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Modricracia

11 dic

Fue a la salida de un córner. El balón volvió en segunda jugada a Arbeloa, quien se la dio a Modric como el que le pasa el detonador al cabecilla de una banda y se pone a cubierto detrás del capó de una furgoneta. Luka hizo funambulismo por el pico del área danesa, se paró un segundo y vislumbró un zigzag entre la melé de piernas rivales. Vestido de Cruyff -sólo le faltaba el 14 a la espalda- se cambió el balón de pie con la naturalidad con que de niño recorría Zadar entre cascotes y francotiradores apostados en los campanarios. No miró a portería. Tampoco le hizo falta. La pelota observó una trayectoria perfecta, de fuera hacia dentro. Atravesó la escuadra de Willand limpia, como un triple de Stojakovic, y el Parken Stadion aulló con un espontáneo clamor salvaje. Sucedió al 24 de la primera parte, y fue el clímax de un partido que nació y murió en las piernas de Luka Modric: rebasando los diez primeros mintuos de tanteo, el croata secó en la frontal de su propia área pequeña un peligroso contragolpe local, y al filo del 85 abandonó el césped cojeando. Llenos los tobillos de moratones, golpes y madridismo. Lo que pasó antes y lo que pasó después de ese tiempo, importó muy poco.

Desde  el partido de vuelta frente al Borussia Dortmund del pasado abril, Modric ejerce un liderazgo emocional dentro del campo cada día más incuestionable. Aquel partido deparó, entre otras cosas, una sucesión espontánea en la jerarquía de la medular madridista. Xabi cedió una llama sagrada e invisible a Luka, y sin darnos cuenta el 19 ya supera en imprescidibilidad al 14. Este estado de cosas se ha consolidado con naturalidad tras la llegada de Ancelotti. Ayer, ambos formaron pareja junto a Isco en un dibujo que en la pizarra lucía 4-3-3 y en la cancha se deformó en un 4-2-3-1 por la querencia natural del malagueño y Benzema a romper el rigor del esquema y deambular por los no definidos límites de su propia genialidad. Mientras que con Illarramendi y el ausente Khedira el croata da un paso al frente y libera su creatividad, con Alonso y Alarcón se escora hacia la derecha y se dedica a labores de intendencia, acompañamiento, aseo y dirección. En ambas posiciones destaca por su solvencia: ratonea con picardía y su exquisita técnica individual le permite pivotar sobre sí mismo sin necesidad de recurrir a un gran despliegue o a exuberancias físicas. Anoche brilló en ambas áreas, destacando su vigilancia en la zona muerta que deja Marcelo tras de sí cada vez que el brasileño se aventura en busca del Dorado. Él y Xabi destruyeron el impetuoso arrebato inicial del Copenhague sin necesidad de recurrir a los antidisturbios: siempre estaban en el sitio adecuado, en el momento justo. Tras el gol de Luka, el Madrid subió revoluciones, pero fue precisamente el equipo ayer de blanco quien pudo empatar gracias a una jugada rayana en el limbo reglamentario: Casillas, cada vez más caricaturesco en el juego aéreo, esperó a que una pelota colgada sobre su balcón le lloviera a las manos. Un danés se adelantó, de suerte para el Madrid que el árbitro pitó miedo, y la situación terminó sin derramamiento de sangre.

La jugada enervó al incansable público de Copenhague. Tras algunos siglos saqueando la costa europea, violando caballos y robando mujeres, parece que la agresividad escandinava ya sólo reside en el empuje de sus tribunas deportivas: ahora exportan socialdemocracia, muebles y Estado del Bienestar. Cristiano, que volvía, merodeó el gol toda la primera parte. Tras el descanso, cayó a sus pies un balón trenzado entre Marcelo y Pepe, quien orientó al otro palo un eficaz cabezazo en el lateral del área, a la salida de un córner. Ronaldo recibió en la soledad del héroe, ahí donde derriba imperios, y fusiló al esforzado meta danés de un certero trallazo picado. Luego falló un penalty, en el 90, que podía haber redondeado en 10 el récord que son ese noveno gol había acabado de conquistar: ya es el jugador que más goles ha anotado en una misma fase de grupos. Pero qué más daba eso, debió pensar, si he metido el gol 800 del Real Madrid en la Copa de Europa. De ahí al final el encuentro fue un trámite. El Madrid se gustaba de la mano de Benzema, que conducía los contraataques con esa indolencia fingida con la que se maneja en el terreno de juego cuando está cercano al ciento por ciento de su rendimiento global: parece que va cayéndose, ensimismado, y cuando el central comete la imprudencia de meterle el pie, se adorna con un arabesco definitivo ejecutado con la electricidad de un pintor firmando su obra. Así terminó tres o cuatro balances ofensivos que pudieron culminar la goleada pero que ora por orsais, ora por mala definición, ni Bale, ni Cristiano, ni luego Di María -que entró por Alarcón mediado el segundo tiempo- aprovecharon para finiquitar la mejor fase de grupos madridista en Copa de Europa que recuerdo. Bale estuvo desacertado y mustio durante los 90. Debió ser porque se quedó pensando en que el fútbol es un fenómeno curioso: es una de las pocas circunstancias humanas en las que unos plebeyos de anónimo y baja extracción social son halagados, agasajados y solicitados con entusiasmo juvenil por príncipes y herederos de sangre azul. Como ocurrió en la previa de este partido, en la que el retoño del príncipe danés se fotografió con la plantilla madridista. ¡Nosotros también pensamos en los niños!

Jugando a nada, por supuesto

24 oct

La Juve de Antonio Conte es la mejor que ha pasado por Chamartín desde 1996, cuando Vierchowod descapulló a Raúl. También, y es paradójico, es la que menos ha encogido los agitados corazones madridistas. El Madrid salió de los cuarteles como para iniciar un pronunciamiento, y a los cuatro minutos Di María ya había hecho saltar la caja fuerte: diagonal hacia dentro desde banda derecha y pase al desmarque, el número más aclamado del show del Fideo. Ronaldo definió como si pegase un guitarrazo contra el escenario. Así comenzaron unos 45 minutos en los que arrastró al Madrid hacia octavos, el campamento base, como un superhéroe de la Marvel. Hubo una jugada en la que al Bernabéu se le puso dura: Marcelo se quedó contemplando el paisaje en una de sus excursiones y Cristiano, en un alarde de solidaridad colectiva no exenta de demagogia tribunera, acompañó el repliegue y robó la pelota casi en la misma línea de fondo propia. Después, a lo Moisés blandiendo el cayado, subió el balón sintiendo cómo a su alrededor el madridismo se abría, en éxtasis, igual que las aguas del Mar Rojo. Sobre el jugador franquicia blanco gravitó un encuentro que, no obstante, rindió honores de Jefe de Estado a los dos equipos. La Juventus descabalgó al Madrid por los costados. La doble línea de presión local, muy meritoria, sobre la salida de los visitantes quedó desactivada con una buena transición bianconera. Desde ahí, Pirlo y Vidal -al que el otro día me pareció ver en el programa de La Sexta sobre las cárceles del mundo- hicieron de artificieros, lanzando balones hacia Llorente, que parecía una ventana cerrada en la que no paraban de chocar Ramos y Pepe, como moscas intentando atravesarla. Tévez y Pogba se descolgaron por el patio trasero de Arbeloa y Marcelo, y así llegó el empate, en el único error defensivo notable de un Madrid, sin embargo, muy serio toda la noche.

Con el 1-1 el Madrid decidió despertar: es el déficit más evidente del equipo de Ancelotti, al que le da vértigo administrar ciertas ventajas. Marcelo y Vidal iniciaron una pelea de bandas, el árbitro pitó, Modric mandó un pelotazo al balcón de Buffon y Chiellini quiso bailar un tango con Sergio Ramos. El penalty, que fue fruto del paso adelante del Madrid y no de uno de esos milagros con los que la prensa justifica su eslogan más antiguo y celebrado -el Madrid no juega a nada- serenó el encuentro y le quitó voltaje. El Madrid supo templarlo con un magnífico trabajo de Modric, Illarramendi y Khedira, y con un Di María al que no se le acaban las pilas alcalinas. Es el verdadero agitador del Madrid de Ancelotti, y cualquiera lo confundiría con uno de esos anarquistas repartiendo panfletos y llamando a la revolución en la Barcelona de 1920. Esos cuatro compraron la pelota y marcaron el tempo, y a la Vieja Señora se le fue la vida intentando arañar el muro de parsimonia con el que el Real mató el partido. Chiellini embarcó rumbo al Piamonte nada más empezar la segunda parte, en una acción estúpida, más propia de alguno de los centrales del Madrid de anoche. De ahí hasta el final se hicieron méritos para marcar el 3-1, pero Benzema va a tener que inmolar un buey en una playa desierta y hacer libaciones sobre sus entrañas humeantes para conjurar el funesto oráculo que pesa sobre él. Salió Bale a corretear en el 70, y tardó diez minutos en tocar el balón. Le falta swing. Al dragón galés aún se le ve desnortado, sin saber muy bien dónde quiere Carletto ubicarle. Uno se pregunta para qué sirve tener 91 millones de euros quemándote en la cartera si tardas dos meses en soltarlos. Bale, es probable, no estará a pleno rendimiento hasta enero o febrero, una vez haya asumido el rol que se le asigna en el sistema y por sus piernas corra el ritmo de la competición. El partido acabó entre vítores y abucheos. Llorente salió ovacionado del Bernabéu por segunda vez en su carrera deportiva, con lo que suma ya más aplausos en Madrid que Benzema. A Morata lo recibió un trueno en las gradas, y el muchacho volvió a saltar con la voluntad férrea de un novillero que toma la alternativa en Las Ventas. Al Madrid le queda una victoria para sellar la primera plaza del grupo, pero antes conocer el estadio de diseño de la Juve habrá que tomar el liderato este sábado, en el Camp Nou. Jugando a nada, por supuesto.

Daneses haciendo el tour del Bernabéu

3 oct

El FC Copenhague visitaba Chamartín, y como es obligado, el club puso el museo del Bernabéu a disposición de los turistas daneses. Por eso jugó Casillas. Ancelotti parece haber encontrado su pasillo de seguridad situando en la cocina a Illarramendi y en la puerta del salón a Khedira. Por en medio circula Modric, alrededor de quien gira todo el sistema solar del equipo. Emocionalmente inestables tras la visita de Simeone y sus albanokosovares, los jugadores se mostraron cómodos vertebrándose en torno al mediocentro vasco y el paracaídas tejido por Luka y Sami. La virginal pureza de los chicos de Solbakken permitió a Marcelo corretear libre por el prado que se extendía entre él y la portería nórdica: cuando el adversario no ataca la ruta 66 que empieza en el dorsal del brasileño, las cabriolas de Marcelo se vuelven homicidas para la defensa contraria. El entrenador del Copenhague es un tipo curioso. Pertenece a esa entrañable casta de técnicos tan pasionales como un fandango; es tan capaz de caerse delante de su banquillo jurándole por Thor al árbitro, como de agarrar por el cuello a Guardiola con la furia asesina de un antiguo vikingo. Tiene todas las papeletas para ser el primer entrenador del fútbol mundial que muere en directo de un jamacuco. Cuando sus muchachos estaban saliendo de la Sala Di Stéfano del museo, Marcelo colgó desde Copacabana un centro maravilloso al área chica. El portero salió tarde y Cristiano no se arredró. 1-0.

Casillas, quizá emocionado por tamaño homenaje de su colega danés, fue engullido por una melé a la salida de un córner y Modric evitó que la gracieta le costase a Ancelotti un susto, y que un rubicundo hombre del norte de nombre impronunciable pudiera contarle a sus nietos que marcó un gol en el Bernabéu. Por suerte para sus compañeros, el portero suplente del Madrid ya no salió más en pantalla. Varane, tan añorado, mantuvo la calma en la zaga con el pragmatismo de un agente de aduanas, y el partido lo sellaron los tres futbolistas de más talento sobre el verde. Fue como un calambrazo. Di María embocó de nuevo el pico derecho del área danesa, y Benzema fue otra vez el keyplayer. Pisó, se giró y taconeó al espacio, por donde volvía a entrar el argentino, descerrajando el flanco del Copenhague. Casi en línea de fondo, el Fideo centró de rabona desde algún descampado de Rosarioy CR7 electrocutó al portero con un fulminante cabezazo al primer palo. De ahí al final, carrusel de cambios y festival del canibalismo: el mejor Di María desde noviembre de 2011 remató una noche soberbia con dos buenos goles que califican con un notable su inicio de temporada. A pesar de caer en el cepo del Cholo el otro día, Fideo está reencontrándose a sí mismo, de lo cual la hinchada se congratula, puesto que de mantener este nivel es, qué duda cabe, el jugador número 13 del Madrid de Ancelotti. En el descuento y ya con 4-0, la afición del Bernabéu, siempre señorial con quienes la visitan desde tan lejos, le regaló a los chicos de Copenhague el bonus track de su tour por el estadio: la actuación de su más joven ex-futbolista, a la sazón capitán, y un remake de las viejas ovaciones demagógicas tan de moda en Chamartín a finales de la primera década del siglo XXI. Casillas parecía una cabra bailando sobre una banqueta. Lo que no vi fue al gitano tocando la pandereta.

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