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Juan Belmonte en Twitter

25 jun

Hoy he hallado un tesoro. Estaba cavando en mitad de una isla que ya a primera vista lucía primorosa, vergel palpitante, cuando Juan Belmonte se me ha aparecido de repente y señalándome con el dedo reconocióme como uno de los suyos:

“Me junté con aquellos zagalones del puesto de agua de San Jacinto, que tenían todos la misma actitud protestataria y revolucionaria que yo. Era aquella una gente desesperada, que había roto heroicamente con todo. ¿Toreros? Ni iban a los tentaderos a lucirse, ni usaban coleta, ni se dejaban ver de los empresarios en los cafés de la calle Sierpes, ni respetaban prestigios, ni tenían padrinos, ni estaban en camino de conseguir nada práctico en la vida. Eran una gente un poco agria y cruel, que todo lo encontraba despreciable. Bombita Machaquito eran entonces las figuras máximas del toreo; para la pandilla de San Jacinto eran dos estafermos ridículos. No teníamos más que una superstición, un verdadero mito que amorosamente habíamos elaborado: el de Antonio Montes. Lo único respetable para nosotros en la torería era aquella manera de torear que tenía Antonio Montes, de la que nos creíamos depositarios a través de unas vagas referencias. Todos nos hacíamos la ilusión de que toreábamos como toreó Montes, y con aquella convicción agredíamos implacablemente a los toreros que entonces estaban en auge.

No crea que mi incorporación a aquel grupo de anarquistas del toreo fue cosa fácil. Tenía aquella gente un orgullo satánico. Más difícil era entrar en aquel círculo de resentidos que hacerse un puesto entre los toreros diplomados. Pero yo me sentía atraído irresistiblemente por ellos y a ellos iba, a pesar de sus repulsas. ¿Qué me atraía? No sé. Acaso ese tirón hacia abajo que al comenzar la vida siente todo hombrecito orgulloso cuando quiere afirmar su personalidad y tropieza con el desdén o la hostilidad de los que son más fuertes que él y están mejor situados. Cuando la dignidad y la propia estimación le impiden a uno trepar, no queda más recurso que dejarse caer, tirarse al hondón de una actitud anarquizante. El aire altivo de aquella gente desesperada y su desdén por los valores consagrados, le vengaban a uno de las humillaciones. En definitiva, aquella actitud anarquizante tenía, por lo menos, dignidad y honradez. No conducía a nada; probablemente nos moriríamos de asco en nuestro puesto de agua, al que no iban a ir los ganaderos ni los empresarios a buscarnos, pero, ¡era tan halagador aquello de despreciar los valores aceptados, desdeñar las categorías establecidas y romper con el complicado artificio tauromáquico! ¡Nos divertía tanto abuchear y correr a los novilleritos presumidos que se atrevían a pasar por delante de nuestro puestecillo de agua!” 

Manuel Chaves Nogales, Juan Belmonte, matador de toros

Espíritu de after

27 mar

Caímos bajo el influjo. El embrujo Ancelotti. Jugábamos bien, éramos felices. Habíamos descubierto eso tan remoto para el madridismo de infantería del control del partido y Modric jugaba montado en el caballo de Espartero. Las jornadas pasaban plácidas, las victorias se sucedían sin sangre. Sin dolor. Sin miedo. Ancelotti lo había logrado: la atmósfera previa a la grandeza, la antesala de la posteridad. El Madrid había transitado desde el perfil outsider al rol del líder carismático nimbado de invencibilidad, y todo con una tranquilidad inquietante. Como en las pelis de miedo, donde la vida de los protagonistas alcanza el cenit de la felicidad justo un segundo antes de que se desate el infierno. Así fue lo nuestro, también. En 4 días hemos caído de cabeza en el corazón de Carcosa, y ahora mismo estamos mirando de frente a los ojos de la Bestia. Aún queda por determinar si a los de la cara o al del culo que glosó Quevedo. Qué bonito, Quevedo. Qué bien nos vio. Cómo lo anticipó todo en ese librito de fascinante título, libro que nunca  verán en la biblioteca de Florentino Pérez ni de Fernando Fernández Tapias. Ni en la de Xabi Alonso. El Madrid perdió anoche en Sevilla y todavía estoy pensando en cómo sucedió. Qué proceso metafísico se desencadenó el domingo a las 6 de la tarde, cuando todavía éramos felices. Cuando aún soñábamos con llenar de ginebra el carro de la Cibeles y huir con los turbopropulsores al cielo infinito de los tripletes, las Décimas y las borracheras por venir. De hecho, todavía lo estoy reflexionando. A un palmo de sentenciar la Liga, el Madrid se ha despeñado por el acantilado de sus viejos fantasmas y ahora es tercero, a 2 puntos del mediocrissimo Barcelona del Tata y a 2 partidos, 2 ya, del Atlético de Madrid.

El fondo de los Biris recibió al Madrid con un tifo en el que se podía leer “nacidos para dominar Sevilla”. Hermosa demostración de provincianismo rampante. En ese momento pensé: es imposible que perdamos con estos paletos. La Sevilla balompédica es lo más cercano a Las Hurdes del siglo XIX. Ahí no ha llegado todavía la civilización, y el mundo exterior es una cosa abstracta y peligrosa de la que hablan los chamanes. Desconocen el sentido de la otredad, y su cosmovisión se circunscribe al perímetro exterior de la plaza del Triunfo. Cómo nos van a ganar estos gañanes, por los clavos de Cristo. Benzema avisó un par de veces y desde el minuto 5 el juego se desequilibró definitivamente hacia Modric. Alonso e Illarramendi acompañaban al croata, y desde la primera posesión resultó diáfano que Illarra ha dado un salto hacia adelante. Descolgado por el carril derecho, asumió responsabilidad y obligaciones. Asier se nos hizo mayor de repente. Si algo quedará para la Historia del partido de anoche será eso: en el Pizjuán, Illarra se sacó el carnet de conducir, se abrió una cuenta en el banco y comenzó a vacilarle a sus primeras novietas. Alonso, inscrito entre los centrales, jugó como si desde el domingo lo cubriese un manto gris, de plomo fundido. Cristiano Ronaldo marcó sobre el minuto 20 con un buen tiro libre que rebotó en un defensor, y parecía que el Madrid tenía el partido para ganarlo fácil. 0-3, algo así. Limpio, aseado. Pero fue precisamente la grieta abierta en torno a Xabi por la que se derramó el Sevilla y al Madrid se le apretó el nudo de la corbata.

El Madrid botó una jugada a balón parado en tres cuartos de cancha sevillista, y el rebote le cayó al 14. Tardó tanto en acomodársela, en levantar la cabeza y en ejecutar el pase, que para cuando abrió la JotDown ya tenía tres de blanco encima. Alonso perdió una pelota fantasmal, de esas que marcan el destino de los campeonatos: con todo el equipo en plena transición ofensiva, siendo él uno de los 3 que cerraba en el mediocampo. Entre Rakitic y Reyes llegaron hasta Diego López trenzando pases ante los ojos inyectados en miedo del madridismo universal. Vencido Marcelo y con los centrales en retroceso desesperado, alguien filtró un pase al desmarque de Bacca y este fulminó con cierta clase. El empate desmoronó la entereza madridista. Aunque recuperó el dominio de la autopista central, a Modric, Illarra y Bale le costaron 10 minutos largos empezar a percutir otra vez. Sin embargo, lo hicieron, y es ahí donde entró en juego la baraka. Si este Madrid casi nunca tuvo mentalitá vincente, también adoleció siempre de *eso* que hace que el balón entre cuando estás ahogándote en tu propio vómito y necesitas una colleja de Dios para salir con vida del momento. Cristiano sorteó con una parábola imposible la salida de Beto y el balón se quedó llorando entre el palo y la línea de gol. Bale se quedó solo ante el portero, otra vez, y se enrocó tanto sobre su pierna izquierda que acabó disparándose a sí mismo. Era kafkiano que el Madrid no fuese ganando al descanso.

Los primeros 15 minutos de la reanudación fueron como una manada de cuarentones borrachos rodeando a un par de veinteañeras solitarias en mitad de una discoteca, a las 6 de la mañana. El Madrid comenzó a defender con tres: Varane, Pepe y Alonso. Carvajal enlazaba la proa con la popa y Marcelo ya se fue a vivir al córner izquierdo del Sánchez Pizjuán. Pero el Madrid perdió claridad. Las paredes y las triangulaciones se hacían en un entorno demasiado hostil para los orfébres Benzema y Modric. Bale siempre intentaba romper con violencia y Ronaldo iba chocándose por las paredes como un sonámbulo. Mbami, Fazio y Coke repelían todos los balones frontales por tierra, mar y aire, y los visitantes iban consumiéndose en una bañera de desesperación y absenta. Ancelotti metió a Isco por Illarramendi, y aquí advertí un gesto muy inquietante: fue el primer ademán de hombre político de Carlo, hasta ahora más o menos acertado en sus decisiones pero siempre justo, honrado. Anoche dejó al peor jugador del Madrid sobre el terreno de juego, Alonso, y quitó al quizá más destacado, Illarramendi de Gotham, y para mí esto es peor que la derrota: anuncia turbulencias jerárquicas insalvables. Fue entrar Alarcón y el Sevilla encontrar de pronto una puerta abierta: Rakitic y Bacca se lanzaron sobre la salida de la discoteca como 2 tías que huyen despavoridas del outlet carnívoro del afterhour. El desmarque de ruptura del delantero colombiano lo estaban viendo desde la Estación Espacial Internacional, pero Marcelo tiró la diagonal de cobertura con la misma parsimonia con la que enfrentaría una ensalada de soja. El gol fue un navajazo. La pax ancelottiana con la que el Madrid construyó una identidad, un halo de majestuosidad, una manera de competir desapasionada y eficaz, ha saltado por los aires en 4 días. La herida no es demasiado honda todavía, en virtud de la lucha antropófaga que les espera a Barcelona y Atlético en la Copa de Europa, pero este Madrid necesita ahora un motivador que le de consignas y odio para recobrar la autoestima. Los viejos fantasmas asoman la cabeza de nuevo, haciendo frú-frú bajo las sábanas de los niños de Ancelotti, que han dejado de ser, de golpe, chulitos de instituto para volver a recibir hostias en el recreo. Como cuando estaban en el colegio.

Íncubos

20 ene

Dicen que Joselito El Gallo dijo una vez, en Galicia, inquirido acerca de la lejanía de su Sevilla natal, que Sevilla estaba donde tenía que estar. Lo que está lejos es esto. Con el Madrid se puede usar una retórica parecida. Vaya tercero, primero, segundo o antepenúltimo en Liga, siempre estará donde debe estar: quienes estarán cerca o lejos, según toque, serán los otros. Las creaciones olímpicas del ser humano comparten esa majestuosidad que las semeja invariables ante nuestros ojos mortales: Sevilla, el Madrid, la Capilla Sixtina, deben ser contempladas de lejos, que es como verdaderamente parecen asombrosas proyecciones del sudor de Dios. Si nos acercamos, corremos el riesgo de ver las grietas de palmo y medio por donde incluso los más sacrílegos y descastados podrían meter la mano y comprobar que también se pueden derrumbar. Que el Madrid empezara la Liga liderando el pelotón mientras Atlético y Barcelona se escapaban, henchidos como pavos reales, hacia un supuesto duelo de jedis al amanecer, les pareció, a muchos, una aberración. Efectivamente, corrieron ríos de tinta después de que primero el Cholo y luego Martino tirasen del caballo al impasible don Carlo: este tío es un pelele. No sirve. Otro año a la basura. Etcétera. Ustedes ya conocen todo el repertorio, no les voy a aburrir. Sin embargo, el tran tran con el que arrancaba la locomotora ha terminado por engullir distancias, puntos y desconfianzas, como si el madridismo se hubiera arracimado de repente bajo los gemelos de Luka Modric. Como en una de esas viejas estampitas de San Cristóbal, Modric avanza con el niño Dios de la vikingada colgado de la faltriquera -esa Primera Internacional de sectas, desviaciones y afiliaciones alucinógenas cuya unidad de Destino reside en la Décima y sus cien huríes- y cada una las zancadas con las que rompe líneas y atraviesa Rubicones son golpes de piolet en el Everest. Al contrario del saltito corto, trotecillo grotesco y culón con el que Xavi Hernández ha gobernado el fútbol post-apocalíptico desde 2008, Modric se mueve por el centro del campo con la agilidad de un regimiento de infantería motorizado. Con esa zancada sólo recuerdo a Redondo, a Zidane y quizá a Steven Lampard o Frank Gerrard, ese rey bicéfalo del fútbol británico de la última década. Modric jugó tan bien en Sevilla, frente al Betis, que hasta el golazo de Cristiano nos pareció secundario. De hecho, Modric está en un nivel tan extraordinario que las hazañas del Aquiles de Madeira están adquiriendo la condición de cotidianas: ya forman parte del paisaje. Uno se pone a ver un partido del Madrid, y el relámpago zigzagueante que sale del pie de Ronaldo nos parece una cosa tan normal, que cuando veamos fútbol con nuestros nietos nos parecerá ridículo que 22 tipos se pasen el balón y chuten a 80 kilómetros por hora, como si fuesen playmobils. El 0-5 del Villamarín asustó tanto a atléticos y barcelonistas que ambos se pusieron de acuerdo para acojonarse en comandita, con 2 horas de intervalo entre uno y otro. Pinchazos de los que, no obstante, no estará exento el Madrid de Ancelotti, o por mejor decir, de Modric: la clave, como ya hemos comprobado, es no gritar como una quinceañera cuando el avión se tambalee entre las turbulencias. A 1 punto de los colíderes, el Madrid outsider se afianza psicológicamente como el íncubo que espera a los enemigos de Dios y la Patria para trepanarlos en cuanto terminen de quedarse dormidos.

Fútbol antiguo

31 oct

Los partidos de fútbol los miércoles, a las 10 de la noche, son como los cubatas en vasos de tubo: se dejan beber, pero qué ignominia. Canal Plus paga y la puta obedece, así que la parroquia blanca, que es universal en forma y número como la grey de Cristo, asistió con cierta tibieza a los prolegómenos del Real Madrid-Sevilla. Buena parte del graderío volvió a hacer gala de su sumisión intelectual a los media nacionales y recibieron a Ancelotti con pitos. Nada nuevo bajo el sol, puesto que así es ley desde que Manolo Lama apunta y la masa acrítica dispara. Bale repetía titularidad y Benzema volvía al once, y desde aquí comenzó a nacer un Madrid que en la primera media hora de partido se asemejó a un enfant terrible muy cabreado con todo el mundo. Alarcón batió líneas con una hiperactividad que escondía cierta inseguridad fruto de su irregular último mes, y por delante Cristiano, Khedira y Benzema trepaban la tapia sevillista observando, gozosos, que en el corral apenas había tres caniches defendiendo las gallinas. Antaño Benzema hilaba con Özil en la distancia corta, y como dos niños ocupando una baldosa, dibujaban geometrías confusas, pintaban rayas con tiza en el suelo y se divertían imaginando fabulosos reinos de ultramar escondidos entre la media luna de la frontal y el área pequeña del rival. Ausente Mesuto, Benzema anduvo dos meses buscando con quién frotar la lámpara. Hasta que encontró a Bale correteando por las praderas de Chamartín. Con el dragón galés la conexión es diferente. Es otra cosa, más mundana, menos sensorial, más violenta. Si Karim y Mesuto centrifugaban el espacio, ralentizando las pulsaciones y fabricando con mano de relojero suizo un balompié en slow-motion, el francés y Bale lo descomprimen. Son un fogonazo. El 11 la suelta, el 9 la aguanta, avanza como un cangrejo -siempre bandeando, nunca hacia adelante- y espera el momento preciso hasta recibir las coordenadas exactas: entonces asiste, como un latigazo, siempre al hueco por el que Bale cabalga como un regimiento de húsares ladera abajo, llevándose pegada al dorsal la cámara del Plus. Lo de estos dos es como un travelling interminable cuyo final, casi siempre, es la escena donde la víctima yace degollada en el sofá del salón. Así llegó el 1-0, y casi el 2-0. Bale no dejaba de intentar eléctricos raids sobre la frontal del área hispalense, y Cristiano merodeaba ansioso como un tiburón oliendo sangre. En apenas un parpadeo Bale alojó en las redes una falta despeñada a gol por la barrera sevillista y Teixeira Vitienes concedía la única dádiva de la noche para los locales pitando un penalty que no era que Ronaldo envolvió en papel de regalo y lo envió a Suiza a nombre de Blatter. El Madrid rozaba la excelencia pulverizando al Sevilla a calambrazos. Pero entonces iba a ocurrir algo.

El Sevilla, que hasta entonces había mirado la portería de Diego López como el que mira el Everest desde el campamento base, rompió la frágil línea de 4 madridista con un triangulación que acabó con un balón a la espalda de Ramos y con el delantero visitante desmayándose. Penalty y gol. Inmediatamente después, un tipo vestido de amarillo con tribales en las mangas penetró como un rayo por la banda de Arbeloa, pasó atrás, a otro tipo de amarillo le dio tiempo de jugar una partida al Candy Crush hasta que un tercero llegó a la nuca de los dos centrales como un náufrago a la orilla. 3-2 en un suspiro y Ramos poniéndole la capucha a Arbeloa para que el Bernabéu comenzase el auto de fe. El estadio abroncó a su propio lateral como apenas sí se recuerda que escupiese a Messi en las tardes de odio más enconado. Fue un espectáculo bochornoso. El Bernabéu pitaba al jugador con más sentido de Estado que ha pasado por Concha Espina desde Fernando Hierro, y en los estudios de radio corría el alborozo. A pesar del murmullo con el que acabó el primer acto, Diego López levantó su metro noventaytantos delante de Rakitic y salvó el 3-3. El balón salió rebotado de la pierna del gigante morado y como si de una lágrima de Zeus se tratase, de él nació el 4-2. El Madrid volvió a soltar a su cuádriga y Benzema concluyó el partido con la frialdad de un cirujano. Fue a celebrarlo con Zidane, quien además de relaciones públicas deluxe es también un padre espiritual para el esteta cabiliano, brillante descripción que el mundo siempre deberá a Calotejon. Su partido fue excepcional, y la conexión electromagnética que ayer descubrió con Gareth Bale amenaza con derribar imperios. Mediada la segunda parte, y ya con 5-3 en el marcador, Ancelotti decidió poner en juego a Xabi Alonso. Sustituyó al excelente Illarramendi, y el cambio tuvo algo de ritual. Con el Bernabéu en pie, Xabi abrazó sobriamente a Illarra, y fue como si le entregase una rama del Árbol de Guernika: se pudo ver a los dos, padre e hijo, tocados con una txapela, hablando sobre la herencia cultural vascuence en el Madrid post-apocalíptico de Florentino Pérez. Luego vendrían 2 goles más del Madrid, y el partido terminó como aquella final de Glasgow del 60. Fútbol antiguo para un equipo nuevo que sigue creciendo entre la oscuridad, como un desheredado de Esparta abandonado a los pies del monte Taigeto al que se le ha perdonado la vida y se prepara para volver, cuando sea adulto, a recuperar lo que es suyo haciendo correr ríos de sangre.

La ciudad ensimismada

28 mar

Era un romano imponente y tenía la cara desencajada. Subido en lo alto de aquel corcel de madera, sostenía una lanza de punta plateada. Su mirada era feroz. Como la de un legionario aguantando una carga de los galos descamisados de Vercingetórix. O asediando Masada. La coraza brillante y el casco con el ostentoso penacho pretoriano le daban un aspecto anacrónico. Hollywoodiense. Pero era un romano de Sevilla. El cobrizo sobrio del caballo contrastaba poderosamente con el rojo fulgurante de las plumas del casco: pomposo y atemporal, como toda aquella ciudad. El jinete que alanceaba al crucificado se superponía en la mirada a las arcadas góticas de San Martín, ofreciendo al espectador un portentoso contrapicado que conseguía aplastarlo. El tribuno ecuestre estaba atrapado en la proyección de su movimiento: era una metáfora. Sevilla, la ciudad de los tesoros llenos de polvo, es la fuerza de una catedral derrumbándose cuya caída ha sido retratada, fijada, paralizada, por un pintor anónimo en ese romano a caballo. Revestida de un boato medieval, la sombra de los arbotantes que circundan la Giralda continúa proyectándose lentamente cada atardecer, conteniendo en sí misma una energía estática sin pulso. Así es esta ciudad ensimismada, absorta, barroca y decadente. Ante los crucificados de tez oscura y gesto doliente, los sevillanos siguen congregándose graves y circunspectos cada luna de abril, tomándose demasiado en serio a ellos mismos y haciendo como si el mundo, más allá del puente de Los Remedios, se hubiese olvidado de ellos. Sin embargo, son ellos quienes retroalimentan todos los años la ficción endogámica que les permite obviar el infinito universo que les rodea, manteniendo su espíritu medieval encerrado a cal y canto sobre las cuatro paredes de piedra que guardan al romano de la lanza. Como si nada importase más allá de los límites del matriarcado con fachada patriarcal bajo el que los sevillanos se protegen de las incertidumbres del progreso humano, la vieja ciudad secular descabeza una duermevela pesada de podredumbre y hastío, atenazada por sus propios hijos y amantes en la repetición mecánica de tradiciones que ya han perdido su auténtico vigor espiritual. Una estirpe de hombres y mujeres encantados de haberse conocido y en cuyos genes llevan tatuados la frase que inventen ellos asuelan, como una plaga bíblica de langostas egipcias, el fruto de una vid milenaria que, como en el Mio Cid, podría ser extraordinaria vasalla si tuviera buen señor. O señores. Pudiendo ser la Florencia española, no es Sevilla sino el esfuerzo detenido esculpido en un équite romano antiguo, obsoleto y fuera de lugar.

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