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Deus ex machina

30 mar

Antes de la lluvia, cierra bien la puerta. El Bernabéu estaba medio vacío, y me imagino por qué. Hacía frío, llovía y el metro atestado de gente y de humedades es una mazmorra infernal. Les comprendo. Hay días en que el hecho físico de ir a ver el Madrid requiere un ejercicio de fe. De voluntad. Tanto da si hay que desplazarse al bar o al estadio. Ayer era uno de esos días. Lluvia ácida sobre Chamartín y en las tribunas se veían las letras blancas sobre el azul predominante de la platea del Bernabéu. Mal asunto. El madridismo transita por el punto más bajo de confianza en sí mismo de toda la temporada. Toda la autoestima de este equipo se esfumó de golpe con el 3-4 del domingo pasado. Encima, Klopp está cruzando los Alpes montado en elefante, y lo que hace una semana era un rival antaño temible venido a menos y con muchas bajas, es ahora, otra vez, el ogro amarillo de Westfalia. No importa que vayan a jugar 4 de los titulares que machacaron a Mourinho cuando su Madrid ya era un Frankestein. Este equipo ha sido capaz de resucitar a Messi y hacer de Rakitic un espectro caníbal: vuelven a verse sombras rubias tirando paredes al primer toque por las marquesinas de La Castellana.

Se presentaba Jémez con su Rayo de diseño pero a nadie parecía importarle un carajo. Ni Jémez, ni su Rayo, ni el partido. Paco Jémez, otrora conocido como Paqui el de la Larga Cabellera Gitana al Viento, es un tipo curioso. Ha sabido reinventarse a sí mismo con una maestría digna de aplauso. De central tosco, feo, arrabalero, cuyo logro más singular fue quitarle la titularidad a Fernando Hierro en la Eurocopa del año 2000 y jugar en la UD Las Palmas que ganó al Madrid de Zidane -en sus primeros partidos en España, cuando el Madrid era un ente faraónico que fascinaba y repugnaba por igual a las masas y todo el mundo quería ganar al Madrid de Zidane para salir en el telediario- a entrenador de culto. Calvo, con sus foulards y sus camisas rosas, sus fotos en blanco y negro y su labia de vendedor de crecepelos. Es encomiable la labor de este hombre, el empeño que ha puesto en comprarse otra identidad. En construírsela. Cae en gracia a la opinión públia, y por eso su Rayo es un paradigma del fútbol HD a pesar de ser el equipo más goleado del campeonato. Así se escribe la Historia. Su Rayo, no obstante, vino al Bernabéu sin convicción, consciente de que se cruzaba con un Madrid borracho y loco. El 5-0 estaba ya escrito en la cara de Ronaldo cuando las cámaras lo enfocaron en el túnel de vestuarios.

Ancelotti recompuso el lateral izquierdo pensando en los alemanes. Coentrao jugará el miércoles, esto lo sabe hasta el último emperador de Constantinopla. Marcelo ha pasado desapercibido en el repudio colectivo que se ha hecho de los laterales del Madrid en la última semana: todo el escupitajo se ha centrado en Carvajal, pero el salón del cómic del otro día en Sevilla ha pasado factura también para él en la pizarra de Carletto. Peperamos recuperó su sitio, y sólo queda agarrar bien fuerte las cuentas del Rosario y drogarse antes del partido del miércoles para verlo todo como en una nebulosa tridimensional. Modric, con fiebre, se quedó fuera: todo el mundo pudo ocuparse ya sin rubor en criticar abiertamente a Xabi Alonso. La tormenta se ha llevado por delante la intocabilidad de su figura, hasta hace unos días venerada como una reliquia de beato en el Madrid. La gente que fue al Bernabéu anoche estaba como poseída de una furia iconoclasta: se pitó a Cristiano Ronaldo por no cederle un gol cantado, con 4-0, a Morata. La mente colmena de este estadio es laberíntica, está sembrada de cadáveres, de opiniones de Roncero esculpidas en mármol y de nauseabundas  portadas de Marca. Ayer se silbó a Benzema y también a Diego López, siendo aplaudido de nuevo Morata, quien el día del Schalke por poco no tiene que salir del campo protegido por la UIP.

Diego López es ya el Cachorro en Viernes Santo atravesando el puente de Triana. Cualquier día se arranca uno de la grada y le canta una saeta. Con este hombre están haciendo una carnicería mediática absurda, rastrera, ruin, peligrosa. Nada que no le hubieran hecho antes a Capello o Mourinho, pero no menos lacerante por eso. De Diego molesta ya hasta su misma presencia física: no me extrañaría que Relaño sermonease a las masas desde su púlpito en AS pidiendo que lo recluyan en una celda. Benzema, el mejor jugador del Madrid en este momento concreto, fue pitado porque hacía frío en el Bernabéu, llovía a cántaros, en el sofá de casa se está mucho mejor y qué coñazo estar aquí viendo a estos mataos pudiendo ver Los secretos de Laura en DVD, que me los ha regalado mi cuñado. Ronaldo marcó el primero, Carvajal definió con la zurda el 2-0, Bale metió el tercero, también en cuarto en recorrida memorable a la que quizá dediquen un artículo en Ecos del Balón, y Morata cerró el partido con un latigazo desde fuera del área muy macarrónico, heterodoxo y bello. Le sienta bien el rapado al chaval, sigue teniendo la misma pata de palo pero así guarda un aire subversivo, rebelde, como de antihéroe desesperado dispuesto a sacrificarse fanáticamente al final de la peli, por el bien común. El Madrid está ante una encrucijada de la que sólo puede sacarle un resultado asombroso y favorable, muy favorable, el miércoles ante el monstruo de Klopp: pero eso también es el Madrid, quizás. Un Deus ex machina esquizofrénico.

Metas volantes

13 ene

El Madrid llegó a Cornellá sabiendo ya que Atlético y Barcelona le habían concedido, de nuevo, un baile. La Liga 2013/2014 es una larguísima mano de póker, como esas partidas clandestinas de Los Soprano donde se tiraban toda una noche apostando miles de dólares. Fumando y bebiendo hasta que se hacía de día y uno se iba a casa, forrado, otro se quedaba a dormir la mona en el sofá y el tercero en discordia iba buscando un buen árbol donde colgarse, arruinado. Así es un poco este campeonato tras la marcha de Guardiola y Mourinho: la pelea de los dos titanes ha dejado paso a un pulso ambiguo, desapasionado y a ratos semejante a una etapa de montaña en el Tour de Francia. Rojiblancos y azulgranas, por primera vez desde 1996, esprintaron en las primeras metas volantes, formando una tête de la course a la que se fue enganchando lentamente el equipo de Ancelotti, haciendo el acordeón un par de veces. Pero coronando la primera vuelta, la Liga transita por un repecho del Tourmalet y el Madrid ya asoma en los retrovisores de los dos líderes, gracias al empate a miedo del Calderón. Con la presión de sumar 3+2 saltó el Madrid al coquetísimo estadio del Español, y la coyuntura, lejos de agigantar a los muchachos ayer de naranja, los amilanó. Los primeros 15 minutos del partido ofrecieron al madridista retazos de tragicomedias antiguas: once jugadores moviéndose entre la displicencia y el caos esquizoide, y un rival mordiéndoles los talones. Los locales, con una presión altísima sobre Modric y Alonso, empujaron al Madrid contra el fondo de Diego López, y cruzaron algunos balones émulos de otros que acabaron en estrépito y cuerpos mutilados en Dortmund o Pamplona, más recientemente. Por suerte, John Córdoba no es Lewandowski, y los primeros tiroteos en torno a López no exigieron la intervención de los antidisturbios. El Madrid se fue asentando en el partido a medida que Modric fue liberándose del marcaje al hombre que Aguirre había dispuesto sobre él en los minutos de fogueo. La imprecisión del Madrid se tornó paciente labor de costura desde que Marcelo abandonó el fuerte por su banda, aventurándose por donde disfruta: la puerta trasera de los rivales. Un magnífico centro suyo lo golpeó Benzema travestido de Van Basten, y el balón, aunque se fue dos metros más allá del poste de Casilla, sirvió de aviso a los locales: ya estamos aquí.

Ancelotti, que le tiene una fe ilimitada a Di María, eligió al argentino como acompañante de Modric y Alonso en la medular: la idea parecía atrevida, pero resultó eficaz. El Fideo jugó su partido más serio del año, precisamente cuando se ciñó al rol de interior y tercer hombre en la cabina de mandos. Su buen trabajo en la cobertura por la izquierda dio carta blanca a Marcelo, y Benzema sonrió feliz: por fin tenía alguien con quien jugar. De un ejercicio de plasticidad exuberante del esteta francés nació la jugada más peligrosa de la primera parte. Karino controló un balón en dos dimensiones y sin dejar que tocase el suelo, lo convirtió en HD, mandándoselo al punto de penalty, con lacito y gafas 3D, a Cristiano. Ronaldo punteó el césped, y ahí todos supimos que sigue frente a las murallas de Troya, llamando a voces a Héctor. Con el Madrid patrullando Cornellá a su antojo, Modric batiendo líneas y Bale junto a Ronaldo arañando cristales sin demasiado acierto, el Español se limitó a replegarse con criterio en torno a Casilla y sus centrales. Es aguerrido este equipo de Aguirre, aclamado como un caudillo por su grada. Por delante, John Córdoba, que tiene nombre de pandillero de The Shield, retaba a Ramos en lo puramente halterofílico, sin saber que en el cuerpo a cuerpo el sevillano es casi imbatible: para ganarle hay que usar la cabeza y acudir a la gambeta y el quiebro. No obstante, estuvo sobrio el capitán del Madrid, por fin centrado. Junto a Pepe, dominaron sin problemas el alboroto esporádico que lograba levantar el Español alrededor de la frontal visitante. Rememorando los buenos viejos tiempos, Ramos-Pepe, Pepe-Ramos, jugaron mejor cuando la lucha se centró en lo físico. Adelantaron dos pasos la presión, con lo que el equipo dejó de partirse tanto por el medio como en los partidos precedentes, y la ayuda de Di María resultó clave para que ni Alonso ni Lukita acabaran el partido pidiendo un gotero. A pesar de todo, el Madrid no pudo cristalizar su buena media hora con un gol: tal era la inconsistencia del frente de ataque a la hora de entrar a matar. Marcado por la opacidad de Ronaldo y la intrascendencia de Bale, el Strike Team madridista deambuló errático sobre la media luna españolista, pendientes sólo de la clarividencia de Benzema, el mejor junto a Modric, y los locales llegaron al descanso con la sensación de no haber sido forzados de manera suficiente por un rival que se preguntaba, como Hamlet, si ser o no ser en esta Liga. El Español, que es la Barcelona más rebelde y suburbana, la contestataria que vive en los márgenes enfangados del discurso catalán, saltó en la segunda parte decidido a resistir. Ese es, concluí, el rasgo diferencial de este club: resistencia. Olvidados por el establishment desde que llegó la democracia, o incluso antes, el Español se construye a la deriva, con un carácter radicalmente adversativo. En una ciudad domeñada por un club que se autodenomina ejército desarmado de un movimiento ideológico-político-sociocultural que lleva arrastrando Cataluña a un abismo oscuro desde hace décadas, el Español resulta molesto. Sospechoso desde su mismo nombre. La cámara enfocó una estelada colgando de una tribuna, y pareció por un instante que incluso en la aldea de Astérix se había inoculado el virus de la esquizofrenia colectiva que azota Cataluña. Falsa alarma: el equipo de Aguirre se limitaba a golpear al Madrid sin patriotismo, por pura supervivencia competitiva.

Avanzaba la segunda parte y el Madrid se volvía impreciso, precipitado y absurdo. El dominio tranquilo de la primera parte dejó paso a un caótico vodevil que amenazaba con un descarrilamiento en alguno de los balones en largo a la carrera de los delanteros locales, que atacaban con sangre en los ojos el espacio a la espalda de Marcelo y Carvajal. Sin embargo, fue entonces cuando llegó el gol del Madrid: Modric botó una falta al corazón del área de Casilla y Pepe saltó poderosísimo al cabezazo picado. Es curioso cómo Kepler comenzó a dejarse el pelo largo justo tras cometer la felonía contra un Mourinho que era ya moro muerto en el Madrid. Desde entonces parece que, en un fenómeno inverso al de Sansón, ha ido perdiendo masa corporal y por ende, fiereza, conforme la calva de guerrillero dejaba paso a una melena de hippie ibicenco. Pepe ya no asusta y hasta su mirada parece la de un rockstar amaestrado después de pasar un año en un centro de rehabilitación. Pero conserva una versión reducida de sí mismo que le permite sernos útil todavía, como Pussy Bonpensiero sirvió a Tony Soprano mientras podía ayudarle a resolver viejas cuentas pendientes. No obstante, antes de mandar a Laverán a dormir con los peces -quizá en Manchester con Pellegrini, quién sabe- Ancelotti tiene por gestionar algunas deficiencias en su equipo: aún con Di María rindiendo en el interior, la ausencia de Khedira lleva desangrando al equipo desde noviembre, justo cuando la última fecha FIFA gripó el motor de un bloque que ascendía a velocidad de crucero desde la derrota del Camp Nou. El partido acabó con el Español trepando por la pared del Madrid y Ronaldo abrumando al mundo con su propia desesperación: continúa persiguiendo su sombra con los ojos enrojecidos de cólera paranoide, y hasta que no destroce con un hat-trick al próximo infeliz que se le ponga delante, seguirá atascado en sus arenas movedizas. Ancelotti agotó sólo un cambio hasta el rush final y ahondó en la impresión de que su dirección de campo es laxa y previsible, más de corte pellegriniano que mourinhista. Pero qué creían, estábamos acostumbrados a Mick Jagger, y Carlo emite en una longitud de onda más mediterránea. El Madrid termina la primera vuelta a un partido de la cabeza de la Liga, y lo que es más importante: dependiendo de sí mismo para ganarla. 2014 aún no ha violado las redes ni de López ni de Casillas, lo que en sí mismo constituye un hito histórico, y más en una temporada irregular en la que la defensa, huérfana de Varane y con dos centrales en rebajas, asemejaba una verbena de pueblo español a las 4 de la mañana.

Cristales sobre la alfombra

15 dic

La perfección no existe, y el madridista haría bien en asumir esta renuncia como paso previo a la aceptación total de lo que significa ser del Real Madrid. Esa imperfección causa dolor y malestar, nos hace arañarnos la cara con lamentos de plañidera y convierte nuestros sábados por la tarde en un tormento lleno de alcohol y fatalismo. Incluso Mourinho sucumbió a esa asimetría emocional que domina el alma de este club confuso que rechaza el orden por demasiado europeo y abraza la verbena como modus operandi tradicional. Lo de ayer fue un poco así. Saltó el Madrid al Sadar con los cromos de Panini: Marcelo y Carvajal en los costados (los laterales que exige la España de los bares), Pepe con Ramos en el eje, Xabi, Modric e Isco y los tres stukas por delante. Enfrente, un requeté carlista: once muchachos dispuestos a morir por el Sagrado Corazón de Jesús y por los fueros de Navarra. Arbitraba Clos Gómez y este es un detalle que habría que haber tenido en cuenta, pues lastró al Madrid permitiendo a los locales una hostilidad que orillaba la violencia. No obstante, el equipo de Ancelotti empezó bien. Durante diez minutos, monopolizó la posesión y maximalizó el reducido perímetro del tapete verde pamplonés: triangulaciones, taconazos y asociaciones fugaces entre Alarcón, Benzema, Modric y Cristiano que abrieron dos o tres vías de agua importantes en la defensa local. El gol no llegó, y el impulso inicial madridista fue contrarrestado con la vieja regla del balompié universal: leña al mono cuando el de negro no mire. Osasuna subió el voltaje del partido placando cada movimiento de Ronaldo, Bale o Isco. Cada posesión madridista terminaba con uno de blanco rodando por el césped y por el salón de Diego López comenzaron a sobrevolar petardos que asustaban a los niños. En uno de esos balones lanzados a la cabeza de los centrales, un carlista se arrojó por donde debían cerrar Pepe y Carvajal y alojó la pelota en la escuadra de López. La jugada contenía todos los rasgos de la sitcom madridista tradicional: Marcelo reculando mientras el lateral contrario subía cómodamente el periscopio y se calzaba el guante para centrar; un espacio vacío en el corazón de la defensa y un portero que no sale.

A partir de ahí el partido entró en una fase alucinógena que iba a terminar con el Madrid tumbado de boca sobre la alfombra, escupiendo los dientes. Clos Gómez se tragó el silbato cuando a Modric lo derribaron sobre una trinchera navarra, y acto seguido sacó a Sergio Ramos una amarilla, en sí misma, dadaísta: el sevillano cortó con limpieza un ataque local en su única acción brillante del día y el referí le mostró la cartulina no a él, sino a su leyenda negra. Al parecer Ramos no reflexionó lo suficiente sobre ello pues al rato, ya con 2-0, cometió su enésima torpeza no sólo deportiva, sino institucional: golpeó innecesariamente a un rival en la cara ante los ojos de Clos, quien lo expulsó como un autómata. La temporada del segundo capitán del Real Madrid está siendo más lúgubre que Sin City: persevera en su caída sin frenos, y su natural esquizoide parece verse multiplicado exponencialmente a medida que pasa el tiempo, en una suerte de involución natural. Este con los años no madura, al revés. Dejó a su equipo con 10 justo después de que a Diego López le rematasen dos veces bajo sus barbas. La primera la salvó con una estirada soviética pero al rechace no llegó. Era imposible. El partido recordó, entonces, a una película de Tarantino: había sangre por todas partes. Sin embargo, al filo del descanso Alarcón logró saltar sobre el alambre de espino osasunista y se la dio a Ronaldo. Éste gritó a mí, Sabino, que los arrollo, y consiguió llegar hasta la frontal empujando rivales y mordiendo nucas. Allí se la devolvió a Isco, y que fulminó desde fuera al meta navarro. 2-1.

En la segunda parte Ancelotti decidió mantener a Xabi de central, pero a pesar de cinco esperanzadores minutos en el comienzo, Osasuna engulló a Modric. Totalmente desasistido, el croata era incapaz de establecer una línea de pase decente entre los tres cuartos de cancha madridista y los de arriba. Osasuna se defendía como si le fuesen a quitar los privilegios fiscales a Navarra, y por momentos toreó a un Madrid cansado y desquiciado: Javi Gracia ensayó posesiones eternas y salidas lavolpianas, y su equipo parecía el Bayern. En un par de contragolpes estuvieron a punto de finiquitar al Madrid, pero como los viejos boxeadores, a los visitantes les quedaba un último puñetazo. Isco colgó un balón delicadísimo sobre la frontal de la chica navarra, y Pepe se redimió en parte de su nefasto partido cabeceando canónicamente a las redes el centro del malagueño. Con el 2-2 al Madrid le sobró Di María y le faltó Benzema: el arreón final murió en las desacertadísimas decisiones del argentino, quien parece haberse desinflado tras su glorioso comienzo de temporada. Agitador natural, el de Rosario confundió el pulso del partido y eligió de forma absurda, recordando la peor versión de sí mismo: un jugador obtuso y limitado a una sola pierna. Di María, como Ramos, es el jugador paradigmático del equipo de Ancelotti: un talento inconmensurable constreñido por una peligrosa incapacidad para leer las coordenadas del fútbol y de la competición. El Madrid se vuelve a colocar a 5 puntos del líder, y posiblemente a 4 del segundo, con lo que este paso atrás significa: la mejor plantilla de Primera División sigue generando una abrumadora frustración entre su afición, perdida en el bucle de insatisfacción permanente que provocan las enormes posibilidades de un equipo que despilfarra oportunidades de hegemonía.

Naves ardiendo más allá de Orión

29 sep

Tengo 25 años, y más o menos, desde los 5, guardo memoria visual de todas las temporadas. He visto muchos Atléticos de Madrid desfilando por el Santiago Bernabéu. Equipos sin nombre, sin cara, sin ojos y mucha pata de palo. Onces llenos de baldoseros sudamericanos, de maradonitas y pelés comprados a precio de oro en el mercado negro de los juguetes rotos del fútbol profesional; formaciones circenses, saltimbanquis con cara de no saber ni siquiera dónde paraban, ni cuál era la portería del rival. El Madrid logró empequeñecer tanto a su vecino gritón y malencarado, que ganaba incluso sin querer. Hasta que llegó Simeone. Anoche, el equipo al que lleva trabajando casi dos años, puliendo a su imagen y semejanza, exhibió su condición de ejército de cyborgs maltratando al Real Madrid de Carlo Ancelotti. Por otra parte, era lógico que así sucediera: cuando enfrentas un equipo en construcción frente a otro que ya ha adquirido la dureza del diamante, la cosa suele terminar en tragedia. Así fue. El Atlético es el puño de piedra extensible con el que Simeone golpea en las costillas del adversario. Sólo necesitó un croché para noquear al Madrid. Di María arriesgó en la salida del balón, los rojiblancos subieron el Manzanares hasta Núñez de Balboa, y Diego Costa fulminó a placer. Después de esto al Cholo le bastó con poner la jungla de Ho Chi Minh entre Illarramendi y Benzema, y el Madrid quedó cortocircuitado. Como un paracaidista al que no se le abre la mochila, braceando en el vacío, sin nada a lo que agarrarse. Incluso con la salida de Modric y la percusión de Bale por la derecha, el Atlético no se inmutó, ni varió un ápice de su plan original.

El centro del campo parecía Omaha Beach. Minas antipersona, estacas clavadas en la arena, kilómetros de alambre de espino y búnkeres incrustados entre las dunas. Cada madridista que se aventuraba por entre las dos líneas de presión rojiblancas caía bajo el fuego granizado de un equipo que usaba a Villa de trampolín para lanzar a Diego Costa hacia el arco de Superlópez tras cada pérdida de pelota local. Pepe se ganó la mitad de sus treinta monedas de plata sosteniendo, hasta con el tacatá, las carreras apocalípticas del delantero kamikaze hispano-brasileño. Qué jugador, Costa. Me imagino cómo debe ser el rostro de un sicario, y se me infunde clavadito a él. Desquicia a todos a su alrededor, incluidos sus propios compañeros, pero consigue siempre lo que quiere. Por 3 puntos mataría a su abuela, y sólo madridistas de la altura de Hierro o Redondo podrían amedrentar a este agente de la Stasi que parece sacado de Tropa de Élite 2.  El Madrid no fue capaz de reducir la laguna Estigia abierta entre los centrales y los delanteros: Benzema y Cristiano pedían auxilio desde el balcón del área de Courtois, y Bale se afanaba en traspasar el cuerpo de sus marcadores. Cada vez que el galés recibía en el costado derecho parecía estar solicitando asilo político en alguna embajada: eran dignos de verse los 3X1 que ordenaba el Cholo sobre él, como sobre Di María al principio. El partido murió con los últimos arreones de Morata, un delantero tan racial como carente de talento que sin embargo estuvo a punto de empatar con una hermosa tijera. La salida del canterano fue como aplicar sobre el pecho del moribundo unas palas de electroshock. No fue suficiente, y el Atlético Aviación conquistó Chamartín por segunda vez en 2013. Lo mejor de todo esto es que, a pesar de la histeria colectiva que ya se apodera de la pre-menstrual afición blanca, el Madrid de Ancelotti sólo está arrancando.  Aconsejaría que no clavasen todavía la tapa de su ataúd, por lo que pudiera ocurrir.

Fútbol de ayer y de hoy

26 sep

Al principio fue el Verbo, y cuando Dios repartió los dones, al Madrid le tocó el cantar de gesta y el truño atemporal en los campos de provincias. Indiferente a entrenadores, estrategas, jugadores, épocas, presidentes, estilos, esquemas, dibujos y hechicerías, hay un tipo específico de partido que se repite como una maldición de Jacques de Molay: los 90 minutos en los que 11 zombis vestidos de blanco son zarandeados por una turba embriagada por el olor de la sangre. Este tipo de aquelarres suelen abundar en años de crisis de identidad, cambios, revoluciones a medio hacer o de tumultos en los cuarteles. Ninguno de los entrenadores que han pasado por Concha Espina en los últimos 20 años ha esquivado este conjuro. Como las sequías, las crisis de la economía de mercado y las películas de Almodóvar, el sopor infumable del Madrid en provincias siempre vuelve. La mayor parte de las veces, estos paseíllos a medianoche suelen terminar con el Madrid frente a la tapia de un cementerio, desjarretado y con la Liga rumbo a Barcelona. Pero hay ocasiones en las que el azar, la imprevisibilidad del balompié, o la bruja Lola, liberan al equipo de una caída mortal con algún triple tirabuzón de épica factura como el penalty a Pepe de anoche en el Martínez Valero, cuando Muñiz Fernández ya se preparaba para finiquitar la comedia. Ese tipo de goles, como uno que marcó Helguera en Villarreal hace 9 o 10 años en una nuit del foc similar, son los que yo llamo de campeonato. No se merecen, ni tampoco sabe uno realmente por qué esos sí entran y otros, más claros y en mejores partidos, se van al poste o fuera. Qui lo sá. Pero fútbol es fútbol, como dijo Boskov, y dijo bien. Antes de que Cristiano ejecutara con cierto rictus prusiano el penalty de la victoria, el Madrid de Carletto estaba a dos partidos de la tête de la course. Ahora, tan sólo a uno. Puede parecer un detalle bizantino, pero así se han perdido imperios. El Real terminó la verbena como siempre quiso el patriarca Bernabéu: ganando al final, y con una decisión dudosa del árbitro mediante. Elche parecía la Puerta del Sol el 2 de mayo de 1808, saludando jovialmente el paso de los jugadores madridistas, y Diego López volvió a ser la estrella de las canciones de una afición local. Se pita al que se teme, y al que te jode, como dejó sentenciado Santo Tomás. Enganchado al brillante estado de forma del portero gallego, el Madrid espera a Varane como los judíos el maná en el desierto: el gol del empate ilicitano retrató todas las miserias de una línea defensiva cuyo pecado capital es la carencia constante de concentración. Ya asoma la proa del Atlético Aviación por la Castellana, y viene crecida la tropa. La suerte es que Ancelotti parece predestinado en el Madrid, y a esa elección de los hados es difícil hacerle frente, por más que Ramos y el 4-2-2-2 se empeñen. La realidad es obstinada, pero la tyche del Real lo es más.

Festín de cuervos

7 may

Los días de ruido de sables me traen a la memoria el anuncio aquél con el que crecimos los niños españoles de los 90: el de Tenn. Si recuerdan, en el spot publicitario aparecía un tipo vestido de crupier y con cara de dandy tanguero de los años 20, y repasaba la pared -que un rato antes había limpiado una esforzada ama de casa- con un algodón. Al retirar el algodón, el señor lo mostraba a la cámara todo negro y lleno de mierda, y sonreía al asombrado espectador mientras le decía aquello tan inmortal de el algodón no engaña. Esto es un poco así. Tras no meter el gol que lo separó de Wembley, el Madrid está viviendo unos días terribles, de incesante desplazamiento de placas tectónicas y sordo crujir de vigas apolilladas. Mourinho, como el galán del anuncio, está consiguiendo sacar a la luz toda la suciedad acumulada en la institución, sólo visible al trasluz de los hechos. La realidad siempre llega a su punto de torsión. Tertulias radiofónicas, debates televisivos y columnas de prensa llevan voceando una semana la caída de Constantinopla, y algunos ejemplares de lo más granado de la intelectualidad futbolística del vestuario madridista se lo están creyendo. Es el caso de Pepe. El central portugués, asumiendo el papel de uno de esos pretorianos dispuestos a jugar a los tronos apuñalando al emperador para colocarle la corona de laurel a un cabo furriel, se ha puesto encima suya, sin saberlo, una gigantesca diana móvil al socavar públicamente la autoridad de Mourinho y reprenderle ante un los micrófonos lo que él entendió como una crítica del técnico a Casillas. Pepe, como Freddo Corleone, escuchó campanas sin saber dónde y corrió a traicionar al hombre que más le ha defendido como persona y como profesional en los momentos críticos de su carrera en el Real Madrid. Como cuando toda España, al grito de ¡asesino! se lanzó a crucificarle por toser a Iniesta y acariciar a Messi. Es grotesco presenciar cómo los periodistas que exigían con fiereza su despido fulminante, y lo denunciaban como una deshonra histórica para el Madrid, acogen ahora alborozados su repentina confesión. Como abrazaría un inquisidor dominico a un condenado relapso a los pies de la hoguera, en un ejercicio de cinismo e inmoralidad tan repugnante como miserable.

A lo mejor Pepe, como esas cabras montesas a las que veíamos, en los documentales de la 2, trotar desesperadamente por el risco sintiendo acechar el vuelo del águila, lo único que ha hecho es dar ese paso en falso tras el cual el stuka del reino animal la despeñaba inmisericorde con un levísimo soplo de aire. Sé que el fútbol, y a la postre la vida -que no es más que eso que pasa entre semifinal y semifinal de la Copa de Europa, pues nos pasamos la vida entre abriles y todo lo demás es comedia de entretenimiento- es mucho más sencillo que todos estos complicados planes geoestratégicos con los que nos masturbamos los hinchas entre que llega y no la final de Copa; pero si del tipo que ha reinventado a Helenio Herrera en el fútbol moderno no podemos esperar un poquito de samba maquiavélica, qué nos quedaría, si no. Sería un aburrimiento. Los cuervos graznan con furia: es su momento. Largo plazo, meritocracia, independencia institucional y estabilidad son alpiste para estos carroñeros de lo emocional que han visto, en el meneo de Klopp en Dortmund, su oportunidad tan largamente esperada. Y en las miserias humanas -Casillas, Pepe- han encontrado, como esos tiburones hambrientos que por fin olisquean la sangre, la cuña con la que percutir en el corazón del gigante. Nada como el melodrama folletinesco en el que un pérfido ogro extranjero -¡un portugués!- encierra en el torreón de su castillo a la princesa destronada -el Yerno de esa España paleta que todavía sigue con el pueblo colgando de la espalda, como el hatillo lleno de chorizo y cantimpalo con el que Alfredo Landa se fue a Alemania- para alienar a la masa hasta convertirla en turbamulta. Como dicen los que saben, a esta trama oscura que es compendio de todas las debilidades humanas, le falta todavía un giro argumental definitivo. Un golpe de guión sensacional que cual manotazo final en el timón del barco resucite de repente al león moribundo y lo abalance sobre los cuervos que ya se huelgan con el festín de sus tripas.

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