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Estructuras anfibias

2 mar

Hasta que llegó Simeone, el Madrid visitaba el Calderón como una excursión de alemanes a la que llevan a los suburbios en un autobús descapotable, de esos panorámicos, para que vean cómo es la España que no sale en los folletos que les vendió su turoperador. Después del Cholo, entra como un regimiento de rangers americanos en el centro de Faluya: con blindaje hasta en el cielo de la boca. La eliminatoria de Copa que hace un mes ganó con comodidad el Real al Atlético dejó secuelas: emocionales y tácticas. Diego Costa saltó hoy al campo con una factura larguísima en el bolsillo, dispuesto a cobrársela al contado a Pepe, Ramos y Arbeloa. Con esa sonrisa asesina que debe ser la misma que pone un sicario albanokosovar antes de ejecutar un encargo. Simeone también tenía otra muesca: el centro del campo. El argentino es un tío muy listo al que se la puedes dar una vez, pero a la siguiente estará esperándote con la navaja extensible escondida en el puño de la camisa. El Madrid de Ancelotti es, como si dijéramos, un organismo compuesto por diferentes entidades autónomas. No es, por ejemplo, como el equipo de su antecesor, Mourinho, ni como el del mismo Simeone, quienes se caracterizan por construir ejércitos de piedra con un sólo espíritu y un único panel de mandos: ellos mismos, el banquillo. En cambio, Ancelotti traslada el poder ejecutivo al césped. Ellos juegan, ellos deciden, yo sólo dispongo. Esto, como todo, tiene sus ventajas y sus inconvenientes: la estructura homogénea gana y se derrumba como una torre compacta, y el federalismo asimétrico de la gente como Carlo -o Del Bosque- desagua un buen trabajo colectivo por una única cañería defectuosa o, al revés, es capaz de conquistar algunas metas volantes gracias a la virtud de una de sus partes. Algo así ocurrió hoy en el Calderón, visto el partido como un diagrama geopolítico de los que resuelven los analistas de la CIA.

El Atlético de Madrid salió de toriles embistiendo con la furia de todos los parias del Universo juntos a la vez, puestos en pie, odiando fuerte. Pero a los 3 minutos el Madrid consiguió un córner. Modric la sacó en corto, Di María caracoleó sobre la cornisa del área rival, y con la retaguardia atlética haciendo el fuera de juego metió un balón diagonal que Benzema, escondido en el desván de Courtois, enganchó a gol con facilidad. El 0-1, totalmente legal a pesar de que el Realizador del Plus (en mayúsculas, por supuesto. La máxima autoridad en materia de propaganda y manipulación visual de España merece todos mis respetos) se empeñase en suscitar la ira de los bares de esa España fea, hortera y que huele a ajo, que es la antimadridista. El gol no alteró el guión: Ancelotti plantó en los laterales a sus guardias jurado, Arbeloa y Coentrao, esperando un calco de la ida de Copa en el Bernabéu. No se equivocó. Simeone recuperó a Luis Filipe y a Juanfran, la llave maestra de su plan de choque: adelantada la línea de 4 rojiblanca, Luka Alonso, el binomio medular madridista, quedaba ahogado por un tsunami termodinámico. Koke, Turan, Gabi, Raúl García y los laterales empujando, oprimieron la línea de flotación de Ancelotti hasta hundir el barco en mitad del Manzanares. Aun con el resultado a favor, ni Modric ni Alonso imantaron la pelota lo suficiente como para hilvanar la tela con la que terminan atrapando los partidos. Diego Costa pivotó entre Pepe y Ramos con la esperada agresividad patibularia, y esta vez el duelo cayó de su lado. Supo desquiciar a dos defensas que llevan desde Navidad jugando con el bozal puesto. Lo hizo fácil, sencillo, directo. A Pepe empezaron a ponérsele los ojos en blanco, y Ramos se vio a sí mismo con demasiada responsabilidad.

Modric debió asustarse al recordarle todo aquello el fuego de mortero serbio sobre su vieja casa de Zadar, y simplemente desapareció. Con él, el Madrid. Di María, gendarme plenipotenciario cuando Xabi y Luka dictaminan sobre lo permitido y lo conveniente en los partidos, fue la salida natural de los centrales cuando, agobiados por la presión atlética sobre la primera jugada madridista, pedían auxilio con el balón. Desactivados 2 de los 3 ejes naturales del Madrid, Simeone subió los decibelios hasta que al Real le estalló el iPod en los oídos: Koke recibió un pase filtrado de Arda en una solitud desacostumbrada, extraña, inesperada, a 2 metros de Superlópez y absolutamente libre de marca. Su trallazo fue como un flechazo sioux en el costado madridista. A partir de ahí todo fue una sucesión de golpes, caídas, contragolpes furibundos del Atlético y desorientación de los visitantes: la Mara del Cholo había encerrado al Madrid en un callejón sin salida, rompió las farolas y se aplicó con ansiedad eléctrica en el navajeo en corto. Bale, Benzema y Cristiano flotaban por los tres cuartos de cancha local como la isla esa que está naciendo delante de El Hierro: un volcán que rugía sin entrar en erupción. Karim conectó un latigazo en tres dimensiones de una pelota que Di María mandó a la frontal atlética como se le tira un chaleco salvavidas a un náufrago que está a la deriva. Los velociraptors orbitaban sobre la alfombra de Courtois como si fueran chatarra espacial girando alrededor de la Tierra: era un sitio que estaba lejísimos de donde se estaban matando a tiros y puñaladas. Y eso fue el 2-1, una puñalada: al 45 de juego, Gabi avanzó sin oposición alguna hasta que le zumbó al balón con la violencia del desheredado por la vida y por el fúbol, y por la fama. Llamarte Gabi y ser capitán del Atlético es como que por Reyes te regalen un puzzle, y tú te tienes que joder, conformándote sin el Action Man. Pues Gabi marcó un golazo que a Diego López se le escurrió entre las yemas de los dedos: la irregularidad en la portería afecta más a quien no tiene el Gramma de su parte. Superlópez es un héroe de la calle, pero no tiene baraka. Desde el rejonazo de Gabi, mostró cierta inseguridad que la combustibilidad del ambiente no ayudará a mejorar esta semana. Vienen tiempos duros para los outsiders.

En la segunda parte, el Madrid se libró del 4-1 hacia el que el Destino y el contexto volcaban el partido. Diego Costa siguió hiriendo la espalda de los centrales con esquizofrénica tenacidad hasta que los cambios de Ancelotti redujeron al Atlético a la condición del oso cansado que tira zarpazos al aire mientras los pitbulls les roen las entrañas. Una y otra vez, yendo y viniendo, como un hormiguero enfurecido. Carletto sacó sus pitbulls: Carvajal, Marcelo y Alarcón, e introdujo el partido en una espiral de caos controlado que terminó inevitablemente con Simeone pidiendo la hora. Con los laterales amables, Modric ganó superioridad en el centro del campo; Xabi instaló el campamento entre los centrales, y el carril derecho encontró, de pronto, la profundidad ausente con Arbeloa, que dejaba a Bale huérfano de espacio y velocidad. Ronaldo, maniatado los 70 minutos anteriores, empezó a agitarse por la media luna atlética. El Madrid superó entonces al Atlético desde donde había estado perdiendo el partido hasta el momento: las dualidades autónomas Peperamos, Luka Alonso y Benzema-Ronaldo activaron su núcleo de fisión y Simeone, entonces, gestionó muy mal los cambios: sólo agotó uno, y el cuerpo marmóreo de su Atlético se disolvió sin que nadie más que las cabalgadas fantasmales de Costa se atreviesen a cuestionar el nuevo orden del partido. Tras varios avisos, Carvajal holló por fin la línea de fondo virgen con bota de conquistador, centró atrás y Cristiano selló un empate que pudo ser victoria si Ancelotti y Zidane no hubieran sido educados tácticamente por Sacchi, Capello y Lippi. El Madrid salvó un punto cuyo valor estratégico es incalculable. Con la visita de la Agencia Tributaria a Chamartín en el horizonte y la regularidad metafísica que ha adquirido este equipo en la cara B de la Liga, Ancelotti negocia victorias parciales y cesiones calculadas. Este punto, y el goal-average, es una de ellas. Bien está.

Riot propaganda

12 feb

Media entrada en el Calderón y 0-2 en el minuto 15 de partido. Así, en frío, corta la digestión. Eso fue lo que le pasó al Atlético, que ya venía indispuesto desde la caseta: Simeone puso a Miranda en el centro de la defensa y lo rodeó de un pintor, un fontanero y un escayolista. Se preveía arreón inicial en los minutos de tanteo, o al menos alguna que otra cornada de amor propio. Algo, en definitiva, que darle a los plumillas con que empezar la crónica. Pero cuando no hay juego, la brocha se vuelve muy fina, por inercia. Y uno se ve abocado al impresionismo. Eso es lo que me quedó cuando Cristiano Ronaldo puso a Aranzubía frente al pelotón de fusilamiento por segunda vez en un rato. La eliminatoria estaba resuelta, 5-0, y empecé a oler mecha ardiendo detrás del banquillo local: un Atlético de cóctel incendiario y capucha que convirtió el resto de la primera parte en una bronca desacompasada, permanente, molesta y zafia. Tanto como Raúl García, que es un futbolista áspero y malencarado, como salido de una película de Almodóvar. El árbitro señaló dos penaltis en apenas cinco minutos. Fueron tan diáfanos que al Atlético no le quedó ni el consuelo de quejarse. Dos torpezas de sus laterales, Manquillo e Insúa, que atropellaron a Ronaldo y Bale sin poder huir de la escena del crimen. Ahí terminó la semifinal.

Después, el Madrid pudo aniquilar la decaída moral del vecino pero lo dejó pasar, con suficiencia. La noche no daba para mucho más. El equipo de Ancelotti se dedicó a dominar el partido con un rondo sin contemplaciones. De Modric a Ramos, de éste a Varane, de Arbeloa a Xabi, pase al otro lado para Carvajal y vuelta a empezar con Modric. La sumisión del Atlético, hasta la semana pasada un golem temible, era absoluta. Por un instante creí estar viendo al Barcelona de Guardiola: la defensa con balón que hizo el Madrid anoche en el Calderón fue a ráfagas puro tikinaccio. Economizar el gasto energético manteniendo la posesión no por inercia sociocultural, sino por la sencilla razón de que en el campo tienes a gente que puede hacerlo. Con Varane, Ramos, Carvajal, Modric, Illarra y Alonso, Ancelotti parecía ayer un españolito de infantería dándole vueltas al contador de la luz, buscando el gasto cero. El rival, sin el faro de Arda ni la referencia de ningún punta -jugó Adrián, o eso dice la ficha técnica- se dedicó a perseguir sombras blancas: parecía el patio de un colegio, todos detrás de una pelota a la que llegaban siempre cuando los madridistas se daban la vuelta. Don Carlo probó a Isco Alarcón donde Benzema, y permutó su posición con Bale y Cristiano durante todo el partido, lo que derivó en la ausencia efectiva de una referencia clara en la delantera, huérfana de Benzema. Sirvió, no obstante, como propósito a los planes del Madrid, que dejó que su frente de ataque agitase la dubitativa salida del balón local abriendo y cerrando muchas puertas a lo largo del pasillo central del Atlético.

El cambio de ubicación benefición a Isco. Liberado de toda responsabilidad defensiva -más allá del tibio pressing de la primera línea ofensiva- el malagueño destacó en el centro de la pista de baile, donde le gusta a las divas. Alarcón lo es. Necesita que tanto el rival como el espectador lo enfoquen. Necesita luces y taquígrafos, y que al terminar, su marcador le pida la camiseta. Ayer estaba cómodo y se notó desde que terminó su pared con Bale, en el segundo penalty, de un taconazo flamenco. Atrajo las estacas atléticas y habilitó espacios para los dos velociraptors, que no aprovecharon más el hueco abierto entre Arroyo de la Miel y la Puerta de Toledo porque llovía, hacía frío y el rival pedía perdón desde el calentamiento. Isco fue lo más notable de la noche en lo balompédico: el Madrid jamás permitió que Simeone entrase en la eliminatoria. El ejercicio competitivo del Real me dejó en el paladar el sabor de un equipo maduro capaz de entender la compleja ecuación entre necesidades, posibilidades y prioridades, eso que otros años pareció a veces jeroglífico. Ahí se pierden imperios, y también se ganan. Con esta eliminatoria, el Madrid se ha ganado a sí mismo, dando con ello un golpe de Estado cuyo impacto emocional en su vecino sioux se verá en el próximo derby: ambos equipos habrán de verse en el mismo escenario pero con la Liga en juego y Shalke y Milan mirando desde la barrera.

Al filo del descanso Cristiano y Manquillo saltaron a por el mismo balón. La diferencia entre las masas musculares de ambos, y la velocidad con la que encararon el brinco, quedó retratada en la demoledora caída del jugador atlético, quien se contorsionó en el aire y cayó mal, rematadamente mal. Tanto que pudo haberse roto el cuello. Por fortuna, quedó en un susto, y en un esguince cervical milagroso: la imagen del pobre lateral rojiblanco sobre el césped fue terrible, sobrecogedora. Alguien, en la grada, encontró el pretexto perfecto para desahogar la frustración acumulada durante una semana de pavorosa reducción de la autoestima atlética: lanzó con excelsa puntería un mechero que se reventó en el parietal de Cristiano Ronaldo. La secuencia no deja lugar a dudas: ahora queda el paripé de los comités, tan prolijos en España como las setas, o como los estatutos de autonomía y los centros de interpretación. Cuando el sol se apague y sobre la faz de la tierra sólo queden Viggo Mortensen, su hijo y unos cuantos caníbales, el Camp Nou seguirá sin cumplir la sanción por lo del cochinillo, así que no esperen ver el Calderón cerrado por esto. La fogosidad arrabalera de la tribuna se contagió al césped, donde Raúl García, el capitán atlético, se empeñó en salir en una foto con Xabi Alonso. Este jugador, al que David Beckham inmortalizó con aquel célebre ¿tú quién eres? Eres muy feo, es el vivo retrato de una España cañí, fea y grasienta, para la que gente como Ronaldo, Xabi o Becks son purititos casus belli: esculturas a tamaño natural de lo que no serán en toda su vida.

Terribilitá

6 feb

Un buen partido del Madrid, un partido grande de verdad, deja una desoladora evidencia: no se puede escribir nada mejor que lo que uno ha sentido viéndolo. Cuando el Madrid juega poseído por un furor dionisíaco, aplasta. Casi siempre al espectador y generalmente a los rivales. El Madrid de Ancelotti había transmitido ideas, nociones más o menos abstractas, conceptuales, pero hoy fue terribilitá. Me recordó, en cierta medida, a la vuelta contra el Dortmund del pasado mes de abril. Desde entonces no había visto un Real tan efervescente: el Bernabéu parecía una cerilla gigantesca, a la que sólo había que prender con un poco de gasolina. Las dos derrotas frente al Atlético tras 14 años de hegemonía amable, sencilla, paternal, habían tocado algunas teclas. Una parte de la afición recibía a los rojiblancos con aprensión -elegante eufemismo de jindama- pero otra emuló al Coliseo rugiendo con la salida de unos cristianos a punto de ser devorados por el león. El equipo se contagió de la ira colectiva y decidió ajustar cuentas pendientes desde el pitido inicial dominando el territorio de lo emocional, lugar donde a este grupo forjado por la gubia de Mourinho se le han terminado yendo las grandes ocasiones.

La primera media hora fue carcelaria. Arbeloa, Ramos, Pepe, Coentrao y Xabi Alonso desquiciaron a Diego Costa. Cada vez que el balón se acercaba a la trinchera madridista, las cámaras lo grababan todo con el plano cenital con el que los telediarios retransmiten desde un helicóptero los motines en los presidios de Sudamérica. Fue una lección de balompié subrepticio, del que nunca salió en las Futbolecciones de Valdano. Costa, que es un extraordinario delantero centro, también es avezado en la suerte del navajeo en corto. Ayer encontró en eso rivales de altura. Pepe y Ramos, disfrazados de 2012, lo engancharon por derecho: parecían dos subalternos pegándole muletazos. Entre quite va y quite viene, Arbeloa le tarascó tres o cuatro veces sin que Clos Gómez lo viera. Así es como zurran los artesanos del oficio, siempre en la nuca del árbitro. Coentrao y Xabi se iban turnando en la suerte de banderillas, y sobre el minuto 35 Diego Costa era un miura al que habían pasado ya por el caballo del picador. El ejercicio de punch colectivo del Madrid, anoche, fue soberbio, ejecutado con inesperada eficacia. Pepe nunca perdió el temple, y en su cara volvió a asomar la sonrisa esquizoide que tanto echábamos de menos. Debajo de esa apariencia sacerdotal, oculto tras esa melena de seminarista repartiendo biblias a la puerta de un instituto, todavía late el pandillero de Stanley Kubrick. Ancelotti le administra el litio con mano experta, y de momento Kepler rinde a niveles notabilísimos.

Suyo fue el primer gol. Sujetos Costa y anulados Turan, Diego y Koke, el Atlético quedó maniatado por la hiperactividad de Modric y el vuelo corto de Di María, Jesé, Benzema y Cristiano alrededor de la frontal de Courtois. El Madrid tanteaba la rocosidad de la pareja Miranda-Godín con combinaciones fugaces en tres cuartos de cancha y llegadas hasta la línea de fondo, pero el blindaje lo hizo saltar Pepe con un trallazo desde el loquero. Se aventuró hasta el limes de los centrales, que es esa zona desde la que se ve muy grande la portería del contrario y atrás queda todo un océano infestado de piratas, y  chutó con determinación. El balón golpeó en Insúa, un tipo al que Simeone ha alistado para el lateral izquierdo, y la trayectoria se desvió en una bonita parábola que Courtois sólo pudo seguir con la mirada. El gol fue justo y desde ahí sólo existió el Madrid, que redujo al líder de la Liga a una pequeñez impropia de la condición mostrada durante toda esta temporada. El Atlético de Simeone, por fin, se parecía a las miniaturas enloquecidas que el Madrid almacenaba en un estante del salón con pulso de coleccionista tras cada derby.

En la segunda parte el Atlético bombeó un par de balones sobre la portería de Casillas, al principio, en un amago de reacción forzada, pero tras varios esláloms de Modric -que ayer parecía Alberto Tomba esquiando entre la impotente medular atlética- el juego siguió por la pendiente por la que se había volcado el Bernabéu hacia la portería contraria. Los locales continuaron tan conectados al partido que no cedieron un palmo por el que la Mara del Cholo pudiera meterse. Parecían el mejor Milan de Ancelotti, por cómo competían. Ramos y Pepe adelantaron la defensa madridista tan arriba que asfixiaron cada salida del contrario, permitiendo al trivote centrocampista un mayor margen a la hora de recuperar, posicionarse y salir jugando. El Madrid rescataba balones en mitad de la selva rojiblanca y llegaba con toda la tropa al área adversaria, de manera que casi siempre la segunda jugada, el rebote y las esquirlas caían de nuevo a los pies de los blancos. Alrededor del minuto 20, en la segunda parte, Di María caminaba como un funambulista desde el carril izquierdo hacia el pasillo central, y Jesé, Cristiano y Benzema iniciaron un desmarque de ruptura a la vez. En manada. El argentino envolvió con el empeine una pelota prodigiosa, geométrica, al hueco por donde apareció Jesé adelantándose a su marcador. El canario acompañó la trayectoria natural del balón con su bota derecha y Courtouis se lo tragó. Con el 2-0 el Madrid se desató mientras Chamartín bullía en un éxtasis grupal. Di María culminó su partido limpiando a Diego Costa para la vuelta dándole un rodillazo en las costillas después de hacerle falta. Costa, a esas alturas, fuera del partido, respondió con un empujón que lanzó al aire a Di María en las mismas narices de Clos Gómez. La picardía fue tan inteligente que podía haber salido en el Guzmán Alfarache de Mateo Alemán. A partir de ahí el Madrid se dedicó a surfear la ola del Bernabéu encendido, que cuando truena parecen oírse las trompetas del Apocalipsis y tiene la fuerza destructiva de un temporal en el Cantábrico.

El Atlético sólo estuvo una vez cerca del gol: con 2-0, Godín remató un córner en el que Casillas se quedó leyendo el horóscopo y bajo palos llegó Modric, disfrazado de superman, para sacar una pelota que se envenenaba hacia el 2-1. Justo después llegó el 3-0. Di María condujo hasta que se le apagó la luz, y decidió chutar desde lejos. La pelota dio en el tacón de Miranda, que se quitaba para no molestar, y como en el 1-0, Courtois la maldijo con la mirada. Ahí terminó un partido extraordinario que añoró a Cristiano, que anoche sólo veía una mancha roja. Ronaldo parece afectado por la verbena de Ayza Gámez, el comité y la inexplicable sanción: frente al Atlético se movió por impulsos instintivos, cegado por un salvaje egoísmo al final, viendo que se le ganaba 3-0 al odiado rival sin ningún gol suyo. Ancelotti dio por fin el golpe emocional que el Madrid necesitaba para encaramarse a la primera final de la temporada, y los agoreros empiezan a mirar el cielo esperando una señal que confirme sus oscuros vaticinios. De momento, el cielo sigue despejándose, y en 10 partidos jugados en 2014 el Real sólo ha encajado un gol. Al Calderón deberán marchar los antidisturbios, puesto que cosas más grandes ha visto Carletto, pero el poso heroico de una victoria sin contestaciones se queda ya en los paladares propios. También en los ajenos.

Naves ardiendo más allá de Orión

29 sep

Tengo 25 años, y más o menos, desde los 5, guardo memoria visual de todas las temporadas. He visto muchos Atléticos de Madrid desfilando por el Santiago Bernabéu. Equipos sin nombre, sin cara, sin ojos y mucha pata de palo. Onces llenos de baldoseros sudamericanos, de maradonitas y pelés comprados a precio de oro en el mercado negro de los juguetes rotos del fútbol profesional; formaciones circenses, saltimbanquis con cara de no saber ni siquiera dónde paraban, ni cuál era la portería del rival. El Madrid logró empequeñecer tanto a su vecino gritón y malencarado, que ganaba incluso sin querer. Hasta que llegó Simeone. Anoche, el equipo al que lleva trabajando casi dos años, puliendo a su imagen y semejanza, exhibió su condición de ejército de cyborgs maltratando al Real Madrid de Carlo Ancelotti. Por otra parte, era lógico que así sucediera: cuando enfrentas un equipo en construcción frente a otro que ya ha adquirido la dureza del diamante, la cosa suele terminar en tragedia. Así fue. El Atlético es el puño de piedra extensible con el que Simeone golpea en las costillas del adversario. Sólo necesitó un croché para noquear al Madrid. Di María arriesgó en la salida del balón, los rojiblancos subieron el Manzanares hasta Núñez de Balboa, y Diego Costa fulminó a placer. Después de esto al Cholo le bastó con poner la jungla de Ho Chi Minh entre Illarramendi y Benzema, y el Madrid quedó cortocircuitado. Como un paracaidista al que no se le abre la mochila, braceando en el vacío, sin nada a lo que agarrarse. Incluso con la salida de Modric y la percusión de Bale por la derecha, el Atlético no se inmutó, ni varió un ápice de su plan original.

El centro del campo parecía Omaha Beach. Minas antipersona, estacas clavadas en la arena, kilómetros de alambre de espino y búnkeres incrustados entre las dunas. Cada madridista que se aventuraba por entre las dos líneas de presión rojiblancas caía bajo el fuego granizado de un equipo que usaba a Villa de trampolín para lanzar a Diego Costa hacia el arco de Superlópez tras cada pérdida de pelota local. Pepe se ganó la mitad de sus treinta monedas de plata sosteniendo, hasta con el tacatá, las carreras apocalípticas del delantero kamikaze hispano-brasileño. Qué jugador, Costa. Me imagino cómo debe ser el rostro de un sicario, y se me infunde clavadito a él. Desquicia a todos a su alrededor, incluidos sus propios compañeros, pero consigue siempre lo que quiere. Por 3 puntos mataría a su abuela, y sólo madridistas de la altura de Hierro o Redondo podrían amedrentar a este agente de la Stasi que parece sacado de Tropa de Élite 2.  El Madrid no fue capaz de reducir la laguna Estigia abierta entre los centrales y los delanteros: Benzema y Cristiano pedían auxilio desde el balcón del área de Courtois, y Bale se afanaba en traspasar el cuerpo de sus marcadores. Cada vez que el galés recibía en el costado derecho parecía estar solicitando asilo político en alguna embajada: eran dignos de verse los 3X1 que ordenaba el Cholo sobre él, como sobre Di María al principio. El partido murió con los últimos arreones de Morata, un delantero tan racial como carente de talento que sin embargo estuvo a punto de empatar con una hermosa tijera. La salida del canterano fue como aplicar sobre el pecho del moribundo unas palas de electroshock. No fue suficiente, y el Atlético Aviación conquistó Chamartín por segunda vez en 2013. Lo mejor de todo esto es que, a pesar de la histeria colectiva que ya se apodera de la pre-menstrual afición blanca, el Madrid de Ancelotti sólo está arrancando.  Aconsejaría que no clavasen todavía la tapa de su ataúd, por lo que pudiera ocurrir.

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