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Un tajo limpio

28 sep

Decíamos el otro día que las revoluciones no hacía ruido, y es verdad. Casi siempre. Y que a una algarada le sigue una respuesta, digamos, contrarrevolucionaria. Acción, reacción, y todo eso. El Madrid vive ahora una suerte de Conferencia de Viena, donde todos los fiduciarios del antiguo régimen se han puesto de acuerdo para devolver la realidad al punto original de partida: en consecuencia, ayer Casillas volvió a ser titular. Periodistas de cámara, opinadores, opinólogos y homeópatas de la información, coincidieron en señalar la extraordinaria normalidad: Casillas paró mucho y bien, transmitió seguridad, ejerció de líder natural y el 18 de noviembre de 1975, por la noche, Franco estaba muy bien de salud.

Esta alternancia diaria en la portería es un fenómeno desconocido en el fútbol de élite. Ancelotti, embebido quizá del carácter pionero del Madrid, juega con los naipes de Navas y Casillas, presa del pandemónium de intereses contrapuestos que avalan a cada uno; intereses futbolísticos y de los otros, ya saben: esas cuestiones inefables, susurradas a medias en los telediarios, deslizadas viscosamente por entre las páginas del periódico, que nada tienen que ver con la agilidad de los porteros o con su ritmo de trabajo. En este momento, la diferencia balompédica entre Iker y Keylor es tan grande, que con los matices se podría llenar la fosa de Las Marianas.

El partido empezó muy graciosamente con una cesión torpe de Kroos atrás: imaginó Toni que allí estaba Neuer, y supuso que el portero saldría, la controlaría y comenzaría la jugada con los pies. Casillas no es Neuer, huelga comentar la diferencia, y apenas pudo despejar de mala manera, torciendo el gesto y derrengándose con mucha fealdad sobre la línea de fondo, para choteo general de propios y extraños. Así, antes del primer minuto de partido teníamos córner y el café yéndose por el lado equivocado de la glotis: cada saque de esquina en contra es un desafío soberanista a la unidad de España.

Marcelo parece asentado en el lateral izquierdo: Carvajal ha recuperado su fuero en el derecho, y el Madrid sale esquiando sobre estos dos carrileros, a toda mecha, y disparado también se acerca el peligro, casi siempre tras la nuca de ambos. Fue digno de ver el despliegue de los centrocampistas del Madrid: dicen que Modric, James y Kroos se difuminan en un triángulo isósceles en el que la punta es para el colombiano y el vértice lateral, para Luka, pero a mí, ayer, me pareció ver una fila prieta cada vez que el Villarreal atacaba la fase defensiva madridista. Ubicados casi en línea, soldaban las grietas por entre las que seguían colándose jugadores amarillos, pero sin poder acuchillar en corto. Varane y Ramos, ágiles como gamos, corregían atentos las goteras de los tres mediocampistas, y los dos laterales juntábanse mucho en la base dejando por detrás una playa virgen donde, curiosamente, moría de inanidad todo intento local por dañar el área blanca.

El Villarreal, carente de un 9 grande capaz de fijar a los centrales y aterrizar alguna pelota lateral, hormigueaba por el balcón del área madridista valiéndose de la tremenda movilidad de Vietto y Uche; ambos delanteros, bajitos y nervudos, con buena técnica y sagacidad en el desmarque, ganaron algunos espacios por entre las piernas de Varane, que son tan largas que, debajo, cabe Liliput. No obstante, sus disparos salieron fuera o demasiado al centro: las dos únicas ocasiones de peligro en la primera parte surgieron de dos trallazos al muñeco. Uno, despejado por Casillas al centro -en la repetición se vio cómo embocó el balón con los ojos cerrados, en otra imagen para la Historia no-oficial del santo varón de las Españas- conllevó un rechace finiquitado muy malamente por Uche, para sosiego de la gente temerosa de Dios; el siguiente lo interceptó Marcelo justo en la cara del portero, en un escorzo inverosímil, karateca, con esa manera de defender desparramada que tiene Marcelo, con ese dramatismo de funambulista que tantos disgustos le da a los que, como el que escribe, aspira a una formalidad capelliana en el noble arte de la defensa y el quite.

Esta intensidad del Villarreal fue desactivada pronto por la paciencia del Madrid. El cambio de Xabi y Di María por James y Kroos ha barnizado al equipo de Ancelotti con una pátina diferente: dos jugadores, vamos a decirlo así, rompedores, por dos jugadores inclusivos. La diferencia, para mí, es tan evidente, que este Madrid va jugando cada vez más a lo que es propio y genético en Modric y sus dos compañeros de viaje. Xabi y Di María, por sus naturaleza, tendían a quebrar el junco disparando: balón largo, verticalidad, conducción larga y arrastre de contrarios, erupción volcánica y cientos de espacios tras cada breakdown; James y Kroos, en cambio, pisan la pelota. No una vez, sino muchas. Caracolean, la alimentan, buscan más la transacción corta y rápida, a lo xaviniesta, aunque, no obstante, gusten de orientar a izquierda y derecha con parábolas hacia los compañeros más desmarcados que, sin embargo, carecen de esa violencia que tanto Di María como Alonso imprimían siempre a sus pases. De resultas de este juego, el Madrid volvió a escalonarse 4-2-2-2 cuando atacaba la rocosa trinchera amarilla. Bale parecía, más que nunca, desterrado a la esquina derecha, como un náufrago ahogándose en un perfil opuesto a su mecánica habitual de control y galope.

Benzema, en cambio, nadaba muy a gusto entre tanta marca adversaria: las defensas así son su piscina climatizada. El Madrid iba empujando al Villarreal hacia atrás, sin herirle demasiado, hasta que Modric avistó un rectángulo sin dueño en la portería de Asenjo. Chutó desde muy lejos, casi desde el aeropuerto de Castellón, como si estuviera de rave allí y tirase un botellazo: apenas le dio fuerte, sino muy colocada a un ángulo que, de forma inverosímil, estaba sin cubrir. El gol hizo desplomarse al Villarreal y un rato después iba a llegar el 0-2: Benzema hendió hasta la línea de fondo con un desmarque de esos extremos que llevan al central rival a apurar el tackle hasta el final; cualquier otro delantero hubiera chutado de primeras. Él, naturalmente, la controló, y de un toque se ubicó hacia el minarete de este Madrid que es, claro, Ronaldo, que venía echando humo por la chimenea de la locomotora. Le puso el balón en el pie y Cristiano acomodó con el interior al palo contrario de la dirección de la jugada.

El Madrid afrontó el resto del partido con una seriedad inaudita. Siempre quise que el Madrid ganase en las salidas difíciles como veo hacer muchas veces a Chelsea, Bayern, Juve o cualquiera de esos equipos grandes y europeos que vencen con una superioridad, por decir, burocrática, que es incontestable. El Madrid se llevó la victoria ayer de esta manera: veía uno correr a los de blanco y parecían más fuertes, más redondos, más fibrosos y mejor plantados que los de amarillo, y con esa vanidad estética se conforma uno en una tarde de sábado soleada en la que se intuía imposible recortar ningún punto a Barcelona y Atlético de Madrid.  El Villarreal no paró de correr y Marcelino de gesticular en banda; fue para nada. El Madrid dejó que atacasen la frontal misma del área, y debe ser un reflejo involuntario de la defensa cuando juega Casillas: se cuelgan todos del área pequeña, pero esta vez no ocurrió ninguna desgracia. Salieron Nacho, Illarramendi y Alarcón muy tarde, y además de la dilecta sobriedad pequeñoburguesa de Illarra en el procesamiento funcionarial de los tres puntos, destacó Isco. Comparte Isco las características que mencioné antes de los jugadores rompedores, a pesar de la la plebe se deleite con su versión más aburrida, esa que le hace ser un Iniesta con pelo y carisma. Isco rompe cuando juega corriendo, cuando conduce pero con el periscopio muy arriba y cuando al primer toque busca y encuentra.

Mad Max

31 ago

La salida de Xabi está saturada de rumores. Lo cierto es que, de momento, sigue siendo puro mentidero. En los mentideros se dicen muchas cosas. Sin embargo, el único hecho incuestionable, por ahora, es que ha precipitado su marcha a cuatro días del cierre del calciomercato. Las interpretaciones están constipadas por el trauma: el icono largándose, etcétera. Lo más tangible es que el Madrid carece de mediocentro al uso. No hay, ya, quien se acurruque entre los centrales y lance a los laterales a la conquista del salvaje Oeste. La base deberá ser ocupada, ahora, de otra manera, pero por suerte para Ancelotti el Madrid respira con el bypass de Modric desde el partido de vuelta de las semifinales de la Copa de Europa de 2013. Ese día el croata tomó La Bastilla y el papel de Alonso no dejó de marginalizarse desde entonces. No obstante, el crepúsculo alonsista del Madrid era un fenómeno que quemaba etapas con naturalidad. El 14 seguía acrisolando la tendencia al dinamismo y la asimetría del Carlettosistema; era como una brújula marcando siempre el norte de interiores, mediapuntas y centrales. Su fuga acelera el proceso y pone a Illarramendi en la casilla de salida, otra vez, devolviéndolo al teatro de operaciones, de donde parecía desterrado por Toni Kroos.

El Madrid estrenó el rosa en San Sebastián. La maglia rosa otorga una superioridad estética indiscutible al equipo: los ilumina, los aligera incluso, aunque case mal con los tatuajes pandilleros y las botas amarillas. El rosa es el futuro y así lo dejó escrito este Madrid, que no pudo ganar pero terminó agosto de 2014 ofreciendo al mundo el nuevo descubrimiento: el fútbol ya no es de las rayas, ni de los cuadros, ni de las combinaciones noventeras, y quizá tampoco lo sea ya del negro monocromático que tan augusto hacía a los futbolistas del blanco y negro.

Kroos y Modric volvieron, en Anoeta, al sitio en donde deslumbraron al mundo en la Supercopa de Europa. A diferencia del lunes pasado, la certeza de que son, definitivamente, el plan A, pareció revestirlos de una autoridad sacramental: los primeros 15 minutos de ambos sobre la pradera donostiarra deberían estudiarse en los colegios. Firmes, seguros, casi excesivos, activaron el bulldozer y el Real, de rosa, aplanó las crestas rocosas de Arrasate. Isco y James, por delante, flotaban entre los espacios con una verticalidad, digamos, estática: fluían ocupando espacios inexistentes antes y después de su fugacísima estancia en ellos. De tanto abrir persianas, los mediocampistas del Madrid cegaron la débil transición defensiva de la Real Sociedad. Contribuyó al esfuerzo ofensivo, exquisito, Marcelo aunque también Carvajal. Los centrales subían la presión hasta el condado de Treviño y entre Bale y Benzema dislocaban la atención de De la Bella, Zurutuza, Íñigo y Granero, incapaces de seguir la marca de tanto rosa fluorescente. Modric, durante un rato, levitó sobre el césped. Ha inventado Modric un concepto novedoso: la velocidad con el balón. Luka, que no es una centella, parece correr más cuando lo hace poseyendo la pelota. Es una cosa curiosísima, y muy agradable de ver. La imanta como hacía Redondo, otro que estimulaba sus piernas cuando trotaba con el balón. Fruto de tanta intensidad fueron los goles de Ramos y Bale: cabezazo flamígero el primero y pieza de orfebrería galesa el segundo. Bale, quizá, se empeña en desmontar el mito del atleta con cada vez más frecuentes caricias al violín: es un Stradivarius encerrado en el cuerpo de Usain Bolt. Ramos pudo meter 3 goles más, embebido unos instantes por su alter ego lisboeta, y un minuto antes del desastre Kroos estrelló en el pie del guardameta el 0-3 preludio, qui lo sá, de una goleada que murió con aquel contragolpe. Ahí terminó el Madrid y empezó Mad Max.

La Real Sociedad se había pasado media hora pidiendo una tregua. Daba cosa verlos agitar la bandera blanca, desencajados, con un aire fatalista que no le pega nada al club de los pijos vascos de la costa guipuzcoana. Siempre que el Madrid juega en San Sebastián yo me acuerdo de Baroja y de los pueblecitos pesqueros de Shanti Andía. Caserones de piedra, lomas verdes y Cantábrico cabrón: uno de esos temporales desató la desidia de Casillas en el 1-2. Casi todos los goles que ha recibido el Madrid desde abril son iguales. Un córner sucio, de estos que se golpean como mordidos y rebotan casi siempre en una cabeza, en el primer palo, o se enroscan hacia el segundo como el abrazo de una anaconda; este tipo de córners precisa de porteros cuya autoridad se exprese a puñetazo limpio. Cuando no ocurre así, y con Casillas siempre sucede lo mismo, los defensas descubren, de pronto, el frío que hace: están desnudos. Casillas no salió y Ramos se quedó tocando la guitarra mientras Íñigo Martínez ejecutaba en el segundo palo. La Real no se lo creía: seguían celebrando la vida como los prisioneros de los campos de concentración pueden festejar, qué sé yo, la Navidad. Pero por el cielo del Madrid ya sobrevolaba el humo negro de Lost: vienen los malos. Antes del descanso, Zurutuza, que es un zanahorio irlandés nacido por casualidad en mitad de Vasconia, remató desde el punto de penalty, con la frente, un centro fantástico de Aguirretxe por la izquierda. La desolación en el balance defensivo de la zaga madridista fue tan evidente, que no fue posible culpar a Casillas. Marcelo intentó arreglarlo con una patada de kárate, y siempre que vean a Marcelo haciendo estas extravagancias, no lo duden: el gol fue por su culpa.

Con Marcelo y Carvajal ocurre como con la ginebra y el vodka: jamás se te ocurra mezclarlos en una misma noche. Si el equipo comienza golpeando, son los mejores para consolidar la brecha. Si no, la gotera (la espalda de ambos siempre tiene una fuga, siempre) que suponen en los costados tanto de Peperamos como de Modrikroos amenaza con convertirse en tsunami. Así fue. Mediada la segunda parte, el Madrid seguía siendo incapaz de generar algún tipo de gol: parecía como si la primera media hora del partido hubiese sido un ensalmo. Desvanecido por las calores de agosto, y con Kroos superado por la voluntad inquebrantable del euskaldún una vez detectada la debilidad del centralismo (léase en clave política), Arrasate desequilibró la partida: Canales y Vela. Ambos, zurdos indisciplinados y talentosos, apostaron al empuje final contra la violencia sostenida de la Real hasta aquel momento: los locales avasallaron con filigrana. Canales dibujó una fantasmagoría en la pared de Marcelo, y a Isco se le fue un interior. Desde Benalmádena miró cómo el fulano ganaba la línea de fondo y servía contundente, hacia atrás, donde Zurutuza llegaba otra vez echando humo por las orejas: gol en las mismas barbas de un portero zombi y el Madrid profundamente desquiciado. Hasta el final, el equipo se consoló teniendo la pelota, pero eso no bastó para espantar la certidumbre de que rondaba más cerca el 4-2 que el empate a 3. Así fue, en efecto, aunque el gol de Vela incurriera en una ilegalidad clamorosa. El mexicano se llevó la pelota con la mano pero el árbitro estimó que aquel gol formaba parte del Cupo Vasco, así que al Estado le tocó pagar, como siempre.

Solamente la finura andaluza de Isco Alarcón se rebeló contra el dominio apático del Madrid. Intentó la gambeta contra sus pares, que siempre fueron tres, o cuatro. Al menos derrochó personalidad y saltó algunas cajas fuertes, con ese tobillo inefable que frota, de vez en cuando, la lámpara mágica. Los donostiarras lo miraban como alucinados, sin poder comprender cómo al fútbol también se puede vencer sin darle con el hacha al tronco una y otra vez, hasta que terminas metiendo al portero dentro de la portería. El madridismo epicúreo se quedó con esa confrontación de escuelas, admirando el andalucismo con el que sobrevendrá el nuevo imperio ancelottiano o no será. James ya está siendo llevado al altar por Abraham: es el hijo que Dios ha pedido sacrificar a los nostálgicos por la huida de Alonso. Me recuerda a lo que se publicaba de Di María cuando llegó, allá por 2010. El 4-2 abre una zanja: prepáranse a saltar.

Terribilitá

6 feb

Un buen partido del Madrid, un partido grande de verdad, deja una desoladora evidencia: no se puede escribir nada mejor que lo que uno ha sentido viéndolo. Cuando el Madrid juega poseído por un furor dionisíaco, aplasta. Casi siempre al espectador y generalmente a los rivales. El Madrid de Ancelotti había transmitido ideas, nociones más o menos abstractas, conceptuales, pero hoy fue terribilitá. Me recordó, en cierta medida, a la vuelta contra el Dortmund del pasado mes de abril. Desde entonces no había visto un Real tan efervescente: el Bernabéu parecía una cerilla gigantesca, a la que sólo había que prender con un poco de gasolina. Las dos derrotas frente al Atlético tras 14 años de hegemonía amable, sencilla, paternal, habían tocado algunas teclas. Una parte de la afición recibía a los rojiblancos con aprensión -elegante eufemismo de jindama- pero otra emuló al Coliseo rugiendo con la salida de unos cristianos a punto de ser devorados por el león. El equipo se contagió de la ira colectiva y decidió ajustar cuentas pendientes desde el pitido inicial dominando el territorio de lo emocional, lugar donde a este grupo forjado por la gubia de Mourinho se le han terminado yendo las grandes ocasiones.

La primera media hora fue carcelaria. Arbeloa, Ramos, Pepe, Coentrao y Xabi Alonso desquiciaron a Diego Costa. Cada vez que el balón se acercaba a la trinchera madridista, las cámaras lo grababan todo con el plano cenital con el que los telediarios retransmiten desde un helicóptero los motines en los presidios de Sudamérica. Fue una lección de balompié subrepticio, del que nunca salió en las Futbolecciones de Valdano. Costa, que es un extraordinario delantero centro, también es avezado en la suerte del navajeo en corto. Ayer encontró en eso rivales de altura. Pepe y Ramos, disfrazados de 2012, lo engancharon por derecho: parecían dos subalternos pegándole muletazos. Entre quite va y quite viene, Arbeloa le tarascó tres o cuatro veces sin que Clos Gómez lo viera. Así es como zurran los artesanos del oficio, siempre en la nuca del árbitro. Coentrao y Xabi se iban turnando en la suerte de banderillas, y sobre el minuto 35 Diego Costa era un miura al que habían pasado ya por el caballo del picador. El ejercicio de punch colectivo del Madrid, anoche, fue soberbio, ejecutado con inesperada eficacia. Pepe nunca perdió el temple, y en su cara volvió a asomar la sonrisa esquizoide que tanto echábamos de menos. Debajo de esa apariencia sacerdotal, oculto tras esa melena de seminarista repartiendo biblias a la puerta de un instituto, todavía late el pandillero de Stanley Kubrick. Ancelotti le administra el litio con mano experta, y de momento Kepler rinde a niveles notabilísimos.

Suyo fue el primer gol. Sujetos Costa y anulados Turan, Diego y Koke, el Atlético quedó maniatado por la hiperactividad de Modric y el vuelo corto de Di María, Jesé, Benzema y Cristiano alrededor de la frontal de Courtois. El Madrid tanteaba la rocosidad de la pareja Miranda-Godín con combinaciones fugaces en tres cuartos de cancha y llegadas hasta la línea de fondo, pero el blindaje lo hizo saltar Pepe con un trallazo desde el loquero. Se aventuró hasta el limes de los centrales, que es esa zona desde la que se ve muy grande la portería del contrario y atrás queda todo un océano infestado de piratas, y  chutó con determinación. El balón golpeó en Insúa, un tipo al que Simeone ha alistado para el lateral izquierdo, y la trayectoria se desvió en una bonita parábola que Courtois sólo pudo seguir con la mirada. El gol fue justo y desde ahí sólo existió el Madrid, que redujo al líder de la Liga a una pequeñez impropia de la condición mostrada durante toda esta temporada. El Atlético de Simeone, por fin, se parecía a las miniaturas enloquecidas que el Madrid almacenaba en un estante del salón con pulso de coleccionista tras cada derby.

En la segunda parte el Atlético bombeó un par de balones sobre la portería de Casillas, al principio, en un amago de reacción forzada, pero tras varios esláloms de Modric -que ayer parecía Alberto Tomba esquiando entre la impotente medular atlética- el juego siguió por la pendiente por la que se había volcado el Bernabéu hacia la portería contraria. Los locales continuaron tan conectados al partido que no cedieron un palmo por el que la Mara del Cholo pudiera meterse. Parecían el mejor Milan de Ancelotti, por cómo competían. Ramos y Pepe adelantaron la defensa madridista tan arriba que asfixiaron cada salida del contrario, permitiendo al trivote centrocampista un mayor margen a la hora de recuperar, posicionarse y salir jugando. El Madrid rescataba balones en mitad de la selva rojiblanca y llegaba con toda la tropa al área adversaria, de manera que casi siempre la segunda jugada, el rebote y las esquirlas caían de nuevo a los pies de los blancos. Alrededor del minuto 20, en la segunda parte, Di María caminaba como un funambulista desde el carril izquierdo hacia el pasillo central, y Jesé, Cristiano y Benzema iniciaron un desmarque de ruptura a la vez. En manada. El argentino envolvió con el empeine una pelota prodigiosa, geométrica, al hueco por donde apareció Jesé adelantándose a su marcador. El canario acompañó la trayectoria natural del balón con su bota derecha y Courtouis se lo tragó. Con el 2-0 el Madrid se desató mientras Chamartín bullía en un éxtasis grupal. Di María culminó su partido limpiando a Diego Costa para la vuelta dándole un rodillazo en las costillas después de hacerle falta. Costa, a esas alturas, fuera del partido, respondió con un empujón que lanzó al aire a Di María en las mismas narices de Clos Gómez. La picardía fue tan inteligente que podía haber salido en el Guzmán Alfarache de Mateo Alemán. A partir de ahí el Madrid se dedicó a surfear la ola del Bernabéu encendido, que cuando truena parecen oírse las trompetas del Apocalipsis y tiene la fuerza destructiva de un temporal en el Cantábrico.

El Atlético sólo estuvo una vez cerca del gol: con 2-0, Godín remató un córner en el que Casillas se quedó leyendo el horóscopo y bajo palos llegó Modric, disfrazado de superman, para sacar una pelota que se envenenaba hacia el 2-1. Justo después llegó el 3-0. Di María condujo hasta que se le apagó la luz, y decidió chutar desde lejos. La pelota dio en el tacón de Miranda, que se quitaba para no molestar, y como en el 1-0, Courtois la maldijo con la mirada. Ahí terminó un partido extraordinario que añoró a Cristiano, que anoche sólo veía una mancha roja. Ronaldo parece afectado por la verbena de Ayza Gámez, el comité y la inexplicable sanción: frente al Atlético se movió por impulsos instintivos, cegado por un salvaje egoísmo al final, viendo que se le ganaba 3-0 al odiado rival sin ningún gol suyo. Ancelotti dio por fin el golpe emocional que el Madrid necesitaba para encaramarse a la primera final de la temporada, y los agoreros empiezan a mirar el cielo esperando una señal que confirme sus oscuros vaticinios. De momento, el cielo sigue despejándose, y en 10 partidos jugados en 2014 el Real sólo ha encajado un gol. Al Calderón deberán marchar los antidisturbios, puesto que cosas más grandes ha visto Carletto, pero el poso heroico de una victoria sin contestaciones se queda ya en los paladares propios. También en los ajenos.

Baila conmigo

23 dic

El Valencia es un equipo marcado por su medular: Oriol Romeu-Dani Parejo. Ambos son dos experimentos fallidos del Gobierno. Uno de la Masía, y otro de Valdebebas. Romeu es el último Guardiola con tara que cada X años sale de la cadena de montaje culé -Celades, Gabri, Trashorras- y al que Mourinho dio boleto al volver a Londres. El Valencia se lo compró en un Lefties, de rebajas, porque combinaba con Parejo. ¿Se acuerdan cuando Di Stéfano dijo que sólo veía al Castilla por él? Si en Barcelona producen mediocentros de toque fenicio, en Madrid se forjan mediapuntas de melena rebelde y displicencia suburbana. Parejo, Jurado y Guti son los bastardos de un linaje confuso al que la prensa madrileña busca sus raíces en la Quinta pero que, sin embargo, no termina de acomodarse en la nobleza madridista: les falta empuje. Precisamente de eso careció el Valencia, más que nunca equipo de retales entrenado por un interino saltimbanqui. Tuvo ímpetu, y arreció duro en los tobillos madridistas, pero adoleció de inciativa parlamentaria y el Madrid gobernó el partido a base de pronunciamientos, tiros en el Congreso y la tenacidad inquebrantable de Luka Modric.

El partido se jugó sobre una inmensa madriguera. Cada vez que alguno de los 22 futbolistas que correteaban sobre el verde de Mestalla hacía un tackling, levantaba una galería subterránea. De haber incidido más, la realización de Canal Plus hubiese sacado a Casillas escondiéndose tras uno de los agujeros del terreno de juego, huyendo ante las luces inesperadas. A pesar de todo, los chicos con los que formó Carletto -ausentes Bale, Pepe, Khedira y Varane, Ancelotti tiró de las latas de conserva- intentaron sojuzgar al equipo local empeñándose en descoser el campo. Al principio, el plan salió bien. Marcelo y Benzema por la izquierda, y Arbeloa con Di María por la derecha, sondeaban la firmeza valencianista zambulléndose a poca profundidad. Pero pronto iban a ocurrir cosas. Cristiano se plantó ante Guaita y cruzó demasiado un tiro venenoso: era el primer aviso. Luego se tropezó con un bulto blanquinegro que había en el suelo justo cuando se le ofrecía un ángulo de tiro tan grande como el Mediterráneo, y ahí descubrimos que los cuádriceps de Ronaldo han vuelto de la lesión antes que él. El Valencia asistía impotente al claqué madridista, y Marcelo mandó un giro postal a la esquina derecha del terreno de juego. Di María la cazó con el guante, y mientras su defensor pestañeaba él zigzagueó como un rayo hasta el pico del área chica y puso el balón en el palo largo del arco de Guaita. Golazo. El Valencia aún estaba reflexionando cuando a Alarcón le hicieron un placaje delante del portero y el árbitro hizo el Don Tancredo. Casi seguido un extremo local se coló hasta la línea de fondo madridista y Piatti agradeció con un buen cabezazo la generosidad con la que Ramos le ofreció su espalda para que fusilara a Diego López casi a placer. El 1-1 no hubiese resultado tan irritante de no darse la infeliz circunstancia de que Piatti tiene la estatura de un llavero y Sergio Ramos García natural de Camas, mide, según la web oficial del Real Madrid, un metro y ochenta y tres centímetros.

Bordeando el descanso, Di María, quien parecía querer redimirse por su grotesca actuación del pasado sábado en Pamplona, botó maravillosamente bien una falta sobre el punto de penalty valencianista. Cristiano Ronaldo remató como reza la ley número 69 del Código de Hammurabi: picada abajo. El realizador del Plus nos deleitó con el interminable repertorio de tomas y repeticiones con las que desde tiempo inmemorial se intenta, en el canal PPV de PRISA, justificar las decisiones arbitrales contrarias a los intereses del Real Madrid y denunciar sibilinamente las de naturaleza dudosa que benefician al equipo blanco. Durante todo el encuentro pudimos ver desde todos los ángulos posibles cómo Ronaldo tiene media bolsa escrotal adelantada respecto al último defensor valencianista: ominoso favor arbitral hacia el Gólem de la Meseta. Con el gallinero de Mestalla alborotado se empezó la segunda parte, en la que no sucedió absolutamente nada hasta el minuto 22: el Valencia botó un córner al corazón del área madridista, y entre Diego López -que se quedó a medio salir, como un banderillero malo- y Ramos -que se escondió detrás de su portero- dejaron que Mathieu dirigiese cómodamente un cabezazo a la escuadra. Como anécdota folclórica, el gol coincidió con la entrada al campo de Canales, otro juguete roto desheredado del paraíso madridista. El encuentro se puso decididamente feo para un Madrid acuciado por la victoria barcelonista en Getafe, y Ancelotti tardó cinco minutos en pedir un micro-crédito a Cofidis: Jesé por Alarcón (el canterano valencianista despechado) y Carvajal por Arbeloa, y a empujar. Cuando los dos jovenzuelos entraron en el partido, del Madrid se apoderó un rapto instantáneo de violencia compulsiva. Modric -heroico durante toda la noche, agigantándose cada día como auténtico logos del Madrid de Ancelotti- manejó la furia momentánea del equipo. Con todos los orfebres en el campo, el Real acosó al Valencia como una manada de lobos. Benzema dio un paso atrás, se juntó con el croata y Alonso en una segunda línea de fuego, y amasaron la angustia madridista hasta convertirla en permutas de Jesé y Carvajal por derecha y Marcelo y Cristiano por la izquierda. Sobre el 85, de una melé cayó rebotada una pelota que rebañó Xabi para Modric. Por dentro le hicieron el aclarado y Lukita vio venir desde Canarias a Jesé montado en el Dragon Rapide. Big Flow se puso en medio de la pista y le cantó a Guaita ella es caprichosa, y muy peligrosa, pero esta noche es mía, ya la tengo controlada. 2-3 y adiós 2013.

Amenities

18 dic

Volvía la Copa al Bernabéu después de la final de mayo, ese partido que casi todos hemos borrado del disco duro. Reinaba cierta incertidumbre sobre Chamartín tras el 0-0 de la ida y la charlotada de Pamplona: el madridismo de rulos en la cabeza y nariz metida en el visillo  había ya destripado un conejo, y entre las vísceras vio sortilegios, catástrofes y Alcorcones. El chamanismo es un halo invisible que rodea el Bernabéu como la piel esa con que -dicen- quiere recubrir Florentino el estadio. Lo malo es que también envuelve las entendederas de mucha tropa de infantería que siempre tiene un sollozo colgando del lagrimal. Ancelotti, por lo que se ve, rejonea entre todo esto como Pablo Hermoso de Mendoza cabrioleando con Cagancho por entre los cuernos de un miura. Dejó en casa a Cristiano, Modric y Bale, haciendo la digestión para Valencia, y alineó a Casemiro e Illarramendi junto a Isco. Esa fue la columna vertebral del equipo, alrededor de la cual orbitó todo: espacio y tiempo, Di María y Jesé, con Carvajal asomándose como un cometa por el carril derecho y Morata desprendido del colectivo como un pedazo de chatarra espacial bamboleándose entre la MIR y la Estación Internacional. No fue el día más brillante de la carrera de este muchacho, cuya torpeza se agudiza las tardes en que más se espera de él. Es como si ante la expectación se castigase a sí mismo a correr, olvidando las claves del 9 académico: posición, precisión y brevedad. Anoche se podía oír el crujido de su cintura al girar dentro del área desde Pernambuco, y por ahí se escapan títulos, gloria y eternidades. Menos mal que para solventar el trámite frente al Olímpic de Xátiva no hizo falta la presencia insistente de un goleador.

Entre Alarcón y Jesé fabricaron el 1-0. Pasados los primeros 15 minutos de tanteo, el malagueño bombeó un Ferrero&Rocher a la falla de San Andrés que de repente, un segundo antes, se había abierto en la defensa contraria. Los incautos centrales del Xátiva corrieron a atrapar al gangsta canario, que se escapaba por el vértice, y no vieron la entrada de Illarramendi por la derecha. Jesé sí, y le dijo toma, y triunfa. Asier dejó correr la pelota delante suya con gracilidad y se acomodó la diestra como los buenos pelotaris, zumbando al portero valenciano de fuerte disparo cruzado que nos descubrió a un buen llegador en potencia. Por lo visto, Illarra no marcaba un gol desde que Alonso metió su último trallazo en Liverpool, así que lo comido por lo servido: el destino nos lo compensa. Un rato después, un alopécico zaguero visitante cometió penalty en una jugada extraña: balón al segundo palo, Morata que cabecea impulsado por ese triunfo de la voluntad que impide que no forme parte ya del Getafe 2013/2014, y el mencionado defensa que bracea ostensiblemente delante suya, impidiendo con la mano que la pelota fuese a puerta. Sergio Ramos arrasa en las tendencias defensivas del balompié nacional. Di María fue a tirar el penalty y detrás del portero creyó ver un libro. Del susto le salió un chut lánguido y mal colocado que entró porque al meta del Olímpic le pareció estar soñando: ¡pararle un penalty al Madrid en el Bernabéu!. Con el 2-0 el Madrid se solazó cómodamente en el sofá. Alarcón llenó la bañera del hotel y echó dentro las sales, y al salir fue mojando toda la moqueta mientras encendía un puro y se metía en el albornoz. El partido fue eso, y poco más. Un Madrid reponiéndose del tiroteo del Sadar.

Jugando a nada, por supuesto

24 oct

La Juve de Antonio Conte es la mejor que ha pasado por Chamartín desde 1996, cuando Vierchowod descapulló a Raúl. También, y es paradójico, es la que menos ha encogido los agitados corazones madridistas. El Madrid salió de los cuarteles como para iniciar un pronunciamiento, y a los cuatro minutos Di María ya había hecho saltar la caja fuerte: diagonal hacia dentro desde banda derecha y pase al desmarque, el número más aclamado del show del Fideo. Ronaldo definió como si pegase un guitarrazo contra el escenario. Así comenzaron unos 45 minutos en los que arrastró al Madrid hacia octavos, el campamento base, como un superhéroe de la Marvel. Hubo una jugada en la que al Bernabéu se le puso dura: Marcelo se quedó contemplando el paisaje en una de sus excursiones y Cristiano, en un alarde de solidaridad colectiva no exenta de demagogia tribunera, acompañó el repliegue y robó la pelota casi en la misma línea de fondo propia. Después, a lo Moisés blandiendo el cayado, subió el balón sintiendo cómo a su alrededor el madridismo se abría, en éxtasis, igual que las aguas del Mar Rojo. Sobre el jugador franquicia blanco gravitó un encuentro que, no obstante, rindió honores de Jefe de Estado a los dos equipos. La Juventus descabalgó al Madrid por los costados. La doble línea de presión local, muy meritoria, sobre la salida de los visitantes quedó desactivada con una buena transición bianconera. Desde ahí, Pirlo y Vidal -al que el otro día me pareció ver en el programa de La Sexta sobre las cárceles del mundo- hicieron de artificieros, lanzando balones hacia Llorente, que parecía una ventana cerrada en la que no paraban de chocar Ramos y Pepe, como moscas intentando atravesarla. Tévez y Pogba se descolgaron por el patio trasero de Arbeloa y Marcelo, y así llegó el empate, en el único error defensivo notable de un Madrid, sin embargo, muy serio toda la noche.

Con el 1-1 el Madrid decidió despertar: es el déficit más evidente del equipo de Ancelotti, al que le da vértigo administrar ciertas ventajas. Marcelo y Vidal iniciaron una pelea de bandas, el árbitro pitó, Modric mandó un pelotazo al balcón de Buffon y Chiellini quiso bailar un tango con Sergio Ramos. El penalty, que fue fruto del paso adelante del Madrid y no de uno de esos milagros con los que la prensa justifica su eslogan más antiguo y celebrado -el Madrid no juega a nada- serenó el encuentro y le quitó voltaje. El Madrid supo templarlo con un magnífico trabajo de Modric, Illarramendi y Khedira, y con un Di María al que no se le acaban las pilas alcalinas. Es el verdadero agitador del Madrid de Ancelotti, y cualquiera lo confundiría con uno de esos anarquistas repartiendo panfletos y llamando a la revolución en la Barcelona de 1920. Esos cuatro compraron la pelota y marcaron el tempo, y a la Vieja Señora se le fue la vida intentando arañar el muro de parsimonia con el que el Real mató el partido. Chiellini embarcó rumbo al Piamonte nada más empezar la segunda parte, en una acción estúpida, más propia de alguno de los centrales del Madrid de anoche. De ahí hasta el final se hicieron méritos para marcar el 3-1, pero Benzema va a tener que inmolar un buey en una playa desierta y hacer libaciones sobre sus entrañas humeantes para conjurar el funesto oráculo que pesa sobre él. Salió Bale a corretear en el 70, y tardó diez minutos en tocar el balón. Le falta swing. Al dragón galés aún se le ve desnortado, sin saber muy bien dónde quiere Carletto ubicarle. Uno se pregunta para qué sirve tener 91 millones de euros quemándote en la cartera si tardas dos meses en soltarlos. Bale, es probable, no estará a pleno rendimiento hasta enero o febrero, una vez haya asumido el rol que se le asigna en el sistema y por sus piernas corra el ritmo de la competición. El partido acabó entre vítores y abucheos. Llorente salió ovacionado del Bernabéu por segunda vez en su carrera deportiva, con lo que suma ya más aplausos en Madrid que Benzema. A Morata lo recibió un trueno en las gradas, y el muchacho volvió a saltar con la voluntad férrea de un novillero que toma la alternativa en Las Ventas. Al Madrid le queda una victoria para sellar la primera plaza del grupo, pero antes conocer el estadio de diseño de la Juve habrá que tomar el liderato este sábado, en el Camp Nou. Jugando a nada, por supuesto.

Daneses haciendo el tour del Bernabéu

3 oct

El FC Copenhague visitaba Chamartín, y como es obligado, el club puso el museo del Bernabéu a disposición de los turistas daneses. Por eso jugó Casillas. Ancelotti parece haber encontrado su pasillo de seguridad situando en la cocina a Illarramendi y en la puerta del salón a Khedira. Por en medio circula Modric, alrededor de quien gira todo el sistema solar del equipo. Emocionalmente inestables tras la visita de Simeone y sus albanokosovares, los jugadores se mostraron cómodos vertebrándose en torno al mediocentro vasco y el paracaídas tejido por Luka y Sami. La virginal pureza de los chicos de Solbakken permitió a Marcelo corretear libre por el prado que se extendía entre él y la portería nórdica: cuando el adversario no ataca la ruta 66 que empieza en el dorsal del brasileño, las cabriolas de Marcelo se vuelven homicidas para la defensa contraria. El entrenador del Copenhague es un tipo curioso. Pertenece a esa entrañable casta de técnicos tan pasionales como un fandango; es tan capaz de caerse delante de su banquillo jurándole por Thor al árbitro, como de agarrar por el cuello a Guardiola con la furia asesina de un antiguo vikingo. Tiene todas las papeletas para ser el primer entrenador del fútbol mundial que muere en directo de un jamacuco. Cuando sus muchachos estaban saliendo de la Sala Di Stéfano del museo, Marcelo colgó desde Copacabana un centro maravilloso al área chica. El portero salió tarde y Cristiano no se arredró. 1-0.

Casillas, quizá emocionado por tamaño homenaje de su colega danés, fue engullido por una melé a la salida de un córner y Modric evitó que la gracieta le costase a Ancelotti un susto, y que un rubicundo hombre del norte de nombre impronunciable pudiera contarle a sus nietos que marcó un gol en el Bernabéu. Por suerte para sus compañeros, el portero suplente del Madrid ya no salió más en pantalla. Varane, tan añorado, mantuvo la calma en la zaga con el pragmatismo de un agente de aduanas, y el partido lo sellaron los tres futbolistas de más talento sobre el verde. Fue como un calambrazo. Di María embocó de nuevo el pico derecho del área danesa, y Benzema fue otra vez el keyplayer. Pisó, se giró y taconeó al espacio, por donde volvía a entrar el argentino, descerrajando el flanco del Copenhague. Casi en línea de fondo, el Fideo centró de rabona desde algún descampado de Rosarioy CR7 electrocutó al portero con un fulminante cabezazo al primer palo. De ahí al final, carrusel de cambios y festival del canibalismo: el mejor Di María desde noviembre de 2011 remató una noche soberbia con dos buenos goles que califican con un notable su inicio de temporada. A pesar de caer en el cepo del Cholo el otro día, Fideo está reencontrándose a sí mismo, de lo cual la hinchada se congratula, puesto que de mantener este nivel es, qué duda cabe, el jugador número 13 del Madrid de Ancelotti. En el descuento y ya con 4-0, la afición del Bernabéu, siempre señorial con quienes la visitan desde tan lejos, le regaló a los chicos de Copenhague el bonus track de su tour por el estadio: la actuación de su más joven ex-futbolista, a la sazón capitán, y un remake de las viejas ovaciones demagógicas tan de moda en Chamartín a finales de la primera década del siglo XXI. Casillas parecía una cabra bailando sobre una banqueta. Lo que no vi fue al gitano tocando la pandereta.

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