Tag Archives: Chipiona

Un hombre en gabardina

16 dic

El otro día me puse una gabardina. Esto, un hecho irrelevante en cualquier lugar del mundo civilizado, se convierte en toda una experiencia cuando uno está en un pueblo. Es sabido que la civilización comienza y termina en las rondas de circunvalación de las ciudades. Todo lo que queda fuera de esos anillos de hormigón fronterizos es, por así decir, una estepa, una cosa árida y selvática, un agros habitado por bárbaros. Me puse, digo, una gabardina el otro día: llovía con sórdida constancia y tenía unos cuantos compromisos sociales que atender. Así que me dije, perfecto, gentleman. Es tu momento. Tiernamente pensé… Seguir leyendo

Efialtes tenía razón

5 sep

Semana número 11.

Se puede decir ya que el verano murió con agosto. Siempre muere con agosto, el verano, aunque siga haciendo calor, la gente siga yendo a la playa y se le siga llamando verano. Lo que resta desde el postrero de agosto, o mejor dicho, desde su último sábado, son días basura. Digo último sábado y lo digo bien, porque en este hedonismo obligatorio al que empuja la presión contextual, se corre el peligro de arder en una pira pública si se pretende, en el ejercicio de la individualidad individual que tiene uno, sustraerse a la bacanal predeterminada de cada fin de semana. Es que es el último finde de agosto, braman los exégetas de este carpe diem hecho institución social tan sacralizada como en su día estuvo el dogma de la Inmaculada Concepción; como si ese aserto, su formulación misma, confiriese al hecho de tajarse como un piojo cada sábado de verano una gravedad insoslayable. Por eso el verano acaba la noche que llegas a gatas a tu casa por última vez. Desde ahí sólo hay días, etapas de transición con finales al sprint. Días que no los quiere ya, apático, el verano, pero tampoco los reclama el otoño, avaro para tomar posesión de su parcela en el calendario.

Quedan, pues, estos dias intermedios, fronterizos, este Kurdistán sin Estado, colocado como artificio endemoniado entre el tiempo del ocio y el del laburo; días de vinagre y ajo, de retornos, aunque muchas veces ese regreso no sea sino continuación grisácea. Lo peor de estas primeras semanas de septiembre son, equilicuá, las fiestas patronales. Detrás de esta perífrasis se esconde el alma misma del pópulo: la turba licenciosa, cada villorrio español celebrando sus panateneas. Es preciso huir de todo eso. Son en estas verbenas, llamadas pomposamente ferias desde el cambio de siglo, una gárgara gigantesca. Como en las partidas de póker, si no ves el esputo en esa gárgara, es que tú eres el gargajo. Creo que este dietario termina aquí. Fue un paseo interesante. Alargarlo resultaría inapropiado: nació para desfazer entuertos veraniegos y el verano se largó. Al final esto ha sido menos diario que cuaderno de notas, pero qué les voy a contar, mi vida no es tan fabulosa como para rellenar un texto a la semana. He volcado, creo, todo mi amor por Chipiona aquí. Lo hago por todos ustedes, y deberían agradecérmelo. He pretendido disuadirles de venir si en algún momento de sus vidas futuras algún desaprensivo quiere traerles; a menos que, naturalmente, ese desaprensivo sea Florentino Pérez y con él vengan todos los bulldozers de ACS cargados de dinero, obreros y proyectos de reurbanización. Si pone todo esto por llano entonces ustedes también están invitados a la fiesta. Yo ya voy, por si acaso, entregándoles las llaves del castillo, que es de noche y hay un portillo abierto en la muralla donde no nos ve nadie.

El amor en los tiempos del ébola

29 ago

Semana número 10

El pasado fin de semana lo pasé en el norte. La diferencia entre la España cantábrica y la España del bajo Guadalquivir es asombrosa. Se trata de dos países distintos. La Historia cuenta que fue la Bética el territorio hispánico en donde la civilización occidental  alcanzó el clímax. Tartessos, Fenicia, Grecia, Cartago, Roma, Bizancio, el Islam, la Cristiandad y todo eso. Al contrario, el norte siempre fue cuna del arquetipo bárbaro: indómitos vascones, astures rebeldes y don Pelayo dando por saco en lo alto de un peñasco. Qué les voy a contar. Sin embargo, no. De Marco Ulpio Trajano a Isabel Pantoja, el sur ha llegado al exceso civilizador. Se ha podrido, es una fruta madura dejada al sol de agosto, un día entero. Se ha llegado a un manierismo extremo, a un recargamiento de todo: Séneca en chanclas con el brazo tatuado y la camiseta de tirantes definiendo cervezas extemporáneas. La fisonomía de los paisajes difieren tanto que recorrerlos en tren, desde Jerez hasta Oviedo, se asemeja a atravesar un cuerpo tumefacto que todavía conserva un busto verde. Sano. Verde, de eso sí, hay de sobra al cruzar la cresta de roca que separa León de Asturias. Entra uno en un mundo nuevo. Plomo en el cielo, bruma en el suelo.

Las ciudades del sor adolecen de firmamentos post-industriales: horizontes de techos cortados de un tijeretazo, blanqueados por un sol criminal; un caserío almenado con antenas que son sartenes y parabólicas negras, como astillas en las azoteas que dibujan un skyline decrépito, algo parecido a una calavera resecada en el desierto perfilada sobre un cielo vasto como el océano. E igual de azul. La España cantábrica, en cambio, con sus fachadas de piedra, sus tejados de pizarra, sus cierros de madera y su mampostería empotrada en recovecos inauditos, te da un manotazo de frescura nada más cruzarla. Sentí una honda tristeza al marcharme. Nunca me gusta abandonar Asturias, pero es que últimamente, al bajar por Puertollano con el tren, tengo que incluso taparme la nariz con una pinza. No les hablo ya, por supuesto, del paisanaje: aquí me repito más que el ajo. Sólo puedo añadir que caminando por la calle Uría, a uno le parece harto improbable que de ahí pueda salir un Amador Mohedano. Y ya que sale ecce homo en la conversación, no puedo sino comentar su último brochazo: cagar en la playa. ¡Qué oda a Duchamp ha dejado, sin proponérselo, grabada para la posteridad! Me voy tres días y al volver encuentro una Chipiona tomada por Telecinco. Las unidades móviles han acampado a lo pequeño y estrecho del pueblo. Los indígenas no habían visto semejante despliegue tecnológico desde que construyeron el faro. Amador Mohedano, descartado del casting de Los Soprano por la excesiva pureza del personaje, decidió homenajear la calidad de las playas, la calidez de las gentes y la vitalidad del lugar, del único modo en que se puede estar a la altura de Chipiona: dejando un ñordo en la arena como símbolo del amor en los tiempos del ébola. ¡Qué arte tiene mi gente!

Ira de Dios

11 ago

Semana número 8

El verano ha entrado ya en el mar de los Sargazos que es agosto. Son esos días, desde el 5 o el 6 hasta la última semana del mes, en que todo fluye con la ductilidad de un bloque de granito. Agosto está muy cerca de angosto, y angostas son las calles por las que transitamos en agosto. Todo se paraliza, abandona su ritmo normal. El estado de las cosas se ralentiza y cae, despeñado por una apatía general, una desidia rota sólo por pequeños gestos de extraordinaria idiocia. Como por ejemplo la indignación que alborota a los vecinos de Chipiona. Tiene que ver con Telecinco y el antro que ahora concita los focos de la televisión de variedades: La Kedá. Ciertamente, y esto se lo tengo que conceder a la gente que en Chipiona anda alzada en armas, he visto a muchos foráneos fotografiándose delante de la puerta como si detrás tuviesen el Bernabéu, la torre de Pisa o, qué sé yo, el Big Ben. Me han recordado a los paisanos que peregrinaban hasta la puerta del cortijo de Jesulín, en Ubrique, cuando Ambiciones era Falcon Crest y España sufría con el drama de aquella cenicienta de barrio pobre a la que mi propia abuela llamaba Belén con la familiaridad que dedicaba a sus nietos. Pero es curioso esto de La Kedá. Circulan por Facebook comentarios exaltados, graves y solemnes. Todos esos hombres y mujeres, buenos chipioneros, chipioneros patanegra, genuinos, sanedrín de las gentes talladas según el patrón que el Dios de la gente fetén dejó escrito en las Tablas de la Ley en un anexo de la Constitución del 78, no caben en sí de cólera: ¡la Chipiona que sale en la tele no es la Chipiona real!

Háganse cargo de la vergüenza. Ajena, claro. Varias veces estuve tentado de meterme en perfiles de gente así y escribirles en el muro mensajes subversivos. Qué coño te importa. Cállate ya, tontaco. Todos los paletos, fuera de Madrid. Ya saben, grafitis en las paredes de Pompeya mientras eructa el Vesubio. Luego lo pensé mejor: para qué jugármela, conociendo el temple de esta gente. Sin embargo, no deja de parecerme obsceno. Incluso arrogante. Hay gente que se cree, en verdad, en posesión de algún tipo de verdad, o depositaria de esencias sagradas, antiguas. Casi siempre tiene que ver con el terruño. Asusta pensar en cómo el terruño está dentro de según qué tipo de fulanos. Es como una nave nodriza flotando todo el rato sobre sus pequeñas cabezas de hormigas presuntuosas. ¡Pero qué divertido es! He descubierto Facebook como laboratorio sociológico. Pocas veces defrauda. No sé qué tipo de cosas estarán diciendo en Telecinco sobre Chipiona y La Kedá porque no tengo por costumbre encender la televisión salvo cuando juega el Madrid y lo dan en abierto. Por lo que capto aquí y allí a los doctores del Templo que pululan en la vida 2.0, y en la otra, deben ser cosas terribles. Epatadoras. Les recomendaría a los reporteros que vienen aquí que se trajeran pertrechos de guerra. Cascos, chalecos antibalas, cámaras forradas de algún material aislante, y cosas así. Nadie más que un español de pueblo sabe hasta qué punto la cosa se puede encrespar cuando a la buena gente, a la gente buena, se le toca el altar del terruño.

Ya queda menos

3 ago

Semana número 7

El otro día un niño me llamó hombre y otro me pidió que le firmase una pelota de voley-playa. Creí que me había confundido con el Náufrago de Tom Hanks y entonces decidí pelarme. Son estos impulsos que tienen algo de instinto púdico, que sobrevienen de vez en cuando. Fui al barbero. Ya casi se ha perdido, pero qué sonoridad tiene la palabra barbero. Ir a la barbería no se dice ya, casi, y menos en la ciudad, pero en el pueblo todavía conserva algo de ese rito antiguo que tiene todo en la vida adulta masculina. Que te pele el barbero no es lo mismo que el peluquero te corte el pelo. Al barbero va uno con su padre la primera vez, con 5 o 6 años, y al otro se llega con la mocedad. O con la novia. Son cosas diferentes, mundos tan opuestos que aluden a realidades distintas, en guerra una con otra. El barbero pela, limpia y da esplendor. Hace de RAE y de confesor: es el nuevo cura, la figura en la cual se desahogan los viejos contándoles sus cuitas. El peluquero, en cambio, alisa, peina, arregla. El abismo es evidente. Lo que te empuja a la peluquería de caballeros (horrísono sintagma) es la coquetería: ese narcisismo que el hombre en construcción va descubriendo sobre la marcha, mientras se completa. El barbero, en cambio, adecenta, y eso tiene el estigma de lo obligatorio. Sentarse en la silla del barbero es abrirse en canal. Hombres adustos que abandonan un rictus, empiezan comentando el fútbol y acaban hablando de los problemas del hijo mayor. Como si sintieran la urgencia de soltarlo todo al frisar la sesentena, el barbero chasquea las tijeras alrededor de cabezas cada año menos pobladas asintiendo o negando levemente con la cabeza. Ninguna sonrisa de más; apenas un gesto con la comisura de los labios consagra toda concesión fuera del guión. Se aprende a ser hombre mirando desde atrás, viéndose uno reflejado en esos espejos tan grandes que tienen las barberías frente a los sillones.

Estaba pelándome el otro día y pensando en estas cosas, y en otras por el estilo, cuando me acordé del recelo primigenio de los viejos barberos hacia los peluqueros. Los miraban como debió mirar el jefe caribe de Guanahaní a Colón: este es más maricón que un palomo cojo. No entendían sus mechas, ni que usaran secador, ni que hubiesen estudiado. Tampoco toleraban ninguno de aquellos peinados extraños que hacían, demanda creciente de una clientela preñada de un mundo nuevo que ellos, dinosaurios de otra era incapaces de ver venir el meteorito, no acertaban a desentrañar. Recuerdo estar sentado junto a mi hermano, oyendo hablar a todos aquellos hombres mayores de cosas serias y graves, que casi nunca les hacían sonreír, y pensar que un peluquero debía ser un individuo demoníaco. Una especie de tritón seductor, una víbora de siete cabezas que hacía a los hombres mujeres cocinándolos en una caldera hirviendo llena de pócimas y hechiceríos. Con el tiempo todo ha sido diferente. Las barberías son un lugar triste excepto en verano, cuando se llenan de niños foráneos que arrastran mucho las eses y dicen miarma cada 4 palabras. Hay cada vez más viejos pidiendo que les arreglen unas cabezas sobre las que hay cada vez menos pelo. Creo que es una querencia. El hombre, cuando envejece, yace secuestrado por ellas. Todo es rutina y cotidianeidad. En un pueblo todo se vuelve es. Diría que se busca, así, forjar un entramado vital entre uno mismo y la muerte. O, seguramente, sea todo pereza, comodidad. Aburguesamiento. Hay que huir de la España del agros. Todo termina acartonándose, incluso los humanos se transforman en figuras de cartón, en atrezzo. Chipiona es una inmensa tramoya. Digo Chipiona como podría decir Barbate, Monesterio, o Vilanova de Arousa. Ese rictus intrahistórico de las cosas hechas, puestas y vividas como debe ser también lo aprendí cuando era niño, en las barberías, y soñaba con conocer el Estadio Azteca.

Esta semana me he pelado y la gente ha dejado de gritarme ¡Wilson! por la calle. Ya queda menos para que vuelva el frío.

Bad design

28 jul

Semana número 6

¡Todavía no ha terminado julio! Qué desconsideración por su parte, hacernos seguir pasando calor. Muda mi piel como la de una serpiente, y se extingue ya el brevísimo moreno que lucí durante unos días. Entre pellejo reseco y borracheras de algodón, pasan los días sin que me toque el cupón que obre el milagro y me haga ciudadano noruego. Háganse a la idea: uno de esos lofts de diseño en el centro de Oslo, con vistas al mar del norte; el armario lleno de jerseys negros de cuello vuelto y paseos agradables a la vera del Kiel con un cartón de altramuces. ¡El edén! A veces me despierto en mitad de algunas de estas noches toledanas que tan pródigas son en verano, soñando con que me salen agallas y vivo en un tanque de agua fría. De tanto desearlo lo mismo hasta me salen escamas. Todo el despropósito urbanístico del sur español, todo el galimatías arquitectónico con que se levantaron pueblos enteros en Cádiz al final de los 90, adquiere en verano una desmesura bíblica. Calles de doble sentido aparcadas por lado y lado, y por las que no pasaría ni el rocín flaco de Don Quijote; esquinas que surgen de repente, como icebergs en medio de la niebla, allí donde la lógica -y la ley- asegura debe ir una línea recta; badenes monstruosos que más bien son bocas de cachalote abiertas de par en par en mitad del asfalto, y un sin fin de desgracias monumentales cuya irrealidad se multiplica con la masificación estival.

Hay en Chipiona ejemplos muy particulares. El otro día, trasteando por Twitter, vi un hastag muy gracioso: #BadDesign. La gente acompañaba los tuits con esta etiqueta y con fotos de aberraciones arquitectónicas. Pensé en hacer lo mismo. Sólo tendría que dar una vuelta a mi manzana. La cosa es que desistí por miedo: me rodean gentes tan extrañas que igual al verme fotografiar cosas por la calle me pegan, me quitan el móvil o me linchan, directamente. Sospecho que muchos de mis vecinos sufren de aquella graciosa patología diagnosticada por los aventureros europeos del XIX que se adentraban por los mundos perdidos de Dios: la superstición de la imagen. Temo ir por ahí y que un fulano en chanclas, camiseta blanca de tirantes, calzonas de La Roja y bolsito cruzado en bandolera me pegue una hostia por haberle robado el alma al tomarle una fotografía. “¡Pero tú tienes de eso, gañán!” me gustaría añadir si tal se produjese, pero mejor no tentemos a la suerte. Los defectos ridículos en el trazado de los suburbios de Chipiona es la cosa que más me fascina de todas las que están ahí fuera a diario, en esta tribu. Diría, si me quedase ingenuidad cívica, que los distintos planes generales de ordenación urbana han ido aprobándose en consejo amazónico de monos titís borrachos y puestos de crack. Pero en realidad no es más que el fruto que cae del árbol de la gestión política elaborada por patanes. Con el calor, el aburrimiento y la hacinación humana, el efecto de conjunto es parecido al de mirar todos los cuadros de Botero puestos en fila india, uno detrás de otro. Saturación cósmica o abotargamiento de los sentidos.

Sigo caminando por esta estepa del demoño que es el verano, con más pena que gloria. Hay tanta gente en Chipiona que esto parece la connurbación de Tokio. Ya empiezan a aparecer las camisetas del Sevilla por todas partes. Parecen las manchas de verdín que invaden una azotea tras cuatro o cinco días lloviendo sin parar. Son gente fea y malencarada, que te mira como si les debieses dinero. Voy a ver la Supercopa de Europa echado sobre la verja de Gibraltar, por si nos ganan en Cardiff.

Ir a la playa

21 jul

Semana número 5

Ir a la playa es toda una ciencia. Además de una ciencia, es un coñazo mayúsculo. El ir, me refiero. Hacer el acto de. Luego, cuando ya se está tumbado y con todo el operativo establecido, no está mal. Pero la acción y efecto de ir, como digo, es una cosa tremenda. Superlativa. Como todo el verano, para qué nos vamos a poner exquisitos. El que tiene dinero no veranea. Veranear es un verbo de pobres. Es ir alquilar una lata de sardinas en Chipiona y llevarte quince días tomando salmorejo Don Simón. Ir a la playa, no obstante todas las connotaciones sociológicas que se quieran, supone un esfuerzo logístico apabullante. Yo, que tengo por blasón y heráldica el ir siempre ligero de equipaje, me sentí desfallecer al ir a la playa acompañado por mi novia la primera vez: ¿que si tengo qué? ¿sombrilla? ¿eso no se le pone a los cócteles? ¿toalla? ¿para qué? ¿palas? ¿vamos a enterrar a alguien? Ah vale, palas de las otras. ¿¡NEVERA!? ¿Y tengo que cargar yo con eso? ¿Crema? Cuando uno es joven y está soltero va a la playa lo justo, y por supuesto, temprano. O tarde. Nunca en ese intermezzo infernal del mediodía y tras el almuerzo, que es cuando Satán se pone a mear aceite hirviendo sobre el Valle del Guadalquivir. Como es natural, va con lo puesto: bañador, camiseta -vieja, fea y estropeada-, chanclas y llaves. El método es simple: se llega, se apunta a algún claro donde mozas turgentes exhiban su lozanía al mundo, se baña, se pelotea un poco en la orilla, y se va. Simple y efectivo. Todo cambia y es perversamente complejo cuando uno se empareja y va a la playa como se va a una boda o a un cóctel: todo requiere una refinería, una estética, unas particularidades socioeconómicas, una artesanía, si me lo permiten. Una vez uno está en disposición de todos los artefactos antes mencionados, queda una cuestión, digamos, cartográfica: a qué playa ir. Esta no, que está muy fea. Uy, qué arena más sucia. Aquella no tiene bandera azul. Etcétera. Luego de esta primera decisión queda caminar bajo un sol hiperbólico en busca del lugar ideal. Hallado este, hay que hincar la sombrilla. Parece sencillo. Sólo lo parece. Es como izar una bandera: tomas posesión de tu pedazo de territorio, conquistas tus Indias Occidentales, pones ese trozo de impura arena ardiente bajo la jurisdicción del Rey Católico. Lo juro, me metí bajo la sombra creyéndome Hernán Cortés.

El efecto dura lo que tarda el trapo en menearse de un lado para otro, sin control: la sombrilla salió despedida dos veces y a la tercera casi dejo tuerto a una pobre señora que pacía a nuestro lado. El viento de levante pega fuerte sin ser el alba y yo no tenía a Trillo para narrarme aquella epopeya que estaba viviendo en mis carnes quemadas de Iniesta mortecino. Es asombroso comprobar el grado de sofisticación de las mujeres cuando van a la playa: arrastran tras de sí toda una botica que haría palidecer al mago Merlín. ¿Cuántas clases de cremas hidratantes puede haber? Casi tantas como nombres tiene Alá. Otra cosa que descubrí yendo a la playa con sombrilla es que la sombra, claro, muta. Supongo que por envidia de Guilleflán y su teoría de los hechos mutantes y los facts periodísticos que cambian según el día y la hora. Por supuesto, hay que mover todo el campamento según rote la luz solar, y durante varias fases de la jornada playera me confundí fácilmente con Khedira abarcando toda la zona ancha de nuestra posición arenosa, de aquí para allá haciendo coberturas a los laterales y orbitando alrededor del mediocentro base. Es decir, de mi novia, reina de Saba en su toalla que con voz dulce me pedía ir tras el candor del sol en pos del bronceado perfecto. Uno sucumbe graciosamente a todo esto porque en el fondo es muy divertido. En la playa puedo oír al vulgo hablando de sus cosas, apreciar matices y analizar las estrategias pedagógicas de los padres y (sobre todo) las madres gaditanas: Jozé Cahlo ven pacá y deha de dá porculo con la pelotita o te juro que voy y de caliento fuerte, te deho zolo ahí y me voy pa caza. Ir a la playa en una cala de Roche, acompañado por una mujer bellísima y disfrutando del dolce far niente fugacísimo y placentero del verano -que no veraneo- sin preocupación me reconcilió con la vida y con el calor. Tanto que no me importó volver a Chipiona, Sodoma de la suciedad y la porquería. Me daba igual, yo traía La Belleza junto a mí contenida en 1.70 de altura, una melena rubimorena y dos perlas filipinas. Pero lo que es, es. Chipiona seguía estando hecha una puta mierda.

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