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Festín de cuervos

7 may

Los días de ruido de sables me traen a la memoria el anuncio aquél con el que crecimos los niños españoles de los 90: el de Tenn. Si recuerdan, en el spot publicitario aparecía un tipo vestido de crupier y con cara de dandy tanguero de los años 20, y repasaba la pared -que un rato antes había limpiado una esforzada ama de casa- con un algodón. Al retirar el algodón, el señor lo mostraba a la cámara todo negro y lleno de mierda, y sonreía al asombrado espectador mientras le decía aquello tan inmortal de el algodón no engaña. Esto es un poco así. Tras no meter el gol que lo separó de Wembley, el Madrid está viviendo unos días terribles, de incesante desplazamiento de placas tectónicas y sordo crujir de vigas apolilladas. Mourinho, como el galán del anuncio, está consiguiendo sacar a la luz toda la suciedad acumulada en la institución, sólo visible al trasluz de los hechos. La realidad siempre llega a su punto de torsión. Tertulias radiofónicas, debates televisivos y columnas de prensa llevan voceando una semana la caída de Constantinopla, y algunos ejemplares de lo más granado de la intelectualidad futbolística del vestuario madridista se lo están creyendo. Es el caso de Pepe. El central portugués, asumiendo el papel de uno de esos pretorianos dispuestos a jugar a los tronos apuñalando al emperador para colocarle la corona de laurel a un cabo furriel, se ha puesto encima suya, sin saberlo, una gigantesca diana móvil al socavar públicamente la autoridad de Mourinho y reprenderle ante un los micrófonos lo que él entendió como una crítica del técnico a Casillas. Pepe, como Freddo Corleone, escuchó campanas sin saber dónde y corrió a traicionar al hombre que más le ha defendido como persona y como profesional en los momentos críticos de su carrera en el Real Madrid. Como cuando toda España, al grito de ¡asesino! se lanzó a crucificarle por toser a Iniesta y acariciar a Messi. Es grotesco presenciar cómo los periodistas que exigían con fiereza su despido fulminante, y lo denunciaban como una deshonra histórica para el Madrid, acogen ahora alborozados su repentina confesión. Como abrazaría un inquisidor dominico a un condenado relapso a los pies de la hoguera, en un ejercicio de cinismo e inmoralidad tan repugnante como miserable.

A lo mejor Pepe, como esas cabras montesas a las que veíamos, en los documentales de la 2, trotar desesperadamente por el risco sintiendo acechar el vuelo del águila, lo único que ha hecho es dar ese paso en falso tras el cual el stuka del reino animal la despeñaba inmisericorde con un levísimo soplo de aire. Sé que el fútbol, y a la postre la vida -que no es más que eso que pasa entre semifinal y semifinal de la Copa de Europa, pues nos pasamos la vida entre abriles y todo lo demás es comedia de entretenimiento- es mucho más sencillo que todos estos complicados planes geoestratégicos con los que nos masturbamos los hinchas entre que llega y no la final de Copa; pero si del tipo que ha reinventado a Helenio Herrera en el fútbol moderno no podemos esperar un poquito de samba maquiavélica, qué nos quedaría, si no. Sería un aburrimiento. Los cuervos graznan con furia: es su momento. Largo plazo, meritocracia, independencia institucional y estabilidad son alpiste para estos carroñeros de lo emocional que han visto, en el meneo de Klopp en Dortmund, su oportunidad tan largamente esperada. Y en las miserias humanas -Casillas, Pepe- han encontrado, como esos tiburones hambrientos que por fin olisquean la sangre, la cuña con la que percutir en el corazón del gigante. Nada como el melodrama folletinesco en el que un pérfido ogro extranjero -¡un portugués!- encierra en el torreón de su castillo a la princesa destronada -el Yerno de esa España paleta que todavía sigue con el pueblo colgando de la espalda, como el hatillo lleno de chorizo y cantimpalo con el que Alfredo Landa se fue a Alemania- para alienar a la masa hasta convertirla en turbamulta. Como dicen los que saben, a esta trama oscura que es compendio de todas las debilidades humanas, le falta todavía un giro argumental definitivo. Un golpe de guión sensacional que cual manotazo final en el timón del barco resucite de repente al león moribundo y lo abalance sobre los cuervos que ya se huelgan con el festín de sus tripas.

Extratémpora

1 may

La derrota apenas si tiene dignidad. Es como la muerte. Cuando se acerca el momento fatídico, muy pocos consiguen encararla con la entereza apropiada. La diferencia es que, al contrario que palmarla, tras perder sigue habiendo vida. Uno se ve obligado a continuar con su rutina, y eso requiere cierto grado de confianza en las certidumbres propias. La derrota es como un entierro de la sardina a lo grande: se termina de golpe un carnaval, y debajo de las máscaras cada uno se queda con lo que tiene. Por supuesto, hay a quien de repente se le cae el maquillaje y se le ven todas las arrugas de golpe, como una aparición fantasmal que cubre de años lo que parecía joven y puro, y hay a quien las cicatrices le recubren de un halo venerable. Como de chamán antiguo que vuelve de un trance para contarle a los pipiolos de la tribu las viejas batallas alrededor de una lumbre, en el desierto. El Madrid de Mourinho se quedó anoche a un gol de Wembley, después de haber cargado una y otra vez sobre la portería borussia durante 95 minutos. Fue hermoso, terrible, cruel, todo a la vez. En los primeros 10 minutos se pudo haber logrado, pero Higuaín selló su destino para con la Historia mandando al limbo el 1-0. A partir de ahí, a Götze le entró un dolor en el flequillo, Klopp lo sustituyó por uno de esos zapadores rubios de nombre consonántico con los que asfaltó el centro del campo, y el Madrid sólo pudo parecerse a la 326 en Sbodonovo. Cada vez llegaba a los cañones alemanes con menos hombres. Pero llegaba. Sergio Ramos sacó del partido a Lewandowski, sosteniendo con él un combate feroz, sangriento, grecorromano, y Diego López alargó el hálito madridista con una parada de cinemascope. Cuando en Westfalia ya se festejaba el pase a la final, el Madrid intentó un último golpe de mano que no sólo empañó las gafas de Klopp, como pedía Jabois, sino que cortó el aliento de millones de personas, en la ciudad y en el mundo. Dos goles que iban a ser tres si un alemán, cuyo nombre no alcancé a leer pero que sin duda pertenece ya al género de la historiografía que se ocupa en glosar a los anónimos que escribieron la Historia desde bastidores, no se llega a tirar en el suelo como alcanzado por un francotirador. Exactamente ahí se terminó el partido, puesto que el Bernabéu, convertido en Circo Máximo de Roma, había entrado ya en esa cuarta fase apocalíptica en la que las tribunas se vuelven leones cuyas zarpas rozan, físicamente, el rostro de los rivales, de pronto engullidos por la propia grandiosidad tribal del escenario. Pasaron tres minutos y el Madrid sólo tuvo una última carga, infructuosa. Ahora espera un mes de incertidumbre, inquietud y revanchismo. Las ratas merodean el cuerpo caído del águila, hincando dientes ya sin mesura en la carne todavía caliente, pero unos pocos todavía creemos en que a partir de junio se ha de volver, más y mejor preparados. Por que en eso consiste ser madridista: en una hidalguía extratémpora, fuera de los tiempos señalados por tanto Caifás hispánico que ayer pregonaba ufano sobre el futuro del Madrid en tertulias de radio y televisión, como un león aconsejando a un ñu la manera más segura de vadear el riachuelo.

Némesis

25 abr

Anoche el Madrid sacó a pasear todos sus antiguos fantasmas alemanes justamente el día más inoportuno para hacerlo. A pesar de haber jugado 2 veces en esta misma campaña contra los muchachos de Klopp, Mourinho fue incapaz de superar tácticamente a un equipo que volvió a aplanar al Real como si de la caballería polaca se tratase. Alemania, al ser una nación tenaz en su implacable voluntad de poder, se ha erigido siempre como la némesis del Madrid: los iguales se repelen, y cada visita madridista al suelo germánico es como una recreación extraordinariamente fiel de los círculos del infierno de Dante. Como si no hubiesen jugado dos semifinales de la Copa de Europa anteriormente, los jugadores del Madrid, todos curtidos en partidos de rancio abolengo y nervio fuerte, se asemejaron a una partida de becarios en su primer día en el equipo de Frank Underwood. Pepe, el mejor central que ha defendido la blanca desde Fernando Hierro, fue caricaturizado por Lewandoski. Este delantero, que le ha marcado esta temporada más goles al Madrid que Messi en la mitad de partidos, realizó ayer un encuentro portentoso, digno del escenario y de la competición. Él sólo fue capaz de convertir en dos guiñapos tanto al 3 como al 2 blancos: como una terrorífica tuneladora, horadó los cimientos de una defensa a la que las bajas de Arbeloa y Essien dislocaron irremediablemente. Como un extraordinario muelle, el Borussia de Dortmund no ofreció ningún tipo de cuartel a los jugadores madridistas, ni a lo largo ni a lo ancho del tapete verde. Klopp fue quedándose con todos los peones del centro del campo del Madrid hasta dar jaque-mate al castillo de proa blanco, machacando uno tras otros a Xabi -horrible-, Khedira -nefando- y a Modric, aplastado por el despliegue prusiano de la segunda línea borussia, verdadero martillo de este equipo. El Madrid perdió todas las segundas jugadas, y así cedió tres de los cuatro goles. Todos los viejos espectros de la historia del Madrid en Alemania se pusieron a danzar al mismo tiempo alrededor de once hombres desquiciados por un contexto al que no han sabido hacer frente, y el Madrid de Mourinho está a un paso de convertirse en otro de esos grandes equipos fulminados en la orilla de la misión histórica del club.

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