Archivos por Etiqueta: Copa del Rey

Sputnik

17 abr

Tenían que haber puesto por megafonía la banda sonora de Carros de Fuego. No estuvo rápido el encargado. Quizá no le dio tiempo. También se le escapó a varios cámaras. Lo perdieron de vista por unos segundos. Se salió, literalmente, del campo y del plano. Rompió la barrera del sonido, y no sólo esa: pulverizó la del miedo. Gareth Bale salió disparado desde Cabo Cañaveral como la cápsula de acero del Gun Club con la que Impey Barbicane y Michel Ardan pretendieron conquistar la Luna. Su recorrida memorable del minuto 84 contiene todos los elementos alegóricos necesarios para explicar el Madrid a las generaciones futuras: un fulano de blanco al que se le suben tres orcos a la joroba y que avanza imparable como un gigante con toda Liliput cosida a sus talones. Bale se adentró en lo más profundo de la más oscura sima imaginada por Julio Verne y alumbró un mundo nuevo con un fogonazo de luz primigenia. Llevó la zarza ardiendo hasta la portería de Pinto mientras Bartra, y más atrás el Tata, y más lejos todavía, Guardiola en su adosado tirolés de Der Moralenjën de Münich, miraban espantados como sólo se puede mirar de frente a la muerte. O al ángel exterminador que porta la espada de la justicia. El dragón galés surcó la noche de los mortales como la Sputnik, y como aquel primer envite del hombre con el espacio exterior, generó de pronto, entre los millones de espectadores que no respiraron tras su cabalgada, cientos de miles de nuevos fieles que ya se han hecho del Madrid tan sólo para poder sentir el viento cortando en la cara cuando uno corre hacia la luz. Como Bale.

Fue el penúltimo acto de una final mayúscula. Luego vino uno de esos prodigios que suelen terminar mal para el Madrid del siglo XXI: alguien, no sé si Messi, Xavi o Iniesta -a esas alturas yo ya estaba enganchado a la lámpara del salón, como un spider monkey alborotado en su jaula del zoo- filtró un pase entre las siete torres de Ancelotti. Otro jugador culé, al que tampoco identifico todavía ni falta que me hace porque para mí son todos el mismo replicante metroymedio con imanes en las botas, hurtó el pase por entre sus piernas y tanto Pepe como Ramos y Carvajal se tragaron el anzuelo. La bola le quedó a Neymar en el punto de penalty, tan franca, tan delicada, tan extraordinaria para la ejecución y el empate que a Casillas no le dio tiempo más que de agitarse delante suya con desesperación alucinada. El remate golpeó en el poste. Para mi asombro, no rebotó en Coentrao y entró por la escuadra; ni tan siquiera rozó en algún tacón madridista que ahogándose por despejar hubiese brindado el rechace otra vez a Neymar. Nada de eso. Cruzó el área chica tan rauda como salió de la bota del brasileño y Casillas la atrapó con algo de incredulidad. Algo está cambiando, los dioses han dejado de estar enfadados con nosotros. ¿Nos habrán perdonado ya la arrogancia de haber ganado tanto en apenas 50 años? Con oficio de tonadillera vieja y resabiada, Casillas corrió a besar el palo, agradeciéndole la gentileza, y con eso ganó medio minuto que permitió respirar a media España y dejó reposar el chasco a los malos. Se cerró el partido: teníamos la certeza de que después de esa aparición mariana el Madrid tenía la final en el bolsillo.

Fue un partido ejecutado con maestría. La virtud de Carletto como estratega de altura estaba en entredicho por los dos peores partidos de su Madrid, graciosamente coincidentes con los dos enfrentamientos previos con el Barcelona. Pero Ancelotti es un hombre que ha ganado toda clase de títulos nacionales e internacionales alternando la gestión de vestuarios de variado pelaje y las intrigas palaciegas de magnates peligrosos, con discursos afilados de dos direcciones, como Berlusconi, Abramovich y el príncipe de Qatar. Es como uno de esos antiguos validos que sobrevivían en la corte de los emires, los califas y los reyes medievales. Gente que no mata pero que tiene la espalda hecha de escamas por donde resbalan las puñaladas más desprevenidas. Completó con Isco Alarcón la segunda línea del 4-4-2 con el que enmarañó la única potencia de fuego real de este Barcelona en descomposición: el flujo diabólico de posiciones, marcas y espacios que origina la constante permuta entre Xavi, Iniesta, Messi, Neymar y los laterales. Alba y Alves juegan tan largo que, ante la ausencia de una referencia nítida en la punta del ataque y la fijación de Messi en la base de todas las transiciones de ataque, conforman entre todos una línea que es como la marea. Sube y baja pero mantiene una presión constante sobre la defensa y los medios rivales, lo que ha sido casi siempre mortal para este Madrid de Ancelotti en los duelos directos con la nación sin Estado. No ocurrió así esta vez. Alonso se juntó con Modric haciendo de balcón para los centrales, unos correctísimos Pepe y Ramos, quienes sujetaron la posesión barcelonista en una tierra de nadie inofensiva. Carvajal y Coentrao, especialmente éste último, construyeron una malla desplegada a lo ancho del campo madridista que no dejó casi nunca recibir en superioridad a nadie. Di María e Isco fueron los muelles que lanzaban tanto a Benzema como a Bale tras cada recuperación: los velociraptores recibían, y casi siempre Benzema paralizaba los movimientos del adversario con algún tipo de sustancia venenosa que impedía el repliegue culé sin menoscabo de la espalda bien de Mascherano, bien de Bartra.

Así llegó el primer gol: entre Isco y Alonso robaron una posesión inicua y el malagueño lanzó a su equipo hacia adelante con movimientos de orfebre. Rápida ejecución, percepción desacelerada. Cuando Benzema recibió abierto en el costado izquierdo, ya Bale y Di María, uno por dentro y otro por el otro lado, sangraban la cobertura desordenada de los rivales. Al primer toque Karim alargó sobre la carrera del argentino, quien se desfondó con aparente caos mental ante Pinto. Presagiábamos un córner y de pronto el Fideo cruzó rasa la pelota hacia el palo contrario, ejecutando como sólo un zurdo sin oxígeno en el cerebro puede hacer. El gol afianzó el plan madridista: hormigón armado con 8 jugadores absolutamente coordinados en la presión y el achique y 2 lanzaderas espaciales dirigiendo con sentido el vértigo desde la medular hacia adelante. Así pasaron los minutos hasta casi sesentaytantos. El Madrid había perdonado demasiadas ocasiones demasiado golosas: el mozarabismo de este equipo huérfano de Cristiano aún sufre desajustes en la precisión de la estocada. Maniatado un Barcelona atrapado en el autismo de Messi y en la manutención de la pelota -en eso ha terminado el estilo, en Iniesta y Xavi obligados a pasarle una pensión alimenticia al balón, convertido en fin en sí mismo, algo que contradice la naturaleza productiva de este juego- el Madrid sólo podía perder la Copa él mismo. Y marcaron de córner. Pepe cometió el único error de la noche y se tragó el salto de Bartra, quien cabeceó extraordinariamente bien a la escuadra de Casillas. Comenzaron a danzar de nuevo los fantasmas pero entre Modric, Alonso, Coentrao y otra vez Isco, fabuloso artesano del minimalismo balompédico, sostuvieron el pírrico empuje de un Barcelona que ya no odia. Recuerden que el odio impulsó a Xavi, a Guardiola, a Valdés y a Puyol (hijos todos del imperio del último Sanz, del primer Florentino y del astracán Gaspart) a demoler los cimientos espirituales del madridismo desde 2008 a 2012. Al odio sólo puede vencerle una fuerza motriz hermana en potencia, en magnitud: el amor. Que fue lo que sopló a Bale desde las cumbres nevadas del Olimpo hasta convertirlo en supersáiyan. Bale irradió sobre sí mismo el aura dorada de la bola de dragón y fotografió el instante por eso, por eso mismo. Por amor.

Riot propaganda

12 feb

Media entrada en el Calderón y 0-2 en el minuto 15 de partido. Así, en frío, corta la digestión. Eso fue lo que le pasó al Atlético, que ya venía indispuesto desde la caseta: Simeone puso a Miranda en el centro de la defensa y lo rodeó de un pintor, un fontanero y un escayolista. Se preveía arreón inicial en los minutos de tanteo, o al menos alguna que otra cornada de amor propio. Algo, en definitiva, que darle a los plumillas con que empezar la crónica. Pero cuando no hay juego, la brocha se vuelve muy fina, por inercia. Y uno se ve abocado al impresionismo. Eso es lo que me quedó cuando Cristiano Ronaldo puso a Aranzubía frente al pelotón de fusilamiento por segunda vez en un rato. La eliminatoria estaba resuelta, 5-0, y empecé a oler mecha ardiendo detrás del banquillo local: un Atlético de cóctel incendiario y capucha que convirtió el resto de la primera parte en una bronca desacompasada, permanente, molesta y zafia. Tanto como Raúl García, que es un futbolista áspero y malencarado, como salido de una película de Almodóvar. El árbitro señaló dos penaltis en apenas cinco minutos. Fueron tan diáfanos que al Atlético no le quedó ni el consuelo de quejarse. Dos torpezas de sus laterales, Manquillo e Insúa, que atropellaron a Ronaldo y Bale sin poder huir de la escena del crimen. Ahí terminó la semifinal.

Después, el Madrid pudo aniquilar la decaída moral del vecino pero lo dejó pasar, con suficiencia. La noche no daba para mucho más. El equipo de Ancelotti se dedicó a dominar el partido con un rondo sin contemplaciones. De Modric a Ramos, de éste a Varane, de Arbeloa a Xabi, pase al otro lado para Carvajal y vuelta a empezar con Modric. La sumisión del Atlético, hasta la semana pasada un golem temible, era absoluta. Por un instante creí estar viendo al Barcelona de Guardiola: la defensa con balón que hizo el Madrid anoche en el Calderón fue a ráfagas puro tikinaccio. Economizar el gasto energético manteniendo la posesión no por inercia sociocultural, sino por la sencilla razón de que en el campo tienes a gente que puede hacerlo. Con Varane, Ramos, Carvajal, Modric, Illarra y Alonso, Ancelotti parecía ayer un españolito de infantería dándole vueltas al contador de la luz, buscando el gasto cero. El rival, sin el faro de Arda ni la referencia de ningún punta -jugó Adrián, o eso dice la ficha técnica- se dedicó a perseguir sombras blancas: parecía el patio de un colegio, todos detrás de una pelota a la que llegaban siempre cuando los madridistas se daban la vuelta. Don Carlo probó a Isco Alarcón donde Benzema, y permutó su posición con Bale y Cristiano durante todo el partido, lo que derivó en la ausencia efectiva de una referencia clara en la delantera, huérfana de Benzema. Sirvió, no obstante, como propósito a los planes del Madrid, que dejó que su frente de ataque agitase la dubitativa salida del balón local abriendo y cerrando muchas puertas a lo largo del pasillo central del Atlético.

El cambio de ubicación benefición a Isco. Liberado de toda responsabilidad defensiva -más allá del tibio pressing de la primera línea ofensiva- el malagueño destacó en el centro de la pista de baile, donde le gusta a las divas. Alarcón lo es. Necesita que tanto el rival como el espectador lo enfoquen. Necesita luces y taquígrafos, y que al terminar, su marcador le pida la camiseta. Ayer estaba cómodo y se notó desde que terminó su pared con Bale, en el segundo penalty, de un taconazo flamenco. Atrajo las estacas atléticas y habilitó espacios para los dos velociraptors, que no aprovecharon más el hueco abierto entre Arroyo de la Miel y la Puerta de Toledo porque llovía, hacía frío y el rival pedía perdón desde el calentamiento. Isco fue lo más notable de la noche en lo balompédico: el Madrid jamás permitió que Simeone entrase en la eliminatoria. El ejercicio competitivo del Real me dejó en el paladar el sabor de un equipo maduro capaz de entender la compleja ecuación entre necesidades, posibilidades y prioridades, eso que otros años pareció a veces jeroglífico. Ahí se pierden imperios, y también se ganan. Con esta eliminatoria, el Madrid se ha ganado a sí mismo, dando con ello un golpe de Estado cuyo impacto emocional en su vecino sioux se verá en el próximo derby: ambos equipos habrán de verse en el mismo escenario pero con la Liga en juego y Shalke y Milan mirando desde la barrera.

Al filo del descanso Cristiano y Manquillo saltaron a por el mismo balón. La diferencia entre las masas musculares de ambos, y la velocidad con la que encararon el brinco, quedó retratada en la demoledora caída del jugador atlético, quien se contorsionó en el aire y cayó mal, rematadamente mal. Tanto que pudo haberse roto el cuello. Por fortuna, quedó en un susto, y en un esguince cervical milagroso: la imagen del pobre lateral rojiblanco sobre el césped fue terrible, sobrecogedora. Alguien, en la grada, encontró el pretexto perfecto para desahogar la frustración acumulada durante una semana de pavorosa reducción de la autoestima atlética: lanzó con excelsa puntería un mechero que se reventó en el parietal de Cristiano Ronaldo. La secuencia no deja lugar a dudas: ahora queda el paripé de los comités, tan prolijos en España como las setas, o como los estatutos de autonomía y los centros de interpretación. Cuando el sol se apague y sobre la faz de la tierra sólo queden Viggo Mortensen, su hijo y unos cuantos caníbales, el Camp Nou seguirá sin cumplir la sanción por lo del cochinillo, así que no esperen ver el Calderón cerrado por esto. La fogosidad arrabalera de la tribuna se contagió al césped, donde Raúl García, el capitán atlético, se empeñó en salir en una foto con Xabi Alonso. Este jugador, al que David Beckham inmortalizó con aquel célebre ¿tú quién eres? Eres muy feo, es el vivo retrato de una España cañí, fea y grasienta, para la que gente como Ronaldo, Xabi o Becks son purititos casus belli: esculturas a tamaño natural de lo que no serán en toda su vida.

Terribilitá

6 feb

Un buen partido del Madrid, un partido grande de verdad, deja una desoladora evidencia: no se puede escribir nada mejor que lo que uno ha sentido viéndolo. Cuando el Madrid juega poseído por un furor dionisíaco, aplasta. Casi siempre al espectador y generalmente a los rivales. El Madrid de Ancelotti había transmitido ideas, nociones más o menos abstractas, conceptuales, pero hoy fue terribilitá. Me recordó, en cierta medida, a la vuelta contra el Dortmund del pasado mes de abril. Desde entonces no había visto un Real tan efervescente: el Bernabéu parecía una cerilla gigantesca, a la que sólo había que prender con un poco de gasolina. Las dos derrotas frente al Atlético tras 14 años de hegemonía amable, sencilla, paternal, habían tocado algunas teclas. Una parte de la afición recibía a los rojiblancos con aprensión -elegante eufemismo de jindama- pero otra emuló al Coliseo rugiendo con la salida de unos cristianos a punto de ser devorados por el león. El equipo se contagió de la ira colectiva y decidió ajustar cuentas pendientes desde el pitido inicial dominando el territorio de lo emocional, lugar donde a este grupo forjado por la gubia de Mourinho se le han terminado yendo las grandes ocasiones.

La primera media hora fue carcelaria. Arbeloa, Ramos, Pepe, Coentrao y Xabi Alonso desquiciaron a Diego Costa. Cada vez que el balón se acercaba a la trinchera madridista, las cámaras lo grababan todo con el plano cenital con el que los telediarios retransmiten desde un helicóptero los motines en los presidios de Sudamérica. Fue una lección de balompié subrepticio, del que nunca salió en las Futbolecciones de Valdano. Costa, que es un extraordinario delantero centro, también es avezado en la suerte del navajeo en corto. Ayer encontró en eso rivales de altura. Pepe y Ramos, disfrazados de 2012, lo engancharon por derecho: parecían dos subalternos pegándole muletazos. Entre quite va y quite viene, Arbeloa le tarascó tres o cuatro veces sin que Clos Gómez lo viera. Así es como zurran los artesanos del oficio, siempre en la nuca del árbitro. Coentrao y Xabi se iban turnando en la suerte de banderillas, y sobre el minuto 35 Diego Costa era un miura al que habían pasado ya por el caballo del picador. El ejercicio de punch colectivo del Madrid, anoche, fue soberbio, ejecutado con inesperada eficacia. Pepe nunca perdió el temple, y en su cara volvió a asomar la sonrisa esquizoide que tanto echábamos de menos. Debajo de esa apariencia sacerdotal, oculto tras esa melena de seminarista repartiendo biblias a la puerta de un instituto, todavía late el pandillero de Stanley Kubrick. Ancelotti le administra el litio con mano experta, y de momento Kepler rinde a niveles notabilísimos.

Suyo fue el primer gol. Sujetos Costa y anulados Turan, Diego y Koke, el Atlético quedó maniatado por la hiperactividad de Modric y el vuelo corto de Di María, Jesé, Benzema y Cristiano alrededor de la frontal de Courtois. El Madrid tanteaba la rocosidad de la pareja Miranda-Godín con combinaciones fugaces en tres cuartos de cancha y llegadas hasta la línea de fondo, pero el blindaje lo hizo saltar Pepe con un trallazo desde el loquero. Se aventuró hasta el limes de los centrales, que es esa zona desde la que se ve muy grande la portería del contrario y atrás queda todo un océano infestado de piratas, y  chutó con determinación. El balón golpeó en Insúa, un tipo al que Simeone ha alistado para el lateral izquierdo, y la trayectoria se desvió en una bonita parábola que Courtois sólo pudo seguir con la mirada. El gol fue justo y desde ahí sólo existió el Madrid, que redujo al líder de la Liga a una pequeñez impropia de la condición mostrada durante toda esta temporada. El Atlético de Simeone, por fin, se parecía a las miniaturas enloquecidas que el Madrid almacenaba en un estante del salón con pulso de coleccionista tras cada derby.

En la segunda parte el Atlético bombeó un par de balones sobre la portería de Casillas, al principio, en un amago de reacción forzada, pero tras varios esláloms de Modric -que ayer parecía Alberto Tomba esquiando entre la impotente medular atlética- el juego siguió por la pendiente por la que se había volcado el Bernabéu hacia la portería contraria. Los locales continuaron tan conectados al partido que no cedieron un palmo por el que la Mara del Cholo pudiera meterse. Parecían el mejor Milan de Ancelotti, por cómo competían. Ramos y Pepe adelantaron la defensa madridista tan arriba que asfixiaron cada salida del contrario, permitiendo al trivote centrocampista un mayor margen a la hora de recuperar, posicionarse y salir jugando. El Madrid rescataba balones en mitad de la selva rojiblanca y llegaba con toda la tropa al área adversaria, de manera que casi siempre la segunda jugada, el rebote y las esquirlas caían de nuevo a los pies de los blancos. Alrededor del minuto 20, en la segunda parte, Di María caminaba como un funambulista desde el carril izquierdo hacia el pasillo central, y Jesé, Cristiano y Benzema iniciaron un desmarque de ruptura a la vez. En manada. El argentino envolvió con el empeine una pelota prodigiosa, geométrica, al hueco por donde apareció Jesé adelantándose a su marcador. El canario acompañó la trayectoria natural del balón con su bota derecha y Courtouis se lo tragó. Con el 2-0 el Madrid se desató mientras Chamartín bullía en un éxtasis grupal. Di María culminó su partido limpiando a Diego Costa para la vuelta dándole un rodillazo en las costillas después de hacerle falta. Costa, a esas alturas, fuera del partido, respondió con un empujón que lanzó al aire a Di María en las mismas narices de Clos Gómez. La picardía fue tan inteligente que podía haber salido en el Guzmán Alfarache de Mateo Alemán. A partir de ahí el Madrid se dedicó a surfear la ola del Bernabéu encendido, que cuando truena parecen oírse las trompetas del Apocalipsis y tiene la fuerza destructiva de un temporal en el Cantábrico.

El Atlético sólo estuvo una vez cerca del gol: con 2-0, Godín remató un córner en el que Casillas se quedó leyendo el horóscopo y bajo palos llegó Modric, disfrazado de superman, para sacar una pelota que se envenenaba hacia el 2-1. Justo después llegó el 3-0. Di María condujo hasta que se le apagó la luz, y decidió chutar desde lejos. La pelota dio en el tacón de Miranda, que se quitaba para no molestar, y como en el 1-0, Courtois la maldijo con la mirada. Ahí terminó un partido extraordinario que añoró a Cristiano, que anoche sólo veía una mancha roja. Ronaldo parece afectado por la verbena de Ayza Gámez, el comité y la inexplicable sanción: frente al Atlético se movió por impulsos instintivos, cegado por un salvaje egoísmo al final, viendo que se le ganaba 3-0 al odiado rival sin ningún gol suyo. Ancelotti dio por fin el golpe emocional que el Madrid necesitaba para encaramarse a la primera final de la temporada, y los agoreros empiezan a mirar el cielo esperando una señal que confirme sus oscuros vaticinios. De momento, el cielo sigue despejándose, y en 10 partidos jugados en 2014 el Real sólo ha encajado un gol. Al Calderón deberán marchar los antidisturbios, puesto que cosas más grandes ha visto Carletto, pero el poso heroico de una victoria sin contestaciones se queda ya en los paladares propios. También en los ajenos.

Burócratas

28 ene

Últimamente algunos primeros espadas del articulismo español, solariegamente madridistas, están haciendo correr la especie de que el Madrid de Carlo Ancelotti no es demasiado estimulante. Arguyen que frente a la electricidad del Madrid de Mourinho, el equipo de su sucesor les parece frío, y les resulta difícil empatizar con él, como si Carletto fuese un burócrata gris que se limitase a sellar papeles durante toda la mañana. En definitiva, este Madrid les aburre. Fíjense si no comparto este desapego que cuando me puse con el partido, con 25 minutos de retraso, el Real ya iba ganando. Acababa de marcar Jesé. ¡Como para quejarme! Pero vamos a desmenuzar esto, que es muy interesante. El fútbol es una dramaturgia revestida de show business. La identificación hincha-equipo se articula específicamente sobre las emociones. Por lo tanto, quien paga una entrada o se pone delante de la tele no asiste, no obstante, a un estreno cinematográfico, sino a una escenificación trágica de fuerzas telúricas enraizadas en la infancia. De manera que el viejo aserto de Clemente de quien quiera espectáculo, que vaya al circo podría aplicarse a quien dice aburrirse viendo fútbol: aquí se viene a machacar a la tribu de enfrente. El retraso a la hora de incorporarme al partido se lo agradezco a quienes ponen el fútbol a esa hora tan incómoda que son las 9 de la noche. A desmano de todo, uno no sabe si ir a la cocina y cenar algo, por aquello de europeizarse, o si esperar un poco y seguir acomodándose en el hecho diferencial español. En todo caso, a esas alturas Jesé ya había picado medio billete rematando con cierta indulgencia de Kiko Casilla un pase geométrico del artificiero Alonso.

Ausente Modric por descanso, el centro de gravedad del Madrid pasó a Xabi, que lo acaparó todo. El Español, sin embargo, no vino a Madrid con un ardor bélico exagerado: mordió lo justo. Lo que exigía el decoro. Illarramendi escoltó con solvencia y sosiego a su mentor, y Di María trotó de aquí para allá, unas veces sujetando el centro del campo rival en el carril interior, otras veces esparciéndose por la izquierda. Jesé volvió a destacar por el costado derecho, y además del gol dejó varios desmarques y algunas jugadas de lucidez propias de quien goza de confianza en sí mismo. Ronaldo se subió a la atalaya y al acabar el partido había intentado marcar un gol de todas las maneras posibles. Esta vez, empero, se le resistió la divina perforación, y a la hora de escribir esto temo por la integridad cervical de Irina. Alarcón habitó el que se supone su ecosistema particular: la media punta más pura. Su partido fue, de nuevo, intrascendente. El otro día lo comparaba con Modric en una disputa por el mismo balón al que el croata llegó antes que él empezando la carrera diez metros por detrás: ahora mismo, Isco y Lukita parecen vivir a velocidades distintas. No comparto la desazón instalada en el madridismo en torno al malagueño: Odín camina a través de un largo invierno, pero mayo llegará, y conviene no olvidar que los genios florecen en primavera.

El partido no dio para mucho más. Kiko Casilla realizó algunas intervenciones de gran mérito y el Español pudo marcar algún que otro gol, más por la temeridad defensiva local que por insistencia propia. Batir récords de imbatibilidad con Sergio Ramos interpretando el papel de mono pistolero que atormenta a Robbie Williams en una canción es una cosa homérica, muy loca. Nacho pareció un mariscal a su lado, siendo como es un central cuyo mérito es exclusivamente ser una persona normal. Y aparentarlo. Coentrao, en el lateral izquierdo tras su charlotada de Pamplona, recuperó la cordura hasta que se llevó la enésima hostia de su trayectoria profesional: parece un imán para los golpes en esta temporada de ridículo desarrollo personal para él. La Taça do Rei entra en su fase decisiva, esa en la que por fin se asemeja a una competición homologable con los estándares occidentales. El Madrid alcanza las semifinales sin recibir un sólo gol y, también, sin pestañear. Su rival saldrá del choque entre el Athletic y su sucursal madrileña, y mientras el equipo de Ancelotti camina imperturbable por la senda del samurái -por más que aburra al sanedrín- la victoria recupera esa condición rutinaria que en Chamartín es blasón y se hereda de padres a hijos. Palabras como espectáculo, estilo o entretenimiento pierden cualquier sentido cuando uno mira el fútbol como un combate a muerte que ocurre cada tres días y no como un neoyorquino sentándose en el Madison con la camiseta de Carmelo Anthony y el cubo de palomitas.

Paso ligero

22 ene

Últimamente los partidos del Madrid se juegan con la banda sonora de Star Wars de fondo. Desde la victoria en Valencia con la que cerró 2013, el equipo de Ancelotti parece un ejército de prácticas nucleares en el atolón de la isla Mauricio: por donde pasa, no crece la hierba. Hubo algo de mecánico en la victoria de ayer, como si los muchachos supieran ya de memoria las instrucciones a seguir y el rival no importase. El plan se ejecutó correctamente, como en el Villamarín, pero sin el ejercicio de violencia sostenida que arrasó al Betis hace unos días. Volvía el Madrid a Cornellá semana y media después de la trabajada victoria liguera, y aunque el resultado fue el mismo las sensaciones variaron. El Español ofreció menos resistencia, o por enfocarlo de otra manera: el aficionado madridista jamás dudó del triunfo final, lo que en sí mismo es un espectáculo fascinante e innovador al que uno no termina de acostumbrarse. Tanto es así que desde que comenzó 2014 sufro más por dejar imbatida la portería propia que por el resultado. Lo doy por ganado desde antes que Cristiano empiece a bufar saliendo del túnel de vestuarios.

No obstante, Aguirre, que es un artesano del balompié intrahistórico y de esto sabe como para escribir un libro, planteó el mismo partido pegajoso que en Liga: soltó los perros sobre Modric, apretó la salida de balón del eslabón más débil de la cadena defensiva madridista -Ramos- y martilleó por detrás de los laterales. Sergio García, que salió de La Masía antes de que Guardiola la convirtiera en Disneylandia, se dedicó a correr detrás de cada balón echando espuma por la boca. En la euforia inicial radicaban las esperanzas de éxito del plan españolista, pero el Madrid templó la ira local con empeño luterano. Uno tras otro, Modric, Illarramendi y Di María fueron acumulando balones, tiempos y espacios en un centro del campo que comenzó a tener un sólo sentido: el área de Kiko Casilla. En la otra, Casillas, que luce peinado parecido al de sus comienzos como futbolista de élite en lo que quizá sea el último reflejo instintivo de un hombre que se sabe desahuciado por recuperar la sonrisa del azar que lo sostuvo siempre, demostró una inclinación desconocida por el juego con los pies. Me atrevería a decir que la suplencia está empujándolo a territorios inexplorados en toda su trayectoria profesional, lo que no deja de ser curioso. Cristiano chutó a puerta 4 veces seguidas y al quinto disparo a ninguna parte se le empezó a desquiciar la mirada. El superhéroe llevaba anoche el disfraz de Kobe Bryant chupándoselo todo en el Staples, y hubo un momento, ya en la segunda parte, que tuvo carácter veraderamente subversivo: CR7 llegó hasta la frontal del Español driblando a 8 contrarios y a sí mismo, a la vez, y al chocarse con Bale el galés le quitó la pelota como diciéndole dámela, coño. 

Por la banda de Bale llegó el gol: Arbeloa colgó un magnífico centro al santasactórum del área que llegó peinado a la cabeza de Benzema, quien sólo tuvo que poner la barba salafista para meterla. Celebró el gol como Ronaldo Nazario y en sus  desplazamientos etéreos por entre los límites de la materia y lo cognoscible está Platón: no es un jugador de este mundo. A Benzema se le suele medir con la vara de Cristiano Ronaldo, como si cualquiera que no fuese Messi no cayera en el hoyo del descrédito al ser comparado con semejante alienígena. Y es un error, a mi juicio: la dimensión de Karim dentro del equipo supera lo plástico y gravita sobre la efectividad, parcela en la que siempre fue tan criticado por sus -supuestos- pocos goles. No hay un toque de balón del francés que no tenga sentido en la sinfonía asimétrica del Madrid de Carletto, y casi siempre pasan desapercibidos sus desmarques de ruptura y sus apoyos al primer toque con que engrasa las jugadas que terminan con Marcelo, Cristiano, Bale o Di María en la línea de fondo o con un estrépito sangriento en el punto de penalty. En todo caso, tras su gol pudieron venir algunos más. Fueron los mejores minutos del Madrid: cómodo, marcial, inapelable, con Modric en todas partes y Di María agregándose como escudero de inapreciable valor táctico al trabajo de Illarramendi y el croata.

El fútbol también está hecho de casualidades. Si Sahin no se hubiese caído por el agujero de los desheredados del paraíso madridista, es probable que José Mourinho jamás hubiese contemplado la necesidad de fichar a Luka Modric en el verano de 2012. Pero Sahin se dejó la posteridad en sus rodillas, Modric llegó y el resto lo conocemos todos. De la segunda parte sobró media hora. Arbeloa se halló dos veces delante de Casilla, fruto del desajuste coordinado de la transición ofensiva del Madrid. El dinamismo posicional de los 3 de arriba origina espacios inesperados y soluciones minimalistas en las que intervienen los laterales, los interiores y hasta los defensas centrales. Es el caos controlado del 4-3-3 de Ancelotti, sobre el que este Madrid ha adquirido solidez granítica y avanza implacable a lo largo de este mes de enero terrible en lo competitivo. El Real se relajó, como creyendo que el Español podría seguir hasta el Juicio Final sin marcarles un gol, y con la salida de Jhon Córdoba el peligro volvió a merodear, difuso, por el área de Casillas. A Arbeloa se le nubló la noche: Córdoba es una especie de mandingo colombiano con la técnica atrabiliaria de Obafemi Martins pero rápido, fiero y fuerte como un rottweiler. Al final se plantó sólo ante Casillas y definió al muñeco, lo que sirvió para mantener la virginidad de la meta madridista en el nuevo año un partido más y contentar a las masas, que se fueron a la cama aliviadas por una nueva parada de Casillas. Ya no tendrán que recurrir a Youtubes antiguos para masturbarse.

Pamplona sin odio

15 ene

Es raro para el Madrid ir a Pamplona, a esa cueva de Ho Chi Minh que es El Sadar, y ver la tribuna medio desierta. La noche estaba desangelada: era miércoles, laborable, y a los niños les quedaba poco para ir a la cama. Aun más, la eliminatoria traía un rejón de muerte del partido de ida, así que la parroquia pamplonesa decidió aplazar su ira dei para citas de mayor postín. Saltó el Real al estadio de Osasuna y sólo le faltó la cesta colgando del brazo. Ancelotti extendió el mantel de cuadritos sobre el césped -que parecía un arrozal cultivado en terrazas por cómo botaba la pelota- y sus chicos se entregaron a una plácida gestión del 2-0 del Bernabéu. Coentrao, en busca y captura por la Interpol desde lo de Vallecas, regresó al lateral izquierdo, y cumplió a medias con su habitual sobriedad defensiva sosteniéndole como por inercia: el muchacho parece fuera de combate desde agosto, cuando, huérfano de Mourinho, todo Cristo en España lo condenó a galeras sin que nadie firmase su sentencia firme. Desde entonces vaga por el limbo de los desahuciados del edén madridista, esa estepa donde pululan los cadáveres incorruptos de Baptista, Cassano y Robinho. Con ellos lee a Dante y de vez en cuando recitan a Virgilio, y espera la llegada de alguna oferta de la Premier mirando pasar los trenes como una vaca escocesa. Junto a Fabio formaron Pepe, Ramos y Arbeloa,  la vieja guardia de corps. Consiguieron apuntarse la cuarta victoria consecutiva dejando a cero el arco propio, una cosa impropia de la reputación circense de la defensa del Madrid. Yo, que tengo alma de agonista italiano, lo celebré como algo que pasa una vez en la vida: cada partido que pasa sufro más por la estadística que por el botín en juego.

Al minuto 21 ya estaba el partido sentenciado. Ronaldo había salido como un miura de chiqueros, queriendo justificar el Balón de Oro cada vez que tocaba la pelota. A la cuarta cabalgada los osasunistas le derribaron enganchándose a sus cuádriceps a semejanza de aquellos pitbulls contra los que peleaban toros en la Inglaterra medieval. Más o menos desde el sitio donde en 2012 clavó su famoso estacazo que dio origen a la celebración del muslamen, Cristiano golpeó con furia un balón que se disparó plano pero durísimo: el meta local quiso despejar de puños pero impactó con los meñique. Quien haya jugado al fútbol sabrá que esa es la parte fofa de los guantes de los porteros. La pelota, engreída de violencia, fue hacia abajo y le rebotó en el culo. Gol parecido al que le metió al Tottenham de Bale en 2011: Thor ya tenía su cordero degollado a los pies, y el partido podía seguir discurriendo por los cauces naturales del tedio copero y el spleen de Alarcón. En pleno pico de rendimiento bajo, arrastra su espíritu de fantasista sin saber muy bien por dónde respira el juego. Se solapó todo el tiempo con Jesé, quien en la pizarra ocupaba el lugar de Benzema en la pole position de los velociraptors. Con Di María en su ecosistema original, a Isco le correspondió el espacio vacío por delante de Alonso e Illarramendi, pero ni siquiera durante los 40 minutos iniciales en los que Xabi ejerció brillantemente de artificiero lanzando contragolpes al primer toque, el malagueño encontró su hueco. El segundo gol, ya mediada la segunda parte, fue una metáfora de todo esto. Jesé dribló a su par y se pasó junto a Alarcón montado en Vespa, mientras el Odín barbudo le pedía disculpas por estorbarle la carrera. Big Flow ganó línea de fondo y vio desde el Teide cómo llegaba Di María en la frontal. Empalme a la primera y gol: la jugada más antigua del potrero. De ahí al final todo fue insoportable. Alonso y Ronaldo, sellado el trámite, dejaron su sitio a Bale y Casemiro. Morata entró por Jesé y el drama se cebó con él: al ir a rematar un córner se estrelló contra la culata del fusil de un requeté. Lo tuvieron que retirar más o menos de urgencia, a 5 minutos del final, llorando y tras haber vomitado, después de arrastrarse con el ojo del color de la bandera de los comuneros de Castilla: pésima suerte la de este joven delantero sin apenas talento pero desbordado de corazón, a quien nadie pudo sacar del terreno de juego mientras se pudo sostener en pie. Con Morata en el oscuro rincón de los apestados por la tyche, Coentrao tuvo tiempo aún de dejar al Madrid con 9 después de arrastrarse desde el suelo para patearle la rodilla a un osasuno. Digno final de una noche absolutamente prescindible, desde todo punto de vista. No sé si aún sigue abierta la votación para el Balón de Oro, porque quiero suscribir una candidatura colectiva por todos los que sufrimos el tedio de seguir al Madrid hasta más allá del Limes: los confines de la Copa.

Todos a una

9 ene

Volvía el fútbol al Bernabéu, apenas tres días después del partido frente al Celta, y volvía Osasuna ante la vista del Madrid. Es un equipo que concita una antipatía particular y transversal entre el madridismo: grandes y pequeños, jóvenes, viejos, piperos, undegrounds, tuiteros y madridistas de pitiminí guardan por igual un desdén rencoroso hacia Osasuna desde que a Buyo le explotara un petardo en la cara allá por los 80, en El Sadar. O antes, incluso. Puede que sea una cuestión ideológica más antigua que el fútbol mismo: madridistas y osasunistas recreando en 2014 las guerras carlistas del XIX, y toda la pesca. Quién sabe. Es verdad que a veces, a los jugadores rojillos sólo les falta la boina roja y la badana llena de granadas cruzada en el pecho, con el Sagrado Corazón de Jesús grabado en un bolsillo, cada vez que juegan contra el Madrid: para muestra, el partido que hace un mes aproximadamente disputaron ambos en Pamplona, donde el Madrid se dejó varios dientes. No fue así, esta vez. El Bernabéu acogió animoso la ida de los octavos de final de la Copa del Rey, y el requeté carlista vino con la valija diplomática a Madrid. Quizá la Copa atemperó los ánimos. A fin de cuentas, este es un torneo que, tal y como está montado, sólo empieza a interesar de verdad a partir de los cuartos de final. Si acaso. Antes de llegar a esa cumbre, los partidos como el de esta noche molestan y parecen visitas al dentista: uno intenta que no le duela demasiado. A pesar de todo, Ancelotti alineó una escuadra prometedora en el papel: Arbeloa patrullando la espalda de Pepe y Ramos, Marcelo ante uno de sus partidos-sambódromo (el Bernabéu, la Copa, rival poco exigente: lo más parecido a una pachanga de fútbol tenis en Copacabana) y por delante el Strike Team acompañado, esta vez, por Jesé, que se movería durante todo el partido por ese limbo intermedio abierto entre la media punta y la parcela izquierda del ataque del Madrid.

Delante, un Osasuna repleto de esforzados mocetones navarros. Los comentaristas del Plus se esforzaron mucho en incidir sobre la idea de que Javi Gracia, su entrenador, llevaba meses intentado cambiar el tradicional estilo balompédico del equipo pamplonés. Hasta hoy, desconocía que Osasuna se distinguiera por tener algún estilo de juego reconocible y perdurable a lo largo de su historia: a lo mejor Michael Robinson, que jugó allí, nos lo podía aclarar. Los locutores no hacían más que repetir que Gracia conminaba a sus muchachos a salir desde atrás con la pelota jugada, ensayando una especie de lavolpiana muy meritoria dada la categoría de sus defensores, todos ellos rudos hombres de montaña que un día bajaron a la llanura y cogieron un balón como el que manipula un mortero. En todo caso, el partido de Osasuna, desde los primeros 10 minutos de tanteo hasta el final, consistió en cerrarse muy ordenadamente en su transición defensiva y esperar al Madrid pegando mucho el culo a la frontal del área propia, cabalgando alguna que otra vez hacia la portería de Casillas con cierto criterio pero sin peligro de ninguna clase. El Madrid fue Modric, y Modric fue el Madrid. Luka está muy por encima, ahora, de cualquier compañero: corta, templa, manda, cubre, tira diagonales, avanza millas tras las trincheras enemigas y ha adquirido el don de la ubicuidad, que es lo que distingue a los centrocampistas completos que orillan su cenit deportivo. Está cerca de su propio Everest, y llegará a la cima mostrándose como un futbolista abrumador, capaz por sí mismo de asumir roles tan diferentes en la medular que hasta hacen parecer prescindibles, a ojos del espectador, a sus escoltas.

Hoy fue Illarra quien aguardaba siempre a su paso, escudero fiel, tanto en la quita como en la cobertura y la subida a la segunda línea. Carletto dispuso un asimétrico 4-2-4 porque, en la práctica, Jesé se instaló en el chiringuito de Marcelo y la ausencia de solidaridad defensiva de los tres velociraptors de arriba obligaba tanto a Modric como Illarramendi a abarcar mucho terreno. Cumplieron con pulmones y solviencia, en parte por que Osasuna no exigió ni el 50% de lo que sí requirió en noviembre en el duelo liguero de Pamplona. Benzema, que se llevó casi todo el partido estudiando algunas suras del Corán alrededor del balcón del área visitante, marcó el 1-0 en la primera parte, peinando a las redes un balón envuelto en seda que Lukita envió desde Croacia. Jesé, que fue el mejor tras Modric, no paró de agitar el árbol, pero no cayó ningún requeté: estaban todos en torno a Asier Riesgo, su portero, apiñados como balas de cañón. En la segunda mitad, de nuevo Benzema buscó a Jesé para sacar del tedio al Bernabéu. Sobre el minuto 20, la sombra de Cristiano puso nervioso a un zaguero osasunista, que cedió atrás con más miedo que convicción, como el que se quita de encima la pistola con la que se cometió un crimen. Atrapó la pelota Benzema, quien vio venir a Ronaldo emergiendo desde el vórtice polar del Ártico como la viva imagen de la ira de Dios. Cuando todos esperábamos que la rompiera, deslizó suave hacia la carrera de Jesé, que venía a su derecha, desarmando a toda la defensa rojilla. El canario batió a Riesgo a placer, y desde ese minuto y hasta el final, el partido fue un tiro al plato de Cristiano Ronaldo, sin suerte. Aquiles continúa con la saudade de Troya, pero el final del partido dejó un gesto esperanzador: al pitar el árbitro el de Madeira embocaba el campo rival con toda la banda para él, y al oír el silbato pateó indignado el balón. El héroe está volviendo, caballeros. El 2-0 es un buen resultado para la vuelta, que será el miércoles que viene -agradézcanle a la Federación y a la AFE el apelotonamiento de partidos de aquí al final de enero tras el parón navideño-: mantendrá despierta la tensión competitiva y hará que los muchachos de Ancelotti acudan contentos a la brega.

Fútbol desestructurado

8 dic

La Copa. A los niños les asusta, a los viejos les aburre y los que estamos en medio tenemos que sobrellevarla, como se cargan con las responsabilidades coñacer de la vida adulta. Si la Liga es esa mañana de sábado en la que puedes levantarte a las once, y la Copa de Europa es el puente haciendo windsurf en Tarifa, la Copa es eso, ya sabes: recoger a los niños del colegio, comerte la hora punta en el metro o fregar el cuarto de baño. Lo prosaico. Y no tendría por qué ser así, si la RFEF no fuese un conciliábulo de haraganes y apesebrados con el porte de don Tancredo y las espaldas más duras que la carne de perro. Porque si la Federación Española de Fútbol cuidase su producto, la Copa no sería este insoportable truño de estética decadente y aroma a torneo regional de segunda fila, sino un campeonato vivo, dinámico, popular y competitivo. Incluso rentable. Pero qué se puede esperar del comando Villar, una banda que ha conseguido depreciar como marca comercial hasta una Selección Nacional campeona de todo. Al Madrid le esperaba la hierba sintética de La Murta, hogar del Club Deportivo Olímpic de Xátiva. Las cloacas de la gloria también requieren la mejor de nuestras sonrisas y por ello -como precisó acertado Jorge Bustos- Ancelotti se propuso dignificar la Taça do Rei calzándose un traje con su canónico chalequillo. Impecable Carletto, quien sin saberlo legó a la posteridad un gesto revolucionario, sin parangón: en la Gotham City del chándal, las crestas y el escote masculino, salió a bailar en chaqueta y corbata. El shock cultural estuvo a punto de provocar más de un ictus en el graderío levantino. Formó el Madrid con Casillas bajo palos -quien cada día amanece más desconectado de sí mismo, del brazalete que aún ostenta y de la armonía espiritual de un vestuario al que parece ir agarrado como una de esas ostras soldadas al casco de los barcos- y con una defensa de circunstancias: Arbeloa por la izquierda, Carvajal en la diestra, Nacho y Ramos en una bicicleta tándem.

Por delante, Casemiro estibaba e Illarramendi trotaba a su alrededor con ademanes de almirante y tibieza de grumete. Por encima, en abanico, Jesé, Di María y Alarcón dibujaban una imprecisa línea de 3 de la que surgía Morata, incrustado en la punta del confuso 4-2-3-1 con que Ancelotti quiso tramitar el expediente de la forma menos sangrienta posible. No ocurrió nada. Absolutamente nada. El once valenciano, todo de blanco, ofreció el ímpetu provinciano de rigor. El Madrid aguantó el tipo, muy remotos ya en la psique de este club los agujeros negros de Irún y Alcorcón (otra de las aportaciones de Mourinho a la regeneración -incompleta- del Madrid, la terapia antiestrés en los primeros rounds coperos) y la noche transcurrió entre la algarabía de la tribuna y la obtusa lucha grecorromana en el tapiz artificial de Játiva. El Olímpic apenas se asomó al arco de Casillas, y cuando lo hizo el balón parecía una de esas granadas de mano soltadas de improviso en una trichera que van rebotando de aquí para allá mientras algunos se ponen a salvo y otros intentan patearla hasta las líneas enemigas. En la segunda parte, con Marcelo en juego y después Benzema y Modric, el Madrid sacó cierta estoica gallardía: pergeñó algunas combinaciones rasas, cuero al suelo y mirada al frente, e Isco estuvo a punto de marcar en dos ocasiones. Antes de irse Odín le sacó la lengua a Morata para dejarlo solo, delante del portero local, con una asistencia neocatecumenal. El chico, mixto de Raúl y Morientes -sin el talento del primero ni la picardía del segundo- la mandó a Gandía, y ahí murió un partido infumable. La tensión competitiva madridista la resumió perfectamente Benzema quedando para después con una mozuela local que lo cazó mientras buscaba un saque de banda. Algún día conquistaremos una Copa a partido único desde la primera eliminatoria. O no. En España, qui lo sá.

Caballero del Imperio

17 may

Ayer se retiró Beckham, y mi ego-niño volvió a sentir esa punzada de nostalgia tan característica. Y tan puta. Crecimos con el Madrid galáctico, que era la reedición balompédica de la Edad de Oro del cine americano: una factoría animada de sueños en celuloide con la que Florentino quiso llegar a la luna, como George Meliès, rescatando el más estrellas que en el cielo de la Metro. Becks fue para el madridismo lo que el old fashioned para Don Draper: el lujo distintivo, la alfombra roja hollywoodiense, la pitillera de oro con nuestras iniciales grabadas a mano. Beckham jugaba en el Madrid, y aquello nos diferenciaba de los demás, de la plebe. David fue un futbolista patricio, qué duda cabe, desde que sustituyó a Cantona en el imaginario colectivo de Old Trafford y se erigió en símbolo del balompié pop. Su fichaje fue como un regalo de Reyes apoteósico. Los demás niños tenían una mountain-bike, y Florentino nos dejó a nosotros, debajo del árbol, un caballero del Imperio Británico montado en un ferrari teledirigido, por que el Faraón siempre nos amó. Beckham fue eso: la culminación de una voluntad de poder, de un modelo onírico, de un delirio quizá demasiado cercano al onanismo y lo suficientemente lejano al perfil primario del fútbol, a la tribu, para que a la primera tempestad el barco se fuese directamente a tomar por culo. El Madrid, cuyo único sesgo ideológico es la insana avaricia acaparadora de títulos, devora trofeos y copas como si fuese una niña rica estrenando zapatos todos los días. Sólo encontramos tranquilidad durante los quince minutos siguientes a la fulminación de la tarjeta de crédito: lo que tardamos en llegar a casa y probarnos la Liga o la Copa del Rey delante del espejo. En seguida nos olvidamos de ellas, por que nuestra ansia de posesión es el fuego que nos consume. Por eso nos perturba que Beckham se fuese de la Castellana tan sólo con una Liga y una Supercopa debajo del brazo. Magro botín, y más teniendo en cuenta que David llegó justo en medio de aquella coyuntura histórica en la cual creíamos, olvidados ya los 32 años de sequía europea, que las Copas de Europa iban a caer cada año par, como si fuesen pleamares del Nilo. Cuando Beckham se marchó a Los Ángeles, ya éramos un poquito más conscientes de que las orejonas se asemejan más al cometa Halley que a cualquier otra cosa. Nosotros, madridistas de grandeza trasnochada, continuamos cortejando a la Décima durante el largo y sombrío tardo-florentinismo utilizando a Beckham como Jay Gatsby daba exuberantes fiestas en su jardín: para ver si con la fascinación de lo extravagante, y con el lujo sin fin, nos daba. Al final, cuando pasen quince o veinte años y volvamos a abrir los álbumes de historia gráfica madridista, el cromo de Beckham seguirá mostrándonos el mismo brillo salvaje que el rock suave que nos cantaba Loquillo.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 27 seguidores

%d personas les gusta esto: