacer en medio de un pantagruélico reajuste de las condiciones laborales universales, pero aquello que nos decía, cuando éramos pequeños, nuestra abuela de estudia, hijo, estudia y lábrate un futuro, ha devenido en una condena para nosotros mismos. ¿Qué debimos haber hecho? Nos estaremos preguntando eso toda la vida, pero, mientras, arañamos la puerta del mercado como canteranos correteando con el peto puesto por la banda del Bernabéu. Y, obviamente, nos autoproclamamos freelance porque así aparentamos una proactividad que se nos exige desde Infojobs. Tienes que moverte, hijo. Moverte por ahí. Me pregunto todos los días qué significará eso. ¿Dar vueltas alrededor de la sede del INEM? No paro de moverme rotando sobre mi propio eje y alrededor del sol, pero lo único que, hasta el momento, he podido hallar es una palabra: freelance. Fabuloso ejercicio de candidez, porque ser freelance es hacer alguna cosa, escribir en cinco medios online de forma gratuita y poner la bio de Twitter en inglés debajo de un avatar en blanco y negro. Ir de aquí para allá, no yendo hacia ninguna parte, y al mismo tiempo, más agobiado que Jack Lemmon en El Apartamento.

Panic in the streets

7 ene

La marcha de Barcelona y Atlético por esta Liga está siendo inusualmente eficaz. No sorprende tanto la barcelonista, un equipo mecido por la inercia competitiva de un lustro prodigioso -aunque ya sólo brille la herrumbre, y a los marcados signos de decadencia deportiva se una la intocabilidad contractual de las vacas sagradas- como la rojiblanca: están ganando partidos a ritmo fabril, mostrando una fiabilidad prusiana. El demiurgo costumbrista que había convertido al segundo equipo de Madrid en un guiñapo de deslices ridículos y muertes a cámara lenta parece haberse transformado: gloria al Cholo en las alturas. Esta insistencia en la victoria de los enemigos del Madrid constriñe al aficionado blanco medio como si fuera una suerte de estreñimiento. Un molesto dolor en el costado, que se acrecienta con cada jornada y con cada gol de Diego Costa: uno mira con dejadez el resumen de la jornada los domingos al mediodía, con toda la resaca regurgitando en las sienes, y piensa pero cuando coño van a palmar estos hijos de puta. Con esta extraña situación sobrevolando Chamartín, comenzó el Real Madrid-Celta de ayer. Día de Reyes, 7 de la tarde, el Bernabéu repitiendo carbón en el centro de su defensa y Luis Enrique, el ínclito ángel negro que se pasó al lado oscuro por pura perfidia, en la trinchera de enfrente. Con Bale y Jesé en el banquillo, Ancelotti apostó por lo canónico: Xabi-Modric, Isco flotando por delante, Di María y Cristiano batiendo alas y Benzema en la centinela perdida. Atrás, Marcelo y Carvajal como concesión a los cientos de niños y familias que visitaban el Bernabéu.

Sin embargo, no dio tiempo siquiera a bostezar y los chicos de la Citroen viguesa ya tuvieron la primera. Sucedió que entre Pepe y Ramos tiraron la línea del fuera de juego a la altura del metro de Gregorio Marañón, y al delantero del Celta Charles le dio tiempo a cruzarse la Castellana paseando alegremente en bicicleta. Por suerte para el Madrid, Diego López desplegó toda su inmensa galleguidad y la portería local se le hizo muy pequeña al jugador brasileño: en los noticieros se dijo que Charles falló un clarísimo mano a mano, pero cuándo ha leído un cubano el Granma para enterarse de la verdad. Apuesto toda mi hacienda y todas mis plantaciones de tabaco en Louisiana con sus esclavos dentro a que de estar el padre de Martín Casillas bajo los palos, el verbo fallar hubiese dejado paso, en crónicas y highlights, a la perífrasis parada milagrosa. En todo caso, el Celta tuvo un par de buenas ocasiones para adelantarse en una primera parte tan oscura del Real que, para descifrarla, se tuvo que recurrir a un manual de pintura flamenca del siglo XVI. Di María volvió a exhibirse atolondrado y obcecado en su perfil izquierdo. Los rivales, advertidos de que sólo utiliza el hemisferio derecho del cerebro, le ofrecen confiados la salida natural, y el argentino acaba casi siempre encerrado sobre sí mismo en un laberinto donde se pierden casi todas las jugadas de ataque del Madrid en días como el de ayer. Cristiano, como todo Portugal, guardaba luto por Eusebio, e Isco Alarcón mostraba su versión más previsible, inocuo cuando bajaba hasta la mina de los dos mediocentros e intrascendente cuando merodeaba por la frontal del Celta. La intrascendencia es la pesadilla de un fantasista, y cuando los rivales siembran la playa de alambre de espino como el Celta ayer, este tipo de trescuartistas geniales sienten como una irresistible presión interior que les obliga a hacerlo todo e manera vehemente y exagerada, como si de uno de sus pases al hueco renacentistas dependiese el futuro de Occidente. El único detalle positivo de la primera parte fue comprobar que los muchachos de Ancelotti empiezan a imitar a los de Pablo Laso: Carvajal, Alarcón y Benzema lucen una poblada barba a la manera de Mirotic, Llul o Sergio Rodríguez, de lo cual los estetas nos congratulamos puesto que, perdida ya la batalla de lo intelectual y muerta la revolución del orden mourinhista, el objetivo del madridismo nostálgico debe ser liderar una vuelta a la virilidad plástica de los 80.

En la segunda parte ocurrió algo parecido a una catarsis colectiva en el Bernabéu. Los pitos comenzaban a despuntar en la tribuna ante la escasa fluidez del juego madridista y el atrevimiento visitante. Charles resolvió mal el segundo mano a mano de la noche y Rafinha se imponía por físico y por técnica, a una medular blanca deslavazada. Illarra, que había entrado por Xabi en el entretiempo, aseguraba el fuerte a duras penas, y entre las boutades de Ramos y la inconsistencia de los hombres de arriba, el Celta fue asomando la nariz frente a Diego López, creando menos peligro de lo que los locutores de radio les decían a los madridistas del Bernabéu y de Twitter. Sobre el minuto 20 el paroxismo se hizo dueño durante cinco minutos del Bernabéu: aquello parecía la vuelta de semifinales de Copa de Europa contra el Borussia, y el equipo se contagió del inusitado nerviosismo. Jesé primero y luego Bale saltaron al césped como la 101 Aerotransportada sobre Normandía, y nada más salir, Big Flow se encontró con un balón botando delante del área chica y pensó que la gloria era demasiado fácil. La raseó bajita y Yoel, una especie de Cañizares sin toalla, atrapó sin aprietos. Pero la conexión del canario con Benzema en el perfil izquierdo se había establecido como por ensalmo natural,  y lo que una el hip-hop no lo separe el hombre. A la segunda embestida, Jesé recortó donde casi todos disparan y desde la línea de fondo deslizó sutil un pase atrás para que Karim la empujase entre dos defensas. 1-0 y la alarma dejó de sonar. Después, entre Benzema, Carvajal, el canario y Bale ofrendaron a Ronaldo un cuchillo de obsidiana con el que sacrificó 2 goles al dios de la muerte. La dimensión de este jugador sólo es comparable a la de los héroes antiguos como Di Stéfano o el llorado Eusebio: cuando juega al 50% marca como mínimo un gol por partido.El rol de outsider con el que el Madrid de Ancelotti camina en Liga no es bien recibido entre los aficionados, ávidos de cadáveres y triunfos rimbombantes. Sin embargo, el equipo sigue avanzando, y este 3-0 adquiere una importancia estratégica ante una semana interesante: después de la Copa, la visita de CiU al Calderón, donde sólo puede ganar el Madrid.

Faena de aliño

23 sep

Mercutio calificó el partido como novillada, y la verdad, se quedó corto. El festejo quedó deslucido en el calentamiento: a Bale se le gripó un motor y tuvo que retirarse a boxes sin que el respetable pudiera apreciar las maneras de su nuevo juguete por el verde del Bernabéu. Su lugar lo ocupó Alarcón, quien volvió a caminar por el balcón del área rival durante todo el partido. Aunque más que balcón, el malagueño hace de esa zona su spa particular, ejerciendo de trequartista en su más pura expresión: la música del partido corre por él como una poderosa fuerza telúrica surcando El Escorial, y la velocidad encuentra en sus pies el segundo de orientación necesario para desbocarse hacia la portería contraria como la carga al galope de unos húsares napoleónicos. Isco Alarcón es como el botón de slow motion del Madrid de Ancelotti, quien, hombre inteligente, se apoya en la herencia recibida para desfogar el futurismo de Marinetti tan intrínseco a este equipo de bisontes. El Getafe anotó el gol del honor cuando el Real aún se estaba desperezando: agradable detalle de los visitantes, quienes de esta manera pudieron aprovechar los últimos minutos del choque para hacer las compras de rigor en la megastore Adidas del Bernabéu. Los 75 primeros minutos se pasaron en las botas de Illarramendi, quien se movió entre bastidores con el aplomo de un general carlista en el sitio de Bilbao. El rubicundo mediocentro vasco parecía llevar diez años en la élite del fútbol internacional, tal es la seguridad con la que se posiciona y el pragmatismo con el que juega. Siempre al trote, con la frente alta y la pelota cosida al empeine, Illarra imanta el balón y el tempo del partido, ofreciendo a sus compañeros el tiempo oportuno para desplegarse en torno suyo y abriendo líneas de pase tan limpias como la calva franciscana de Zizou. Mientras Asier guardaba el fuerte, Di María corría de un lado a otro con sentido y sensatez. Es una noticia alentadora que el argentino recupere la mejor versión de sí mismo tras un año de infame regresión intelectual. Junto a Khedira, armó una línea por delante del brigadier guipuzcoano que, como un fondo de cohesión alemán en los 90, llenó de hormigón la carretera por la que transitó al paso un Madrid intenso que fulminó con la mirada a un Getafe que, como la vieja de la cueva le contó a Robert Jordan antes de volar el puente, huele como olía Joselito en el callejón de Talavera: a muerte.

Pirañas

18 sep

Un fantasma recorre Europa, y anoche pasó susurrándole miedo a Casillas en el oído justo cuando un balón sin historia sobrevolaba el balcón de su área. El aullido de los cincuenta mil jenízaros botando sobre el barrio del Gálata se le incrustó en medio de la parrilla intercostal, y de entre la cuarta y la quinta costilla le brotó Diego López, como Eva saliendo del tórax de Adán. Tanto tiempo construyendo un drama nacional por la titularidad perdida, para esto. A los quince minutos de partido, el Madrid recuperó a su portero titular, pero las sensaciones sobre el Turk Telekom Arena seguían siendo las mismas que las de una partida de cristianos deambulando desnortados por entre leones y gladiadores. La presencia de Arbeloa, a pesar de su ubicación contra natura en el lateral izquierdo, aseguraba empaque a una defensa que sólo necesita que alguien se asome por encima del muro para que de repente le salten, como hebras de una tela vieja, todas las costuras. Modric, Khedira y Di María sostenían en la medular el empuje intermitente de los turcos de Fatih Terim, quien rugía en la banda incitando a sus muchachos al asalto permanente. El Galatasaray estuvo a un tris de derribar la muralla cuando un cabezazo picado -abajo, donde matan- de Felipe Melo obligó a Diego López a poner sus ciento noventa y seis centímetros de madridismo al servicio de la epopeya. Necesitamos héroes normales, gente como el vecino del sexto o el panadero de la esquina, cuya calvicie no se oculte tras ridículos implantes de Peter Pan. Por eso Diego es un excelente ciudadano, amigo de sus amigos, que cuando huele la presencia de los malos tira la bomba de humo, busca un rincón, se rompe la camisa y sale volando hacia el skyline vestido de Superman, con la misma grácil normalidad con la que ayuda a cruzar a una abuelita o abraza compungido en la banda al no-galáctico de Móstoles.

La vigilia duró lo que tardó Alarcón en disfrazarse de Kun Agüero. Con la izquierda metió plomo a una pelota caída desde la exosfera, con el culo levantó un fortín entre su espalda y el central adversario, y con la derecha definió a lo capocannoniere: rasa, fuerte y a la cepa del palo corto. Control, pausa y disparo: ejecutó La Mozambiqueña como el mejor de los SEAL. Si Hemingway lo hubiese visto desde el tendido seguramente habría aplaudido su canónico parar, templar y mandar. Luego de esta estocada, el Madrid fue consciente de que del tiroteo había salido ileso, y en la segunda parte aprovechó para arrojar a su manada de velociraptors sobre la espalda del Galatasaray. Detrás de sus laterales se abrió el Bósforo y en él se hundieron los esforzados jugadores turcos, chapoteando por entre la estela blanquísima de Cristiano Ronaldo, Benzema, Di María y luego Gareth Bale. La goleada se desató como una cascada sobre la cabeza de Muslera, y el Real abre la Copa de Europa con seis goles a domicilio. Por momentos el Madrid rozó lo impúdico: sus delanteros parecían pirañas en medio de una charca llena de corderos moribundos. El techo de este equipo está todavía muy lejos, y quizá, también, el equilibrio entre la parada militar en Estambul y la verbena dominguera de Villarreal. Cabe imaginar que Casillas volverá a la titularidad europea ante la amable platea del Bernabéu, aunque siga sin haber argumentos estrictamente deportivos para justificar la suplencia de Diego López en Copa de Europa. Afrontar la aventura equinoccial con un arquero presionado, fuera de forma y emocionalmente inestable no parece lo más sugerente, aunque la ceja de Carletto es inescrutable, como los caminos de Dios. Sin embargo, los chicos de Ancelotti despertaron ayer el apetito insaciable de la bestia, cuya pasión se alimenta de la avaricia implacable del madridista por acumular títulos, victorias y cabezas de sus enemigos. El ethos madridista es como un niño malcriado, o como un nacionalista catalán. A partir de ahora, como reza la canción, sólo queremos más. 

Un domingo cualquiera

19 ago

Ha vuelto la Liga. O más concretamente: ha vuelto el Madrid. Nuestros años van de agosto a junio, y aunque cada vez me cuesta más engancharme al principio, la competición es una droga que te atrapa sigilosa y se lo lleva todo de ti. Tanto es así que cuando va terminando junio a uno le entran ganas de gritarle algo a la Liga, bésame antes de irte, por lo menos, o no me dejes así, hija de puta. Como un juguete roto. El caso es que ya está aquí y el camino hacia el trigésimo tercer campeonato nacional comenzó en Chamartín contra el Betis. Un gran Betis, por cierto, equipo muy hilvanado y serio que lleva 3 años jugando a lo mismo. Y se nota. Su mayor activo es Pepe Mel, un entrenador capaz de ascender y meter en competición europea a un club intervenido judicialmente, aunque no merienda con Relaño ni gasta un bronceado Zaplana, y por ello no le salen contratos millonarios en Grecia. Su Betis achicó con jerarquía y desplegó velas en el océano abierto entre Modric y Khedira. La línea de cuatro madridista defendió en las barbas de Diego López y detrás de los laterales se instaló una pista donde se bailó con la tragedia durante toda la primera parte. Marcelo se incrustó en el costado izquierdo del ataque del Real añadiéndose como un delantero más, lo que me recordó con insistencia al Madrid más delbosquista de los primeros 2000: la misma asimetría arrolladora en la transición ofensiva, y la misma anarquía dramática en el balance defensivo.

Pero hay diferencias, por supuesto. Don Carlo luce un impecable traje italiano en la banda, y sobre todo cada vez que enfocan hacia el banquillo el mundo entero no ve un señor con bigote sellando el paro en el INEM, sino un fotograma de alguna película de Tarantino. Todavía está por analizar el impacto estético de la presencia de Zidane a la derecha de Ancelotti en la dirección técnica del Madrid, pero a bote pronto me parece un golpe maestro: la Divina Calva conserva un tipo elegante y un porte espectacular, y del resto se encarga su aura de mística inmortal. En esa percusión sinfónica sobre la frontal del área verdiblanca destacó Alarcón. Es un jugador con unas trazas extraordinarias. Cada vez que recibe mete el culo, a lo Agüero, protegiendo y orientando el control y obligando a su marcador a elegir entre la anticipación arriesgada y la hostia en el cielo de la boca. Cabe preguntarse si esa pausa tan de futsal no fue la diferencia que separó al Madrid de Mourinho de la eternidad. Ahora es el Madrid de Ancelotti el que se beneficia de un tipo que, presagio, es más una bendición que un estrés para Özil, Di María y Modric. Los activa, como el elemento químico que inicia un proceso de fuego devastador. Asociación, pase, control y dominio de los espacios. Estos tres tíos, cuando se juntan con Marcelo y Benzema, son capaces de saltar por los aires un búnker en lo que Higuaín tardaba en darse la vuelta para disparar. Del chico de Benalmádena fue el gol de la victoria, casi sobre la bocina, lo que confirma que es uno de esos tipos a los que hay que darle la pelota cuando te estás jugando la última posesión.

Illarra

14 jul

El Madrid ha hecho oficial el fichaje de Asier Illarramendi, con el que parece se inaugura una interesante dinastía de mediocentros guipuzcoanos que amenaza con colonizar Vasconia mediante la conquista silenciosa: mocosos de cinco años que nacen al fútbol pidiendo a sus aítas euskaldunes la camiseta del Madrí con el 14 y el 24. Illarramendi suena a brigadier carlista. Siempre soñé con que el Real jugase con un centrocampista apellidado Zumalacárregui, como el general. Illarra es lo más cerca que voy a estar de aquella fantasía fetichista. A mí me da mucho por los nombres, es una rareza que tengo. Por eso este fichaje cumple con el perfil patronímico que le exijo cada año a la plantilla madridista. Rubio, peinado corto, pendientes oscuros, nombre barojiano, a Illarra lo mismo lo podríamos ver de blanco en el Bernabéu que con una sudadera negra y unos vaqueros rotos quemando un autobús en Fuenterrabía. El aire borroka puede venir maravillosamente bien a este grupo carente de toda competitividad sucia, sí, esa que hace ganar Clásicos a navajazos y pasar eliminatorias turbias revirtiendo ambientes hostiles, arbitrajes malayos e inferioridades propias. No he visto jugar más de un partido a Asier Illarramendi, pero todo los intangibles los tiene de su parte, aunque en la presentación decidiera convertir la Castellana en la plazoleta de su pueblo y sus amigos tuviesen las bolsas del Dia con la cocacola, la ginebra y los vasos de plástico escondidos detrás de los asientos de la grada lateral oeste. Y el Madrí se lo permitiera. Aunque esto último me sorprende menos: cada vez tengo la tentación de quitarle la i latina acentuada al nombre del equipo de mis desamores, repaso el vídeo de la presentación juventina de Llorente, y se me pasa.

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