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9 de enero de 1936

9 ene

En La Vanguardia del jueves 9 de enero de 1936, sección Última hora, aparecen varios breves entre los cuales he destacado uno. Se refiere a lo que hoy, de forma errónea, se llama “violencia de género”, denominación del todo improcedente que ha causado fortuna, a mi pesar, en los tiempos modernos. Sea como fuere, la he elegido porque me sirve para contrastar el tratamiento que el asesinato de una mujer a manos de su novio, en 1936, merecía en la prensa del momento, con el que merece hoy un hecho parecido en la prensa actual. Es interesante no sólo desde el punto de vista meramente periodístico o lingüístico, sino sociológico, puesto que los giros y la retórica general empleada en cada caso indicará corrientes telúricas del pensamiento genérico de una y otra época.  Seguir leyendo

Por amor

30 nov

Crecimos odiando porque el mundo es un sitio oscuro donde a veces pasan cosas feas. Somos hijos del odio. Llevamos esa marca. Negarlo es estúpido porque todavía nos quedan querencias, como al caballo que se lleva media vida entrando en la misma cuadra todos los días y de repente, una tarde, le cambian el paso. Y el pienso. Pero como Saulo escribió a los corintios, “aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada”. Florentino fichó a un artesano del amor paciente, y Ancelotti ha construido, en año y medio, una fortaleza… Seguir leyendo

Bilbao

22 sep

Hace poco fui a Bilbao. Se está bien en Bilbao. Es una ciudad agradable, rica, sin llegar a la opulencia: clásica, burguesa, cosmopolita. A lo menos, no a la opulencia urbana de Madrid, que es la desmesura; más en la línea de Barcelona o incluso Málaga (la menos andaluza de las ciudades andaluzas), con esa arquitectura mixta de ensanche decimonónico y calatravismo, tan europea. A Bilbao le falta la luz del Mediterráneo para ser Málaga; le sobran puentes para ser Oviedo; carece de la epidermis anarcopop barcelonesa, pero es, en suma, una ciudad viva y fresca. Garbosa, ajena al letargo en que parecen sumidas las ciudades de Andalucía, La Mancha o Castilla, tan aplastadas por el sol ubicuo.

Alguien tenía que atreverse a decirlo: el sol es un coñazo. El edén para el hombre ibérico, meridional y arrugado como una uva pasa, dátil de palmera, es una pradera esmeralda infinita sobre la que luzca algodón gris y nubes perpetuas de ceniza; del mismo modo que el hombre del desierto árabigo soñaba con ríos de agua y miel orlados con jardínes e hileras de macetas, o el del hombre escandinavo se duerme imaginándose entre dunas blancas y sol de radiador. Que no radiante.

Caminando por Bilbao entendí por qué gustan tanto los vascos de la provincia de Cádiz: es todo lo que allí no tienen. Es decir, Cádiz -polis y agros- adolece de las condiciones ambientales que allí en Vasconia, advertí ausentes, no sé si por obstinación de sus habitantes o por mera concepción distinta del mundo. La limpieza de las calles; el correctísimo funcionamiento del transporte público, la adecuada integración en el paisaje urbano de metro, tranvía, carril bici; la existencia de espaciosas alamedas llenas de verdor, frondosos aduares alrededor de la ría que hablaban por sí mismos del cuidado con que la ciudad que los sembró se preocupaba de mantenerlos con vida; esculturas post, digamos, apocalípticas, que cuadraban muy bien en el entorno, y toda una suerte de jardines mimados con la perseverancia intuida a los vascos. Todo, en general, lo que no hay en Cádiz.

Quizá por eso cuando aprieta julio, muchos vascos se deslizan península abajo hasta las playas gaditanas, buscando, a lo mejor, algo más que el buen tiempo. Es probable. Cádiz se significa, en la gente septentrional de España, con un exotismo particular. Una mezcla de orientalismo occidentalizado: windsurf y teterías morunas, por resumirlo en dos conceptos a la mano. Era mi primera visita al País Vasco y todo me parecía extraño: por inusual la limpieza y el orden que trascendía de todas las cosas que iba viendo por la calle, y por incomprensible, el idioma. El vasco es una lengua ininteligible. Su disparidad fonética con cualquier lengua románica es tan acendrada, que mueve a risa la inserción de vocablos castellanos en mitad de las frases, por el contraste.

Bilbao refulge con un resplandor ceniciento. Es la tonalidad con la que uno se queda. Fachadas caliginosas, predominancia del marrón y el negro. Largas avenidas, muy bien dispuestas, como a escuadra y cartabón. Noté la mano experta del urbanista, la conocida seguridad de caminar por planos hechos a medida, nada de esa improvisación insoportable de la arquitectura etérea de los pueblos del sur.

Atraviesa el metro toda la conurbación bilbaína desde Guecho y más allá, hasta Santurce y sus ballenas; es en grado sumo cómodo moverse en una ciudad cuyo transporte público cumple el pacto de lectura debido con el usuario. Hay un tranvía que recorre la ciudad, describiendo como un círculo, y está muy bien: descubrí, tarde, que se puede subir sin pagar y no pasa nada. Quiero decir, que el tranvía es útil: conecta más de dos lugares alejados entre sí lo suficiente como para hacer que la inversión millonaria en su construcción haya merecido la pena. Por lo tanto, la gente lo usa. Los defensores del libre mercado encuentran en el albedrío de la gente su verdadero argumento irrebatible contra los colectivizadores: el éxito o el fracaso dependen, en último -pero definitivo- término, de que la gente compre la mercancía que uno le vende. Perogrullo plora lagrimones pero es tan evidente como que el agua moja, aunque para algunos administradores de lo público en Sevilla o Cádiz la racionalidad mercantil quede fuera de su zona de confort.

Bilbao, a fuer de andar por ella durante dos días, me pareció muy amena, muy agradable de ver. No obstante, Guecho me gustó más, por su índole balnearia y su dobe faz de ciudad de descanso trazada sobre la ría de Bilbao y de caserío elevado sobre un peñasco asomado al mar. La parte vieja de Guecho tiene un encanto inalterable, la gracia propia del norte abigarrado de Baroja. Las casas son grandes, caserones de tres plantas con cornisas de madera, a dos aguas, más propias del Tirol que de la España bravía que uno puede imaginar. Nos hemos vendido muy mal, pensé deslizándome por una cuesta altísima hasta el Puerto Viejo. Los publicistas españoles deberían reivindicar también esto, la próxima vez que tengan que vender el país afuera, en los eventos esos tan graves y relevantes en donde, dicen, el dinero corre más que Usain Bolt.

Fui a ver el baloncesto, la causa de nuestro viaje. Hubo que desplazarse hasta Barakaldo. Allí se levanta el Bilbao Exhibition Centre, un edificio prodigioso. Simula un cuadrado macrocefálico, pespuntado por una torreta como de control aeroportuario. La forma cúbica de su exterior presta muy bien a la geometría gris y futurista de este nuevo Bilbao, tan guggenheinano. Formas rectas, ondulaciones suaves, acero, puentes de plata, exuberancia de la técnica. Regresé de Bilbao, de su conurbación, con el cuerpo de Marinetti. En verdad os digo que la burguesía vasca, nieta de la demasía metalúrgica, se ha reciclado muy bien, ocupando de nuevo la vanguardia de esa España que se trepa por encima de sus propios muros, más allá del reflejo de sí misma.

Cuaresma

16 mar

Hay a quien no le gusta el naranja. No son los colores del Madrid, dicen, como si Moisés hubiese bajado del Sinaí con las equipaciones reglamentarias del Real escritas en piedra. A mí me encanta el naranja porque ver a Modric zumbando como una abeja entre los rivales, vestido de taronja, es robarle al barcelonismo el romanticismo cruyffista y su propiedad intelectual. Una suerte de butrón anacrónico a su museo emocional. El Madrid, de naranja, nunca pierde. Aunque, de hecho, el Madrid de Ancelotti lleva 30 partidos consecutivos sin perder: no hinca los cuernos desde que Urdangarín era un noble estandarte de la grandeur culer sin mácula judicial y en el Palau Blaugrana retiraron la camiseta con su dorsal. Esa inevitabilidad que sobrevuela las victorias del Madrid, ese halo de imbatibilidad, ese determinismo, es la gran victoria de don Carlo en Madrid: hacer que a los rivales les pesen los partidos. Salir ganando desde el túnel de vestuarios. Señal inequívoca de los equipos destinados a la Historia. El Madrid domina como sojuzgaba a los contrarios en los partidos de mi infancia, cuando las derrotas del Real eran un invento de los periodistas y el fútbol era como ver diapositivas en cinemascope.

Ayer al Madrid le mordieron los tobillos, o eso dice la prensa. En realidad le tiraron dos veces, y sólo una fue a puerta. Diego López no tuvo que mancharse el pantalón, y menos mal, porque a Diego se le está poniendo cara de misterio de Semana Santa. Con ese rostro angulado, ese moreno moruno -cualquiera diría que es gallego, si parece de Isla Cristina- y ese conato de greñas que se está dejando, me recuerda a uno de esos cautivos que sacan en procesión cualquier jueves santo en los pueblos de Andalucía. Diego no tiene quien le escriba, tituló el otro día Orfeo Suárez en El Mundo, y no seguí leyendo porque el tufo a Poncio Pilatos lavándose las manos que despedía ese texto era grotesco. A López lo han puesto delante de una masa enfurecida que sólo grita Barrabás y esa pose trágica está afectándole hasta en la mirada. Menos mal que no encajó ayer, porque desde el Calderón hay un sanedrín que aguarda otra pelota endemoniada llovida del cielo para azotarlo con el látigo de siete puntas casillista y crucificarlo en el Gólgota. El Málaga de Schuster dejó recibir muy sólo durante 20 minutos a Alonso, y aunque Xabi es desde Dortmund una versión slow motion de sí mismo, cederle el espacio y el tiempo para armar el mortero es como ponerse una pistola en la sien. Tuvo libertad de movimientos justo el tiempo que necesitó Cristiano para marcar un gol, lesionar a Benzema intentando meter otro y exigirle dos acrobacias a Willy Caballero. A Bale lo derribaron con un placaje del Seis Naciones pero el árbitro no pitó nada porque a Garethcito se le ha fichado con el dinero del SAREB y su sueldo lo pagan los preferentistas de 80 años.

Benzema se retiró doliéndose del muslo, y al madridismo se le atragantó el gintonic. Benzema está en su mejor momento desde que llegó al Madrid. Vive un éxtasis estético y arrastra detrás de su barba todo el mecano del Madrid de Ancelotti: dame un Benzema y moveré el mundo, dijo Pitágoras. O Anaximandro de Mileto. Salió en su lugar Di María, cuya mayor virtud ayer fue no ver la tarjeta amarilla que hubiese impedido alinearle contra el Barcelona la semana que viene. Di María corrió arriba y abajo a lo largo de los 60 minutos de choque y triqui-traque que propuso el Málaga a partir del gol de Ronaldo. Alarcón, ayer titular, jugó como llorando. Le atacó la saudade y mandó a Arroyo de la Miel un balón de gol que Di María le regaló al inicio de la segunda parte tras un slalom transatlántico: empezó a correr en Rosario, gambeteó y siguió gambeteando hasta que vio venir a Isco y éste se asustó al verle la cara a Caballero. El Málaga es un equipo de calvos agresivos y de zurdos portugueses. Duda, que ya jugaba en Cádiz cuando Mágico González, y Antunes, son como dos ediciones del mismo libro. Se peinan igual y tienen los mismos gestos: la única diferencia radica en las canas de uno y en la rubiez del otro. Duda estrelló sus 50 años contra los tacos de Pepe, y salió gritándole al linier que le habían rajado la rodilla. De haber sido Pepe el polifemo comeniños de antaño, hoy estaríamos viendo a la Guardia Civil tomándole declaración en Valdebebas. Pero Pepe es un chico bueno ahora. Tiene el pelo largo, susurra versos de Camoes y sonríe a los periodistas en zona mixta. Anoche compartió pareja con Varane, ausente Ramos, y volví a comprobar que jugar con Raphael es como conducir borracho un Mercedes: no importa que te pegues una hostia con la boca del metro, siempre saldrá peor parado quien se choque contigo. El Madrid sólo ganó 0-1 en Málaga, y dicen en Twitter que hubo descontrol. Normal, estamos en cuaresma y hasta el Clásico no se puede comer carne.

No estaba muerto

20 oct

Diego López saltó al verde de Chamartín con unas mallas negras, a lo soviético. Con este detalle de otro fútbol, tan centroeuropeo, comenzó el partido frente al Málaga. Schuster quiso travestir a su equipo en la Bélgica del 86. Así, cazó al Madrid en la trampa del orsay más veces de las que puedo recordar. Sin embargo, el guardameta local apenas salió en tres o cuatro planos a lo largo del encuentro. Fiándolo todo a un balance defensivo casi perfecto, los despojos del Bollywood de la Costa del Sol esperaron al Madrid desde su atalaya, creyendo que enfrente tendrían al obtuso equipo en pañales del día del derby. Se equivocaron. El Real fue como una ola chocando contra una esclusa, pero sin dejar de batirla. Una y otra vez, con Illarra desde la base y Khedira, Alarcón y Di María zumbando por delante como abejorros alrededor de un avispero, el Carlettosistema dominó el tempo, el ritmo y, sobre todo, la pausa. Por primera vez en el curso el Madrid fue paciente, y tejió con parsimonia la cuerda con la que fue ahorcando a los visitantes. Cada vez que Portillo o El Hamdaoui abandonaban la trinchera en intrépido raid por las líneas madridistas, Pepe, Ramos, Carvajal, Khedira o el nieto de Zumalacárregui corregían con eficacia. Bien posicionados, atentos y concentrados, sin que sonasen las alarmas y sin estrépito de loza rota. El Madrid siguió con su zapa debajo de la muralla, dejando colgado en el recibidor del Bernabéu el traje del vértigo, y administró la posesión con incisivo criterio, sin forzar el pase. Morata, que estuvo bien, se excedió en su voluntarismo: es como si supiese que el demiurgo madridista le exige brega y maratón, o como si él mismo jugara creyéndose un nuevo Raúl, un Raúl pijo y de barrio bien, un Raúl prístino, sin Colonia Marconi ni pasado atlético. El problema, no obstante, sigue siendo el de siempre. No sabe definir, y su tendencia a tirar al bulto en los mano a mano contra el portero permite lucirse a los arqueros contrarios. Morata siempre les regala un hueco en el telediario. Tanto se combaba la línea defensiva malaguista, según variase el frente de ataque -que en esta asimetría dinámica de Ancelotti, es como el mapa de las isobaras del hombre del tiempo- madridista, que cuando Di María comenzó la segunda parte lanzando una pedrada desde su potrero de Rosario, ésta terminó colándose por el visillo de la portería de Willy Caballero. Fue la única vez que Caballero (segurata en un garito oscuro de Benalmádena en su tiempo libre) no supo qué hacer con un balón disparado hacia él. Durante el resto del partido soportó el bombardeo de Cristiano Ronaldo con una plasticidad superlativa. De no ser por la calva, hubiera dicho que era Peter Parker vestido de verde. Lo paró todo excepto un penalty postrero que Bale forzó y el Ronaldo de Madeira ejecutó como un matarife aburrido de afilar el cuchillo en vano. El dragón galés arrancó a por un balón en largo, la afición visitante pareció ver un tsunami acercándose a La Malagueta, al árbitro le entró miedo y cerró los ojos. Cuando los abrió vio al de blanco en el suelo y a Wellington recogiendo las muletas. Penalty. Gol. 2-0, 3 puntos que fueron 6 con el empate de Els Segadors en Pamplona -no hay relato onírico que se sostenga en El Sadar. Allí sólo sobrevive la epopeya, Heinze chorreando sangre sobre la camiseta blanca y el Madrid festejando un título bajo la lluvia- y con la derrota de los sicarios de Simeone en la banlieue barcelonesa, siempre hostil para los enemigos de la nación madridista. Las plañideras post-derby se agitan, inquietas. ¡El Madrid no estaba muerto!

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