Tag Archives: Florentino Pérez

Y Ddraig Goch

2 sep

Nueve horas antes de que el Madrid anunciase el fichaje del dragón galés, que se ha alargado más que la obra de El Escorial, se jugó un partido de Liga en Chamartín. Mientras que Florentino cruzaba los arcos de seguridad del búnker londinense de Levy vestido como Benicio Del Toro en Snatch junto a Butragueño y Pardeza -cinco o seis mil euros al mes cada uno por sostenerle al Faraón el maletín con los billetes- Luka Modric se hacía cargo de lo del Bernabéu. Entre él, Alarcón, Marcelo y Di María hicieron trizas caminando a un Athletic de Bilbao manso y astifino que sólo inquietó al final, con 3-0, Marcelo tomándose un vermú en La Latina y Arbeloa de excursión por el área visitante. Del 1 al 90 el partido duró lo que quiso Modric, quien terminó con las medias bajas y las grebas sueltas, como Aquiles después de acuchillar a Héctor. Luka recuperó, batió líneas en corto y en largo, llegó hasta línea de fondo e incluso tuvo un rapto de lucidez echándole unas migajas de pan a las palomas del graderío con esa última carrera demagógica con la que se ganó la ovación que el Bernabéu no le había concedido hasta entonces, a pesar de su colosal despliegue técnico y táctico. Ya se sabe que este estadio ama el populismo más que un suburbio marginal de Caracas: Benzema, a pesar de su correcto partido, se marchó despedido por una sonora pitada por tardar dos segundos en arrancar, allá por la primera parte, hacia una pelota larga que le mandaban al espacio, en un contragolpe. Su espléndida asistencia a Alarcón para el primer gol quedó, por tanto, ahogada en una nube tóxica. Ancelotti sigue juntando piezas. No es fácil cambiarle las marchas a un Ferrari para querer convertirlo en Rolls&Royce. El Madrid abraza el centrocampismo mientras tanto arriba como abajo siguen faltando generales. La decrepitud de Pepe clama por el regreso de Varane, y cuentan en Ecos -que ven los partidos como un cirujano debe contemplar el pecho abierto de un enfermo de corazón en la mesa de operaciones- que Ancelotti ya le ha diseñado un punto de fuga a la potencia calculada de Gareth Bale. El dragón rojo, símbolo de la herencia civilizadora de Roma en la esquina occidental de Britania, sobrevuela ya Madrid a la espera de posarse en una de las esquinas del Bernabéu. Donde tendrá que esperar dos semanas de calvario que a modo de bonus track la FIFA nos regala a partir de hoy para que nos solacemos odiando todos juntos, muy fuerte, el fútbol de selecciones.

A las 5 de la tarde

3 jun

Despuntaba la primavera justo cuando más se parece al verano, en esa especie de stop and go estival que son las tardes de este junio mezzoforte que estamos sufriendo. Hacía una solana tropical en el Bernabéu, dividido en dos por la sombra, como el tendido de una plaza de toros. A las 5 de la tarde, en la hora en que Lorca despedía a Ignacio Sánchez Mejías, un puñado de madridistas aplaudieron por penúltima vez a José Mourinho en Madrid. Tuvo algo de lírico el momento, cuando tras el silbatazo final del árbitro, más de media tribuna abandonó el estadio -algunos Caminantes Blancos lo habían hecho ya, quince minutos antes del final del partido, como mandan los cánones- y ausente Piperland quedaron cantando unos quince mil leales a los que la nostalgia pudo más que la desesperanza. Fueron poco más de veinte minutos donde Los últimos de Mourinho emularon a los de Baler y dispararon al vacío cuantas salvas de voz les dejaron sus gargantas. Al final, José salió, y en un gesto de breve sobriedad saludó a todos con la mano, marchándose para siempre por el túnel de vestuarios y dejando a Florentino oficiando su última misa de campaña ante los fotógrafos con Ricardo, el portero de Osasuna. La imagen no pudo ser más exacta, de una precisión quirúrgica: el futuro seguirá siendo esto, la grandiosidad sin grandeza a la que Florentino Pérez parece enganchado como un adicto al crack. El fasto y la retórica. El futuro de su institución se largaba a Londres entre el clamor de unos pocos incrédulos de que esto haya podido ocurrir mientras el pater familias del madridismo pone proa al parque temático de la autoafirmación inane. Cuánto honraría a la realidad una estatua -sedente- de un hincha trasnochado mirando embelesado las 9 Copas de Europa, puestas una detrás de otra, en hilera y bucle infinito, al tiempo que de fondo la nana del Nessum Dorma cuece su espíritu, como el de un bebedor de ginebra abatido en un rincón.

Caballero del Imperio

17 may

Ayer se retiró Beckham, y mi ego-niño volvió a sentir esa punzada de nostalgia tan característica. Y tan puta. Crecimos con el Madrid galáctico, que era la reedición balompédica de la Edad de Oro del cine americano: una factoría animada de sueños en celuloide con la que Florentino quiso llegar a la luna, como George Meliès, rescatando el más estrellas que en el cielo de la Metro. Becks fue para el madridismo lo que el old fashioned para Don Draper: el lujo distintivo, la alfombra roja hollywoodiense, la pitillera de oro con nuestras iniciales grabadas a mano. Beckham jugaba en el Madrid, y aquello nos diferenciaba de los demás, de la plebe. David fue un futbolista patricio, qué duda cabe, desde que sustituyó a Cantona en el imaginario colectivo de Old Trafford y se erigió en símbolo del balompié pop. Su fichaje fue como un regalo de Reyes apoteósico. Los demás niños tenían una mountain-bike, y Florentino nos dejó a nosotros, debajo del árbol, un caballero del Imperio Británico montado en un ferrari teledirigido, por que el Faraón siempre nos amó. Beckham fue eso: la culminación de una voluntad de poder, de un modelo onírico, de un delirio quizá demasiado cercano al onanismo y lo suficientemente lejano al perfil primario del fútbol, a la tribu, para que a la primera tempestad el barco se fuese directamente a tomar por culo. El Madrid, cuyo único sesgo ideológico es la insana avaricia acaparadora de títulos, devora trofeos y copas como si fuese una niña rica estrenando zapatos todos los días. Sólo encontramos tranquilidad durante los quince minutos siguientes a la fulminación de la tarjeta de crédito: lo que tardamos en llegar a casa y probarnos la Liga o la Copa del Rey delante del espejo. En seguida nos olvidamos de ellas, por que nuestra ansia de posesión es el fuego que nos consume. Por eso nos perturba que Beckham se fuese de la Castellana tan sólo con una Liga y una Supercopa debajo del brazo. Magro botín, y más teniendo en cuenta que David llegó justo en medio de aquella coyuntura histórica en la cual creíamos, olvidados ya los 32 años de sequía europea, que las Copas de Europa iban a caer cada año par, como si fuesen pleamares del Nilo. Cuando Beckham se marchó a Los Ángeles, ya éramos un poquito más conscientes de que las orejonas se asemejan más al cometa Halley que a cualquier otra cosa. Nosotros, madridistas de grandeza trasnochada, continuamos cortejando a la Décima durante el largo y sombrío tardo-florentinismo utilizando a Beckham como Jay Gatsby daba exuberantes fiestas en su jardín: para ver si con la fascinación de lo extravagante, y con el lujo sin fin, nos daba. Al final, cuando pasen quince o veinte años y volvamos a abrir los álbumes de historia gráfica madridista, el cromo de Beckham seguirá mostrándonos el mismo brillo salvaje que el rock suave que nos cantaba Loquillo.

Y Florentino sacó la glock

24 ene

Salió Florentino al estrado del Bernabéu con el rostro pétreo de sus mejores días como abogado acusador. Y realmente ese fue el Florentino que vimos, más allá de ciertos titubeos que alguien el Twitter, con tino, comparó con los de un padre primerizo. Pérez no es primerizo, pues las primogénitas muescas en su revólver se llaman Hierro y Del Bosque, pero la larga postración de su rayo láser le hicieron parecer hoy uno de esos hombres que reestrenan la paternidad pasados los cincuenta. Cuando ya la tenían olvidada. El Faraón sacó la glock de porcelana que llevaba guardada desde el verano de 2003, pero esta vez en el tambor sólo tenía una bala de plata: el Marca. Eludió Florentino pronunciar el nombre “de ese periódico de Madrid” con el escrúpulo con el que Tony Soprano evitaba hablar de su primo Blundetto, y en su mensaje velado se pudo leer, con la clarividencia con la que uno ve a Özil rompiendo entre líneas, una amenaza muy clara hacia el grupo PRISA: vosotros sois los siguientes, vino más o menos a decir. Porque Florentino se fue entonando a medida que los plumillas de la sala, pillados a contrapié por la dureza enguantada en terciopelo del presidente, iban mostrándose indefensos y según abandonaba el dubitativo comienzo de su alocución, su augusto porte de princeps romano adueñábase de la escena. Y entre los clamores de alegría que desde Twitter sin duda le llegaban al presidente por la telekinesia que une a todos los madridistas de buena voluntad, Florentino iba alzándose, pisando las cabezas de los periogolfos allí presentes, como un César victorioso mirando, muy serio y altivo, hacia el destino, entre los vítores con que sus abnegados muchachos inundaban los callejones oscuros del madridismo underground.

Política, ética y estética

8 ene

Para valorar la noticia del día, que no es otra que la enésima escenificación de la socialdemocracia buenista esta vez en la apologética gala de entrega del Balón de Oro (rebautizado con el pomposo nombre de Ballon D´Or), hay que tener en cuenta dos aspectos: el político y el estético.

Empecemos por la forma. Aún recuerdo con añoranza cuando el Balón de Oro no era más que un accesorio de lujo que prestigiaba el palmarés del futbolista que más había lucido durante la temporada anterior. La ausencia de boato, de fanfarria, de superflua parafernalia, era precisamente lo que otorgaba un atractivo halo de misterio a la entrega del premio: el elegido era anunciado por France Football, viajaba un día a París, posaba con la pelota maciza ante la Torre Eiffel y volvía a su club en loor de multitudes, preparado para darse un baño de masas ante su público la jornada siguiente.

Desde hace un par de años, esa austeridad elegante desapareció para dejar paso a una auténtica verbena de papel cuché. La FIFA ha hecho del Balón de Oro una pretendida imitación de los Oscar futboleros, pero como todo el mundo sabe, todo lo que toca la FIFA lo convierte en mierda. Siendo el fútbol una industria como otra cualquiera, perjudica al negocio y a su imagen organizar un circo para mayor gloria y boato de todos los jerifaltes del fútbol mundial, uefos y fifos, cuyas folclóricas vidas se asientan sobre la explotación contumaz y descarada de la gallina de los huevos de oro. Gallina, por cierto, a la que cada día temporada hay que echarle más sal para que siga produciendo a un ritmo aceptable, entendiendo por el término aceptable la producción que requiere la manuntención diaria de la barriga de Platini y del harén de jóvenes efebos de Blatter.

En cuanto al contenido, lo que antes era un galardón discutido a veces, pero respetable, es, desde 2010, una pantomima: un premio hecho ex profeso para exaltar una concepción maniquea y anacrónica del fútbol en la figura del jugador bioquímico: Messi. Que tanto en 2010 como en 2012 se lo llevara este jugador paranormal, producto de experimentos hormonales y desajustes fisiológicos de dudosa legalidad deportiva, por delante de jugadores más determinantes en los éxitos de sus clubes (más rotundos en esos años que los del Barcelona), no indica sino la farsa en la que ha resultado ser este trofeo tras su fusión con el FIFA World Player. Tendrá que producirse un fallo en la cadena de producción de pescado transgénico para que algún año, de aquí a 2020, otro futbolista quede por delante del pretendido neoMaradona del siglo XXI en la clasificación de esta absurda fantochada.

Quisiera reseñar la portada con la que ha abierto hoy el panfleto de manipulación pseudoinformativa del grupo PRISA, el diario AS: bajo un titular absolutamente tendencioso, y con la foto de Mourinho captada por un teleobjetivo de paparazzo, el brazo armado del grupo cuyo único objetivo es derrocar a Florentino Pérez de la presidencia del negocio más jugoso de España -el Madrí- ha pretendido menoscabar el honor profesional de José Mourinho cuestionando con un estilo intencionadamente ambiguo su compromiso con la entidad que le paga, al mismo tiempo que ponía en duda su valor como técnico y como hombre infiriendo que de la responsable priorización que Mourinho hacía de sus tareas como entrenador del Real Madrid respecto a la gala de entrega del Balón de Oro en Suiza emanaba una supuesta cobardía o dejación para con sus obligaciones con la imagen del club al que representa.

No voy a hablar de la ética periodística ni de la dignidad profesional puesto que quien firmó la noticia no conoce, ni aun de oídas, tales conceptos. Quien a estas alturas todavía crea en la virginidad de su madre también pensará que no hay una espuria persecución mediática en las redacciones de Madrid contra José Mourinho, su cuerpo técnico, la firmeza institucional con que Florentino Pérez lo ratifica día tras día y la intención del club de establecer un proyecto deportivo serio, profesional y riguroso, a largo plazo. El grupo PRISA se ha situado a la cabeza de la manada de periodistas analfabetos cuya única intención es volver a adueñarse de la dirección deportiva y comunicacional del Madrid, cortijo del que fueron expulsados como los mercaderes del Templo por José Mourinho en 2010: a latigazos, y para ello son capaces de sobrepasar cualquier límite moral en la calumnia y la falta de respeto hacia quien se ponga por delante.

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