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Pamplona sin odio

15 ene

Es raro para el Madrid ir a Pamplona, a esa cueva de Ho Chi Minh que es El Sadar, y ver la tribuna medio desierta. La noche estaba desangelada: era miércoles, laborable, y a los niños les quedaba poco para ir a la cama. Aun más, la eliminatoria traía un rejón de muerte del partido de ida, así que la parroquia pamplonesa decidió aplazar su ira dei para citas de mayor postín. Saltó el Real al estadio de Osasuna y sólo le faltó la cesta colgando del brazo. Ancelotti extendió el mantel de cuadritos sobre el césped -que parecía un arrozal cultivado en terrazas por cómo botaba la pelota- y sus chicos se entregaron a una plácida gestión del 2-0 del Bernabéu. Coentrao, en busca y captura por la Interpol desde lo de Vallecas, regresó al lateral izquierdo, y cumplió a medias con su habitual sobriedad defensiva sosteniéndole como por inercia: el muchacho parece fuera de combate desde agosto, cuando, huérfano de Mourinho, todo Cristo en España lo condenó a galeras sin que nadie firmase su sentencia firme. Desde entonces vaga por el limbo de los desahuciados del edén madridista, esa estepa donde pululan los cadáveres incorruptos de Baptista, Cassano y Robinho. Con ellos lee a Dante y de vez en cuando recitan a Virgilio, y espera la llegada de alguna oferta de la Premier mirando pasar los trenes como una vaca escocesa. Junto a Fabio formaron Pepe, Ramos y Arbeloa,  la vieja guardia de corps. Consiguieron apuntarse la cuarta victoria consecutiva dejando a cero el arco propio, una cosa impropia de la reputación circense de la defensa del Madrid. Yo, que tengo alma de agonista italiano, lo celebré como algo que pasa una vez en la vida: cada partido que pasa sufro más por la estadística que por el botín en juego.

Al minuto 21 ya estaba el partido sentenciado. Ronaldo había salido como un miura de chiqueros, queriendo justificar el Balón de Oro cada vez que tocaba la pelota. A la cuarta cabalgada los osasunistas le derribaron enganchándose a sus cuádriceps a semejanza de aquellos pitbulls contra los que peleaban toros en la Inglaterra medieval. Más o menos desde el sitio donde en 2012 clavó su famoso estacazo que dio origen a la celebración del muslamen, Cristiano golpeó con furia un balón que se disparó plano pero durísimo: el meta local quiso despejar de puños pero impactó con los meñique. Quien haya jugado al fútbol sabrá que esa es la parte fofa de los guantes de los porteros. La pelota, engreída de violencia, fue hacia abajo y le rebotó en el culo. Gol parecido al que le metió al Tottenham de Bale en 2011: Thor ya tenía su cordero degollado a los pies, y el partido podía seguir discurriendo por los cauces naturales del tedio copero y el spleen de Alarcón. En pleno pico de rendimiento bajo, arrastra su espíritu de fantasista sin saber muy bien por dónde respira el juego. Se solapó todo el tiempo con Jesé, quien en la pizarra ocupaba el lugar de Benzema en la pole position de los velociraptors. Con Di María en su ecosistema original, a Isco le correspondió el espacio vacío por delante de Alonso e Illarramendi, pero ni siquiera durante los 40 minutos iniciales en los que Xabi ejerció brillantemente de artificiero lanzando contragolpes al primer toque, el malagueño encontró su hueco. El segundo gol, ya mediada la segunda parte, fue una metáfora de todo esto. Jesé dribló a su par y se pasó junto a Alarcón montado en Vespa, mientras el Odín barbudo le pedía disculpas por estorbarle la carrera. Big Flow ganó línea de fondo y vio desde el Teide cómo llegaba Di María en la frontal. Empalme a la primera y gol: la jugada más antigua del potrero. De ahí al final todo fue insoportable. Alonso y Ronaldo, sellado el trámite, dejaron su sitio a Bale y Casemiro. Morata entró por Jesé y el drama se cebó con él: al ir a rematar un córner se estrelló contra la culata del fusil de un requeté. Lo tuvieron que retirar más o menos de urgencia, a 5 minutos del final, llorando y tras haber vomitado, después de arrastrarse con el ojo del color de la bandera de los comuneros de Castilla: pésima suerte la de este joven delantero sin apenas talento pero desbordado de corazón, a quien nadie pudo sacar del terreno de juego mientras se pudo sostener en pie. Con Morata en el oscuro rincón de los apestados por la tyche, Coentrao tuvo tiempo aún de dejar al Madrid con 9 después de arrastrarse desde el suelo para patearle la rodilla a un osasuno. Digno final de una noche absolutamente prescindible, desde todo punto de vista. No sé si aún sigue abierta la votación para el Balón de Oro, porque quiero suscribir una candidatura colectiva por todos los que sufrimos el tedio de seguir al Madrid hasta más allá del Limes: los confines de la Copa.

Todos a una

9 ene

Volvía el fútbol al Bernabéu, apenas tres días después del partido frente al Celta, y volvía Osasuna ante la vista del Madrid. Es un equipo que concita una antipatía particular y transversal entre el madridismo: grandes y pequeños, jóvenes, viejos, piperos, undegrounds, tuiteros y madridistas de pitiminí guardan por igual un desdén rencoroso hacia Osasuna desde que a Buyo le explotara un petardo en la cara allá por los 80, en El Sadar. O antes, incluso. Puede que sea una cuestión ideológica más antigua que el fútbol mismo: madridistas y osasunistas recreando en 2014 las guerras carlistas del XIX, y toda la pesca. Quién sabe. Es verdad que a veces, a los jugadores rojillos sólo les falta la boina roja y la badana llena de granadas cruzada en el pecho, con el Sagrado Corazón de Jesús grabado en un bolsillo, cada vez que juegan contra el Madrid: para muestra, el partido que hace un mes aproximadamente disputaron ambos en Pamplona, donde el Madrid se dejó varios dientes. No fue así, esta vez. El Bernabéu acogió animoso la ida de los octavos de final de la Copa del Rey, y el requeté carlista vino con la valija diplomática a Madrid. Quizá la Copa atemperó los ánimos. A fin de cuentas, este es un torneo que, tal y como está montado, sólo empieza a interesar de verdad a partir de los cuartos de final. Si acaso. Antes de llegar a esa cumbre, los partidos como el de esta noche molestan y parecen visitas al dentista: uno intenta que no le duela demasiado. A pesar de todo, Ancelotti alineó una escuadra prometedora en el papel: Arbeloa patrullando la espalda de Pepe y Ramos, Marcelo ante uno de sus partidos-sambódromo (el Bernabéu, la Copa, rival poco exigente: lo más parecido a una pachanga de fútbol tenis en Copacabana) y por delante el Strike Team acompañado, esta vez, por Jesé, que se movería durante todo el partido por ese limbo intermedio abierto entre la media punta y la parcela izquierda del ataque del Madrid.

Delante, un Osasuna repleto de esforzados mocetones navarros. Los comentaristas del Plus se esforzaron mucho en incidir sobre la idea de que Javi Gracia, su entrenador, llevaba meses intentado cambiar el tradicional estilo balompédico del equipo pamplonés. Hasta hoy, desconocía que Osasuna se distinguiera por tener algún estilo de juego reconocible y perdurable a lo largo de su historia: a lo mejor Michael Robinson, que jugó allí, nos lo podía aclarar. Los locutores no hacían más que repetir que Gracia conminaba a sus muchachos a salir desde atrás con la pelota jugada, ensayando una especie de lavolpiana muy meritoria dada la categoría de sus defensores, todos ellos rudos hombres de montaña que un día bajaron a la llanura y cogieron un balón como el que manipula un mortero. En todo caso, el partido de Osasuna, desde los primeros 10 minutos de tanteo hasta el final, consistió en cerrarse muy ordenadamente en su transición defensiva y esperar al Madrid pegando mucho el culo a la frontal del área propia, cabalgando alguna que otra vez hacia la portería de Casillas con cierto criterio pero sin peligro de ninguna clase. El Madrid fue Modric, y Modric fue el Madrid. Luka está muy por encima, ahora, de cualquier compañero: corta, templa, manda, cubre, tira diagonales, avanza millas tras las trincheras enemigas y ha adquirido el don de la ubicuidad, que es lo que distingue a los centrocampistas completos que orillan su cenit deportivo. Está cerca de su propio Everest, y llegará a la cima mostrándose como un futbolista abrumador, capaz por sí mismo de asumir roles tan diferentes en la medular que hasta hacen parecer prescindibles, a ojos del espectador, a sus escoltas.

Hoy fue Illarra quien aguardaba siempre a su paso, escudero fiel, tanto en la quita como en la cobertura y la subida a la segunda línea. Carletto dispuso un asimétrico 4-2-4 porque, en la práctica, Jesé se instaló en el chiringuito de Marcelo y la ausencia de solidaridad defensiva de los tres velociraptors de arriba obligaba tanto a Modric como Illarramendi a abarcar mucho terreno. Cumplieron con pulmones y solviencia, en parte por que Osasuna no exigió ni el 50% de lo que sí requirió en noviembre en el duelo liguero de Pamplona. Benzema, que se llevó casi todo el partido estudiando algunas suras del Corán alrededor del balcón del área visitante, marcó el 1-0 en la primera parte, peinando a las redes un balón envuelto en seda que Lukita envió desde Croacia. Jesé, que fue el mejor tras Modric, no paró de agitar el árbol, pero no cayó ningún requeté: estaban todos en torno a Asier Riesgo, su portero, apiñados como balas de cañón. En la segunda mitad, de nuevo Benzema buscó a Jesé para sacar del tedio al Bernabéu. Sobre el minuto 20, la sombra de Cristiano puso nervioso a un zaguero osasunista, que cedió atrás con más miedo que convicción, como el que se quita de encima la pistola con la que se cometió un crimen. Atrapó la pelota Benzema, quien vio venir a Ronaldo emergiendo desde el vórtice polar del Ártico como la viva imagen de la ira de Dios. Cuando todos esperábamos que la rompiera, deslizó suave hacia la carrera de Jesé, que venía a su derecha, desarmando a toda la defensa rojilla. El canario batió a Riesgo a placer, y desde ese minuto y hasta el final, el partido fue un tiro al plato de Cristiano Ronaldo, sin suerte. Aquiles continúa con la saudade de Troya, pero el final del partido dejó un gesto esperanzador: al pitar el árbitro el de Madeira embocaba el campo rival con toda la banda para él, y al oír el silbato pateó indignado el balón. El héroe está volviendo, caballeros. El 2-0 es un buen resultado para la vuelta, que será el miércoles que viene -agradézcanle a la Federación y a la AFE el apelotonamiento de partidos de aquí al final de enero tras el parón navideño-: mantendrá despierta la tensión competitiva y hará que los muchachos de Ancelotti acudan contentos a la brega.

Amenities

18 dic

Volvía la Copa al Bernabéu después de la final de mayo, ese partido que casi todos hemos borrado del disco duro. Reinaba cierta incertidumbre sobre Chamartín tras el 0-0 de la ida y la charlotada de Pamplona: el madridismo de rulos en la cabeza y nariz metida en el visillo  había ya destripado un conejo, y entre las vísceras vio sortilegios, catástrofes y Alcorcones. El chamanismo es un halo invisible que rodea el Bernabéu como la piel esa con que -dicen- quiere recubrir Florentino el estadio. Lo malo es que también envuelve las entendederas de mucha tropa de infantería que siempre tiene un sollozo colgando del lagrimal. Ancelotti, por lo que se ve, rejonea entre todo esto como Pablo Hermoso de Mendoza cabrioleando con Cagancho por entre los cuernos de un miura. Dejó en casa a Cristiano, Modric y Bale, haciendo la digestión para Valencia, y alineó a Casemiro e Illarramendi junto a Isco. Esa fue la columna vertebral del equipo, alrededor de la cual orbitó todo: espacio y tiempo, Di María y Jesé, con Carvajal asomándose como un cometa por el carril derecho y Morata desprendido del colectivo como un pedazo de chatarra espacial bamboleándose entre la MIR y la Estación Internacional. No fue el día más brillante de la carrera de este muchacho, cuya torpeza se agudiza las tardes en que más se espera de él. Es como si ante la expectación se castigase a sí mismo a correr, olvidando las claves del 9 académico: posición, precisión y brevedad. Anoche se podía oír el crujido de su cintura al girar dentro del área desde Pernambuco, y por ahí se escapan títulos, gloria y eternidades. Menos mal que para solventar el trámite frente al Olímpic de Xátiva no hizo falta la presencia insistente de un goleador.

Entre Alarcón y Jesé fabricaron el 1-0. Pasados los primeros 15 minutos de tanteo, el malagueño bombeó un Ferrero&Rocher a la falla de San Andrés que de repente, un segundo antes, se había abierto en la defensa contraria. Los incautos centrales del Xátiva corrieron a atrapar al gangsta canario, que se escapaba por el vértice, y no vieron la entrada de Illarramendi por la derecha. Jesé sí, y le dijo toma, y triunfa. Asier dejó correr la pelota delante suya con gracilidad y se acomodó la diestra como los buenos pelotaris, zumbando al portero valenciano de fuerte disparo cruzado que nos descubrió a un buen llegador en potencia. Por lo visto, Illarra no marcaba un gol desde que Alonso metió su último trallazo en Liverpool, así que lo comido por lo servido: el destino nos lo compensa. Un rato después, un alopécico zaguero visitante cometió penalty en una jugada extraña: balón al segundo palo, Morata que cabecea impulsado por ese triunfo de la voluntad que impide que no forme parte ya del Getafe 2013/2014, y el mencionado defensa que bracea ostensiblemente delante suya, impidiendo con la mano que la pelota fuese a puerta. Sergio Ramos arrasa en las tendencias defensivas del balompié nacional. Di María fue a tirar el penalty y detrás del portero creyó ver un libro. Del susto le salió un chut lánguido y mal colocado que entró porque al meta del Olímpic le pareció estar soñando: ¡pararle un penalty al Madrid en el Bernabéu!. Con el 2-0 el Madrid se solazó cómodamente en el sofá. Alarcón llenó la bañera del hotel y echó dentro las sales, y al salir fue mojando toda la moqueta mientras encendía un puro y se metía en el albornoz. El partido fue eso, y poco más. Un Madrid reponiéndose del tiroteo del Sadar.

Cristales sobre la alfombra

15 dic

La perfección no existe, y el madridista haría bien en asumir esta renuncia como paso previo a la aceptación total de lo que significa ser del Real Madrid. Esa imperfección causa dolor y malestar, nos hace arañarnos la cara con lamentos de plañidera y convierte nuestros sábados por la tarde en un tormento lleno de alcohol y fatalismo. Incluso Mourinho sucumbió a esa asimetría emocional que domina el alma de este club confuso que rechaza el orden por demasiado europeo y abraza la verbena como modus operandi tradicional. Lo de ayer fue un poco así. Saltó el Madrid al Sadar con los cromos de Panini: Marcelo y Carvajal en los costados (los laterales que exige la España de los bares), Pepe con Ramos en el eje, Xabi, Modric e Isco y los tres stukas por delante. Enfrente, un requeté carlista: once muchachos dispuestos a morir por el Sagrado Corazón de Jesús y por los fueros de Navarra. Arbitraba Clos Gómez y este es un detalle que habría que haber tenido en cuenta, pues lastró al Madrid permitiendo a los locales una hostilidad que orillaba la violencia. No obstante, el equipo de Ancelotti empezó bien. Durante diez minutos, monopolizó la posesión y maximalizó el reducido perímetro del tapete verde pamplonés: triangulaciones, taconazos y asociaciones fugaces entre Alarcón, Benzema, Modric y Cristiano que abrieron dos o tres vías de agua importantes en la defensa local. El gol no llegó, y el impulso inicial madridista fue contrarrestado con la vieja regla del balompié universal: leña al mono cuando el de negro no mire. Osasuna subió el voltaje del partido placando cada movimiento de Ronaldo, Bale o Isco. Cada posesión madridista terminaba con uno de blanco rodando por el césped y por el salón de Diego López comenzaron a sobrevolar petardos que asustaban a los niños. En uno de esos balones lanzados a la cabeza de los centrales, un carlista se arrojó por donde debían cerrar Pepe y Carvajal y alojó la pelota en la escuadra de López. La jugada contenía todos los rasgos de la sitcom madridista tradicional: Marcelo reculando mientras el lateral contrario subía cómodamente el periscopio y se calzaba el guante para centrar; un espacio vacío en el corazón de la defensa y un portero que no sale.

A partir de ahí el partido entró en una fase alucinógena que iba a terminar con el Madrid tumbado de boca sobre la alfombra, escupiendo los dientes. Clos Gómez se tragó el silbato cuando a Modric lo derribaron sobre una trinchera navarra, y acto seguido sacó a Sergio Ramos una amarilla, en sí misma, dadaísta: el sevillano cortó con limpieza un ataque local en su única acción brillante del día y el referí le mostró la cartulina no a él, sino a su leyenda negra. Al parecer Ramos no reflexionó lo suficiente sobre ello pues al rato, ya con 2-0, cometió su enésima torpeza no sólo deportiva, sino institucional: golpeó innecesariamente a un rival en la cara ante los ojos de Clos, quien lo expulsó como un autómata. La temporada del segundo capitán del Real Madrid está siendo más lúgubre que Sin City: persevera en su caída sin frenos, y su natural esquizoide parece verse multiplicado exponencialmente a medida que pasa el tiempo, en una suerte de involución natural. Este con los años no madura, al revés. Dejó a su equipo con 10 justo después de que a Diego López le rematasen dos veces bajo sus barbas. La primera la salvó con una estirada soviética pero al rechace no llegó. Era imposible. El partido recordó, entonces, a una película de Tarantino: había sangre por todas partes. Sin embargo, al filo del descanso Alarcón logró saltar sobre el alambre de espino osasunista y se la dio a Ronaldo. Éste gritó a mí, Sabino, que los arrollo, y consiguió llegar hasta la frontal empujando rivales y mordiendo nucas. Allí se la devolvió a Isco, y que fulminó desde fuera al meta navarro. 2-1.

En la segunda parte Ancelotti decidió mantener a Xabi de central, pero a pesar de cinco esperanzadores minutos en el comienzo, Osasuna engulló a Modric. Totalmente desasistido, el croata era incapaz de establecer una línea de pase decente entre los tres cuartos de cancha madridista y los de arriba. Osasuna se defendía como si le fuesen a quitar los privilegios fiscales a Navarra, y por momentos toreó a un Madrid cansado y desquiciado: Javi Gracia ensayó posesiones eternas y salidas lavolpianas, y su equipo parecía el Bayern. En un par de contragolpes estuvieron a punto de finiquitar al Madrid, pero como los viejos boxeadores, a los visitantes les quedaba un último puñetazo. Isco colgó un balón delicadísimo sobre la frontal de la chica navarra, y Pepe se redimió en parte de su nefasto partido cabeceando canónicamente a las redes el centro del malagueño. Con el 2-2 al Madrid le sobró Di María y le faltó Benzema: el arreón final murió en las desacertadísimas decisiones del argentino, quien parece haberse desinflado tras su glorioso comienzo de temporada. Agitador natural, el de Rosario confundió el pulso del partido y eligió de forma absurda, recordando la peor versión de sí mismo: un jugador obtuso y limitado a una sola pierna. Di María, como Ramos, es el jugador paradigmático del equipo de Ancelotti: un talento inconmensurable constreñido por una peligrosa incapacidad para leer las coordenadas del fútbol y de la competición. El Madrid se vuelve a colocar a 5 puntos del líder, y posiblemente a 4 del segundo, con lo que este paso atrás significa: la mejor plantilla de Primera División sigue generando una abrumadora frustración entre su afición, perdida en el bucle de insatisfacción permanente que provocan las enormes posibilidades de un equipo que despilfarra oportunidades de hegemonía.

No estaba muerto

20 oct

Diego López saltó al verde de Chamartín con unas mallas negras, a lo soviético. Con este detalle de otro fútbol, tan centroeuropeo, comenzó el partido frente al Málaga. Schuster quiso travestir a su equipo en la Bélgica del 86. Así, cazó al Madrid en la trampa del orsay más veces de las que puedo recordar. Sin embargo, el guardameta local apenas salió en tres o cuatro planos a lo largo del encuentro. Fiándolo todo a un balance defensivo casi perfecto, los despojos del Bollywood de la Costa del Sol esperaron al Madrid desde su atalaya, creyendo que enfrente tendrían al obtuso equipo en pañales del día del derby. Se equivocaron. El Real fue como una ola chocando contra una esclusa, pero sin dejar de batirla. Una y otra vez, con Illarra desde la base y Khedira, Alarcón y Di María zumbando por delante como abejorros alrededor de un avispero, el Carlettosistema dominó el tempo, el ritmo y, sobre todo, la pausa. Por primera vez en el curso el Madrid fue paciente, y tejió con parsimonia la cuerda con la que fue ahorcando a los visitantes. Cada vez que Portillo o El Hamdaoui abandonaban la trinchera en intrépido raid por las líneas madridistas, Pepe, Ramos, Carvajal, Khedira o el nieto de Zumalacárregui corregían con eficacia. Bien posicionados, atentos y concentrados, sin que sonasen las alarmas y sin estrépito de loza rota. El Madrid siguió con su zapa debajo de la muralla, dejando colgado en el recibidor del Bernabéu el traje del vértigo, y administró la posesión con incisivo criterio, sin forzar el pase. Morata, que estuvo bien, se excedió en su voluntarismo: es como si supiese que el demiurgo madridista le exige brega y maratón, o como si él mismo jugara creyéndose un nuevo Raúl, un Raúl pijo y de barrio bien, un Raúl prístino, sin Colonia Marconi ni pasado atlético. El problema, no obstante, sigue siendo el de siempre. No sabe definir, y su tendencia a tirar al bulto en los mano a mano contra el portero permite lucirse a los arqueros contrarios. Morata siempre les regala un hueco en el telediario. Tanto se combaba la línea defensiva malaguista, según variase el frente de ataque -que en esta asimetría dinámica de Ancelotti, es como el mapa de las isobaras del hombre del tiempo- madridista, que cuando Di María comenzó la segunda parte lanzando una pedrada desde su potrero de Rosario, ésta terminó colándose por el visillo de la portería de Willy Caballero. Fue la única vez que Caballero (segurata en un garito oscuro de Benalmádena en su tiempo libre) no supo qué hacer con un balón disparado hacia él. Durante el resto del partido soportó el bombardeo de Cristiano Ronaldo con una plasticidad superlativa. De no ser por la calva, hubiera dicho que era Peter Parker vestido de verde. Lo paró todo excepto un penalty postrero que Bale forzó y el Ronaldo de Madeira ejecutó como un matarife aburrido de afilar el cuchillo en vano. El dragón galés arrancó a por un balón en largo, la afición visitante pareció ver un tsunami acercándose a La Malagueta, al árbitro le entró miedo y cerró los ojos. Cuando los abrió vio al de blanco en el suelo y a Wellington recogiendo las muletas. Penalty. Gol. 2-0, 3 puntos que fueron 6 con el empate de Els Segadors en Pamplona -no hay relato onírico que se sostenga en El Sadar. Allí sólo sobrevive la epopeya, Heinze chorreando sangre sobre la camiseta blanca y el Madrid festejando un título bajo la lluvia- y con la derrota de los sicarios de Simeone en la banlieue barcelonesa, siempre hostil para los enemigos de la nación madridista. Las plañideras post-derby se agitan, inquietas. ¡El Madrid no estaba muerto!

A las 5 de la tarde

3 jun

Despuntaba la primavera justo cuando más se parece al verano, en esa especie de stop and go estival que son las tardes de este junio mezzoforte que estamos sufriendo. Hacía una solana tropical en el Bernabéu, dividido en dos por la sombra, como el tendido de una plaza de toros. A las 5 de la tarde, en la hora en que Lorca despedía a Ignacio Sánchez Mejías, un puñado de madridistas aplaudieron por penúltima vez a José Mourinho en Madrid. Tuvo algo de lírico el momento, cuando tras el silbatazo final del árbitro, más de media tribuna abandonó el estadio -algunos Caminantes Blancos lo habían hecho ya, quince minutos antes del final del partido, como mandan los cánones- y ausente Piperland quedaron cantando unos quince mil leales a los que la nostalgia pudo más que la desesperanza. Fueron poco más de veinte minutos donde Los últimos de Mourinho emularon a los de Baler y dispararon al vacío cuantas salvas de voz les dejaron sus gargantas. Al final, José salió, y en un gesto de breve sobriedad saludó a todos con la mano, marchándose para siempre por el túnel de vestuarios y dejando a Florentino oficiando su última misa de campaña ante los fotógrafos con Ricardo, el portero de Osasuna. La imagen no pudo ser más exacta, de una precisión quirúrgica: el futuro seguirá siendo esto, la grandiosidad sin grandeza a la que Florentino Pérez parece enganchado como un adicto al crack. El fasto y la retórica. El futuro de su institución se largaba a Londres entre el clamor de unos pocos incrédulos de que esto haya podido ocurrir mientras el pater familias del madridismo pone proa al parque temático de la autoafirmación inane. Cuánto honraría a la realidad una estatua -sedente- de un hincha trasnochado mirando embelesado las 9 Copas de Europa, puestas una detrás de otra, en hilera y bucle infinito, al tiempo que de fondo la nana del Nessum Dorma cuece su espíritu, como el de un bebedor de ginebra abatido en un rincón.

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