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Pamplona sin odio

15 ene

Es raro para el Madrid ir a Pamplona, a esa cueva de Ho Chi Minh que es El Sadar, y ver la tribuna medio desierta. La noche estaba desangelada: era miércoles, laborable, y a los niños les quedaba poco para ir a la cama. Aun más, la eliminatoria traía un rejón de muerte del partido de ida, así que la parroquia pamplonesa decidió aplazar su ira dei para citas de mayor postín. Saltó el Real al estadio de Osasuna y sólo le faltó la cesta colgando del brazo. Ancelotti extendió el mantel de cuadritos sobre el césped -que parecía un arrozal cultivado en terrazas por cómo botaba la pelota- y sus chicos se entregaron a una plácida gestión del 2-0 del Bernabéu. Coentrao, en busca y captura por la Interpol desde lo de Vallecas, regresó al lateral izquierdo, y cumplió a medias con su habitual sobriedad defensiva sosteniéndole como por inercia: el muchacho parece fuera de combate desde agosto, cuando, huérfano de Mourinho, todo Cristo en España lo condenó a galeras sin que nadie firmase su sentencia firme. Desde entonces vaga por el limbo de los desahuciados del edén madridista, esa estepa donde pululan los cadáveres incorruptos de Baptista, Cassano y Robinho. Con ellos lee a Dante y de vez en cuando recitan a Virgilio, y espera la llegada de alguna oferta de la Premier mirando pasar los trenes como una vaca escocesa. Junto a Fabio formaron Pepe, Ramos y Arbeloa,  la vieja guardia de corps. Consiguieron apuntarse la cuarta victoria consecutiva dejando a cero el arco propio, una cosa impropia de la reputación circense de la defensa del Madrid. Yo, que tengo alma de agonista italiano, lo celebré como algo que pasa una vez en la vida: cada partido que pasa sufro más por la estadística que por el botín en juego.

Al minuto 21 ya estaba el partido sentenciado. Ronaldo había salido como un miura de chiqueros, queriendo justificar el Balón de Oro cada vez que tocaba la pelota. A la cuarta cabalgada los osasunistas le derribaron enganchándose a sus cuádriceps a semejanza de aquellos pitbulls contra los que peleaban toros en la Inglaterra medieval. Más o menos desde el sitio donde en 2012 clavó su famoso estacazo que dio origen a la celebración del muslamen, Cristiano golpeó con furia un balón que se disparó plano pero durísimo: el meta local quiso despejar de puños pero impactó con los meñique. Quien haya jugado al fútbol sabrá que esa es la parte fofa de los guantes de los porteros. La pelota, engreída de violencia, fue hacia abajo y le rebotó en el culo. Gol parecido al que le metió al Tottenham de Bale en 2011: Thor ya tenía su cordero degollado a los pies, y el partido podía seguir discurriendo por los cauces naturales del tedio copero y el spleen de Alarcón. En pleno pico de rendimiento bajo, arrastra su espíritu de fantasista sin saber muy bien por dónde respira el juego. Se solapó todo el tiempo con Jesé, quien en la pizarra ocupaba el lugar de Benzema en la pole position de los velociraptors. Con Di María en su ecosistema original, a Isco le correspondió el espacio vacío por delante de Alonso e Illarramendi, pero ni siquiera durante los 40 minutos iniciales en los que Xabi ejerció brillantemente de artificiero lanzando contragolpes al primer toque, el malagueño encontró su hueco. El segundo gol, ya mediada la segunda parte, fue una metáfora de todo esto. Jesé dribló a su par y se pasó junto a Alarcón montado en Vespa, mientras el Odín barbudo le pedía disculpas por estorbarle la carrera. Big Flow ganó línea de fondo y vio desde el Teide cómo llegaba Di María en la frontal. Empalme a la primera y gol: la jugada más antigua del potrero. De ahí al final todo fue insoportable. Alonso y Ronaldo, sellado el trámite, dejaron su sitio a Bale y Casemiro. Morata entró por Jesé y el drama se cebó con él: al ir a rematar un córner se estrelló contra la culata del fusil de un requeté. Lo tuvieron que retirar más o menos de urgencia, a 5 minutos del final, llorando y tras haber vomitado, después de arrastrarse con el ojo del color de la bandera de los comuneros de Castilla: pésima suerte la de este joven delantero sin apenas talento pero desbordado de corazón, a quien nadie pudo sacar del terreno de juego mientras se pudo sostener en pie. Con Morata en el oscuro rincón de los apestados por la tyche, Coentrao tuvo tiempo aún de dejar al Madrid con 9 después de arrastrarse desde el suelo para patearle la rodilla a un osasuno. Digno final de una noche absolutamente prescindible, desde todo punto de vista. No sé si aún sigue abierta la votación para el Balón de Oro, porque quiero suscribir una candidatura colectiva por todos los que sufrimos el tedio de seguir al Madrid hasta más allá del Limes: los confines de la Copa.

Amenities

18 dic

Volvía la Copa al Bernabéu después de la final de mayo, ese partido que casi todos hemos borrado del disco duro. Reinaba cierta incertidumbre sobre Chamartín tras el 0-0 de la ida y la charlotada de Pamplona: el madridismo de rulos en la cabeza y nariz metida en el visillo  había ya destripado un conejo, y entre las vísceras vio sortilegios, catástrofes y Alcorcones. El chamanismo es un halo invisible que rodea el Bernabéu como la piel esa con que -dicen- quiere recubrir Florentino el estadio. Lo malo es que también envuelve las entendederas de mucha tropa de infantería que siempre tiene un sollozo colgando del lagrimal. Ancelotti, por lo que se ve, rejonea entre todo esto como Pablo Hermoso de Mendoza cabrioleando con Cagancho por entre los cuernos de un miura. Dejó en casa a Cristiano, Modric y Bale, haciendo la digestión para Valencia, y alineó a Casemiro e Illarramendi junto a Isco. Esa fue la columna vertebral del equipo, alrededor de la cual orbitó todo: espacio y tiempo, Di María y Jesé, con Carvajal asomándose como un cometa por el carril derecho y Morata desprendido del colectivo como un pedazo de chatarra espacial bamboleándose entre la MIR y la Estación Internacional. No fue el día más brillante de la carrera de este muchacho, cuya torpeza se agudiza las tardes en que más se espera de él. Es como si ante la expectación se castigase a sí mismo a correr, olvidando las claves del 9 académico: posición, precisión y brevedad. Anoche se podía oír el crujido de su cintura al girar dentro del área desde Pernambuco, y por ahí se escapan títulos, gloria y eternidades. Menos mal que para solventar el trámite frente al Olímpic de Xátiva no hizo falta la presencia insistente de un goleador.

Entre Alarcón y Jesé fabricaron el 1-0. Pasados los primeros 15 minutos de tanteo, el malagueño bombeó un Ferrero&Rocher a la falla de San Andrés que de repente, un segundo antes, se había abierto en la defensa contraria. Los incautos centrales del Xátiva corrieron a atrapar al gangsta canario, que se escapaba por el vértice, y no vieron la entrada de Illarramendi por la derecha. Jesé sí, y le dijo toma, y triunfa. Asier dejó correr la pelota delante suya con gracilidad y se acomodó la diestra como los buenos pelotaris, zumbando al portero valenciano de fuerte disparo cruzado que nos descubrió a un buen llegador en potencia. Por lo visto, Illarra no marcaba un gol desde que Alonso metió su último trallazo en Liverpool, así que lo comido por lo servido: el destino nos lo compensa. Un rato después, un alopécico zaguero visitante cometió penalty en una jugada extraña: balón al segundo palo, Morata que cabecea impulsado por ese triunfo de la voluntad que impide que no forme parte ya del Getafe 2013/2014, y el mencionado defensa que bracea ostensiblemente delante suya, impidiendo con la mano que la pelota fuese a puerta. Sergio Ramos arrasa en las tendencias defensivas del balompié nacional. Di María fue a tirar el penalty y detrás del portero creyó ver un libro. Del susto le salió un chut lánguido y mal colocado que entró porque al meta del Olímpic le pareció estar soñando: ¡pararle un penalty al Madrid en el Bernabéu!. Con el 2-0 el Madrid se solazó cómodamente en el sofá. Alarcón llenó la bañera del hotel y echó dentro las sales, y al salir fue mojando toda la moqueta mientras encendía un puro y se metía en el albornoz. El partido fue eso, y poco más. Un Madrid reponiéndose del tiroteo del Sadar.

No estaba muerto

20 oct

Diego López saltó al verde de Chamartín con unas mallas negras, a lo soviético. Con este detalle de otro fútbol, tan centroeuropeo, comenzó el partido frente al Málaga. Schuster quiso travestir a su equipo en la Bélgica del 86. Así, cazó al Madrid en la trampa del orsay más veces de las que puedo recordar. Sin embargo, el guardameta local apenas salió en tres o cuatro planos a lo largo del encuentro. Fiándolo todo a un balance defensivo casi perfecto, los despojos del Bollywood de la Costa del Sol esperaron al Madrid desde su atalaya, creyendo que enfrente tendrían al obtuso equipo en pañales del día del derby. Se equivocaron. El Real fue como una ola chocando contra una esclusa, pero sin dejar de batirla. Una y otra vez, con Illarra desde la base y Khedira, Alarcón y Di María zumbando por delante como abejorros alrededor de un avispero, el Carlettosistema dominó el tempo, el ritmo y, sobre todo, la pausa. Por primera vez en el curso el Madrid fue paciente, y tejió con parsimonia la cuerda con la que fue ahorcando a los visitantes. Cada vez que Portillo o El Hamdaoui abandonaban la trinchera en intrépido raid por las líneas madridistas, Pepe, Ramos, Carvajal, Khedira o el nieto de Zumalacárregui corregían con eficacia. Bien posicionados, atentos y concentrados, sin que sonasen las alarmas y sin estrépito de loza rota. El Madrid siguió con su zapa debajo de la muralla, dejando colgado en el recibidor del Bernabéu el traje del vértigo, y administró la posesión con incisivo criterio, sin forzar el pase. Morata, que estuvo bien, se excedió en su voluntarismo: es como si supiese que el demiurgo madridista le exige brega y maratón, o como si él mismo jugara creyéndose un nuevo Raúl, un Raúl pijo y de barrio bien, un Raúl prístino, sin Colonia Marconi ni pasado atlético. El problema, no obstante, sigue siendo el de siempre. No sabe definir, y su tendencia a tirar al bulto en los mano a mano contra el portero permite lucirse a los arqueros contrarios. Morata siempre les regala un hueco en el telediario. Tanto se combaba la línea defensiva malaguista, según variase el frente de ataque -que en esta asimetría dinámica de Ancelotti, es como el mapa de las isobaras del hombre del tiempo- madridista, que cuando Di María comenzó la segunda parte lanzando una pedrada desde su potrero de Rosario, ésta terminó colándose por el visillo de la portería de Willy Caballero. Fue la única vez que Caballero (segurata en un garito oscuro de Benalmádena en su tiempo libre) no supo qué hacer con un balón disparado hacia él. Durante el resto del partido soportó el bombardeo de Cristiano Ronaldo con una plasticidad superlativa. De no ser por la calva, hubiera dicho que era Peter Parker vestido de verde. Lo paró todo excepto un penalty postrero que Bale forzó y el Ronaldo de Madeira ejecutó como un matarife aburrido de afilar el cuchillo en vano. El dragón galés arrancó a por un balón en largo, la afición visitante pareció ver un tsunami acercándose a La Malagueta, al árbitro le entró miedo y cerró los ojos. Cuando los abrió vio al de blanco en el suelo y a Wellington recogiendo las muletas. Penalty. Gol. 2-0, 3 puntos que fueron 6 con el empate de Els Segadors en Pamplona -no hay relato onírico que se sostenga en El Sadar. Allí sólo sobrevive la epopeya, Heinze chorreando sangre sobre la camiseta blanca y el Madrid festejando un título bajo la lluvia- y con la derrota de los sicarios de Simeone en la banlieue barcelonesa, siempre hostil para los enemigos de la nación madridista. Las plañideras post-derby se agitan, inquietas. ¡El Madrid no estaba muerto!

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