Tag Archives: Napoleón

La novela prometeica

28 Jan

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Sinfonía napoleónica, escrita por Anthony Burgess, es una especie de novela de encargo. Seguir leyendo

Elogio fúnebre de una ciudad

13 Oct

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Cádiz es una cuna de sal. Se levanta en medio de su bahía como un mástil viejo, de caoba americana raída por el sol y los años. En el Palacio del Pumarejo, en el corazón de la Macarena, la columnata del patio central está hecha de esa madera traída del Nuevo Mundo. Entró por Cádiz en el XVIII, cuando la ciudad era el puerto del mundo. Seguir leyendo

14 de julio

14 Jul

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“Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en cuanto a sus derechos. Las distinciones civiles sólo podrán fundarse en la utilidad pública.” (Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, 1789. Artículo I)
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Un trazo europeísta

28 Jun

Ahora que se habla tanto de Europa:  Seguir leyendo

Esperando a Grouchy

23 Jun

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La tendremos, dijo Napoleón el 18 de junio de 1815 por la mañana, al ver desde Le Caillou que ninguno de los 60 mil soldados de la coalición comandada por Wellington se había movido de su sitio desde Hougomount hasta Papelotte. Y la tuvieron, naturalmente. Seguir leyendo

13 de febrero de 1936

13 Feb

En algo hemos avanzado, respecto a 1936: ya no se pueden pegar carteles electorales en los monumentos de las ciudades. Qué menos. Siempre me ha resultado incomprensible que, aún hoy, este recurso propagandístico siga tan en boga: ¿quién vota, realmente, a tenor de un cartel? ¿para qué sirven, si en cinco minutos y a través de la aplicación de Google en cualquiera de nuestros teléfonos, podemos encontrar fotos de los candidatos a alcaldes, presidentes o ministros, en pelotas incluso? Este ensuciamiento de las calles, legitimado por la Junta Electoral y avalado por la tradición histórica, me parece redundante, feo, antiestético: de una obsesión enfermiza por copar lo público, sin más finalidad que la de un difuso empeño por ganar algún voto mediante la acumulación ingente de fotogenia.  Seguir leyendo

Ciudad y memoria

2 May

Cada ciudad tiene una flora y una fauna propia, definida por las características sociodemográficas de cada época. Y como la costra de un reptil, ese pelaje va mutando con el tiempo, conforme los usos y costumbres de sus habitantes. Si en cualquier ciudad, digamos, de provincias, el rumano -y la rumana, que en el gremio de los pedigüeños dacios mantienen escrupulosamente la paridad de género y génera- de guardia está, perenne, con la mano puesta a la puerta del DIA, en Madrid es otra cosa. En la corte son los gitanos, más del terruño que Gracita Morales, los que han desplazado hacia las bocas de metro a ese rumano impenitente que, llueva, truene o abrase, saluda nuestro paso con automática impasibilidad de beefeater de Buckingham: un ieuro pa comé, pohfavó, te dicen, en inquietante parola hispanorrumana. Los gitanos, siempre hombres, como si aún no se hubiesen dado cuenta de que nadie vende nada mejor que las mujeres, forman corrillos de tres o cuatro elementos delante de cada supermercado de Madrid, exponiendo lo mejor de cada cosecha: frutas, hortalizas y legumbres voceadas alegremente por tres generaciones de un mismo clan ante la mirada interesada de esas amas de casa que cada vez tienen menos con lo que llenar el carro de la compra. Fieras patillas, ademán chulapo y gesto convincente: las tres claves del gitano vendemelones, seguro de mantener la unidad de destino en lo histórico de su raza conservando como si fuese un relicario con patas las sagradas costumbres del nómada que llegó de la India. Ahora imagínense a ese personal hace 205 años. Con las mismas trazas, pero embutidos en otros trajes. Con polainas, chaquetillas, bigotazos y navajas de dos palmos enganchadas en el cinturón. Los que hoy pueden ver pregonando los tomates más baratos de todo Madrid a las nenas del barrio son los mismos marrajos que desplumaron a unas cuantas de aquellas águilas imperiales que tenían Europa metida en un puño hace poco más de dos siglos.

Ellos, y gente como ellos, de tales hechuras y similar porte, fueron la fuerza de choque que puso un nudo en la garganta -y más abajo, sí. Justo ahí, donde usted se imagina- al henchidísimo de gloria Joachim Murat, el ufano delegado comercial de Napoleón para la sección ibérica. Luego se unirían unos cuantos oficiales españoles con decencia y vergüenza torera, al ver que los franceses ametrallaban a su pueblo sin que nadie moviese un dedo para evitarlo. Más tarde, la historiografía adobaría todo lo que ocurrió aquella jornada con tintes prosopopéyicos: la patria, el honor, el valor, el rey, la religión, y todo eso. Ya saben, el cuento de siempre. Las fauces de los altísimos conceptos vacíos devoraron las motivaciones reales de toda aquella gente, tan fiera como analfabeta y tan temible en su ira como prosaica en sus razones: la politiquería entre cancillerías que ni siquiera alcanzaban a intuir, y para quienes ellos no eran otra cosa que puritita carne de cañón, los envolvió en uno de sus giros dramáticos, y de repente les puso delante de sus mismas narices a la terrorífica máquina de guerra que había asolado el mundo en tantos campos de batalla. Pero aquellos tipos se lanzaron a la calle a trinchar carne francesa por venialidades: se iban sin pagar el vaso de vino, le miraban el culo a sus hembras y les llenaban el género de bosta de caballo. Ellos, por supuesto, respondieron con lo que tenían: un sordo empellón hacia adelante. Exactamente igual que si hoy a uno le diese por cometer la locura de ir hasta sus puestos y volcárselos creyéndose Jesucristo en el Templo. 205 años después de todo eso, a mí particularmente me resulta extraordinario que en España haya todavía quien se encargue de mantener encendida la llama perpetua del monumento a los caídos el 2 de mayo en el paseo del Prado. Cada vez que camino junto a él, sonrío, puesto que en esta triste nación desmemoriada, cada día que pase ese fuego crepitando en recuerdo de un trozo de la Historia, será un día más en el que todos seguiremos un poquito más vivos.

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