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Cruzando el Rubicón

27 feb

Corríamos el riesgo de pasarnos la vida como Augusto, gritándole a Mourinho en las noches de luna llena que qué había hecho con nuestras legiones. Dortmund, la herida sin cerrar. El bosque de Teutoburgo de una generación que no conoció Milán, ni Eindhoven, y que creció con las Copas de Europa cayendo de los árboles. Ayer el Madrid volvía a Alemania, y lo hacía como quien vuelve a Bastogne y tiene que caminar sobre sus propios cadáveres, procurando no acercarse demasiado a la espesura de los árboles: cada partido del Madrid allí es como la primera escena de Juego de Tronos repetida en bucle. El Veltins Arena es un campo magnífico. Está cubierto, pero guarda esa escenografía ambiental tan característica de los estadios de allí, donde siempre parece que está lloviendo aguanieve sobre la cabeza de un madridista. Por supuesto, la acústica es envidiable. Era digno de ver a miles de tíos jaleando al Schalke con 0-6 en el marcador. Imaginaba la escena opuesta: el Bernabéu en mitad de una carnicería, y visualicé cementerios en noviembre con más animación. El caso es que si juntas a más de 10 alemanes en un mismo sitio y les pones una metralleta a cada uno, invadirán Europa; si les das una bufanda, empujarán más que Rocco Sifredi. Esa es la naturaleza del balompié germánico, la percusión. En cualquiera de sus formas. Sus jugadores desquician al contrario a empellones y sus hinchas, botando.

Precisamente así comenzó la ida de los octavos: con el Schalke trepando sobre el muro naranja de Ancelotti. La ilusión duró 5 minutos. Atacaron el desván de Marcelo, chicos listos, y desde ese campanario procuraron golpear a Peperamos con la munición que todos los pueblos del Norte, desde Bilbao a San Petersburgo, saben que mata mejor a los madridistas: el balón colgado al corazón del área. Pero donde siempre claudicó el Real, ayer golpeó con manu militari. Cuando Xabi y Modric aterrizaron el partido y le pusieron aranceles a la pelota, la agresividad del equipo local se demostró pura fachada. Conserva el Schalke la industriosidad típicamente alemana, esa persistencia genética, esa avidez volcánica que les lanza en paracaídas sobre la portería rival con medio centro, un fallo del adversario o alguna carrera suicida por la banda. Pero carecen del poder de intimidación que distingue a la máquina de matar. Huntelaar, el viejo cazador con cara de oficial de la Gestapo, se disolvió entre las piernas de los centrales del Madrid. Ancelotti ha conseguido hacer de Pepe y Ramos un ente eficaz: son autómatas. Carlo, incluso, ha logrado algo más increíble, limitar la excentricidad kamikaze de Sergio Ramos, embridar su insensatez ofreciéndole un destino: la espalda de Marcelo. El trabajo de cobertura del sevillano sobre la playa que el brasileño dejaba abierta casi siempre detrás suya. Se aplicó con un rigor desconocido en él, como si con tal despliegue de tesón y disciplina estuviese homenajeando a Paco de Lucía. Carvajal, en la otra banda, se asoció todo el tiempo con Bale y Ronaldo llevándoles las bombonas de oxígeno en cada aventura por la derecha. El partido del joven albañil metido a carrilero fue muy notable: jugó siempre como queriendo enseñarles Alemania a sus compañeros, exhibiendo su conocimiento del terreno.

Desde la seguridad de la retaguardia, el Madrid se abalanzó sobre el Schalke como una ola asesina. Modric exhibió todas las virtudes que compilaron los antiguos en sus tratados de filosofía y medicina. Corrigió la derrota del balón cuando hizo falta, manejó a los 21 futbolistas que trotaban con él sobre el césped como una marioneta detrás de una tela, y proyectó sobre el cielo de Gerserkirchen un mapa de operaciones virtual desde donde estableció coordenadas. Modric, simplemente, jugó al Risk con los demás, moviendo las fichas de un lado para otro. Le faltó la túnica morada y el capirote ladeado sobre la cabeza para terminar de ser Merlín removiendo la marmita en la que está cocinando una Copa de Europa. Desde Luka, como desde el campamento base del Everest, Bale, Cristiano y un Benzema mayestático escalaron la pared y sembraron al Schalke de minas claymore. Benzema confirmó que su reino no es de este mundo, y al final del partido la gente terminó pidiendo perdón por no hablar su idioma: Karim es de los que te obliga a escuchar rap en francés y desear haber nacido en una banlieu de París, vistiendo todo el día sudadera con capucha y fumando hash con la desidia del rey sin reino. Marcó el 0-1 rematando una dentellada electromagnética de Bale, que apoyó su eslalom en Ronaldo mientras Santana, ese central que eliminó a Pellegrini el año pasado con el gol que sólo pueden marcarle al loser con pretensiones, se preguntaba por qué de niño quiso ser futbolista. El 0-2 debió de empujarle a una reflexión profunda: lo mismo hoy sale anunciando que deja de ser central del Shalke para hacerse franciscano. Una pelota rifada cayó sobre el córner izquierdo del ataque del Madrid, y Santana lo dejó botar: error. Benzema llegó por su espalda, lo sentó en un potro de tortura, le dejó un hijo y se fue sin despedirse. Bale se vio en la obligación moral de terminar el regalo con un calambrazo. La pelota se le cose al empeine como antes vimos hacer a Messi y creímos cosa imposible, de Playstation. Fulminó al portero y el Madrid se sonrió a sí mismo. Justo tras el 0-1 Casillas volvió a agitar su baraka, que es infinita: definitivamente, es un tipo que tiene eso, lo que no se puede nombrar, que dice Mesetas. Lo inefable. Le llegaron una vez en todo el partido, y Drexler, ese joven talento alemán al que todavía no ha echado el Bayern en su cazuela, le remató a quemarropa, exigiéndole justo lo que a Casillas siempre le sobró: reflejos. Tyche, lo llamaban los griegos. Alemania no era esto.

Cristiano Ronaldo pudo marcar el 0-3, el 0-4 y el 0-5 antes de llegar al descanso, pero el portero alemán pareció reciclarse en David Barrufet y se las sacó todas con ademanes excéntricos pero efectivos, escuela Neuer: caer para un lado mientras las piernas marcan ángulos gimnásticos, y se mira mucho a la cámara enseñando la lengua. Poco después del descanso, no obstante, Ronaldo puso la mano en el botín acabando con un hachazo el contragolpe trenzado por Xabi, Bale y el propio Benzema. Que no tocó la pelota, por cierto, en toda la jugada. Le bastó salir corriendo hacia el lugar correcto, llevándose consigo toda la cuenca del Ruhr. Benzema hizo eso todo el tiempo, dejando tanto al Gran Galés como a Cristiano en la posibilidad de buscar el uno contra uno con sus marcadores. Demasiada ventaja. El 0-4 fue como un brochazo de Leonardo: Benzema se montó en uno de sus ferraris y salió disparado entre los jugadores azules. Ronaldo apareció en su camino para tocarle el balón dos veces. Dos pareces al primer toque que deberían ser reconstruidas con maniquíes en el museo del Bernabéu. Luego Karim definió a lo bravo, driblando al portero y metiéndola entre varias piernas. El Madrid, más que un equipo maduro -como se hartó de repetir Carloslus- es un grupo que ha abandonado el underground macarra que le llevaba todas las noches a destrozar bares y vérselas con los picoletos: el Madrid de Ancelotti es Loquillo después de dejar las drogas y la mala vida. Es un rockstar que se ha reciclado, se ha puesto el traje negro y ha decidido dejarle un futuro a los hijos, sacándole partido al talento. La certeza, para mí, es que el Madrid de Ancelotti jamás podría haberse hecho comercial sin haber roto la vajilla que destrozó Mourinho: ese es el legado silencioso que nunca saldrá en los libros de Historia. El 0-5 vino de un pase mirando al tendido de Ramos: Bale salvó la salida del portero sin creérselo, como fascinado por Sergio, que es muy de eso. De engañar a los guiris con sus músculos, sus tatuajes y su pirotecnia de central brasileño. En el 90 Ronaldo calmó el ansia metiendo el 0-6, y acto seguido Howard Webb decidió castigarnos a todos con 3 minutos de alargue en los que dio tiempo a ver a Huntelaar zumbándole la escuadra a Casillas. Alemania ya es tierra quemada, y Ancelotti ayer cruzó el Rubicón: todo lo que venga después será la inmortalidad.

Modricracia

11 dic

Fue a la salida de un córner. El balón volvió en segunda jugada a Arbeloa, quien se la dio a Modric como el que le pasa el detonador al cabecilla de una banda y se pone a cubierto detrás del capó de una furgoneta. Luka hizo funambulismo por el pico del área danesa, se paró un segundo y vislumbró un zigzag entre la melé de piernas rivales. Vestido de Cruyff -sólo le faltaba el 14 a la espalda- se cambió el balón de pie con la naturalidad con que de niño recorría Zadar entre cascotes y francotiradores apostados en los campanarios. No miró a portería. Tampoco le hizo falta. La pelota observó una trayectoria perfecta, de fuera hacia dentro. Atravesó la escuadra de Willand limpia, como un triple de Stojakovic, y el Parken Stadion aulló con un espontáneo clamor salvaje. Sucedió al 24 de la primera parte, y fue el clímax de un partido que nació y murió en las piernas de Luka Modric: rebasando los diez primeros mintuos de tanteo, el croata secó en la frontal de su propia área pequeña un peligroso contragolpe local, y al filo del 85 abandonó el césped cojeando. Llenos los tobillos de moratones, golpes y madridismo. Lo que pasó antes y lo que pasó después de ese tiempo, importó muy poco.

Desde  el partido de vuelta frente al Borussia Dortmund del pasado abril, Modric ejerce un liderazgo emocional dentro del campo cada día más incuestionable. Aquel partido deparó, entre otras cosas, una sucesión espontánea en la jerarquía de la medular madridista. Xabi cedió una llama sagrada e invisible a Luka, y sin darnos cuenta el 19 ya supera en imprescidibilidad al 14. Este estado de cosas se ha consolidado con naturalidad tras la llegada de Ancelotti. Ayer, ambos formaron pareja junto a Isco en un dibujo que en la pizarra lucía 4-3-3 y en la cancha se deformó en un 4-2-3-1 por la querencia natural del malagueño y Benzema a romper el rigor del esquema y deambular por los no definidos límites de su propia genialidad. Mientras que con Illarramendi y el ausente Khedira el croata da un paso al frente y libera su creatividad, con Alonso y Alarcón se escora hacia la derecha y se dedica a labores de intendencia, acompañamiento, aseo y dirección. En ambas posiciones destaca por su solvencia: ratonea con picardía y su exquisita técnica individual le permite pivotar sobre sí mismo sin necesidad de recurrir a un gran despliegue o a exuberancias físicas. Anoche brilló en ambas áreas, destacando su vigilancia en la zona muerta que deja Marcelo tras de sí cada vez que el brasileño se aventura en busca del Dorado. Él y Xabi destruyeron el impetuoso arrebato inicial del Copenhague sin necesidad de recurrir a los antidisturbios: siempre estaban en el sitio adecuado, en el momento justo. Tras el gol de Luka, el Madrid subió revoluciones, pero fue precisamente el equipo ayer de blanco quien pudo empatar gracias a una jugada rayana en el limbo reglamentario: Casillas, cada vez más caricaturesco en el juego aéreo, esperó a que una pelota colgada sobre su balcón le lloviera a las manos. Un danés se adelantó, de suerte para el Madrid que el árbitro pitó miedo, y la situación terminó sin derramamiento de sangre.

La jugada enervó al incansable público de Copenhague. Tras algunos siglos saqueando la costa europea, violando caballos y robando mujeres, parece que la agresividad escandinava ya sólo reside en el empuje de sus tribunas deportivas: ahora exportan socialdemocracia, muebles y Estado del Bienestar. Cristiano, que volvía, merodeó el gol toda la primera parte. Tras el descanso, cayó a sus pies un balón trenzado entre Marcelo y Pepe, quien orientó al otro palo un eficaz cabezazo en el lateral del área, a la salida de un córner. Ronaldo recibió en la soledad del héroe, ahí donde derriba imperios, y fusiló al esforzado meta danés de un certero trallazo picado. Luego falló un penalty, en el 90, que podía haber redondeado en 10 el récord que son ese noveno gol había acabado de conquistar: ya es el jugador que más goles ha anotado en una misma fase de grupos. Pero qué más daba eso, debió pensar, si he metido el gol 800 del Real Madrid en la Copa de Europa. De ahí al final el encuentro fue un trámite. El Madrid se gustaba de la mano de Benzema, que conducía los contraataques con esa indolencia fingida con la que se maneja en el terreno de juego cuando está cercano al ciento por ciento de su rendimiento global: parece que va cayéndose, ensimismado, y cuando el central comete la imprudencia de meterle el pie, se adorna con un arabesco definitivo ejecutado con la electricidad de un pintor firmando su obra. Así terminó tres o cuatro balances ofensivos que pudieron culminar la goleada pero que ora por orsais, ora por mala definición, ni Bale, ni Cristiano, ni luego Di María -que entró por Alarcón mediado el segundo tiempo- aprovecharon para finiquitar la mejor fase de grupos madridista en Copa de Europa que recuerdo. Bale estuvo desacertado y mustio durante los 90. Debió ser porque se quedó pensando en que el fútbol es un fenómeno curioso: es una de las pocas circunstancias humanas en las que unos plebeyos de anónimo y baja extracción social son halagados, agasajados y solicitados con entusiasmo juvenil por príncipes y herederos de sangre azul. Como ocurrió en la previa de este partido, en la que el retoño del príncipe danés se fotografió con la plantilla madridista. ¡Nosotros también pensamos en los niños!

Bailando sobre el escudo

28 nov

El Bernabéu se engalanó para homenajear a su jugador franquicia, que hoy vio el partido desde su harén VIP comiéndose un racimo de uvas mientras dos esclavas nubias le frotaban el torso con aceite. Entre globos, farolillos y piñatas, los dos equipos saltaron al césped con el frío metido en las entrañas. Y así empezaron el partido: congelados. La primera media hora transcurrió entre la displicencia del Madrid y la timidez turca. El Real deambulaba noctámbulo sobre el verde de Chamartín, con Alarcón sobrevolando las almenas y Casemiro guardando el fuerte junto a Illarramendi. Huérfano de Cristiano, Bale cabalgaba hacia la nada como un llanero solitario, sin encontrar en Jesé la conexión adecuada para surcar el Atlántico abierto entre la espalda de los centrales del Galatasaray y su portero, Iscan. De este buen hombre hablaremos luego. Di María correteaba por la pradera madrileña como uno de esos caballos gallegos de la rapa das bestas, perdido en el que, a priori, era su ecosistema natural. El Madrid no se encontraba sin la referencia del 7 -esa que da sentido al huracán- y transitaba entre la abulia y el desperezo. Hasta que el equipo de Roberto Mancini filtró un pase a la espalda de los 4 zagueros blancos, que andaban tirando el fuera de juego con la prestancia de una septuagenaria cruzando un paso de cebra. Ramos se tragó el bote, que iba cargado de trampa, y para arreglarlo apeó del caballo al delantero turco que ya encaraba Castellana abajo a Iker Casillas. El problema no fue la roja, en sí misma, cuyo daño colateral fue Jesé, sustituido por la urgencia táctica que provocó el colapso del central sevillano. El drama reside en la propia cabeza de Ramos: engreído, fallón, impreciso, pagado de sí mismo y henchido de vanidad como los malos toreros de las películas folk de los 50, Sergio está firmando su peor temporada como profesional justo cuando acumula galones, Pepe envejece y Varane es esclavo de su rodilla. Por Jesé entró Nacho, Ancelotti reescribió las coordenadas y el Madrid adoptó un difuso 4-3-2 con Bale en punta. Paradójicamente, el estrépito de loza rota conectó al Madrid con el partido. Pepe, que desde que tiene melena parece enclenque y hasta ha perdido aquella fascinante mirada de psycokiller, batió líneas y fue derribado a 20 metros de la portería de Iscan. Al espigado meta turco, seguramente criado en una aldea del centro de Anatolia donde aún jugarán sobre albero con balones Mikasa, se le nubló la vista por un instante.Bale se atrevió, y con el barrido panorámico de la realización del Plus pudimos ver cómo la pelota iba combándose a cámara lenta hasta pasar a un palmo de la cara del arquero del Galatasaray, quien reaccionó como los porteros del antiguo International Soccer Pro de la Play original: en dos dimensiones. Gol y delirio.

No obstante, el jolgorio iba a durar poco. Drogba agarró la pelota en tres cuartos de cancha local, y en un escorzo prodigioso -que algún día se estudiará en las academias esas de fútbol a donde los padres llevan a sus hijos con el afán de conseguir con ellos la fama que la vida les negó- se zafó de Nacho y asistió con el empeine a Umut Bulut, quien ya venía entrando en el área madridista montado en diligencia. 1-1 y murmullos en el graderío. El Madrid ganó el descanso como un náufrago alcanza la orilla, y el Galatasaray del gentiluomo Mancini -estilazo- se frotaba las manos. Sin embargo, los turcos son un equipo bien fraguado, atlético y vehemente que sólo cuenta con dos jugadores que sepan comprender el juego: Drogba y Sneijer. Uno tiene 35 años y el otro parece gozar de una agradable prejubilación a orillas del Bósforo. Al salir de la caseta, toda la tropa de morenos aguerridos -cualquiera diría que son la guardia varega negra del emperador de Bizancio- con trazas de fondistas keniatas del Galatasaray se estrelló en Arbeloa. El capitán sin brazalete desplegó, otra vez, todo su sentido de Estado para activar a su equipo, que saltó de vestuarios escopetado sobre la portería contraria. A lomos de Di María, Isco y Marcelo, el Madrid se encendió tanto que, durante esos cinco minutos de magia negra ritual que sólo se dan en el Bernabéu cuando el Madrid invoca al diablo, el lateral derecho hizo de delantero y marcó un gol, dio otro y rozó el doblete. Justo tras el 2-1 Carletto metió a Xabi en el campo, juntándolo con Illarramendi: lucía el Madrid una medular de los años 30. Dos bigardos vascos con botas negras contándose historias de la capital bajo el tronco de Guernika. Alonso tomó el relevo de Casemiro, un Emerson pulido en lo técnico pero aún verde en lo táctico. Hay madera. Arbeloa siguió tocando a rebato, asumiendo la herencia dinástica de Hierro y Redondo de la que ominosamente rehuye Casillas. Terminó bailando sobre el escudo, como un espartano victorioso al son del inesperado reconocimiento del estadio. Di María primero, e Isco después, sentenciaron un partido de cuyo plácido final nadie dudó, ni siquiera con uno menos, 0-0 y toda la noche por delante. No hay nada más sintomático que esto. En el cuarto gol pudimos ver la reencarnación mediterránea de Odín: Isco escondió la pelota y zigzagueó por entre los jugadores del Galatasaray recortando como si fuese gerundio. La magia de este chico está, también, en eso: en hacer del recurso más simple y práctico del fútbol un arte de atracción magnética. Como escapándose de la eterna comparación con Özil, Alarcón se recortó a sí mismo y a pesar de que continúa dibujando el gesto un segundo más de lo necesario, recupera las sensaciones del inicio de temporada, sabiéndose imprescindible.

Otra vez será

5 nov

Para mi generación era la cuarta visita a Turín. Las dos primeras, en Delle Alpi, fueron traumáticas pues supusieron eliminaciones, finales de ciclo y ciclogénesis explosivas. La tercera, en el Comunale, estuvo revestida de un insoportable hedor a decadencia y muerte. Esta última, en el flamante Juventus Stadium, era una especie de reverso luminoso del partido jugado en noviembre de 2008: un sol naciente plagado de molestos nubarrones, un parpadeo incesante que no termina, etcétera. El Madrid, de naranja, holandés, propició una imagen fabulosa. La de Modric, o Cruyff reencarnado en un elfo croata trotando, melena al viento y gesto encorvado sobre la pelota, sobre el césped piamontés en actitud de imantar el juego con obsceno dominio sobre el balón. Pero antes de que Luka domeñara la batalla y cebase el arcabuz de Cristiano Ronaldo, la Juve había teletransportado al Madrid a una pequeña Alemania. Su nuevo campo me recordó al Westfalenstadion de Dortmund casi tanto como la defensa con la que formó de inicio Ancelotti: Ramos en el lateral derecho, Pepe y Varane en el eje, y un lateral lusoparlante en la izquierda. El problema, más allá de lo táctico, radicó en que cinco horas antes de las 20:45 las ondas, amigas del capitán del Real Madrid, ya lo sabían. Esta deleznable defección, una más dentro del vestuario antes de un partido trascendental, frunció el ceño de los más escépticos. Carletto apostó por dos laterales tan efectistas como frágiles, y sobre ellos se aupó la Juventus para cargar sobre la portería del portero suplente del Madrid. Llorente, otra vez, bombeó balones al costado de Pogba y Tévez como un pívot descargando sobre el perímetro, y el balance ofensivo italiano no pudo ser más académico: pelota a la espalda de Sergio, cambio de orientación a la nuca de Marcelo y melé cancerígena en el área pequeña de Casillas. Así llegaron las ocasiones más notables del equipo de Conte, que propiciaron una buena parada del yerno de España, así como un inquietante despeje a los pies de sus centrales y una salida en falso que volvió a recordar al vuelo atolondrado de un gorrión pipiolo. El problema es que el muchacho tiene ya treintaytantos, y de zagal sólo tiene los defectos, que siguen siendo los mismos. También las virtudes. Así fue su partido: clásico. Buenos reflejos, malos despejes y acochinamiento en tablas. Varane no cuajó su mejor partido como madridista y, sin embargo, volvió a ser el mejor de la línea de 4. Parecía una división de los cascos azules apagando los fuegos que iban dejando los tres mastuerzos que compartían defensa con él.

Suyo fue, no obstante, el penalty. Al filo del descanso Pogba entró con un machete en el área, como un tutsi dando un garbeo por un poblado hutu. Varane lo desarmó limpiamente, pero Howard Webb pitó penalty. Parecía que la expulsión de Chiellini en el partido del Bernabéu debía ser compensada, y Vidal transformó el castigo con un chutazo inapelable. El Madríd sólo había disparado dos veces entre los tres palos, y el trivote de la medular no podía conectar con los velociraptors de arriba a causa de múltiples factores. Entre ellos, la ausencia de movilidad de los delanteros y la zapa que Llorente y Marchisio hacían sobre Xabi Alonso. En la segunda parte todo cambió. A Martín Cáceres, un extra de las películas de Van Damme que juega en la Juventus, se le apagó la luz y cedió atrás un balón desde el centro del campo. Le cayó a Benzema justo en línea de tres cuartos, y Karim, que no la había tocado en toda la primera parte, la acarició como si fuera una de las bolas de dragón. Por su izquierda vio entrar a Ronaldo montado en la nube mágica de Goku, y Cristiano acribilló a Buffon cambiándosela de palo y elevándola por encima del flequillo de SuperGigi. A los dos minutos, Xabi se encontró una pelota botando en la media luna juventina, y la golpeó con la izquierda como si fuese un pelotari reventando un frontón donostiarra. Del larguero subió hasta el cielo de Turín, y cuando bajó la tenía de nuevo Cristiano Ronaldo. La Vieja Señora estaba traspuesta, y el portugués batió líneas con una zancada de centauro. Cuando parecía dispuesto a fusilar el marco rival, vio a Bale entrando por su derecha. Gareth controló y sin tiempo para respirar la colocó con el interior en la cepa del poste izquierdo de Buffon. 1-2 y el partido a los pies del Madrid. La Juve, vencida y eliminada, parecía sacar la bandera blanca pidiendo cuartel: no seáis cabrones, y dejadnos así, pretendí escuchar. Los rebuznos de Rivero y las simplezas de Sanchís en la tele de todos los españoles me impidieron oírlo con nitidez, y justo cuando agarré el mando para subir el volumen vi a Martín Cáceres enviar un centro que era una botella tirada al mar con un SOS escrito con sangre en un papel. Casillas, por supuesto, se quedó debajo del larguero esperando a que escampara, y Llorente burló a Varane y metió la testuz, enviando el balón al fondo de las redes. 2-2, y el Madrid que, a partir de ahí, se conformó con un empate que pudo haber sido la primera victoria en Turín desde el Siglo de Oro pero que, sin embargo, acabó en un armisticio diplomático. El Real se fue con la clasificación en el bolsillo y los de Conte se guardaron un último hálito de vida en la competición. Otra vez será.

Jugando a nada, por supuesto

24 oct

La Juve de Antonio Conte es la mejor que ha pasado por Chamartín desde 1996, cuando Vierchowod descapulló a Raúl. También, y es paradójico, es la que menos ha encogido los agitados corazones madridistas. El Madrid salió de los cuarteles como para iniciar un pronunciamiento, y a los cuatro minutos Di María ya había hecho saltar la caja fuerte: diagonal hacia dentro desde banda derecha y pase al desmarque, el número más aclamado del show del Fideo. Ronaldo definió como si pegase un guitarrazo contra el escenario. Así comenzaron unos 45 minutos en los que arrastró al Madrid hacia octavos, el campamento base, como un superhéroe de la Marvel. Hubo una jugada en la que al Bernabéu se le puso dura: Marcelo se quedó contemplando el paisaje en una de sus excursiones y Cristiano, en un alarde de solidaridad colectiva no exenta de demagogia tribunera, acompañó el repliegue y robó la pelota casi en la misma línea de fondo propia. Después, a lo Moisés blandiendo el cayado, subió el balón sintiendo cómo a su alrededor el madridismo se abría, en éxtasis, igual que las aguas del Mar Rojo. Sobre el jugador franquicia blanco gravitó un encuentro que, no obstante, rindió honores de Jefe de Estado a los dos equipos. La Juventus descabalgó al Madrid por los costados. La doble línea de presión local, muy meritoria, sobre la salida de los visitantes quedó desactivada con una buena transición bianconera. Desde ahí, Pirlo y Vidal -al que el otro día me pareció ver en el programa de La Sexta sobre las cárceles del mundo- hicieron de artificieros, lanzando balones hacia Llorente, que parecía una ventana cerrada en la que no paraban de chocar Ramos y Pepe, como moscas intentando atravesarla. Tévez y Pogba se descolgaron por el patio trasero de Arbeloa y Marcelo, y así llegó el empate, en el único error defensivo notable de un Madrid, sin embargo, muy serio toda la noche.

Con el 1-1 el Madrid decidió despertar: es el déficit más evidente del equipo de Ancelotti, al que le da vértigo administrar ciertas ventajas. Marcelo y Vidal iniciaron una pelea de bandas, el árbitro pitó, Modric mandó un pelotazo al balcón de Buffon y Chiellini quiso bailar un tango con Sergio Ramos. El penalty, que fue fruto del paso adelante del Madrid y no de uno de esos milagros con los que la prensa justifica su eslogan más antiguo y celebrado -el Madrid no juega a nada- serenó el encuentro y le quitó voltaje. El Madrid supo templarlo con un magnífico trabajo de Modric, Illarramendi y Khedira, y con un Di María al que no se le acaban las pilas alcalinas. Es el verdadero agitador del Madrid de Ancelotti, y cualquiera lo confundiría con uno de esos anarquistas repartiendo panfletos y llamando a la revolución en la Barcelona de 1920. Esos cuatro compraron la pelota y marcaron el tempo, y a la Vieja Señora se le fue la vida intentando arañar el muro de parsimonia con el que el Real mató el partido. Chiellini embarcó rumbo al Piamonte nada más empezar la segunda parte, en una acción estúpida, más propia de alguno de los centrales del Madrid de anoche. De ahí hasta el final se hicieron méritos para marcar el 3-1, pero Benzema va a tener que inmolar un buey en una playa desierta y hacer libaciones sobre sus entrañas humeantes para conjurar el funesto oráculo que pesa sobre él. Salió Bale a corretear en el 70, y tardó diez minutos en tocar el balón. Le falta swing. Al dragón galés aún se le ve desnortado, sin saber muy bien dónde quiere Carletto ubicarle. Uno se pregunta para qué sirve tener 91 millones de euros quemándote en la cartera si tardas dos meses en soltarlos. Bale, es probable, no estará a pleno rendimiento hasta enero o febrero, una vez haya asumido el rol que se le asigna en el sistema y por sus piernas corra el ritmo de la competición. El partido acabó entre vítores y abucheos. Llorente salió ovacionado del Bernabéu por segunda vez en su carrera deportiva, con lo que suma ya más aplausos en Madrid que Benzema. A Morata lo recibió un trueno en las gradas, y el muchacho volvió a saltar con la voluntad férrea de un novillero que toma la alternativa en Las Ventas. Al Madrid le queda una victoria para sellar la primera plaza del grupo, pero antes conocer el estadio de diseño de la Juve habrá que tomar el liderato este sábado, en el Camp Nou. Jugando a nada, por supuesto.

Daneses haciendo el tour del Bernabéu

3 oct

El FC Copenhague visitaba Chamartín, y como es obligado, el club puso el museo del Bernabéu a disposición de los turistas daneses. Por eso jugó Casillas. Ancelotti parece haber encontrado su pasillo de seguridad situando en la cocina a Illarramendi y en la puerta del salón a Khedira. Por en medio circula Modric, alrededor de quien gira todo el sistema solar del equipo. Emocionalmente inestables tras la visita de Simeone y sus albanokosovares, los jugadores se mostraron cómodos vertebrándose en torno al mediocentro vasco y el paracaídas tejido por Luka y Sami. La virginal pureza de los chicos de Solbakken permitió a Marcelo corretear libre por el prado que se extendía entre él y la portería nórdica: cuando el adversario no ataca la ruta 66 que empieza en el dorsal del brasileño, las cabriolas de Marcelo se vuelven homicidas para la defensa contraria. El entrenador del Copenhague es un tipo curioso. Pertenece a esa entrañable casta de técnicos tan pasionales como un fandango; es tan capaz de caerse delante de su banquillo jurándole por Thor al árbitro, como de agarrar por el cuello a Guardiola con la furia asesina de un antiguo vikingo. Tiene todas las papeletas para ser el primer entrenador del fútbol mundial que muere en directo de un jamacuco. Cuando sus muchachos estaban saliendo de la Sala Di Stéfano del museo, Marcelo colgó desde Copacabana un centro maravilloso al área chica. El portero salió tarde y Cristiano no se arredró. 1-0.

Casillas, quizá emocionado por tamaño homenaje de su colega danés, fue engullido por una melé a la salida de un córner y Modric evitó que la gracieta le costase a Ancelotti un susto, y que un rubicundo hombre del norte de nombre impronunciable pudiera contarle a sus nietos que marcó un gol en el Bernabéu. Por suerte para sus compañeros, el portero suplente del Madrid ya no salió más en pantalla. Varane, tan añorado, mantuvo la calma en la zaga con el pragmatismo de un agente de aduanas, y el partido lo sellaron los tres futbolistas de más talento sobre el verde. Fue como un calambrazo. Di María embocó de nuevo el pico derecho del área danesa, y Benzema fue otra vez el keyplayer. Pisó, se giró y taconeó al espacio, por donde volvía a entrar el argentino, descerrajando el flanco del Copenhague. Casi en línea de fondo, el Fideo centró de rabona desde algún descampado de Rosarioy CR7 electrocutó al portero con un fulminante cabezazo al primer palo. De ahí al final, carrusel de cambios y festival del canibalismo: el mejor Di María desde noviembre de 2011 remató una noche soberbia con dos buenos goles que califican con un notable su inicio de temporada. A pesar de caer en el cepo del Cholo el otro día, Fideo está reencontrándose a sí mismo, de lo cual la hinchada se congratula, puesto que de mantener este nivel es, qué duda cabe, el jugador número 13 del Madrid de Ancelotti. En el descuento y ya con 4-0, la afición del Bernabéu, siempre señorial con quienes la visitan desde tan lejos, le regaló a los chicos de Copenhague el bonus track de su tour por el estadio: la actuación de su más joven ex-futbolista, a la sazón capitán, y un remake de las viejas ovaciones demagógicas tan de moda en Chamartín a finales de la primera década del siglo XXI. Casillas parecía una cabra bailando sobre una banqueta. Lo que no vi fue al gitano tocando la pandereta.

Pirañas

18 sep

Un fantasma recorre Europa, y anoche pasó susurrándole miedo a Casillas en el oído justo cuando un balón sin historia sobrevolaba el balcón de su área. El aullido de los cincuenta mil jenízaros botando sobre el barrio del Gálata se le incrustó en medio de la parrilla intercostal, y de entre la cuarta y la quinta costilla le brotó Diego López, como Eva saliendo del tórax de Adán. Tanto tiempo construyendo un drama nacional por la titularidad perdida, para esto. A los quince minutos de partido, el Madrid recuperó a su portero titular, pero las sensaciones sobre el Turk Telekom Arena seguían siendo las mismas que las de una partida de cristianos deambulando desnortados por entre leones y gladiadores. La presencia de Arbeloa, a pesar de su ubicación contra natura en el lateral izquierdo, aseguraba empaque a una defensa que sólo necesita que alguien se asome por encima del muro para que de repente le salten, como hebras de una tela vieja, todas las costuras. Modric, Khedira y Di María sostenían en la medular el empuje intermitente de los turcos de Fatih Terim, quien rugía en la banda incitando a sus muchachos al asalto permanente. El Galatasaray estuvo a un tris de derribar la muralla cuando un cabezazo picado -abajo, donde matan- de Felipe Melo obligó a Diego López a poner sus ciento noventa y seis centímetros de madridismo al servicio de la epopeya. Necesitamos héroes normales, gente como el vecino del sexto o el panadero de la esquina, cuya calvicie no se oculte tras ridículos implantes de Peter Pan. Por eso Diego es un excelente ciudadano, amigo de sus amigos, que cuando huele la presencia de los malos tira la bomba de humo, busca un rincón, se rompe la camisa y sale volando hacia el skyline vestido de Superman, con la misma grácil normalidad con la que ayuda a cruzar a una abuelita o abraza compungido en la banda al no-galáctico de Móstoles.

La vigilia duró lo que tardó Alarcón en disfrazarse de Kun Agüero. Con la izquierda metió plomo a una pelota caída desde la exosfera, con el culo levantó un fortín entre su espalda y el central adversario, y con la derecha definió a lo capocannoniere: rasa, fuerte y a la cepa del palo corto. Control, pausa y disparo: ejecutó La Mozambiqueña como el mejor de los SEAL. Si Hemingway lo hubiese visto desde el tendido seguramente habría aplaudido su canónico parar, templar y mandar. Luego de esta estocada, el Madrid fue consciente de que del tiroteo había salido ileso, y en la segunda parte aprovechó para arrojar a su manada de velociraptors sobre la espalda del Galatasaray. Detrás de sus laterales se abrió el Bósforo y en él se hundieron los esforzados jugadores turcos, chapoteando por entre la estela blanquísima de Cristiano Ronaldo, Benzema, Di María y luego Gareth Bale. La goleada se desató como una cascada sobre la cabeza de Muslera, y el Real abre la Copa de Europa con seis goles a domicilio. Por momentos el Madrid rozó lo impúdico: sus delanteros parecían pirañas en medio de una charca llena de corderos moribundos. El techo de este equipo está todavía muy lejos, y quizá, también, el equilibrio entre la parada militar en Estambul y la verbena dominguera de Villarreal. Cabe imaginar que Casillas volverá a la titularidad europea ante la amable platea del Bernabéu, aunque siga sin haber argumentos estrictamente deportivos para justificar la suplencia de Diego López en Copa de Europa. Afrontar la aventura equinoccial con un arquero presionado, fuera de forma y emocionalmente inestable no parece lo más sugerente, aunque la ceja de Carletto es inescrutable, como los caminos de Dios. Sin embargo, los chicos de Ancelotti despertaron ayer el apetito insaciable de la bestia, cuya pasión se alimenta de la avaricia implacable del madridista por acumular títulos, victorias y cabezas de sus enemigos. El ethos madridista es como un niño malcriado, o como un nacionalista catalán. A partir de ahora, como reza la canción, sólo queremos más. 

Extratémpora

1 may

La derrota apenas si tiene dignidad. Es como la muerte. Cuando se acerca el momento fatídico, muy pocos consiguen encararla con la entereza apropiada. La diferencia es que, al contrario que palmarla, tras perder sigue habiendo vida. Uno se ve obligado a continuar con su rutina, y eso requiere cierto grado de confianza en las certidumbres propias. La derrota es como un entierro de la sardina a lo grande: se termina de golpe un carnaval, y debajo de las máscaras cada uno se queda con lo que tiene. Por supuesto, hay a quien de repente se le cae el maquillaje y se le ven todas las arrugas de golpe, como una aparición fantasmal que cubre de años lo que parecía joven y puro, y hay a quien las cicatrices le recubren de un halo venerable. Como de chamán antiguo que vuelve de un trance para contarle a los pipiolos de la tribu las viejas batallas alrededor de una lumbre, en el desierto. El Madrid de Mourinho se quedó anoche a un gol de Wembley, después de haber cargado una y otra vez sobre la portería borussia durante 95 minutos. Fue hermoso, terrible, cruel, todo a la vez. En los primeros 10 minutos se pudo haber logrado, pero Higuaín selló su destino para con la Historia mandando al limbo el 1-0. A partir de ahí, a Götze le entró un dolor en el flequillo, Klopp lo sustituyó por uno de esos zapadores rubios de nombre consonántico con los que asfaltó el centro del campo, y el Madrid sólo pudo parecerse a la 326 en Sbodonovo. Cada vez llegaba a los cañones alemanes con menos hombres. Pero llegaba. Sergio Ramos sacó del partido a Lewandowski, sosteniendo con él un combate feroz, sangriento, grecorromano, y Diego López alargó el hálito madridista con una parada de cinemascope. Cuando en Westfalia ya se festejaba el pase a la final, el Madrid intentó un último golpe de mano que no sólo empañó las gafas de Klopp, como pedía Jabois, sino que cortó el aliento de millones de personas, en la ciudad y en el mundo. Dos goles que iban a ser tres si un alemán, cuyo nombre no alcancé a leer pero que sin duda pertenece ya al género de la historiografía que se ocupa en glosar a los anónimos que escribieron la Historia desde bastidores, no se llega a tirar en el suelo como alcanzado por un francotirador. Exactamente ahí se terminó el partido, puesto que el Bernabéu, convertido en Circo Máximo de Roma, había entrado ya en esa cuarta fase apocalíptica en la que las tribunas se vuelven leones cuyas zarpas rozan, físicamente, el rostro de los rivales, de pronto engullidos por la propia grandiosidad tribal del escenario. Pasaron tres minutos y el Madrid sólo tuvo una última carga, infructuosa. Ahora espera un mes de incertidumbre, inquietud y revanchismo. Las ratas merodean el cuerpo caído del águila, hincando dientes ya sin mesura en la carne todavía caliente, pero unos pocos todavía creemos en que a partir de junio se ha de volver, más y mejor preparados. Por que en eso consiste ser madridista: en una hidalguía extratémpora, fuera de los tiempos señalados por tanto Caifás hispánico que ayer pregonaba ufano sobre el futuro del Madrid en tertulias de radio y televisión, como un león aconsejando a un ñu la manera más segura de vadear el riachuelo.

Anábasis

29 abr

Cuenta Jenofonte, el primer madridista de cuya remontada se tienen noticias, la historia de ésta en su Anábasis. Hoy su análogo sería la libretilla azul donde Mourinho apunta sus inescrutables jeroglíficos, sus líneas y geometrías misteriosas, disposiciones tácticas y la lista de la compra que le encargó su mujer. En la Anábasis se relata la excursión de unos cuantos hoplitas griegos al interior del imperio Persa en busca del botín que el príncipe Ciro les había prometido a cambio de que con sus espadas y lanzas le aupasen al trono de su hermano Artajerjes. Los griegos, aparte de ser los fundadores de la civilización occidental y de construir maravillas intemporales como la Acrópolis, también eran unas putas que, naturalmente, se vendían al vil metal, como todo hijo de vecino. El picnic de los muchachos de Jenofonte llegó hasta Cunaxa, que es como decir donde Cristo pegó las tres voces y se quedó sin cobertura. Allí le dieron matarile a Ciro, y los griegos dijeron que aquella ya no era su guerra y que se piraban a casa. Los ejércitos persas, los que habían combatido junto a ellos hasta ese momento y los otros, los de Artajerjes, como era de esperar, dijeron que antes de marchar les iban a convidar a una barbacoa donde el menú sería ateniense a la parrilla. Es el primer caso de madridista en contexto hostil que tiene que abrirse paso hasta su destino a puro huevo. Los griegos, como el Madrid de Mourinho, se encontraron con cuatro goles en contra y muy poco tiempo para ganar la salida hacia el mar. También, como nuestros muchachos, se vieron abandonados incluso por los que creían amigos, aunque esa no es una rareza en una afición abocada a la ciclotimia y la efervescencia adolescente.

Como una banda de rock huyendo campo a través perseguidos por una jauría enfurecida después de que el batería hubiese desvirgado a una moza del pueblo mientras sus compañeros hacían la prueba de sonido, los griegos dijeron maricón el último y recorrieron 4000 kilómetros en dirección al mar con los persas zumbando como moscas detrás de la mierda. Así ha caminado el Madrid de Mourinho desde que en junio de 2010 The Special One aterrizase en Concha Espina como el rockstar absoluto del fútbol mundial. Tras tres años navegando entre aguas infestadas de tiburones, falsos amigos, enemigos declarados y sacerdotes del oprobio cuyo único leitmotiv es zancadillear al gigante para destriparlo a gusto cuando ya no se pueda levantar, el Madrid de Jenofonte y los hoplitas de Mourinho se enfrentan mañana al monstruo final del juego. Sin embargo, como si Dios quisiera manifestar su madridismo antes del partido contra el Borussia, una extemporánea nevada ha tapizado los alrededores de Madrid de un blanco mesiánico, purificador, incontestable. Cuenta Jenofonte en su Anábasis que remontando las montañas de Armenia, una terrible nevada sorprendió a sus muchachos en mitad de la nada. Para sobrevivir, cada hoplita se metió debajo de su enorme escudo. A la mañana siguiente, los enemigos, desconcertados ante la desaparición de los griegos cuyos restos pensaban despedazar, corrieron despavoridos ante la imagen de todo un ejército surgiendo de las entrañas de la blanquísima nieve. La metáfora es inevitable, como el cosquilleo al pensar que sólo queda un día. Que nieve sobre Madrid justo cuando la Europa meridional rescata el bikini del armario es el último prodigio que se nos muestra a nosotros, satánicos adeptos del Madrid rockstar de Mourinho. Es imposible no creer en que el martes cenaremos borussios de primero y periogolfos de segundo en el Txistu, o con Lucifer en el infierno.

Némesis

25 abr

Anoche el Madrid sacó a pasear todos sus antiguos fantasmas alemanes justamente el día más inoportuno para hacerlo. A pesar de haber jugado 2 veces en esta misma campaña contra los muchachos de Klopp, Mourinho fue incapaz de superar tácticamente a un equipo que volvió a aplanar al Real como si de la caballería polaca se tratase. Alemania, al ser una nación tenaz en su implacable voluntad de poder, se ha erigido siempre como la némesis del Madrid: los iguales se repelen, y cada visita madridista al suelo germánico es como una recreación extraordinariamente fiel de los círculos del infierno de Dante. Como si no hubiesen jugado dos semifinales de la Copa de Europa anteriormente, los jugadores del Madrid, todos curtidos en partidos de rancio abolengo y nervio fuerte, se asemejaron a una partida de becarios en su primer día en el equipo de Frank Underwood. Pepe, el mejor central que ha defendido la blanca desde Fernando Hierro, fue caricaturizado por Lewandoski. Este delantero, que le ha marcado esta temporada más goles al Madrid que Messi en la mitad de partidos, realizó ayer un encuentro portentoso, digno del escenario y de la competición. Él sólo fue capaz de convertir en dos guiñapos tanto al 3 como al 2 blancos: como una terrorífica tuneladora, horadó los cimientos de una defensa a la que las bajas de Arbeloa y Essien dislocaron irremediablemente. Como un extraordinario muelle, el Borussia de Dortmund no ofreció ningún tipo de cuartel a los jugadores madridistas, ni a lo largo ni a lo ancho del tapete verde. Klopp fue quedándose con todos los peones del centro del campo del Madrid hasta dar jaque-mate al castillo de proa blanco, machacando uno tras otros a Xabi -horrible-, Khedira -nefando- y a Modric, aplastado por el despliegue prusiano de la segunda línea borussia, verdadero martillo de este equipo. El Madrid perdió todas las segundas jugadas, y así cedió tres de los cuatro goles. Todos los viejos espectros de la historia del Madrid en Alemania se pusieron a danzar al mismo tiempo alrededor de once hombres desquiciados por un contexto al que no han sabido hacer frente, y el Madrid de Mourinho está a un paso de convertirse en otro de esos grandes equipos fulminados en la orilla de la misión histórica del club.

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