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Primera carta a los macabeos

14 may

Ayer recibí la primera correspondencia electoral de estas elecciones al parlamento europeo. Es la del PP y consta de un folio escrito por ambas caras: en una escribe Mariano Rajoy y en otra lo hace Miguel Arias Cañete. En otros dos papeles se me adjuntan la lista completa de los candidatos españoles de este partido y la papeleta del voto. El conjunto es aséptico, anodinamente clásico: tan sólo el color azul del folio rompe la monotonía cromática de un diseño decimonónico coronado por las doce estrellas de la bandera comunitaria sombreadas a mitad de página. Procedo a desgranarles su contenido. No tiene desperdicio. Haré lo mismo con las demás cartas electorales según me vayan llegando. Bisturí, por favor.

 

Estimado/a amigo/a (Empezamos bien. ¿Cuándo esa abominación de la “grafía no sexista” dejó de ser patrimonio del agitprop filoestalinista y pasó a ser lingua franca también de democristianos, conservadores, liberales…? Qué bochorno, señor Rajoy. Ah, y por cierto: no soy su amigo) 

Antes de nada quiero aprovechar esta oportunidad para agradecerte personalmente todos los esfuerzos que estás realizando. (¿Me conoce usted de algo para acogerse al tuteo? ¿Se imaginan a Cánovas, a Maura, a Canalejas, a Azaña o a Alcalá Zamora, tuteándoles? ¿Por qué insiste, señor Rajoy, en una cercanía ficticia? ¿Por qué se empeña en destruir la auctoritas que le separa de mí, simple ciudadano de infantería? )En estos 2 años hemos adoptado medidas difíciles (permítale matizarle: lo difícil, difícil de verdad hubiera sido arrostrar una reestructuración administrativa integral del aparato burocrático del Estado. Revocar la autonomía de algunas regiones. Sentar las bases de una futura re-centralización, que no se imagina usted lo que pesa la hidra de cien cabezas que es la multiplicación cristiana de los gobiernos de taifas), pero siempre tratando de ser justos y equitativos. (Tan justo y equitativo como la desigualdad medieval sacralizada por la Constitución de dos regímenes fiscales distintos: uno para los españoles vascos y navarros y otro para todos los demás) Y hoy puedo afirmar que España va en la buena dirección. (El mundo va hacia otra dirección, no necesariamente buena, por supuesto peor que la precedente, y naturalmente ni justa, ni injusta: usted no me va a convencer de que la acción del Gobierno de España tenga algo que ver con esta circunstancia) Queda mucho, lo sé, (dígamelo a mí) pero el crecimiento económico y la creación de empleo neto que hoy son una realidad, (¿está usted seguro?) serán la base sobre la que incrementar el bienestar para todos los ciudadanos en los próximos meses. (Ni en 2002, ni en 1966, ni en 1254 ni en 2015 hubo o habrá bienestar para todos los ciudadanos de una misma comunidad, así que brindaré con usted hacia el sol por esta bonita frase tan vacía como mi cartera)

Como sabrás (sostenella y no enmendalla), el próximo 25 de mayo todos los españoles tenemos una importante cita con las urnas para elegir a nuestros representantes en el Parlamento Europeo. (Elijo a Gareth Bale) 

Quizá pienses (¿se acuerda de Tony Soprano levantándose en medio del restaurante y rogándole amablemente a aquel veinteañero que se quitase la gorra? Le repito: no me tutee) que en estas elecciones no te juegas nada o que son un mero trámite. Permíteme decirte que nada más lejos de la realidad. En estas elecciones nos jugamos mucho. (Quizá esté usted acostumbrado a dirigirse a homúnculos de marcada naturaleza aldeana. Para mí unas europeas son infinitamente más importantes que unas autonómicas o unas municipales, porque debo ser uno de los tres o cuatro gilipollas que en España creen en la unión supranacional de Europa. Unión completa y definitiva, no el club social que tenemos montado ahora. Voy a reformularle la frase, si me deja: quizá sea usted, y Rubalcaba, quienes piensen que estas elecciones son un mero trámite, y por ello nos endosan a Cañete y Valenciano, dos acémilas intelectuales cargadas de eslóganes fatuos y cuya dialéctica política y conceptual es ofensiva para con la inteligencia de los ciudadanos)

Está en juego la configuración de un Parlamento Europeo que tendrá la mayor capacidad de decisión en la historia de la UEA. Más del 80% de las decisiones que se toman en Bruselas tienen impacto en nuestras vidas. (Un parlamento que le va a pagar siete mil euros limpios al mes al Tuerkas) 

Está en juego la influencia que como país tengamos en las decisiones que allí se tomen. (La influencia internacional de España es Obama regalándole a usted unas chocolatinas antes de despedirlo con dos palmadas en la espalda y ponerse a despachar con Hollande sobre un escritorio hecho con el roble de una finca que fue de Washington y que a la hora en que escribo esto debe adornar algún despacho del Palacio del Elíseo) Y nos jugamos seguir en la buena dirección. Seguir con las políticas que están haciendo que la mitad de la reducción del paro en toda la UE sea gracias a España. Está en juego seguir avanzando o volver a la crisis. Nos jugamos que España en la UE sea parte de la solución o volver a ser un problema. 

Por todo ello permíteme que aproveche estas líneas para pedir tu voto para el próximo 25 de mayo. (Mire, la campechanía será un valor al alza en la España del siglo XXI pero da la casualidad de que yo soy un español extemporáneo y para llamarme de tú hay que beberse al menos un gintonic conmigo) Es tanto lo que está en juego que sólo partidos grandes (esto me suena al aserto rural aquel de caballo grande, ande o no ande) como el Partido Popular, tienen la capacidad necesaria para influir en la UE, seguir construyendo la Europa solidaria y próspera que queremos y defender tus intereses. Tu voto servirá y contará en Europa. (Por eso lo tengo bien guardado debajo de una losa suelta de mi dormitorio)

Mariano Rajoy.

Nuestros hombres en Shinbone

21 mar

Escribo al calor de la última avalancha: quinientos desheredados asaltando nuestro Muro. No ha muerto ninguno, esta vez. Por suerte. Morir a las puertas del edén es una sátira. España, el vergel. Europa, la tierra prometida de los paquetes de kleenex en los semáforos. En las vallas de Ceuta y Melilla se enfrentan dos realidades ineluctables: el deber de la policía española, que es proteger la integridad territorial, y la búsqueda desesperada de la prosperidad de un puñado de parias africanos. De muchos puñados. De cientos de puñados. Ambas realidades son del mismo modo legítimas, es indiscutible. A veces, la vida es una escala de grises kilométrica. Nadie tiene la razón. El derecho, el prurito de validez argumental, no cae hacia ninguno de los dos lados. Es simple: el mundo es un hijo de la gran puta. Ceuta y Melilla son el Limes, nuestros puestos avanzados en Germania. Las fronteras difusas de la civilización, allí donde concurren la ley internacional, la soberanía de los Estados y el combate por la supervivencia. Es un paraje hostil al que no estamos acostumbrados a mirar. A mirar de frente, digo. Sin torcer la vista. Sin pretextar desconocimiento, desidia, apatía o esporádica indignación. África es un Trending Topic que lidera el top de los hastags tres o cuatro días cada dos años. Ceuta y Melilla emergen de la parte de abajo del mapa del tiempo en los telediarios como el perímetro de seguridad de la Europa socialdemócrata. De Bruselas y sus europarlamentarios; de las comisiones, de la carta de los derechos humanos; de las plantas de reciclaje, los coches eléctricos, nuestras ciudades ecosostenibles y de nuestra mierda biodegradable: el cordón sanitario del mundo conocido, al que no prestamos atención si no muere uno de esos Viernes a quienes destinamos, condescencientes, un euro en la hucha del Domund de la clase del niño, todos los años. Tom Doniphon y Vic Mackey montando guardia mitad de la no man´s land que nuestros abuelos pactaron con los sátrapas del sur. Sólo nos giramos hacia ellos para menear la cabeza con reprobación: brutalidad policial, exceso, gestos de un atavismo postcolonial intolerable. Qué están haciendo los nuestros allá afuera, en el Muro. Qué proceder es ese. La democracia es que la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano aparezca colgada junto al retrato del rey en la pared del despacho del jefe de la guardia de la noche. Sin embargo, allí donde chocan dos destinos encontrados, la iure se difumina en una bruma violenta y corrosiva. Las leyes con que nos dotamos no tienen validez alguna en esos márgenes de la civilización donde la misma vida no vale absolutamente nada. Encomendamos entonces la acción civilizatoria de Europa a los hombres que lavan la ropa sucia en la orilla del río mientras nosotros dormimos en nuestras cómodas ciudades. Lejos de los gritos, lejos de las carreras. De los golpes. De la muerte, de la sangre, de los que pelean por un palmo del mundo que ven en la televisión. Sobre ellos descargamos toda nuestra responsabilidad en estos molestos asuntos de digestión pesada y esquiva asunción intelectual, pero, alto: pobre del soldado que no ejerza la conciencia cívica en nuestro nombre, aun cuando intuyamos que es imposible sacar la Constitución en medio de un pantano atestado de cocodrilos. El ejercicio de hipocresía es abrumador. En el Muro convergen locomotoras vitales, universales, sobre un mismo raíl: cuando colisionan, los que lo protegen han de encomendarse a la ley natural, a la imposición de ciertos códigos cuya opacidad moral constituye, a la vez, su propia salvaguarda ante la gravedad artificial con que pretenden juzgarla los senadores en su salón, arrebujados en la blanca toga de la distancia.

Tengo un cruzado para usted

18 mar

En partidos así lo que pasa en el césped no le importa ni a los jugadores. Se notó en el Madrid: fue caer Jesé en la playa de Omaha que le montaron dos alemanes de padres balcánicos en un córner, al minuto 2, y apretársele el esfínter a todos. Congoja grupal. A Jesé lo atropelló Kolasinac, un boxeador bosnio metido a lateral izquierdo, y el golpe le giró al canario la rodilla hacia dentro. Al parecer, se ha roto el ligamento cruzado de su rodilla derecha, una lesión dramática para cualquier futbolista en cualquier momento de su carrera, pero más para quien está despegando en el Madrid con 21 años a la manera de un cazabombarderos Harrier. Bale saltó al campo casi sin calentar, pero no le hizo falta. El dragón galés se dedicó durante los 85 minutos en los que correteó por el Bernabéu a inmortalizar aquella portada de Marca en la que se anunciaba urbi et orbe que el chico estaba herniado. Esa tapa nació con el don de la posteridad: pasarán los años y la mofa se irá pasando de padres a hijos y de hijos a nietos. Mira, niño. Herniaman. Qué linces. Su partido fue pletórico, de fuegos artificiales. Ofrendó los tres goles de su equipo en un sacrificio ritual. Los alemanes, rebeldes ante su destino tan sólo la media hora final de la primera parte, volvieron a ser corderos llevados del ronzal a la inmolación. El 9-2 del agregado quedará como un oprobio permanente a la germanidad del Schalke, club que no descarto sea repudiado de la Bundesliga por permitir tal violación por parte del Madrid, que siempre fue el monigote con el que Alemania desfogaba la pulsión racial de los nibelungos para con los bajitos y roñosos latinos del sur.

La baja de Jesé para lo que resta de temporada abre una puerta nueva tras la que se esconden peligros inciertos y druidas acechando en las tinieblas. La irrupción de Big Flow, su meteórica emergencia, amplificaba los bafles de la plantilla: liberaba a Di María para que ejerciera las tareas de gendarmería del ausente Khedira y expandía la potencia de fuego del Madrid tanto por los costados como en la punta. Han sido tres meses de excelente alternancia con Bale, Ronaldo y Benzema. Jesé ha sido algo así como un as de copas, un comodín superior, una nueva ola de refresco para los velociraptors. Sin él, y sin Khedira ni Arbeloa hasta mayo, Ancelotti se halla de pronto huérfano de esa dimensión multidisciplinar de su Madrid. Habrá que apañárselas con lo que hay. Alonso, Ronaldo y Ramos fueron los tres únicos de los incuestionables que iniciaron el trámite. Varane acompañó a Ramos, Nacho regresó a su antigua patria del lateral derecho, y Coentrao se reencontró con el pasillo izquierdo donde tanto tabaco le costó superar las noches sin dormir que le dio el antimourinhismo militante. Illarramendi y Alarcón se dedicaron a postear como dos pívots bajo un aro de baloncesto en torno a Xabi, y Morata corrió de aquí para allá como suele hacer: con ímpetu de keniata. Falló un par de goles bíblicos, de esos que te ahogan para siempre en el océano del olvido madridista. Tras rematar con la tibia un pase taurino de Bale que lo dejaba en solitud frente a la boca del gol, cierto sector del estadio comenzó a pitarle. El Bernabéu es un campo que tal como te saca en procesión, te mete fuego, y parece que el calendario de Morata ya está deshojando el 14 de abril del 31. Lo que es de una inmoralidad manifiesta es lo de Piperland: algún día alguien debería escribir un opúsculo desenmascarando a esta gente indecente cuya alma bovina encumbra lo primero que se le señala desde una portada con rotulador fluorescente, para luego colgarlo en la plaza mayor de la opinión pública sin el menor rubor, acogiéndose a lo sagrado de unos supuestos valores ancestrales.

Un jugador, sin duda héroe alemán desconocido, empató al filo del descanso el gol inicial de Ronaldo. Tuvo el Schalke unos instantes de caótico dominio en los que pudieron meter otro, llevados a lomos de su gran afición. Recorrerte Europa tras perder 1-6 en casa y animar con denuedo durante todo el día tiene un mérito sideral. En el Bernabéu, alicaído por la tragedia de Jesé y con el alboroto faldicorto de los días sin historia, sólo se les oía a ellos. Lo vivieron como si estuvieran en Port Aventura, lo cual no dista mucho de la realidad, dado el carácter cada vez más museístico de un estadio que casi es ya indistinguible de un parque temático. El Madrid, en la segunda parte, decidió resolver la cuestión por la vía del encajonamiento, atávica tradición de Chamartín. A Isco le salieron unos cuantos requiebros y la gente se encendió, pero a mí me irritó bastante su partido. Es demasiado bueno para jugar así, como a cámara lenta, perfilando tanto cada movimiento que sólo le falta anunciar su siguiente pase por megafonía. Una cabalgata valquiria de Cristiano convirtió el 2-1, y casi sin respirar Bale le sirvió a Morata el 3-1. Marcó el muchacho y todos sonreímos. En su nerviosismo agónico se adivinan tardes grises de fútbol industrial en Getafe, pero no deja de ser uno de los nuestros. Quizá su rol se acerque más al del Fernando Torres crepuscular que aprovecha su explosividad en el arranque de las jugadas, y su zancada poderosa, para enrolarse en ambas bandas y hacer como de interior afilado, más que de 9. Quién lo sabe. Lo cierto es que carece de confianza y ahí Ancelotti tiene trabajo, porque el Madrid encara ya las cumbres borrascosas desde una posición inmejorable pero habiendo perdido una de las bombonas de óxigeno de repuesto, que se ha quedado en el ligamento cruzado de Big Flow Jesé.

Un sábado cualquiera

18 oct

Cuando uno, que es un hombre -un hombre normal, de esa rara especie de los que habitamos el angosto espacio entre el homínido cuyo reino es la sabana desplegada entre el gimnasio y la discoteca, y el yuppie- se imagina un fin de semana tranquilo, con su pareja, quizá no piensa en acabar almorzando en un sitio chic donde mientras deglute, un mastín le está mirando desde abajo. Concretamente, dominando tu finis Africae desde su ángulo de visión. Comprendí entonces cuán profundamente ha arraigado Europa en la España urbana. Eso sólo puedes verlo en los bares. En cualquier capital de provincias -y no digo ya, en cualquier pueblo, del norte o del sur, tanto da- una cosa así es impensable. ¿Un perro sentado a los pies de su dueño, en un restorán? Faltarían piernas para atizarle al chucho en el hocico. Obviando la circunstancia, por supuesto, de que los únicos perros que entran en los bares de la España de los pueblos son los denominados tasqueros: esa variante costumbrista del can callejero cuyos años de experiencia a la puerta de las tabernas le dan las tablas para ser contertulio habitual del programa de Jesús Quintero. En el agros, Europa no existe, y en Madrid, quizá, existe demasiado. En todo caso, el detalle del cánido me sirvió para gruñir un poco y afeárselo a mi compañera -al dueño del perro no, en el fondo soy un hombre pacífico que se adapta a las circunstancias con estoica serenidad, qué creían- mientras ella se reía a mandíbula batiente de mis remilgos. Pero qué quieres, mujer, si yo veo al Madrid en una tasca llena de carteles de toros amarillos por el tiempo y en el que hay un canario, dentro de una jaula colgada en un rincón del local, que sabe más fútbol que Maldini. Es lo grandioso de Madrid. Le preguntas dónde le apetece comer hoy, y tu novia te dice que ha visto recomendado un sitio monísimo en Facebook donde sirven sándwiches de diseño y los camareros llevan tatuajes, la gente habla bajito y los platos te son servidos en mesas de escritorio con lámparas bajas y paredes enfoscadas, como si todo el bar en sí fuese un loft gigante y minimalista. Justo al llegar, percibí la diferencia generacional entre mi padre y yo. Me lo imaginé pidiendo uno de aquellos emparedados de nombre impronunciable -que por cierto, estaban buenísimos- y hablando con mi madre de arquetipos literarios, y creí sentir un chasquido de colapso dentro de mi cabeza.

Lo peor, para mi fachada de hombría sin mancha y virilidad numantina a prueba de europeísmos, es que me encantó. Tuve que darle la razón, mientras ella asentía con gesto triunfal de hembra alfa, calle Alcalá abajo, el sol recortándose entre las aristas de la Puerta y reflejándose en su pelo negro ruán. La miré y pensé para mis adentros ¡qué bueno estar aquí, estar con ella! mientras fruncía la cara como quejándome amargamente: el truco consiste en sostener la pose de macho desplazado contra su voluntad de la jefatura de la manada, mientras, cuando ella no te ve, te deslizas plácidamente entre las sábanas de la satisfacción. Luego, para mantener el juego de poder, le dices airado que ahora, qué menos, tendréis que tomar un gintonic para sacarte la postmodernidad del paladar, y es ahí cuando Madrid vuelve a emboscarte con su cosmovisión: terminas en Callao tomándote un smoothie que sabe a sandía, mientras te arrastran Gran Vía arriba mirando escaparates. Ahí es donde, querido amigo, adviertes que estás jodido de verdad. Toda la gallardía espartana tras la que nos parapetamos los hombres, convenciéndonos a nosotros mismos de lo solitarios y rebeldes que somos, se derriten como uno de esos toppings de yogurtería -¡cuando nos creíamos James Dean, quién nos iba a decir que acabaríamos en una yogurtería, sin que nos forzasen!- cuando ella te sonríe, girándose. A tomar por culo Leónidas. Se está tan bien bajo la agradable luz primaveral de Madrid, en medio de la marabunta, rodeado de luces, de colores, de territorio libre e inexplorado, que te ves a ti mismo cegado por el sol disparándole a tu yo absurdo y machote del pasado sin saber muy bien por qué. Lo único que tienes claro, es que no te arrepientes. ¡La culpa la tiene ella, que hace tan interesante Madrid! Y sigues caminando, sorteando a la gente como Maradona ingleses en el Azteca, preguntándote a ti mismo por qué es tan importante mantener la apariencia de Tony Soprano en el Bada Bing si no te incomoda la idea de ser como Nicholas Cage en Family Man. Al final todo es una cuestión de contextos: en unos eliges impostar, y en otros no lo necesitas.

No vayan a creer que todo es queja y lamentación. Al final pasamos más tiempo en la planta de caballeros de Zara que en la de señoras, ¡motu proprio! con lo cual el proceso culmina de forma satisfactoria: la victoria de la hembra alfa es absoluta. A estas alturas, con el sol ya declinando por entre la Minerva del Círculo de Bellas Artes y la Victoria Alada del Metrópolis, uno considera el haber esquivado el brunch matutino como una pequeña gran victoria. Tomado ese baluarte, el resto de concesiones saben menos amargas al estoico espíritu del hombre proveedor que todavía resiste en cada uno de nosotros. Arrancas hacia Cuesta Moyano, y por el camino te atrapa una exposición de Cartier en el Thyssen. ¡Cartier! Observas cómo brillan sus ojos al decirlo, y qué vas a hacer tú. Dime. A ver. Toda la palabrería de barra de bar -el compadreo, las palmadas en la espalda, la auto-afirmación grupal a la que nos dedicamos los hombres, con ese énfasis de australopiteco vanidoso, cuando nos juntamos unos cuantos alrededor de una botella- se evapora, tan cándido como el ímpetu adolescente. Le esbozo media sonrisa a mi reflejo en el cristal tras el que se guardan los 179 quilates de serpiente que María Félix soñó en platino, y le digo a ella: Adán tenía razón. Yo también hubiera mordido la manzana. Pero aún no he perdido todo mi anterior encanto agreste, y me tiene que sacar de un empujón de la sala donde la actriz mexicana imaginó sus excesos y Cartier los diseñó en pedrería de lujo. ¡Qué hortera! clama, llevándome a rastras hacia la colección personal de Alfonso XIII, orfebrería fina, elegante, victoriana. Al fin y al cabo, sigo siendo un hombre, y como Tarantino en Abierto hasta el amanecer, un reptil enroscado en el cuello de una mujer sigue siendo una imagen demasiado psicotrópica. Nos dejamos engatusar por cualquier faquir, hasta que llegan ellas y nos devuelven el equilibrio. La suavidad. La armonía.

Ya es de noche. ¿A dónde vamos a cenar? Tengo ganas de probar un chino, take away, he visto los carteles, sugiere. Espontánea, sutil, femenina. Irresistible. El fuerte está rendido, pienso. Los apaches están ya saqueando la armería. ¿Por qué no pintarme la cara como uno de ellos? Sólo nos queda agarrarnos a su cintura y volver a adoptar la pose contestataria: ¡un chino! ¡qué delicia, un bistec de lomo de perro! No escuchas sus protestas. Tampoco son tales. Ella también está fingiendo, porque se sabe dueña. Como Madrid. La Carrera de San Jerónimo se ilumina con esa mezcla de naranjas, rojos y fulgores dorados que se desparrama desde lo alto de las farolas, alumbrando la arteria por la que nosotros, ciudadanos-hormiga, subimos y bajamos como plaquetas sanguíneas desde el corazón hasta las más remotas terminaciones del sistema nervioso de la ciudad. Es una plácida estampa viva: el costumbrismo de Madrid, al contrario que en provincias, late, vibra y tiene pulso. Por eso algún día deberían vender en los kioscos del Paseo del Prado postales con imágenes en movimiento. Madrid es un constante parpadeo. Neones cuya energía es alcalina, y brota de los millones de pies que la tapizan cada día, a cada hora. Nunca duerme la ciudad de las luces cegadoras, y estoy seguro de que Bono compuso su canción inspirándose en mitad de la Puerta del Sol, un sábado a las 9 de la noche. Madrid son las luces fluorescentes dibujan en el firmamento el camino hacia cada uno de los exóticos salones del inmenso hormiguero. Por cada estación de metro, un islote por conquistar. Detrás de una barra metálica muy cuadrada a lo moderno, parapetados tras un mamparón de cristal, dos asiáticos manejan los fogones como dos chefs bóxers a los que sólo falta el sombrero cónico de paja para meterlos de extra en cualquier película de Jackie Chan ambientada en Hong Kong. Qué habilidad tiene Tsun Zu, exclamo mirando a uno, y ella me sonríe, apretándome la mano. Gracias por estar aquí, dicen sus ojos. Y yo digo, qué coño, no quiero estar en ninguna otra parte. Dame unos palillos, Confucio. Que hoy voy a aprender a comer así.

Un edificio y un reloj

4 jun

Una vez soñé con que me compraba alguno de esos suntuosos edificios de la Gran Vía. El antiguo cine Avenida, el Palacio de la Música, el número 24, el Carrión, da igual. Uno cualquiera de esos lujosos cruceros de ladrillo atracados en el corazón de la ciudad como si fuesen transatlánticos amarrados en algún muelle mediterráneo de entreguerras. Incluso el Casino Militar también me valdría. Transmutado en poderoso magnate y oculta mi fortuna bajo un oscuro velo de lasciva sospecha, como  el conde de Montecristo, en el sueño me fumaba un habano contemplando por la vidriera coloreada toda la majestuosa bahía de asfalto y neón por la que respira Madrid desde el gigante de hormigón de Plaza de España hasta la diosa Cibeles. Era mío, y por la recepción veía desfilar a la flor y la nata de la buena sociedad de quienes, por supuesto, desconocía todos sus nombres. Iba de esmoquin, muy formal, como uno de esos caballeros que salen en las series que la HBO ambienta en los años 20. Esto ya no sé si formaba parte del sueño, o me lo estoy inventando. Para el caso, qué más da: ustedes me van a tener que creer, quieran o no. De todas formas, no es un detalle demasiado relevante. Entre tú y yo, querido lector, quién es el listo capaz de trazar la raya entre lo real y lo imaginario, la ficción vera y la fábula non trovata en el noble arte de aporrear un teclado cual trozo de mármol tratando de cincelar un texto cuya lectura valga apenas el minuto que se tarda en leerla. Eso es lo bonito de tener un blog, y casi lo único que lo justifica, diría yo. El tema es que debo dejar de comprarme la ropa en las bonitas tiendas de la Gran Vía, por que va uno allí ofuscado por que necesita unos pantalones y se monta en el metro divagando sobre lo que son las cosas de la vida. La paradoja de esta España nuestra. Miré los muros de la patria mía, y todo eso. Donde hace tres décadas cantó Sinatra, trayendo a la different y pobre España un glamour y un gran mundo tan ajeno al desarrollismo del franquismo tecnócrata, ahora se apilan perchas con camisas, camisetas, sombreros y calcetines. Qué puede hacer uno, sino tan sólo contarlo: para eso me trajeron al mundo. Volviendo a mi sueño del otro día, creo que puede ser un bonito corolario terminarlo con una fotografía futurista -no sé yo cuánto- ligada a la alegoría del que les suscribe haciéndose con uno de esos mastodontes decadentes de la Gran Vía. Así podemos terminar, en unos años. Siendo un grácil edificio de 9 plantas abarrotado de españoles que olvidaron producir algo más que humo y ficciones, doblando las camisas de quienes se preocuparon en hacer de su Estado algo más que una inmensa, colosal, desmesurada Arca de Noé. Donde mismo cantó Sinatra. Lo que todavía tengo que dilucidar es si al final, en el sueño, el edificio, al menos, será nuestro o nosotros seremos los alquilados, como el reloj de Cortázar.

Realidad

30 may

Por @MellonRhum

¿Para qué trabajas? Trabajas para crecer como persona, para desarrollarte y sentirte realizado y a la vez, para seguir adelante con tu vida. Por si te da por enamorarte poder gastarte el dinero en unos regalos, cenas románticas y viajes a París. Si luego todo va bien, sigues ahorrando y te casas ¡cuánta felicidad! Luego que si la hipoteca y los niños, y la ropa de los niños, y el colegio y la universidad y los cumpleaños, comuniones y regalitos para los amigos y las fiestas y las vacaciones.

¿Para qué trabajas? Trabajas para pagar el IRPF. El tuyo y el de tu delegado de gobierno que hace exactamente lo mismo que el presidente de tu comunidad autónoma. Es decir, NADA.

¿Para qué trabajas? Trabajas para pagar la hipoteca, pero también para darle un cuarto de lo que ganas al Estado y así poder subvencionar los whiskys del señor diputado, porque sino el pobre no se los podría tomar de dos en dos en días alternos o de uno en uno de lunes a jueves. Porque el viernes es viernes y ya se sabe: fiesta.

¿Para qué trabajas? Trabajas para poder tener un coche en el que ir a trabajar y poder así pagar impuestos. Si tienes suerte, si no pagas el abono del metro. Y a la vez que vas al curro en un coche destartalado o peor aún, en un metro petado que huele a sobaquina, el segundo teniente de alcalde (al que ni siquiera reconocerías en el vagón del metro) tiene el coche a la puerta, gasolina gratis y ¡Eh! los whiskys a mitad de precio.

¿Para qué trabajas? Trabajas para que tus hijos puedan aprender idiomas, aunque sea en la academia del pueblo, mientras que otros de dudosa valía viven en embajadas autónomas para implementar el uso de su lengua minoritaria allende los mares, en lugares en los que es probable que piensen que nuestro país, o el suyo oprimido y pequeñito del norte, está en la frontera de México con Guatemala o Belice.

¿Para qué trabajas? Trabajas, y mucho, para que haya aún más trabajo y/o para que al hacerlo te acaben subiendo el sueldo y así tu productividad sea la productividad del Estado. O lo que es lo mismo, que los señores Diputados se den palmaditas en la espalda al salir del Congreso y brinden por lo bien que lo hacen todo, para así al día siguiente pactar entre ellos como buenos amigos una subida de sueldo. Es decir, trabajas para que otros se suban el sueldo y seguir ahogado con todo.

¿Para qué trabajas? Trabajas para pagarles sus despachos, algo que tú no tienes, porque no entra dentro de los gastos el alquiler, ya que el 21% más el IRPF se va en lo anteriormente expuesto. Y también sus dietas de desplazamiento, aunque residan habitualmente en Madrid y tengan un pisito la mar de apañado a tu costa. A tu costa todo: el piso y las dietas de desplazamiento.

En realidad trabajas para mantener sus viajes románticos, sus iPads de última generación, porque sin ellos no podrían jugar a “Apalabrados” mientras se degüellan por la tele. Lo de degollarse los unos a los otros es la parte de ficción que va antes de la realidad: las palmaditas en la espalda y el café a 0,85cts.

Trabajas para que no estalle la burbuja de irrealidad en la que viven. Te piden que te abroches el cinturón y tengas paciencia. ¿Y que paciencia tienen los del banco?¿los de la luz?¿los del agua?¿los de la librería para los libros de texto? ¿el señor carnicero que no te da comida si no se la pagas en el momento? ¿qué paciencia tienen ellos, cuando tienes que adelantarles un dinero que no has cobrado y quizás ni cobres?

Lo de la paciencia está bien con tu hijo de tres años, no con tu Estado de 35. Para pedirme paciencia, necesitaría que la paciencia fuese recíproca. Lo que debería hacer el Estado es abrocharse el cinturón. Pero el Estado, no la ciudadanía. Reducir de donde sobra, aunque lo que sobre sea una panda de arrimados semianormales, que de no ser por el amiguismo es probable que se murieran de hambre o devorados por los tiburones del mercado laboral. Prefiero pagarles el subsidio de desempleo antes que los sueldazos o las subvenciones a cónyuges. Y lo prefiero no porque sea una derrochadora sino porque igual tendría dinero para empezar mi vida, que tengo 27 y ya me toca.

Elogio de la barba

11 may

De un tiempo a esta parte, prácticamente desde los años 30 del siglo XX, el uso de la barba ha estado poco menos que socioculturalmente proscrito en España. Desde que nuestros abuelos crecieran figurándose a los rusos como ogros de terrible fiereza que masticaban niños vivos y se limpiaban los torreznos sanguinolentos de su enorme, espesa y apologética barba con el dorso de la mano, ésta ha sido poco menos que desterrada de los rostros de la gente de bien. Durante décadas, dejarse oscurecer la tez era cosa de comunistas, de crápulas, de calaveras, piratas, escritores y hippies. De gentuza, para qué nos vamos a engañar. Esta superstición arraigó tanto en el subconsciente colectivo de los varones españoles que aún hoy tengo que aguantar que mi padre, impenitentemente, me salude todos los días -en persona, por teléfono o por skype- con un “a ver si te afeitas”. 

Sin duda la leyenda negra de los monstruos marxistas y barbados de Moscú, y luego el fenómeno hippie, incidieron definitivamente en la psyque ibérica para formalizar ese desprecio ancestral a la florida, desabrida, cerrada y viril pelambrera facial masculina. Sea por este sustrato pseudo-ideológico heredado del franquismo más social, sea por una aversión cultural a la faz del hombre manchada de pelo, lo cierto es que la España de los pueblos siempre ha sentido un especial rechazo por todo lo que estéticamente se salía de la ortodoxia. Mi abuelo se tiró un mes entero fustigando con la tenacidad de un sacamuelas a un tío mío, una vez que a éste le dio por cometer la chiquillada de dejarse el pelo largo. Era la época en que John Lennon le cantaba a las flores, a la paz, y a todas esas cosas que luego acabarían en boca de las aspirantes a miss Universo, ya saben. “Los hombres tienen que ir siempre pelados y bien afeitados, limpios de pelos”, sentenciaban los viejos barones, traduciendo a su manera lo que desde la España bien se tenía por goebbeliano dogma de fe: argolleros y niñatos de pelo eran la representación gráfica, en el pueblo, de Rusia, y por tanto, un deshonor a la patria y a las buenas costumbres.

Luego llegó el metrosexualismo, los aceites corporales y la depilación láser, y mientras los gimnasios de toda España empezaban a llenarse de émulos de Terminator sin un pelo en el cuerpo, la barba quedó como una excentricidad de quienes sabían leer y escribir. España continuó vaciando sus armarios -¡libros fuera! gritaba la LOGSE, como un maquinista pidiendo más madera para la locomotora- y ocupándolos con botes de winstrol. Sin embargo, en medio de esta vorágine, se elevó la mujer, salvadora: esa fémina cuya vida académica, por lo común, no terminó en tercero de ESO, y que comenzó a renegar de la superpoblación de reyes de las nenas sacándonos a nosotros, los barbudos, del ostracismo. Llevar barba ya no es una extravagancia de bohemio, ni tampoco motivo de exclusión social -al menos en ciertos ambientes- y esto hay que agradecérselo, como tantas otras cosas, a ellas. Si no existieran las mujeres, el mundo quedaría reducido a un descampado de ciudad post-industrial de provincias donde mazados action-man de hormona y mancuerna controlarían por la fuerza bruta a un grupúsculo de harapientos hombres de letras. Y nos darían por culo, por supuesto. Literalmente, quiero decir, pues sospecho de la alteración hormonal que producen los ciclos y los esteroides.

Ellas, las sabias, valientes y cultas  mujeres con mundo, han rescatado la barba del baúl de los recuerdos y yo hoy les doy las gracias. Me producen repelús las que los prefieren lampiños, y en seguida las miro desconfiado, cavilando cuánta urbanidad guardan dentro de sí. El Madrid de baloncesto es un equipo plagado de estólidos barbudos y yo me congratulo por ello. Merece conquistar Europa un batallón de hombres de acción cuya barba de bucanero despunte bien fuerte en el mentón.

Devaluación interior

19 abr

De habernos sobrevenido esta crisis económica hace 20 0 30 años, una de las posibles salidas hubiese sido la de la devaluación monetaria: le hubiéramos quitado valor a la peseta, y a vivir. Eso ahora, con el euro, es imposible, con lo que hemos quedado abocados a la inevitable devaluación interior: de costes, precios, salarios y rentas. Por devaluación interior yo entiendo además otra cosa: la que tenemos que llevar a cabo nosotros mismos, en dura pugna con lo que pensábamos que íbamos a ser y el punto desde el que debemos partir en realidad para lograr no ser lo que jamás creímos que podríamos acabar siendo. No sé si me explico. El caso es que aprecio en torno a mí una suerte de voluntad de cigarra que lleva a casi todos mis amigos, familiares y conocidos, a planificar su vida no ya desde el cortoplacismo más partitocrático sino desde la estacionalidad hecha forma de vida. Aquí se piensa en términos de invierno y verano, como si aún dominase la psyque del pueblo español una mentalidad netamente recolectora. Craso error, a mi juicio, cuando atravesamos un desierto sin Moisés que nos guíe ni tierra prometida que nos espere en ninguna parte. La devaluación, más allá de consistir en un ajuste legal de las condiciones de trabajo en España para hacer de nuestra economía algo competitivo y homologable en un entorno donde jugamos en franca desventaja, debe ser psicológica, y tan individual como colectiva. Hemos de asumir la mentalidad del cazador y meternos en el pellejo de un nómada, pues se asoman tiempos de acecho, constancia y salto de mata. Romper la no linealidad de nuestro horizonte, y tomarnos la vida como un avance permanente por territorio enemigo. Los españoles todavía seguimos esperando la llegada del verano como los judíos aguardaban el maná que caía del cielo. Algo saldrá en verano, seguro. Fijo que la cosa mejora, y al menos tenemos cómo pasar mejor el invierno. A una mala, que nos quiten lo que bailemos en la playa, borrachos de ron Hacendado mientras se nos hacen los ojos chiribitas mirando a las guiris en bikini con ojos de Alfredo Landa. Quizá esto no sea más que reminiscencia de la espera anual de la flota de Indias: es posible que aún visualicemos en nuestra mente el río de fortuna o al menos, sonrisa del azar que acompañaba siempre a aquellos barcos cargados de oro y plata cuando arribaban a nuestras costas; o quizá sea algo mucho más simple: seguimos siendo Los Bingueros, solo que 40 años después, y con estudios. La estacionalidad de la esperanza es una cosa como muy antigua, como muy de postguerra, y de ese rasgo psicológico tan propio de nuestros abuelos no hemos logrado desprendernos ni siquiera a la cuarta o quinta generación. Seguimos esperando el milagro de los panes y los peces estival que nos permita afrontar el invierno, puesto que al españolito de a pie el invierno se le figura como siete años de frío glacial, guerras y Caminantes Blancos trepando por el Muro. Lo puto peor. La devaluación interior que pregonan hemos de implementar, desde Bruselas hasta Tarifa, para ponernos al nivel de los alemanes o los franceses, sólo es técnica (y económica) en los papeles. La verdadera batalla estará en el interior de cada uno de nosotros. En lo que consigamos reajustar nuestras pretensiones de marajá a la realidad de payés que nos espera, estará la clave del asunto.

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