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El problema

5 jul

Ramón Jáuregui, ilustre socialista vasco, comentaba hoy en Herrera en la Onda que “el problema es que los catalanes pueden sentir que a lo mejor su particularidad no es respetada o comprendida en el resto del país. Esto puede romper el país”. Subrayando lo último, tan cercano -yo diría que primo hermano- de aquello tan de Rajoy (¡Están rompiendo España!) que el gobierno al que perteneció el propio señor Jáuregui tachó en su momento de apocalíptico, faccioso y mezquino, prefiero quedarme con lo primero. El-problema-de-España-es. El locutor no paró de señalar que Jáuregui lleva “meses trabajando” en una “solución federal” a los problemas que presenta la actual organización del Estado. El susodicho aludió a la sensibilidad singular de los catalanes -de los buenos catalanes, le faltó añadir. Los malos catalanes, como todo el mundo sabe, se preocupan de menudencias como encontrar un trabajo con el que llenar la mesa de su casa cada mediodía, qué vulgaridad- . Ese era el problema de España, según entiende Jáuregui y por extensión, el socialismo español. Que el ayuntamiento de Barcelona, endeudado hasta los jaramagos que nacen en las rendijas de las piedras de su azotea, lleve gastados ya 80 millones de euros en preparar la paramilitarización hitleriana de la Diada 2014, o que todas las embajadas culturales de las 17 taifas repartidas por el mundo sumen el doble que los consulados del Estado español, por lo visto, no hiere la singular sensibilidad de cierta población catalana. Ergo, no es el problema. España me recuerda cada día más a la imagen del romano preguntándose qué fuente quedaría mejor en medio del atrio de su casa de campo, mientras los bárbaros comienzan a saltar el Limes.

Una historia romana

16 jun

Cuentan que el padre del celebérrimo (y sevillano) Conde-Duque de Olivares, don Enrique de Guzmán y Ribera, fue embajador de la Monarquía Hispánica en el Vaticano, allá por mil quinientos y pico, o mil seiscientos y algo. Cuentan también que por aquellas fechas, las relaciones entre la Santa Casa y España eran algo tensas, a pesar de que España era el baluarte de la cristiandad, y sus reyes derrochaban el oro y la plata de América, además del esfuerzo de los súbditos de la primera potencia de la época, en guerras de religión absurdas -y en mantener lujosas embajadas en Roma, también- y sangrantes para las arcas hispánicas. O precisamente por ello. No en vano, hacía relativamente poco que un rey español había consentido saquear la Ciudad Eterna, y esa manita pasada por la cara del Vicario de Cristo no era algo que la Santa Sede pudiera olvidar fácilmente. Era, digamos, como si el rencor se heredara generacionalmente, transmitido por la mitra y el sello.

Cuentan que el padre del Conde-Duque hacía avisar a sus ayudantes y mayordomos con el sonido de una campana. Parece ser que esto era un lujo reservado exclusivamente a los cardenales romanos: cada uno de ellos tenía su propia campanita con su sonido único e irrepetible y todo. Don Enrique, hombre soberbio, quiso adoptar esta romana costumbre para con su servicio. Era un hombre de mundo, naturalmente. Cosmopolitismo 1.0. Los cardenales romanos, muy suyos y muy de sus prebendas, pusieron el grito en el cielo. Cómo va a llegar este mindundi spanoglo figlio di puttana aquí, a nuestra casa, y va a hacerse una campanita como nosotros, para llamar a la chacha. Pero qué se habrá creído, el terrone di merda este, muerto de hambre. Que el pase VIP es nuestro, cazzo di Dio. Etcétera. El Santo Padre, el Sexto Pío, molesto por este hecho y quizá con ánimo de tensar un poco más las relaciones con España, estorbando en lo que pudiese a su representante en Roma, decidió prohibir el uso de este instrumento en todas las dependencias vaticanas, impidiendo así la rutina del embajador español.

Cuentan que nuestro hombre en Roma, ni corto ni perezoso, se hizo instalar un pequeño cañón de artillería en sus aposentos. Cada vez que quería llamar a algún ayudante, apuntaba al cielo de la Caput Mundi y lanzaba cañonazos estruendosos hasta que sus peticiones eran atendidas. Imagínense el cuadro, en una ciudad ya de por sí de nervio ligero, habituada a incursiones, ejecuciones públicas, saqueos, bandolerismo, escraches públicos y privados, y toda la parafernalia propia de un far west sin más ley que la que dictaban las grandes familias patricias y los cuerpos militares que acompañaban a los embajadores. En esto destacaban sobremanera los españoles, potencia hegemónica de la época, que gobernaban a su antojo las calles de la ciudad usando el arcabuz y la zanahoria, con lo que se pueden figurar lo apreciados que éramos por aquel entonces en Italia los hijos de Iberia. Cada cañonazo encogía más de un esfínter, sobre todo los de Sus Ilustrísimas. Y más viniendo del consulado español: poca broma, amici. Por entonces todavía no éramos los quiero y no puedo de hoy. Asustábamos.

Cuentan que el Papa, a punto de perder la audición y medio loco por el zumbido de los cañonazos, retiró la prohibición y consintió en que el padre del Conde-Duque de Olivares utilizara la campanita cada vez que necesitara la atención de algún mayordomo. Cobra valor esta anécdota si la comparamos con el estado actual de la diplomacia española, llamada eufemísticamente relaciones exteriores. Es interesante esto de los nombres: el ministerio de la guerra ya no es tal, sino de Defensa. La terminología nos indica un retroceso tanto material como espiritual. Antes estábamos preparados para hacer la guerra, lo que señalaba una predisposición positiva, animosa, de la nación. Ahora hemos de defendernos y relacionarnos con el exterior, asumiendo la inferioridad desde el mismo uso de las palabras con las que designamos las funciones de nuestro Estado. Piensen en Moratinos afirmándose ante sus homólogos británicos con la altanería del padre del Conde-Duque. O a Rajoy negociando los términos de un nuevo Concordato con el Vaticano. Lo único que encañonaría el cielo de Roma, en tal situación, sería el puro de Mariano, tan satisfecho de sí mismo. Tan complacido.

Edificante, ¿verdad?

La silla excremental

4 feb

Me considero un hombre escéptico, o al menos así me gusta creerlo. Sin embargo hoy he interpretado una noticia como si de una señal del Universo se tratase. Paco González, el hombre del pelo transgénico, y Manolo Lama, periodista versado en el innoble arte de la indigencia intelectual, estrenarán columna próximamente en ABC. Ahora sé cómo se sintió el primer poblador del valle de Aztlán que vio un jaguar muerto en un claro de la selva durante la primera luna de 1521: el cosmos lo estaba previniendo. Siento en este momento la caricia de Tlaloc. Que estos dos patanes, paradigmas del periodismo deportivo basura que desde el ascenso de José Ramón de la Morena lleva empujando al oficio hacia un precipicio muy oscuro, lleguen ahora a una de las cabeceras de mayor solera de España, no puedo valorarlo sino como un aviso del Destino: te equivocaste de profesión, amigo. Déjalo. Cambia. Dedícate a otra cosa. Injertos González y Manolito Lama son como el Demiurgo omnisciente: están en todas partes. Son las voces en español del FIFA para la play; una gran masa de oyentes aquejados de palurdismo -no confundir con paludismo- llevan años identificándolos como la sintonía del fútbol dominguero; presentan los deportes en un telediario, ensuciaban de vez en cuando las contraportadas del AS y ahora esto. El ABC. González y Lama, Lama y González, son la exaltación de lo casposo. La única explicación del triunfo profesional de estos dos reside en la mediocridad general que, como agujero negro colosal, se ha tragado a la sociedad española desde los 90 en adelante. Al periodismo lo mataron los propios periodistas, en una suerte de desintegración muy parecida a lo que ocurría en los años 20 en las mafias norteamericanas: cuando una familia poderosa abandonaba sus dominios, el poder se evaporaba entre reyezuelos golpeándose por las migajas, hasta que finalmente no quedaba nada. La sonrisa de sabandija de estos dos detritus del periodismo profesional es la marca distintiva de un oficio moribundo cuyo virus está dentro: gente sin talento avalada por una licenciatura vacía que tiene su prepotencia gregaria y corporativa como derecho inalienable, y que no pone en práctica jamás el sano ejercicio de la duda razonable, ni se la aplican a ellos mismos, sencillamente por que no saben. Dice la leyenda que en el Medievo existía una silla excremental donde el recién electo papa era sometido a la última prueba antes de anunciar la fumata blanca: debía ser examinado por un cardenal, quien comprobaba que colgasen los esperados atributos masculinos por el agujero del indiscreto trono antes de confirmar que, efectivamente, el nuevo vicario de Cristo en la tierra era todo un machote. ABC acaba de aposentar su centenario culo en la silla excremental, y podemos certificar que, en efecto, lo que cuelgan son dos grandes mierdas. Exitosas y pestilentes.

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