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Otra vez será

5 nov

Para mi generación era la cuarta visita a Turín. Las dos primeras, en Delle Alpi, fueron traumáticas pues supusieron eliminaciones, finales de ciclo y ciclogénesis explosivas. La tercera, en el Comunale, estuvo revestida de un insoportable hedor a decadencia y muerte. Esta última, en el flamante Juventus Stadium, era una especie de reverso luminoso del partido jugado en noviembre de 2008: un sol naciente plagado de molestos nubarrones, un parpadeo incesante que no termina, etcétera. El Madrid, de naranja, holandés, propició una imagen fabulosa. La de Modric, o Cruyff reencarnado en un elfo croata trotando, melena al viento y gesto encorvado sobre la pelota, sobre el césped piamontés en actitud de imantar el juego con obsceno dominio sobre el balón. Pero antes de que Luka domeñara la batalla y cebase el arcabuz de Cristiano Ronaldo, la Juve había teletransportado al Madrid a una pequeña Alemania. Su nuevo campo me recordó al Westfalenstadion de Dortmund casi tanto como la defensa con la que formó de inicio Ancelotti: Ramos en el lateral derecho, Pepe y Varane en el eje, y un lateral lusoparlante en la izquierda. El problema, más allá de lo táctico, radicó en que cinco horas antes de las 20:45 las ondas, amigas del capitán del Real Madrid, ya lo sabían. Esta deleznable defección, una más dentro del vestuario antes de un partido trascendental, frunció el ceño de los más escépticos. Carletto apostó por dos laterales tan efectistas como frágiles, y sobre ellos se aupó la Juventus para cargar sobre la portería del portero suplente del Madrid. Llorente, otra vez, bombeó balones al costado de Pogba y Tévez como un pívot descargando sobre el perímetro, y el balance ofensivo italiano no pudo ser más académico: pelota a la espalda de Sergio, cambio de orientación a la nuca de Marcelo y melé cancerígena en el área pequeña de Casillas. Así llegaron las ocasiones más notables del equipo de Conte, que propiciaron una buena parada del yerno de España, así como un inquietante despeje a los pies de sus centrales y una salida en falso que volvió a recordar al vuelo atolondrado de un gorrión pipiolo. El problema es que el muchacho tiene ya treintaytantos, y de zagal sólo tiene los defectos, que siguen siendo los mismos. También las virtudes. Así fue su partido: clásico. Buenos reflejos, malos despejes y acochinamiento en tablas. Varane no cuajó su mejor partido como madridista y, sin embargo, volvió a ser el mejor de la línea de 4. Parecía una división de los cascos azules apagando los fuegos que iban dejando los tres mastuerzos que compartían defensa con él.

Suyo fue, no obstante, el penalty. Al filo del descanso Pogba entró con un machete en el área, como un tutsi dando un garbeo por un poblado hutu. Varane lo desarmó limpiamente, pero Howard Webb pitó penalty. Parecía que la expulsión de Chiellini en el partido del Bernabéu debía ser compensada, y Vidal transformó el castigo con un chutazo inapelable. El Madríd sólo había disparado dos veces entre los tres palos, y el trivote de la medular no podía conectar con los velociraptors de arriba a causa de múltiples factores. Entre ellos, la ausencia de movilidad de los delanteros y la zapa que Llorente y Marchisio hacían sobre Xabi Alonso. En la segunda parte todo cambió. A Martín Cáceres, un extra de las películas de Van Damme que juega en la Juventus, se le apagó la luz y cedió atrás un balón desde el centro del campo. Le cayó a Benzema justo en línea de tres cuartos, y Karim, que no la había tocado en toda la primera parte, la acarició como si fuera una de las bolas de dragón. Por su izquierda vio entrar a Ronaldo montado en la nube mágica de Goku, y Cristiano acribilló a Buffon cambiándosela de palo y elevándola por encima del flequillo de SuperGigi. A los dos minutos, Xabi se encontró una pelota botando en la media luna juventina, y la golpeó con la izquierda como si fuese un pelotari reventando un frontón donostiarra. Del larguero subió hasta el cielo de Turín, y cuando bajó la tenía de nuevo Cristiano Ronaldo. La Vieja Señora estaba traspuesta, y el portugués batió líneas con una zancada de centauro. Cuando parecía dispuesto a fusilar el marco rival, vio a Bale entrando por su derecha. Gareth controló y sin tiempo para respirar la colocó con el interior en la cepa del poste izquierdo de Buffon. 1-2 y el partido a los pies del Madrid. La Juve, vencida y eliminada, parecía sacar la bandera blanca pidiendo cuartel: no seáis cabrones, y dejadnos así, pretendí escuchar. Los rebuznos de Rivero y las simplezas de Sanchís en la tele de todos los españoles me impidieron oírlo con nitidez, y justo cuando agarré el mando para subir el volumen vi a Martín Cáceres enviar un centro que era una botella tirada al mar con un SOS escrito con sangre en un papel. Casillas, por supuesto, se quedó debajo del larguero esperando a que escampara, y Llorente burló a Varane y metió la testuz, enviando el balón al fondo de las redes. 2-2, y el Madrid que, a partir de ahí, se conformó con un empate que pudo haber sido la primera victoria en Turín desde el Siglo de Oro pero que, sin embargo, acabó en un armisticio diplomático. El Real se fue con la clasificación en el bolsillo y los de Conte se guardaron un último hálito de vida en la competición. Otra vez será.

Jugando a nada, por supuesto

24 oct

La Juve de Antonio Conte es la mejor que ha pasado por Chamartín desde 1996, cuando Vierchowod descapulló a Raúl. También, y es paradójico, es la que menos ha encogido los agitados corazones madridistas. El Madrid salió de los cuarteles como para iniciar un pronunciamiento, y a los cuatro minutos Di María ya había hecho saltar la caja fuerte: diagonal hacia dentro desde banda derecha y pase al desmarque, el número más aclamado del show del Fideo. Ronaldo definió como si pegase un guitarrazo contra el escenario. Así comenzaron unos 45 minutos en los que arrastró al Madrid hacia octavos, el campamento base, como un superhéroe de la Marvel. Hubo una jugada en la que al Bernabéu se le puso dura: Marcelo se quedó contemplando el paisaje en una de sus excursiones y Cristiano, en un alarde de solidaridad colectiva no exenta de demagogia tribunera, acompañó el repliegue y robó la pelota casi en la misma línea de fondo propia. Después, a lo Moisés blandiendo el cayado, subió el balón sintiendo cómo a su alrededor el madridismo se abría, en éxtasis, igual que las aguas del Mar Rojo. Sobre el jugador franquicia blanco gravitó un encuentro que, no obstante, rindió honores de Jefe de Estado a los dos equipos. La Juventus descabalgó al Madrid por los costados. La doble línea de presión local, muy meritoria, sobre la salida de los visitantes quedó desactivada con una buena transición bianconera. Desde ahí, Pirlo y Vidal -al que el otro día me pareció ver en el programa de La Sexta sobre las cárceles del mundo- hicieron de artificieros, lanzando balones hacia Llorente, que parecía una ventana cerrada en la que no paraban de chocar Ramos y Pepe, como moscas intentando atravesarla. Tévez y Pogba se descolgaron por el patio trasero de Arbeloa y Marcelo, y así llegó el empate, en el único error defensivo notable de un Madrid, sin embargo, muy serio toda la noche.

Con el 1-1 el Madrid decidió despertar: es el déficit más evidente del equipo de Ancelotti, al que le da vértigo administrar ciertas ventajas. Marcelo y Vidal iniciaron una pelea de bandas, el árbitro pitó, Modric mandó un pelotazo al balcón de Buffon y Chiellini quiso bailar un tango con Sergio Ramos. El penalty, que fue fruto del paso adelante del Madrid y no de uno de esos milagros con los que la prensa justifica su eslogan más antiguo y celebrado -el Madrid no juega a nada- serenó el encuentro y le quitó voltaje. El Madrid supo templarlo con un magnífico trabajo de Modric, Illarramendi y Khedira, y con un Di María al que no se le acaban las pilas alcalinas. Es el verdadero agitador del Madrid de Ancelotti, y cualquiera lo confundiría con uno de esos anarquistas repartiendo panfletos y llamando a la revolución en la Barcelona de 1920. Esos cuatro compraron la pelota y marcaron el tempo, y a la Vieja Señora se le fue la vida intentando arañar el muro de parsimonia con el que el Real mató el partido. Chiellini embarcó rumbo al Piamonte nada más empezar la segunda parte, en una acción estúpida, más propia de alguno de los centrales del Madrid de anoche. De ahí hasta el final se hicieron méritos para marcar el 3-1, pero Benzema va a tener que inmolar un buey en una playa desierta y hacer libaciones sobre sus entrañas humeantes para conjurar el funesto oráculo que pesa sobre él. Salió Bale a corretear en el 70, y tardó diez minutos en tocar el balón. Le falta swing. Al dragón galés aún se le ve desnortado, sin saber muy bien dónde quiere Carletto ubicarle. Uno se pregunta para qué sirve tener 91 millones de euros quemándote en la cartera si tardas dos meses en soltarlos. Bale, es probable, no estará a pleno rendimiento hasta enero o febrero, una vez haya asumido el rol que se le asigna en el sistema y por sus piernas corra el ritmo de la competición. El partido acabó entre vítores y abucheos. Llorente salió ovacionado del Bernabéu por segunda vez en su carrera deportiva, con lo que suma ya más aplausos en Madrid que Benzema. A Morata lo recibió un trueno en las gradas, y el muchacho volvió a saltar con la voluntad férrea de un novillero que toma la alternativa en Las Ventas. Al Madrid le queda una victoria para sellar la primera plaza del grupo, pero antes conocer el estadio de diseño de la Juve habrá que tomar el liderato este sábado, en el Camp Nou. Jugando a nada, por supuesto.

Illarra

14 jul

El Madrid ha hecho oficial el fichaje de Asier Illarramendi, con el que parece se inaugura una interesante dinastía de mediocentros guipuzcoanos que amenaza con colonizar Vasconia mediante la conquista silenciosa: mocosos de cinco años que nacen al fútbol pidiendo a sus aítas euskaldunes la camiseta del Madrí con el 14 y el 24. Illarramendi suena a brigadier carlista. Siempre soñé con que el Real jugase con un centrocampista apellidado Zumalacárregui, como el general. Illarra es lo más cerca que voy a estar de aquella fantasía fetichista. A mí me da mucho por los nombres, es una rareza que tengo. Por eso este fichaje cumple con el perfil patronímico que le exijo cada año a la plantilla madridista. Rubio, peinado corto, pendientes oscuros, nombre barojiano, a Illarra lo mismo lo podríamos ver de blanco en el Bernabéu que con una sudadera negra y unos vaqueros rotos quemando un autobús en Fuenterrabía. El aire borroka puede venir maravillosamente bien a este grupo carente de toda competitividad sucia, sí, esa que hace ganar Clásicos a navajazos y pasar eliminatorias turbias revirtiendo ambientes hostiles, arbitrajes malayos e inferioridades propias. No he visto jugar más de un partido a Asier Illarramendi, pero todo los intangibles los tiene de su parte, aunque en la presentación decidiera convertir la Castellana en la plazoleta de su pueblo y sus amigos tuviesen las bolsas del Dia con la cocacola, la ginebra y los vasos de plástico escondidos detrás de los asientos de la grada lateral oeste. Y el Madrí se lo permitiera. Aunque esto último me sorprende menos: cada vez tengo la tentación de quitarle la i latina acentuada al nombre del equipo de mis desamores, repaso el vídeo de la presentación juventina de Llorente, y se me pasa.

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