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Deus ex machina

30 mar

Antes de la lluvia, cierra bien la puerta. El Bernabéu estaba medio vacío, y me imagino por qué. Hacía frío, llovía y el metro atestado de gente y de humedades es una mazmorra infernal. Les comprendo. Hay días en que el hecho físico de ir a ver el Madrid requiere un ejercicio de fe. De voluntad. Tanto da si hay que desplazarse al bar o al estadio. Ayer era uno de esos días. Lluvia ácida sobre Chamartín y en las tribunas se veían las letras blancas sobre el azul predominante de la platea del Bernabéu. Mal asunto. El madridismo transita por el punto más bajo de confianza en sí mismo de toda la temporada. Toda la autoestima de este equipo se esfumó de golpe con el 3-4 del domingo pasado. Encima, Klopp está cruzando los Alpes montado en elefante, y lo que hace una semana era un rival antaño temible venido a menos y con muchas bajas, es ahora, otra vez, el ogro amarillo de Westfalia. No importa que vayan a jugar 4 de los titulares que machacaron a Mourinho cuando su Madrid ya era un Frankestein. Este equipo ha sido capaz de resucitar a Messi y hacer de Rakitic un espectro caníbal: vuelven a verse sombras rubias tirando paredes al primer toque por las marquesinas de La Castellana.

Se presentaba Jémez con su Rayo de diseño pero a nadie parecía importarle un carajo. Ni Jémez, ni su Rayo, ni el partido. Paco Jémez, otrora conocido como Paqui el de la Larga Cabellera Gitana al Viento, es un tipo curioso. Ha sabido reinventarse a sí mismo con una maestría digna de aplauso. De central tosco, feo, arrabalero, cuyo logro más singular fue quitarle la titularidad a Fernando Hierro en la Eurocopa del año 2000 y jugar en la UD Las Palmas que ganó al Madrid de Zidane -en sus primeros partidos en España, cuando el Madrid era un ente faraónico que fascinaba y repugnaba por igual a las masas y todo el mundo quería ganar al Madrid de Zidane para salir en el telediario- a entrenador de culto. Calvo, con sus foulards y sus camisas rosas, sus fotos en blanco y negro y su labia de vendedor de crecepelos. Es encomiable la labor de este hombre, el empeño que ha puesto en comprarse otra identidad. En construírsela. Cae en gracia a la opinión públia, y por eso su Rayo es un paradigma del fútbol HD a pesar de ser el equipo más goleado del campeonato. Así se escribe la Historia. Su Rayo, no obstante, vino al Bernabéu sin convicción, consciente de que se cruzaba con un Madrid borracho y loco. El 5-0 estaba ya escrito en la cara de Ronaldo cuando las cámaras lo enfocaron en el túnel de vestuarios.

Ancelotti recompuso el lateral izquierdo pensando en los alemanes. Coentrao jugará el miércoles, esto lo sabe hasta el último emperador de Constantinopla. Marcelo ha pasado desapercibido en el repudio colectivo que se ha hecho de los laterales del Madrid en la última semana: todo el escupitajo se ha centrado en Carvajal, pero el salón del cómic del otro día en Sevilla ha pasado factura también para él en la pizarra de Carletto. Peperamos recuperó su sitio, y sólo queda agarrar bien fuerte las cuentas del Rosario y drogarse antes del partido del miércoles para verlo todo como en una nebulosa tridimensional. Modric, con fiebre, se quedó fuera: todo el mundo pudo ocuparse ya sin rubor en criticar abiertamente a Xabi Alonso. La tormenta se ha llevado por delante la intocabilidad de su figura, hasta hace unos días venerada como una reliquia de beato en el Madrid. La gente que fue al Bernabéu anoche estaba como poseída de una furia iconoclasta: se pitó a Cristiano Ronaldo por no cederle un gol cantado, con 4-0, a Morata. La mente colmena de este estadio es laberíntica, está sembrada de cadáveres, de opiniones de Roncero esculpidas en mármol y de nauseabundas  portadas de Marca. Ayer se silbó a Benzema y también a Diego López, siendo aplaudido de nuevo Morata, quien el día del Schalke por poco no tiene que salir del campo protegido por la UIP.

Diego López es ya el Cachorro en Viernes Santo atravesando el puente de Triana. Cualquier día se arranca uno de la grada y le canta una saeta. Con este hombre están haciendo una carnicería mediática absurda, rastrera, ruin, peligrosa. Nada que no le hubieran hecho antes a Capello o Mourinho, pero no menos lacerante por eso. De Diego molesta ya hasta su misma presencia física: no me extrañaría que Relaño sermonease a las masas desde su púlpito en AS pidiendo que lo recluyan en una celda. Benzema, el mejor jugador del Madrid en este momento concreto, fue pitado porque hacía frío en el Bernabéu, llovía a cántaros, en el sofá de casa se está mucho mejor y qué coñazo estar aquí viendo a estos mataos pudiendo ver Los secretos de Laura en DVD, que me los ha regalado mi cuñado. Ronaldo marcó el primero, Carvajal definió con la zurda el 2-0, Bale metió el tercero, también en cuarto en recorrida memorable a la que quizá dediquen un artículo en Ecos del Balón, y Morata cerró el partido con un latigazo desde fuera del área muy macarrónico, heterodoxo y bello. Le sienta bien el rapado al chaval, sigue teniendo la misma pata de palo pero así guarda un aire subversivo, rebelde, como de antihéroe desesperado dispuesto a sacrificarse fanáticamente al final de la peli, por el bien común. El Madrid está ante una encrucijada de la que sólo puede sacarle un resultado asombroso y favorable, muy favorable, el miércoles ante el monstruo de Klopp: pero eso también es el Madrid, quizás. Un Deus ex machina esquizofrénico.

Cuaresma

16 mar

Hay a quien no le gusta el naranja. No son los colores del Madrid, dicen, como si Moisés hubiese bajado del Sinaí con las equipaciones reglamentarias del Real escritas en piedra. A mí me encanta el naranja porque ver a Modric zumbando como una abeja entre los rivales, vestido de taronja, es robarle al barcelonismo el romanticismo cruyffista y su propiedad intelectual. Una suerte de butrón anacrónico a su museo emocional. El Madrid, de naranja, nunca pierde. Aunque, de hecho, el Madrid de Ancelotti lleva 30 partidos consecutivos sin perder: no hinca los cuernos desde que Urdangarín era un noble estandarte de la grandeur culer sin mácula judicial y en el Palau Blaugrana retiraron la camiseta con su dorsal. Esa inevitabilidad que sobrevuela las victorias del Madrid, ese halo de imbatibilidad, ese determinismo, es la gran victoria de don Carlo en Madrid: hacer que a los rivales les pesen los partidos. Salir ganando desde el túnel de vestuarios. Señal inequívoca de los equipos destinados a la Historia. El Madrid domina como sojuzgaba a los contrarios en los partidos de mi infancia, cuando las derrotas del Real eran un invento de los periodistas y el fútbol era como ver diapositivas en cinemascope.

Ayer al Madrid le mordieron los tobillos, o eso dice la prensa. En realidad le tiraron dos veces, y sólo una fue a puerta. Diego López no tuvo que mancharse el pantalón, y menos mal, porque a Diego se le está poniendo cara de misterio de Semana Santa. Con ese rostro angulado, ese moreno moruno -cualquiera diría que es gallego, si parece de Isla Cristina- y ese conato de greñas que se está dejando, me recuerda a uno de esos cautivos que sacan en procesión cualquier jueves santo en los pueblos de Andalucía. Diego no tiene quien le escriba, tituló el otro día Orfeo Suárez en El Mundo, y no seguí leyendo porque el tufo a Poncio Pilatos lavándose las manos que despedía ese texto era grotesco. A López lo han puesto delante de una masa enfurecida que sólo grita Barrabás y esa pose trágica está afectándole hasta en la mirada. Menos mal que no encajó ayer, porque desde el Calderón hay un sanedrín que aguarda otra pelota endemoniada llovida del cielo para azotarlo con el látigo de siete puntas casillista y crucificarlo en el Gólgota. El Málaga de Schuster dejó recibir muy sólo durante 20 minutos a Alonso, y aunque Xabi es desde Dortmund una versión slow motion de sí mismo, cederle el espacio y el tiempo para armar el mortero es como ponerse una pistola en la sien. Tuvo libertad de movimientos justo el tiempo que necesitó Cristiano para marcar un gol, lesionar a Benzema intentando meter otro y exigirle dos acrobacias a Willy Caballero. A Bale lo derribaron con un placaje del Seis Naciones pero el árbitro no pitó nada porque a Garethcito se le ha fichado con el dinero del SAREB y su sueldo lo pagan los preferentistas de 80 años.

Benzema se retiró doliéndose del muslo, y al madridismo se le atragantó el gintonic. Benzema está en su mejor momento desde que llegó al Madrid. Vive un éxtasis estético y arrastra detrás de su barba todo el mecano del Madrid de Ancelotti: dame un Benzema y moveré el mundo, dijo Pitágoras. O Anaximandro de Mileto. Salió en su lugar Di María, cuya mayor virtud ayer fue no ver la tarjeta amarilla que hubiese impedido alinearle contra el Barcelona la semana que viene. Di María corrió arriba y abajo a lo largo de los 60 minutos de choque y triqui-traque que propuso el Málaga a partir del gol de Ronaldo. Alarcón, ayer titular, jugó como llorando. Le atacó la saudade y mandó a Arroyo de la Miel un balón de gol que Di María le regaló al inicio de la segunda parte tras un slalom transatlántico: empezó a correr en Rosario, gambeteó y siguió gambeteando hasta que vio venir a Isco y éste se asustó al verle la cara a Caballero. El Málaga es un equipo de calvos agresivos y de zurdos portugueses. Duda, que ya jugaba en Cádiz cuando Mágico González, y Antunes, son como dos ediciones del mismo libro. Se peinan igual y tienen los mismos gestos: la única diferencia radica en las canas de uno y en la rubiez del otro. Duda estrelló sus 50 años contra los tacos de Pepe, y salió gritándole al linier que le habían rajado la rodilla. De haber sido Pepe el polifemo comeniños de antaño, hoy estaríamos viendo a la Guardia Civil tomándole declaración en Valdebebas. Pero Pepe es un chico bueno ahora. Tiene el pelo largo, susurra versos de Camoes y sonríe a los periodistas en zona mixta. Anoche compartió pareja con Varane, ausente Ramos, y volví a comprobar que jugar con Raphael es como conducir borracho un Mercedes: no importa que te pegues una hostia con la boca del metro, siempre saldrá peor parado quien se choque contigo. El Madrid sólo ganó 0-1 en Málaga, y dicen en Twitter que hubo descontrol. Normal, estamos en cuaresma y hasta el Clásico no se puede comer carne.

Sin brillo, sin pausa

26 ene

De igual modo que en nuestro tiempo cuando alguien realiza un juramento se lleva la mano al pecho, escenificando que lo que dice le sale de muy dentro y es la verdad absoluta, los romanos se agarraban los testículos. De ahí proviene testificar, que no es otra cosa que jurarlo por las sagradas gónadas de uno. El Granada no vino ayer al Bernabéu a hacer amigos, y esto bien lo puede testificar Gareth Bale, poniendo su virilidad por testigo. Mediada la primera parte, uno de los miembros de la mara Salvatrucha que juegan para el Granada abortó un contragolpe del galés asestándole un estacazo en la entrepierna, y el verbo abortar nunca resultó más apropiado: literalmente murieron millones de posibles futuros Garethcitos, con lo que no descarto que Gallardón se pronuncie sobre ello en la próxima sesión parlamentaria. Lo único cierto es que ahí se terminó el partido para Bale. Intentó varias carreras más, todas fútiles ya que continúa encerrado en la jaula del perfil derecho, y por donde antes surfeaba ahora boquea. Los rivales le han pillado el truco y le ofrecen confiados la salida por la derecha, y él, como velocípedo natural, porfía una y otra vez alcanzando la línea de fondo con su terrible zancada. Sin embargo, ahí se desactiva todo su peligro, pues todo lo más que consigue es algún centro inocuo con su pierna mala. No obstante, volverá: es buenísimo. Antes que Murillo rompiese la bisectriz del 11 madridista tampoco había pasado mucho, desde luego.

El Madrid salió con lo habitual: Peperamos, Marcelo, Carvajal -Arbeloa parece ya relegado a la Copa y a las noches más oscuras, por lo que probablemente jugará en Bilbao la semana que viene- y por delante Modric, por supuesto. Xabi y Di María escoltaban al croata y conectaban con los tres asesinos de la delantera. Cristiano Ronaldo ofreció el Balón de Oro al graderío pero eso no pareció importar a la legión extranjera de Lucas Alcaraz: todos tipos duros, mulatos, negros abisinios y ex-presidiarios, que no se distinguen por nada en concreto pero sobreviven sin problemas en una Liga extraña donde tras los 4 primeros se abre el abismo de Helm y para clubes sin pretensiones como el andaluz, navegar por aguas internacionales supone ya un triunfo incontestable. El Granada parece una sucursal del antiguo Málaga de Pellegrini: Iturra, Recio y Buonanotte migraron desde la Costa del Sol a Sierra Nevada cuando el sueño dorado del jegue Al Thani se despeñó por un blackhole. Durante la primera parte, defendieron como un bloque de granito. El Madrid no pudo hincarle el diente a un balance defensivo muy notable dirigido por Mainz, que es un pretoriano del balompié con una técnica individual más que correcta y que ayer correteó por todo el Bernabéu con una katana en la izquierda y el Hagakure en la derecha. No se encontraban fisuras en el muro contrario y Ronaldo comenzó a exasperarse. Cuando Aquiles se irrita, empieza a tirar flechas al tuntún sobre las almenas de Troya. El primer balonazo pasó cerca del palo largo de Roberto pero ya el tercero se avistó desde el cuarto anfiteatro. El Bernabéu murmuraba y Twitter ardía como siempre pasa cuando el Madrid no va ganando 5-0 pasado el primer cuarto de hora, pero Ancelotti está imprimiendo un sello muy personal a un equipo caracterizado por el vértigo metalúrgico: la paciencia.

Al descanso se llegó con una chilena espectacular que Roberto salvó metiendo una mano imposible. El Madrid inició la jugada andando, en Diego López, y en 10 segundos Bale y Modric esprintaron y Lukita colgó un centro maravilloso al salto de Cristiano Ronaldo, que como Keanu Reeves en Matrix, se contorsionó marcando canónicamente los tiempos y dejó una estampa que mereció la posteridad del gol. En la segunda parte el Granada titubeó y los hombres de Carlo adivinaron el momento. Sonó un clarinetazo militar, y Modric dijo: ahora. Luka batió líneas con la plasticidad habitual de un centrocampista total, y subió el volumen del Madrid hasta hacerlo insoportable para la hueste granadista. Jesé, que había entrado por el Bale en el entretiempo, ayudó al impulso madridista con su percusión constante por la banda derecha. Por la izquierda ocurrió algo que puede decirnos cosas de cara al futuro táctico del equipo: Di María, interior sobre la pizarra, acampó en el carril izquierdo pues dado que el partido sólo tenía una dirección y con Alonso bastaba para patrullar las espaldas de los laterales, su rol defensivo resultaba innecesario. Con lo que en la autopista zurda se solaparon Marcelo, el argentino y Cristiano, y hasta a veces Benzema. En la segunda parte todo se ensambló de un modo más natural, y Benzema concurrió por el lado izquierdo y Di María siguió flotando sobre Marcelo mientras que Cristiano habitaba ese espacio interlineal que se abrió entre los centrales adversarios, el orsay y la banda de Jesé. Todo fluyó mejor y el propio Ronaldo terminó una jugada de contragolpe con un reverso eléctrico en la frontal del área del Granada. Disparó potentísimo hacia la cepa del poste y a Roberto sólo le quedó estirarse para salir mejor en el telediario.

Desde ahí hasta el final, el Granada fue rindiéndose lentamente y el Madrid cabalgó sin presión hacia el liderato. Modric, dueño absoluto del partido, y Alonso, enzarzado con Brahimi y Fatau en disputas territoriales ancestrales, sujetaron las tímidas acometidas del rival. Xabi se encaró un par de veces con los dos, que parecían salir del ejército con el que Tariq cruzó el Estrecho, y se pudo ver cómo les recriminaba con acento visigótico la felonía de Guadalete. El 2-0 recordó al Marcelo de 2011: Cristiano le habilitó un hueco por donde se coló desplegando samba y electricidad. El brasileño se plantó ante Roberto como aquel día de marzo ante Lloris, cuando se rompió el maleficio y fuimos felices por un tiempo. Esta vez cedió atrás, por donde venía Benzema, y dejó al francés que culminase un buen partido, yéndose a trotar alegremente con él a una esquina. Marcelo retoma por momentos el rol de número uno que nunca debió haber abandonado, y esa es una noticia extraordinaria para un Madrid que solventó el trámite marcando los tiempos, dosificando músculo y estrenando liderato. Provisional, a la espera de la visita del Atlético al loft de diseño que Jémez se está haciendo en Vallecas y del que ya tiene un par de avisos de embargo. Schuster viaja al Camp Nou, pero de ahí el madridismo espera poco: en río revuelto no pescan abúlicos.

Baila conmigo

23 dic

El Valencia es un equipo marcado por su medular: Oriol Romeu-Dani Parejo. Ambos son dos experimentos fallidos del Gobierno. Uno de la Masía, y otro de Valdebebas. Romeu es el último Guardiola con tara que cada X años sale de la cadena de montaje culé -Celades, Gabri, Trashorras- y al que Mourinho dio boleto al volver a Londres. El Valencia se lo compró en un Lefties, de rebajas, porque combinaba con Parejo. ¿Se acuerdan cuando Di Stéfano dijo que sólo veía al Castilla por él? Si en Barcelona producen mediocentros de toque fenicio, en Madrid se forjan mediapuntas de melena rebelde y displicencia suburbana. Parejo, Jurado y Guti son los bastardos de un linaje confuso al que la prensa madrileña busca sus raíces en la Quinta pero que, sin embargo, no termina de acomodarse en la nobleza madridista: les falta empuje. Precisamente de eso careció el Valencia, más que nunca equipo de retales entrenado por un interino saltimbanqui. Tuvo ímpetu, y arreció duro en los tobillos madridistas, pero adoleció de inciativa parlamentaria y el Madrid gobernó el partido a base de pronunciamientos, tiros en el Congreso y la tenacidad inquebrantable de Luka Modric.

El partido se jugó sobre una inmensa madriguera. Cada vez que alguno de los 22 futbolistas que correteaban sobre el verde de Mestalla hacía un tackling, levantaba una galería subterránea. De haber incidido más, la realización de Canal Plus hubiese sacado a Casillas escondiéndose tras uno de los agujeros del terreno de juego, huyendo ante las luces inesperadas. A pesar de todo, los chicos con los que formó Carletto -ausentes Bale, Pepe, Khedira y Varane, Ancelotti tiró de las latas de conserva- intentaron sojuzgar al equipo local empeñándose en descoser el campo. Al principio, el plan salió bien. Marcelo y Benzema por la izquierda, y Arbeloa con Di María por la derecha, sondeaban la firmeza valencianista zambulléndose a poca profundidad. Pero pronto iban a ocurrir cosas. Cristiano se plantó ante Guaita y cruzó demasiado un tiro venenoso: era el primer aviso. Luego se tropezó con un bulto blanquinegro que había en el suelo justo cuando se le ofrecía un ángulo de tiro tan grande como el Mediterráneo, y ahí descubrimos que los cuádriceps de Ronaldo han vuelto de la lesión antes que él. El Valencia asistía impotente al claqué madridista, y Marcelo mandó un giro postal a la esquina derecha del terreno de juego. Di María la cazó con el guante, y mientras su defensor pestañeaba él zigzagueó como un rayo hasta el pico del área chica y puso el balón en el palo largo del arco de Guaita. Golazo. El Valencia aún estaba reflexionando cuando a Alarcón le hicieron un placaje delante del portero y el árbitro hizo el Don Tancredo. Casi seguido un extremo local se coló hasta la línea de fondo madridista y Piatti agradeció con un buen cabezazo la generosidad con la que Ramos le ofreció su espalda para que fusilara a Diego López casi a placer. El 1-1 no hubiese resultado tan irritante de no darse la infeliz circunstancia de que Piatti tiene la estatura de un llavero y Sergio Ramos García natural de Camas, mide, según la web oficial del Real Madrid, un metro y ochenta y tres centímetros.

Bordeando el descanso, Di María, quien parecía querer redimirse por su grotesca actuación del pasado sábado en Pamplona, botó maravillosamente bien una falta sobre el punto de penalty valencianista. Cristiano Ronaldo remató como reza la ley número 69 del Código de Hammurabi: picada abajo. El realizador del Plus nos deleitó con el interminable repertorio de tomas y repeticiones con las que desde tiempo inmemorial se intenta, en el canal PPV de PRISA, justificar las decisiones arbitrales contrarias a los intereses del Real Madrid y denunciar sibilinamente las de naturaleza dudosa que benefician al equipo blanco. Durante todo el encuentro pudimos ver desde todos los ángulos posibles cómo Ronaldo tiene media bolsa escrotal adelantada respecto al último defensor valencianista: ominoso favor arbitral hacia el Gólem de la Meseta. Con el gallinero de Mestalla alborotado se empezó la segunda parte, en la que no sucedió absolutamente nada hasta el minuto 22: el Valencia botó un córner al corazón del área madridista, y entre Diego López -que se quedó a medio salir, como un banderillero malo- y Ramos -que se escondió detrás de su portero- dejaron que Mathieu dirigiese cómodamente un cabezazo a la escuadra. Como anécdota folclórica, el gol coincidió con la entrada al campo de Canales, otro juguete roto desheredado del paraíso madridista. El encuentro se puso decididamente feo para un Madrid acuciado por la victoria barcelonista en Getafe, y Ancelotti tardó cinco minutos en pedir un micro-crédito a Cofidis: Jesé por Alarcón (el canterano valencianista despechado) y Carvajal por Arbeloa, y a empujar. Cuando los dos jovenzuelos entraron en el partido, del Madrid se apoderó un rapto instantáneo de violencia compulsiva. Modric -heroico durante toda la noche, agigantándose cada día como auténtico logos del Madrid de Ancelotti- manejó la furia momentánea del equipo. Con todos los orfebres en el campo, el Real acosó al Valencia como una manada de lobos. Benzema dio un paso atrás, se juntó con el croata y Alonso en una segunda línea de fuego, y amasaron la angustia madridista hasta convertirla en permutas de Jesé y Carvajal por derecha y Marcelo y Cristiano por la izquierda. Sobre el 85, de una melé cayó rebotada una pelota que rebañó Xabi para Modric. Por dentro le hicieron el aclarado y Lukita vio venir desde Canarias a Jesé montado en el Dragon Rapide. Big Flow se puso en medio de la pista y le cantó a Guaita ella es caprichosa, y muy peligrosa, pero esta noche es mía, ya la tengo controlada. 2-3 y adiós 2013.

Naves ardiendo más allá de Orión

29 sep

Tengo 25 años, y más o menos, desde los 5, guardo memoria visual de todas las temporadas. He visto muchos Atléticos de Madrid desfilando por el Santiago Bernabéu. Equipos sin nombre, sin cara, sin ojos y mucha pata de palo. Onces llenos de baldoseros sudamericanos, de maradonitas y pelés comprados a precio de oro en el mercado negro de los juguetes rotos del fútbol profesional; formaciones circenses, saltimbanquis con cara de no saber ni siquiera dónde paraban, ni cuál era la portería del rival. El Madrid logró empequeñecer tanto a su vecino gritón y malencarado, que ganaba incluso sin querer. Hasta que llegó Simeone. Anoche, el equipo al que lleva trabajando casi dos años, puliendo a su imagen y semejanza, exhibió su condición de ejército de cyborgs maltratando al Real Madrid de Carlo Ancelotti. Por otra parte, era lógico que así sucediera: cuando enfrentas un equipo en construcción frente a otro que ya ha adquirido la dureza del diamante, la cosa suele terminar en tragedia. Así fue. El Atlético es el puño de piedra extensible con el que Simeone golpea en las costillas del adversario. Sólo necesitó un croché para noquear al Madrid. Di María arriesgó en la salida del balón, los rojiblancos subieron el Manzanares hasta Núñez de Balboa, y Diego Costa fulminó a placer. Después de esto al Cholo le bastó con poner la jungla de Ho Chi Minh entre Illarramendi y Benzema, y el Madrid quedó cortocircuitado. Como un paracaidista al que no se le abre la mochila, braceando en el vacío, sin nada a lo que agarrarse. Incluso con la salida de Modric y la percusión de Bale por la derecha, el Atlético no se inmutó, ni varió un ápice de su plan original.

El centro del campo parecía Omaha Beach. Minas antipersona, estacas clavadas en la arena, kilómetros de alambre de espino y búnkeres incrustados entre las dunas. Cada madridista que se aventuraba por entre las dos líneas de presión rojiblancas caía bajo el fuego granizado de un equipo que usaba a Villa de trampolín para lanzar a Diego Costa hacia el arco de Superlópez tras cada pérdida de pelota local. Pepe se ganó la mitad de sus treinta monedas de plata sosteniendo, hasta con el tacatá, las carreras apocalípticas del delantero kamikaze hispano-brasileño. Qué jugador, Costa. Me imagino cómo debe ser el rostro de un sicario, y se me infunde clavadito a él. Desquicia a todos a su alrededor, incluidos sus propios compañeros, pero consigue siempre lo que quiere. Por 3 puntos mataría a su abuela, y sólo madridistas de la altura de Hierro o Redondo podrían amedrentar a este agente de la Stasi que parece sacado de Tropa de Élite 2.  El Madrid no fue capaz de reducir la laguna Estigia abierta entre los centrales y los delanteros: Benzema y Cristiano pedían auxilio desde el balcón del área de Courtois, y Bale se afanaba en traspasar el cuerpo de sus marcadores. Cada vez que el galés recibía en el costado derecho parecía estar solicitando asilo político en alguna embajada: eran dignos de verse los 3X1 que ordenaba el Cholo sobre él, como sobre Di María al principio. El partido murió con los últimos arreones de Morata, un delantero tan racial como carente de talento que sin embargo estuvo a punto de empatar con una hermosa tijera. La salida del canterano fue como aplicar sobre el pecho del moribundo unas palas de electroshock. No fue suficiente, y el Atlético Aviación conquistó Chamartín por segunda vez en 2013. Lo mejor de todo esto es que, a pesar de la histeria colectiva que ya se apodera de la pre-menstrual afición blanca, el Madrid de Ancelotti sólo está arrancando.  Aconsejaría que no clavasen todavía la tapa de su ataúd, por lo que pudiera ocurrir.

Fútbol de ayer y de hoy

26 sep

Al principio fue el Verbo, y cuando Dios repartió los dones, al Madrid le tocó el cantar de gesta y el truño atemporal en los campos de provincias. Indiferente a entrenadores, estrategas, jugadores, épocas, presidentes, estilos, esquemas, dibujos y hechicerías, hay un tipo específico de partido que se repite como una maldición de Jacques de Molay: los 90 minutos en los que 11 zombis vestidos de blanco son zarandeados por una turba embriagada por el olor de la sangre. Este tipo de aquelarres suelen abundar en años de crisis de identidad, cambios, revoluciones a medio hacer o de tumultos en los cuarteles. Ninguno de los entrenadores que han pasado por Concha Espina en los últimos 20 años ha esquivado este conjuro. Como las sequías, las crisis de la economía de mercado y las películas de Almodóvar, el sopor infumable del Madrid en provincias siempre vuelve. La mayor parte de las veces, estos paseíllos a medianoche suelen terminar con el Madrid frente a la tapia de un cementerio, desjarretado y con la Liga rumbo a Barcelona. Pero hay ocasiones en las que el azar, la imprevisibilidad del balompié, o la bruja Lola, liberan al equipo de una caída mortal con algún triple tirabuzón de épica factura como el penalty a Pepe de anoche en el Martínez Valero, cuando Muñiz Fernández ya se preparaba para finiquitar la comedia. Ese tipo de goles, como uno que marcó Helguera en Villarreal hace 9 o 10 años en una nuit del foc similar, son los que yo llamo de campeonato. No se merecen, ni tampoco sabe uno realmente por qué esos sí entran y otros, más claros y en mejores partidos, se van al poste o fuera. Qui lo sá. Pero fútbol es fútbol, como dijo Boskov, y dijo bien. Antes de que Cristiano ejecutara con cierto rictus prusiano el penalty de la victoria, el Madrid de Carletto estaba a dos partidos de la tête de la course. Ahora, tan sólo a uno. Puede parecer un detalle bizantino, pero así se han perdido imperios. El Real terminó la verbena como siempre quiso el patriarca Bernabéu: ganando al final, y con una decisión dudosa del árbitro mediante. Elche parecía la Puerta del Sol el 2 de mayo de 1808, saludando jovialmente el paso de los jugadores madridistas, y Diego López volvió a ser la estrella de las canciones de una afición local. Se pita al que se teme, y al que te jode, como dejó sentenciado Santo Tomás. Enganchado al brillante estado de forma del portero gallego, el Madrid espera a Varane como los judíos el maná en el desierto: el gol del empate ilicitano retrató todas las miserias de una línea defensiva cuyo pecado capital es la carencia constante de concentración. Ya asoma la proa del Atlético Aviación por la Castellana, y viene crecida la tropa. La suerte es que Ancelotti parece predestinado en el Madrid, y a esa elección de los hados es difícil hacerle frente, por más que Ramos y el 4-2-2-2 se empeñen. La realidad es obstinada, pero la tyche del Real lo es más.

Minutos finales

27 ago

Era casi el descuento. Minuto 88, 89 o por ahí. Diego López había ganado un balón dividido en su área a un delantero granadista, y como buen perro viejo, se había echado a rodar un poco por el pasto del Nuevo Los Cármenes, compadreando con el reloj al sentir que su equipo llevaba algunos minutos achicándose peligrosamente en tablas. De repente fue como si una chispa hubiera prendido el graderío local: ¡Iker, Iker, Iker! comenzaron a gritar, como si fueran judíos pidiendo la liberación de Barrabás. Al más puro estilo Berlanga, la afición granadista me hizo vibrar, removiéndome algo por dentro. El partido llevaba siendo un truño durante casi toda la segunda parte, y ese brote inesperado de boinismo provinciano -tan español, tan nuestro, tan de aquí- tocó una de mis fibras sensibles: la del odio. Inmediatamente después el Madrid volvió a perder mongólicamente otro balón en la medular, y el Granada, henchido sobre la portería blanca, hacía brotar justo detrás de mí el comentario con el que la España cautiva de la propaganda mediática marca su territorio a la menor oportunidad: ¡qué vergüenza de Madrí!”. Fueron dos momentos únicos que me movieron a identificarme por primera vez, de forma nítida, con el Madrid de Ancelotti, activando este último comentario el resorte de la ira, que en las circunstancias bélicas que rodean perennemente a este equipo, resulta muy útil a la hora de afrontar la terrible actualidad cotidiana. El rencor artificial que España alberga contra Diego López es una cosa digna de estudio. Tras 8 meses de trabajo silencioso, constante y modélico, este país continúa dejando que un sanedrín compuesto por gorrinos amancebados y agitadores políticos profesionales le señale con el dedo al becerro de oro con el que han de seguir cargando como un rebaño de cabras montesas prestas a balar muy fuerte por su ídolo de Móstoles. El debate en la portería parece cerrado, aunque quizá, tras el debut ante el Betis, ya lo estaba: a nadie se le ocurre cambiar de guardián una vez iniciada la competición. Mientras tanto, el Madrid sale de la trinchera con seis puntos en el zurrón y la nómina de futbolistas asociativos más grande de su Historia reciente. El potencial algorítmico de estos bailarines de claqué es infinito, aunque el rockstar del grupo, cuyo arranque está siendo dubitativo, aún tenga que romper varias guitarras antes de entonar el primer hit de este Madrid Soprano.

Extratémpora

1 may

La derrota apenas si tiene dignidad. Es como la muerte. Cuando se acerca el momento fatídico, muy pocos consiguen encararla con la entereza apropiada. La diferencia es que, al contrario que palmarla, tras perder sigue habiendo vida. Uno se ve obligado a continuar con su rutina, y eso requiere cierto grado de confianza en las certidumbres propias. La derrota es como un entierro de la sardina a lo grande: se termina de golpe un carnaval, y debajo de las máscaras cada uno se queda con lo que tiene. Por supuesto, hay a quien de repente se le cae el maquillaje y se le ven todas las arrugas de golpe, como una aparición fantasmal que cubre de años lo que parecía joven y puro, y hay a quien las cicatrices le recubren de un halo venerable. Como de chamán antiguo que vuelve de un trance para contarle a los pipiolos de la tribu las viejas batallas alrededor de una lumbre, en el desierto. El Madrid de Mourinho se quedó anoche a un gol de Wembley, después de haber cargado una y otra vez sobre la portería borussia durante 95 minutos. Fue hermoso, terrible, cruel, todo a la vez. En los primeros 10 minutos se pudo haber logrado, pero Higuaín selló su destino para con la Historia mandando al limbo el 1-0. A partir de ahí, a Götze le entró un dolor en el flequillo, Klopp lo sustituyó por uno de esos zapadores rubios de nombre consonántico con los que asfaltó el centro del campo, y el Madrid sólo pudo parecerse a la 326 en Sbodonovo. Cada vez llegaba a los cañones alemanes con menos hombres. Pero llegaba. Sergio Ramos sacó del partido a Lewandowski, sosteniendo con él un combate feroz, sangriento, grecorromano, y Diego López alargó el hálito madridista con una parada de cinemascope. Cuando en Westfalia ya se festejaba el pase a la final, el Madrid intentó un último golpe de mano que no sólo empañó las gafas de Klopp, como pedía Jabois, sino que cortó el aliento de millones de personas, en la ciudad y en el mundo. Dos goles que iban a ser tres si un alemán, cuyo nombre no alcancé a leer pero que sin duda pertenece ya al género de la historiografía que se ocupa en glosar a los anónimos que escribieron la Historia desde bastidores, no se llega a tirar en el suelo como alcanzado por un francotirador. Exactamente ahí se terminó el partido, puesto que el Bernabéu, convertido en Circo Máximo de Roma, había entrado ya en esa cuarta fase apocalíptica en la que las tribunas se vuelven leones cuyas zarpas rozan, físicamente, el rostro de los rivales, de pronto engullidos por la propia grandiosidad tribal del escenario. Pasaron tres minutos y el Madrid sólo tuvo una última carga, infructuosa. Ahora espera un mes de incertidumbre, inquietud y revanchismo. Las ratas merodean el cuerpo caído del águila, hincando dientes ya sin mesura en la carne todavía caliente, pero unos pocos todavía creemos en que a partir de junio se ha de volver, más y mejor preparados. Por que en eso consiste ser madridista: en una hidalguía extratémpora, fuera de los tiempos señalados por tanto Caifás hispánico que ayer pregonaba ufano sobre el futuro del Madrid en tertulias de radio y televisión, como un león aconsejando a un ñu la manera más segura de vadear el riachuelo.

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