Archivos por Etiqueta: Marcelo

Sin brillo, sin pausa

26 ene

De igual modo que en nuestro tiempo cuando alguien realiza un juramento se lleva la mano al pecho, escenificando que lo que dice le sale de muy dentro y es la verdad absoluta, los romanos se agarraban los testículos. De ahí proviene testificar, que no es otra cosa que jurarlo por las sagradas gónadas de uno. El Granada no vino ayer al Bernabéu a hacer amigos, y esto bien lo puede testificar Gareth Bale, poniendo su virilidad por testigo. Mediada la primera parte, uno de los miembros de la mara Salvatrucha que juegan para el Granada abortó un contragolpe del galés asestándole un estacazo en la entrepierna, y el verbo abortar nunca resultó más apropiado: literalmente murieron millones de posibles futuros Garethcitos, con lo que no descarto que Gallardón se pronuncie sobre ello en la próxima sesión parlamentaria. Lo único cierto es que ahí se terminó el partido para Bale. Intentó varias carreras más, todas fútiles ya que continúa encerrado en la jaula del perfil derecho, y por donde antes surfeaba ahora boquea. Los rivales le han pillado el truco y le ofrecen confiados la salida por la derecha, y él, como velocípedo natural, porfía una y otra vez alcanzando la línea de fondo con su terrible zancada. Sin embargo, ahí se desactiva todo su peligro, pues todo lo más que consigue es algún centro inocuo con su pierna mala. No obstante, volverá: es buenísimo. Antes que Murillo rompiese la bisectriz del 11 madridista tampoco había pasado mucho, desde luego.

El Madrid salió con lo habitual: Peperamos, Marcelo, Carvajal -Arbeloa parece ya relegado a la Copa y a las noches más oscuras, por lo que probablemente jugará en Bilbao la semana que viene- y por delante Modric, por supuesto. Xabi y Di María escoltaban al croata y conectaban con los tres asesinos de la delantera. Cristiano Ronaldo ofreció el Balón de Oro al graderío pero eso no pareció importar a la legión extranjera de Lucas Alcaraz: todos tipos duros, mulatos, negros abisinios y ex-presidiarios, que no se distinguen por nada en concreto pero sobreviven sin problemas en una Liga extraña donde tras los 4 primeros se abre el abismo de Helm y para clubes sin pretensiones como el andaluz, navegar por aguas internacionales supone ya un triunfo incontestable. El Granada parece una sucursal del antiguo Málaga de Pellegrini: Iturra, Recio y Buonanotte migraron desde la Costa del Sol a Sierra Nevada cuando el sueño dorado del jegue Al Thani se despeñó por un blackhole. Durante la primera parte, defendieron como un bloque de granito. El Madrid no pudo hincarle el diente a un balance defensivo muy notable dirigido por Mainz, que es un pretoriano del balompié con una técnica individual más que correcta y que ayer correteó por todo el Bernabéu con una katana en la izquierda y el Hagakure en la derecha. No se encontraban fisuras en el muro contrario y Ronaldo comenzó a exasperarse. Cuando Aquiles se irrita, empieza a tirar flechas al tuntún sobre las almenas de Troya. El primer balonazo pasó cerca del palo largo de Roberto pero ya el tercero se avistó desde el cuarto anfiteatro. El Bernabéu murmuraba y Twitter ardía como siempre pasa cuando el Madrid no va ganando 5-0 pasado el primer cuarto de hora, pero Ancelotti está imprimiendo un sello muy personal a un equipo caracterizado por el vértigo metalúrgico: la paciencia.

Al descanso se llegó con una chilena espectacular que Roberto salvó metiendo una mano imposible. El Madrid inició la jugada andando, en Diego López, y en 10 segundos Bale y Modric esprintaron y Lukita colgó un centro maravilloso al salto de Cristiano Ronaldo, que como Keanu Reeves en Matrix, se contorsionó marcando canónicamente los tiempos y dejó una estampa que mereció la posteridad del gol. En la segunda parte el Granada titubeó y los hombres de Carlo adivinaron el momento. Sonó un clarinetazo militar, y Modric dijo: ahora. Luka batió líneas con la plasticidad habitual de un centrocampista total, y subió el volumen del Madrid hasta hacerlo insoportable para la hueste granadista. Jesé, que había entrado por el Bale en el entretiempo, ayudó al impulso madridista con su percusión constante por la banda derecha. Por la izquierda ocurrió algo que puede decirnos cosas de cara al futuro táctico del equipo: Di María, interior sobre la pizarra, acampó en el carril izquierdo pues dado que el partido sólo tenía una dirección y con Alonso bastaba para patrullar las espaldas de los laterales, su rol defensivo resultaba innecesario. Con lo que en la autopista zurda se solaparon Marcelo, el argentino y Cristiano, y hasta a veces Benzema. En la segunda parte todo se ensambló de un modo más natural, y Benzema concurrió por el lado izquierdo y Di María siguió flotando sobre Marcelo mientras que Cristiano habitaba ese espacio interlineal que se abrió entre los centrales adversarios, el orsay y la banda de Jesé. Todo fluyó mejor y el propio Ronaldo terminó una jugada de contragolpe con un reverso eléctrico en la frontal del área del Granada. Disparó potentísimo hacia la cepa del poste y a Roberto sólo le quedó estirarse para salir mejor en el telediario.

Desde ahí hasta el final, el Granada fue rindiéndose lentamente y el Madrid cabalgó sin presión hacia el liderato. Modric, dueño absoluto del partido, y Alonso, enzarzado con Brahimi y Fatau en disputas territoriales ancestrales, sujetaron las tímidas acometidas del rival. Xabi se encaró un par de veces con los dos, que parecían salir del ejército con el que Tariq cruzó el Estrecho, y se pudo ver cómo les recriminaba con acento visigótico la felonía de Guadalete. El 2-0 recordó al Marcelo de 2011: Cristiano le habilitó un hueco por donde se coló desplegando samba y electricidad. El brasileño se plantó ante Roberto como aquel día de marzo ante Lloris, cuando se rompió el maleficio y fuimos felices por un tiempo. Esta vez cedió atrás, por donde venía Benzema, y dejó al francés que culminase un buen partido, yéndose a trotar alegremente con él a una esquina. Marcelo retoma por momentos el rol de número uno que nunca debió haber abandonado, y esa es una noticia extraordinaria para un Madrid que solventó el trámite marcando los tiempos, dosificando músculo y estrenando liderato. Provisional, a la espera de la visita del Atlético al loft de diseño que Jémez se está haciendo en Vallecas y del que ya tiene un par de avisos de embargo. Schuster viaja al Camp Nou, pero de ahí el madridismo espera poco: en río revuelto no pescan abúlicos.

Metas volantes

13 ene

El Madrid llegó a Cornellá sabiendo ya que Atlético y Barcelona le habían concedido, de nuevo, un baile. La Liga 2013/2014 es una larguísima mano de póker, como esas partidas clandestinas de Los Soprano donde se tiraban toda una noche apostando miles de dólares. Fumando y bebiendo hasta que se hacía de día y uno se iba a casa, forrado, otro se quedaba a dormir la mona en el sofá y el tercero en discordia iba buscando un buen árbol donde colgarse, arruinado. Así es un poco este campeonato tras la marcha de Guardiola y Mourinho: la pelea de los dos titanes ha dejado paso a un pulso ambiguo, desapasionado y a ratos semejante a una etapa de montaña en el Tour de Francia. Rojiblancos y azulgranas, por primera vez desde 1996, esprintaron en las primeras metas volantes, formando una tête de la course a la que se fue enganchando lentamente el equipo de Ancelotti, haciendo el acordeón un par de veces. Pero coronando la primera vuelta, la Liga transita por un repecho del Tourmalet y el Madrid ya asoma en los retrovisores de los dos líderes, gracias al empate a miedo del Calderón. Con la presión de sumar 3+2 saltó el Madrid al coquetísimo estadio del Español, y la coyuntura, lejos de agigantar a los muchachos ayer de naranja, los amilanó. Los primeros 15 minutos del partido ofrecieron al madridista retazos de tragicomedias antiguas: once jugadores moviéndose entre la displicencia y el caos esquizoide, y un rival mordiéndoles los talones. Los locales, con una presión altísima sobre Modric y Alonso, empujaron al Madrid contra el fondo de Diego López, y cruzaron algunos balones émulos de otros que acabaron en estrépito y cuerpos mutilados en Dortmund o Pamplona, más recientemente. Por suerte, John Córdoba no es Lewandowski, y los primeros tiroteos en torno a López no exigieron la intervención de los antidisturbios. El Madrid se fue asentando en el partido a medida que Modric fue liberándose del marcaje al hombre que Aguirre había dispuesto sobre él en los minutos de fogueo. La imprecisión del Madrid se tornó paciente labor de costura desde que Marcelo abandonó el fuerte por su banda, aventurándose por donde disfruta: la puerta trasera de los rivales. Un magnífico centro suyo lo golpeó Benzema travestido de Van Basten, y el balón, aunque se fue dos metros más allá del poste de Casilla, sirvió de aviso a los locales: ya estamos aquí.

Ancelotti, que le tiene una fe ilimitada a Di María, eligió al argentino como acompañante de Modric y Alonso en la medular: la idea parecía atrevida, pero resultó eficaz. El Fideo jugó su partido más serio del año, precisamente cuando se ciñó al rol de interior y tercer hombre en la cabina de mandos. Su buen trabajo en la cobertura por la izquierda dio carta blanca a Marcelo, y Benzema sonrió feliz: por fin tenía alguien con quien jugar. De un ejercicio de plasticidad exuberante del esteta francés nació la jugada más peligrosa de la primera parte. Karino controló un balón en dos dimensiones y sin dejar que tocase el suelo, lo convirtió en HD, mandándoselo al punto de penalty, con lacito y gafas 3D, a Cristiano. Ronaldo punteó el césped, y ahí todos supimos que sigue frente a las murallas de Troya, llamando a voces a Héctor. Con el Madrid patrullando Cornellá a su antojo, Modric batiendo líneas y Bale junto a Ronaldo arañando cristales sin demasiado acierto, el Español se limitó a replegarse con criterio en torno a Casilla y sus centrales. Es aguerrido este equipo de Aguirre, aclamado como un caudillo por su grada. Por delante, John Córdoba, que tiene nombre de pandillero de The Shield, retaba a Ramos en lo puramente halterofílico, sin saber que en el cuerpo a cuerpo el sevillano es casi imbatible: para ganarle hay que usar la cabeza y acudir a la gambeta y el quiebro. No obstante, estuvo sobrio el capitán del Madrid, por fin centrado. Junto a Pepe, dominaron sin problemas el alboroto esporádico que lograba levantar el Español alrededor de la frontal visitante. Rememorando los buenos viejos tiempos, Ramos-Pepe, Pepe-Ramos, jugaron mejor cuando la lucha se centró en lo físico. Adelantaron dos pasos la presión, con lo que el equipo dejó de partirse tanto por el medio como en los partidos precedentes, y la ayuda de Di María resultó clave para que ni Alonso ni Lukita acabaran el partido pidiendo un gotero. A pesar de todo, el Madrid no pudo cristalizar su buena media hora con un gol: tal era la inconsistencia del frente de ataque a la hora de entrar a matar. Marcado por la opacidad de Ronaldo y la intrascendencia de Bale, el Strike Team madridista deambuló errático sobre la media luna españolista, pendientes sólo de la clarividencia de Benzema, el mejor junto a Modric, y los locales llegaron al descanso con la sensación de no haber sido forzados de manera suficiente por un rival que se preguntaba, como Hamlet, si ser o no ser en esta Liga. El Español, que es la Barcelona más rebelde y suburbana, la contestataria que vive en los márgenes enfangados del discurso catalán, saltó en la segunda parte decidido a resistir. Ese es, concluí, el rasgo diferencial de este club: resistencia. Olvidados por el establishment desde que llegó la democracia, o incluso antes, el Español se construye a la deriva, con un carácter radicalmente adversativo. En una ciudad domeñada por un club que se autodenomina ejército desarmado de un movimiento ideológico-político-sociocultural que lleva arrastrando Cataluña a un abismo oscuro desde hace décadas, el Español resulta molesto. Sospechoso desde su mismo nombre. La cámara enfocó una estelada colgando de una tribuna, y pareció por un instante que incluso en la aldea de Astérix se había inoculado el virus de la esquizofrenia colectiva que azota Cataluña. Falsa alarma: el equipo de Aguirre se limitaba a golpear al Madrid sin patriotismo, por pura supervivencia competitiva.

Avanzaba la segunda parte y el Madrid se volvía impreciso, precipitado y absurdo. El dominio tranquilo de la primera parte dejó paso a un caótico vodevil que amenazaba con un descarrilamiento en alguno de los balones en largo a la carrera de los delanteros locales, que atacaban con sangre en los ojos el espacio a la espalda de Marcelo y Carvajal. Sin embargo, fue entonces cuando llegó el gol del Madrid: Modric botó una falta al corazón del área de Casilla y Pepe saltó poderosísimo al cabezazo picado. Es curioso cómo Kepler comenzó a dejarse el pelo largo justo tras cometer la felonía contra un Mourinho que era ya moro muerto en el Madrid. Desde entonces parece que, en un fenómeno inverso al de Sansón, ha ido perdiendo masa corporal y por ende, fiereza, conforme la calva de guerrillero dejaba paso a una melena de hippie ibicenco. Pepe ya no asusta y hasta su mirada parece la de un rockstar amaestrado después de pasar un año en un centro de rehabilitación. Pero conserva una versión reducida de sí mismo que le permite sernos útil todavía, como Pussy Bonpensiero sirvió a Tony Soprano mientras podía ayudarle a resolver viejas cuentas pendientes. No obstante, antes de mandar a Laverán a dormir con los peces -quizá en Manchester con Pellegrini, quién sabe- Ancelotti tiene por gestionar algunas deficiencias en su equipo: aún con Di María rindiendo en el interior, la ausencia de Khedira lleva desangrando al equipo desde noviembre, justo cuando la última fecha FIFA gripó el motor de un bloque que ascendía a velocidad de crucero desde la derrota del Camp Nou. El partido acabó con el Español trepando por la pared del Madrid y Ronaldo abrumando al mundo con su propia desesperación: continúa persiguiendo su sombra con los ojos enrojecidos de cólera paranoide, y hasta que no destroce con un hat-trick al próximo infeliz que se le ponga delante, seguirá atascado en sus arenas movedizas. Ancelotti agotó sólo un cambio hasta el rush final y ahondó en la impresión de que su dirección de campo es laxa y previsible, más de corte pellegriniano que mourinhista. Pero qué creían, estábamos acostumbrados a Mick Jagger, y Carlo emite en una longitud de onda más mediterránea. El Madrid termina la primera vuelta a un partido de la cabeza de la Liga, y lo que es más importante: dependiendo de sí mismo para ganarla. 2014 aún no ha violado las redes ni de López ni de Casillas, lo que en sí mismo constituye un hito histórico, y más en una temporada irregular en la que la defensa, huérfana de Varane y con dos centrales en rebajas, asemejaba una verbena de pueblo español a las 4 de la mañana.

Todos a una

9 ene

Volvía el fútbol al Bernabéu, apenas tres días después del partido frente al Celta, y volvía Osasuna ante la vista del Madrid. Es un equipo que concita una antipatía particular y transversal entre el madridismo: grandes y pequeños, jóvenes, viejos, piperos, undegrounds, tuiteros y madridistas de pitiminí guardan por igual un desdén rencoroso hacia Osasuna desde que a Buyo le explotara un petardo en la cara allá por los 80, en El Sadar. O antes, incluso. Puede que sea una cuestión ideológica más antigua que el fútbol mismo: madridistas y osasunistas recreando en 2014 las guerras carlistas del XIX, y toda la pesca. Quién sabe. Es verdad que a veces, a los jugadores rojillos sólo les falta la boina roja y la badana llena de granadas cruzada en el pecho, con el Sagrado Corazón de Jesús grabado en un bolsillo, cada vez que juegan contra el Madrid: para muestra, el partido que hace un mes aproximadamente disputaron ambos en Pamplona, donde el Madrid se dejó varios dientes. No fue así, esta vez. El Bernabéu acogió animoso la ida de los octavos de final de la Copa del Rey, y el requeté carlista vino con la valija diplomática a Madrid. Quizá la Copa atemperó los ánimos. A fin de cuentas, este es un torneo que, tal y como está montado, sólo empieza a interesar de verdad a partir de los cuartos de final. Si acaso. Antes de llegar a esa cumbre, los partidos como el de esta noche molestan y parecen visitas al dentista: uno intenta que no le duela demasiado. A pesar de todo, Ancelotti alineó una escuadra prometedora en el papel: Arbeloa patrullando la espalda de Pepe y Ramos, Marcelo ante uno de sus partidos-sambódromo (el Bernabéu, la Copa, rival poco exigente: lo más parecido a una pachanga de fútbol tenis en Copacabana) y por delante el Strike Team acompañado, esta vez, por Jesé, que se movería durante todo el partido por ese limbo intermedio abierto entre la media punta y la parcela izquierda del ataque del Madrid.

Delante, un Osasuna repleto de esforzados mocetones navarros. Los comentaristas del Plus se esforzaron mucho en incidir sobre la idea de que Javi Gracia, su entrenador, llevaba meses intentado cambiar el tradicional estilo balompédico del equipo pamplonés. Hasta hoy, desconocía que Osasuna se distinguiera por tener algún estilo de juego reconocible y perdurable a lo largo de su historia: a lo mejor Michael Robinson, que jugó allí, nos lo podía aclarar. Los locutores no hacían más que repetir que Gracia conminaba a sus muchachos a salir desde atrás con la pelota jugada, ensayando una especie de lavolpiana muy meritoria dada la categoría de sus defensores, todos ellos rudos hombres de montaña que un día bajaron a la llanura y cogieron un balón como el que manipula un mortero. En todo caso, el partido de Osasuna, desde los primeros 10 minutos de tanteo hasta el final, consistió en cerrarse muy ordenadamente en su transición defensiva y esperar al Madrid pegando mucho el culo a la frontal del área propia, cabalgando alguna que otra vez hacia la portería de Casillas con cierto criterio pero sin peligro de ninguna clase. El Madrid fue Modric, y Modric fue el Madrid. Luka está muy por encima, ahora, de cualquier compañero: corta, templa, manda, cubre, tira diagonales, avanza millas tras las trincheras enemigas y ha adquirido el don de la ubicuidad, que es lo que distingue a los centrocampistas completos que orillan su cenit deportivo. Está cerca de su propio Everest, y llegará a la cima mostrándose como un futbolista abrumador, capaz por sí mismo de asumir roles tan diferentes en la medular que hasta hacen parecer prescindibles, a ojos del espectador, a sus escoltas.

Hoy fue Illarra quien aguardaba siempre a su paso, escudero fiel, tanto en la quita como en la cobertura y la subida a la segunda línea. Carletto dispuso un asimétrico 4-2-4 porque, en la práctica, Jesé se instaló en el chiringuito de Marcelo y la ausencia de solidaridad defensiva de los tres velociraptors de arriba obligaba tanto a Modric como Illarramendi a abarcar mucho terreno. Cumplieron con pulmones y solviencia, en parte por que Osasuna no exigió ni el 50% de lo que sí requirió en noviembre en el duelo liguero de Pamplona. Benzema, que se llevó casi todo el partido estudiando algunas suras del Corán alrededor del balcón del área visitante, marcó el 1-0 en la primera parte, peinando a las redes un balón envuelto en seda que Lukita envió desde Croacia. Jesé, que fue el mejor tras Modric, no paró de agitar el árbol, pero no cayó ningún requeté: estaban todos en torno a Asier Riesgo, su portero, apiñados como balas de cañón. En la segunda mitad, de nuevo Benzema buscó a Jesé para sacar del tedio al Bernabéu. Sobre el minuto 20, la sombra de Cristiano puso nervioso a un zaguero osasunista, que cedió atrás con más miedo que convicción, como el que se quita de encima la pistola con la que se cometió un crimen. Atrapó la pelota Benzema, quien vio venir a Ronaldo emergiendo desde el vórtice polar del Ártico como la viva imagen de la ira de Dios. Cuando todos esperábamos que la rompiera, deslizó suave hacia la carrera de Jesé, que venía a su derecha, desarmando a toda la defensa rojilla. El canario batió a Riesgo a placer, y desde ese minuto y hasta el final, el partido fue un tiro al plato de Cristiano Ronaldo, sin suerte. Aquiles continúa con la saudade de Troya, pero el final del partido dejó un gesto esperanzador: al pitar el árbitro el de Madeira embocaba el campo rival con toda la banda para él, y al oír el silbato pateó indignado el balón. El héroe está volviendo, caballeros. El 2-0 es un buen resultado para la vuelta, que será el miércoles que viene -agradézcanle a la Federación y a la AFE el apelotonamiento de partidos de aquí al final de enero tras el parón navideño-: mantendrá despierta la tensión competitiva y hará que los muchachos de Ancelotti acudan contentos a la brega.

Fútbol desestructurado

8 dic

La Copa. A los niños les asusta, a los viejos les aburre y los que estamos en medio tenemos que sobrellevarla, como se cargan con las responsabilidades coñacer de la vida adulta. Si la Liga es esa mañana de sábado en la que puedes levantarte a las once, y la Copa de Europa es el puente haciendo windsurf en Tarifa, la Copa es eso, ya sabes: recoger a los niños del colegio, comerte la hora punta en el metro o fregar el cuarto de baño. Lo prosaico. Y no tendría por qué ser así, si la RFEF no fuese un conciliábulo de haraganes y apesebrados con el porte de don Tancredo y las espaldas más duras que la carne de perro. Porque si la Federación Española de Fútbol cuidase su producto, la Copa no sería este insoportable truño de estética decadente y aroma a torneo regional de segunda fila, sino un campeonato vivo, dinámico, popular y competitivo. Incluso rentable. Pero qué se puede esperar del comando Villar, una banda que ha conseguido depreciar como marca comercial hasta una Selección Nacional campeona de todo. Al Madrid le esperaba la hierba sintética de La Murta, hogar del Club Deportivo Olímpic de Xátiva. Las cloacas de la gloria también requieren la mejor de nuestras sonrisas y por ello -como precisó acertado Jorge Bustos- Ancelotti se propuso dignificar la Taça do Rei calzándose un traje con su canónico chalequillo. Impecable Carletto, quien sin saberlo legó a la posteridad un gesto revolucionario, sin parangón: en la Gotham City del chándal, las crestas y el escote masculino, salió a bailar en chaqueta y corbata. El shock cultural estuvo a punto de provocar más de un ictus en el graderío levantino. Formó el Madrid con Casillas bajo palos -quien cada día amanece más desconectado de sí mismo, del brazalete que aún ostenta y de la armonía espiritual de un vestuario al que parece ir agarrado como una de esas ostras soldadas al casco de los barcos- y con una defensa de circunstancias: Arbeloa por la izquierda, Carvajal en la diestra, Nacho y Ramos en una bicicleta tándem.

Por delante, Casemiro estibaba e Illarramendi trotaba a su alrededor con ademanes de almirante y tibieza de grumete. Por encima, en abanico, Jesé, Di María y Alarcón dibujaban una imprecisa línea de 3 de la que surgía Morata, incrustado en la punta del confuso 4-2-3-1 con que Ancelotti quiso tramitar el expediente de la forma menos sangrienta posible. No ocurrió nada. Absolutamente nada. El once valenciano, todo de blanco, ofreció el ímpetu provinciano de rigor. El Madrid aguantó el tipo, muy remotos ya en la psique de este club los agujeros negros de Irún y Alcorcón (otra de las aportaciones de Mourinho a la regeneración -incompleta- del Madrid, la terapia antiestrés en los primeros rounds coperos) y la noche transcurrió entre la algarabía de la tribuna y la obtusa lucha grecorromana en el tapiz artificial de Játiva. El Olímpic apenas se asomó al arco de Casillas, y cuando lo hizo el balón parecía una de esas granadas de mano soltadas de improviso en una trichera que van rebotando de aquí para allá mientras algunos se ponen a salvo y otros intentan patearla hasta las líneas enemigas. En la segunda parte, con Marcelo en juego y después Benzema y Modric, el Madrid sacó cierta estoica gallardía: pergeñó algunas combinaciones rasas, cuero al suelo y mirada al frente, e Isco estuvo a punto de marcar en dos ocasiones. Antes de irse Odín le sacó la lengua a Morata para dejarlo solo, delante del portero local, con una asistencia neocatecumenal. El chico, mixto de Raúl y Morientes -sin el talento del primero ni la picardía del segundo- la mandó a Gandía, y ahí murió un partido infumable. La tensión competitiva madridista la resumió perfectamente Benzema quedando para después con una mozuela local que lo cazó mientras buscaba un saque de banda. Algún día conquistaremos una Copa a partido único desde la primera eliminatoria. O no. En España, qui lo sá.

Entreacto

22 abr

Era este un fin de semana de entreguerras. El madridismo comienza a oler la mecha del arcabuz encendiéndose, y para matar los nervios convirtió el partido contra el Betis del sábado en un festivo vodevil con Casemiro como cómico itinerante invitado a entretener al personal. Hacía una bonita tarde de primavera, el sol radiante de Madrid invitaba a hipotecarse con tal de no quitarles la sonrisa de la cara a los niños -¡no olvidéis a los niños!- llevándolos de merendola al Bernabéu, y Alemania aún quedaba muy lejos. El jolgorio duró lo que tardó Marcelo en cerrar mal un contragolpe bético y joderse los isquiotibiales. Fue un primer augurio, y a todos se nos quedó el cuerpo como cortado: de repente el sol empezó a ponerse y nos dimos cuenta que llevábamos todo el día bebiendo en vaso ancho y las calores nos habían desacompasado la sesera. Teníamos frío. Ya, ni siquiera el joven bigardo Kashmir, el box-to-box amazónico con el que Mourinho volvió a reírse de los periodistas deportivos que infunden delirios de grandeza a jóvenes don nadie como Jesé, nos hacía gracia. No obstante, Casemiro evocó por ratos a Emerson, no al viejo con garrote que vino con Capello, sino al fabuloso mediocentro de extraordinario fuelle táctico que gobernó Italia durante años bajo el sobrenombre de Puma. Buena planta, pase en largo y ausencia de miedo escénico. Sin embargo, cuando el entreacto parecía encarrilado, Modric caía al suelo y tanto en el Bernabéu como en cada TL y barra de bar, todos gritamos hombre al agua y nos echamos las manos a la cabeza. Al ver a nuestro niño de la guerra yéndose túnel de vestuarios abajo, en apariencia desconsolado, el cuerpo se nos fue destemplando más y más. Debajo de los últimos hielos a medio aguar, en ese poso repugnante de coca cola y rives que nos queda tras el último viaje al centro de la tierra, nos parecía ver, con mirada turbia y paso dubitativo, a Kaká correteando inofensivamente por el campo del Bayern en una prórroga antigua y como dibujada en sepia. Con la salida de Modric, el Bernabéu se fue despoblando, y la tramoya del vodevil liguero fue dejando paso, entre las butacas vacías de la siempre fiel infantería pipera, al chispeante atrezzo de la Copa de Europa. Esa fue la señal definitiva de que el madridismo no tolera demasiado bien la comedia frívola y el drama ligero con el que se nos intenta amenizar la víspera de la gran tragedia esquilea, pues está probado que nosotros somos gente de acción.

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