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Cruzando el Rubicón

27 feb

Corríamos el riesgo de pasarnos la vida como Augusto, gritándole a Mourinho en las noches de luna llena que qué había hecho con nuestras legiones. Dortmund, la herida sin cerrar. El bosque de Teutoburgo de una generación que no conoció Milán, ni Eindhoven, y que creció con las Copas de Europa cayendo de los árboles. Ayer el Madrid volvía a Alemania, y lo hacía como quien vuelve a Bastogne y tiene que caminar sobre sus propios cadáveres, procurando no acercarse demasiado a la espesura de los árboles: cada partido del Madrid allí es como la primera escena de Juego de Tronos repetida en bucle. El Veltins Arena es un campo magnífico. Está cubierto, pero guarda esa escenografía ambiental tan característica de los estadios de allí, donde siempre parece que está lloviendo aguanieve sobre la cabeza de un madridista. Por supuesto, la acústica es envidiable. Era digno de ver a miles de tíos jaleando al Schalke con 0-6 en el marcador. Imaginaba la escena opuesta: el Bernabéu en mitad de una carnicería, y visualicé cementerios en noviembre con más animación. El caso es que si juntas a más de 10 alemanes en un mismo sitio y les pones una metralleta a cada uno, invadirán Europa; si les das una bufanda, empujarán más que Rocco Sifredi. Esa es la naturaleza del balompié germánico, la percusión. En cualquiera de sus formas. Sus jugadores desquician al contrario a empellones y sus hinchas, botando.

Precisamente así comenzó la ida de los octavos: con el Schalke trepando sobre el muro naranja de Ancelotti. La ilusión duró 5 minutos. Atacaron el desván de Marcelo, chicos listos, y desde ese campanario procuraron golpear a Peperamos con la munición que todos los pueblos del Norte, desde Bilbao a San Petersburgo, saben que mata mejor a los madridistas: el balón colgado al corazón del área. Pero donde siempre claudicó el Real, ayer golpeó con manu militari. Cuando Xabi y Modric aterrizaron el partido y le pusieron aranceles a la pelota, la agresividad del equipo local se demostró pura fachada. Conserva el Schalke la industriosidad típicamente alemana, esa persistencia genética, esa avidez volcánica que les lanza en paracaídas sobre la portería rival con medio centro, un fallo del adversario o alguna carrera suicida por la banda. Pero carecen del poder de intimidación que distingue a la máquina de matar. Huntelaar, el viejo cazador con cara de oficial de la Gestapo, se disolvió entre las piernas de los centrales del Madrid. Ancelotti ha conseguido hacer de Pepe y Ramos un ente eficaz: son autómatas. Carlo, incluso, ha logrado algo más increíble, limitar la excentricidad kamikaze de Sergio Ramos, embridar su insensatez ofreciéndole un destino: la espalda de Marcelo. El trabajo de cobertura del sevillano sobre la playa que el brasileño dejaba abierta casi siempre detrás suya. Se aplicó con un rigor desconocido en él, como si con tal despliegue de tesón y disciplina estuviese homenajeando a Paco de Lucía. Carvajal, en la otra banda, se asoció todo el tiempo con Bale y Ronaldo llevándoles las bombonas de oxígeno en cada aventura por la derecha. El partido del joven albañil metido a carrilero fue muy notable: jugó siempre como queriendo enseñarles Alemania a sus compañeros, exhibiendo su conocimiento del terreno.

Desde la seguridad de la retaguardia, el Madrid se abalanzó sobre el Schalke como una ola asesina. Modric exhibió todas las virtudes que compilaron los antiguos en sus tratados de filosofía y medicina. Corrigió la derrota del balón cuando hizo falta, manejó a los 21 futbolistas que trotaban con él sobre el césped como una marioneta detrás de una tela, y proyectó sobre el cielo de Gerserkirchen un mapa de operaciones virtual desde donde estableció coordenadas. Modric, simplemente, jugó al Risk con los demás, moviendo las fichas de un lado para otro. Le faltó la túnica morada y el capirote ladeado sobre la cabeza para terminar de ser Merlín removiendo la marmita en la que está cocinando una Copa de Europa. Desde Luka, como desde el campamento base del Everest, Bale, Cristiano y un Benzema mayestático escalaron la pared y sembraron al Schalke de minas claymore. Benzema confirmó que su reino no es de este mundo, y al final del partido la gente terminó pidiendo perdón por no hablar su idioma: Karim es de los que te obliga a escuchar rap en francés y desear haber nacido en una banlieu de París, vistiendo todo el día sudadera con capucha y fumando hash con la desidia del rey sin reino. Marcó el 0-1 rematando una dentellada electromagnética de Bale, que apoyó su eslalom en Ronaldo mientras Santana, ese central que eliminó a Pellegrini el año pasado con el gol que sólo pueden marcarle al loser con pretensiones, se preguntaba por qué de niño quiso ser futbolista. El 0-2 debió de empujarle a una reflexión profunda: lo mismo hoy sale anunciando que deja de ser central del Shalke para hacerse franciscano. Una pelota rifada cayó sobre el córner izquierdo del ataque del Madrid, y Santana lo dejó botar: error. Benzema llegó por su espalda, lo sentó en un potro de tortura, le dejó un hijo y se fue sin despedirse. Bale se vio en la obligación moral de terminar el regalo con un calambrazo. La pelota se le cose al empeine como antes vimos hacer a Messi y creímos cosa imposible, de Playstation. Fulminó al portero y el Madrid se sonrió a sí mismo. Justo tras el 0-1 Casillas volvió a agitar su baraka, que es infinita: definitivamente, es un tipo que tiene eso, lo que no se puede nombrar, que dice Mesetas. Lo inefable. Le llegaron una vez en todo el partido, y Drexler, ese joven talento alemán al que todavía no ha echado el Bayern en su cazuela, le remató a quemarropa, exigiéndole justo lo que a Casillas siempre le sobró: reflejos. Tyche, lo llamaban los griegos. Alemania no era esto.

Cristiano Ronaldo pudo marcar el 0-3, el 0-4 y el 0-5 antes de llegar al descanso, pero el portero alemán pareció reciclarse en David Barrufet y se las sacó todas con ademanes excéntricos pero efectivos, escuela Neuer: caer para un lado mientras las piernas marcan ángulos gimnásticos, y se mira mucho a la cámara enseñando la lengua. Poco después del descanso, no obstante, Ronaldo puso la mano en el botín acabando con un hachazo el contragolpe trenzado por Xabi, Bale y el propio Benzema. Que no tocó la pelota, por cierto, en toda la jugada. Le bastó salir corriendo hacia el lugar correcto, llevándose consigo toda la cuenca del Ruhr. Benzema hizo eso todo el tiempo, dejando tanto al Gran Galés como a Cristiano en la posibilidad de buscar el uno contra uno con sus marcadores. Demasiada ventaja. El 0-4 fue como un brochazo de Leonardo: Benzema se montó en uno de sus ferraris y salió disparado entre los jugadores azules. Ronaldo apareció en su camino para tocarle el balón dos veces. Dos pareces al primer toque que deberían ser reconstruidas con maniquíes en el museo del Bernabéu. Luego Karim definió a lo bravo, driblando al portero y metiéndola entre varias piernas. El Madrid, más que un equipo maduro -como se hartó de repetir Carloslus- es un grupo que ha abandonado el underground macarra que le llevaba todas las noches a destrozar bares y vérselas con los picoletos: el Madrid de Ancelotti es Loquillo después de dejar las drogas y la mala vida. Es un rockstar que se ha reciclado, se ha puesto el traje negro y ha decidido dejarle un futuro a los hijos, sacándole partido al talento. La certeza, para mí, es que el Madrid de Ancelotti jamás podría haberse hecho comercial sin haber roto la vajilla que destrozó Mourinho: ese es el legado silencioso que nunca saldrá en los libros de Historia. El 0-5 vino de un pase mirando al tendido de Ramos: Bale salvó la salida del portero sin creérselo, como fascinado por Sergio, que es muy de eso. De engañar a los guiris con sus músculos, sus tatuajes y su pirotecnia de central brasileño. En el 90 Ronaldo calmó el ansia metiendo el 0-6, y acto seguido Howard Webb decidió castigarnos a todos con 3 minutos de alargue en los que dio tiempo a ver a Huntelaar zumbándole la escuadra a Casillas. Alemania ya es tierra quemada, y Ancelotti ayer cruzó el Rubicón: todo lo que venga después será la inmortalidad.

Modricracia

11 dic

Fue a la salida de un córner. El balón volvió en segunda jugada a Arbeloa, quien se la dio a Modric como el que le pasa el detonador al cabecilla de una banda y se pone a cubierto detrás del capó de una furgoneta. Luka hizo funambulismo por el pico del área danesa, se paró un segundo y vislumbró un zigzag entre la melé de piernas rivales. Vestido de Cruyff -sólo le faltaba el 14 a la espalda- se cambió el balón de pie con la naturalidad con que de niño recorría Zadar entre cascotes y francotiradores apostados en los campanarios. No miró a portería. Tampoco le hizo falta. La pelota observó una trayectoria perfecta, de fuera hacia dentro. Atravesó la escuadra de Willand limpia, como un triple de Stojakovic, y el Parken Stadion aulló con un espontáneo clamor salvaje. Sucedió al 24 de la primera parte, y fue el clímax de un partido que nació y murió en las piernas de Luka Modric: rebasando los diez primeros mintuos de tanteo, el croata secó en la frontal de su propia área pequeña un peligroso contragolpe local, y al filo del 85 abandonó el césped cojeando. Llenos los tobillos de moratones, golpes y madridismo. Lo que pasó antes y lo que pasó después de ese tiempo, importó muy poco.

Desde  el partido de vuelta frente al Borussia Dortmund del pasado abril, Modric ejerce un liderazgo emocional dentro del campo cada día más incuestionable. Aquel partido deparó, entre otras cosas, una sucesión espontánea en la jerarquía de la medular madridista. Xabi cedió una llama sagrada e invisible a Luka, y sin darnos cuenta el 19 ya supera en imprescidibilidad al 14. Este estado de cosas se ha consolidado con naturalidad tras la llegada de Ancelotti. Ayer, ambos formaron pareja junto a Isco en un dibujo que en la pizarra lucía 4-3-3 y en la cancha se deformó en un 4-2-3-1 por la querencia natural del malagueño y Benzema a romper el rigor del esquema y deambular por los no definidos límites de su propia genialidad. Mientras que con Illarramendi y el ausente Khedira el croata da un paso al frente y libera su creatividad, con Alonso y Alarcón se escora hacia la derecha y se dedica a labores de intendencia, acompañamiento, aseo y dirección. En ambas posiciones destaca por su solvencia: ratonea con picardía y su exquisita técnica individual le permite pivotar sobre sí mismo sin necesidad de recurrir a un gran despliegue o a exuberancias físicas. Anoche brilló en ambas áreas, destacando su vigilancia en la zona muerta que deja Marcelo tras de sí cada vez que el brasileño se aventura en busca del Dorado. Él y Xabi destruyeron el impetuoso arrebato inicial del Copenhague sin necesidad de recurrir a los antidisturbios: siempre estaban en el sitio adecuado, en el momento justo. Tras el gol de Luka, el Madrid subió revoluciones, pero fue precisamente el equipo ayer de blanco quien pudo empatar gracias a una jugada rayana en el limbo reglamentario: Casillas, cada vez más caricaturesco en el juego aéreo, esperó a que una pelota colgada sobre su balcón le lloviera a las manos. Un danés se adelantó, de suerte para el Madrid que el árbitro pitó miedo, y la situación terminó sin derramamiento de sangre.

La jugada enervó al incansable público de Copenhague. Tras algunos siglos saqueando la costa europea, violando caballos y robando mujeres, parece que la agresividad escandinava ya sólo reside en el empuje de sus tribunas deportivas: ahora exportan socialdemocracia, muebles y Estado del Bienestar. Cristiano, que volvía, merodeó el gol toda la primera parte. Tras el descanso, cayó a sus pies un balón trenzado entre Marcelo y Pepe, quien orientó al otro palo un eficaz cabezazo en el lateral del área, a la salida de un córner. Ronaldo recibió en la soledad del héroe, ahí donde derriba imperios, y fusiló al esforzado meta danés de un certero trallazo picado. Luego falló un penalty, en el 90, que podía haber redondeado en 10 el récord que son ese noveno gol había acabado de conquistar: ya es el jugador que más goles ha anotado en una misma fase de grupos. Pero qué más daba eso, debió pensar, si he metido el gol 800 del Real Madrid en la Copa de Europa. De ahí al final el encuentro fue un trámite. El Madrid se gustaba de la mano de Benzema, que conducía los contraataques con esa indolencia fingida con la que se maneja en el terreno de juego cuando está cercano al ciento por ciento de su rendimiento global: parece que va cayéndose, ensimismado, y cuando el central comete la imprudencia de meterle el pie, se adorna con un arabesco definitivo ejecutado con la electricidad de un pintor firmando su obra. Así terminó tres o cuatro balances ofensivos que pudieron culminar la goleada pero que ora por orsais, ora por mala definición, ni Bale, ni Cristiano, ni luego Di María -que entró por Alarcón mediado el segundo tiempo- aprovecharon para finiquitar la mejor fase de grupos madridista en Copa de Europa que recuerdo. Bale estuvo desacertado y mustio durante los 90. Debió ser porque se quedó pensando en que el fútbol es un fenómeno curioso: es una de las pocas circunstancias humanas en las que unos plebeyos de anónimo y baja extracción social son halagados, agasajados y solicitados con entusiasmo juvenil por príncipes y herederos de sangre azul. Como ocurrió en la previa de este partido, en la que el retoño del príncipe danés se fotografió con la plantilla madridista. ¡Nosotros también pensamos en los niños!

Daneses haciendo el tour del Bernabéu

3 oct

El FC Copenhague visitaba Chamartín, y como es obligado, el club puso el museo del Bernabéu a disposición de los turistas daneses. Por eso jugó Casillas. Ancelotti parece haber encontrado su pasillo de seguridad situando en la cocina a Illarramendi y en la puerta del salón a Khedira. Por en medio circula Modric, alrededor de quien gira todo el sistema solar del equipo. Emocionalmente inestables tras la visita de Simeone y sus albanokosovares, los jugadores se mostraron cómodos vertebrándose en torno al mediocentro vasco y el paracaídas tejido por Luka y Sami. La virginal pureza de los chicos de Solbakken permitió a Marcelo corretear libre por el prado que se extendía entre él y la portería nórdica: cuando el adversario no ataca la ruta 66 que empieza en el dorsal del brasileño, las cabriolas de Marcelo se vuelven homicidas para la defensa contraria. El entrenador del Copenhague es un tipo curioso. Pertenece a esa entrañable casta de técnicos tan pasionales como un fandango; es tan capaz de caerse delante de su banquillo jurándole por Thor al árbitro, como de agarrar por el cuello a Guardiola con la furia asesina de un antiguo vikingo. Tiene todas las papeletas para ser el primer entrenador del fútbol mundial que muere en directo de un jamacuco. Cuando sus muchachos estaban saliendo de la Sala Di Stéfano del museo, Marcelo colgó desde Copacabana un centro maravilloso al área chica. El portero salió tarde y Cristiano no se arredró. 1-0.

Casillas, quizá emocionado por tamaño homenaje de su colega danés, fue engullido por una melé a la salida de un córner y Modric evitó que la gracieta le costase a Ancelotti un susto, y que un rubicundo hombre del norte de nombre impronunciable pudiera contarle a sus nietos que marcó un gol en el Bernabéu. Por suerte para sus compañeros, el portero suplente del Madrid ya no salió más en pantalla. Varane, tan añorado, mantuvo la calma en la zaga con el pragmatismo de un agente de aduanas, y el partido lo sellaron los tres futbolistas de más talento sobre el verde. Fue como un calambrazo. Di María embocó de nuevo el pico derecho del área danesa, y Benzema fue otra vez el keyplayer. Pisó, se giró y taconeó al espacio, por donde volvía a entrar el argentino, descerrajando el flanco del Copenhague. Casi en línea de fondo, el Fideo centró de rabona desde algún descampado de Rosarioy CR7 electrocutó al portero con un fulminante cabezazo al primer palo. De ahí al final, carrusel de cambios y festival del canibalismo: el mejor Di María desde noviembre de 2011 remató una noche soberbia con dos buenos goles que califican con un notable su inicio de temporada. A pesar de caer en el cepo del Cholo el otro día, Fideo está reencontrándose a sí mismo, de lo cual la hinchada se congratula, puesto que de mantener este nivel es, qué duda cabe, el jugador número 13 del Madrid de Ancelotti. En el descuento y ya con 4-0, la afición del Bernabéu, siempre señorial con quienes la visitan desde tan lejos, le regaló a los chicos de Copenhague el bonus track de su tour por el estadio: la actuación de su más joven ex-futbolista, a la sazón capitán, y un remake de las viejas ovaciones demagógicas tan de moda en Chamartín a finales de la primera década del siglo XXI. Casillas parecía una cabra bailando sobre una banqueta. Lo que no vi fue al gitano tocando la pandereta.

Pirañas

18 sep

Un fantasma recorre Europa, y anoche pasó susurrándole miedo a Casillas en el oído justo cuando un balón sin historia sobrevolaba el balcón de su área. El aullido de los cincuenta mil jenízaros botando sobre el barrio del Gálata se le incrustó en medio de la parrilla intercostal, y de entre la cuarta y la quinta costilla le brotó Diego López, como Eva saliendo del tórax de Adán. Tanto tiempo construyendo un drama nacional por la titularidad perdida, para esto. A los quince minutos de partido, el Madrid recuperó a su portero titular, pero las sensaciones sobre el Turk Telekom Arena seguían siendo las mismas que las de una partida de cristianos deambulando desnortados por entre leones y gladiadores. La presencia de Arbeloa, a pesar de su ubicación contra natura en el lateral izquierdo, aseguraba empaque a una defensa que sólo necesita que alguien se asome por encima del muro para que de repente le salten, como hebras de una tela vieja, todas las costuras. Modric, Khedira y Di María sostenían en la medular el empuje intermitente de los turcos de Fatih Terim, quien rugía en la banda incitando a sus muchachos al asalto permanente. El Galatasaray estuvo a un tris de derribar la muralla cuando un cabezazo picado -abajo, donde matan- de Felipe Melo obligó a Diego López a poner sus ciento noventa y seis centímetros de madridismo al servicio de la epopeya. Necesitamos héroes normales, gente como el vecino del sexto o el panadero de la esquina, cuya calvicie no se oculte tras ridículos implantes de Peter Pan. Por eso Diego es un excelente ciudadano, amigo de sus amigos, que cuando huele la presencia de los malos tira la bomba de humo, busca un rincón, se rompe la camisa y sale volando hacia el skyline vestido de Superman, con la misma grácil normalidad con la que ayuda a cruzar a una abuelita o abraza compungido en la banda al no-galáctico de Móstoles.

La vigilia duró lo que tardó Alarcón en disfrazarse de Kun Agüero. Con la izquierda metió plomo a una pelota caída desde la exosfera, con el culo levantó un fortín entre su espalda y el central adversario, y con la derecha definió a lo capocannoniere: rasa, fuerte y a la cepa del palo corto. Control, pausa y disparo: ejecutó La Mozambiqueña como el mejor de los SEAL. Si Hemingway lo hubiese visto desde el tendido seguramente habría aplaudido su canónico parar, templar y mandar. Luego de esta estocada, el Madrid fue consciente de que del tiroteo había salido ileso, y en la segunda parte aprovechó para arrojar a su manada de velociraptors sobre la espalda del Galatasaray. Detrás de sus laterales se abrió el Bósforo y en él se hundieron los esforzados jugadores turcos, chapoteando por entre la estela blanquísima de Cristiano Ronaldo, Benzema, Di María y luego Gareth Bale. La goleada se desató como una cascada sobre la cabeza de Muslera, y el Real abre la Copa de Europa con seis goles a domicilio. Por momentos el Madrid rozó lo impúdico: sus delanteros parecían pirañas en medio de una charca llena de corderos moribundos. El techo de este equipo está todavía muy lejos, y quizá, también, el equilibrio entre la parada militar en Estambul y la verbena dominguera de Villarreal. Cabe imaginar que Casillas volverá a la titularidad europea ante la amable platea del Bernabéu, aunque siga sin haber argumentos estrictamente deportivos para justificar la suplencia de Diego López en Copa de Europa. Afrontar la aventura equinoccial con un arquero presionado, fuera de forma y emocionalmente inestable no parece lo más sugerente, aunque la ceja de Carletto es inescrutable, como los caminos de Dios. Sin embargo, los chicos de Ancelotti despertaron ayer el apetito insaciable de la bestia, cuya pasión se alimenta de la avaricia implacable del madridista por acumular títulos, victorias y cabezas de sus enemigos. El ethos madridista es como un niño malcriado, o como un nacionalista catalán. A partir de ahora, como reza la canción, sólo queremos más. 

Caballero del Imperio

17 may

Ayer se retiró Beckham, y mi ego-niño volvió a sentir esa punzada de nostalgia tan característica. Y tan puta. Crecimos con el Madrid galáctico, que era la reedición balompédica de la Edad de Oro del cine americano: una factoría animada de sueños en celuloide con la que Florentino quiso llegar a la luna, como George Meliès, rescatando el más estrellas que en el cielo de la Metro. Becks fue para el madridismo lo que el old fashioned para Don Draper: el lujo distintivo, la alfombra roja hollywoodiense, la pitillera de oro con nuestras iniciales grabadas a mano. Beckham jugaba en el Madrid, y aquello nos diferenciaba de los demás, de la plebe. David fue un futbolista patricio, qué duda cabe, desde que sustituyó a Cantona en el imaginario colectivo de Old Trafford y se erigió en símbolo del balompié pop. Su fichaje fue como un regalo de Reyes apoteósico. Los demás niños tenían una mountain-bike, y Florentino nos dejó a nosotros, debajo del árbol, un caballero del Imperio Británico montado en un ferrari teledirigido, por que el Faraón siempre nos amó. Beckham fue eso: la culminación de una voluntad de poder, de un modelo onírico, de un delirio quizá demasiado cercano al onanismo y lo suficientemente lejano al perfil primario del fútbol, a la tribu, para que a la primera tempestad el barco se fuese directamente a tomar por culo. El Madrid, cuyo único sesgo ideológico es la insana avaricia acaparadora de títulos, devora trofeos y copas como si fuese una niña rica estrenando zapatos todos los días. Sólo encontramos tranquilidad durante los quince minutos siguientes a la fulminación de la tarjeta de crédito: lo que tardamos en llegar a casa y probarnos la Liga o la Copa del Rey delante del espejo. En seguida nos olvidamos de ellas, por que nuestra ansia de posesión es el fuego que nos consume. Por eso nos perturba que Beckham se fuese de la Castellana tan sólo con una Liga y una Supercopa debajo del brazo. Magro botín, y más teniendo en cuenta que David llegó justo en medio de aquella coyuntura histórica en la cual creíamos, olvidados ya los 32 años de sequía europea, que las Copas de Europa iban a caer cada año par, como si fuesen pleamares del Nilo. Cuando Beckham se marchó a Los Ángeles, ya éramos un poquito más conscientes de que las orejonas se asemejan más al cometa Halley que a cualquier otra cosa. Nosotros, madridistas de grandeza trasnochada, continuamos cortejando a la Décima durante el largo y sombrío tardo-florentinismo utilizando a Beckham como Jay Gatsby daba exuberantes fiestas en su jardín: para ver si con la fascinación de lo extravagante, y con el lujo sin fin, nos daba. Al final, cuando pasen quince o veinte años y volvamos a abrir los álbumes de historia gráfica madridista, el cromo de Beckham seguirá mostrándonos el mismo brillo salvaje que el rock suave que nos cantaba Loquillo.

Némesis

25 abr

Anoche el Madrid sacó a pasear todos sus antiguos fantasmas alemanes justamente el día más inoportuno para hacerlo. A pesar de haber jugado 2 veces en esta misma campaña contra los muchachos de Klopp, Mourinho fue incapaz de superar tácticamente a un equipo que volvió a aplanar al Real como si de la caballería polaca se tratase. Alemania, al ser una nación tenaz en su implacable voluntad de poder, se ha erigido siempre como la némesis del Madrid: los iguales se repelen, y cada visita madridista al suelo germánico es como una recreación extraordinariamente fiel de los círculos del infierno de Dante. Como si no hubiesen jugado dos semifinales de la Copa de Europa anteriormente, los jugadores del Madrid, todos curtidos en partidos de rancio abolengo y nervio fuerte, se asemejaron a una partida de becarios en su primer día en el equipo de Frank Underwood. Pepe, el mejor central que ha defendido la blanca desde Fernando Hierro, fue caricaturizado por Lewandoski. Este delantero, que le ha marcado esta temporada más goles al Madrid que Messi en la mitad de partidos, realizó ayer un encuentro portentoso, digno del escenario y de la competición. Él sólo fue capaz de convertir en dos guiñapos tanto al 3 como al 2 blancos: como una terrorífica tuneladora, horadó los cimientos de una defensa a la que las bajas de Arbeloa y Essien dislocaron irremediablemente. Como un extraordinario muelle, el Borussia de Dortmund no ofreció ningún tipo de cuartel a los jugadores madridistas, ni a lo largo ni a lo ancho del tapete verde. Klopp fue quedándose con todos los peones del centro del campo del Madrid hasta dar jaque-mate al castillo de proa blanco, machacando uno tras otros a Xabi -horrible-, Khedira -nefando- y a Modric, aplastado por el despliegue prusiano de la segunda línea borussia, verdadero martillo de este equipo. El Madrid perdió todas las segundas jugadas, y así cedió tres de los cuatro goles. Todos los viejos espectros de la historia del Madrid en Alemania se pusieron a danzar al mismo tiempo alrededor de once hombres desquiciados por un contexto al que no han sabido hacer frente, y el Madrid de Mourinho está a un paso de convertirse en otro de esos grandes equipos fulminados en la orilla de la misión histórica del club.

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