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Fondo de reptiles

3 feb

Carlos Gurpegui es una especie de icono popular del Athletic Club de Bilbao. Suspendido desde 2006 hasta 2008 por unos indicios de dopaje, a su regreso fue aclamado casi como un William Wallace de la hinchada rojiblanca: un mártir del aparato represor del Estado, a quien, sin ningún género de duda, la Audiencia Nacional raptó después de un partido en 2002 contra la Real Sociedad. Tras llevárselo a Madrid con todo secreto y dejarlo en la mazmorra donde Orlov torturó a Nin, turbios Mengeles en batín blanco le inyectaron metabolitos de nandrolona en la sangre. Tantos, que cuando lo soltaron en la puerta de Anoeta, a los dos días, desorientado y con los ojos vendados, el pobre muchacho no tuvo más remedio que mear en un bote la evidencia con la que la Federación Española lo apartó algún tiempo del fútbol profesional. Por tramposo. Anoche, este héroe marginal del balompié euskaldún le recitó la Chansón de Roland al oído a Ronaldo cuando el marcador lucía 1-1 y el Madrid empujaba al Athletic hacia el ombligo de Iraizoz. Cristiano se lo quitó de encima con un aspaviento infantil, de irritación espontánea en el patio del colegio, y el Quasimodo pamplonés se desplomó desde el campanario de Notre Dame con mucho alboroto y clamor nacionalista en el Nuevo San Mamés. De repente una turba rojiblanca ahogó al Aquiles del Madrid, zarandeándolo como si fuera un picoleto en medio de una operación contra el comando Vizcaya, y Ayza Gámez lo expulsó con un servilismo propio de lacayos.

Fue el clímax de un partido corrosivo, en el que ambos equipos se habían llevado 75 minutos metiéndose los dedos en los ojos mutuamente. La brega fue desigual porque Ayza Gámez arbitró con mezquindad: permitió a los locales toda clase de tretas atrabiliarias para frenar a Cristiano Ronaldo, y ejerció una severidad desmesurada para con los visitantes. Su actuación sólo fue determinante en la expulsión del madridista, pero eso castró al Madrid, desquiciándolo para lo que quedaba. El equipo de Valverde, magnífico entrenador ninguneado en Bilbao por quienes compraron todo el crecepelo que les vendió Marcelo Bielsa, se aplicó con ímpetu estajanovista sobre el eje del Real de Ancelotti: Xabi y Modric. La primera parte les pasó por encima a ambos, literalmente: el balón iba y venía como una pandorga, y cada vez que Luka contactaba con él era para decirle hasta luego. Xabi, superado por un ritmo demasiado alto para su cadencia de John Deere, se ganó una amarilla tras varias escabechinas con Mikel Rico, Iturraspe y Ander Herrera, que parecían replicantes de Blade Runner. Desbordado por la incapacidad manifiesta de los laterales, Pepe, Ramos y Di María achicaban espacios mejor de lo que pareció en directo: al descanso se llegó con un sólo disparo de Aduriz, que salió desviado. Ninguno a la puerta de Diego López, a pesar de que los tiempos fueron marcadamente locales.

Sólo Jesé, que estrenaba titularidad liguera, rompió el relato cáustico del partido. Su desempeño fue notable, presionando con criterio y esforzándose por ayudar cuando en el equipo saltaba el DEFCON 2. La segunda parte, no obstante, cambió esta tendencia: el Madrid salió volcánico, decidido a golpear. Modric se deshizo por un instante de los grilletes de Valverde y pudo meter el mismo gol de Manchester después de que Karino bajase una pelota llovida en la frontal con la violencia fugaz del estribillo de su canción con Rohff. Con su paso adelante se vino un Real flamígero. Avisó Benzema con un disparon potentísimo a la escuadra que atajó Gorka, y fue el preludio del 0-1: el francés lanza a Cristiano como un galgo, y éste la pone en el punto de penalty donde llegaba Jesé puntual como un AVE. El canario remató estirando la punta de su bota, a lo capocannonniere, y uno se pregunta si dentro del chico no habitará el 9 con el que sueña Morata por las noches.

Cuando el Madrid parecía decidido a finiquitar el resultado y dejar la Liga en un mano a mano madrileño, Ibai cazó un rechace etéreo (de esos que suele dejar el Madrid flotando sobre su área, como invitaciones al caos) y empató el partido. El chico acababa de entrar, botó una falta y reventó el rebote, como queriéndolo vivir todo demasiado rápido. El Nuevo San Mamés, que es un estadio precioso que las instituciones públicas vizcaínas le han financiado sin ruborizarse al Athletic con la naturalidad con la que en España se aceptan las cacicadas consumadas, rugió oliendo el aquelarre. El Madrid quiso aprovechar el desconcierto para volver a golpear, pero Gurpegui fue tumbado por una ola del Cantábrico y Ayza repartió democracia a la manera en que se viene desarrollando el sistema en el País Vasco desde la Transición: amarilla para los nuestros y roja a los de fuera. Pura metáfora. De ahí al final Ancelotti limitó daños: metió a Illarramendi por Jesé casi en el 80, y luego a Morata y a Varane sin tiempo para que rompieran a sudar. El italiano, conservador en el más estricto sentido de la palabra, demostró reflejos de galápago en la dirección de campo. La jornada, a pesar de todo, fue positiva en términos estratégicos: neutralizada la desventaja con el Barcelona, el Atlético de Madrid sigue a un partido de distancia. El partido arroja menos dudas sobre el equipo que las sugeridas por el ambiente. Sin embargo, donde no llega luz alguna es a esa zona tenebrosa,  Mar de los Sargazos administrativo, que rodea de pronto al Real Madrid cada vez que tiene a tiro la cabeza de la Liga. Es como si, oteando en el horizonte la posibilida de superar al Barcelona, de pronto la LFP abriese un armario lleno de fantasmas y al Madrid lo encerrasen en un cementario con Iker Jiménez.

Fútbol y guerra: la epopeya de los vascos (V)

27 dic

Al llegar a México, como hemos visto, el propio delegado del gobierno de Aguirre en ese país -Francisco Belausteguigoitia- impugnó el último acuerdo hecho con Tomás Arana. A pesar de contar con el aval de las autoridades mexicanas, el asunto aún coleaba: al parecer, Arana tenía ciertas sinergias comerciales con elementos facciosos españoles en la república mexicana, y esto causaba malestar en los círculos cercanos al lehendakari. Algunos nacionalistas vascos dudaban de que la recaudación de los partidos de Euzkadi fuesen a parar verdaderamente a la causa republicana española. Además de esta cuestión empresarial, existían algunas diferencias de orden institucional o político que comenzaron a dinamitar el entendimiento entre la expedición y el Gobierno a quienes pertenecían por naturaleza: tanto el entrenador, Vallana, como el coordinador, Alegría, mantuvieron algunos altercados con el delegado de Aguirre en México, el citado Belausteguigoitia, a cuenta de la equipación. Según éste último contó al lehendakari en una carta, el equipo Euzkadi pretendía jugar en México con la camiseta rojiblanca del Athletic de Bilbao y no con la zamarra verde con la que habían asombrado a Europa meses antes. Aguirre, impedido por la distancia y el cada vez más trágico desarrollo de la guerra, poco podía hacer para llamar al orden al entrenador y al máximo responsable del equipo Euzkadi, así que la cuestión, al parecer, se contuvo dentro de los límites de la cordialidad -no exenta de graves acusaciones personales por parte de Belauste hacia el entrenador y el directivo que, por suerte para todos, quedaron en la privacidad epistolar-. De este modo, en octubre de 1937 el equipo Euzkadi debutó en el DF ante una selección de Jalisco, primero, y más tarde frente al propio combinado nacional mexicano. Ambos partidos los resolvieron con victoria: 1-5 a Jalisco y 1-2 a México frente a 30.000 personas, en la mejor entrada de toda la gira azteca. Tras estos primeros choques, Euzkadi volvió a jugar contra México tres veces seguidas más, todas ellas en el DF. El 28 de noviembre derrotaría otra vez a las águilas por 1-4; el 5 de diciembre se impondría de nuevo por 1-2, y cinco días más tarde cerraría esta tetralogía con un rotundo 0-4. Ese mismo mes aún daría lugar a otros tres enfrentamientos en la capital mexicana, esta vez ante tres de los equipos punteros del fútbol tricolor: el Asturias, el Atlante y el América. La del Club de Fútbol Asturias es otra de esas maravillas escondidas en la Historia: en 1918, un grupo de asturianos emigrados en México fundaron el Centro Asturiano y con él su equipo de fútbol, el CF Asturias. Su intención principal fue la de aglutinar no sólo a los asturianos residentes en el DF sino a todos los españoles que quisieran reunirse para matar la saudade de España. Este equipo, al principio amateur, llegó a conquistar un récord que quedará para siempre en los anales de la historia del fútbol mexicano: fue el primer campeón del balompié profesional en México, en 1944. Vestidos de azul y blanco en rayas verticales, con pantalón azul y medias de ambos colores, ganaron 8 títulos de Copa y dominaron el fútbol centroamericano durante los años 30 y 40, protagonizando terribles derbys contra otros rivales de la capital.

Frente a los asturianos, los vascos se emplearon a fondo, consiguiendo una nueva victoria por 2 goles a 3. Tras este derby español en México, llegaron sin solución de continuidad otros dos enfrentamientos: un 0 a 3 al Club Atlante y un empate a 2 frente al Club América, el equipo más popular de México en la actualidad. El 9 de enero de 1938 disputarían el último de esta magnífica serie de partidos en México otra vez contra la selección nacional, dándose el resultado de 3-1 a favor de los locales. Tras 9 partidos en apenas 2 meses, Euzkadi probó el sabor de la derrota en el quinto enfrentamiento con la selección de México: es probable que nadie haya horadado el orgullo patrio de un equipo nacional de una forma tan consecutiva como los vascos de Pedro Vallana. Aguirre, desde Cataluña, les pedía “ejemplaridad, más que ganar partidos” y ellos se aplicaban a ambas metas puesto que, al otro lado del Atlántico, era lo único que podían hacer por sí mismos y por su tierra. En España, la República continuaba perdiendo terreno frente a Franco y el equipo Euzkadi era, cada día más, un grupo de desterrados arrastrando tras de sí la antigua fama de estrellas del football español y, cada día menos, un Euzkadi Korps hecho de gudaris sin pistola. Apenas una semana más tarde abandonaban México rumbo al Caribe: Cuba. En la isla residía una nutrida colonia comercial vasca desde antiguo. Sin embargo, la mayor parte de sus componentes estaban muy lejos de simpatizar con el nacionalismo ni con el PNV. De manera que la función propagandística del equipo Euzkadi quedó prácticamente anulada en su visita a La Habana, donde estuvieron hasta finales de febrero y jugaron 4 partidos. Si aún hoy el fútbol es un deporte marginal en las Antillas, en 1938 era casi exclusivo de los emigrantes europeos. No hay más que ver ante quiénes jugaron los vascos: el 16 de enero, frente a la Juventud Asturiana de La Habana, un club de origen semejante al del Club de Fútbol Asturias de México, contra quienes empataron 4-4; el 23 de enero, con el Deportivo Gallego, equipo dependiente del Centro Gallego de La Habana, fundado en el Casino Español durante la época colonial; el FC La Habana, ante quien venció 0-2 el 28 de enero, y frente a la Juventud Asturiana, otra vez, el 30 de enero, ganando por 2 goles a 3. La gira cubana fue un fracaso en lo político, ya que el delegado del Gobierno vasco en La Habana, José Luis Garay, no pudo conseguir aumentar el impacto mediático del equipo Euzkadi entre los círculos gubernamentales e institucionales de la isla debido a carácter conservador y pro-franquista de la colonia española en la Cuba de 1938. Sin embargo, deportivamente, el cuadro de Vallana mantenía unos registros espectaculares: de 13 partidos disputados en el continente americano, habían ganado 10, empatado 2 y perdido 1.

El 25 de febrero, el equipo Euzkadi se embarcó rumbo a Argentina, donde ya se habían apalabrado cinco partidos ante los titanes del fútbol albiceleste: River, Boca, Racing, Independiente y San Lorenzo ya esperaban a la selección vasca que llevaba casi un año deslumbrando en todo el mundo. El Gobierno vasco tenía depositadas muchas esperanzas en esta gira argentina, dada la popularidad del fútbol en ese país y la enorme presencia de emigrantes españoles, muchos de ellos exiliados de la España nacional. No obstante, en frebrero del 38 gran parte del teatro geopolítico internacional daba por segura la derrota de la República a manos de los generales golpistas, y cada vez menos puertas se le abrían al equipo del lehendakari. La creación, en la España nacional, de una Federación Española de Fútbol con sede en San Sebastián que pretendía arrogarse con la legitimidad de la FEF sita en la Barcelona republicana planteó un gravísimo inconveniente a las aspiraciones del equipo Euzkadi. El presidente de la FIFA convocó a ambas federaciones en Suiza, y dada cierta inclinación filo-fascista de fifos destacados en aquel momento, no se prohibió la existencia misma del equipo Euzkadi pero sí la disputa de los 5 partidos previstos en Argentina. Durante 2 meses, los jugadores deambularon por Buenos Aires sin poder hacer nada más que asistir impotentes, desde el otro lado del Atlántico, a la resolución de su destino. Con la farragosidad propia de estas gestiones burocráticas opacas y contaminadas por el cabildeo -hoy lo llamaríamos lobbying- tan intrínseco a estas situaciones y a aquella España en guerra que se desangraba en todos los frentes, la cuestión de los jugadores vascos se eternizó hasta el punto en que, en abril, decidieron regresar a Cuba. Así, al menos, podrían seguir jugando, aunque ya, por supuesto, rozando la clandestinidad: habían dejado de ser gudaris de la patria vasca, y al fin sólo eran un grupo de hombres expulsados de su país que habían elegido el bando perdedor en una guerra fratricida. Fue aquí cuando, en el momento de embarcar rumbo al Caribe, se produjeron las deserciones definitivas que terminaron, virtualmente, con la epopeya del equipo Euzkadi: Vallana, el entrenador, decidió quedarse en Argentina, y con él Chirri II y Ángel Zubieta, quien fichó por San Lorenzo de Almagro y se convirtió en un mito del equipo del que, décadas después, un papa sería barra brava. A pesar de que el equipo Euzkadi continuó jugando algunos partidos más desde mayo a octubre de 1938 en Cuba y México, la aventura estaba tocada de muerte. Graves disensiones internas finiquitaron un proyecto asombroso que constituye, todavía, un capítulo increíble de la Historia del fútbol español, y el capitán Regueiro se marchó temporalmente a Francia para jugar con el Racing de París. Al fin y al cabo, eran españoles: se acusaban entre sí de deslealtad, de traición, de poco patriotismo y de falta de compromiso, pero parece que lo que terminó con el equipo Euzkadi no fue la política sino algo tan humano como el cansancio y la desconfianza. En general, la reputación personal de los jugadores que habían participado en el equipo Euzkadi se había visto agigantada gracias a sus incontestables victorias, a la nobleza de su juego y al utópico carácter de lucha política del equipo. A finales de ese año y durante 1939, lo que quedaba del equipo Euzkadi se transformó en el Club Deportivo Euzkadi, federándose y quedando segundo en la Liga Mayor de aquel año tras, curiosamente, el Asturias. Pero esa es otra historia, tan fabulosa y exótica como la que aquí termina.

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Fútbol y guerra: la epopeya de los vascos (III)

18 dic

El 9 de mayo, Racing de París y el equipo Euzkadi volvieron a enfrentarse, esta vez en Toulouse. El resultado final fue de 3-3. El conjunto viajó fugazmente a Praga, donde perdió 3-2 ante una selección checoslovaca. A pesar de la derrota, el combinado vasco iba adquiriendo renombre internacional, dado el recrudecimiento de la guerra española durante la campaña nacional sobre la cornisa cantábrica y al terrible impacto emocional de los bombardeos sobre Guernica en la opinión pública europea. Naciones como Francia o Gran Bretaña, neutrales, se conmovían en aquellas fechas con las informaciones procedentes del País Vasco, y todo esto favorecía la recepción de los futbolistas vascos en el extranjero. El equipo de Vallana volvió a París, y allí se batió por tercera vez consecutiva con el flamante campeón francés, el Racing. Esta vez fueron las gradas del Estadio Jean Bouin las que vieron a los vascos doblegar por 2-3 al equipo local, lo que insufló moral y ánimo a los jugadores españoles de cara a continuar la gira internacional. Melchor Alegría consiguió 1000 valiosos francos de parte del Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña, el gobierno catalán de facto en aquel momento. Con ese dinero, el Equipo Euzkadi pudo desplazarse hasta Marsella, donde el 23 de mayo derrotaron al Olympique en un encuentro memorable. 1-5 terminó el partido, que estuvo presidido por el ministro de la Marina francés Henri Tasso y por el cónsul español en Marsella. El éxito fue completo: la prensa francesa alabó el gran juego desplegado y la probidad con la que los futbolistas vascos habían asimilado su condición de agitadores propagandísticos del Gobierno de Aguirre. También fue en Marsella donde Luis Regueiro conversó con el cónsul de la República acerca de la tragedia de Guernika y la diplomacia mexicana realizó su primer acercamiento al equipo Euzkadi. Más tarde veremos lo fructífera y necesaria que iba a ser esta relación, sobre todo para los españoles. Sin embargo, el último partido del equipo Euzkadi en Francia iba a ser su única derrota en el país vecino que tan bien les había acogido. Ocurrió el 30 de mayo en Sète, una ciudad que jalona la costa mediterránea entre Narbona y Montpellier. El equipo local, el Football Club de Sète 34, hizo lo que ni parisinos ni marselleses pudieron: doblegar a los irreductibles vascones por 3 goles a 1. Hay que tener en cuenta, no obstante, que este club que ahora pena por la sexta división del fútbol francés era, en aquel momento, una flamante escuadra que había conquistado el doblete hacía tan sólo 3 temporadas.

Desde allí, los coordinadores de la expedición se plantearon entonces qué hacer. En España, el ejército nacional llevaba avanzando sobre Vizcaya desde finales de marzo, y aunque Mola acababa de estrellarse en Burgos, la ofensiva sobre el corazón del País Vasco había dejado al Gobierno de José Antonio Aguirre aislado de Guipúzcoa y la mayor parte de Álava, en manos del enemigo, y con el Cantábrico bloqueado por la flota rebelde. La situación era crítica, por lo que el equipo Euzkadi decidió seguir jugando. 13 jugadores se desplazaron con Manuel de la Sota a Polonia, donde habían gestionado dos amistosos: uno en Katowice y otro en Varsovia. En Katowice derrotaron por 4 a 5 a un combinado regional de Silesia, pero en Varsovia se presentaron los primeros inconvenientes. Los polacos, de abrumadora mayoría católica, apenas descifraban el galimatías político e ideológico de la guerra española. Otrosí, la propaganda nacional también hacía estragos en la opinión pública internacional, y la idea de que en España se estaba desarrollando una guerra sin cuartel entre el bolchevismo y la religión calaba hondo en según qué contextos socioculturales. Tanto es así que en la capital algunos jugadores tuvieron problemas al ir a oír misa un domingo: algunos polacos no entendían cómo unos individuos que se confesaban católicos practicantes podían estar recorriendo Europa colectando apoyos para la República. El caso es que el partido de Varsovia se suspendió, y los futbolistas volvieron a Francia con el resto de sus compañeros. Desde ahí, todos juntos y por intercesión del consejero socialista de Asistencia Social del Gobierno vasco Juan Gracia, volaron hacia Moscú: les había surgido la posibilidad de jugar por toda la Unión Soviética -la potencia que sostenía la España republicana en aquel instante- en representación de la República. Habían dado el gran salto. La gira soviética fue apoteósica. Jugaron en Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Georgia, y durante dos meses fueron tratados como verdaderos héroes de la República hermana de España que se alzaba en armas por el proletariado internacional y la revolución. Llenaron estadios olímpicos, dieron mítines políticos, participaron en macrodesfiles deportivo-militares, concentraron hasta cien mil espectadores en sus partidos de Moscú, fueron agasajados por altos funcionarios del Partido Comunista y del gobierno de Stalin y se les trató, en suma, como a verdaderos príncipes de una nación acogotada por los enemigos de la revolución marxista. Esto, naturalmente, creó algunas tensiones internas en un grupo formado casi exclusivamente por recios hombretones mecidos desde la cuna por un sobrio tradicionalismo patriarcal de marcado carácter religioso: a muchos de aquellos futbolistas, sobre todo a los menos comprometidos ideológicamente con alguna causa, aquel exótico despliegue de parafernalia comunista con que les recibía la Gran Madre Rusia les olía a gabarra ardiendo más allá de la ría del Nervión.

Sin embargo, en vísperas del primer partido en la capital soviética, la expedición recibió el golpe más duro: las tropas nacionales habían conquistado Bilbao el 18 de junio, con lo que aquel viaje ya era una aventura sin retorno. Así y todo, el equipo Euzkadi ya tenía apalabrados dos encuentros frente a dos de los tres equipos más potentes del fútbol ruso: el Dinamo de Moscú y el Lokomotiv. En el Stadium Dynamo, ante 100.000 espectadores, Luis Regueiro pronunció su primer discurso, debutando así como orador político ante las masas. Los vascos dieron un recital frente al Lokomotiv, avasallándolo por 1-5. Tres días más tarde, el 27 de junio, y ante el mismo aforo, Euzkadi volvió a ganar 1-2 al poderoso Dinamo de Moscú, vigente campeón de la liga soviética. Entre medias, los jugadores fueron recibidos por el ministro de Deportes de la URSS y visitaron algunos hospicios donde vivían muchos de aquellos niños de la guerra españoles que marcharon a la URSS durante el conflicto. Esta visita conmocionó especialmente a los miembros del equipo Euzkadi, enternecidos por la nostalgia que aquellas criaturas mostraban de España y el calor con el que recibieron a los jugadores españoles.  Tras el periplo moscovita, el grupo tomó un tren con destino a Leningrado, la antigua San Petersburgo de los zares. Allí empataron a 2 frente al equipo local, el Dinamo de Leningrado, y prácticamente al día siguiente regresaron a Moscú para cerrar su gira rusa: barrieron de nuevo al Dinamo moscotiva por 4 goles a 7 el 4 de julio, pero el 8 cosecharon su única derrota desde mayo: 6-2 frente al Spartak de Moscú. Desde allí abandonaron Rusia para internarse en la otra gran república soviética: Ucrania. El 14 de julio fueron recibidos multitudinariamente en Kiev, donde al día siguiente vencieron al mítico Dinamo de Kiev (el mismo que pocos años después protagonizaría los legendarios enfrentamientos contra la selección de la Wehrmacth de dramático desenlace) en el Stadium Dynamo por 1-3. Ante 35.000 espectadores los vascos siguieron deslumbrando a pesar del cansancio de los continuos viajes, de los desplazamientos y las noches en vagones de tren y de, sobre todo, la incertidumbre por lo que ocurría con sus familias en España. Guipúzcoa, Álava y finalmente, Vizcaya, estaban ya en manos de Franco, y la ofensiva nacional continuaba hacia Santander y Asturias. El panorama se presentaba sombrío para unos jugadores que estaban nada menos que en la otra punta de Europa representando a un Gobierno autónomo que ya marchaba hacia Santander. A pesar de jugar por una institución ya sin poder real sobre ningún territorio, el equipo Euzkadi cruzó el Mar Negro el 20 de julio de 1937 para llegar a Tbilisi, capital de Georgia, al día siguiente. Allí jugarían 2 partidos más frente al FC Dinamo Tbilisi, equipo de la segunda división soviética que décadas más tarde, en los 80, ganaría una Recopa de Europa. El 24 de julio, repuestos ya de los rigores del viaje, los vascos vencieron al equipo local por 0-2. Se completaron las 35.000 localidades del estadio de la capital georgiana, y el impacto de aquel partido fue tal, que se improvisó un segundo match frente a una selección de Georgia seis días más tarde. El 30 de julio Euzkadi volvió a ganar, esta vez por 1-3. Dos días más tarde, con la moral bajo mínimos pero pertrechados bajo una imagen de invencibilidad afianzada en cada partido desde abril, el grupo volvió a Moscú.

Fútbol y guerra: la epopeya de los vascos (II)

13 dic

El 28 de febrero de 1937 se vieron las caras en San Mamés dos combinados en representación de Vizcaya y Guipúzcoa. Esta última provincia, así como buena parte de Álava, estaba ya prácticamente bajo control nacional, por lo que la significación política de estos partidos aumentaba a medida que también lo hacía la presión bélica sobre el territorio aún en poder del gobierno autónomo vasco. Este encuentro tenía, a ojos de jugadores, prensa y opinión pública, la categoría de determinante para la futura configuración del plantel que recorrería Europa en nombre del gobierno autónomo vasco, ya que a esas alturas era vox populi que el lehendakari Aguirre estaba ultimando los detalles de la gira, pensada para la primavera. Otra vez en San Mamés, los guipuzcoanos derrotaron a los locales por 1 gol a 2. Por Vizcaya formaron, de rojo, Blasco; Pablito, Aedo; Cilaurren, Soladrero, Zubieta; Ruiz, Iraragorri, Bata, Larrínaga y Gorostiza. De blanco, Guipúzcoa alineó a Eguía; Ciriaco, Areso; Bienzobas, Muguerza. Roberto; Insausti, Unamuno, Lángara, Olivares y Sánchez Arana. De estos 22, 15 quedaron definitivamente seleccionados para el Equipo Euzkadi (así fue denominado de forma oficial en abril de 1937, según parece, para evitar que la FIFA vetase los partidos de una conjunto denominado selección nacional vasca). Algunos, como el madridista Ciriaco -estrella del balompié nacional de aquel momento, quien formaba junto a Zamora y otro vasco, Quincoces, el famoso tridente defensivo del Madrid de 1936- se pasaron al otro bando después de ese partido, en cuanto las líneas nacionales avanzaron hasta casi el mismo Cinturón de Hierro bilbaíno. Bando en el que hacía tiempo combatía el otro mito del fútbol vasco, Jacinto Quincoces, destacado como conductor de ambulancias en el frente de Vitoria y quien, obviamente, estaba ausente de la iniciativa. Otro de los vascos del Madrid, Simón Lecue, se recluyó casi desde el principio con su familia en Arrigorriaga, de donde era natural, y se desentendió del proyecto. Desde ese 28 de febrero hasta finales de abril, mientras se disputaban los dos últimos partidos entre ANV y PNV, los artífices del seleccionado vasco trabajaron entre bambalinas para formalizar la aventura balompédico-política de José Antonio Aguirre. Con el visto bueno del socialista Juan Gracia, a la sazón consejero de Asistencia Social del Gobierno vasco, seis hombres comenzaron a preparar una tourné que, en principio, sólo incluía algunos amistosos en Francia. En apenas unos días, dada la celeridad que las circunstancias de la guerra imprimían a los acontecimientos, se eligieron los colores del equipo y el staff tanto técnico como directivo.

El periodista anteriormente citado Melchor Alegría; Ricardo Irézabal, vicepresidente de la Federación Española de Fútbol y ex-presidente del Athletic de Bilbao; Manuel López, apodado El Travieso, que había sido jugador del mismo club en los años 20; Joking Rezola, utillero; Pedro Birichinaga, masajista, y Manuel De la Sota, representante del lehendakari. Todos ellos pertenecían a círculos muy cercanos al PNV, el partido del presidente Aguirre, de ahí que el diseño de la equipación que el equipo de Euzkadi lució finalmente en la gira internacional se inspirase en la ikurriña: zamarra verde, calzas blancas con una franja vertical roja y medias rojas cortadas por dos rayas horizontales verdes y blancas. Irézabal, amigo personal del lehendakari, tenía como misión encabezar administrativamente la expedición, en calidad de delegado del Gobierno vasco. A su vez, El Travieso sería el entrenador, y tanto Alegría como De la Sota gestionarían la organización interna de la embajada: intendencia, desplazamientos, recaudación y relaciones diplomáticas. Tras los primeros entrenamientos en marzo, Manuel López hizo defección, con lo que se le asignó la dirección deportiva del equipo Euzkadi a Pedro Vallana. Vallana era una vieja gloria del deporte español en aquel tiempo: con el equipo de su ciudad natal, el Arenas de Guecho, conquistó la mítica Copa de 1919 y participó en 3 de las 4 finales que este club disputó en los años 20. Así mismo, este legendario lateral derecho participó en los Juegos Olímpicos de Amberes, París y Amsterdam, siendo el único futbolista hasta la fecha que ha representado a España en tres citas olímpicas. En 1929 protagonizó otro hito histórico: se retiró del fútbol en activo durante la campaña en curso, y poco después debutó como árbitro profesional. De manera que jugó y arbitró en un mismo campeonato nacional de Liga, estableciendo un récord impensable en nuestros días y que nos indica con claridad el limbo reglamentario en el que aún se movía el fútbol en España durante las décadas de 1920 y 1930. Así pues, la convocatoria final resultó la siguiente: Blasco, Iraragorri, Cilaurren, Muguerza, Zubieta, Aedo, Echevarría, Pablito, Gorostiza, Urquiola, Aguirre, Ignacio Aguirrezabala Chirri II y Unamuno, del Athletic de Bilbao; Luis y Pedro Regueiro, y Emilín Alonso, del Madrid Club de Fútbol; Lángara, del Oviedo; Eguskiza, del Baracaldo; Larrinaga, del Racing de Santander; Areso, del Fútbol Club Barcelona; Marculeta y Bienzobas, del Unión de Irún, y Soladrero, del Arenas de Guecho.

La expedición partió de Bilbao con la determinación de agregar voluntades, en el escenario internacional, para la causa republicana en general y para la cruzada del nacionalismo vasco por su propio Estado semi-independiente en particular. Además, el dinero obtenido en los distintos choques que tenían pactados ya -y de los que fueran surgiendo sobre la marcha- iría a sociedades de socorro y asistencia a viudas, huérfanos y víctimas de bombardeos nacionales, hospitales de campaña y heridos de guerra. El equipo Euzkadi demostró, durante su periplo, que iba a ser algo más: un grupo de extraordinarios futbolistas vascos asombrando al mundo con su talento, y un producto propagandístico de enorme impacto para el nacionalismo vasco. De facto, fueron un brazo político más del Gobierno de José Antonio Aguirre, y Luis Regueiro -quien se incorporó al equipo ya en Francia, junto a su hermano Pedro y su compañero madridista Alonso- ejerció como portavoz ideológico desde que asumió la capitanía de la selección. El 26 de abril de 1937, casi al mismo tiempo que la Legión Cóndor destruía Guernica, el equipo Euzkadi aplastaba al vigente campeón francés, el Racing de París, en un abarrotado Parque de los Príncipes de la capital francesa. Tal fue el asombroso estreno de la escuadra verde. El 0-3 final estuvo acompañado, por supuesto, de diversos actos políticos en los que los jugadores cargaron con su doble condición de deportistas y altavoces propagandísticos: visitaron la sede de dos periódicos parisinos de izquierdas (Paris Soir Ce Soir. Aparte, Regueiro tuvo que dar un speech en Radio París, propalando punto por punto el argumentario del PNV y del lehendakari Aguirre acerca de la fraternidad atávica del noble pueblo vasco perturbada por la horda fascista y todo eso, háganse una idea) homenajearon el túmulo al Soldado Desconocido y confraternizaron con la plantilla del Racing de París. Hundida la moral del equipo tras conocerse en Francia la noticia del cruel bombardeo alemán sobre Guernica, el capitán Regueiro se destacó notablemente en la tarea de motivar al grupo lo suficiente como para afrontar otro amistoso en Toulouse. Regueiro, hombre de gallardía incuestionable, afrontó múltiples y variopintos desafíos a lo largo de esta odisea: como hemos visto, además de jugador y capitán, también hubo de hacer de psicólogo de un colectivo muy afectado por las noticias que llegaban de casa y, más adelante, se vio a sí mismo como orador político ante una tribuna repleta de miles de personas, en mitad de la Unión Soviética, en una súbita posición de portavoz simbólico de la causa vasca donde seguro jamás imaginó verse cuando en 1936 levantaba la Copa de la República junto a sus compañeros madridistas en Valencia.

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