Tag Archives: Sergio Ramos

Fiestas de pueblo

9 mar

Sergio Ramos tuvo uno de esos días en los que jugó mirándose al espejo. Estrenaba peinado a lo Jimmy Darmody, salvando las crines que se ha dejado por detrás. Esto es una tragedia, qué quieren que les diga: a cuántos milpesetas veré el sábado que viene bebiendo ronescola con estas pintas. Sergio Ramos y Cristiano Ronaldo son los tótems de cierta España arrabalera, de chándal y Seat León con tribales de vinilo pegados en el capó trasero. Moldean a la horda a golpe de ingeniosa mamarrachada en la cabellera, rizando el tirabuzón de lo absurdo. Las consecuencias las sufrimos todos, porque lo peor es que necesitamos a esta carne de cañón para sentirnos arropados en los bares cuando suenan los tambores de guerra de cada derby y cada Clásico. Ya saben: cuando toca gritar mucho y fuerte en los días D, todo tonto es útil. El eterno drama de la fragilidad del individuo en medio de la esquizofrenia colectiva del balompié de masas. El ambiente festivo con el que comenzó el partido le regaló a Sergio una de esas oportunidades que tanto le gustan: rival cómodo, viento a favor, tan sólo le faltó el cajón flamenco para recrearse en cada una de las suertes que componen el muestrario de su egolatría freak. Taconazos, requiebros, pases de 60 metros al desmarque del Hombre Invisible y mucho lucimiento muscular. En días así Ramos se quiere mucho a sí mismo: adora ser quien es, y le encantaría poder darse por culo. Como digo, la derrota barcelonista en Valladolid del sábado ayudó a convertir el Bernabéu en Triana durante la Velá de Santa Ana. El Madrid compite ya con la inercia telúrica de los ejércitos que conquistan imperios: no pierde desde octubre, y sólo concede empates estratégicos cuando lo balean con granizada de arcabucería. El Levante de Caparrós, que ya intentó eso en la ida, llegó medio rendido a Madrid, poniéndole una vela a Satán y otra a Keylor Navas, su ángel de la guarda. No sirvió de nada.

Varane volvía al eje de la retaguardia, y yo me regocijé porque el chico es el mejor defensa que tiene este equipo y además trota por el césped sujetando con correa al capitanísimo Sergio Ramos. Flanqueados por los laterales ungidos por Dios y por España, de Modric en adelante Ancelotti dispuso la caballería habitual. Parece que, psicológicamente, el Madrid está ya en modo fuego purificador. Al menos lo parece. Desde el silbatazo inicial sometió a los visitantes a una presión altísima, iniciada, como es natural en el ecosistema de don Carlo, por los centrales: robo fulminante cuando la salida del contrario se está gestando, apertura a los laterales y dominio absoluto de la segunda jugada. Con Alonso en la base, Modric se empodera del juego. Del tiempo, del espacio, del sentido y de la intención. El partido es suyo. Por los costados del golem, Marcelo/Di María y Carvajal/Bale aletean como mariposas y pican como jodidas abejas africanas. El Madrid siembra el perímetro del portero adversario de cadáveres: los defensas del Levante se iban amontonando como en una trinchera sobre Navas, pisándose entre ellos como si desalojaran un centro comercial al ver la pisada de Godzilla. Tardó poco Cristiano Ronaldo en elevarse sobre el muro azulgrana y cabecear de frente el único córner bien sacado por Di María desde que en Rosario le pagaban impuestos al rey de España. El gol amainó un poco el temporal, y el Levante pudo salir de la cueva montado en Barral, un delantero pendenciero no exento de talento que emergió de una salina de San Fernando con esa cara de camorrista de la Isla diseñada expresamente por Dios para asustar a los turistas del norte de Europa. Parapetados en torno a Juanfran, de tartamudez universal y célebre por romperse el cráneo jugando en el Celta, los pretorianos de Caparrós se aplicaron a la brega sin límite y a la seguridad privada hecha balompié: la rodilla de Varane es testigo del cariño del entrenador sevillano por el choque robusto, sin fronteras. Benzema cabeceó a lo matador una pelota servida con guantes de seda por Marcelo y Keylor Navas punteó el remate con una parada digna del Circo del Sol: el costarriqueño es un gimnasta portentoso que ataja con delectación latina. Sí, eso de lo que padecen, en mayor o menor medida, todos los porteros hispanoamericanos, desde Higuita a Campos pasando por Abbondanzieri o Leo Franco: el gusto por la golosina, la extravagancia, la mano cambiada y la sonrisa para el fotógrafo. En la segunda parte tuvo un vuelo de palo a palo en el que pudo agarrar un gran remate de Benzema pero prefirió despejarla con la mano de apoyo: las escuelas, en los portero de fútbol, son muy acentuadas, como una cosa casi académica. Salen todos con la marca de agua, aunque a algunos apenas se les note.

De todas formas, aunque el Madrid relajó su intensidad y dormitó hasta mediada la segunda parte, el Levante jamás inquietó: arracimados en torno a Sissoko, Navarro y Juanfran, apenas Ivanschitz conectó algún contragolpe naïf: Diego López no tuvo ni que ducharse. Sobre el Madrid pendía el 1-0 y el hormigueo de no cerrar un trabajo que estaba hecho, hasta que Marcelo aguijoneó por su carril y metió un golazo. Ronaldo desbordó al lateral derecho y se llevó consigo la marca del interior. Filtró un pase por dentro que llevaba escrita la huella de la Muerte. Marcelo controló, y para templar una pelota que se le iba larga fintó con la izquierda y acompasó el cuerpo como si estuviera en el sambódromo. El central se comió el paso de tango y Marcelo chutó con la derecha. Colocada, fuerte, ineluctable. Vista la repetición, la jugada parecía filmada en dos velocidades: los de blanco corrían en technicolor, se movían como en cuatro dimensiones, y los del Levante recordaban a los figurantes del cine mudo que pasaban delante de la cámara sin saber muy bien cómo comportarse. Entre este Madrid al 60% y el Levante de Caparrós (que en todos sus equipos intenta acortar la distancia entre el talento y la tosquedad con electroshock y sangre en los ojos) había la misma distancia que entre el sofá de mi casa y Plutón. Con el 2-0 Ancelotti quitó a Varane. El príncipe etíope tiene en sus rodillas la caja fuerte del futuro madridista, y don Carlo nació en una casa de agricultores de la Emilia-Romaña: sabe que cuando el cielo se llena de nubes hay que proteger la cosecha. Salió Nacho y Ramos logró forzar la quinta amarilla poniendo en juego los ligamentos cruzados de su rodilla, obscenidad que sin embargo no nos sorprende pues Ramos es como el dicho: peores cosas se le han visto. Alarcón  y Jesé también tuvieron su rato de gloria en el que apenas dijeron nada relevante. En el minuto 80, el defensor azulgrana Nikos Kalaberas se metió en un gol en propia puerta y yo pensé que era una injusticia lo que la vida le había hecho a ese hombre. De haber nacido 3 siglos antes, Nikos Kalaberas hubiese sido pirata, heredero de una fortuna solariega en la isla de Quíos y terror de los turcos en el mar Egeo. Sin embargo, ahora es lateral izquierdo del Levante Unión Deportiva. Él, como yo, nacimos en el tiempo equivocado. Al final de la noche Carvajal nos atragantó la cerveza cuando cayó retorciéndose sobre el verde del Bernabéu: para cuando yo ya soñaba con Ramos mecánicos saltando la verja de Almonte, él mismo desmintió por televisión que lo suyo fuese grave.

Baila conmigo

23 dic

El Valencia es un equipo marcado por su medular: Oriol Romeu-Dani Parejo. Ambos son dos experimentos fallidos del Gobierno. Uno de la Masía, y otro de Valdebebas. Romeu es el último Guardiola con tara que cada X años sale de la cadena de montaje culé -Celades, Gabri, Trashorras- y al que Mourinho dio boleto al volver a Londres. El Valencia se lo compró en un Lefties, de rebajas, porque combinaba con Parejo. ¿Se acuerdan cuando Di Stéfano dijo que sólo veía al Castilla por él? Si en Barcelona producen mediocentros de toque fenicio, en Madrid se forjan mediapuntas de melena rebelde y displicencia suburbana. Parejo, Jurado y Guti son los bastardos de un linaje confuso al que la prensa madrileña busca sus raíces en la Quinta pero que, sin embargo, no termina de acomodarse en la nobleza madridista: les falta empuje. Precisamente de eso careció el Valencia, más que nunca equipo de retales entrenado por un interino saltimbanqui. Tuvo ímpetu, y arreció duro en los tobillos madridistas, pero adoleció de inciativa parlamentaria y el Madrid gobernó el partido a base de pronunciamientos, tiros en el Congreso y la tenacidad inquebrantable de Luka Modric.

El partido se jugó sobre una inmensa madriguera. Cada vez que alguno de los 22 futbolistas que correteaban sobre el verde de Mestalla hacía un tackling, levantaba una galería subterránea. De haber incidido más, la realización de Canal Plus hubiese sacado a Casillas escondiéndose tras uno de los agujeros del terreno de juego, huyendo ante las luces inesperadas. A pesar de todo, los chicos con los que formó Carletto -ausentes Bale, Pepe, Khedira y Varane, Ancelotti tiró de las latas de conserva- intentaron sojuzgar al equipo local empeñándose en descoser el campo. Al principio, el plan salió bien. Marcelo y Benzema por la izquierda, y Arbeloa con Di María por la derecha, sondeaban la firmeza valencianista zambulléndose a poca profundidad. Pero pronto iban a ocurrir cosas. Cristiano se plantó ante Guaita y cruzó demasiado un tiro venenoso: era el primer aviso. Luego se tropezó con un bulto blanquinegro que había en el suelo justo cuando se le ofrecía un ángulo de tiro tan grande como el Mediterráneo, y ahí descubrimos que los cuádriceps de Ronaldo han vuelto de la lesión antes que él. El Valencia asistía impotente al claqué madridista, y Marcelo mandó un giro postal a la esquina derecha del terreno de juego. Di María la cazó con el guante, y mientras su defensor pestañeaba él zigzagueó como un rayo hasta el pico del área chica y puso el balón en el palo largo del arco de Guaita. Golazo. El Valencia aún estaba reflexionando cuando a Alarcón le hicieron un placaje delante del portero y el árbitro hizo el Don Tancredo. Casi seguido un extremo local se coló hasta la línea de fondo madridista y Piatti agradeció con un buen cabezazo la generosidad con la que Ramos le ofreció su espalda para que fusilara a Diego López casi a placer. El 1-1 no hubiese resultado tan irritante de no darse la infeliz circunstancia de que Piatti tiene la estatura de un llavero y Sergio Ramos García natural de Camas, mide, según la web oficial del Real Madrid, un metro y ochenta y tres centímetros.

Bordeando el descanso, Di María, quien parecía querer redimirse por su grotesca actuación del pasado sábado en Pamplona, botó maravillosamente bien una falta sobre el punto de penalty valencianista. Cristiano Ronaldo remató como reza la ley número 69 del Código de Hammurabi: picada abajo. El realizador del Plus nos deleitó con el interminable repertorio de tomas y repeticiones con las que desde tiempo inmemorial se intenta, en el canal PPV de PRISA, justificar las decisiones arbitrales contrarias a los intereses del Real Madrid y denunciar sibilinamente las de naturaleza dudosa que benefician al equipo blanco. Durante todo el encuentro pudimos ver desde todos los ángulos posibles cómo Ronaldo tiene media bolsa escrotal adelantada respecto al último defensor valencianista: ominoso favor arbitral hacia el Gólem de la Meseta. Con el gallinero de Mestalla alborotado se empezó la segunda parte, en la que no sucedió absolutamente nada hasta el minuto 22: el Valencia botó un córner al corazón del área madridista, y entre Diego López -que se quedó a medio salir, como un banderillero malo- y Ramos -que se escondió detrás de su portero- dejaron que Mathieu dirigiese cómodamente un cabezazo a la escuadra. Como anécdota folclórica, el gol coincidió con la entrada al campo de Canales, otro juguete roto desheredado del paraíso madridista. El encuentro se puso decididamente feo para un Madrid acuciado por la victoria barcelonista en Getafe, y Ancelotti tardó cinco minutos en pedir un micro-crédito a Cofidis: Jesé por Alarcón (el canterano valencianista despechado) y Carvajal por Arbeloa, y a empujar. Cuando los dos jovenzuelos entraron en el partido, del Madrid se apoderó un rapto instantáneo de violencia compulsiva. Modric -heroico durante toda la noche, agigantándose cada día como auténtico logos del Madrid de Ancelotti- manejó la furia momentánea del equipo. Con todos los orfebres en el campo, el Real acosó al Valencia como una manada de lobos. Benzema dio un paso atrás, se juntó con el croata y Alonso en una segunda línea de fuego, y amasaron la angustia madridista hasta convertirla en permutas de Jesé y Carvajal por derecha y Marcelo y Cristiano por la izquierda. Sobre el 85, de una melé cayó rebotada una pelota que rebañó Xabi para Modric. Por dentro le hicieron el aclarado y Lukita vio venir desde Canarias a Jesé montado en el Dragon Rapide. Big Flow se puso en medio de la pista y le cantó a Guaita ella es caprichosa, y muy peligrosa, pero esta noche es mía, ya la tengo controlada. 2-3 y adiós 2013.

Jugando a nada, por supuesto

24 oct

La Juve de Antonio Conte es la mejor que ha pasado por Chamartín desde 1996, cuando Vierchowod descapulló a Raúl. También, y es paradójico, es la que menos ha encogido los agitados corazones madridistas. El Madrid salió de los cuarteles como para iniciar un pronunciamiento, y a los cuatro minutos Di María ya había hecho saltar la caja fuerte: diagonal hacia dentro desde banda derecha y pase al desmarque, el número más aclamado del show del Fideo. Ronaldo definió como si pegase un guitarrazo contra el escenario. Así comenzaron unos 45 minutos en los que arrastró al Madrid hacia octavos, el campamento base, como un superhéroe de la Marvel. Hubo una jugada en la que al Bernabéu se le puso dura: Marcelo se quedó contemplando el paisaje en una de sus excursiones y Cristiano, en un alarde de solidaridad colectiva no exenta de demagogia tribunera, acompañó el repliegue y robó la pelota casi en la misma línea de fondo propia. Después, a lo Moisés blandiendo el cayado, subió el balón sintiendo cómo a su alrededor el madridismo se abría, en éxtasis, igual que las aguas del Mar Rojo. Sobre el jugador franquicia blanco gravitó un encuentro que, no obstante, rindió honores de Jefe de Estado a los dos equipos. La Juventus descabalgó al Madrid por los costados. La doble línea de presión local, muy meritoria, sobre la salida de los visitantes quedó desactivada con una buena transición bianconera. Desde ahí, Pirlo y Vidal -al que el otro día me pareció ver en el programa de La Sexta sobre las cárceles del mundo- hicieron de artificieros, lanzando balones hacia Llorente, que parecía una ventana cerrada en la que no paraban de chocar Ramos y Pepe, como moscas intentando atravesarla. Tévez y Pogba se descolgaron por el patio trasero de Arbeloa y Marcelo, y así llegó el empate, en el único error defensivo notable de un Madrid, sin embargo, muy serio toda la noche.

Con el 1-1 el Madrid decidió despertar: es el déficit más evidente del equipo de Ancelotti, al que le da vértigo administrar ciertas ventajas. Marcelo y Vidal iniciaron una pelea de bandas, el árbitro pitó, Modric mandó un pelotazo al balcón de Buffon y Chiellini quiso bailar un tango con Sergio Ramos. El penalty, que fue fruto del paso adelante del Madrid y no de uno de esos milagros con los que la prensa justifica su eslogan más antiguo y celebrado -el Madrid no juega a nada- serenó el encuentro y le quitó voltaje. El Madrid supo templarlo con un magnífico trabajo de Modric, Illarramendi y Khedira, y con un Di María al que no se le acaban las pilas alcalinas. Es el verdadero agitador del Madrid de Ancelotti, y cualquiera lo confundiría con uno de esos anarquistas repartiendo panfletos y llamando a la revolución en la Barcelona de 1920. Esos cuatro compraron la pelota y marcaron el tempo, y a la Vieja Señora se le fue la vida intentando arañar el muro de parsimonia con el que el Real mató el partido. Chiellini embarcó rumbo al Piamonte nada más empezar la segunda parte, en una acción estúpida, más propia de alguno de los centrales del Madrid de anoche. De ahí hasta el final se hicieron méritos para marcar el 3-1, pero Benzema va a tener que inmolar un buey en una playa desierta y hacer libaciones sobre sus entrañas humeantes para conjurar el funesto oráculo que pesa sobre él. Salió Bale a corretear en el 70, y tardó diez minutos en tocar el balón. Le falta swing. Al dragón galés aún se le ve desnortado, sin saber muy bien dónde quiere Carletto ubicarle. Uno se pregunta para qué sirve tener 91 millones de euros quemándote en la cartera si tardas dos meses en soltarlos. Bale, es probable, no estará a pleno rendimiento hasta enero o febrero, una vez haya asumido el rol que se le asigna en el sistema y por sus piernas corra el ritmo de la competición. El partido acabó entre vítores y abucheos. Llorente salió ovacionado del Bernabéu por segunda vez en su carrera deportiva, con lo que suma ya más aplausos en Madrid que Benzema. A Morata lo recibió un trueno en las gradas, y el muchacho volvió a saltar con la voluntad férrea de un novillero que toma la alternativa en Las Ventas. Al Madrid le queda una victoria para sellar la primera plaza del grupo, pero antes conocer el estadio de diseño de la Juve habrá que tomar el liderato este sábado, en el Camp Nou. Jugando a nada, por supuesto.

Fútbol de ayer y de hoy

26 sep

Al principio fue el Verbo, y cuando Dios repartió los dones, al Madrid le tocó el cantar de gesta y el truño atemporal en los campos de provincias. Indiferente a entrenadores, estrategas, jugadores, épocas, presidentes, estilos, esquemas, dibujos y hechicerías, hay un tipo específico de partido que se repite como una maldición de Jacques de Molay: los 90 minutos en los que 11 zombis vestidos de blanco son zarandeados por una turba embriagada por el olor de la sangre. Este tipo de aquelarres suelen abundar en años de crisis de identidad, cambios, revoluciones a medio hacer o de tumultos en los cuarteles. Ninguno de los entrenadores que han pasado por Concha Espina en los últimos 20 años ha esquivado este conjuro. Como las sequías, las crisis de la economía de mercado y las películas de Almodóvar, el sopor infumable del Madrid en provincias siempre vuelve. La mayor parte de las veces, estos paseíllos a medianoche suelen terminar con el Madrid frente a la tapia de un cementerio, desjarretado y con la Liga rumbo a Barcelona. Pero hay ocasiones en las que el azar, la imprevisibilidad del balompié, o la bruja Lola, liberan al equipo de una caída mortal con algún triple tirabuzón de épica factura como el penalty a Pepe de anoche en el Martínez Valero, cuando Muñiz Fernández ya se preparaba para finiquitar la comedia. Ese tipo de goles, como uno que marcó Helguera en Villarreal hace 9 o 10 años en una nuit del foc similar, son los que yo llamo de campeonato. No se merecen, ni tampoco sabe uno realmente por qué esos sí entran y otros, más claros y en mejores partidos, se van al poste o fuera. Qui lo sá. Pero fútbol es fútbol, como dijo Boskov, y dijo bien. Antes de que Cristiano ejecutara con cierto rictus prusiano el penalty de la victoria, el Madrid de Carletto estaba a dos partidos de la tête de la course. Ahora, tan sólo a uno. Puede parecer un detalle bizantino, pero así se han perdido imperios. El Real terminó la verbena como siempre quiso el patriarca Bernabéu: ganando al final, y con una decisión dudosa del árbitro mediante. Elche parecía la Puerta del Sol el 2 de mayo de 1808, saludando jovialmente el paso de los jugadores madridistas, y Diego López volvió a ser la estrella de las canciones de una afición local. Se pita al que se teme, y al que te jode, como dejó sentenciado Santo Tomás. Enganchado al brillante estado de forma del portero gallego, el Madrid espera a Varane como los judíos el maná en el desierto: el gol del empate ilicitano retrató todas las miserias de una línea defensiva cuyo pecado capital es la carencia constante de concentración. Ya asoma la proa del Atlético Aviación por la Castellana, y viene crecida la tropa. La suerte es que Ancelotti parece predestinado en el Madrid, y a esa elección de los hados es difícil hacerle frente, por más que Ramos y el 4-2-2-2 se empeñen. La realidad es obstinada, pero la tyche del Real lo es más.

Extratémpora

1 may

La derrota apenas si tiene dignidad. Es como la muerte. Cuando se acerca el momento fatídico, muy pocos consiguen encararla con la entereza apropiada. La diferencia es que, al contrario que palmarla, tras perder sigue habiendo vida. Uno se ve obligado a continuar con su rutina, y eso requiere cierto grado de confianza en las certidumbres propias. La derrota es como un entierro de la sardina a lo grande: se termina de golpe un carnaval, y debajo de las máscaras cada uno se queda con lo que tiene. Por supuesto, hay a quien de repente se le cae el maquillaje y se le ven todas las arrugas de golpe, como una aparición fantasmal que cubre de años lo que parecía joven y puro, y hay a quien las cicatrices le recubren de un halo venerable. Como de chamán antiguo que vuelve de un trance para contarle a los pipiolos de la tribu las viejas batallas alrededor de una lumbre, en el desierto. El Madrid de Mourinho se quedó anoche a un gol de Wembley, después de haber cargado una y otra vez sobre la portería borussia durante 95 minutos. Fue hermoso, terrible, cruel, todo a la vez. En los primeros 10 minutos se pudo haber logrado, pero Higuaín selló su destino para con la Historia mandando al limbo el 1-0. A partir de ahí, a Götze le entró un dolor en el flequillo, Klopp lo sustituyó por uno de esos zapadores rubios de nombre consonántico con los que asfaltó el centro del campo, y el Madrid sólo pudo parecerse a la 326 en Sbodonovo. Cada vez llegaba a los cañones alemanes con menos hombres. Pero llegaba. Sergio Ramos sacó del partido a Lewandowski, sosteniendo con él un combate feroz, sangriento, grecorromano, y Diego López alargó el hálito madridista con una parada de cinemascope. Cuando en Westfalia ya se festejaba el pase a la final, el Madrid intentó un último golpe de mano que no sólo empañó las gafas de Klopp, como pedía Jabois, sino que cortó el aliento de millones de personas, en la ciudad y en el mundo. Dos goles que iban a ser tres si un alemán, cuyo nombre no alcancé a leer pero que sin duda pertenece ya al género de la historiografía que se ocupa en glosar a los anónimos que escribieron la Historia desde bastidores, no se llega a tirar en el suelo como alcanzado por un francotirador. Exactamente ahí se terminó el partido, puesto que el Bernabéu, convertido en Circo Máximo de Roma, había entrado ya en esa cuarta fase apocalíptica en la que las tribunas se vuelven leones cuyas zarpas rozan, físicamente, el rostro de los rivales, de pronto engullidos por la propia grandiosidad tribal del escenario. Pasaron tres minutos y el Madrid sólo tuvo una última carga, infructuosa. Ahora espera un mes de incertidumbre, inquietud y revanchismo. Las ratas merodean el cuerpo caído del águila, hincando dientes ya sin mesura en la carne todavía caliente, pero unos pocos todavía creemos en que a partir de junio se ha de volver, más y mejor preparados. Por que en eso consiste ser madridista: en una hidalguía extratémpora, fuera de los tiempos señalados por tanto Caifás hispánico que ayer pregonaba ufano sobre el futuro del Madrid en tertulias de radio y televisión, como un león aconsejando a un ñu la manera más segura de vadear el riachuelo.

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