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Extratémpora

1 may

La derrota apenas si tiene dignidad. Es como la muerte. Cuando se acerca el momento fatídico, muy pocos consiguen encararla con la entereza apropiada. La diferencia es que, al contrario que palmarla, tras perder sigue habiendo vida. Uno se ve obligado a continuar con su rutina, y eso requiere cierto grado de confianza en las certidumbres propias. La derrota es como un entierro de la sardina a lo grande: se termina de golpe un carnaval, y debajo de las máscaras cada uno se queda con lo que tiene. Por supuesto, hay a quien de repente se le cae el maquillaje y se le ven todas las arrugas de golpe, como una aparición fantasmal que cubre de años lo que parecía joven y puro, y hay a quien las cicatrices le recubren de un halo venerable. Como de chamán antiguo que vuelve de un trance para contarle a los pipiolos de la tribu las viejas batallas alrededor de una lumbre, en el desierto. El Madrid de Mourinho se quedó anoche a un gol de Wembley, después de haber cargado una y otra vez sobre la portería borussia durante 95 minutos. Fue hermoso, terrible, cruel, todo a la vez. En los primeros 10 minutos se pudo haber logrado, pero Higuaín selló su destino para con la Historia mandando al limbo el 1-0. A partir de ahí, a Götze le entró un dolor en el flequillo, Klopp lo sustituyó por uno de esos zapadores rubios de nombre consonántico con los que asfaltó el centro del campo, y el Madrid sólo pudo parecerse a la 326 en Sbodonovo. Cada vez llegaba a los cañones alemanes con menos hombres. Pero llegaba. Sergio Ramos sacó del partido a Lewandowski, sosteniendo con él un combate feroz, sangriento, grecorromano, y Diego López alargó el hálito madridista con una parada de cinemascope. Cuando en Westfalia ya se festejaba el pase a la final, el Madrid intentó un último golpe de mano que no sólo empañó las gafas de Klopp, como pedía Jabois, sino que cortó el aliento de millones de personas, en la ciudad y en el mundo. Dos goles que iban a ser tres si un alemán, cuyo nombre no alcancé a leer pero que sin duda pertenece ya al género de la historiografía que se ocupa en glosar a los anónimos que escribieron la Historia desde bastidores, no se llega a tirar en el suelo como alcanzado por un francotirador. Exactamente ahí se terminó el partido, puesto que el Bernabéu, convertido en Circo Máximo de Roma, había entrado ya en esa cuarta fase apocalíptica en la que las tribunas se vuelven leones cuyas zarpas rozan, físicamente, el rostro de los rivales, de pronto engullidos por la propia grandiosidad tribal del escenario. Pasaron tres minutos y el Madrid sólo tuvo una última carga, infructuosa. Ahora espera un mes de incertidumbre, inquietud y revanchismo. Las ratas merodean el cuerpo caído del águila, hincando dientes ya sin mesura en la carne todavía caliente, pero unos pocos todavía creemos en que a partir de junio se ha de volver, más y mejor preparados. Por que en eso consiste ser madridista: en una hidalguía extratémpora, fuera de los tiempos señalados por tanto Caifás hispánico que ayer pregonaba ufano sobre el futuro del Madrid en tertulias de radio y televisión, como un león aconsejando a un ñu la manera más segura de vadear el riachuelo.

Anábasis

29 abr

Cuenta Jenofonte, el primer madridista de cuya remontada se tienen noticias, la historia de ésta en su Anábasis. Hoy su análogo sería la libretilla azul donde Mourinho apunta sus inescrutables jeroglíficos, sus líneas y geometrías misteriosas, disposiciones tácticas y la lista de la compra que le encargó su mujer. En la Anábasis se relata la excursión de unos cuantos hoplitas griegos al interior del imperio Persa en busca del botín que el príncipe Ciro les había prometido a cambio de que con sus espadas y lanzas le aupasen al trono de su hermano Artajerjes. Los griegos, aparte de ser los fundadores de la civilización occidental y de construir maravillas intemporales como la Acrópolis, también eran unas putas que, naturalmente, se vendían al vil metal, como todo hijo de vecino. El picnic de los muchachos de Jenofonte llegó hasta Cunaxa, que es como decir donde Cristo pegó las tres voces y se quedó sin cobertura. Allí le dieron matarile a Ciro, y los griegos dijeron que aquella ya no era su guerra y que se piraban a casa. Los ejércitos persas, los que habían combatido junto a ellos hasta ese momento y los otros, los de Artajerjes, como era de esperar, dijeron que antes de marchar les iban a convidar a una barbacoa donde el menú sería ateniense a la parrilla. Es el primer caso de madridista en contexto hostil que tiene que abrirse paso hasta su destino a puro huevo. Los griegos, como el Madrid de Mourinho, se encontraron con cuatro goles en contra y muy poco tiempo para ganar la salida hacia el mar. También, como nuestros muchachos, se vieron abandonados incluso por los que creían amigos, aunque esa no es una rareza en una afición abocada a la ciclotimia y la efervescencia adolescente.

Como una banda de rock huyendo campo a través perseguidos por una jauría enfurecida después de que el batería hubiese desvirgado a una moza del pueblo mientras sus compañeros hacían la prueba de sonido, los griegos dijeron maricón el último y recorrieron 4000 kilómetros en dirección al mar con los persas zumbando como moscas detrás de la mierda. Así ha caminado el Madrid de Mourinho desde que en junio de 2010 The Special One aterrizase en Concha Espina como el rockstar absoluto del fútbol mundial. Tras tres años navegando entre aguas infestadas de tiburones, falsos amigos, enemigos declarados y sacerdotes del oprobio cuyo único leitmotiv es zancadillear al gigante para destriparlo a gusto cuando ya no se pueda levantar, el Madrid de Jenofonte y los hoplitas de Mourinho se enfrentan mañana al monstruo final del juego. Sin embargo, como si Dios quisiera manifestar su madridismo antes del partido contra el Borussia, una extemporánea nevada ha tapizado los alrededores de Madrid de un blanco mesiánico, purificador, incontestable. Cuenta Jenofonte en su Anábasis que remontando las montañas de Armenia, una terrible nevada sorprendió a sus muchachos en mitad de la nada. Para sobrevivir, cada hoplita se metió debajo de su enorme escudo. A la mañana siguiente, los enemigos, desconcertados ante la desaparición de los griegos cuyos restos pensaban despedazar, corrieron despavoridos ante la imagen de todo un ejército surgiendo de las entrañas de la blanquísima nieve. La metáfora es inevitable, como el cosquilleo al pensar que sólo queda un día. Que nieve sobre Madrid justo cuando la Europa meridional rescata el bikini del armario es el último prodigio que se nos muestra a nosotros, satánicos adeptos del Madrid rockstar de Mourinho. Es imposible no creer en que el martes cenaremos borussios de primero y periogolfos de segundo en el Txistu, o con Lucifer en el infierno.

Némesis

25 abr

Anoche el Madrid sacó a pasear todos sus antiguos fantasmas alemanes justamente el día más inoportuno para hacerlo. A pesar de haber jugado 2 veces en esta misma campaña contra los muchachos de Klopp, Mourinho fue incapaz de superar tácticamente a un equipo que volvió a aplanar al Real como si de la caballería polaca se tratase. Alemania, al ser una nación tenaz en su implacable voluntad de poder, se ha erigido siempre como la némesis del Madrid: los iguales se repelen, y cada visita madridista al suelo germánico es como una recreación extraordinariamente fiel de los círculos del infierno de Dante. Como si no hubiesen jugado dos semifinales de la Copa de Europa anteriormente, los jugadores del Madrid, todos curtidos en partidos de rancio abolengo y nervio fuerte, se asemejaron a una partida de becarios en su primer día en el equipo de Frank Underwood. Pepe, el mejor central que ha defendido la blanca desde Fernando Hierro, fue caricaturizado por Lewandoski. Este delantero, que le ha marcado esta temporada más goles al Madrid que Messi en la mitad de partidos, realizó ayer un encuentro portentoso, digno del escenario y de la competición. Él sólo fue capaz de convertir en dos guiñapos tanto al 3 como al 2 blancos: como una terrorífica tuneladora, horadó los cimientos de una defensa a la que las bajas de Arbeloa y Essien dislocaron irremediablemente. Como un extraordinario muelle, el Borussia de Dortmund no ofreció ningún tipo de cuartel a los jugadores madridistas, ni a lo largo ni a lo ancho del tapete verde. Klopp fue quedándose con todos los peones del centro del campo del Madrid hasta dar jaque-mate al castillo de proa blanco, machacando uno tras otros a Xabi -horrible-, Khedira -nefando- y a Modric, aplastado por el despliegue prusiano de la segunda línea borussia, verdadero martillo de este equipo. El Madrid perdió todas las segundas jugadas, y así cedió tres de los cuatro goles. Todos los viejos espectros de la historia del Madrid en Alemania se pusieron a danzar al mismo tiempo alrededor de once hombres desquiciados por un contexto al que no han sabido hacer frente, y el Madrid de Mourinho está a un paso de convertirse en otro de esos grandes equipos fulminados en la orilla de la misión histórica del club.

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