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Una filia repugnante

16 jun

Comentaba hoy Carlos Herrera, con esa gracia y ese salero y esa cosa tan suya y tan celtíbera del sarcasmo que alude con sorna a un lugar común establecido entre dos especímenes de la misma manada, que Ignacio Camacho tenía “esa filia mourinhista que le hace tan repulsivo”. Camacho, como es natural, siguió la jugada con el mismo garbo folclórico con el que gente como él y como Herrera y como Naranjo o Rosana María Güiza se gana la vida, representando el periodismo y el departir amenamente de las cosas humanas como una función de tasca de pueblo blanco andaluz al mediodía de los sábados con la cervecita fresca y los altramuces. Esta gente se gana la vida con la ficción de la pataíta al olivo llevada a todos los órdenes de la actividad humana, y cuando sacralizan ese modus vivendi y pretenden intelectualizarlo (si tal existe y me permiten la palabra, que me lo van a permitir faltaría más porque este blog es mío y si no que os den por culo) llegan a la experiencia argumental cercana a la muerte de defender que la culpa de comerse 3 goles el otro día no la tuvo Casillas sino Mourinho. Esto entronca con lo que dice Relaño hoy, que al Santiago Matamoros redivivo de Móstoles y con el carisma de la cocacola sin cafeína le ha faltado portería este año. La culpa es del íncubo de Setúbal y si no de Ancelotti, que tiene más copas de Europa que el Barcelona y que el Aleti juntos pero qué coño va a saber ese italiano tripón de lo que son las esencias de España, y el caso es, la reducción pedroximenesca de todo el asunto es que Casillas no tiene la culpa de nada. A mí me encantaría conseguir eso, el spanish dream que encarna Casillas mejor que nadie: la culpa siempre la tiene otro.

Cruzando el Rubicón

27 feb

Corríamos el riesgo de pasarnos la vida como Augusto, gritándole a Mourinho en las noches de luna llena que qué había hecho con nuestras legiones. Dortmund, la herida sin cerrar. El bosque de Teutoburgo de una generación que no conoció Milán, ni Eindhoven, y que creció con las Copas de Europa cayendo de los árboles. Ayer el Madrid volvía a Alemania, y lo hacía como quien vuelve a Bastogne y tiene que caminar sobre sus propios cadáveres, procurando no acercarse demasiado a la espesura de los árboles: cada partido del Madrid allí es como la primera escena de Juego de Tronos repetida en bucle. El Veltins Arena es un campo magnífico. Está cubierto, pero guarda esa escenografía ambiental tan característica de los estadios de allí, donde siempre parece que está lloviendo aguanieve sobre la cabeza de un madridista. Por supuesto, la acústica es envidiable. Era digno de ver a miles de tíos jaleando al Schalke con 0-6 en el marcador. Imaginaba la escena opuesta: el Bernabéu en mitad de una carnicería, y visualicé cementerios en noviembre con más animación. El caso es que si juntas a más de 10 alemanes en un mismo sitio y les pones una metralleta a cada uno, invadirán Europa; si les das una bufanda, empujarán más que Rocco Sifredi. Esa es la naturaleza del balompié germánico, la percusión. En cualquiera de sus formas. Sus jugadores desquician al contrario a empellones y sus hinchas, botando.

Precisamente así comenzó la ida de los octavos: con el Schalke trepando sobre el muro naranja de Ancelotti. La ilusión duró 5 minutos. Atacaron el desván de Marcelo, chicos listos, y desde ese campanario procuraron golpear a Peperamos con la munición que todos los pueblos del Norte, desde Bilbao a San Petersburgo, saben que mata mejor a los madridistas: el balón colgado al corazón del área. Pero donde siempre claudicó el Real, ayer golpeó con manu militari. Cuando Xabi y Modric aterrizaron el partido y le pusieron aranceles a la pelota, la agresividad del equipo local se demostró pura fachada. Conserva el Schalke la industriosidad típicamente alemana, esa persistencia genética, esa avidez volcánica que les lanza en paracaídas sobre la portería rival con medio centro, un fallo del adversario o alguna carrera suicida por la banda. Pero carecen del poder de intimidación que distingue a la máquina de matar. Huntelaar, el viejo cazador con cara de oficial de la Gestapo, se disolvió entre las piernas de los centrales del Madrid. Ancelotti ha conseguido hacer de Pepe y Ramos un ente eficaz: son autómatas. Carlo, incluso, ha logrado algo más increíble, limitar la excentricidad kamikaze de Sergio Ramos, embridar su insensatez ofreciéndole un destino: la espalda de Marcelo. El trabajo de cobertura del sevillano sobre la playa que el brasileño dejaba abierta casi siempre detrás suya. Se aplicó con un rigor desconocido en él, como si con tal despliegue de tesón y disciplina estuviese homenajeando a Paco de Lucía. Carvajal, en la otra banda, se asoció todo el tiempo con Bale y Ronaldo llevándoles las bombonas de oxígeno en cada aventura por la derecha. El partido del joven albañil metido a carrilero fue muy notable: jugó siempre como queriendo enseñarles Alemania a sus compañeros, exhibiendo su conocimiento del terreno.

Desde la seguridad de la retaguardia, el Madrid se abalanzó sobre el Schalke como una ola asesina. Modric exhibió todas las virtudes que compilaron los antiguos en sus tratados de filosofía y medicina. Corrigió la derrota del balón cuando hizo falta, manejó a los 21 futbolistas que trotaban con él sobre el césped como una marioneta detrás de una tela, y proyectó sobre el cielo de Gerserkirchen un mapa de operaciones virtual desde donde estableció coordenadas. Modric, simplemente, jugó al Risk con los demás, moviendo las fichas de un lado para otro. Le faltó la túnica morada y el capirote ladeado sobre la cabeza para terminar de ser Merlín removiendo la marmita en la que está cocinando una Copa de Europa. Desde Luka, como desde el campamento base del Everest, Bale, Cristiano y un Benzema mayestático escalaron la pared y sembraron al Schalke de minas claymore. Benzema confirmó que su reino no es de este mundo, y al final del partido la gente terminó pidiendo perdón por no hablar su idioma: Karim es de los que te obliga a escuchar rap en francés y desear haber nacido en una banlieu de París, vistiendo todo el día sudadera con capucha y fumando hash con la desidia del rey sin reino. Marcó el 0-1 rematando una dentellada electromagnética de Bale, que apoyó su eslalom en Ronaldo mientras Santana, ese central que eliminó a Pellegrini el año pasado con el gol que sólo pueden marcarle al loser con pretensiones, se preguntaba por qué de niño quiso ser futbolista. El 0-2 debió de empujarle a una reflexión profunda: lo mismo hoy sale anunciando que deja de ser central del Shalke para hacerse franciscano. Una pelota rifada cayó sobre el córner izquierdo del ataque del Madrid, y Santana lo dejó botar: error. Benzema llegó por su espalda, lo sentó en un potro de tortura, le dejó un hijo y se fue sin despedirse. Bale se vio en la obligación moral de terminar el regalo con un calambrazo. La pelota se le cose al empeine como antes vimos hacer a Messi y creímos cosa imposible, de Playstation. Fulminó al portero y el Madrid se sonrió a sí mismo. Justo tras el 0-1 Casillas volvió a agitar su baraka, que es infinita: definitivamente, es un tipo que tiene eso, lo que no se puede nombrar, que dice Mesetas. Lo inefable. Le llegaron una vez en todo el partido, y Drexler, ese joven talento alemán al que todavía no ha echado el Bayern en su cazuela, le remató a quemarropa, exigiéndole justo lo que a Casillas siempre le sobró: reflejos. Tyche, lo llamaban los griegos. Alemania no era esto.

Cristiano Ronaldo pudo marcar el 0-3, el 0-4 y el 0-5 antes de llegar al descanso, pero el portero alemán pareció reciclarse en David Barrufet y se las sacó todas con ademanes excéntricos pero efectivos, escuela Neuer: caer para un lado mientras las piernas marcan ángulos gimnásticos, y se mira mucho a la cámara enseñando la lengua. Poco después del descanso, no obstante, Ronaldo puso la mano en el botín acabando con un hachazo el contragolpe trenzado por Xabi, Bale y el propio Benzema. Que no tocó la pelota, por cierto, en toda la jugada. Le bastó salir corriendo hacia el lugar correcto, llevándose consigo toda la cuenca del Ruhr. Benzema hizo eso todo el tiempo, dejando tanto al Gran Galés como a Cristiano en la posibilidad de buscar el uno contra uno con sus marcadores. Demasiada ventaja. El 0-4 fue como un brochazo de Leonardo: Benzema se montó en uno de sus ferraris y salió disparado entre los jugadores azules. Ronaldo apareció en su camino para tocarle el balón dos veces. Dos pareces al primer toque que deberían ser reconstruidas con maniquíes en el museo del Bernabéu. Luego Karim definió a lo bravo, driblando al portero y metiéndola entre varias piernas. El Madrid, más que un equipo maduro -como se hartó de repetir Carloslus- es un grupo que ha abandonado el underground macarra que le llevaba todas las noches a destrozar bares y vérselas con los picoletos: el Madrid de Ancelotti es Loquillo después de dejar las drogas y la mala vida. Es un rockstar que se ha reciclado, se ha puesto el traje negro y ha decidido dejarle un futuro a los hijos, sacándole partido al talento. La certeza, para mí, es que el Madrid de Ancelotti jamás podría haberse hecho comercial sin haber roto la vajilla que destrozó Mourinho: ese es el legado silencioso que nunca saldrá en los libros de Historia. El 0-5 vino de un pase mirando al tendido de Ramos: Bale salvó la salida del portero sin creérselo, como fascinado por Sergio, que es muy de eso. De engañar a los guiris con sus músculos, sus tatuajes y su pirotecnia de central brasileño. En el 90 Ronaldo calmó el ansia metiendo el 0-6, y acto seguido Howard Webb decidió castigarnos a todos con 3 minutos de alargue en los que dio tiempo a ver a Huntelaar zumbándole la escuadra a Casillas. Alemania ya es tierra quemada, y Ancelotti ayer cruzó el Rubicón: todo lo que venga después será la inmortalidad.

Ser freelance

31 ene

Estar parado no es glamouroso. Y en esto, creo, convenimos todos. Vivimos en un tiempo en que está censurada de forma táctica cualquier expresión pública de negatividad. Uno puede decir en Twitter que está surfeando en Groenlandia, o actualizar el estado de Facebook con un ¡Haciendo puenting sobre el río Kwai! pero no ose asegurar que está triste, molesto o melancólico. Da igual la razón: en la post-postmodernidad uno tiene que estar feliz siempre. Full time. O como la mujer del César, parecerlo. Mostrarse alegre, dicharachero, jovial, y siempre positivo, como un guiñol de Van Gaal lanzándole ladrillos de flower power a todo quisqui por las redes sociales. En este contexto de anulación belicosa de la tristeza, decir estoy parado es como un insulto a la estética dominante. Una transgresión intolerable, porque la perífrasis lleva implícito lo negativo que, obviamente, resulta encontrarse sin ingresos. Por eso, y porque desempleado suena muy forzado, como si fuese algún logaritmo técnico que sólo se le permite usar al Gobierno o a los sindicatos, está de moda presumir de uno mismo definiéndose como freelance. Hola, qué tal, soy un freelance. Y lo molo todo. Reflexionando últimamente sobre esto, he concluido que ser un freelance es tener estudios -de lo que sea- y yacer en el sofá, más parado que un avión de mármol. Soy tan freelance que no me llama nadie. Es, claro, un intento quizá voluntariosamente naïf de encontrar un hueco en un mercado que se cierra delante de los jóvenes licenciados como el Inter de Mourinho defendiendo un 3-1 en el Camp Nou. No sé si fue culpa nuestra, o si tuvimos la mala suerte de nacer en medio de un pantagruélico reajuste de las condiciones laborales universales, pero aquello que nos decía, cuando éramos pequeños, nuestra abuela de estudia, hijo, estudia y lábrate un futuro, ha devenido en una condena para nosotros mismos. ¿Qué debimos haber hecho? Nos estaremos preguntando eso toda la vida, pero, mientras, arañamos la puerta del mercado como canteranos correteando con el peto puesto por la banda del Bernabéu. Y, obviamente, nos autoproclamamos freelance porque así aparentamos una proactividad que se nos exige desde Infojobs. Tienes que moverte, hijo. Moverte por ahí. Me pregunto todos los días qué significará eso. ¿Dar vueltas alrededor de la sede del INEM? No paro de moverme rotando sobre mi propio eje y alrededor del sol, pero lo único que, hasta el momento, he podido hallar es una palabra: freelance. Fabuloso ejercicio de candidez, porque ser freelance es hacer alguna cosa, escribir en cinco medios online de forma gratuita y poner la bio de Twitter en inglés debajo de un avatar en blanco y negro. Ir de aquí para allá, no yendo hacia ninguna parte, y al mismo tiempo, más agobiado que Jack Lemmon en El Apartamento.

Burócratas

28 ene

Últimamente algunos primeros espadas del articulismo español, solariegamente madridistas, están haciendo correr la especie de que el Madrid de Carlo Ancelotti no es demasiado estimulante. Arguyen que frente a la electricidad del Madrid de Mourinho, el equipo de su sucesor les parece frío, y les resulta difícil empatizar con él, como si Carletto fuese un burócrata gris que se limitase a sellar papeles durante toda la mañana. En definitiva, este Madrid les aburre. Fíjense si no comparto este desapego que cuando me puse con el partido, con 25 minutos de retraso, el Real ya iba ganando. Acababa de marcar Jesé. ¡Como para quejarme! Pero vamos a desmenuzar esto, que es muy interesante. El fútbol es una dramaturgia revestida de show business. La identificación hincha-equipo se articula específicamente sobre las emociones. Por lo tanto, quien paga una entrada o se pone delante de la tele no asiste, no obstante, a un estreno cinematográfico, sino a una escenificación trágica de fuerzas telúricas enraizadas en la infancia. De manera que el viejo aserto de Clemente de quien quiera espectáculo, que vaya al circo podría aplicarse a quien dice aburrirse viendo fútbol: aquí se viene a machacar a la tribu de enfrente. El retraso a la hora de incorporarme al partido se lo agradezco a quienes ponen el fútbol a esa hora tan incómoda que son las 9 de la noche. A desmano de todo, uno no sabe si ir a la cocina y cenar algo, por aquello de europeizarse, o si esperar un poco y seguir acomodándose en el hecho diferencial español. En todo caso, a esas alturas Jesé ya había picado medio billete rematando con cierta indulgencia de Kiko Casilla un pase geométrico del artificiero Alonso.

Ausente Modric por descanso, el centro de gravedad del Madrid pasó a Xabi, que lo acaparó todo. El Español, sin embargo, no vino a Madrid con un ardor bélico exagerado: mordió lo justo. Lo que exigía el decoro. Illarramendi escoltó con solvencia y sosiego a su mentor, y Di María trotó de aquí para allá, unas veces sujetando el centro del campo rival en el carril interior, otras veces esparciéndose por la izquierda. Jesé volvió a destacar por el costado derecho, y además del gol dejó varios desmarques y algunas jugadas de lucidez propias de quien goza de confianza en sí mismo. Ronaldo se subió a la atalaya y al acabar el partido había intentado marcar un gol de todas las maneras posibles. Esta vez, empero, se le resistió la divina perforación, y a la hora de escribir esto temo por la integridad cervical de Irina. Alarcón habitó el que se supone su ecosistema particular: la media punta más pura. Su partido fue, de nuevo, intrascendente. El otro día lo comparaba con Modric en una disputa por el mismo balón al que el croata llegó antes que él empezando la carrera diez metros por detrás: ahora mismo, Isco y Lukita parecen vivir a velocidades distintas. No comparto la desazón instalada en el madridismo en torno al malagueño: Odín camina a través de un largo invierno, pero mayo llegará, y conviene no olvidar que los genios florecen en primavera.

El partido no dio para mucho más. Kiko Casilla realizó algunas intervenciones de gran mérito y el Español pudo marcar algún que otro gol, más por la temeridad defensiva local que por insistencia propia. Batir récords de imbatibilidad con Sergio Ramos interpretando el papel de mono pistolero que atormenta a Robbie Williams en una canción es una cosa homérica, muy loca. Nacho pareció un mariscal a su lado, siendo como es un central cuyo mérito es exclusivamente ser una persona normal. Y aparentarlo. Coentrao, en el lateral izquierdo tras su charlotada de Pamplona, recuperó la cordura hasta que se llevó la enésima hostia de su trayectoria profesional: parece un imán para los golpes en esta temporada de ridículo desarrollo personal para él. La Taça do Rei entra en su fase decisiva, esa en la que por fin se asemeja a una competición homologable con los estándares occidentales. El Madrid alcanza las semifinales sin recibir un sólo gol y, también, sin pestañear. Su rival saldrá del choque entre el Athletic y su sucursal madrileña, y mientras el equipo de Ancelotti camina imperturbable por la senda del samurái -por más que aburra al sanedrín- la victoria recupera esa condición rutinaria que en Chamartín es blasón y se hereda de padres a hijos. Palabras como espectáculo, estilo o entretenimiento pierden cualquier sentido cuando uno mira el fútbol como un combate a muerte que ocurre cada tres días y no como un neoyorquino sentándose en el Madison con la camiseta de Carmelo Anthony y el cubo de palomitas.

Metas volantes

13 ene

El Madrid llegó a Cornellá sabiendo ya que Atlético y Barcelona le habían concedido, de nuevo, un baile. La Liga 2013/2014 es una larguísima mano de póker, como esas partidas clandestinas de Los Soprano donde se tiraban toda una noche apostando miles de dólares. Fumando y bebiendo hasta que se hacía de día y uno se iba a casa, forrado, otro se quedaba a dormir la mona en el sofá y el tercero en discordia iba buscando un buen árbol donde colgarse, arruinado. Así es un poco este campeonato tras la marcha de Guardiola y Mourinho: la pelea de los dos titanes ha dejado paso a un pulso ambiguo, desapasionado y a ratos semejante a una etapa de montaña en el Tour de Francia. Rojiblancos y azulgranas, por primera vez desde 1996, esprintaron en las primeras metas volantes, formando una tête de la course a la que se fue enganchando lentamente el equipo de Ancelotti, haciendo el acordeón un par de veces. Pero coronando la primera vuelta, la Liga transita por un repecho del Tourmalet y el Madrid ya asoma en los retrovisores de los dos líderes, gracias al empate a miedo del Calderón. Con la presión de sumar 3+2 saltó el Madrid al coquetísimo estadio del Español, y la coyuntura, lejos de agigantar a los muchachos ayer de naranja, los amilanó. Los primeros 15 minutos del partido ofrecieron al madridista retazos de tragicomedias antiguas: once jugadores moviéndose entre la displicencia y el caos esquizoide, y un rival mordiéndoles los talones. Los locales, con una presión altísima sobre Modric y Alonso, empujaron al Madrid contra el fondo de Diego López, y cruzaron algunos balones émulos de otros que acabaron en estrépito y cuerpos mutilados en Dortmund o Pamplona, más recientemente. Por suerte, John Córdoba no es Lewandowski, y los primeros tiroteos en torno a López no exigieron la intervención de los antidisturbios. El Madrid se fue asentando en el partido a medida que Modric fue liberándose del marcaje al hombre que Aguirre había dispuesto sobre él en los minutos de fogueo. La imprecisión del Madrid se tornó paciente labor de costura desde que Marcelo abandonó el fuerte por su banda, aventurándose por donde disfruta: la puerta trasera de los rivales. Un magnífico centro suyo lo golpeó Benzema travestido de Van Basten, y el balón, aunque se fue dos metros más allá del poste de Casilla, sirvió de aviso a los locales: ya estamos aquí.

Ancelotti, que le tiene una fe ilimitada a Di María, eligió al argentino como acompañante de Modric y Alonso en la medular: la idea parecía atrevida, pero resultó eficaz. El Fideo jugó su partido más serio del año, precisamente cuando se ciñó al rol de interior y tercer hombre en la cabina de mandos. Su buen trabajo en la cobertura por la izquierda dio carta blanca a Marcelo, y Benzema sonrió feliz: por fin tenía alguien con quien jugar. De un ejercicio de plasticidad exuberante del esteta francés nació la jugada más peligrosa de la primera parte. Karino controló un balón en dos dimensiones y sin dejar que tocase el suelo, lo convirtió en HD, mandándoselo al punto de penalty, con lacito y gafas 3D, a Cristiano. Ronaldo punteó el césped, y ahí todos supimos que sigue frente a las murallas de Troya, llamando a voces a Héctor. Con el Madrid patrullando Cornellá a su antojo, Modric batiendo líneas y Bale junto a Ronaldo arañando cristales sin demasiado acierto, el Español se limitó a replegarse con criterio en torno a Casilla y sus centrales. Es aguerrido este equipo de Aguirre, aclamado como un caudillo por su grada. Por delante, John Córdoba, que tiene nombre de pandillero de The Shield, retaba a Ramos en lo puramente halterofílico, sin saber que en el cuerpo a cuerpo el sevillano es casi imbatible: para ganarle hay que usar la cabeza y acudir a la gambeta y el quiebro. No obstante, estuvo sobrio el capitán del Madrid, por fin centrado. Junto a Pepe, dominaron sin problemas el alboroto esporádico que lograba levantar el Español alrededor de la frontal visitante. Rememorando los buenos viejos tiempos, Ramos-Pepe, Pepe-Ramos, jugaron mejor cuando la lucha se centró en lo físico. Adelantaron dos pasos la presión, con lo que el equipo dejó de partirse tanto por el medio como en los partidos precedentes, y la ayuda de Di María resultó clave para que ni Alonso ni Lukita acabaran el partido pidiendo un gotero. A pesar de todo, el Madrid no pudo cristalizar su buena media hora con un gol: tal era la inconsistencia del frente de ataque a la hora de entrar a matar. Marcado por la opacidad de Ronaldo y la intrascendencia de Bale, el Strike Team madridista deambuló errático sobre la media luna españolista, pendientes sólo de la clarividencia de Benzema, el mejor junto a Modric, y los locales llegaron al descanso con la sensación de no haber sido forzados de manera suficiente por un rival que se preguntaba, como Hamlet, si ser o no ser en esta Liga. El Español, que es la Barcelona más rebelde y suburbana, la contestataria que vive en los márgenes enfangados del discurso catalán, saltó en la segunda parte decidido a resistir. Ese es, concluí, el rasgo diferencial de este club: resistencia. Olvidados por el establishment desde que llegó la democracia, o incluso antes, el Español se construye a la deriva, con un carácter radicalmente adversativo. En una ciudad domeñada por un club que se autodenomina ejército desarmado de un movimiento ideológico-político-sociocultural que lleva arrastrando Cataluña a un abismo oscuro desde hace décadas, el Español resulta molesto. Sospechoso desde su mismo nombre. La cámara enfocó una estelada colgando de una tribuna, y pareció por un instante que incluso en la aldea de Astérix se había inoculado el virus de la esquizofrenia colectiva que azota Cataluña. Falsa alarma: el equipo de Aguirre se limitaba a golpear al Madrid sin patriotismo, por pura supervivencia competitiva.

Avanzaba la segunda parte y el Madrid se volvía impreciso, precipitado y absurdo. El dominio tranquilo de la primera parte dejó paso a un caótico vodevil que amenazaba con un descarrilamiento en alguno de los balones en largo a la carrera de los delanteros locales, que atacaban con sangre en los ojos el espacio a la espalda de Marcelo y Carvajal. Sin embargo, fue entonces cuando llegó el gol del Madrid: Modric botó una falta al corazón del área de Casilla y Pepe saltó poderosísimo al cabezazo picado. Es curioso cómo Kepler comenzó a dejarse el pelo largo justo tras cometer la felonía contra un Mourinho que era ya moro muerto en el Madrid. Desde entonces parece que, en un fenómeno inverso al de Sansón, ha ido perdiendo masa corporal y por ende, fiereza, conforme la calva de guerrillero dejaba paso a una melena de hippie ibicenco. Pepe ya no asusta y hasta su mirada parece la de un rockstar amaestrado después de pasar un año en un centro de rehabilitación. Pero conserva una versión reducida de sí mismo que le permite sernos útil todavía, como Pussy Bonpensiero sirvió a Tony Soprano mientras podía ayudarle a resolver viejas cuentas pendientes. No obstante, antes de mandar a Laverán a dormir con los peces -quizá en Manchester con Pellegrini, quién sabe- Ancelotti tiene por gestionar algunas deficiencias en su equipo: aún con Di María rindiendo en el interior, la ausencia de Khedira lleva desangrando al equipo desde noviembre, justo cuando la última fecha FIFA gripó el motor de un bloque que ascendía a velocidad de crucero desde la derrota del Camp Nou. El partido acabó con el Español trepando por la pared del Madrid y Ronaldo abrumando al mundo con su propia desesperación: continúa persiguiendo su sombra con los ojos enrojecidos de cólera paranoide, y hasta que no destroce con un hat-trick al próximo infeliz que se le ponga delante, seguirá atascado en sus arenas movedizas. Ancelotti agotó sólo un cambio hasta el rush final y ahondó en la impresión de que su dirección de campo es laxa y previsible, más de corte pellegriniano que mourinhista. Pero qué creían, estábamos acostumbrados a Mick Jagger, y Carlo emite en una longitud de onda más mediterránea. El Madrid termina la primera vuelta a un partido de la cabeza de la Liga, y lo que es más importante: dependiendo de sí mismo para ganarla. 2014 aún no ha violado las redes ni de López ni de Casillas, lo que en sí mismo constituye un hito histórico, y más en una temporada irregular en la que la defensa, huérfana de Varane y con dos centrales en rebajas, asemejaba una verbena de pueblo español a las 4 de la mañana.

Cristales sobre la alfombra

15 dic

La perfección no existe, y el madridista haría bien en asumir esta renuncia como paso previo a la aceptación total de lo que significa ser del Real Madrid. Esa imperfección causa dolor y malestar, nos hace arañarnos la cara con lamentos de plañidera y convierte nuestros sábados por la tarde en un tormento lleno de alcohol y fatalismo. Incluso Mourinho sucumbió a esa asimetría emocional que domina el alma de este club confuso que rechaza el orden por demasiado europeo y abraza la verbena como modus operandi tradicional. Lo de ayer fue un poco así. Saltó el Madrid al Sadar con los cromos de Panini: Marcelo y Carvajal en los costados (los laterales que exige la España de los bares), Pepe con Ramos en el eje, Xabi, Modric e Isco y los tres stukas por delante. Enfrente, un requeté carlista: once muchachos dispuestos a morir por el Sagrado Corazón de Jesús y por los fueros de Navarra. Arbitraba Clos Gómez y este es un detalle que habría que haber tenido en cuenta, pues lastró al Madrid permitiendo a los locales una hostilidad que orillaba la violencia. No obstante, el equipo de Ancelotti empezó bien. Durante diez minutos, monopolizó la posesión y maximalizó el reducido perímetro del tapete verde pamplonés: triangulaciones, taconazos y asociaciones fugaces entre Alarcón, Benzema, Modric y Cristiano que abrieron dos o tres vías de agua importantes en la defensa local. El gol no llegó, y el impulso inicial madridista fue contrarrestado con la vieja regla del balompié universal: leña al mono cuando el de negro no mire. Osasuna subió el voltaje del partido placando cada movimiento de Ronaldo, Bale o Isco. Cada posesión madridista terminaba con uno de blanco rodando por el césped y por el salón de Diego López comenzaron a sobrevolar petardos que asustaban a los niños. En uno de esos balones lanzados a la cabeza de los centrales, un carlista se arrojó por donde debían cerrar Pepe y Carvajal y alojó la pelota en la escuadra de López. La jugada contenía todos los rasgos de la sitcom madridista tradicional: Marcelo reculando mientras el lateral contrario subía cómodamente el periscopio y se calzaba el guante para centrar; un espacio vacío en el corazón de la defensa y un portero que no sale.

A partir de ahí el partido entró en una fase alucinógena que iba a terminar con el Madrid tumbado de boca sobre la alfombra, escupiendo los dientes. Clos Gómez se tragó el silbato cuando a Modric lo derribaron sobre una trinchera navarra, y acto seguido sacó a Sergio Ramos una amarilla, en sí misma, dadaísta: el sevillano cortó con limpieza un ataque local en su única acción brillante del día y el referí le mostró la cartulina no a él, sino a su leyenda negra. Al parecer Ramos no reflexionó lo suficiente sobre ello pues al rato, ya con 2-0, cometió su enésima torpeza no sólo deportiva, sino institucional: golpeó innecesariamente a un rival en la cara ante los ojos de Clos, quien lo expulsó como un autómata. La temporada del segundo capitán del Real Madrid está siendo más lúgubre que Sin City: persevera en su caída sin frenos, y su natural esquizoide parece verse multiplicado exponencialmente a medida que pasa el tiempo, en una suerte de involución natural. Este con los años no madura, al revés. Dejó a su equipo con 10 justo después de que a Diego López le rematasen dos veces bajo sus barbas. La primera la salvó con una estirada soviética pero al rechace no llegó. Era imposible. El partido recordó, entonces, a una película de Tarantino: había sangre por todas partes. Sin embargo, al filo del descanso Alarcón logró saltar sobre el alambre de espino osasunista y se la dio a Ronaldo. Éste gritó a mí, Sabino, que los arrollo, y consiguió llegar hasta la frontal empujando rivales y mordiendo nucas. Allí se la devolvió a Isco, y que fulminó desde fuera al meta navarro. 2-1.

En la segunda parte Ancelotti decidió mantener a Xabi de central, pero a pesar de cinco esperanzadores minutos en el comienzo, Osasuna engulló a Modric. Totalmente desasistido, el croata era incapaz de establecer una línea de pase decente entre los tres cuartos de cancha madridista y los de arriba. Osasuna se defendía como si le fuesen a quitar los privilegios fiscales a Navarra, y por momentos toreó a un Madrid cansado y desquiciado: Javi Gracia ensayó posesiones eternas y salidas lavolpianas, y su equipo parecía el Bayern. En un par de contragolpes estuvieron a punto de finiquitar al Madrid, pero como los viejos boxeadores, a los visitantes les quedaba un último puñetazo. Isco colgó un balón delicadísimo sobre la frontal de la chica navarra, y Pepe se redimió en parte de su nefasto partido cabeceando canónicamente a las redes el centro del malagueño. Con el 2-2 al Madrid le sobró Di María y le faltó Benzema: el arreón final murió en las desacertadísimas decisiones del argentino, quien parece haberse desinflado tras su glorioso comienzo de temporada. Agitador natural, el de Rosario confundió el pulso del partido y eligió de forma absurda, recordando la peor versión de sí mismo: un jugador obtuso y limitado a una sola pierna. Di María, como Ramos, es el jugador paradigmático del equipo de Ancelotti: un talento inconmensurable constreñido por una peligrosa incapacidad para leer las coordenadas del fútbol y de la competición. El Madrid se vuelve a colocar a 5 puntos del líder, y posiblemente a 4 del segundo, con lo que este paso atrás significa: la mejor plantilla de Primera División sigue generando una abrumadora frustración entre su afición, perdida en el bucle de insatisfacción permanente que provocan las enormes posibilidades de un equipo que despilfarra oportunidades de hegemonía.

Fútbol desestructurado

8 dic

La Copa. A los niños les asusta, a los viejos les aburre y los que estamos en medio tenemos que sobrellevarla, como se cargan con las responsabilidades coñacer de la vida adulta. Si la Liga es esa mañana de sábado en la que puedes levantarte a las once, y la Copa de Europa es el puente haciendo windsurf en Tarifa, la Copa es eso, ya sabes: recoger a los niños del colegio, comerte la hora punta en el metro o fregar el cuarto de baño. Lo prosaico. Y no tendría por qué ser así, si la RFEF no fuese un conciliábulo de haraganes y apesebrados con el porte de don Tancredo y las espaldas más duras que la carne de perro. Porque si la Federación Española de Fútbol cuidase su producto, la Copa no sería este insoportable truño de estética decadente y aroma a torneo regional de segunda fila, sino un campeonato vivo, dinámico, popular y competitivo. Incluso rentable. Pero qué se puede esperar del comando Villar, una banda que ha conseguido depreciar como marca comercial hasta una Selección Nacional campeona de todo. Al Madrid le esperaba la hierba sintética de La Murta, hogar del Club Deportivo Olímpic de Xátiva. Las cloacas de la gloria también requieren la mejor de nuestras sonrisas y por ello -como precisó acertado Jorge Bustos- Ancelotti se propuso dignificar la Taça do Rei calzándose un traje con su canónico chalequillo. Impecable Carletto, quien sin saberlo legó a la posteridad un gesto revolucionario, sin parangón: en la Gotham City del chándal, las crestas y el escote masculino, salió a bailar en chaqueta y corbata. El shock cultural estuvo a punto de provocar más de un ictus en el graderío levantino. Formó el Madrid con Casillas bajo palos -quien cada día amanece más desconectado de sí mismo, del brazalete que aún ostenta y de la armonía espiritual de un vestuario al que parece ir agarrado como una de esas ostras soldadas al casco de los barcos- y con una defensa de circunstancias: Arbeloa por la izquierda, Carvajal en la diestra, Nacho y Ramos en una bicicleta tándem.

Por delante, Casemiro estibaba e Illarramendi trotaba a su alrededor con ademanes de almirante y tibieza de grumete. Por encima, en abanico, Jesé, Di María y Alarcón dibujaban una imprecisa línea de 3 de la que surgía Morata, incrustado en la punta del confuso 4-2-3-1 con que Ancelotti quiso tramitar el expediente de la forma menos sangrienta posible. No ocurrió nada. Absolutamente nada. El once valenciano, todo de blanco, ofreció el ímpetu provinciano de rigor. El Madrid aguantó el tipo, muy remotos ya en la psique de este club los agujeros negros de Irún y Alcorcón (otra de las aportaciones de Mourinho a la regeneración -incompleta- del Madrid, la terapia antiestrés en los primeros rounds coperos) y la noche transcurrió entre la algarabía de la tribuna y la obtusa lucha grecorromana en el tapiz artificial de Játiva. El Olímpic apenas se asomó al arco de Casillas, y cuando lo hizo el balón parecía una de esas granadas de mano soltadas de improviso en una trichera que van rebotando de aquí para allá mientras algunos se ponen a salvo y otros intentan patearla hasta las líneas enemigas. En la segunda parte, con Marcelo en juego y después Benzema y Modric, el Madrid sacó cierta estoica gallardía: pergeñó algunas combinaciones rasas, cuero al suelo y mirada al frente, e Isco estuvo a punto de marcar en dos ocasiones. Antes de irse Odín le sacó la lengua a Morata para dejarlo solo, delante del portero local, con una asistencia neocatecumenal. El chico, mixto de Raúl y Morientes -sin el talento del primero ni la picardía del segundo- la mandó a Gandía, y ahí murió un partido infumable. La tensión competitiva madridista la resumió perfectamente Benzema quedando para después con una mozuela local que lo cazó mientras buscaba un saque de banda. Algún día conquistaremos una Copa a partido único desde la primera eliminatoria. O no. En España, qui lo sá.

Etapa de transición

1 dic

Un Madrid-Valladolid en el Bernabéu es un partido funcionarial, por naturaleza. Mi cerebro ha archivado todos los que he visto a lo largo de mi vida en la misma carpeta verde arrumbada en una esquina del almacén. Sólo recuerdo singularmente uno, en 2002, o por ahí. Aquel tuvo la particularidad de que el Valladolid marcó el definitivo empate a 2 casi al final tras un silbatazo procedente de la grada que paralizó a la defensa local. Un jugador cualquiera -algún día habrá que hacerle un monumento, en Las Rozas, a la memoria del futbolista desconocido, con su llama inextinguible y todo- del equipo pucelano le marcó a César un gol de coña, de esos que ves 10  años después en los Vídeos de primera de algún canal de la TDT un domingo por la mañana, mientras sobrevives a la resaca. Ese día, el Valladolid sacó su mejor resultado de Chamartín antes de que sobreviniese el último invierno. Diferentes son, eso sí, los Valladolid-Madrid jugados en la estepa castellana: tienen un no sé qué de auténticos. Siempre van sobrados de épica de vuelo bajo; ruletas de Zidane que acaban en el limbo de las maravillas inacabadas como Notre Dame, el gol de Pelé o la separación de poderes en España; golazos y, en definitiva, alegría. Que es lo que se le pide al fútbol, y más cuando hace frío. Anoche la alegría la puso Bale. Qué jugador.Tardó, exactamente, 2 partidos en adaptarse al ecosistema Real Madrid, que es lo más parecido a que te lancen en paracaídas sobre una colina vietnamita, y más cuando se está produciendo un cambio de guardia: Ancelotti por Mourinho. Bromas del destino: esos dos partidos coincidieron con la visita del Atlético de Madrid, puño de piedra imparable, y la salida al Camp Nou, el desfiladero de la muerte. Aquel jugador desubicado, lento y torpe mutó pronto en una especie de Cristiano Ronaldo zurdo, y la cosa es de unas proporciones tan enormes que los expertos de la NASA enviados a Valdebebas aún están calibrando su magnitud.

La cuestión es que el velocípedo galés, que como Ronaldo abarca todo el frente de ataque madridista como si fuese la presencia de una deidad olímpica, ha activado también a Benzema, quien lleva algo más de un mes con la lámpara al rojo vivo, de tanto frotarla. Entre ellos dos se bastaron para aniquilar al pobre Valladolid de JIM, ese entrenador que convirtió al Levante en una banda de sicarios albanokosovares pero que está fracasando en su intento de hacer lo mismo con el vestuario que le legó Djuckic. Durante la primera media hora, que es lo que tardó el Madrid en saltarle la tapa de los sesos, el Valladolid aguantó el tirón sin pasar del centro del campo. Modric y Alonso cortaban, con precisión quirúrgica, desde una caravana aparcada en mitad del desierto. Entre los dos distribuían la mercancía por medio de Marcelo, Carvajal, Di María y Alarcón. Los dos laterales madridistas, puro hedonismo, encontraron una noche ideal para corretear alegremente por el pasto sin preocuparse demasiado por guardar la puerta de casa. Entre cabriolas y saltos de Ramos -que ayer se remató a sí mismo todas las veces que pudo, desquiciado ante la impresión de que el madridismo de infantería ya le ha quitado la infalibilidad papal- el Madrid cocinó el partido como si fuese una tonelada rutinaria de blue meth. Arriba, Bale seguía desmintiendo a quienes todavía lo consideran un velociraptor que se ahoga en la triangulación y el futsal al primer toque de corte intimista: junto a Benzema, Isco y Modric tejieron un manto prodigioso bajo el que murió el Valladolid, paralizado tras el primero del galés que vino de un rechace bombeado que quedó flotando sobre el punto de penalty. A los pucelanos se les congeló el depósito tras un rato largo tapando agujeros en la sala de máquinas, y el camino le quedó expedito a los hombres de guante blanco. El dragón galés tocó una pelota exquisita que cayó en parábola sobre la frente de Benzema, que sólo tuvo que dirigir el cuello hacia donde ese balón pedía ir. 2-0 y Diego López de tertulia con el fondo sur, otra vez medio vacío. El gallego cada día tiene menos trabajo, y el que le surge lo resuelve con aplomo de arquero soviético: con su porte de alabardero real, y las mallas negras en las piernas, sólo le falta jugar con una gorra, como Zamora, para erigirse en un icono de la contracultura. En la segunda parte pudieron llegar 10 o 15 goles más, pero el Madrid se apiadó de los blanquivioletas y se dedicó a exhibirse con balas de fogueo, hasta que Bale se hartó y metió otros dos. Con los que le alcanzó para hacer su primer hat-trick en España, firmar un partido colosal y sembrar el pánico entre el antimadridismo rampante, pero no para obtener la máxima puntuación en la crónica de Santísimo, Il Divo de las plumas de brocha gorda de este país.

La tercera vía

10 nov

El Real Madrid de Carlo Ancelotti es como un parto difícil. Nacido en uno de los momentos más complejos de la abigarrada historia moderna del club, al italiano se le miró, al llegar, con suspicacia inevitable. La canalla, leña en la caldera del entorno mediático, lo miraba con recelo tras traicionar en la primera jornada el aparente pacto de cordialidad que firmó la prensa por él en junio: sentó a Casillas. La legión nostálgica del mourinhismo, como los romanos perdidos en China de Manfredi, se batían en retirada mirando hoscos al nuevo, como si el gentiluomo Carlo fuese un intruso, o la segueta con la que Florentino venía a aserrar la obra del Émigré.  Ancelotti, pues, se está imponiendo como una suerte de tercera vía, aunque el camino es largo y tiene muchas piedras. Hacer funcionar el mecano de un proyecto nuevo, y más en el Madrid, es una tarea que en algunos casos puede llevar al consumo obsesivo de ansiolíticos. O provocar la muerte. El club más viciado del mundo no respeta ninguna de las leyes fundamentales del funcionamiento de la competición: devora plazos con insensatez, fustiga como un gran Circo Máximo a sus gladiadores y exige sin medida ni criterio, como un nacionalista catalán. A pesar de todo, el Carlettosistema parece que ha encontrado algunos arcanos. Por ejemplo, vertebrarse en torno a Xabi, Khedira y Modric. Desde el trivote medular está creciendo un Madrid que es capaz de enroscarse como una oruga sobre sus seis hombres de campo más retrasados y el portero, y desplegar un puño retráctil con el que destrozar a los rivales. Algunas veces le basta con una mitad para sembrar la destrucción, como ayer. La Real Sociedad, un buen equipo al que el campeón inglés sólo ha podido hacerle un gol en 180 minutos de Copa de Europa, encajó 4 en media hora como un Sonny Liston aturdido y sin reflejos. El Madrid, como Alí, recordó una de esas uzis israelíes que sueltan unas ráfagas terribles tras las cuales sólo queda la pena y el quebranto. Así es la ventaja, inaudita, que crean Bale, Cristiano y Benzema, tres monstruos de oscura fábula vikinga que son capaces de espantar a 7 rivales a la vez, tal es la potencia de su zancada y lo tremebundo de su tiralíneas. 

El primer gol fue paradigmático. Alonso, otra vez quarterback antológico, avanzó hasta el límite de la trinchera donostiarra. Caló el mortero y trazó la distancia: la pelota le llegó con nitidez a Benzema, tras corregir la derrota del viento. Xabi es pura balística. Karino bajó la bola de cañón como el que está cogiendo perlas en el Índico. Por la izquierda ya se abría Bale, con la vigorosidad del Tercio a toque de corneta, pero Benzema decidió esperar. Esperó tanto, hizo tan largos esos dos segundos en los cuales activó la panorámica hasta encontrar a Cristiano Ronaldo entrando por la derecha, que el madridismo contuvo el “ay”  como el público de una película de Hitchcok. Cuando el Bernabéu abrió los ojos, el 7 de Madeira ya estaba festejando el gol en una esquina. Cristiano Ronaldo es como la Acrópolis de Pericles: lo que perdurará. Es tan gigantesca su figura que el madridismo habita en la silueta de su sombra proyectada. Me parecería una crueldad del Destino que se marchara de Madrid sin una Copa de Europa debajo de sus brazos. Como Khedira, quien en menor medida lleva siendo un pulso constante, firme, seguro, de este equipo desde hace 4 años. No brilla, ni jamás dejará un highlight youtubero, pero es la argamasa que sostiene el impulso del Madrid como colectivo. Si su tobillo tuviese, además, un plato corto, estaríamos hablando de un Steven Gerrard de fabricación alemana y chásis magrebí. Con Khediras se hollan finales, y con Cristianos se ganan. El alemán estampó el 4-0 al filo de la media hora, en una combinación eléctrica con Bale. Antes, Benzema y Ronaldo habían fabricado el 2-0 en otra razzia fulminante, y un penalty muy riguroso permitió al portugués anotar el 3-0. La primera parte del Madrid de Ancelotti fue redonda, perfecta. En la segunda no hubo historia: el equipo se desconectó, y la Real se estiró hasta aprovechar la laxitud de la defensa madridista en el segundo acto para arañar un buen gol de Griezzman. Cristiano puso los créditos al choque con un free-kick de libro: desde que cambió el golpeo y lo hizo más suave, acomodándolo con el interior en lugar del cañonazo inapelable de sus comienzos, su porcentaje de acierto es mayor. O eso parece. Alarcón salió al final, y se le vio animoso pero predecible. Mal augurio para un tipo como él, cuya genialidad se alimenta de la sorpresa. Lleva un mes y medio dibujando demasiado el gesto: agarra la pelota y los contrarios ya saben qué es lo que va a hacer. Quizá encoger el brazo cada vez que asoma un pase filtrado por su mente le ayudaría. Pero con los genios, qui lo sá. Isco recuperará su tono, de eso no hay duda, y el Madrid lo necesita pues, junto con Benzema, es el único de la plantilla capaz de ralentizar el tiempo y llegar hasta la caja fuerte sin bombardear el banco con drones.

Ciudadano tuitero

1 oct

Todo comienza con una pregunta aparentemente ingenua: ¿por qué te gusta tanto Twitter? 

Porque es el nuevo café donde los españoles nos pasamos la tarde sacándonos los ojos en apasionadas tertulias sobre cualquier cosa susceptible de ser polemizada. Quizá esa es una buena premisa de partida, aunque hay más. Quizá porque, en ese mundo real de carne y hueso -como si Internet fuese de mentira, o lo hubiesen inventado los marcianos, o como si todos en mi TL fueran replicantes…¿lo sois?- la mirada casi nunca se dirige a los ojos, y siempre está manchada por algún subterfugio turbio por donde se escapa la verdad. Lo cierto es que Twitter nos ofrece una posibilidad sugestiva: ser otra cosa distinta, dibujar nuestra propia capa y dotarnos, cada uno, de los superpoderes que elijamos. Sobre todo, nos otorga el don, impagable, de elegir con quién batirnos, por qué, dónde, y para qué. Incluso de ganar guerras perdidas en otros escenarios.

No vimos en directo a The Beatles, ni tampoco a los Stones. Nos perdimos The Who, Dire Straits, Led Zeppelin, y hasta la eclosión del britpop. Ni siquiera vivimos a Oasis. Nuestra generación llegó cuando Liam Gallagher apenas podía cantar los grandes temazos. Nosotros, que fuimos los de entonces, como dice Loquillo, pagamos la factura de una garganta rota por las giras y los backstages de un rock´n roll star, y para resarcirnos ni tan siquiera nos quedaron las Copas de Europa del Madrid. Yo, y ahora hablo en singular por que sé que entre vosotros, lectores míos, hay mucho precoz, celebré la Novena con un zumo de piña: con 12 años, qué quieren, no pude ni chapotear en la fuente del pueblo. Siempre fui un niño muy aplicado, obediente, temeroso de Dios y del santísimo misterio encarnado en una voz atronadora de mi madre, paradigma del matriarcado dominante en el sur de España. Estoy en Twitter para emborracharme con la Décima todo lo que no pude con las tres anteriores, a pesar de que los del 88 ya estamos de vuelta de todo, sin haber llegado siquiera. Ganamos por un instante una Copa del Mundo que nos robaron tras bajar de aquel podio en Johannesburgo, y nunca fueron nuestras del todo las tres Copas de Europa del Madrid Technicolor. No nos engañemos, en Amsterdam, París y Glasgow, vencieron los mayores: nosotros todavía éramos inocentes. Es el peaje, el impuesto revolucionario que nos ha tocado por haber nacido entre los cascotes del Muro de Berlín: cada vez que me meto en Twitter lo hago con la secreta intención de ganar mi propia Guerra Fría, aunque eso queda aquí, en el secreto de confesión al que nos obliga WordPress.

¡Ni siquiera el cine nos han dejado! A medida que fuimos creciendo, el largometraje abandonó el antiguo cine que olía a viejo. Apenas pude ver Titanic en una de aquellas butacas de teatro que te hacían creer que el gran mundo seguía existiendo, cuando la HBO resucitaba el drama audiovisual encapsulándolo en dosis pequeñas, de 60 minutos, y llevándoselo a la televisión. Los galanes ya no fuman y las divas visten visón sintético. Se derruyen países desde pantallas de plasma, y la caballería mecanizada aplana luego los restos mientras dentro los tanquistas escuchan heavy metal. El mundo postmoderno no nos deja ideologías con las que cubrirnos, y casi nos ha dejado sin mitos. Llegamos tarde a todas partes, como si fuésemos una de esas estaciones de metro de diseño, de las que se construyeron durante la burbuja inmobiliaria: preparadas con el mejor equipamiento, no llevan a ninguna parte. ¡Si hasta llegamos tarde a la burbuja! Por eso Twitter es el asidero inesperado, el deus ex machina que vino para salvarnos del tedio, del hastío, y hasta de la desesperanza. Como superhéroes de la Marvel, nos pasamos el día ocultando nuestra verdadera naturaleza, esperando con ansia el momento de entrar en la cabina de teléfono, desabrocharnos la camisa, quitarnos las gafas, soltar el maletín y salir zumbando al cielo de Nueva York: todo eso ocurre en nuestro cerebro durante el lapso de tiempo que tarda en cargar la aplicación de Twitter en el móvil. El pajarito azul es como el murciélago luminoso tatuado en el cielo de Gotham. Nos llama, nos advierte, nos impulsa. Tiramos en una esquina el aburrido traje de normalidad con el que la cotidianeidad insulsa nos obliga a vestirnos, y nos sacamos el móvil del bolsillo como si fuésemos Clint Eastwood en un western de Leone.

-¿Qué haces?

-Tuitear.

-No he quedado contigo para que estés todo el rato mirando el teléfono.

-(Pues vete, coño, vete, ¿no ves que me aburres, tontolaba?) Uy, perdón, ya lo guardo. ¿Qué decías de Mourinho?

-Que era un chulo, ese portugués. ¡En 3 años sólo ganó una Liga!

-Ya

Casi siempre el traje de superhéroe es el gris y anodino de la rutina. En Twitter, simplemente, nos liberamos. Encontramos un campo de batalla virtual donde desenclaustrar al animal y quitarnos la máscara con la que afrontamos la hipócrita realidad de este mundo de cartón. El 1.0 da más sueño y pereza que una tableta de dormidina, y ha tiempo ya que sospecho de todo aquel que no está en Twitter: algo tiene que esconder. Seguramente, su propia irrelevancia. Es este un tiempo despojado de relatos aglutinadores. No hay épica, y la poesía hace tiempo que murió de sobredosis de glucosa a manos, precisamente, de los propios poetastros. Los líderes son ya meros hologramas de un pasado, igual que las causas, las cruzadas y los dioses. Las emociones también son convenciones, y vienen envasadas al vacío. Temo que en unos años legislen sobre ellas, como con el tabaco. Primero nos separarán de los demás, obligando a los dueños de bares y garitos a que habiliten zonas acondicionadas para nosotros. Luego ya no nos permitirán sentir y expresarnos con honestidad en locales cerrados, y se nos verá como a las hordas de fumadores en invierno: en las puertas de las oficinas, emboscados bajo un paraguas o parapetados detrás del abrigo, tuiteando con desenfreno y comentando por lo bajini -para no asustar a los viandantes- lo bien que quedaría Guardiola en una ficha policial al lado de las dos Copas de Europa que robó en Barcelona. La corrección política ya se ha adueñado del espacio privado, de la conversación despreocupada en la barra del bar, del comentario socarrón con el vecino, del speech del cuñado en la cena de nochebuena. La verdad ya es un paquete estandarizado que incluso te puedes descargar en PDF, aunque Pedrojota cobre por ella en Orbyt y el kiosquero nos diga, guasón por las mañanas, que en papel vale 1,20 aunque ya no traiga cubertería madridista o calzoncillos con la corona del Real impresa en el cordelito. Y claro. Para desvincularnos de este mundo de mentira, sólo tenemos que desbloquear el móvil y pulsar el icono del pajarito azul, que es como izar una Jolly Roger en lo alto del aparejo y salir zumbando hacia Isla Margarita.  Nos han hecho desertores de la vida real y bucaneros de la actualidad, y tanto es así que si alguno de mis amigos entrara en mi TL -antes tendría que dibujarle un mapa del tesoro- creería que ahí se habla patois o argot de locos, puesto que hasta el lenguaje hemos de reinventar si queremos desprendernos de esa inquietante sensación de ser tan sólo figurantes del Show de Truman. Desde los códigos hasta lo más espontáneo y trivial, todo en Twitter tiene la carga simbólica de lo iconoclasta, por eso influye tan poco fuera de sus propios límites. Por eso es tan inasumible para quien está al otro lado del río y considera absurdo esforzarse por desentrañar la apariencia de elitista singularidad que lo recubre, envuelto como un regalo de Reyes: en la orilla tan confortable del rebaño no se corren riesgos innecesarios, por eso los bares están llenos de gente que no se dice nada.

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