Archivos por Etiqueta: Chamartín

Deus ex machina

30 mar

Antes de la lluvia, cierra bien la puerta. El Bernabéu estaba medio vacío, y me imagino por qué. Hacía frío, llovía y el metro atestado de gente y de humedades es una mazmorra infernal. Les comprendo. Hay días en que el hecho físico de ir a ver el Madrid requiere un ejercicio de fe. De voluntad. Tanto da si hay que desplazarse al bar o al estadio. Ayer era uno de esos días. Lluvia ácida sobre Chamartín y en las tribunas se veían las letras blancas sobre el azul predominante de la platea del Bernabéu. Mal asunto. El madridismo transita por el punto más bajo de confianza en sí mismo de toda la temporada. Toda la autoestima de este equipo se esfumó de golpe con el 3-4 del domingo pasado. Encima, Klopp está cruzando los Alpes montado en elefante, y lo que hace una semana era un rival antaño temible venido a menos y con muchas bajas, es ahora, otra vez, el ogro amarillo de Westfalia. No importa que vayan a jugar 4 de los titulares que machacaron a Mourinho cuando su Madrid ya era un Frankestein. Este equipo ha sido capaz de resucitar a Messi y hacer de Rakitic un espectro caníbal: vuelven a verse sombras rubias tirando paredes al primer toque por las marquesinas de La Castellana.

Se presentaba Jémez con su Rayo de diseño pero a nadie parecía importarle un carajo. Ni Jémez, ni su Rayo, ni el partido. Paco Jémez, otrora conocido como Paqui el de la Larga Cabellera Gitana al Viento, es un tipo curioso. Ha sabido reinventarse a sí mismo con una maestría digna de aplauso. De central tosco, feo, arrabalero, cuyo logro más singular fue quitarle la titularidad a Fernando Hierro en la Eurocopa del año 2000 y jugar en la UD Las Palmas que ganó al Madrid de Zidane -en sus primeros partidos en España, cuando el Madrid era un ente faraónico que fascinaba y repugnaba por igual a las masas y todo el mundo quería ganar al Madrid de Zidane para salir en el telediario- a entrenador de culto. Calvo, con sus foulards y sus camisas rosas, sus fotos en blanco y negro y su labia de vendedor de crecepelos. Es encomiable la labor de este hombre, el empeño que ha puesto en comprarse otra identidad. En construírsela. Cae en gracia a la opinión públia, y por eso su Rayo es un paradigma del fútbol HD a pesar de ser el equipo más goleado del campeonato. Así se escribe la Historia. Su Rayo, no obstante, vino al Bernabéu sin convicción, consciente de que se cruzaba con un Madrid borracho y loco. El 5-0 estaba ya escrito en la cara de Ronaldo cuando las cámaras lo enfocaron en el túnel de vestuarios.

Ancelotti recompuso el lateral izquierdo pensando en los alemanes. Coentrao jugará el miércoles, esto lo sabe hasta el último emperador de Constantinopla. Marcelo ha pasado desapercibido en el repudio colectivo que se ha hecho de los laterales del Madrid en la última semana: todo el escupitajo se ha centrado en Carvajal, pero el salón del cómic del otro día en Sevilla ha pasado factura también para él en la pizarra de Carletto. Peperamos recuperó su sitio, y sólo queda agarrar bien fuerte las cuentas del Rosario y drogarse antes del partido del miércoles para verlo todo como en una nebulosa tridimensional. Modric, con fiebre, se quedó fuera: todo el mundo pudo ocuparse ya sin rubor en criticar abiertamente a Xabi Alonso. La tormenta se ha llevado por delante la intocabilidad de su figura, hasta hace unos días venerada como una reliquia de beato en el Madrid. La gente que fue al Bernabéu anoche estaba como poseída de una furia iconoclasta: se pitó a Cristiano Ronaldo por no cederle un gol cantado, con 4-0, a Morata. La mente colmena de este estadio es laberíntica, está sembrada de cadáveres, de opiniones de Roncero esculpidas en mármol y de nauseabundas  portadas de Marca. Ayer se silbó a Benzema y también a Diego López, siendo aplaudido de nuevo Morata, quien el día del Schalke por poco no tiene que salir del campo protegido por la UIP.

Diego López es ya el Cachorro en Viernes Santo atravesando el puente de Triana. Cualquier día se arranca uno de la grada y le canta una saeta. Con este hombre están haciendo una carnicería mediática absurda, rastrera, ruin, peligrosa. Nada que no le hubieran hecho antes a Capello o Mourinho, pero no menos lacerante por eso. De Diego molesta ya hasta su misma presencia física: no me extrañaría que Relaño sermonease a las masas desde su púlpito en AS pidiendo que lo recluyan en una celda. Benzema, el mejor jugador del Madrid en este momento concreto, fue pitado porque hacía frío en el Bernabéu, llovía a cántaros, en el sofá de casa se está mucho mejor y qué coñazo estar aquí viendo a estos mataos pudiendo ver Los secretos de Laura en DVD, que me los ha regalado mi cuñado. Ronaldo marcó el primero, Carvajal definió con la zurda el 2-0, Bale metió el tercero, también en cuarto en recorrida memorable a la que quizá dediquen un artículo en Ecos del Balón, y Morata cerró el partido con un latigazo desde fuera del área muy macarrónico, heterodoxo y bello. Le sienta bien el rapado al chaval, sigue teniendo la misma pata de palo pero así guarda un aire subversivo, rebelde, como de antihéroe desesperado dispuesto a sacrificarse fanáticamente al final de la peli, por el bien común. El Madrid está ante una encrucijada de la que sólo puede sacarle un resultado asombroso y favorable, muy favorable, el miércoles ante el monstruo de Klopp: pero eso también es el Madrid, quizás. Un Deus ex machina esquizofrénico.

Terribilitá

6 feb

Un buen partido del Madrid, un partido grande de verdad, deja una desoladora evidencia: no se puede escribir nada mejor que lo que uno ha sentido viéndolo. Cuando el Madrid juega poseído por un furor dionisíaco, aplasta. Casi siempre al espectador y generalmente a los rivales. El Madrid de Ancelotti había transmitido ideas, nociones más o menos abstractas, conceptuales, pero hoy fue terribilitá. Me recordó, en cierta medida, a la vuelta contra el Dortmund del pasado mes de abril. Desde entonces no había visto un Real tan efervescente: el Bernabéu parecía una cerilla gigantesca, a la que sólo había que prender con un poco de gasolina. Las dos derrotas frente al Atlético tras 14 años de hegemonía amable, sencilla, paternal, habían tocado algunas teclas. Una parte de la afición recibía a los rojiblancos con aprensión -elegante eufemismo de jindama- pero otra emuló al Coliseo rugiendo con la salida de unos cristianos a punto de ser devorados por el león. El equipo se contagió de la ira colectiva y decidió ajustar cuentas pendientes desde el pitido inicial dominando el territorio de lo emocional, lugar donde a este grupo forjado por la gubia de Mourinho se le han terminado yendo las grandes ocasiones.

La primera media hora fue carcelaria. Arbeloa, Ramos, Pepe, Coentrao y Xabi Alonso desquiciaron a Diego Costa. Cada vez que el balón se acercaba a la trinchera madridista, las cámaras lo grababan todo con el plano cenital con el que los telediarios retransmiten desde un helicóptero los motines en los presidios de Sudamérica. Fue una lección de balompié subrepticio, del que nunca salió en las Futbolecciones de Valdano. Costa, que es un extraordinario delantero centro, también es avezado en la suerte del navajeo en corto. Ayer encontró en eso rivales de altura. Pepe y Ramos, disfrazados de 2012, lo engancharon por derecho: parecían dos subalternos pegándole muletazos. Entre quite va y quite viene, Arbeloa le tarascó tres o cuatro veces sin que Clos Gómez lo viera. Así es como zurran los artesanos del oficio, siempre en la nuca del árbitro. Coentrao y Xabi se iban turnando en la suerte de banderillas, y sobre el minuto 35 Diego Costa era un miura al que habían pasado ya por el caballo del picador. El ejercicio de punch colectivo del Madrid, anoche, fue soberbio, ejecutado con inesperada eficacia. Pepe nunca perdió el temple, y en su cara volvió a asomar la sonrisa esquizoide que tanto echábamos de menos. Debajo de esa apariencia sacerdotal, oculto tras esa melena de seminarista repartiendo biblias a la puerta de un instituto, todavía late el pandillero de Stanley Kubrick. Ancelotti le administra el litio con mano experta, y de momento Kepler rinde a niveles notabilísimos.

Suyo fue el primer gol. Sujetos Costa y anulados Turan, Diego y Koke, el Atlético quedó maniatado por la hiperactividad de Modric y el vuelo corto de Di María, Jesé, Benzema y Cristiano alrededor de la frontal de Courtois. El Madrid tanteaba la rocosidad de la pareja Miranda-Godín con combinaciones fugaces en tres cuartos de cancha y llegadas hasta la línea de fondo, pero el blindaje lo hizo saltar Pepe con un trallazo desde el loquero. Se aventuró hasta el limes de los centrales, que es esa zona desde la que se ve muy grande la portería del contrario y atrás queda todo un océano infestado de piratas, y  chutó con determinación. El balón golpeó en Insúa, un tipo al que Simeone ha alistado para el lateral izquierdo, y la trayectoria se desvió en una bonita parábola que Courtois sólo pudo seguir con la mirada. El gol fue justo y desde ahí sólo existió el Madrid, que redujo al líder de la Liga a una pequeñez impropia de la condición mostrada durante toda esta temporada. El Atlético de Simeone, por fin, se parecía a las miniaturas enloquecidas que el Madrid almacenaba en un estante del salón con pulso de coleccionista tras cada derby.

En la segunda parte el Atlético bombeó un par de balones sobre la portería de Casillas, al principio, en un amago de reacción forzada, pero tras varios esláloms de Modric -que ayer parecía Alberto Tomba esquiando entre la impotente medular atlética- el juego siguió por la pendiente por la que se había volcado el Bernabéu hacia la portería contraria. Los locales continuaron tan conectados al partido que no cedieron un palmo por el que la Mara del Cholo pudiera meterse. Parecían el mejor Milan de Ancelotti, por cómo competían. Ramos y Pepe adelantaron la defensa madridista tan arriba que asfixiaron cada salida del contrario, permitiendo al trivote centrocampista un mayor margen a la hora de recuperar, posicionarse y salir jugando. El Madrid rescataba balones en mitad de la selva rojiblanca y llegaba con toda la tropa al área adversaria, de manera que casi siempre la segunda jugada, el rebote y las esquirlas caían de nuevo a los pies de los blancos. Alrededor del minuto 20, en la segunda parte, Di María caminaba como un funambulista desde el carril izquierdo hacia el pasillo central, y Jesé, Cristiano y Benzema iniciaron un desmarque de ruptura a la vez. En manada. El argentino envolvió con el empeine una pelota prodigiosa, geométrica, al hueco por donde apareció Jesé adelantándose a su marcador. El canario acompañó la trayectoria natural del balón con su bota derecha y Courtouis se lo tragó. Con el 2-0 el Madrid se desató mientras Chamartín bullía en un éxtasis grupal. Di María culminó su partido limpiando a Diego Costa para la vuelta dándole un rodillazo en las costillas después de hacerle falta. Costa, a esas alturas, fuera del partido, respondió con un empujón que lanzó al aire a Di María en las mismas narices de Clos Gómez. La picardía fue tan inteligente que podía haber salido en el Guzmán Alfarache de Mateo Alemán. A partir de ahí el Madrid se dedicó a surfear la ola del Bernabéu encendido, que cuando truena parecen oírse las trompetas del Apocalipsis y tiene la fuerza destructiva de un temporal en el Cantábrico.

El Atlético sólo estuvo una vez cerca del gol: con 2-0, Godín remató un córner en el que Casillas se quedó leyendo el horóscopo y bajo palos llegó Modric, disfrazado de superman, para sacar una pelota que se envenenaba hacia el 2-1. Justo después llegó el 3-0. Di María condujo hasta que se le apagó la luz, y decidió chutar desde lejos. La pelota dio en el tacón de Miranda, que se quitaba para no molestar, y como en el 1-0, Courtois la maldijo con la mirada. Ahí terminó un partido extraordinario que añoró a Cristiano, que anoche sólo veía una mancha roja. Ronaldo parece afectado por la verbena de Ayza Gámez, el comité y la inexplicable sanción: frente al Atlético se movió por impulsos instintivos, cegado por un salvaje egoísmo al final, viendo que se le ganaba 3-0 al odiado rival sin ningún gol suyo. Ancelotti dio por fin el golpe emocional que el Madrid necesitaba para encaramarse a la primera final de la temporada, y los agoreros empiezan a mirar el cielo esperando una señal que confirme sus oscuros vaticinios. De momento, el cielo sigue despejándose, y en 10 partidos jugados en 2014 el Real sólo ha encajado un gol. Al Calderón deberán marchar los antidisturbios, puesto que cosas más grandes ha visto Carletto, pero el poso heroico de una victoria sin contestaciones se queda ya en los paladares propios. También en los ajenos.

Fútbol antiguo

31 oct

Los partidos de fútbol los miércoles, a las 10 de la noche, son como los cubatas en vasos de tubo: se dejan beber, pero qué ignominia. Canal Plus paga y la puta obedece, así que la parroquia blanca, que es universal en forma y número como la grey de Cristo, asistió con cierta tibieza a los prolegómenos del Real Madrid-Sevilla. Buena parte del graderío volvió a hacer gala de su sumisión intelectual a los media nacionales y recibieron a Ancelotti con pitos. Nada nuevo bajo el sol, puesto que así es ley desde que Manolo Lama apunta y la masa acrítica dispara. Bale repetía titularidad y Benzema volvía al once, y desde aquí comenzó a nacer un Madrid que en la primera media hora de partido se asemejó a un enfant terrible muy cabreado con todo el mundo. Alarcón batió líneas con una hiperactividad que escondía cierta inseguridad fruto de su irregular último mes, y por delante Cristiano, Khedira y Benzema trepaban la tapia sevillista observando, gozosos, que en el corral apenas había tres caniches defendiendo las gallinas. Antaño Benzema hilaba con Özil en la distancia corta, y como dos niños ocupando una baldosa, dibujaban geometrías confusas, pintaban rayas con tiza en el suelo y se divertían imaginando fabulosos reinos de ultramar escondidos entre la media luna de la frontal y el área pequeña del rival. Ausente Mesuto, Benzema anduvo dos meses buscando con quién frotar la lámpara. Hasta que encontró a Bale correteando por las praderas de Chamartín. Con el dragón galés la conexión es diferente. Es otra cosa, más mundana, menos sensorial, más violenta. Si Karim y Mesuto centrifugaban el espacio, ralentizando las pulsaciones y fabricando con mano de relojero suizo un balompié en slow-motion, el francés y Bale lo descomprimen. Son un fogonazo. El 11 la suelta, el 9 la aguanta, avanza como un cangrejo -siempre bandeando, nunca hacia adelante- y espera el momento preciso hasta recibir las coordenadas exactas: entonces asiste, como un latigazo, siempre al hueco por el que Bale cabalga como un regimiento de húsares ladera abajo, llevándose pegada al dorsal la cámara del Plus. Lo de estos dos es como un travelling interminable cuyo final, casi siempre, es la escena donde la víctima yace degollada en el sofá del salón. Así llegó el 1-0, y casi el 2-0. Bale no dejaba de intentar eléctricos raids sobre la frontal del área hispalense, y Cristiano merodeaba ansioso como un tiburón oliendo sangre. En apenas un parpadeo Bale alojó en las redes una falta despeñada a gol por la barrera sevillista y Teixeira Vitienes concedía la única dádiva de la noche para los locales pitando un penalty que no era que Ronaldo envolvió en papel de regalo y lo envió a Suiza a nombre de Blatter. El Madrid rozaba la excelencia pulverizando al Sevilla a calambrazos. Pero entonces iba a ocurrir algo.

El Sevilla, que hasta entonces había mirado la portería de Diego López como el que mira el Everest desde el campamento base, rompió la frágil línea de 4 madridista con un triangulación que acabó con un balón a la espalda de Ramos y con el delantero visitante desmayándose. Penalty y gol. Inmediatamente después, un tipo vestido de amarillo con tribales en las mangas penetró como un rayo por la banda de Arbeloa, pasó atrás, a otro tipo de amarillo le dio tiempo de jugar una partida al Candy Crush hasta que un tercero llegó a la nuca de los dos centrales como un náufrago a la orilla. 3-2 en un suspiro y Ramos poniéndole la capucha a Arbeloa para que el Bernabéu comenzase el auto de fe. El estadio abroncó a su propio lateral como apenas sí se recuerda que escupiese a Messi en las tardes de odio más enconado. Fue un espectáculo bochornoso. El Bernabéu pitaba al jugador con más sentido de Estado que ha pasado por Concha Espina desde Fernando Hierro, y en los estudios de radio corría el alborozo. A pesar del murmullo con el que acabó el primer acto, Diego López levantó su metro noventaytantos delante de Rakitic y salvó el 3-3. El balón salió rebotado de la pierna del gigante morado y como si de una lágrima de Zeus se tratase, de él nació el 4-2. El Madrid volvió a soltar a su cuádriga y Benzema concluyó el partido con la frialdad de un cirujano. Fue a celebrarlo con Zidane, quien además de relaciones públicas deluxe es también un padre espiritual para el esteta cabiliano, brillante descripción que el mundo siempre deberá a Calotejon. Su partido fue excepcional, y la conexión electromagnética que ayer descubrió con Gareth Bale amenaza con derribar imperios. Mediada la segunda parte, y ya con 5-3 en el marcador, Ancelotti decidió poner en juego a Xabi Alonso. Sustituyó al excelente Illarramendi, y el cambio tuvo algo de ritual. Con el Bernabéu en pie, Xabi abrazó sobriamente a Illarra, y fue como si le entregase una rama del Árbol de Guernika: se pudo ver a los dos, padre e hijo, tocados con una txapela, hablando sobre la herencia cultural vascuence en el Madrid post-apocalíptico de Florentino Pérez. Luego vendrían 2 goles más del Madrid, y el partido terminó como aquella final de Glasgow del 60. Fútbol antiguo para un equipo nuevo que sigue creciendo entre la oscuridad, como un desheredado de Esparta abandonado a los pies del monte Taigeto al que se le ha perdonado la vida y se prepara para volver, cuando sea adulto, a recuperar lo que es suyo haciendo correr ríos de sangre.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 27 seguidores

%d personas les gusta esto: