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Alegorías

3 Jan

Valencia Club de Fútbol 2-2 Real Madrid

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Cómo sobrevivir a un ataque con drones

10 May

Yo jugaba de pequeño al Age of Empires II. Era un juego extraordinario con el que pasé horas, sobre todo e verano. En mi casa no había Internet: esa fue la segunda gran batalla que tuve que librar con mis padres, tras convencerles de la necesidad de tener un móvil. Así que, sin conexión a nada, mi flamante Pentium IV sólo me servía para elaborar la lista cronológica de los emperadores romanos o detallar todos los dialectos del latín que se han hablado a lo largo de la Historia en una lista, c Seguir leyendo

9 de enero de 1936

9 Jan

En La Vanguardia del jueves 9 de enero de 1936, sección Última hora, aparecen varios breves entre los cuales he destacado uno. Se refiere a lo que hoy, de forma errónea, se llama “violencia de género”, denominación del todo improcedente que ha causado fortuna, a mi pesar, en los tiempos modernos. Sea como fuere, la he elegido porque me sirve para contrastar el tratamiento que el asesinato de una mujer a manos de su novio, en 1936, merecía en la prensa del momento, con el que merece hoy un hecho parecido en la prensa actual. Es interesante no sólo desde el punto de vista meramente periodístico o lingüístico, sino sociológico, puesto que los giros y la retórica general empleada en cada caso indicará corrientes telúricas del pensamiento genérico de una y otra época.  Seguir leyendo

Se nos rompió el amor

5 Jan

Mestalla recibió al Madrid con apariencia norcoreana, teniendo razón Jarroson en la apreciación del decorado. Todo tenía un aire muy soviético, coloreado el estadio de negro. El Valencia preparó este partido con ánimo fundacional y eso se notó en el atrezzo y en la actitud desbocada de los jugadores de Nuno. Le hicieron pasillo al Madrid, pero fue un pasillo del que uno como rival puede sentirse orgulloso: todo el campo pitando colérico y los jugadores locales serios; nada que ver con aquella pastelada de 2008 entre el Barcelona de Rijkaard y el Madrid de Schuster. La cosa es que allí donde enfocasen las cámaras había un mensaje en catalán arengando a la nostra bona gent: en las camisetas locales, en la tribuna, en los vomitorios. Seguir leyendo

Thriller

5 May

Después de una juerga apocalíptica siempre llega una resaca homicida. Es ley de vida, y qué es el Madrid sino la máxima expresión de ella. El 0-4 de Munich fue como un Big Bang, y ya se sabe que después de la explosión original el Universo se tomó unos días entre Matalascañas y Chipiona para relajarse mientras la piedra, los volcanes, la lava y el magma comenzaban a enfriarse. Siempre hay un lapso de tiempo más o menos breve en que se solidifica la lluvia de fuego y germina la vida. En ese repecho está el Madrid ahora, cuando Lisboa ya no es una letanía melancólica sino el pico del Alpe D´Huez surgiendo tras una curva. La disposición táctica no varió: parece claro que Ancelotti ya no renunciará a su abracadabra del 4-4-2. Bale e Isco hacían de brazos retráctiles ocupando los costados de Illarramendi y Alonso, y por delante Cristiano y Benzema permutaban sin cesar entre la punta del ataque y las bandas. Esta naturalización del caos es propio del sistema de Carletto. Tanto Karim como Ronaldo alternan la línea de cal con el balcón del área, de manera que la defensa rival suele quedarse sin un referente fijo. Si salen a buscarles a las alas, el pasillo central se convierte en un matadero con Bale cercenando la esperanza de los contrarios en un mundo mejor. Si permiten el deambular aparentemente inofensivo de los dos a lo largo del salón-comedor, las bandas arden como si lo describiese Homero y en un pestañear los adversarios se ven estrujados entre su portero y la frontal del área. Así fue la primera media hora del partido. Un vaivén plácido, sin violencia, con el Madrid meciendo al Valencia casi con cariño. Asentados sobre los mediocentros del post-carlismo punk, y huérfanos de Modric, Ronaldo, Bale, Benzema e Isco trazaban diagonales amables tras la espalda de Keita y Parejo. Parecía que el gol caería como el fruto al final de la primavera. Goles sin hostilidad. Fue todo un espejismo.

Y lo fue porque el Madrid volvió a deleitarnos con la ración diaria de ocasiones falladas y goles derrochados en el altar de la pegada. La pegada del Madrí, hay que tener poca vergüenza. El Madrid despilfarra goles cantados porque es un rockstar al que se le escapa el dinero por un agujero del bolsillo. Tengo tanto que me sobra. Un par de bastas definiciones de Cristiano, otro par de palomitas de Diego Alves y algunos cabezazos de Ramos aburrieron al equipo, que fue dejándose llevar por la modorra. Creyó estar ante un partido fácil y el Valencia, aprovechándose del ritmo bajísimo -lógico tras el desgaste de ambos equipos en una dura jornada europea intersemanal- se fue colgando de Parejo y Feghouli hasta el 0-1. El gol visitante se fue intuyendo durante 15 minutos en los que el Madrid dimitió del gobierno del balón y del tempo del juego. Parejo y Keita son dos centrocampistas que sólo tienen sentido si el balón viaja en diligencia por su zona de influencia. Estoy convencido de que si el Madrid hubiese jugado a una velocidad homologable con el fútbol del hemisferio norte, el Valencia no habría tenido ninguna posibilidad. Pero no fue así, y por un lado Keita -apoyándose en el antiguo cayado que lo distingue como jefe de su tribu en Mali- y por el otro Parejo -un Guti de Hacendado, uno de esos tantos enfants terribles de serie B que tan pródigos fueron en España antes de 2008- dieron en desnudar a Illarramendi en toda su actual inseguridad, exponiéndola en pública almoneda. Illarra todavía está en Dortmund y entre él y Marcelo regalaron varias fanegas de tierra sobre la calle Padre Damián en la que el Valencia fue cómodamente arrumbando sus bártulos.

Diego López se comió el 0-1 tras varias atajadas muy meritorias y muy bonitas. La sensación final con Superlópez es agridulce: han podido con él, o eso se infiere de sus actuaciones taurinas. Toreras por lo espectacular de sus algunas de sus paradas y la constancia que manifiesta en errores a priori inusitados en un meta de su envergadura. Al descanso Di María entró por Illarramendi y el Madrid se rompió definitivamente en dos mitades desconectadas entre sí. Jugó casi hasta el final con una emergencia impropia del mismo equipo que domeñó el Allianz Arena con paciencia, poderío, temple y absoluta superioridad. Contra el Valencia parecía estar jugando la prórroga de la final de Lisboa y fue sorprendente que el equipo de Pizzi no machacara en algunas contras dramáticas. Ramos y Varane sostuvieron con su plasticidad la omisión de Marcelo en la izquierda y las aventuras de Carvajal por la derecha, que no obstante fue de los mejores a pesar de jugar con una evidente merma emocional. A Carvajal se le había muerto su abuelo el día antes y en el minuto de silencio previo al inicio del choque pareció romper a llorar. No sé si fue muy conveniente cargar trágicamente con la música de los violines y el silencio sepulcral un momento de homenaje que sirvió para casi derrumbar al pobre chaval allí mismo, en medio del césped. Sin embargo, yo quiero hablarles de Marcelo: su segunda mitad de temporada justifica un despido fulminante. El mejor lateral izquierdo del mundo lleva tres años muriéndose amargamente dentro de ese cuerpo fofo y descuidado regido por la infantil mente de un niño grande al que no le preocupa lo más mínimo cuidar de sus obligaciones contractuales. Marcelo ha perdido hasta ese flow que eliminaba las lorzas de su ecuación por el vórtice zurdo del ataque madridista y lo convertía en un protagonista absoluto de la transición ofensiva del Madrid. Emocionalmente parece muy lejos de la titularidad: no se crece ante la adversidad, más bien se autoexcluye del grupo apartándose de todo y llevándose consigo toda su magia. Fue doloroso verle fallar algunos pases horizontales, dados con la misma consistencia de la mierda de pavo.

Empató Ramos y a pocos sorprendió porque Ramos lleva dos meses triunfando en la eterna lucha contra sí mismo. El Madrid, deshilachado, logró forzar al Valencia por eso que tiene Bale: abre las piernas, articula una zancada, y cruza el Atlántico como un San Cristóbal con motores de propulsión. No obstante el Valencia marcó el 1-2 provocando un homérico coitus interruptus en el Bernabéu, y Ancelotti, en vista de lo cual, metió a Casemiro por Isco para evitar la hemorragia que estaba desangrando a un centro del campo donde Xabi agitaba los brazos en la solitud más absoluta. Me recordó a Tom Hanks en medio del mar con un turbante en la cabeza y barba de 4 años viendo pasar por su lado un inmenso carguero. El amigo de Xabi, si Wilson, fue anoche Di María, quien recuperó la versión más disparatada de su juego para pelearse con los rivales, insultar al árbitro, provocar un penalty y dar dos goles. Alargó 6 minutos el referí pero el Madrid sólo pudo empatar en el 95 con un gol superlativo de Cristiano: capturó la pelota en mitad del área ejecutando un escorzo en escorpión. Una maravilla. Sirvió sólo para recortar un punto al Atlético y fiar ya del todo cualquier atisbo de victoria final en la Liga al Barcelona, lo cual no deja de ser gracioso. El Madrid que más cerca está de ganar el triplete en toda su Historia depende para ello de un equipo que, desde Martino a Messi, parecen los extras del videoclip de Thriller. Los no muertos de Can Baggsa.

Baila conmigo

23 Dec

El Valencia es un equipo marcado por su medular: Oriol Romeu-Dani Parejo. Ambos son dos experimentos fallidos del Gobierno. Uno de la Masía, y otro de Valdebebas. Romeu es el último Guardiola con tara que cada X años sale de la cadena de montaje culé -Celades, Gabri, Trashorras- y al que Mourinho dio boleto al volver a Londres. El Valencia se lo compró en un Lefties, de rebajas, porque combinaba con Parejo. ¿Se acuerdan cuando Di Stéfano dijo que sólo veía al Castilla por él? Si en Barcelona producen mediocentros de toque fenicio, en Madrid se forjan mediapuntas de melena rebelde y displicencia suburbana. Parejo, Jurado y Guti son los bastardos de un linaje confuso al que la prensa madrileña busca sus raíces en la Quinta pero que, sin embargo, no termina de acomodarse en la nobleza madridista: les falta empuje. Precisamente de eso careció el Valencia, más que nunca equipo de retales entrenado por un interino saltimbanqui. Tuvo ímpetu, y arreció duro en los tobillos madridistas, pero adoleció de inciativa parlamentaria y el Madrid gobernó el partido a base de pronunciamientos, tiros en el Congreso y la tenacidad inquebrantable de Luka Modric.

El partido se jugó sobre una inmensa madriguera. Cada vez que alguno de los 22 futbolistas que correteaban sobre el verde de Mestalla hacía un tackling, levantaba una galería subterránea. De haber incidido más, la realización de Canal Plus hubiese sacado a Casillas escondiéndose tras uno de los agujeros del terreno de juego, huyendo ante las luces inesperadas. A pesar de todo, los chicos con los que formó Carletto -ausentes Bale, Pepe, Khedira y Varane, Ancelotti tiró de las latas de conserva- intentaron sojuzgar al equipo local empeñándose en descoser el campo. Al principio, el plan salió bien. Marcelo y Benzema por la izquierda, y Arbeloa con Di María por la derecha, sondeaban la firmeza valencianista zambulléndose a poca profundidad. Pero pronto iban a ocurrir cosas. Cristiano se plantó ante Guaita y cruzó demasiado un tiro venenoso: era el primer aviso. Luego se tropezó con un bulto blanquinegro que había en el suelo justo cuando se le ofrecía un ángulo de tiro tan grande como el Mediterráneo, y ahí descubrimos que los cuádriceps de Ronaldo han vuelto de la lesión antes que él. El Valencia asistía impotente al claqué madridista, y Marcelo mandó un giro postal a la esquina derecha del terreno de juego. Di María la cazó con el guante, y mientras su defensor pestañeaba él zigzagueó como un rayo hasta el pico del área chica y puso el balón en el palo largo del arco de Guaita. Golazo. El Valencia aún estaba reflexionando cuando a Alarcón le hicieron un placaje delante del portero y el árbitro hizo el Don Tancredo. Casi seguido un extremo local se coló hasta la línea de fondo madridista y Piatti agradeció con un buen cabezazo la generosidad con la que Ramos le ofreció su espalda para que fusilara a Diego López casi a placer. El 1-1 no hubiese resultado tan irritante de no darse la infeliz circunstancia de que Piatti tiene la estatura de un llavero y Sergio Ramos García natural de Camas, mide, según la web oficial del Real Madrid, un metro y ochenta y tres centímetros.

Bordeando el descanso, Di María, quien parecía querer redimirse por su grotesca actuación del pasado sábado en Pamplona, botó maravillosamente bien una falta sobre el punto de penalty valencianista. Cristiano Ronaldo remató como reza la ley número 69 del Código de Hammurabi: picada abajo. El realizador del Plus nos deleitó con el interminable repertorio de tomas y repeticiones con las que desde tiempo inmemorial se intenta, en el canal PPV de PRISA, justificar las decisiones arbitrales contrarias a los intereses del Real Madrid y denunciar sibilinamente las de naturaleza dudosa que benefician al equipo blanco. Durante todo el encuentro pudimos ver desde todos los ángulos posibles cómo Ronaldo tiene media bolsa escrotal adelantada respecto al último defensor valencianista: ominoso favor arbitral hacia el Gólem de la Meseta. Con el gallinero de Mestalla alborotado se empezó la segunda parte, en la que no sucedió absolutamente nada hasta el minuto 22: el Valencia botó un córner al corazón del área madridista, y entre Diego López -que se quedó a medio salir, como un banderillero malo- y Ramos -que se escondió detrás de su portero- dejaron que Mathieu dirigiese cómodamente un cabezazo a la escuadra. Como anécdota folclórica, el gol coincidió con la entrada al campo de Canales, otro juguete roto desheredado del paraíso madridista. El encuentro se puso decididamente feo para un Madrid acuciado por la victoria barcelonista en Getafe, y Ancelotti tardó cinco minutos en pedir un micro-crédito a Cofidis: Jesé por Alarcón (el canterano valencianista despechado) y Carvajal por Arbeloa, y a empujar. Cuando los dos jovenzuelos entraron en el partido, del Madrid se apoderó un rapto instantáneo de violencia compulsiva. Modric -heroico durante toda la noche, agigantándose cada día como auténtico logos del Madrid de Ancelotti- manejó la furia momentánea del equipo. Con todos los orfebres en el campo, el Real acosó al Valencia como una manada de lobos. Benzema dio un paso atrás, se juntó con el croata y Alonso en una segunda línea de fuego, y amasaron la angustia madridista hasta convertirla en permutas de Jesé y Carvajal por derecha y Marcelo y Cristiano por la izquierda. Sobre el 85, de una melé cayó rebotada una pelota que rebañó Xabi para Modric. Por dentro le hicieron el aclarado y Lukita vio venir desde Canarias a Jesé montado en el Dragon Rapide. Big Flow se puso en medio de la pista y le cantó a Guaita ella es caprichosa, y muy peligrosa, pero esta noche es mía, ya la tengo controlada. 2-3 y adiós 2013.

Miedo y asco en Valencia

6 Oct

El pequeño recogepelotas del Levante lo mira extasiado, disimulando su admiración al héroe. Tras él, más arriba, a cuatro españolitos se les señala el DNI en el rostro, como iluminado con un neón fluorescente: odian. Odian fuerte. Odian muy duro. Entre ellos, una jovenzuela viste la camiseta roja del Madrid y a pesar de estar junto al que, parece, padre o novio, se le despunta una sonrisa de turbación erógena. Como a la señora de mediana edad de a su izquierda, un asiento más allá. Y como a Helena viendo pelear bajo las puertas de Troya a su cuñado con Aquiles. Me debí quedar con este, coño. Que es el hombre, y no la purria flácida esta de Paris. Una fila por encima, como escalonados, un nieto se anonada, una abuela no entiende lo que pasa -pero lo siente- y un jubilado no sabe si insultar o aplaudir. Con gorra y bufanda del equipo local, el pobre señor se queda parado frente al semidiós como un pensionista ante la pantalla de inicio de Google. El Progreso y la Velocidad paralizan incluso el veneno que le corre por las entrañas, ese que le grita al oído “portugués, hijo de puta”. Pero la imagen está abajo. Tribuna, primera fila, a la derecha de uno de los tres orangutanes que blanden la liana con la furia del depredador al que le han quitado la presa del colmillo cuando ya la sangre goteaba. Es ese niño. Ese, sí. Justo. Hoy, al levantarse, se habrá preguntado por qué la vida le obliga a tener en su cuarto la camiseta del Levante y no la de Cristiano Ronaldo. Y habrá llegado a la conclusión, en su joven mente en construcción, que la vida no tiene por qué ser así. En su mirada se refleja la idolatría más ingenua, la rendición de una barrera: ese niño ya es madridista. Sonríe sin tapujos: es el único en la fotografía que lo hace.

A su equipo le acaban de marcar el 2-3 en el minuto 94 pero a él le da igual: está embobado contando las marcas del cincel en la espalda de mármol de Carrara del jugador franquicia del contrario. Del Madrid. El niño sabe, como lo sé yo y lo saben ustedes, que en ese gladiador vestido de blanco, protagonista absoluto del Circo Máximo, está la fama, el dinero, las diosas y la inmortalidad. La vida más allá del bloque gris en la periferia, la estrechez y el póster acartonado de Ballesteros pegado en la pared. El horizonte de grandeza, también, es lo único a lo que el madridismo puede agarrarse hoy para no tirarse por el balcón. Ayer dieron ganas de hacerlo. Los 85 primeros minutos del partido fueron como estar atado a una silla con una camisa de fuerza y un señor con bata humedeciéndote los ojos mientras te pasan en un proyector un coloquio de 3 horas entre Valdano, Cappa y Guardiola. Con el 2-1, Ancelotti quemó naves enviando a su mejor jugador anoche, Varane, a que le metiera los dedos al equipo hasta la campanilla. El Madrid vomitó todas las anfetas y el cristal que había estado consumiendo durante el partido, Rapha le dio un par de hostias, le preparó café y le puso un ibuprofeno en la mesita de noche. El equipo se despabiló y vio que sólo tenía un suspiro para no perder la Liga. Ojo, que no ganarla. Pero con ese suspiro fue suficiente. Por ahora.

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