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Tengo un cruzado para usted

18 mar

En partidos así lo que pasa en el césped no le importa ni a los jugadores. Se notó en el Madrid: fue caer Jesé en la playa de Omaha que le montaron dos alemanes de padres balcánicos en un córner, al minuto 2, y apretársele el esfínter a todos. Congoja grupal. A Jesé lo atropelló Kolasinac, un boxeador bosnio metido a lateral izquierdo, y el golpe le giró al canario la rodilla hacia dentro. Al parecer, se ha roto el ligamento cruzado de su rodilla derecha, una lesión dramática para cualquier futbolista en cualquier momento de su carrera, pero más para quien está despegando en el Madrid con 21 años a la manera de un cazabombarderos Harrier. Bale saltó al campo casi sin calentar, pero no le hizo falta. El dragón galés se dedicó durante los 85 minutos en los que correteó por el Bernabéu a inmortalizar aquella portada de Marca en la que se anunciaba urbi et orbe que el chico estaba herniado. Esa tapa nació con el don de la posteridad: pasarán los años y la mofa se irá pasando de padres a hijos y de hijos a nietos. Mira, niño. Herniaman. Qué linces. Su partido fue pletórico, de fuegos artificiales. Ofrendó los tres goles de su equipo en un sacrificio ritual. Los alemanes, rebeldes ante su destino tan sólo la media hora final de la primera parte, volvieron a ser corderos llevados del ronzal a la inmolación. El 9-2 del agregado quedará como un oprobio permanente a la germanidad del Schalke, club que no descarto sea repudiado de la Bundesliga por permitir tal violación por parte del Madrid, que siempre fue el monigote con el que Alemania desfogaba la pulsión racial de los nibelungos para con los bajitos y roñosos latinos del sur.

La baja de Jesé para lo que resta de temporada abre una puerta nueva tras la que se esconden peligros inciertos y druidas acechando en las tinieblas. La irrupción de Big Flow, su meteórica emergencia, amplificaba los bafles de la plantilla: liberaba a Di María para que ejerciera las tareas de gendarmería del ausente Khedira y expandía la potencia de fuego del Madrid tanto por los costados como en la punta. Han sido tres meses de excelente alternancia con Bale, Ronaldo y Benzema. Jesé ha sido algo así como un as de copas, un comodín superior, una nueva ola de refresco para los velociraptors. Sin él, y sin Khedira ni Arbeloa hasta mayo, Ancelotti se halla de pronto huérfano de esa dimensión multidisciplinar de su Madrid. Habrá que apañárselas con lo que hay. Alonso, Ronaldo y Ramos fueron los tres únicos de los incuestionables que iniciaron el trámite. Varane acompañó a Ramos, Nacho regresó a su antigua patria del lateral derecho, y Coentrao se reencontró con el pasillo izquierdo donde tanto tabaco le costó superar las noches sin dormir que le dio el antimourinhismo militante. Illarramendi y Alarcón se dedicaron a postear como dos pívots bajo un aro de baloncesto en torno a Xabi, y Morata corrió de aquí para allá como suele hacer: con ímpetu de keniata. Falló un par de goles bíblicos, de esos que te ahogan para siempre en el océano del olvido madridista. Tras rematar con la tibia un pase taurino de Bale que lo dejaba en solitud frente a la boca del gol, cierto sector del estadio comenzó a pitarle. El Bernabéu es un campo que tal como te saca en procesión, te mete fuego, y parece que el calendario de Morata ya está deshojando el 14 de abril del 31. Lo que es de una inmoralidad manifiesta es lo de Piperland: algún día alguien debería escribir un opúsculo desenmascarando a esta gente indecente cuya alma bovina encumbra lo primero que se le señala desde una portada con rotulador fluorescente, para luego colgarlo en la plaza mayor de la opinión pública sin el menor rubor, acogiéndose a lo sagrado de unos supuestos valores ancestrales.

Un jugador, sin duda héroe alemán desconocido, empató al filo del descanso el gol inicial de Ronaldo. Tuvo el Schalke unos instantes de caótico dominio en los que pudieron meter otro, llevados a lomos de su gran afición. Recorrerte Europa tras perder 1-6 en casa y animar con denuedo durante todo el día tiene un mérito sideral. En el Bernabéu, alicaído por la tragedia de Jesé y con el alboroto faldicorto de los días sin historia, sólo se les oía a ellos. Lo vivieron como si estuvieran en Port Aventura, lo cual no dista mucho de la realidad, dado el carácter cada vez más museístico de un estadio que casi es ya indistinguible de un parque temático. El Madrid, en la segunda parte, decidió resolver la cuestión por la vía del encajonamiento, atávica tradición de Chamartín. A Isco le salieron unos cuantos requiebros y la gente se encendió, pero a mí me irritó bastante su partido. Es demasiado bueno para jugar así, como a cámara lenta, perfilando tanto cada movimiento que sólo le falta anunciar su siguiente pase por megafonía. Una cabalgata valquiria de Cristiano convirtió el 2-1, y casi sin respirar Bale le sirvió a Morata el 3-1. Marcó el muchacho y todos sonreímos. En su nerviosismo agónico se adivinan tardes grises de fútbol industrial en Getafe, pero no deja de ser uno de los nuestros. Quizá su rol se acerque más al del Fernando Torres crepuscular que aprovecha su explosividad en el arranque de las jugadas, y su zancada poderosa, para enrolarse en ambas bandas y hacer como de interior afilado, más que de 9. Quién lo sabe. Lo cierto es que carece de confianza y ahí Ancelotti tiene trabajo, porque el Madrid encara ya las cumbres borrascosas desde una posición inmejorable pero habiendo perdido una de las bombonas de óxigeno de repuesto, que se ha quedado en el ligamento cruzado de Big Flow Jesé.

Las 5 de la tarde en Getafe

17 feb

Hay gente que cree que Madrid, en realidad, son dos ciudades. Una en el norte ordenada, limpia, de amplias avenidas arboladas por donde se distribuyen con germánica geometría embajadas, boutiques, gente con gomina, oficinistas de Deloitte y techos oscuros de pizarrallenas de modernos adosados, con sus señores mayores paseando al perro en bata pegados como con velcro a las señales de stop, y otra en el sur: un inmenso plató cinematográfico, una Cinecittá exótica, repleta de negros, moros, chinos, dominicanos y andaluces que se mueven entre Lavapiés, La Latina y Parla. Una megalópolis sucia, fea, destartalada, heterogénea, ruidosa, socialista, que huele mal y usa el metro. El Madrid es, con Mercadona, lo único que cohesiona a los madrileños de ambos hemisferios. Por eso cada vez que baja al sur, el Real se dota a sí mismo de un ecumenismo redentor, de una gracia sacramental, casi eucarística: no había más que ver a Florentino, dejándose fotografiar por la plebe en chándal en el palco del Coliseum Alfonso Pérez. El gran chamán permitiendo que la gente normal inhalase un poco de los vapores del poder. Puedo apostar la mitad de mis colonias de ultramar que algunos de los íntimos de Florentino Pérez creen que Getafe está en África, pero para eso existe el Madrid, también, cuya grandeza aspira a evangelizar incluso el polígono amorfo y metropolitano que se extiende por su patio trasero.

El partido, en sí mismo, terminó al minuto 5. Jesé agarró un balón en el carril izquierdo del ataque blanco, gambeteó como si lo manejaran con un joystick, se perfiló para el disparo con la derecha y alojó el balón en las redes del palo largo de Moyá. Un gol de Playstation que rasgó la tarde como un rayo, y que vino a ser como el estruendo definitivo de la caída de la puerta. Jesé ha trepado a lo alto del muro, y ya es uno de los nuestros. Está en las calles, es un soldado, ha pasado el período de prueba. Don Carlo ya confía en él como en un viejo capo; también resuelve encrucijadas antes de llegar a ellas. Al Getafe no le dio tiempo ni de incordiar: a los seis minutos ya era cadáver. De ahí hasta el final el Madrid se rondó la necrofilia con desgana, puesto que tampoco había necesidad. Luis García Plaza, el técnico local, Luisgar, como se choteaban los cuatro parroquianos de la grada local, dispuso sobre el verde un once lleno de jubilados, pensionistas y desahuciados del balón. Gente que un día contrató una hipoteca con el fútbol de élite y la está terminando de pagar en Getafe, como Gavilán, Colunga, Valera, Lafita o Juan Rodríguez. Unos tíos que son el anti-glamour, que te los encuentras andando por la calle y ni siquiera reparas en sus caras. Mira, hijo, ese que acaba de subir al autobús con las bolsas del Lidl es un jugador del Getafe. La burbuja balompédica también se hinchó en los buenos años pasados, hasta el punto de que un equipo de polígono se vino tanto a más que casi descalabra al Bayern en una Europa League. No obstante, ahora purga sus pecados, flotando en medio de la Primera División con la angustia del parado que va agotando los 400 euros de la ayuda. Los pocos que completaron la mitad del aforo del Alfonso Pérez -60 euros la entrada más barata, vive Dios- pidieron su dimisión con alguna animosidad, aunque sospecho que gritaban para quitarse el frío, no con verdadero ardor de hincha cabreado. Pues, a fin de cuentas, ¿quién, en esta vida, puede ser honestamente del Getafe?

Si el primer gol fue un prodigio de la naturaleza, el segundo resultó el triunfo de la mecánica. Tras 20 minutos meciéndose al tibio sol de febrero que pegaba en un lateral del campo, el Madrid rebañó una pelota en su propia frontal de área y de repente se desperezó. Di María se lanzó por el carril izquierdo recordando sus años de adolescencia punk mourinhista, y con el catalejo observó cómo Benzema traspasaba con su desmarque la línea de 3 local, que reculaba como poseída. Le mandó una parábola perfecta, que el esteta cabiliano (gracias, Calote) atrapó con el pecho, a la manera antigua en que los beduinos del Norte de África montaban el rifle sobre el caballo al galope. El gol sumió al partido en un ir y venir insulso, sin ningún tipo de estímulo emocional. El Madrid tenía lo que quería, otra vez con gasto cero, y el Getafe también: a fuerza de correr con melancolía detrás de los jugadores de Ancelotti, consiguieron la paz, piedad y perdón de Azaña: que no se ensañaran. Modric, Alonso, Di María, Jesé, Bale y Benzema trotaron de aquí para allá salvando algunas patadas a destiempo de los locales, más estacazos que caían un segundo tarde sobre las piernas visitantes que verdadera cacería frustrada. Luego me quedé dormido hasta que el tercer gol de Modric me despertó. Vi a Luka sobre la bombilla del área del Getafe y por un momento pensé que iba de verde y estaba en Manchester. Disparó colocada, no demasiado fuerte, pero tan bien dirigido el balón que Moyá no pudo alcanzarlo: fue la afirmación de la civilización. El Madrid, sin hacer nada, mantuvo el paso de Atlético y Barcelona y ahondó en las tres claves del juego. Naturaleza, mecánica y el chut, que no es otra cosa que la victoria del individuo sobre el totalitarismo del pase y la tiranía del gambeteo en solitario. El trallazo desde lejos remite el fútbol a gente como Modric, Alonso o Ronaldo, capaces de matar con el mando a distancia y destruir porterías como si fuesen ciudades fluorescentes en el radar de un caza.

Spaguetti western

9 feb

El partido empezó cuando Benzema controló un balón llovido del cielo y lo envolvió como si fuese un regalo para una novia. Del resto del partido me acuerdo a medias, por eso mientras tomaba el café -frío, claro. El café frío es la manera en que tiene la vida de castigar al crápula. La carrera de Guti está llena de restos de cafeteras frías- tuve que ponerme un resumen de los goles. El vídeo lo narraba un morito dando voces como si en su cama hubiera aparecido una hurí en pelotas, y así es como el pay per view y la crisis han obligado a uno a vivir el fútbol, como una experiencia molesta. El linkito, Being Sport, el streaming pixelado de Al Jazeera y en andar a cada poco saltando de página en página buscando algo que no se pare es como viajar en la tercera clase del Titanic: qué jodido esto de ser pobre. La vivencia opuesta es despatarrarte en el sofá con un gintonic en la mano mientras los destellos de la pantalla LCD donde ves a Bale trotando te dejan ciego, pero eso es volar en business class. Estaban los chavales del Villarreal haciéndose la foto en el Bernabéu y diciéndole por wasap a los primos de Castellón qué guapo es esto, tete, cuando Bale les despertó agitando la maza. Persiguió con ahínco de labriego una pelota que se la pasaban entre dos de amarillo como si juguetearan con una granada de mano. La raptó con la puntera, en dos zancadas llegó hasta Asenjo y en lugar de cedérsela a Jesé, que venía a su lado reclamándosela a gritos, optó por asesinar al portero con la inyección letal: dulce parábola que recordó al estadio que tenían en la plantilla a un Cristiano Ronaldo zurdo.

El primero de los tres partidos sin el jugador franquicia lo solventó el Madrid así, al ralentí. Economizando recursos y poniendo siempre el motor en punto muerto. El Villarreal nunca pudo elegir. Recuperó Ancelotti a los laterales amables tras la reyerta del miércoles: Marcelo y Carvajal, esos que nunca saldrán en El País debajo de unas negritas moralizantes. Carlo también dejó a Xabi en reposo, dándole chance al heredero vascón junto a Modric y Di María. Hidalgo y escudero se bastaron para dominar el juego a su antojo, imprimiendo siempre el ritmo que el Madrid necesitaba para ganar los 3 puntos sin gripar el motor. Arriba, ausente Aquiles, regresaba Bale acompañando a Benzema y a Jesé, el niño bonito de Chamartín. La verdad es que este chico ha tirado la puerta que mencionaba Camacho a machetazos, igual que Jack Nicholson en El Resplandor. A mí, que desconfiaba de él como si viniese regalado con el AS, me ha metido el Flow hasta la campanilla, como a los rivales. Aplomo de veterano, hambre de novato y disponibilidad de becario: está en todas partes, acude allí donde le necesitan y no le importa partir desde la izquierda o desde la derecha. A su indiscutible calidad técnica hay que agregarle unas maneras de delantero centro clásico que, personalmente, desconocía que almacenase en su memoria RAM. Sus tres últimos goles lo atestiguan: mete la puntera en Bilbao como transfigurándose en Van Nistelrooy; acompaña con el empeine la trayectoria de un pase diagonal a la manera de los grandes capocannonieri y ayer marcó el 3-1 perfilándose en dos toques con su derecha llegando en carrera con una sencillez propia de un brasileño criado en las favelas. Está creciendo a la velocidad de un tsunami, y su fulgurante eclosión está dejando que Bale recupere sensaciones casi en la sombra, como un actor secundario.

Condicionado por la ausencia de pretemporada y la infinidad de pequeñas lesiones musculares que conlleva la mala preparación, Bale está alcanzando registros notables. 9 goles en media temporada, de la que se ha perdido el 30% de los partidos: no está mal. El dragón galés resolvió el partido en 20 minutos. Tras anotar en el 7, asestó una puñalada por el carril derecho, requebrando al lateral como a una morena detrás de una reja. Después de convencerle de que saldría por su zurda natural, amagó por última vez y sobre la línea de fondo sacó un centro con la derecha que Benzema no tuvo más que puntear para que fuese gol. Con el 2-0 el Madrid se echó la siesta y Ramos se dedicó a ensayar cambios de orientación queriendo emular lo que le ve a Xabi Alonso en los entrenamientos. Pepe y Ramos son para mí un único ser: un ente fusionado, como Goku y Vegeta. Peperamos. La primera parte de la temporada de estos dos kamikazes a los que hay que dar prozac para que no sueñen con ovejas mutantes fue nefasta. Tanto, que nos hizo añorar al lesionado Varane como si fuésemos portugueses y le cantáramos al rey Sebastián. Desde Navidad, sin embargo, el rendimiento de Peperamos está alcanzando niveles de abril de 2012, cuando la pareja era el mejor tándem de centrales del mundo conocido. Achican espacio con la mirada, y suben la línea de 4 hasta casi el centro del campo, anulando el pasillo por el que antes correteaban los fantasmas hurgando en las llagas del Real. El cambio de tendencia es notable, puesto que en noviembre el Madrid defendía bajo las barbas de Diego López, señal inequívoca de la inseguridad reinante en la que sigue siendo, a pesar de todo, la zaga más goleada de la élite. O casi.

Al filo del descanso, Mario Gaspar, un gran lateral derecho en el FIFA 2013 y que hasta ayer desconocía que existiera en la realidad, aprovechó que el Madrid se estaba mirando en el espejo para colarse hasta el portal de Diego López y zumbarle un pepinazo en la escuadra. A mí el gol me dolió como un puñetazo en la barra de un bar. Entre medias, a Marcelo se le subió la vida al lumbago y Coentrao cumplió con su lesión de rigor: curioso caso de mímesis en lo muscular, cuando uno enferma al otro se le contractura algo. Acabó Arbeloa de lateral izquierdo. La inquietud de no tener el partido cerrado duró hasta que Di María conectó con Jesé y éste alumbrase el futuro con un fogonazo. Al instante, con Modric enseñoreándose otra vez del partido y de nuestras almas, Gio Dos Santos, ese mexicano que parece brasileiro y que salió de La Masía dando un portazo (como Thiago, parece que la rebeldía amazónica no casa bien con el Proyecto Genoma Humano de Can Baggsa) ejecutó el tiro libre perfecto: comba geométrica al palo del portero que López no pudo detener a pesar de extender en el aire toda su galleguidad. Otro puñetazo en la cara de los agonistas, que sufrimos al ver ya en 3 ocasiones violada el inmaculado registro defensivo del Madrid en 2014. Otra vez el runrún, hasta que Benzema y Jesé tontearon, el canario le dijo cuelga tú, y Karim chutó con el interior desde la frontal del área. Pelota rasa al poste contrario al sentido de la jugada. Luego el Bernabéu se puso en pie cuando Modric se acercó a tirar un córner, y el Atlético no tuvo más remedio que arrodillarse también ante el Madrid de Lukita, dejándole el liderato colgado en un invernadero almeriense. Con la dirección apuntada en un trozo de chapa oxidada para que mañana se acerquen Carlo y el brujo de Zadar a recogerlo vestidos con el poncho de Clint Eastwood.

Terribilitá

6 feb

Un buen partido del Madrid, un partido grande de verdad, deja una desoladora evidencia: no se puede escribir nada mejor que lo que uno ha sentido viéndolo. Cuando el Madrid juega poseído por un furor dionisíaco, aplasta. Casi siempre al espectador y generalmente a los rivales. El Madrid de Ancelotti había transmitido ideas, nociones más o menos abstractas, conceptuales, pero hoy fue terribilitá. Me recordó, en cierta medida, a la vuelta contra el Dortmund del pasado mes de abril. Desde entonces no había visto un Real tan efervescente: el Bernabéu parecía una cerilla gigantesca, a la que sólo había que prender con un poco de gasolina. Las dos derrotas frente al Atlético tras 14 años de hegemonía amable, sencilla, paternal, habían tocado algunas teclas. Una parte de la afición recibía a los rojiblancos con aprensión -elegante eufemismo de jindama- pero otra emuló al Coliseo rugiendo con la salida de unos cristianos a punto de ser devorados por el león. El equipo se contagió de la ira colectiva y decidió ajustar cuentas pendientes desde el pitido inicial dominando el territorio de lo emocional, lugar donde a este grupo forjado por la gubia de Mourinho se le han terminado yendo las grandes ocasiones.

La primera media hora fue carcelaria. Arbeloa, Ramos, Pepe, Coentrao y Xabi Alonso desquiciaron a Diego Costa. Cada vez que el balón se acercaba a la trinchera madridista, las cámaras lo grababan todo con el plano cenital con el que los telediarios retransmiten desde un helicóptero los motines en los presidios de Sudamérica. Fue una lección de balompié subrepticio, del que nunca salió en las Futbolecciones de Valdano. Costa, que es un extraordinario delantero centro, también es avezado en la suerte del navajeo en corto. Ayer encontró en eso rivales de altura. Pepe y Ramos, disfrazados de 2012, lo engancharon por derecho: parecían dos subalternos pegándole muletazos. Entre quite va y quite viene, Arbeloa le tarascó tres o cuatro veces sin que Clos Gómez lo viera. Así es como zurran los artesanos del oficio, siempre en la nuca del árbitro. Coentrao y Xabi se iban turnando en la suerte de banderillas, y sobre el minuto 35 Diego Costa era un miura al que habían pasado ya por el caballo del picador. El ejercicio de punch colectivo del Madrid, anoche, fue soberbio, ejecutado con inesperada eficacia. Pepe nunca perdió el temple, y en su cara volvió a asomar la sonrisa esquizoide que tanto echábamos de menos. Debajo de esa apariencia sacerdotal, oculto tras esa melena de seminarista repartiendo biblias a la puerta de un instituto, todavía late el pandillero de Stanley Kubrick. Ancelotti le administra el litio con mano experta, y de momento Kepler rinde a niveles notabilísimos.

Suyo fue el primer gol. Sujetos Costa y anulados Turan, Diego y Koke, el Atlético quedó maniatado por la hiperactividad de Modric y el vuelo corto de Di María, Jesé, Benzema y Cristiano alrededor de la frontal de Courtois. El Madrid tanteaba la rocosidad de la pareja Miranda-Godín con combinaciones fugaces en tres cuartos de cancha y llegadas hasta la línea de fondo, pero el blindaje lo hizo saltar Pepe con un trallazo desde el loquero. Se aventuró hasta el limes de los centrales, que es esa zona desde la que se ve muy grande la portería del contrario y atrás queda todo un océano infestado de piratas, y  chutó con determinación. El balón golpeó en Insúa, un tipo al que Simeone ha alistado para el lateral izquierdo, y la trayectoria se desvió en una bonita parábola que Courtois sólo pudo seguir con la mirada. El gol fue justo y desde ahí sólo existió el Madrid, que redujo al líder de la Liga a una pequeñez impropia de la condición mostrada durante toda esta temporada. El Atlético de Simeone, por fin, se parecía a las miniaturas enloquecidas que el Madrid almacenaba en un estante del salón con pulso de coleccionista tras cada derby.

En la segunda parte el Atlético bombeó un par de balones sobre la portería de Casillas, al principio, en un amago de reacción forzada, pero tras varios esláloms de Modric -que ayer parecía Alberto Tomba esquiando entre la impotente medular atlética- el juego siguió por la pendiente por la que se había volcado el Bernabéu hacia la portería contraria. Los locales continuaron tan conectados al partido que no cedieron un palmo por el que la Mara del Cholo pudiera meterse. Parecían el mejor Milan de Ancelotti, por cómo competían. Ramos y Pepe adelantaron la defensa madridista tan arriba que asfixiaron cada salida del contrario, permitiendo al trivote centrocampista un mayor margen a la hora de recuperar, posicionarse y salir jugando. El Madrid rescataba balones en mitad de la selva rojiblanca y llegaba con toda la tropa al área adversaria, de manera que casi siempre la segunda jugada, el rebote y las esquirlas caían de nuevo a los pies de los blancos. Alrededor del minuto 20, en la segunda parte, Di María caminaba como un funambulista desde el carril izquierdo hacia el pasillo central, y Jesé, Cristiano y Benzema iniciaron un desmarque de ruptura a la vez. En manada. El argentino envolvió con el empeine una pelota prodigiosa, geométrica, al hueco por donde apareció Jesé adelantándose a su marcador. El canario acompañó la trayectoria natural del balón con su bota derecha y Courtouis se lo tragó. Con el 2-0 el Madrid se desató mientras Chamartín bullía en un éxtasis grupal. Di María culminó su partido limpiando a Diego Costa para la vuelta dándole un rodillazo en las costillas después de hacerle falta. Costa, a esas alturas, fuera del partido, respondió con un empujón que lanzó al aire a Di María en las mismas narices de Clos Gómez. La picardía fue tan inteligente que podía haber salido en el Guzmán Alfarache de Mateo Alemán. A partir de ahí el Madrid se dedicó a surfear la ola del Bernabéu encendido, que cuando truena parecen oírse las trompetas del Apocalipsis y tiene la fuerza destructiva de un temporal en el Cantábrico.

El Atlético sólo estuvo una vez cerca del gol: con 2-0, Godín remató un córner en el que Casillas se quedó leyendo el horóscopo y bajo palos llegó Modric, disfrazado de superman, para sacar una pelota que se envenenaba hacia el 2-1. Justo después llegó el 3-0. Di María condujo hasta que se le apagó la luz, y decidió chutar desde lejos. La pelota dio en el tacón de Miranda, que se quitaba para no molestar, y como en el 1-0, Courtois la maldijo con la mirada. Ahí terminó un partido extraordinario que añoró a Cristiano, que anoche sólo veía una mancha roja. Ronaldo parece afectado por la verbena de Ayza Gámez, el comité y la inexplicable sanción: frente al Atlético se movió por impulsos instintivos, cegado por un salvaje egoísmo al final, viendo que se le ganaba 3-0 al odiado rival sin ningún gol suyo. Ancelotti dio por fin el golpe emocional que el Madrid necesitaba para encaramarse a la primera final de la temporada, y los agoreros empiezan a mirar el cielo esperando una señal que confirme sus oscuros vaticinios. De momento, el cielo sigue despejándose, y en 10 partidos jugados en 2014 el Real sólo ha encajado un gol. Al Calderón deberán marchar los antidisturbios, puesto que cosas más grandes ha visto Carletto, pero el poso heroico de una victoria sin contestaciones se queda ya en los paladares propios. También en los ajenos.

Burócratas

28 ene

Últimamente algunos primeros espadas del articulismo español, solariegamente madridistas, están haciendo correr la especie de que el Madrid de Carlo Ancelotti no es demasiado estimulante. Arguyen que frente a la electricidad del Madrid de Mourinho, el equipo de su sucesor les parece frío, y les resulta difícil empatizar con él, como si Carletto fuese un burócrata gris que se limitase a sellar papeles durante toda la mañana. En definitiva, este Madrid les aburre. Fíjense si no comparto este desapego que cuando me puse con el partido, con 25 minutos de retraso, el Real ya iba ganando. Acababa de marcar Jesé. ¡Como para quejarme! Pero vamos a desmenuzar esto, que es muy interesante. El fútbol es una dramaturgia revestida de show business. La identificación hincha-equipo se articula específicamente sobre las emociones. Por lo tanto, quien paga una entrada o se pone delante de la tele no asiste, no obstante, a un estreno cinematográfico, sino a una escenificación trágica de fuerzas telúricas enraizadas en la infancia. De manera que el viejo aserto de Clemente de quien quiera espectáculo, que vaya al circo podría aplicarse a quien dice aburrirse viendo fútbol: aquí se viene a machacar a la tribu de enfrente. El retraso a la hora de incorporarme al partido se lo agradezco a quienes ponen el fútbol a esa hora tan incómoda que son las 9 de la noche. A desmano de todo, uno no sabe si ir a la cocina y cenar algo, por aquello de europeizarse, o si esperar un poco y seguir acomodándose en el hecho diferencial español. En todo caso, a esas alturas Jesé ya había picado medio billete rematando con cierta indulgencia de Kiko Casilla un pase geométrico del artificiero Alonso.

Ausente Modric por descanso, el centro de gravedad del Madrid pasó a Xabi, que lo acaparó todo. El Español, sin embargo, no vino a Madrid con un ardor bélico exagerado: mordió lo justo. Lo que exigía el decoro. Illarramendi escoltó con solvencia y sosiego a su mentor, y Di María trotó de aquí para allá, unas veces sujetando el centro del campo rival en el carril interior, otras veces esparciéndose por la izquierda. Jesé volvió a destacar por el costado derecho, y además del gol dejó varios desmarques y algunas jugadas de lucidez propias de quien goza de confianza en sí mismo. Ronaldo se subió a la atalaya y al acabar el partido había intentado marcar un gol de todas las maneras posibles. Esta vez, empero, se le resistió la divina perforación, y a la hora de escribir esto temo por la integridad cervical de Irina. Alarcón habitó el que se supone su ecosistema particular: la media punta más pura. Su partido fue, de nuevo, intrascendente. El otro día lo comparaba con Modric en una disputa por el mismo balón al que el croata llegó antes que él empezando la carrera diez metros por detrás: ahora mismo, Isco y Lukita parecen vivir a velocidades distintas. No comparto la desazón instalada en el madridismo en torno al malagueño: Odín camina a través de un largo invierno, pero mayo llegará, y conviene no olvidar que los genios florecen en primavera.

El partido no dio para mucho más. Kiko Casilla realizó algunas intervenciones de gran mérito y el Español pudo marcar algún que otro gol, más por la temeridad defensiva local que por insistencia propia. Batir récords de imbatibilidad con Sergio Ramos interpretando el papel de mono pistolero que atormenta a Robbie Williams en una canción es una cosa homérica, muy loca. Nacho pareció un mariscal a su lado, siendo como es un central cuyo mérito es exclusivamente ser una persona normal. Y aparentarlo. Coentrao, en el lateral izquierdo tras su charlotada de Pamplona, recuperó la cordura hasta que se llevó la enésima hostia de su trayectoria profesional: parece un imán para los golpes en esta temporada de ridículo desarrollo personal para él. La Taça do Rei entra en su fase decisiva, esa en la que por fin se asemeja a una competición homologable con los estándares occidentales. El Madrid alcanza las semifinales sin recibir un sólo gol y, también, sin pestañear. Su rival saldrá del choque entre el Athletic y su sucursal madrileña, y mientras el equipo de Ancelotti camina imperturbable por la senda del samurái -por más que aburra al sanedrín- la victoria recupera esa condición rutinaria que en Chamartín es blasón y se hereda de padres a hijos. Palabras como espectáculo, estilo o entretenimiento pierden cualquier sentido cuando uno mira el fútbol como un combate a muerte que ocurre cada tres días y no como un neoyorquino sentándose en el Madison con la camiseta de Carmelo Anthony y el cubo de palomitas.

Todos a una

9 ene

Volvía el fútbol al Bernabéu, apenas tres días después del partido frente al Celta, y volvía Osasuna ante la vista del Madrid. Es un equipo que concita una antipatía particular y transversal entre el madridismo: grandes y pequeños, jóvenes, viejos, piperos, undegrounds, tuiteros y madridistas de pitiminí guardan por igual un desdén rencoroso hacia Osasuna desde que a Buyo le explotara un petardo en la cara allá por los 80, en El Sadar. O antes, incluso. Puede que sea una cuestión ideológica más antigua que el fútbol mismo: madridistas y osasunistas recreando en 2014 las guerras carlistas del XIX, y toda la pesca. Quién sabe. Es verdad que a veces, a los jugadores rojillos sólo les falta la boina roja y la badana llena de granadas cruzada en el pecho, con el Sagrado Corazón de Jesús grabado en un bolsillo, cada vez que juegan contra el Madrid: para muestra, el partido que hace un mes aproximadamente disputaron ambos en Pamplona, donde el Madrid se dejó varios dientes. No fue así, esta vez. El Bernabéu acogió animoso la ida de los octavos de final de la Copa del Rey, y el requeté carlista vino con la valija diplomática a Madrid. Quizá la Copa atemperó los ánimos. A fin de cuentas, este es un torneo que, tal y como está montado, sólo empieza a interesar de verdad a partir de los cuartos de final. Si acaso. Antes de llegar a esa cumbre, los partidos como el de esta noche molestan y parecen visitas al dentista: uno intenta que no le duela demasiado. A pesar de todo, Ancelotti alineó una escuadra prometedora en el papel: Arbeloa patrullando la espalda de Pepe y Ramos, Marcelo ante uno de sus partidos-sambódromo (el Bernabéu, la Copa, rival poco exigente: lo más parecido a una pachanga de fútbol tenis en Copacabana) y por delante el Strike Team acompañado, esta vez, por Jesé, que se movería durante todo el partido por ese limbo intermedio abierto entre la media punta y la parcela izquierda del ataque del Madrid.

Delante, un Osasuna repleto de esforzados mocetones navarros. Los comentaristas del Plus se esforzaron mucho en incidir sobre la idea de que Javi Gracia, su entrenador, llevaba meses intentado cambiar el tradicional estilo balompédico del equipo pamplonés. Hasta hoy, desconocía que Osasuna se distinguiera por tener algún estilo de juego reconocible y perdurable a lo largo de su historia: a lo mejor Michael Robinson, que jugó allí, nos lo podía aclarar. Los locutores no hacían más que repetir que Gracia conminaba a sus muchachos a salir desde atrás con la pelota jugada, ensayando una especie de lavolpiana muy meritoria dada la categoría de sus defensores, todos ellos rudos hombres de montaña que un día bajaron a la llanura y cogieron un balón como el que manipula un mortero. En todo caso, el partido de Osasuna, desde los primeros 10 minutos de tanteo hasta el final, consistió en cerrarse muy ordenadamente en su transición defensiva y esperar al Madrid pegando mucho el culo a la frontal del área propia, cabalgando alguna que otra vez hacia la portería de Casillas con cierto criterio pero sin peligro de ninguna clase. El Madrid fue Modric, y Modric fue el Madrid. Luka está muy por encima, ahora, de cualquier compañero: corta, templa, manda, cubre, tira diagonales, avanza millas tras las trincheras enemigas y ha adquirido el don de la ubicuidad, que es lo que distingue a los centrocampistas completos que orillan su cenit deportivo. Está cerca de su propio Everest, y llegará a la cima mostrándose como un futbolista abrumador, capaz por sí mismo de asumir roles tan diferentes en la medular que hasta hacen parecer prescindibles, a ojos del espectador, a sus escoltas.

Hoy fue Illarra quien aguardaba siempre a su paso, escudero fiel, tanto en la quita como en la cobertura y la subida a la segunda línea. Carletto dispuso un asimétrico 4-2-4 porque, en la práctica, Jesé se instaló en el chiringuito de Marcelo y la ausencia de solidaridad defensiva de los tres velociraptors de arriba obligaba tanto a Modric como Illarramendi a abarcar mucho terreno. Cumplieron con pulmones y solviencia, en parte por que Osasuna no exigió ni el 50% de lo que sí requirió en noviembre en el duelo liguero de Pamplona. Benzema, que se llevó casi todo el partido estudiando algunas suras del Corán alrededor del balcón del área visitante, marcó el 1-0 en la primera parte, peinando a las redes un balón envuelto en seda que Lukita envió desde Croacia. Jesé, que fue el mejor tras Modric, no paró de agitar el árbol, pero no cayó ningún requeté: estaban todos en torno a Asier Riesgo, su portero, apiñados como balas de cañón. En la segunda mitad, de nuevo Benzema buscó a Jesé para sacar del tedio al Bernabéu. Sobre el minuto 20, la sombra de Cristiano puso nervioso a un zaguero osasunista, que cedió atrás con más miedo que convicción, como el que se quita de encima la pistola con la que se cometió un crimen. Atrapó la pelota Benzema, quien vio venir a Ronaldo emergiendo desde el vórtice polar del Ártico como la viva imagen de la ira de Dios. Cuando todos esperábamos que la rompiera, deslizó suave hacia la carrera de Jesé, que venía a su derecha, desarmando a toda la defensa rojilla. El canario batió a Riesgo a placer, y desde ese minuto y hasta el final, el partido fue un tiro al plato de Cristiano Ronaldo, sin suerte. Aquiles continúa con la saudade de Troya, pero el final del partido dejó un gesto esperanzador: al pitar el árbitro el de Madeira embocaba el campo rival con toda la banda para él, y al oír el silbato pateó indignado el balón. El héroe está volviendo, caballeros. El 2-0 es un buen resultado para la vuelta, que será el miércoles que viene -agradézcanle a la Federación y a la AFE el apelotonamiento de partidos de aquí al final de enero tras el parón navideño-: mantendrá despierta la tensión competitiva y hará que los muchachos de Ancelotti acudan contentos a la brega.

Baila conmigo

23 dic

El Valencia es un equipo marcado por su medular: Oriol Romeu-Dani Parejo. Ambos son dos experimentos fallidos del Gobierno. Uno de la Masía, y otro de Valdebebas. Romeu es el último Guardiola con tara que cada X años sale de la cadena de montaje culé -Celades, Gabri, Trashorras- y al que Mourinho dio boleto al volver a Londres. El Valencia se lo compró en un Lefties, de rebajas, porque combinaba con Parejo. ¿Se acuerdan cuando Di Stéfano dijo que sólo veía al Castilla por él? Si en Barcelona producen mediocentros de toque fenicio, en Madrid se forjan mediapuntas de melena rebelde y displicencia suburbana. Parejo, Jurado y Guti son los bastardos de un linaje confuso al que la prensa madrileña busca sus raíces en la Quinta pero que, sin embargo, no termina de acomodarse en la nobleza madridista: les falta empuje. Precisamente de eso careció el Valencia, más que nunca equipo de retales entrenado por un interino saltimbanqui. Tuvo ímpetu, y arreció duro en los tobillos madridistas, pero adoleció de inciativa parlamentaria y el Madrid gobernó el partido a base de pronunciamientos, tiros en el Congreso y la tenacidad inquebrantable de Luka Modric.

El partido se jugó sobre una inmensa madriguera. Cada vez que alguno de los 22 futbolistas que correteaban sobre el verde de Mestalla hacía un tackling, levantaba una galería subterránea. De haber incidido más, la realización de Canal Plus hubiese sacado a Casillas escondiéndose tras uno de los agujeros del terreno de juego, huyendo ante las luces inesperadas. A pesar de todo, los chicos con los que formó Carletto -ausentes Bale, Pepe, Khedira y Varane, Ancelotti tiró de las latas de conserva- intentaron sojuzgar al equipo local empeñándose en descoser el campo. Al principio, el plan salió bien. Marcelo y Benzema por la izquierda, y Arbeloa con Di María por la derecha, sondeaban la firmeza valencianista zambulléndose a poca profundidad. Pero pronto iban a ocurrir cosas. Cristiano se plantó ante Guaita y cruzó demasiado un tiro venenoso: era el primer aviso. Luego se tropezó con un bulto blanquinegro que había en el suelo justo cuando se le ofrecía un ángulo de tiro tan grande como el Mediterráneo, y ahí descubrimos que los cuádriceps de Ronaldo han vuelto de la lesión antes que él. El Valencia asistía impotente al claqué madridista, y Marcelo mandó un giro postal a la esquina derecha del terreno de juego. Di María la cazó con el guante, y mientras su defensor pestañeaba él zigzagueó como un rayo hasta el pico del área chica y puso el balón en el palo largo del arco de Guaita. Golazo. El Valencia aún estaba reflexionando cuando a Alarcón le hicieron un placaje delante del portero y el árbitro hizo el Don Tancredo. Casi seguido un extremo local se coló hasta la línea de fondo madridista y Piatti agradeció con un buen cabezazo la generosidad con la que Ramos le ofreció su espalda para que fusilara a Diego López casi a placer. El 1-1 no hubiese resultado tan irritante de no darse la infeliz circunstancia de que Piatti tiene la estatura de un llavero y Sergio Ramos García natural de Camas, mide, según la web oficial del Real Madrid, un metro y ochenta y tres centímetros.

Bordeando el descanso, Di María, quien parecía querer redimirse por su grotesca actuación del pasado sábado en Pamplona, botó maravillosamente bien una falta sobre el punto de penalty valencianista. Cristiano Ronaldo remató como reza la ley número 69 del Código de Hammurabi: picada abajo. El realizador del Plus nos deleitó con el interminable repertorio de tomas y repeticiones con las que desde tiempo inmemorial se intenta, en el canal PPV de PRISA, justificar las decisiones arbitrales contrarias a los intereses del Real Madrid y denunciar sibilinamente las de naturaleza dudosa que benefician al equipo blanco. Durante todo el encuentro pudimos ver desde todos los ángulos posibles cómo Ronaldo tiene media bolsa escrotal adelantada respecto al último defensor valencianista: ominoso favor arbitral hacia el Gólem de la Meseta. Con el gallinero de Mestalla alborotado se empezó la segunda parte, en la que no sucedió absolutamente nada hasta el minuto 22: el Valencia botó un córner al corazón del área madridista, y entre Diego López -que se quedó a medio salir, como un banderillero malo- y Ramos -que se escondió detrás de su portero- dejaron que Mathieu dirigiese cómodamente un cabezazo a la escuadra. Como anécdota folclórica, el gol coincidió con la entrada al campo de Canales, otro juguete roto desheredado del paraíso madridista. El encuentro se puso decididamente feo para un Madrid acuciado por la victoria barcelonista en Getafe, y Ancelotti tardó cinco minutos en pedir un micro-crédito a Cofidis: Jesé por Alarcón (el canterano valencianista despechado) y Carvajal por Arbeloa, y a empujar. Cuando los dos jovenzuelos entraron en el partido, del Madrid se apoderó un rapto instantáneo de violencia compulsiva. Modric -heroico durante toda la noche, agigantándose cada día como auténtico logos del Madrid de Ancelotti- manejó la furia momentánea del equipo. Con todos los orfebres en el campo, el Real acosó al Valencia como una manada de lobos. Benzema dio un paso atrás, se juntó con el croata y Alonso en una segunda línea de fuego, y amasaron la angustia madridista hasta convertirla en permutas de Jesé y Carvajal por derecha y Marcelo y Cristiano por la izquierda. Sobre el 85, de una melé cayó rebotada una pelota que rebañó Xabi para Modric. Por dentro le hicieron el aclarado y Lukita vio venir desde Canarias a Jesé montado en el Dragon Rapide. Big Flow se puso en medio de la pista y le cantó a Guaita ella es caprichosa, y muy peligrosa, pero esta noche es mía, ya la tengo controlada. 2-3 y adiós 2013.

Amenities

18 dic

Volvía la Copa al Bernabéu después de la final de mayo, ese partido que casi todos hemos borrado del disco duro. Reinaba cierta incertidumbre sobre Chamartín tras el 0-0 de la ida y la charlotada de Pamplona: el madridismo de rulos en la cabeza y nariz metida en el visillo  había ya destripado un conejo, y entre las vísceras vio sortilegios, catástrofes y Alcorcones. El chamanismo es un halo invisible que rodea el Bernabéu como la piel esa con que -dicen- quiere recubrir Florentino el estadio. Lo malo es que también envuelve las entendederas de mucha tropa de infantería que siempre tiene un sollozo colgando del lagrimal. Ancelotti, por lo que se ve, rejonea entre todo esto como Pablo Hermoso de Mendoza cabrioleando con Cagancho por entre los cuernos de un miura. Dejó en casa a Cristiano, Modric y Bale, haciendo la digestión para Valencia, y alineó a Casemiro e Illarramendi junto a Isco. Esa fue la columna vertebral del equipo, alrededor de la cual orbitó todo: espacio y tiempo, Di María y Jesé, con Carvajal asomándose como un cometa por el carril derecho y Morata desprendido del colectivo como un pedazo de chatarra espacial bamboleándose entre la MIR y la Estación Internacional. No fue el día más brillante de la carrera de este muchacho, cuya torpeza se agudiza las tardes en que más se espera de él. Es como si ante la expectación se castigase a sí mismo a correr, olvidando las claves del 9 académico: posición, precisión y brevedad. Anoche se podía oír el crujido de su cintura al girar dentro del área desde Pernambuco, y por ahí se escapan títulos, gloria y eternidades. Menos mal que para solventar el trámite frente al Olímpic de Xátiva no hizo falta la presencia insistente de un goleador.

Entre Alarcón y Jesé fabricaron el 1-0. Pasados los primeros 15 minutos de tanteo, el malagueño bombeó un Ferrero&Rocher a la falla de San Andrés que de repente, un segundo antes, se había abierto en la defensa contraria. Los incautos centrales del Xátiva corrieron a atrapar al gangsta canario, que se escapaba por el vértice, y no vieron la entrada de Illarramendi por la derecha. Jesé sí, y le dijo toma, y triunfa. Asier dejó correr la pelota delante suya con gracilidad y se acomodó la diestra como los buenos pelotaris, zumbando al portero valenciano de fuerte disparo cruzado que nos descubrió a un buen llegador en potencia. Por lo visto, Illarra no marcaba un gol desde que Alonso metió su último trallazo en Liverpool, así que lo comido por lo servido: el destino nos lo compensa. Un rato después, un alopécico zaguero visitante cometió penalty en una jugada extraña: balón al segundo palo, Morata que cabecea impulsado por ese triunfo de la voluntad que impide que no forme parte ya del Getafe 2013/2014, y el mencionado defensa que bracea ostensiblemente delante suya, impidiendo con la mano que la pelota fuese a puerta. Sergio Ramos arrasa en las tendencias defensivas del balompié nacional. Di María fue a tirar el penalty y detrás del portero creyó ver un libro. Del susto le salió un chut lánguido y mal colocado que entró porque al meta del Olímpic le pareció estar soñando: ¡pararle un penalty al Madrid en el Bernabéu!. Con el 2-0 el Madrid se solazó cómodamente en el sofá. Alarcón llenó la bañera del hotel y echó dentro las sales, y al salir fue mojando toda la moqueta mientras encendía un puro y se metía en el albornoz. El partido fue eso, y poco más. Un Madrid reponiéndose del tiroteo del Sadar.

Costumbrismo

26 oct

Corría el minuto 17:14 cuando de uno de los anillos del Camp Nou se desplegó, de repente, una gigantesca estelada al tiempo que todo el graderío coreaba “¡independencia!”. Hace ya más de una década que ese remedo perverso de DisneyWorld que habita en Barcelona bajo los colores de un cantón suizo ha convertido los partidos contra el Madrid en un escaparate goebbeliano de escala planetaria. Las televisiones, Internet, youtube y Al-Jazeera en bucle multiplican el mensaje de alienación nacional, y el Madrid es siempre la vaquilla soltada en los correbous multicolores cuya carrera por las calles de la aldea constituye el cenit de la algarabía colectiva. Ayer Undiano Mallenco ejerció de pregonero de las fiestas populares, y este buen trencilla, del que puede decirse que no es sino silbato mudo pegado a un hombre, quiso ganarse el fervor de la gente honrada de Cataluña. Lo hizo despeñando una cabra desde uno de aquellos campanarios de Guardiola, donde anoche no había poetas susurrándose la libertad de parroquia en parroquia, a lo lejos, sino Cristiano Ronaldo a punto de ser inmolado en el altar de la patria. Mascherano corneó al 7 del Madrid cuando éste ya estaba sacando el estoque, pero mañana dirán que una leve tramontana, viento de la terra nostra -como la Cosa-, derribó al mercenario portugués al servicio del rey de Castilla. Fue el sino del partido. Justo antes, Benzema, el segundo mejor jugador del equipo de Ancelotti en ausencia del añorado hechicero turcoalemán, había estrellado un cóctel molotov en el larguero de Víctor Valdés: fue como un relámpago. Karino se orientó un balón pendenciero con un toque que recordó a cómo armaban sus fusiles los rifeños de Abd-El-Krim; quedándose franco de cara a portería, de fondo comenzó a sonar una base de Rohff, y Benzema le metió al balón esa difusa frontera entre el interior y el empeine para que fuese silbando como un mortero hasta el travesaño.

No entró, y esa imagen definió el partido. Ancelotti difuminó las buenas intenciones mostradas ante Málaga y Juventus, dispersando el esquema alrededor del cual empieza a identificarse su equipo, y con ello entregó el Clásico a la parsimonia. Fue como si su Madrid, aún adolescente, se hubiese afeitado la incipiente barba en un arrebato de pudor todavía infantil. No presionó lo suficiente la salida de balón contraria, y Ramos, mediocentro, se sintió extraño, difuso, desubicado: era como si pidiese perdón por cada tackle, y mirase constantemente a la banda buscando la aprobación del entrenador para golpear, achicar y desplazarse. Durante 45 minutos el fuego fue sostenido y de cobertura entre los dos enemigos. Una ocasión y media para cada uno, con la diferencia de que Iniesta -que ya sólo está para media hora en este tipo de partidos- encontró un boquete en la pared que estaba enfoscando Carvajal, y Neymar se asomó de puntillas hasta el primer palo. Cruzó el balón, como preguntándose qué hacer con él, y éste rebotó en la mano de Pepe y en la bisectriz de Varane, yéndose lánguidamente al palo largo de Diego López. A partir de ahí, una escaramuza de Messi resuelta con demasiada ligereza, tratándose del ángel exterminador del antimadridismo, y el cartel de no future parpadeando sobre Xaviniesta, como si fuesen dos muñequitos del FIFA. Tengo que hacer aquí un par de consideraciones a este respecto: Messi jugó por primera vez contra el Madrid sin ese impulso caníbal que parecía agitarle con violencia cuando le enseñaban un trapo blanco, lo que no deja de ser sorprendente. Parece que ya no sabe cómo salir de todas las trampas que le hemos puesto, y también parece que este Pepe crepuscular le alcanza en los sprints que ni siquiera el Pepe mayúsculo de hace 2 años era capaz de resistir. La otra nota a pie de página es para Xavi e Iniesta: los paradigmas del tikinaccio parecen, cada día que pasa, dos de esos antiguos freaks que eran exhibidos en los circos como singulares rarezas por todo el país. Dos King Kongs amaestrados, metidos en una jaula. Cuando Moby Dick amenazaba con sacar la bandera blanca y rendirse, Undiano se disfrazó de mano negra y evitó el cataclismo: el gol del Madrid. El Real se tomó un respiro antes de acometer por última vez el resort azulgrana de la moralidad occidental, y en ese instante murió: Alexis aprovechó una contra en la que se vio dudar a Varane por primera vez desde que aterrizó en España, y, chico listo, aprovechó su talento técnico para elevar un globo por encima de Diego López con el que sentenció el encuentro. Rigores del destino, el peor Barcelona desde 2005 tocó infructuosamente la pelota más veces que nunca, y ganó gracias a un gol de rebote y otro al contragolpe. Al final el Madrid estiró su grandeza hasta terminar arañando la cara de la patria catalana, y eso es lo que fue el gol que metió Jesé: la promesa de volver.

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