Archivos por Etiqueta: Madrid

Deus ex machina

30 mar

Antes de la lluvia, cierra bien la puerta. El Bernabéu estaba medio vacío, y me imagino por qué. Hacía frío, llovía y el metro atestado de gente y de humedades es una mazmorra infernal. Les comprendo. Hay días en que el hecho físico de ir a ver el Madrid requiere un ejercicio de fe. De voluntad. Tanto da si hay que desplazarse al bar o al estadio. Ayer era uno de esos días. Lluvia ácida sobre Chamartín y en las tribunas se veían las letras blancas sobre el azul predominante de la platea del Bernabéu. Mal asunto. El madridismo transita por el punto más bajo de confianza en sí mismo de toda la temporada. Toda la autoestima de este equipo se esfumó de golpe con el 3-4 del domingo pasado. Encima, Klopp está cruzando los Alpes montado en elefante, y lo que hace una semana era un rival antaño temible venido a menos y con muchas bajas, es ahora, otra vez, el ogro amarillo de Westfalia. No importa que vayan a jugar 4 de los titulares que machacaron a Mourinho cuando su Madrid ya era un Frankestein. Este equipo ha sido capaz de resucitar a Messi y hacer de Rakitic un espectro caníbal: vuelven a verse sombras rubias tirando paredes al primer toque por las marquesinas de La Castellana.

Se presentaba Jémez con su Rayo de diseño pero a nadie parecía importarle un carajo. Ni Jémez, ni su Rayo, ni el partido. Paco Jémez, otrora conocido como Paqui el de la Larga Cabellera Gitana al Viento, es un tipo curioso. Ha sabido reinventarse a sí mismo con una maestría digna de aplauso. De central tosco, feo, arrabalero, cuyo logro más singular fue quitarle la titularidad a Fernando Hierro en la Eurocopa del año 2000 y jugar en la UD Las Palmas que ganó al Madrid de Zidane -en sus primeros partidos en España, cuando el Madrid era un ente faraónico que fascinaba y repugnaba por igual a las masas y todo el mundo quería ganar al Madrid de Zidane para salir en el telediario- a entrenador de culto. Calvo, con sus foulards y sus camisas rosas, sus fotos en blanco y negro y su labia de vendedor de crecepelos. Es encomiable la labor de este hombre, el empeño que ha puesto en comprarse otra identidad. En construírsela. Cae en gracia a la opinión públia, y por eso su Rayo es un paradigma del fútbol HD a pesar de ser el equipo más goleado del campeonato. Así se escribe la Historia. Su Rayo, no obstante, vino al Bernabéu sin convicción, consciente de que se cruzaba con un Madrid borracho y loco. El 5-0 estaba ya escrito en la cara de Ronaldo cuando las cámaras lo enfocaron en el túnel de vestuarios.

Ancelotti recompuso el lateral izquierdo pensando en los alemanes. Coentrao jugará el miércoles, esto lo sabe hasta el último emperador de Constantinopla. Marcelo ha pasado desapercibido en el repudio colectivo que se ha hecho de los laterales del Madrid en la última semana: todo el escupitajo se ha centrado en Carvajal, pero el salón del cómic del otro día en Sevilla ha pasado factura también para él en la pizarra de Carletto. Peperamos recuperó su sitio, y sólo queda agarrar bien fuerte las cuentas del Rosario y drogarse antes del partido del miércoles para verlo todo como en una nebulosa tridimensional. Modric, con fiebre, se quedó fuera: todo el mundo pudo ocuparse ya sin rubor en criticar abiertamente a Xabi Alonso. La tormenta se ha llevado por delante la intocabilidad de su figura, hasta hace unos días venerada como una reliquia de beato en el Madrid. La gente que fue al Bernabéu anoche estaba como poseída de una furia iconoclasta: se pitó a Cristiano Ronaldo por no cederle un gol cantado, con 4-0, a Morata. La mente colmena de este estadio es laberíntica, está sembrada de cadáveres, de opiniones de Roncero esculpidas en mármol y de nauseabundas  portadas de Marca. Ayer se silbó a Benzema y también a Diego López, siendo aplaudido de nuevo Morata, quien el día del Schalke por poco no tiene que salir del campo protegido por la UIP.

Diego López es ya el Cachorro en Viernes Santo atravesando el puente de Triana. Cualquier día se arranca uno de la grada y le canta una saeta. Con este hombre están haciendo una carnicería mediática absurda, rastrera, ruin, peligrosa. Nada que no le hubieran hecho antes a Capello o Mourinho, pero no menos lacerante por eso. De Diego molesta ya hasta su misma presencia física: no me extrañaría que Relaño sermonease a las masas desde su púlpito en AS pidiendo que lo recluyan en una celda. Benzema, el mejor jugador del Madrid en este momento concreto, fue pitado porque hacía frío en el Bernabéu, llovía a cántaros, en el sofá de casa se está mucho mejor y qué coñazo estar aquí viendo a estos mataos pudiendo ver Los secretos de Laura en DVD, que me los ha regalado mi cuñado. Ronaldo marcó el primero, Carvajal definió con la zurda el 2-0, Bale metió el tercero, también en cuarto en recorrida memorable a la que quizá dediquen un artículo en Ecos del Balón, y Morata cerró el partido con un latigazo desde fuera del área muy macarrónico, heterodoxo y bello. Le sienta bien el rapado al chaval, sigue teniendo la misma pata de palo pero así guarda un aire subversivo, rebelde, como de antihéroe desesperado dispuesto a sacrificarse fanáticamente al final de la peli, por el bien común. El Madrid está ante una encrucijada de la que sólo puede sacarle un resultado asombroso y favorable, muy favorable, el miércoles ante el monstruo de Klopp: pero eso también es el Madrid, quizás. Un Deus ex machina esquizofrénico.

Las 5 de la tarde en Getafe

17 feb

Hay gente que cree que Madrid, en realidad, son dos ciudades. Una en el norte ordenada, limpia, de amplias avenidas arboladas por donde se distribuyen con germánica geometría embajadas, boutiques, gente con gomina, oficinistas de Deloitte y techos oscuros de pizarrallenas de modernos adosados, con sus señores mayores paseando al perro en bata pegados como con velcro a las señales de stop, y otra en el sur: un inmenso plató cinematográfico, una Cinecittá exótica, repleta de negros, moros, chinos, dominicanos y andaluces que se mueven entre Lavapiés, La Latina y Parla. Una megalópolis sucia, fea, destartalada, heterogénea, ruidosa, socialista, que huele mal y usa el metro. El Madrid es, con Mercadona, lo único que cohesiona a los madrileños de ambos hemisferios. Por eso cada vez que baja al sur, el Real se dota a sí mismo de un ecumenismo redentor, de una gracia sacramental, casi eucarística: no había más que ver a Florentino, dejándose fotografiar por la plebe en chándal en el palco del Coliseum Alfonso Pérez. El gran chamán permitiendo que la gente normal inhalase un poco de los vapores del poder. Puedo apostar la mitad de mis colonias de ultramar que algunos de los íntimos de Florentino Pérez creen que Getafe está en África, pero para eso existe el Madrid, también, cuya grandeza aspira a evangelizar incluso el polígono amorfo y metropolitano que se extiende por su patio trasero.

El partido, en sí mismo, terminó al minuto 5. Jesé agarró un balón en el carril izquierdo del ataque blanco, gambeteó como si lo manejaran con un joystick, se perfiló para el disparo con la derecha y alojó el balón en las redes del palo largo de Moyá. Un gol de Playstation que rasgó la tarde como un rayo, y que vino a ser como el estruendo definitivo de la caída de la puerta. Jesé ha trepado a lo alto del muro, y ya es uno de los nuestros. Está en las calles, es un soldado, ha pasado el período de prueba. Don Carlo ya confía en él como en un viejo capo; también resuelve encrucijadas antes de llegar a ellas. Al Getafe no le dio tiempo ni de incordiar: a los seis minutos ya era cadáver. De ahí hasta el final el Madrid se rondó la necrofilia con desgana, puesto que tampoco había necesidad. Luis García Plaza, el técnico local, Luisgar, como se choteaban los cuatro parroquianos de la grada local, dispuso sobre el verde un once lleno de jubilados, pensionistas y desahuciados del balón. Gente que un día contrató una hipoteca con el fútbol de élite y la está terminando de pagar en Getafe, como Gavilán, Colunga, Valera, Lafita o Juan Rodríguez. Unos tíos que son el anti-glamour, que te los encuentras andando por la calle y ni siquiera reparas en sus caras. Mira, hijo, ese que acaba de subir al autobús con las bolsas del Lidl es un jugador del Getafe. La burbuja balompédica también se hinchó en los buenos años pasados, hasta el punto de que un equipo de polígono se vino tanto a más que casi descalabra al Bayern en una Europa League. No obstante, ahora purga sus pecados, flotando en medio de la Primera División con la angustia del parado que va agotando los 400 euros de la ayuda. Los pocos que completaron la mitad del aforo del Alfonso Pérez -60 euros la entrada más barata, vive Dios- pidieron su dimisión con alguna animosidad, aunque sospecho que gritaban para quitarse el frío, no con verdadero ardor de hincha cabreado. Pues, a fin de cuentas, ¿quién, en esta vida, puede ser honestamente del Getafe?

Si el primer gol fue un prodigio de la naturaleza, el segundo resultó el triunfo de la mecánica. Tras 20 minutos meciéndose al tibio sol de febrero que pegaba en un lateral del campo, el Madrid rebañó una pelota en su propia frontal de área y de repente se desperezó. Di María se lanzó por el carril izquierdo recordando sus años de adolescencia punk mourinhista, y con el catalejo observó cómo Benzema traspasaba con su desmarque la línea de 3 local, que reculaba como poseída. Le mandó una parábola perfecta, que el esteta cabiliano (gracias, Calote) atrapó con el pecho, a la manera antigua en que los beduinos del Norte de África montaban el rifle sobre el caballo al galope. El gol sumió al partido en un ir y venir insulso, sin ningún tipo de estímulo emocional. El Madrid tenía lo que quería, otra vez con gasto cero, y el Getafe también: a fuerza de correr con melancolía detrás de los jugadores de Ancelotti, consiguieron la paz, piedad y perdón de Azaña: que no se ensañaran. Modric, Alonso, Di María, Jesé, Bale y Benzema trotaron de aquí para allá salvando algunas patadas a destiempo de los locales, más estacazos que caían un segundo tarde sobre las piernas visitantes que verdadera cacería frustrada. Luego me quedé dormido hasta que el tercer gol de Modric me despertó. Vi a Luka sobre la bombilla del área del Getafe y por un momento pensé que iba de verde y estaba en Manchester. Disparó colocada, no demasiado fuerte, pero tan bien dirigido el balón que Moyá no pudo alcanzarlo: fue la afirmación de la civilización. El Madrid, sin hacer nada, mantuvo el paso de Atlético y Barcelona y ahondó en las tres claves del juego. Naturaleza, mecánica y el chut, que no es otra cosa que la victoria del individuo sobre el totalitarismo del pase y la tiranía del gambeteo en solitario. El trallazo desde lejos remite el fútbol a gente como Modric, Alonso o Ronaldo, capaces de matar con el mando a distancia y destruir porterías como si fuesen ciudades fluorescentes en el radar de un caza.

Terribilitá

6 feb

Un buen partido del Madrid, un partido grande de verdad, deja una desoladora evidencia: no se puede escribir nada mejor que lo que uno ha sentido viéndolo. Cuando el Madrid juega poseído por un furor dionisíaco, aplasta. Casi siempre al espectador y generalmente a los rivales. El Madrid de Ancelotti había transmitido ideas, nociones más o menos abstractas, conceptuales, pero hoy fue terribilitá. Me recordó, en cierta medida, a la vuelta contra el Dortmund del pasado mes de abril. Desde entonces no había visto un Real tan efervescente: el Bernabéu parecía una cerilla gigantesca, a la que sólo había que prender con un poco de gasolina. Las dos derrotas frente al Atlético tras 14 años de hegemonía amable, sencilla, paternal, habían tocado algunas teclas. Una parte de la afición recibía a los rojiblancos con aprensión -elegante eufemismo de jindama- pero otra emuló al Coliseo rugiendo con la salida de unos cristianos a punto de ser devorados por el león. El equipo se contagió de la ira colectiva y decidió ajustar cuentas pendientes desde el pitido inicial dominando el territorio de lo emocional, lugar donde a este grupo forjado por la gubia de Mourinho se le han terminado yendo las grandes ocasiones.

La primera media hora fue carcelaria. Arbeloa, Ramos, Pepe, Coentrao y Xabi Alonso desquiciaron a Diego Costa. Cada vez que el balón se acercaba a la trinchera madridista, las cámaras lo grababan todo con el plano cenital con el que los telediarios retransmiten desde un helicóptero los motines en los presidios de Sudamérica. Fue una lección de balompié subrepticio, del que nunca salió en las Futbolecciones de Valdano. Costa, que es un extraordinario delantero centro, también es avezado en la suerte del navajeo en corto. Ayer encontró en eso rivales de altura. Pepe y Ramos, disfrazados de 2012, lo engancharon por derecho: parecían dos subalternos pegándole muletazos. Entre quite va y quite viene, Arbeloa le tarascó tres o cuatro veces sin que Clos Gómez lo viera. Así es como zurran los artesanos del oficio, siempre en la nuca del árbitro. Coentrao y Xabi se iban turnando en la suerte de banderillas, y sobre el minuto 35 Diego Costa era un miura al que habían pasado ya por el caballo del picador. El ejercicio de punch colectivo del Madrid, anoche, fue soberbio, ejecutado con inesperada eficacia. Pepe nunca perdió el temple, y en su cara volvió a asomar la sonrisa esquizoide que tanto echábamos de menos. Debajo de esa apariencia sacerdotal, oculto tras esa melena de seminarista repartiendo biblias a la puerta de un instituto, todavía late el pandillero de Stanley Kubrick. Ancelotti le administra el litio con mano experta, y de momento Kepler rinde a niveles notabilísimos.

Suyo fue el primer gol. Sujetos Costa y anulados Turan, Diego y Koke, el Atlético quedó maniatado por la hiperactividad de Modric y el vuelo corto de Di María, Jesé, Benzema y Cristiano alrededor de la frontal de Courtois. El Madrid tanteaba la rocosidad de la pareja Miranda-Godín con combinaciones fugaces en tres cuartos de cancha y llegadas hasta la línea de fondo, pero el blindaje lo hizo saltar Pepe con un trallazo desde el loquero. Se aventuró hasta el limes de los centrales, que es esa zona desde la que se ve muy grande la portería del contrario y atrás queda todo un océano infestado de piratas, y  chutó con determinación. El balón golpeó en Insúa, un tipo al que Simeone ha alistado para el lateral izquierdo, y la trayectoria se desvió en una bonita parábola que Courtois sólo pudo seguir con la mirada. El gol fue justo y desde ahí sólo existió el Madrid, que redujo al líder de la Liga a una pequeñez impropia de la condición mostrada durante toda esta temporada. El Atlético de Simeone, por fin, se parecía a las miniaturas enloquecidas que el Madrid almacenaba en un estante del salón con pulso de coleccionista tras cada derby.

En la segunda parte el Atlético bombeó un par de balones sobre la portería de Casillas, al principio, en un amago de reacción forzada, pero tras varios esláloms de Modric -que ayer parecía Alberto Tomba esquiando entre la impotente medular atlética- el juego siguió por la pendiente por la que se había volcado el Bernabéu hacia la portería contraria. Los locales continuaron tan conectados al partido que no cedieron un palmo por el que la Mara del Cholo pudiera meterse. Parecían el mejor Milan de Ancelotti, por cómo competían. Ramos y Pepe adelantaron la defensa madridista tan arriba que asfixiaron cada salida del contrario, permitiendo al trivote centrocampista un mayor margen a la hora de recuperar, posicionarse y salir jugando. El Madrid rescataba balones en mitad de la selva rojiblanca y llegaba con toda la tropa al área adversaria, de manera que casi siempre la segunda jugada, el rebote y las esquirlas caían de nuevo a los pies de los blancos. Alrededor del minuto 20, en la segunda parte, Di María caminaba como un funambulista desde el carril izquierdo hacia el pasillo central, y Jesé, Cristiano y Benzema iniciaron un desmarque de ruptura a la vez. En manada. El argentino envolvió con el empeine una pelota prodigiosa, geométrica, al hueco por donde apareció Jesé adelantándose a su marcador. El canario acompañó la trayectoria natural del balón con su bota derecha y Courtouis se lo tragó. Con el 2-0 el Madrid se desató mientras Chamartín bullía en un éxtasis grupal. Di María culminó su partido limpiando a Diego Costa para la vuelta dándole un rodillazo en las costillas después de hacerle falta. Costa, a esas alturas, fuera del partido, respondió con un empujón que lanzó al aire a Di María en las mismas narices de Clos Gómez. La picardía fue tan inteligente que podía haber salido en el Guzmán Alfarache de Mateo Alemán. A partir de ahí el Madrid se dedicó a surfear la ola del Bernabéu encendido, que cuando truena parecen oírse las trompetas del Apocalipsis y tiene la fuerza destructiva de un temporal en el Cantábrico.

El Atlético sólo estuvo una vez cerca del gol: con 2-0, Godín remató un córner en el que Casillas se quedó leyendo el horóscopo y bajo palos llegó Modric, disfrazado de superman, para sacar una pelota que se envenenaba hacia el 2-1. Justo después llegó el 3-0. Di María condujo hasta que se le apagó la luz, y decidió chutar desde lejos. La pelota dio en el tacón de Miranda, que se quitaba para no molestar, y como en el 1-0, Courtois la maldijo con la mirada. Ahí terminó un partido extraordinario que añoró a Cristiano, que anoche sólo veía una mancha roja. Ronaldo parece afectado por la verbena de Ayza Gámez, el comité y la inexplicable sanción: frente al Atlético se movió por impulsos instintivos, cegado por un salvaje egoísmo al final, viendo que se le ganaba 3-0 al odiado rival sin ningún gol suyo. Ancelotti dio por fin el golpe emocional que el Madrid necesitaba para encaramarse a la primera final de la temporada, y los agoreros empiezan a mirar el cielo esperando una señal que confirme sus oscuros vaticinios. De momento, el cielo sigue despejándose, y en 10 partidos jugados en 2014 el Real sólo ha encajado un gol. Al Calderón deberán marchar los antidisturbios, puesto que cosas más grandes ha visto Carletto, pero el poso heroico de una victoria sin contestaciones se queda ya en los paladares propios. También en los ajenos.

Fondo de reptiles

3 feb

Carlos Gurpegui es una especie de icono popular del Athletic Club de Bilbao. Suspendido desde 2006 hasta 2008 por unos indicios de dopaje, a su regreso fue aclamado casi como un William Wallace de la hinchada rojiblanca: un mártir del aparato represor del Estado, a quien, sin ningún género de duda, la Audiencia Nacional raptó después de un partido en 2002 contra la Real Sociedad. Tras llevárselo a Madrid con todo secreto y dejarlo en la mazmorra donde Orlov torturó a Nin, turbios Mengeles en batín blanco le inyectaron metabolitos de nandrolona en la sangre. Tantos, que cuando lo soltaron en la puerta de Anoeta, a los dos días, desorientado y con los ojos vendados, el pobre muchacho no tuvo más remedio que mear en un bote la evidencia con la que la Federación Española lo apartó algún tiempo del fútbol profesional. Por tramposo. Anoche, este héroe marginal del balompié euskaldún le recitó la Chansón de Roland al oído a Ronaldo cuando el marcador lucía 1-1 y el Madrid empujaba al Athletic hacia el ombligo de Iraizoz. Cristiano se lo quitó de encima con un aspaviento infantil, de irritación espontánea en el patio del colegio, y el Quasimodo pamplonés se desplomó desde el campanario de Notre Dame con mucho alboroto y clamor nacionalista en el Nuevo San Mamés. De repente una turba rojiblanca ahogó al Aquiles del Madrid, zarandeándolo como si fuera un picoleto en medio de una operación contra el comando Vizcaya, y Ayza Gámez lo expulsó con un servilismo propio de lacayos.

Fue el clímax de un partido corrosivo, en el que ambos equipos se habían llevado 75 minutos metiéndose los dedos en los ojos mutuamente. La brega fue desigual porque Ayza Gámez arbitró con mezquindad: permitió a los locales toda clase de tretas atrabiliarias para frenar a Cristiano Ronaldo, y ejerció una severidad desmesurada para con los visitantes. Su actuación sólo fue determinante en la expulsión del madridista, pero eso castró al Madrid, desquiciándolo para lo que quedaba. El equipo de Valverde, magnífico entrenador ninguneado en Bilbao por quienes compraron todo el crecepelo que les vendió Marcelo Bielsa, se aplicó con ímpetu estajanovista sobre el eje del Real de Ancelotti: Xabi y Modric. La primera parte les pasó por encima a ambos, literalmente: el balón iba y venía como una pandorga, y cada vez que Luka contactaba con él era para decirle hasta luego. Xabi, superado por un ritmo demasiado alto para su cadencia de John Deere, se ganó una amarilla tras varias escabechinas con Mikel Rico, Iturraspe y Ander Herrera, que parecían replicantes de Blade Runner. Desbordado por la incapacidad manifiesta de los laterales, Pepe, Ramos y Di María achicaban espacios mejor de lo que pareció en directo: al descanso se llegó con un sólo disparo de Aduriz, que salió desviado. Ninguno a la puerta de Diego López, a pesar de que los tiempos fueron marcadamente locales.

Sólo Jesé, que estrenaba titularidad liguera, rompió el relato cáustico del partido. Su desempeño fue notable, presionando con criterio y esforzándose por ayudar cuando en el equipo saltaba el DEFCON 2. La segunda parte, no obstante, cambió esta tendencia: el Madrid salió volcánico, decidido a golpear. Modric se deshizo por un instante de los grilletes de Valverde y pudo meter el mismo gol de Manchester después de que Karino bajase una pelota llovida en la frontal con la violencia fugaz del estribillo de su canción con Rohff. Con su paso adelante se vino un Real flamígero. Avisó Benzema con un disparon potentísimo a la escuadra que atajó Gorka, y fue el preludio del 0-1: el francés lanza a Cristiano como un galgo, y éste la pone en el punto de penalty donde llegaba Jesé puntual como un AVE. El canario remató estirando la punta de su bota, a lo capocannonniere, y uno se pregunta si dentro del chico no habitará el 9 con el que sueña Morata por las noches.

Cuando el Madrid parecía decidido a finiquitar el resultado y dejar la Liga en un mano a mano madrileño, Ibai cazó un rechace etéreo (de esos que suele dejar el Madrid flotando sobre su área, como invitaciones al caos) y empató el partido. El chico acababa de entrar, botó una falta y reventó el rebote, como queriéndolo vivir todo demasiado rápido. El Nuevo San Mamés, que es un estadio precioso que las instituciones públicas vizcaínas le han financiado sin ruborizarse al Athletic con la naturalidad con la que en España se aceptan las cacicadas consumadas, rugió oliendo el aquelarre. El Madrid quiso aprovechar el desconcierto para volver a golpear, pero Gurpegui fue tumbado por una ola del Cantábrico y Ayza repartió democracia a la manera en que se viene desarrollando el sistema en el País Vasco desde la Transición: amarilla para los nuestros y roja a los de fuera. Pura metáfora. De ahí al final Ancelotti limitó daños: metió a Illarramendi por Jesé casi en el 80, y luego a Morata y a Varane sin tiempo para que rompieran a sudar. El italiano, conservador en el más estricto sentido de la palabra, demostró reflejos de galápago en la dirección de campo. La jornada, a pesar de todo, fue positiva en términos estratégicos: neutralizada la desventaja con el Barcelona, el Atlético de Madrid sigue a un partido de distancia. El partido arroja menos dudas sobre el equipo que las sugeridas por el ambiente. Sin embargo, donde no llega luz alguna es a esa zona tenebrosa,  Mar de los Sargazos administrativo, que rodea de pronto al Real Madrid cada vez que tiene a tiro la cabeza de la Liga. Es como si, oteando en el horizonte la posibilida de superar al Barcelona, de pronto la LFP abriese un armario lleno de fantasmas y al Madrid lo encerrasen en un cementario con Iker Jiménez.

Don Blass

21 nov

Manco, cojo y tuerto. Lo llamaban Mediohombre y sin apenas recursos, ni ayuda -como suele ser habitual en esta triste España- contuvo durante casi medio siglo el deterioro implacable del poderío terrestre y naval del viejo león hispano en el Mediterráneo, en el Atlántico, en el Caribe y en el Pacífico. Su nombre, y su legado, está en boga desde hace algunos meses gracias a la inestimable labor del Museo Naval de Madrid. Es asombrosa la batalla sorda y pertinaz que lleva sosteniendo esta institución contra el olvido. En un país donde la memoria yace enterrada en una fosa común, bajo una lápida erosionada por el tiempo donde reza, gastado, el epitafio Desinterés, esta pequeña atalaya de la Historia de una nación en el mar resiste la desidia colectiva y los recortes presupuestarios de administraciones repletas de arribistas analfabetos. Su trabajo es admirable y heroico. Sólo te ruegan una aportación ínfima, 3 euros, antes de abrirte las puertas de la habitación más homérica de la identidad española a través de los siglos. Tres euros. Calculen. Un café en Starbucks, un cubo de cervezas en La Sureña, una quiniela con tres columnas. Una miseria. La cuestión es que el Naval de Madrid, caballería ligera en el regimiento museístico de la capital de España, ha devuelto a la actualidad la figura del marino más grande de la Historia del antiguo imperio. Y aunque la actualidad mediática es una ramera de Babilonia de efímera belleza que sólo consigue atraer la atención de la opinión pública durante un instante fugaz, esquivo y volátil como pompa de jabón, algunos españoles más conocen las hazañas de tan ilustre antepasado; algunas voces se han alzado pidiendo su nombre en algunas calles, y grosso modo, la gloria de su recuerdo ha iluminado por un segundo el panorama cultural de nuestro país.

Dejando a un lado la consideración -o el brindis al sol- desiderativa de cuán necesarios serían más Blases de Lezo anónimos en la España de hoy que afrontasen con coraje y resignación la batalla cotidiana con lo que haya en las alforjas, sea mucho o poco, la visita al Museo Naval me trajo algunas reflexiones a las mientes. Lo de las calles, por ejemplo. Párense un segundo en mitad de cualquier rúa, sea en Madrid, en capitales de provincia o en pueblitos de la periferia. Miren los rótulos. En España, cualquier milpesetas tiene una avenida e incluso una glorieta con su nombre. De hecho, esta circunstancia es como una especie de veleta de la Historia política de esta nación: marca nítidamente el derrotero de los vientos que, en cada tiempo, mecen a los españoles. Cuántas plazas mayores han pasado, en menos de cincuenta años, a llamarse ininterrumpidamente de Alfonso XIII, de la República, de los Generales, del Caudillo, de Juan Carlos I. La toponimia urbana es breve, como la juventud, pero, ¡cuánto oprobio da el ver según qué cosas! Una de las calles más significativas de Madrid, estación de metro incluida, tiene el nombre de uno de los generales que, amén de traidor (que se lo pregunten a Prim) fue además oscura gloria local de nuestro XIX turbulento: O´Donnell. Inciso: cuán decimonónica es dicha toponimia urbana madrileña, marcada espectacularmente por tan decisivo como injusto siglo. Fíjense, fíjense bien. Y vayámonos a cualquier pueblo andaluz, donde el ignominioso nombre de Blas Infante -curiosa tocayía- usurpa parques, bulevares, paseos. Además de termómetro inmejorable de la temperatura secular de España, la rotulación callejera es el símbolo más evidente de la ingratitud nacional para con los héroes. Los de verdad, me refiero. Con hache mayúscula. Como Blas de Lezo.

Que Blas de Lezo no tenga una calle, o apenas un túmulo de dudosa estética figure en su Pasajes natal, no deja de ser si no una anécdota más o menos irónica. El problema es estructural, y la prueba del algodón está en los libros de Historia. Me crié sin haber oído jamás el nombre del comandante vasco. Ni en el colegio, ni luego en el bachillerato. El XVIII y su epopeya en Cartagena de Indias quedaron soslayados bajo ambiguas frases sobreimpresionadas en negrita: durante el XVIII y tras la Guerra de Sucesión, España fue perdiendo paulatinamente el control del monopolio con el comercio en América, y sus posesiones de ultramar fueron sistemáticamente atacadas por ingleses, franceses y holandeses. Fin de la cita. Debajo de estas tres oraciones cuya confección alberga ese matiz frío, casi mecánico, del academicismo -y más en concreto, del academicismo de Santillana, ergo PRISA, sujeto a intereses espúreos que se yerguen en yugo invisible de la educación de los infantes españoles en democracia- se esconde un fabuloso tesoro que quedará oculto toda la vida para aquellos niños que, luego de ser hombres, no tengan ni la suerte, ni la curiosidad y el interés de toparse con nombres como los de Lezo, o Luis Vicente Velasco, o tantos otros; un Dorado de heroísmo, amargura, Historia, mitología; una cueva llena de prodigios, de hombres formidables, de sucesos extraordinarios, de valor, cobardía, sacrificio, lealtad, traición, vida y muerte. Han de ser guerreros solitarios como Pérez-Reverte, quienes desde su privilegiada posición de altavoz mediático difunden estos retales de la memoria de la nación española, y gracias al amplísimo eco del que gozan, el legado de estas figuras consigue superar, a trompicones, el muro de la desidia y el olvido e instalarse en la actualidad. Sin embargo, ¡qué desgracia que esto haya de ser solamente una acción individual, un tiro a ciegas!

Las naciones serias, como la británica, la francesa, la alemana o la estadounidense, honran la memoria de aquellos hombres que tejieron el tapiz -desigual, asimétrico, luminoso y oscuro, como la vida misma- sobre el que se desarrolla su presente. ¡Quizá por eso su presente sea tan distinto al nuestro, y no hablo de economía! Ahí tienen a Nelson, oteando el cielo de Londres desde su inmortal retiro en el Olimpo de los prohombres de la Gran Bretaña. No hace falta, no obstante, construir unos Inválidos para enterrar el cadáver de quienes, en el cumplimiento de su deber, elevaron a la categoría de valores universales principios como la lealtad, la nobleza, el trabajo, el sacrificio. Basta con no olvidar, pues quien olvida no está condenado a repetirse, como dice el proverbio, sino a algo peor: a mutilarse. A ser un Tántalo sempiterno, un Prometeo encadenado y destripado por el buitre de la codicia temporal: por las alimañas que se advienen, en todo tiempo y lugar, y que tras dejar mondada la osamenta, huyen abandonando un cuerpo cargado de dolor. Por eso, desde aquí, quiero honrar yo también al profesor que, siendo yo un púber ignorante con un ímpetu desabrido por el conocimiento, me regaló un día algo más que un artículo de opinión arrancado de una revista dominical -de Reverte, qué casualidad-. En esa hoja de papel, ya marchita pero todavía a salvo (siempre lo estará) encontré otro nombre, como el de Lezo, hecho de jirones de casacas rotas por la metralla salpicada desde las bordas de fragatas atacadas de cañonazos. En ese papel hallé abordajes, capturas, noches de desvelo en la mar picada, travesías oceánicas, asedios en el Caribe, muertos con honra y vivos sin ella. Y vaya este agradecimiento aparejado con un lamento porque los niños como el que yo fui tengamos que buscar entre legajos de sombra olvidada el recuerdo de aquellos hombres que velaron por el sueño, la dignidad y la vida de nuestros abuelos.

Jugando a nada, por supuesto

24 oct

La Juve de Antonio Conte es la mejor que ha pasado por Chamartín desde 1996, cuando Vierchowod descapulló a Raúl. También, y es paradójico, es la que menos ha encogido los agitados corazones madridistas. El Madrid salió de los cuarteles como para iniciar un pronunciamiento, y a los cuatro minutos Di María ya había hecho saltar la caja fuerte: diagonal hacia dentro desde banda derecha y pase al desmarque, el número más aclamado del show del Fideo. Ronaldo definió como si pegase un guitarrazo contra el escenario. Así comenzaron unos 45 minutos en los que arrastró al Madrid hacia octavos, el campamento base, como un superhéroe de la Marvel. Hubo una jugada en la que al Bernabéu se le puso dura: Marcelo se quedó contemplando el paisaje en una de sus excursiones y Cristiano, en un alarde de solidaridad colectiva no exenta de demagogia tribunera, acompañó el repliegue y robó la pelota casi en la misma línea de fondo propia. Después, a lo Moisés blandiendo el cayado, subió el balón sintiendo cómo a su alrededor el madridismo se abría, en éxtasis, igual que las aguas del Mar Rojo. Sobre el jugador franquicia blanco gravitó un encuentro que, no obstante, rindió honores de Jefe de Estado a los dos equipos. La Juventus descabalgó al Madrid por los costados. La doble línea de presión local, muy meritoria, sobre la salida de los visitantes quedó desactivada con una buena transición bianconera. Desde ahí, Pirlo y Vidal -al que el otro día me pareció ver en el programa de La Sexta sobre las cárceles del mundo- hicieron de artificieros, lanzando balones hacia Llorente, que parecía una ventana cerrada en la que no paraban de chocar Ramos y Pepe, como moscas intentando atravesarla. Tévez y Pogba se descolgaron por el patio trasero de Arbeloa y Marcelo, y así llegó el empate, en el único error defensivo notable de un Madrid, sin embargo, muy serio toda la noche.

Con el 1-1 el Madrid decidió despertar: es el déficit más evidente del equipo de Ancelotti, al que le da vértigo administrar ciertas ventajas. Marcelo y Vidal iniciaron una pelea de bandas, el árbitro pitó, Modric mandó un pelotazo al balcón de Buffon y Chiellini quiso bailar un tango con Sergio Ramos. El penalty, que fue fruto del paso adelante del Madrid y no de uno de esos milagros con los que la prensa justifica su eslogan más antiguo y celebrado -el Madrid no juega a nada- serenó el encuentro y le quitó voltaje. El Madrid supo templarlo con un magnífico trabajo de Modric, Illarramendi y Khedira, y con un Di María al que no se le acaban las pilas alcalinas. Es el verdadero agitador del Madrid de Ancelotti, y cualquiera lo confundiría con uno de esos anarquistas repartiendo panfletos y llamando a la revolución en la Barcelona de 1920. Esos cuatro compraron la pelota y marcaron el tempo, y a la Vieja Señora se le fue la vida intentando arañar el muro de parsimonia con el que el Real mató el partido. Chiellini embarcó rumbo al Piamonte nada más empezar la segunda parte, en una acción estúpida, más propia de alguno de los centrales del Madrid de anoche. De ahí hasta el final se hicieron méritos para marcar el 3-1, pero Benzema va a tener que inmolar un buey en una playa desierta y hacer libaciones sobre sus entrañas humeantes para conjurar el funesto oráculo que pesa sobre él. Salió Bale a corretear en el 70, y tardó diez minutos en tocar el balón. Le falta swing. Al dragón galés aún se le ve desnortado, sin saber muy bien dónde quiere Carletto ubicarle. Uno se pregunta para qué sirve tener 91 millones de euros quemándote en la cartera si tardas dos meses en soltarlos. Bale, es probable, no estará a pleno rendimiento hasta enero o febrero, una vez haya asumido el rol que se le asigna en el sistema y por sus piernas corra el ritmo de la competición. El partido acabó entre vítores y abucheos. Llorente salió ovacionado del Bernabéu por segunda vez en su carrera deportiva, con lo que suma ya más aplausos en Madrid que Benzema. A Morata lo recibió un trueno en las gradas, y el muchacho volvió a saltar con la voluntad férrea de un novillero que toma la alternativa en Las Ventas. Al Madrid le queda una victoria para sellar la primera plaza del grupo, pero antes conocer el estadio de diseño de la Juve habrá que tomar el liderato este sábado, en el Camp Nou. Jugando a nada, por supuesto.

Un sábado cualquiera

18 oct

Cuando uno, que es un hombre -un hombre normal, de esa rara especie de los que habitamos el angosto espacio entre el homínido cuyo reino es la sabana desplegada entre el gimnasio y la discoteca, y el yuppie- se imagina un fin de semana tranquilo, con su pareja, quizá no piensa en acabar almorzando en un sitio chic donde mientras deglute, un mastín le está mirando desde abajo. Concretamente, dominando tu finis Africae desde su ángulo de visión. Comprendí entonces cuán profundamente ha arraigado Europa en la España urbana. Eso sólo puedes verlo en los bares. En cualquier capital de provincias -y no digo ya, en cualquier pueblo, del norte o del sur, tanto da- una cosa así es impensable. ¿Un perro sentado a los pies de su dueño, en un restorán? Faltarían piernas para atizarle al chucho en el hocico. Obviando la circunstancia, por supuesto, de que los únicos perros que entran en los bares de la España de los pueblos son los denominados tasqueros: esa variante costumbrista del can callejero cuyos años de experiencia a la puerta de las tabernas le dan las tablas para ser contertulio habitual del programa de Jesús Quintero. En el agros, Europa no existe, y en Madrid, quizá, existe demasiado. En todo caso, el detalle del cánido me sirvió para gruñir un poco y afeárselo a mi compañera -al dueño del perro no, en el fondo soy un hombre pacífico que se adapta a las circunstancias con estoica serenidad, qué creían- mientras ella se reía a mandíbula batiente de mis remilgos. Pero qué quieres, mujer, si yo veo al Madrid en una tasca llena de carteles de toros amarillos por el tiempo y en el que hay un canario, dentro de una jaula colgada en un rincón del local, que sabe más fútbol que Maldini. Es lo grandioso de Madrid. Le preguntas dónde le apetece comer hoy, y tu novia te dice que ha visto recomendado un sitio monísimo en Facebook donde sirven sándwiches de diseño y los camareros llevan tatuajes, la gente habla bajito y los platos te son servidos en mesas de escritorio con lámparas bajas y paredes enfoscadas, como si todo el bar en sí fuese un loft gigante y minimalista. Justo al llegar, percibí la diferencia generacional entre mi padre y yo. Me lo imaginé pidiendo uno de aquellos emparedados de nombre impronunciable -que por cierto, estaban buenísimos- y hablando con mi madre de arquetipos literarios, y creí sentir un chasquido de colapso dentro de mi cabeza.

Lo peor, para mi fachada de hombría sin mancha y virilidad numantina a prueba de europeísmos, es que me encantó. Tuve que darle la razón, mientras ella asentía con gesto triunfal de hembra alfa, calle Alcalá abajo, el sol recortándose entre las aristas de la Puerta y reflejándose en su pelo negro ruán. La miré y pensé para mis adentros ¡qué bueno estar aquí, estar con ella! mientras fruncía la cara como quejándome amargamente: el truco consiste en sostener la pose de macho desplazado contra su voluntad de la jefatura de la manada, mientras, cuando ella no te ve, te deslizas plácidamente entre las sábanas de la satisfacción. Luego, para mantener el juego de poder, le dices airado que ahora, qué menos, tendréis que tomar un gintonic para sacarte la postmodernidad del paladar, y es ahí cuando Madrid vuelve a emboscarte con su cosmovisión: terminas en Callao tomándote un smoothie que sabe a sandía, mientras te arrastran Gran Vía arriba mirando escaparates. Ahí es donde, querido amigo, adviertes que estás jodido de verdad. Toda la gallardía espartana tras la que nos parapetamos los hombres, convenciéndonos a nosotros mismos de lo solitarios y rebeldes que somos, se derriten como uno de esos toppings de yogurtería -¡cuando nos creíamos James Dean, quién nos iba a decir que acabaríamos en una yogurtería, sin que nos forzasen!- cuando ella te sonríe, girándose. A tomar por culo Leónidas. Se está tan bien bajo la agradable luz primaveral de Madrid, en medio de la marabunta, rodeado de luces, de colores, de territorio libre e inexplorado, que te ves a ti mismo cegado por el sol disparándole a tu yo absurdo y machote del pasado sin saber muy bien por qué. Lo único que tienes claro, es que no te arrepientes. ¡La culpa la tiene ella, que hace tan interesante Madrid! Y sigues caminando, sorteando a la gente como Maradona ingleses en el Azteca, preguntándote a ti mismo por qué es tan importante mantener la apariencia de Tony Soprano en el Bada Bing si no te incomoda la idea de ser como Nicholas Cage en Family Man. Al final todo es una cuestión de contextos: en unos eliges impostar, y en otros no lo necesitas.

No vayan a creer que todo es queja y lamentación. Al final pasamos más tiempo en la planta de caballeros de Zara que en la de señoras, ¡motu proprio! con lo cual el proceso culmina de forma satisfactoria: la victoria de la hembra alfa es absoluta. A estas alturas, con el sol ya declinando por entre la Minerva del Círculo de Bellas Artes y la Victoria Alada del Metrópolis, uno considera el haber esquivado el brunch matutino como una pequeña gran victoria. Tomado ese baluarte, el resto de concesiones saben menos amargas al estoico espíritu del hombre proveedor que todavía resiste en cada uno de nosotros. Arrancas hacia Cuesta Moyano, y por el camino te atrapa una exposición de Cartier en el Thyssen. ¡Cartier! Observas cómo brillan sus ojos al decirlo, y qué vas a hacer tú. Dime. A ver. Toda la palabrería de barra de bar -el compadreo, las palmadas en la espalda, la auto-afirmación grupal a la que nos dedicamos los hombres, con ese énfasis de australopiteco vanidoso, cuando nos juntamos unos cuantos alrededor de una botella- se evapora, tan cándido como el ímpetu adolescente. Le esbozo media sonrisa a mi reflejo en el cristal tras el que se guardan los 179 quilates de serpiente que María Félix soñó en platino, y le digo a ella: Adán tenía razón. Yo también hubiera mordido la manzana. Pero aún no he perdido todo mi anterior encanto agreste, y me tiene que sacar de un empujón de la sala donde la actriz mexicana imaginó sus excesos y Cartier los diseñó en pedrería de lujo. ¡Qué hortera! clama, llevándome a rastras hacia la colección personal de Alfonso XIII, orfebrería fina, elegante, victoriana. Al fin y al cabo, sigo siendo un hombre, y como Tarantino en Abierto hasta el amanecer, un reptil enroscado en el cuello de una mujer sigue siendo una imagen demasiado psicotrópica. Nos dejamos engatusar por cualquier faquir, hasta que llegan ellas y nos devuelven el equilibrio. La suavidad. La armonía.

Ya es de noche. ¿A dónde vamos a cenar? Tengo ganas de probar un chino, take away, he visto los carteles, sugiere. Espontánea, sutil, femenina. Irresistible. El fuerte está rendido, pienso. Los apaches están ya saqueando la armería. ¿Por qué no pintarme la cara como uno de ellos? Sólo nos queda agarrarnos a su cintura y volver a adoptar la pose contestataria: ¡un chino! ¡qué delicia, un bistec de lomo de perro! No escuchas sus protestas. Tampoco son tales. Ella también está fingiendo, porque se sabe dueña. Como Madrid. La Carrera de San Jerónimo se ilumina con esa mezcla de naranjas, rojos y fulgores dorados que se desparrama desde lo alto de las farolas, alumbrando la arteria por la que nosotros, ciudadanos-hormiga, subimos y bajamos como plaquetas sanguíneas desde el corazón hasta las más remotas terminaciones del sistema nervioso de la ciudad. Es una plácida estampa viva: el costumbrismo de Madrid, al contrario que en provincias, late, vibra y tiene pulso. Por eso algún día deberían vender en los kioscos del Paseo del Prado postales con imágenes en movimiento. Madrid es un constante parpadeo. Neones cuya energía es alcalina, y brota de los millones de pies que la tapizan cada día, a cada hora. Nunca duerme la ciudad de las luces cegadoras, y estoy seguro de que Bono compuso su canción inspirándose en mitad de la Puerta del Sol, un sábado a las 9 de la noche. Madrid son las luces fluorescentes dibujan en el firmamento el camino hacia cada uno de los exóticos salones del inmenso hormiguero. Por cada estación de metro, un islote por conquistar. Detrás de una barra metálica muy cuadrada a lo moderno, parapetados tras un mamparón de cristal, dos asiáticos manejan los fogones como dos chefs bóxers a los que sólo falta el sombrero cónico de paja para meterlos de extra en cualquier película de Jackie Chan ambientada en Hong Kong. Qué habilidad tiene Tsun Zu, exclamo mirando a uno, y ella me sonríe, apretándome la mano. Gracias por estar aquí, dicen sus ojos. Y yo digo, qué coño, no quiero estar en ninguna otra parte. Dame unos palillos, Confucio. Que hoy voy a aprender a comer así.

Huellas de viejo

4 ago

Desde que descubrí los libros de viejo mi suscripción a las librerías tradicionales ha quedado reducida a la puntual cita con las rarezas y los ejemplares de difícil adquisición. Gozoso de mí, Cuesta Moyano apareció en mi vida para iluminarme el rincón más especial del Madrid que conocí. Después del hallazgo de este tesoro, nada ha vuelto a ser lo mismo. Acudo a cada mercadillo con la avidez salvaje del soldado de infantería que saquea una ciudad en llamas, conquistada. En Madrid precisamente atrapé una biografía de Felipe II, mi rey favorito en dura competencia con su imperial padre, en cuya guarda reza una inscripción que por un instante me hizo sentir extraño, como un ladrón de tumbas asustado ante la tez iluminada del faraón al que expolia su cámara mortuoria. “Madrid, 5-XI-1999. Confiando en una amistad duradera que será amenizada por los libros, una afición común. Fulanito de Tal.” Pasmado por un instante ante esta revelación ajena de un afecto que trascendía -o eso imagino- la mera página en blanco de un libro de Historia, pienso en dónde acabarán todos esos libros que hoy retengo como el mayor ajuar del que me declaro orgulloso propietario. En qué manos. En qué época. En qué lugar. O lugares. Los libros son como seres vivos, y algunos van dejando un rastro de itinerancia errática, como la de un barco a la deriva capitaneado por el espíritu de un holandés borracho y maldito. Lo cierto es que, como buen fetichista -Freud hablaba del coleccionismo exagerado como un síntoma de personalidad obsesiva, qué horror, leí que eso también implica escasa inclinación hacia la actividad sexual y en el acto dejé de leer- creo que si algún día estas siete plagas que nos azotan me permiten encontrar un trabajo y, ya saben, iniciar mi camino, legarles un buen latifundio de libros a mi orgullosa prole ha de ser la mejor herencia posible en este mundo dejado de la mano de Dios.

Terratenientes de prosa castellana del siglo XX, hacendados de la historiografía, potentados de la novela del XIX. Mas, si esto no fuera posible, y los avatares de mi vida fuesen los de cualquier negrero barojiano tripulado por vascos ingobernables de Lúzaro, no me quejaría si mi pobre botín acabase en los escollos de algún puesto de viejo, manoseado por lectores intrépidos y comprados por bibliófilos sedientos de historias y escasos de sonante en los bolsillos. No sería, vive Dios, un mal plan, ni tampoco huero consuelo el pensar que si las obras que lograse parir se las tragara el agujero negro del olvido -por peñazos infumables, ya lo creo- al menos la posteridad conocerá mi firma: la que estampe en todos esos libros de segunda, tercera, cuarta y hasta quinta mano, que van apareciendo ante mí como boyas grises en el camino de un náufrago hacia la costa. Los libros de viejo son eso, y también son huellas. Bajo la mía, la de otras vidas, que no conocí ni tengo por qué. Tampoco conocerán las mía quienes firmen los mismos libros una generación después, como miembros de una hermandad anónima y dinástica: una estirpe de curiosos con afán de perdurar en el tiempo y en la distancia, a través de la letra hervida con la sangre de todas las historias que nos hacen ser lo que somos. La certeza de que un libro, ajado, roto y gastado, es mejor que la compañía de casi todas las personas que forman parte de nuestro espectro vital, hace que cada día me sienta más seguro y más triste. Como uno de esos piratas echados a la mar por un desamor truculento, la nuestra no es una cofradía de bucaneros de fortuna, sino todo lo contrario: una horda de desesperanzados con trabuco y breviario.

Illarra

14 jul

El Madrid ha hecho oficial el fichaje de Asier Illarramendi, con el que parece se inaugura una interesante dinastía de mediocentros guipuzcoanos que amenaza con colonizar Vasconia mediante la conquista silenciosa: mocosos de cinco años que nacen al fútbol pidiendo a sus aítas euskaldunes la camiseta del Madrí con el 14 y el 24. Illarramendi suena a brigadier carlista. Siempre soñé con que el Real jugase con un centrocampista apellidado Zumalacárregui, como el general. Illarra es lo más cerca que voy a estar de aquella fantasía fetichista. A mí me da mucho por los nombres, es una rareza que tengo. Por eso este fichaje cumple con el perfil patronímico que le exijo cada año a la plantilla madridista. Rubio, peinado corto, pendientes oscuros, nombre barojiano, a Illarra lo mismo lo podríamos ver de blanco en el Bernabéu que con una sudadera negra y unos vaqueros rotos quemando un autobús en Fuenterrabía. El aire borroka puede venir maravillosamente bien a este grupo carente de toda competitividad sucia, sí, esa que hace ganar Clásicos a navajazos y pasar eliminatorias turbias revirtiendo ambientes hostiles, arbitrajes malayos e inferioridades propias. No he visto jugar más de un partido a Asier Illarramendi, pero todo los intangibles los tiene de su parte, aunque en la presentación decidiera convertir la Castellana en la plazoleta de su pueblo y sus amigos tuviesen las bolsas del Dia con la cocacola, la ginebra y los vasos de plástico escondidos detrás de los asientos de la grada lateral oeste. Y el Madrí se lo permitiera. Aunque esto último me sorprende menos: cada vez tengo la tentación de quitarle la i latina acentuada al nombre del equipo de mis desamores, repaso el vídeo de la presentación juventina de Llorente, y se me pasa.

Madrid

14 jun

En Madrid convivieron Dalí, Lorca y Buñuel igual que cuatrocientos años antes lo habían hecho Cervantes, Quevedo y Góngora. En apenas dos de sus calles se concentraron los primeros espadas de la lengua franca de la época, coincidiendo en tiempo y lugar, tanto en sus desvelos como en sus miserias y, sobre todo, en su apoteosis creativa. Alrededor de la corte siempre ha pululado todo hijo de vecino buscando su migaja de gloria, efímera o postrera, tanto da. Cuando Unamuno, Baroja, Azorín y los Machado comenzaban a irse y empezaban a llegar los nuevos partícipes del fogonazo intelectual español de la primera década del siglo XX, Madrid se arremolinaba en torno al Instituto Libre de Enseñanza como una ciudadela medieval agarrándose a su baluarte de roca como atalaya orgullosa de sí misma. Sintiéndola como la última oportunidad de un país obsoleto para encauzar su esperanza, ofreció su Residencia para que los actores de ese futuro colosal que sólo despuntaba interactuaran entre sí construyendo un decorado prodigioso. España, por supuesto, desperdició el momento y abdicó del lugar, dejando que Francia fagocitara el cañón de luz y vida que desde las entrañas del león hispano se proyectaron hacia el universo, colmando lo sensorial, lo inefable, lo onírico de las artes. Plásticas, escénicas y gráficas. Por eso aún hay quien hoy piensa que Picasso era franchute, desconociendo que el señor de las señoras de Avignon fue director -brevísimo- del Prado en 1936. Y que, por supuesto, era más de Málaga que el Frente Bokerón. No es de extrañar esta confusión cuando la misma correspondencia entre el hombre del Guernika y Salvador Dalí está en francés: no existe mayor drama para la triste España que ese. Si dos de sus hijos más brillantes rehusaron su lengua materna para entenderse sólo se explica contextualizando sus vidas: el paroxismo sociocultural de los 30, el atraso de un pueblo olvidado y una guerra fraticida que exterminó todos los brotes que germinaron en el Siglo de Plata de la cultura española. Sin embargo, hubo un momento. Fugacísimo lapso de estado de gracia, natural, único, en que Madrid volvió a contemplar una acumulación de talento inconcebible en sus escasos kilómetros cuadrados. Madrid, vanguardia real, nunca tuvo el marketing ni las luces de neón de Barcelona, y quizá por ello todavía no haya sabido sacar partido de los tesoros que esconde grabados indelebles en la retina de sus paredes. Fue una instantánea, emborronada por el paso de los años y la turbulenta cabalgada de las pasiones. Como uno de esos daguerrotipos antiguos donde las formas, las figuras y las siluetas se intuyen levemente, fantasmagóricas huellas apenas esbozadas de un mundo que pudo ser. Madrid, en el centro de la corriente telúrica tan volátil como una caricia o la melancólica brevedad de un recuerdo. Vindicamos muy poco lo extraordinario de nuestro legado, y vivimos ignorando que a la fuerza creadora universal aportamos algo más que sangre, sudor y lágrimas.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 27 seguidores

%d personas les gusta esto: