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Un tajo limpio

28 sep

Decíamos el otro día que las revoluciones no hacía ruido, y es verdad. Casi siempre. Y que a una algarada le sigue una respuesta, digamos, contrarrevolucionaria. Acción, reacción, y todo eso. El Madrid vive ahora una suerte de Conferencia de Viena, donde todos los fiduciarios del antiguo régimen se han puesto de acuerdo para devolver la realidad al punto original de partida: en consecuencia, ayer Casillas volvió a ser titular. Periodistas de cámara, opinadores, opinólogos y homeópatas de la información, coincidieron en señalar la extraordinaria normalidad: Casillas paró mucho y bien, transmitió seguridad, ejerció de líder natural y el 18 de noviembre de 1975, por la noche, Franco estaba muy bien de salud.

Esta alternancia diaria en la portería es un fenómeno desconocido en el fútbol de élite. Ancelotti, embebido quizá del carácter pionero del Madrid, juega con los naipes de Navas y Casillas, presa del pandemónium de intereses contrapuestos que avalan a cada uno; intereses futbolísticos y de los otros, ya saben: esas cuestiones inefables, susurradas a medias en los telediarios, deslizadas viscosamente por entre las páginas del periódico, que nada tienen que ver con la agilidad de los porteros o con su ritmo de trabajo. En este momento, la diferencia balompédica entre Iker y Keylor es tan grande, que con los matices se podría llenar la fosa de Las Marianas.

El partido empezó muy graciosamente con una cesión torpe de Kroos atrás: imaginó Toni que allí estaba Neuer, y supuso que el portero saldría, la controlaría y comenzaría la jugada con los pies. Casillas no es Neuer, huelga comentar la diferencia, y apenas pudo despejar de mala manera, torciendo el gesto y derrengándose con mucha fealdad sobre la línea de fondo, para choteo general de propios y extraños. Así, antes del primer minuto de partido teníamos córner y el café yéndose por el lado equivocado de la glotis: cada saque de esquina en contra es un desafío soberanista a la unidad de España.

Marcelo parece asentado en el lateral izquierdo: Carvajal ha recuperado su fuero en el derecho, y el Madrid sale esquiando sobre estos dos carrileros, a toda mecha, y disparado también se acerca el peligro, casi siempre tras la nuca de ambos. Fue digno de ver el despliegue de los centrocampistas del Madrid: dicen que Modric, James y Kroos se difuminan en un triángulo isósceles en el que la punta es para el colombiano y el vértice lateral, para Luka, pero a mí, ayer, me pareció ver una fila prieta cada vez que el Villarreal atacaba la fase defensiva madridista. Ubicados casi en línea, soldaban las grietas por entre las que seguían colándose jugadores amarillos, pero sin poder acuchillar en corto. Varane y Ramos, ágiles como gamos, corregían atentos las goteras de los tres mediocampistas, y los dos laterales juntábanse mucho en la base dejando por detrás una playa virgen donde, curiosamente, moría de inanidad todo intento local por dañar el área blanca.

El Villarreal, carente de un 9 grande capaz de fijar a los centrales y aterrizar alguna pelota lateral, hormigueaba por el balcón del área madridista valiéndose de la tremenda movilidad de Vietto y Uche; ambos delanteros, bajitos y nervudos, con buena técnica y sagacidad en el desmarque, ganaron algunos espacios por entre las piernas de Varane, que son tan largas que, debajo, cabe Liliput. No obstante, sus disparos salieron fuera o demasiado al centro: las dos únicas ocasiones de peligro en la primera parte surgieron de dos trallazos al muñeco. Uno, despejado por Casillas al centro -en la repetición se vio cómo embocó el balón con los ojos cerrados, en otra imagen para la Historia no-oficial del santo varón de las Españas- conllevó un rechace finiquitado muy malamente por Uche, para sosiego de la gente temerosa de Dios; el siguiente lo interceptó Marcelo justo en la cara del portero, en un escorzo inverosímil, karateca, con esa manera de defender desparramada que tiene Marcelo, con ese dramatismo de funambulista que tantos disgustos le da a los que, como el que escribe, aspira a una formalidad capelliana en el noble arte de la defensa y el quite.

Esta intensidad del Villarreal fue desactivada pronto por la paciencia del Madrid. El cambio de Xabi y Di María por James y Kroos ha barnizado al equipo de Ancelotti con una pátina diferente: dos jugadores, vamos a decirlo así, rompedores, por dos jugadores inclusivos. La diferencia, para mí, es tan evidente, que este Madrid va jugando cada vez más a lo que es propio y genético en Modric y sus dos compañeros de viaje. Xabi y Di María, por sus naturaleza, tendían a quebrar el junco disparando: balón largo, verticalidad, conducción larga y arrastre de contrarios, erupción volcánica y cientos de espacios tras cada breakdown; James y Kroos, en cambio, pisan la pelota. No una vez, sino muchas. Caracolean, la alimentan, buscan más la transacción corta y rápida, a lo xaviniesta, aunque, no obstante, gusten de orientar a izquierda y derecha con parábolas hacia los compañeros más desmarcados que, sin embargo, carecen de esa violencia que tanto Di María como Alonso imprimían siempre a sus pases. De resultas de este juego, el Madrid volvió a escalonarse 4-2-2-2 cuando atacaba la rocosa trinchera amarilla. Bale parecía, más que nunca, desterrado a la esquina derecha, como un náufrago ahogándose en un perfil opuesto a su mecánica habitual de control y galope.

Benzema, en cambio, nadaba muy a gusto entre tanta marca adversaria: las defensas así son su piscina climatizada. El Madrid iba empujando al Villarreal hacia atrás, sin herirle demasiado, hasta que Modric avistó un rectángulo sin dueño en la portería de Asenjo. Chutó desde muy lejos, casi desde el aeropuerto de Castellón, como si estuviera de rave allí y tirase un botellazo: apenas le dio fuerte, sino muy colocada a un ángulo que, de forma inverosímil, estaba sin cubrir. El gol hizo desplomarse al Villarreal y un rato después iba a llegar el 0-2: Benzema hendió hasta la línea de fondo con un desmarque de esos extremos que llevan al central rival a apurar el tackle hasta el final; cualquier otro delantero hubiera chutado de primeras. Él, naturalmente, la controló, y de un toque se ubicó hacia el minarete de este Madrid que es, claro, Ronaldo, que venía echando humo por la chimenea de la locomotora. Le puso el balón en el pie y Cristiano acomodó con el interior al palo contrario de la dirección de la jugada.

El Madrid afrontó el resto del partido con una seriedad inaudita. Siempre quise que el Madrid ganase en las salidas difíciles como veo hacer muchas veces a Chelsea, Bayern, Juve o cualquiera de esos equipos grandes y europeos que vencen con una superioridad, por decir, burocrática, que es incontestable. El Madrid se llevó la victoria ayer de esta manera: veía uno correr a los de blanco y parecían más fuertes, más redondos, más fibrosos y mejor plantados que los de amarillo, y con esa vanidad estética se conforma uno en una tarde de sábado soleada en la que se intuía imposible recortar ningún punto a Barcelona y Atlético de Madrid.  El Villarreal no paró de correr y Marcelino de gesticular en banda; fue para nada. El Madrid dejó que atacasen la frontal misma del área, y debe ser un reflejo involuntario de la defensa cuando juega Casillas: se cuelgan todos del área pequeña, pero esta vez no ocurrió ninguna desgracia. Salieron Nacho, Illarramendi y Alarcón muy tarde, y además de la dilecta sobriedad pequeñoburguesa de Illarra en el procesamiento funcionarial de los tres puntos, destacó Isco. Comparte Isco las características que mencioné antes de los jugadores rompedores, a pesar de la la plebe se deleite con su versión más aburrida, esa que le hace ser un Iniesta con pelo y carisma. Isco rompe cuando juega corriendo, cuando conduce pero con el periscopio muy arriba y cuando al primer toque busca y encuentra.

La Coruña sin dolor

20 sep

Carlo Ancelotti saltó al césped coruñés de Riazor vestido muy a la italiana, con un chalequillo debajo de la chaqueta. Respeto mucho a los hombres que visten así, los que no se han plegado aún a la tiranía de las mangas de camisa, del reniego a la corbata ni del menosprecio al chalequillo. Al enfocarle durante el partido, varias veces, daba el perfil de un Soprano de Nueva Jersey. Decían que Carletto tenía atravesada La Coruña, desde aquel 4-0 del Deportivo a su Milan. Aludían los periodistas a aquella remontada como queriendo invocar algo, conjugando la proverbial equidistancia mediática para con el Madrid de algunos próceres del oficio -que es más equis que distancia, deberían emitirse Los Manolos con dos rombos para ahuyentar a los niños- con un recurso muy de moda últimamente: las estadísticas. Qué coñazo, las estadísticas, qué cruz de la tecnocracia moderna a la que el periodismo deportivo se suma como las putas se agregaban a la caravana de un ejército en la Antigüedad.

Al Deportivo lo entrena Víctor Fernández, un viejo amigo, amante, según los entendidos, del espectáculo. Casi siempre lo da, ante Madrid, Barcelona y quien se ponga por delante: no gana un partido importante desde la Recopa de Nayim, e incluso ha alternado ridículos espantosos en sus postreras apariciones por los banquillos de Primera con tertulias televisivas cuyo propósito, colijo, era el de recolocarlo dentro del panorama de agentes y presidentes verbeneros en que se mueve la cara B de la Liga española. Víctor Fernández, para no perder la costumbre, armó un Deportivo que era un souflé: inflado por los costados, presumido de cierta horizontalidad vistosa, y vacío por dentro. Al Madrid le aguantó media hora pero más por acierto de Lux, su portero, que por fortaleza propia.

Estaba Riazor extrañamente manso con el Madrid hoy. Las 4 de la tarde es una hora perfecta para el aficionado europeo, no así para el español. Ponerle al ibérico medio el Madrid a las 4, un sábado, es cortarle el rollo: enfrentarlo a una coyuntura dramática, hacerlo elegir entre dos instituciones sagradas: la siesta y el Madrí. El madridista y el antimadridista llegaron al bar maldiciendo por lo bajo de la hora y eso se notó también en las gradas de La Coruña, exentas de la animosidad acostumbrada cuando asoma por toriles el blanco nuclear. No se puede insultar bien con la barriga llena, y la modorra es la mejor morfina para el odio. Hacía, además, una tarde excelente, lucía un tibio sol por encima de la Galicia que mostraba el televisor, y el césped parecía un prado cantábrico.

Así que el Madrid se aplicó al desnudo del partido sin el nervio tensor de los últimos días. Varane ha entrado ya en escena y las señales que pueden verse en el cielo auguran que no va a salir del once más que en camilla. Ordena a Ramos, lo serena como por influjo magufo de su metro noventa de morenez polinesia. Tanto es así que vimos al Ramos más agresivo con el balón en tiempos: fueron tres o cuatro las veces que atravesó el meridiano del centro del campo con el balón cosido a la bota, mandando con ese brío que le sale a veces de torero figurón, de Hierro tatuado. Casi nunca arriesgó el pase en esas acciones, lo que nos alumbró otra certeza: Peperamos es un siamés diabólico que al separar una de sus partes se anula la bipolaridad de la otra. Arbeloa recuperó el carril derecho y Marcelo el izquierdo: incrustó su caribeñismo melenudo entre los interiores gallegos y la defensa, desangrando lentamente a los locales mediante la asociación más mortífera que tiene este Madrid: Benzema, James, Bale y Marcelo danzando en círculos alrededor de Laure, Diakité, Fariña, Bergantiños y Juan Carlos.

Era paciente el Madrid. Kroos bajó definitivamente al sótano, con Modric en perpendicular sobre él, rotando sin parar por toda la zona ancha. El Madrid simulaba casi siempre un abanico al atacar y la movilidad de Benzema resultó devastadora para Sidnei y Diakité, centrales lentos y huérfanos además de la asistencia de sus laterales. La hiperactividad de Karino destapó otra variante sobre la que parece ir tendiendo puentes Ancelotti para un próximo paso de su locomotora: Bale y Ronaldo disputábanse la posición de delantero centro permutando puestos con naturalidad, de forma espontánea, sin solaparse nunca. Las características apocalípticas de Ronaldo deben conducirlo con el tiempo a ese lugar, reducida su explosividad con los años; de momento gusta de ir entrando por entre los huecos sin dueño que dejan los centrales contrarios. Bale, muy atento también a las sinergias que la asimetría táctica de sus compañeros iba generando en el balcón del área deportivista y en los costados, trasladaba su zurda elegante a la derecha ora así conviniese; deslizaba calambrazos por la izquierda ora la jugada lo dirigiera hacia sus pastos naturales.

El primer gol vino así: Ronaldo, izado en el punto de penalty como el mástil de un galeón, acabó rematando una polifonía ejecutada con velocidad y precisión por el resto del equipo. Modric encontró a Bale y este a Arbeloa, descolgado con frecuencia en el córner izquierdo de la defensa coruñesa. Puso el interior de su bota y la pelota subió muy arriba. Llovió sin fuerza sobre la frontal del área chica y ahí vimos a Michael Jordan extendiendo sus gemelos por encima de los límites fisiológicos del hombre moderno. Ronaldo se suspendió en el aire; miré a una y otra parte, esperando ver aparecer la cartulina de Nike y a Cantona diciendo Just Do It, o algo. El cabezazo, dado con la sien, orientado casi con la primera vértebra del cuerpo de cíclope que tiene este muchacho, fue lamiendo los guantes de Lux, prometiéndole frenesí y champán hasta dejarlo plantado en el ascensor con cara de capullo.

James, que hasta entonces habíase acoplado por fin a la carta de navegación acostumbrada de Modric, metió el segundo apenas pasados unos minutos. Recibió en el pretil derecho del área deportivista y metió el pie abajo, muy abajo, donde nace el balón, segando parte del césped de un tajo limpio y preciso. La comba fue muy fotogénica y Lux sólo pudo mirar cómo entraba la pelota por su escuadra izquierda. Ciertamente, James jugó muy bien, y el gol colmó un partido fantástico, manufacturado con el mimo artesanal que se le presupone a este zurdo de seda que se mueve muy rápido por todas partes pero al que Modric parece ya haber sincronizado con su cuenta de Twitter. Cuando Luka publica, James firma el tuit: Ancelotti, quizá, haya descubierto que el orden entre sus tres centrocampistas consiste en ponerlos en fila. Todos han dado un paso hacia atrás, y desde Kroos con los centrales a James con Benzema, la rectitud de la línea de 3 ha dado al Madrid profundidad y bandas. O al menos, eso pareció en Riazor, donde el ritmo fluyó si no rápido, sí, al menos, calmado, y el balón se balanceó de banda a banda siguiendo una música coral agradable de ver, armoniosa, sin sobresaltos.

Influyó en esto la solvencia de la pareja de centrales y la atención constante de Arbeloa, en el quite y cobertura. Marcelo, liberado sindical, acudía de vez en cuando a confirmar que todo marchaba bien. Varane y Ramos, muy arriba, empujaban al Deportivo contra sus propios defensas. No obstante, al salir de vestuarios el Madrid concedió un balón lateral, el primero del partido, que se escurrió hasta el corazón del área y tropezó allí con la mano de Ramos. Estaba pegada al cuerpo o eso me lo pareció. El árbitro consideró que con la victoria del NO en Escocia era suficiente alborozo centralista en Europa y permitió al Deportivo recortar 1-3 la distancia; a la jugada siguiente Casillas colapsó algún ventrículo que otro al no atrapar (¡qué sorpresa!) un centro en su área chica: menos mal que el árbitro reconsideró su postura geopolítica y pitó falta posterior. El Deportivo comenzó a golpear el avispero pero Ancelotti atajó pronto: Illarramendi al centro y Benzema fuera. El ajuste trasladó a Ronaldo definitivamente al sitio donde muere la gente y Bale recibió un telegrama donde se le avisaba de forma urgente que acudiera a banda izquierda. Illarra, muy metódico siempre en la quita y el pase, ahormó al Madrid: Kroos y Modric dieron un paso adelante, ambos al mismo tiempo, y el Madrid cambió de dibujo. Con el croata y el alemán alineados en paralelo por encima de la hormigonera de Mutriku, James se liberó absolutamente y Marcelo animóse a puntear. Así llegó el 1-4, en el que Marcelo, una versión caribeña y despreocupada de sí mismo -que ya es decir- conectó con Bale por donde doblan las campanas y los centrales gallegos sólo pudieron observar cómo el galés picaba la pelota ante la salida de Lux, sin controlar ni pararla porque esas cosas se las deja Bale a los malos toreros.

Luego fueron llegando los goles como cerne la lluvia en otoño. Mojando poco a poco, entre Ronaldo y Bale fueron matando al Deportivo hasta el 1-6. Entonces los locales volvieron a tirar a puerta y Casillas quedó muy bien en la fotografía, reflectándose como un cono de la Guardia Civil de tráfico al recoger otro balón desde dentro de su portería. Los periodistas deportivos españoles llevan desde mayo haciendo papiroflexia semántica para disculpar a Casillas de todos los goles que recibe: cualquier día acabarán por gritar en directo la desfachatez de Fulanito por meterle un gol a Iker sin avisarles con tiempo de preparar otro truco gramático. La culpa volvió a ser, por supuesto, de la defensa. Menos mal que al final entró Chicharito y, para joder bien jodidos a estos nuevos tecnócratas que inventan el periodismo cada vez que abren la boca, metió su primer gol como madridista desde fuera del área. Es la grandeza del Madrid, que convierte a un palomero mexicano en triplista yugoslavo. El Chícharo reventó la portería del Deportivo de La Coruña dos veces en cinco minutos, ambas desde Playa del Carmen, poniéndole sal al reborde del vaso donde se sirven allí los margaritas.

Curas paliativas

17 sep

La Copa de Europa es el paracetamol que acude a salvar las resacas más pesadas del Madrid. Siempre ha sido así. En el estado de crisis perenne en que vive el club, azorado por cataclismos semanales de duración variable, es una suerte de tregua. Es tal la fascinación que produce este torneo entre la nación madridista, tal la sugestión, tal la convicción de pueblo elegido que tiene la hinchada, que en cuanto suena el himno todos cesan en sus cuitas terrenales: las iglesias de toda la Cristiandad tocan a cruzada. Enfrente, el Basilea: un equipo que aparece de vez en cuando en la escena internacional, jugando más o menos bien aunque realmente nadie lo sepa, puesto que en Suiza todo parece tener un aire equidistante y acolchado. También el fútbol. ¿Se puede jugar bien en la pradera que sale en la tapa del chocolate Milka? Es complicado intuir la rasgadura visceral a la que estamos acostumbrados aquí, y que todo lo determina con su pasión catártica. Basilea, como toda Suiza, suena a posición avanzada de Roma; a centinela perdida, a última frontera de la civilización. Bosques, ríos y bárbaros con hacha. Un lugar que ha logrado ponerse de perfil cada vez que Europa se apuñalaba con el mundo y a sí misma, imperturbable. No me fío de los suizos.

Quizá Ancelotti tampoco y por eso recurrió a Nacho en banda derecha. El canterano es uno de los hallazgos más interesantes de los últimos tiempos. Su propia irrelevancia mediática, per sé, lo avala: discreto y eficaz. Se le puede aplicar ya, sin rubor alguno, el trampantojo ese de hombre de club. Sus declaraciones son anodinas, siempre que habla su discurso se inserta en el código oficial del club: ¡no era mucho pedir, un futbolista así! Trabaja duro y vive despojado del divismo que afecta a muchos futbolistas a la hora de aceptar su condición de mero peón en el tablero del entrenador. Ha sido central, lateral izquierdo y derecho, y no descarto que cualquier día Ancelotti lo pluriemplee de líbero, portavoz oficial y sustituya, además, a Herrerín. En el lateral izquierdo también hubo cambio: Marcelo.

Sobre la crisis de juego y resultados del Madrid -más analizada que un desplome bursátil- se han alcanzado algunas conclusiones: Kroos no vale para mediocentro como Di María no valía de interior hasta que valió; James desubica a Modric, y el equipo necesita acumular el balón. Si Marcelo, el Marcelo kistch de ahora, sirve para algo en este equipo, es para eso. Carletto así lo creyó y ante el Basilea se permitió invertir en socialdemocracia por la banda izquierda con el objetivo de eso que se llama ahora “contentar a las bases”. Marcelo es una apuesta intermedia entre la ruptura con el 4-3-3 y el Equipo de Asalto. Sin un 5 que haga de superglú entre las transiciones defensiva y ofensiva, el 12 es el escalón donde el equipo apoya el pie al retroceder, para no caer e impulsarse de nuevo hacia el rival. Funciona, sobre todo, cuando la exigencia es menor, como ayer.

Por delante, la canción que ya se han aprendido todos los niños del mundo.

Kroos se movió bien, suelto, sin la asfixia de los rottweilers de Simeone. Como contra Sevilla en Cardiff y Real Sociedad un rato, la primera media hora aquella, tan engolada. Su zancada abarca un pantano entero. Me recuerda a Effenberg, por el porte y la manera de correr. Desde luego, Kroos es lo que hoy sería Effenberg si a Stefan le hubiese tocado jugar a este fútbol contemporáneo en el que casi ninguno de los alemanes campeones del mundo en Maracaná parece un alemán. Quiero decir, la aculturación balompédica producida desde 2008 con el despótico triunfo ininterrumpido de la selección española, ha modelado a un jugador nuevo. En Alemania, el choque es evidente. Götze, Özil, Lahm, Reus, Neuer -portero de balonmano- hasta Müller incluso, son, morfológicamente, distintos a Effenberg, Jeremies, Basler, Matthaüs, Völler, Jancker, Scholl y todos aquellos alemanes con los que crecimos. Quién sabe si será por la influencia estetizante del futsal -seña de identidad de este juego en el siglo XXI- o por el ánimo de emular a Iniesta, Xavi, Silva, Fábregas o Alonso. ¿Alguien encuentra alguna diferencia entre Isco y toda esta raza de nuevos jugadores germánicos? El hecho ha afectado hasta a los más grandes, por centímetros: Kroos es el ejemplo. Es Effenberg corriendo con estilo y gracia. Ayer hasta me lo recordó en la manera de perder balones en el centro del campo, por puro exceso de conducción: va ralentizándose con la pelota cosida al empeine a medida que va dejando de ver huecos y desmarques de ruptura, hasta que dos rivales se le suben a la grupa y consiguen domarlo.

Modric pudo abrir la puerta grande, pero pinchó dos veces al entrar a matar y recibió tres avisos: tras asistir a Bale en el segundo y tercer gol con precisión quirúrgica en el tiempo y en el espacio, organizó dos verbenas defensivas. Dos pelotas perdidas, una cedida atrás en incomprensible chilena hacia el campo propio con el equipo en fase ofensiva; otra, ya en la segunda parte, tropezando consigo mismo y dos suizos que pasaban por allí, en el inicio de la jugada. Ambas pérdidas fueron como soltar dos vaquillas en las calles del pueblo atestadas de paisanos borrachos y desprevenidos.

El Basilea apenas sí mostraba el empaque propio de los equipos alemanes. Se llaman Fussbball Club Basel y eso delata su solidez, incluso en la debacle. Los equipos españoles tienden a desparramarse por todo el campo cuando reciben 3 o 4 goles seguidos. Los suizos resistieron a pie los minutos que mediaron entre el gol de Nacho (aunque se lo dieron a Suchy, un defensor en quien la pelota tuvo la descortesía de rozarse) y el de James, que fue el 4-0. Modric avistó dos autovías a espaldas, siempre, de los carrileros contrarios. La primera vez, por la izquierda, emergió Bale de toda la bruma que llevaba rodeándolo desde pretemporada. El pase de Luka, con el empeine y al primer toque, traspasó la línea adelantada con la que el equipo de Paulo Sousa pretendía amarrar a Benzema. Bale sorteó a Vaclick y remachó a portería vacía. Es interesante el gol no por la estadística -otra banalidad más del fútbol de Playstation y Misterchips- sino por el hecho de que el dragón galés apareciese por su lado natural. Es el segundo partido consecutivo en donde la permuta con Cristiano es frecuente: ambos han establecido un puente aéreo de izquierda a derecha, un intercambio constante de posiciones del que aún no se ha aprovechado del todo Benzema pero sí Modric, que volvió a encontrarse con una carrera diagonal del 11, esta vez por la derecha. Bale controló otro brochazo con el empeine de Luke Sky Modric y lo hizo con su defensor a la altura: lo destrozó orientando la recepción hacia adelante, un metro más allá del límite físico de Safari. Vio venir por dentro a Ronaldo y lo demás, esta vez sí, fue estadística.

Advertí que el Madrid se estructuró en un 4-2-2-2 durante ratos largos, sobre todo en la fase de demolición suiza. Kroos al pie de la escalera, con Modric alternando las bandas y la corona de la zona ancha sin ubicarse jamás en paralelo al alemán; James y Cristiano descosiendo el campo entre banda y banda, y Benzema con Bale girando en torno a la lámpara de Vaclick. Más o menos, esa fue la disposición. James empujó a la red el cuarto gol tras magnífica jugada colectiva que terminó con un disparo de Benzema desde el punto de penalty. Cuando el Madrid enlata a los rivales, emite dos tipos de señales: ha alcanzado cierta comodidad y los goles son consecuencia natural de la voracidad que despierta en el equipo la visión del contrario arrodillado en tierra, suplicando en cierta forma clemencia.

Pero el Basilea no pidió clemencia, ¡para eso son casi alemanes! Derlis González hendió la defensa madridista por el centro, mientras Pepe y Ramos jugaban al escondite con sus marcas. El disparo cruzado estuvo muy bien chutado, las cosas como son: Casillas se estiró con nulo garbo y con el gol el Bernabéu olió otra vez la naftalina que despiden portero y centrales. En la segunda parte, el Madrid adormeció el partido y el Basilea quiso llevarse algún souvenir del estadio, sin éxito aparente hasta que Varane -al que Carlo parece querer meter como sea en el equipo, sin saber muy bien si prescindir de Peperamos o no- regaló a Embolo lo que querían: despejó hacia atrás un balón inocuo, se la dejó botando al espigado moreno del Basilea que con el viento fuerte soplano de popa tiró pastosamente al centro. Casillas se estiró cerrando mucho los ojos, como en él es especialidad -debe ser otro de sus trucos de superportero, parar sin mirar, intuir con el olfato como los centinelas franceses de la Gran Guerra que adivinaban los raids alemanes en sus trincheras por las variaciones atmosféricas- y el balón rebotó en la palma de su mano. Los suizos ya tenían su Estuve en Madrid y me acordé de ti. Una espiral de humo blanco comenzó a subir desde Bernabéu hacia el cielo: al final del partido entré en la web de AS y vi un Vine de Casillas ascendiendo, como la Virgen María, sobre una nube parecida a la de Goku mientras un coro de Colinos celestiales mugían la canción de los santos.

Luego Benzema marcó un gol psicotrópico y el Madrid inició la defensa del título con un 5-1 que dejó al pueblo en armas sin la posibilidad, intuida antes del partido, esperada, quién sabe, con veradera fruición íntima, de seguir odiando otro día más. La gente abandonó el estadio sin saber demasiado bien qué sentir.

Cuaresma

16 mar

Hay a quien no le gusta el naranja. No son los colores del Madrid, dicen, como si Moisés hubiese bajado del Sinaí con las equipaciones reglamentarias del Real escritas en piedra. A mí me encanta el naranja porque ver a Modric zumbando como una abeja entre los rivales, vestido de taronja, es robarle al barcelonismo el romanticismo cruyffista y su propiedad intelectual. Una suerte de butrón anacrónico a su museo emocional. El Madrid, de naranja, nunca pierde. Aunque, de hecho, el Madrid de Ancelotti lleva 30 partidos consecutivos sin perder: no hinca los cuernos desde que Urdangarín era un noble estandarte de la grandeur culer sin mácula judicial y en el Palau Blaugrana retiraron la camiseta con su dorsal. Esa inevitabilidad que sobrevuela las victorias del Madrid, ese halo de imbatibilidad, ese determinismo, es la gran victoria de don Carlo en Madrid: hacer que a los rivales les pesen los partidos. Salir ganando desde el túnel de vestuarios. Señal inequívoca de los equipos destinados a la Historia. El Madrid domina como sojuzgaba a los contrarios en los partidos de mi infancia, cuando las derrotas del Real eran un invento de los periodistas y el fútbol era como ver diapositivas en cinemascope.

Ayer al Madrid le mordieron los tobillos, o eso dice la prensa. En realidad le tiraron dos veces, y sólo una fue a puerta. Diego López no tuvo que mancharse el pantalón, y menos mal, porque a Diego se le está poniendo cara de misterio de Semana Santa. Con ese rostro angulado, ese moreno moruno -cualquiera diría que es gallego, si parece de Isla Cristina- y ese conato de greñas que se está dejando, me recuerda a uno de esos cautivos que sacan en procesión cualquier jueves santo en los pueblos de Andalucía. Diego no tiene quien le escriba, tituló el otro día Orfeo Suárez en El Mundo, y no seguí leyendo porque el tufo a Poncio Pilatos lavándose las manos que despedía ese texto era grotesco. A López lo han puesto delante de una masa enfurecida que sólo grita Barrabás y esa pose trágica está afectándole hasta en la mirada. Menos mal que no encajó ayer, porque desde el Calderón hay un sanedrín que aguarda otra pelota endemoniada llovida del cielo para azotarlo con el látigo de siete puntas casillista y crucificarlo en el Gólgota. El Málaga de Schuster dejó recibir muy sólo durante 20 minutos a Alonso, y aunque Xabi es desde Dortmund una versión slow motion de sí mismo, cederle el espacio y el tiempo para armar el mortero es como ponerse una pistola en la sien. Tuvo libertad de movimientos justo el tiempo que necesitó Cristiano para marcar un gol, lesionar a Benzema intentando meter otro y exigirle dos acrobacias a Willy Caballero. A Bale lo derribaron con un placaje del Seis Naciones pero el árbitro no pitó nada porque a Garethcito se le ha fichado con el dinero del SAREB y su sueldo lo pagan los preferentistas de 80 años.

Benzema se retiró doliéndose del muslo, y al madridismo se le atragantó el gintonic. Benzema está en su mejor momento desde que llegó al Madrid. Vive un éxtasis estético y arrastra detrás de su barba todo el mecano del Madrid de Ancelotti: dame un Benzema y moveré el mundo, dijo Pitágoras. O Anaximandro de Mileto. Salió en su lugar Di María, cuya mayor virtud ayer fue no ver la tarjeta amarilla que hubiese impedido alinearle contra el Barcelona la semana que viene. Di María corrió arriba y abajo a lo largo de los 60 minutos de choque y triqui-traque que propuso el Málaga a partir del gol de Ronaldo. Alarcón, ayer titular, jugó como llorando. Le atacó la saudade y mandó a Arroyo de la Miel un balón de gol que Di María le regaló al inicio de la segunda parte tras un slalom transatlántico: empezó a correr en Rosario, gambeteó y siguió gambeteando hasta que vio venir a Isco y éste se asustó al verle la cara a Caballero. El Málaga es un equipo de calvos agresivos y de zurdos portugueses. Duda, que ya jugaba en Cádiz cuando Mágico González, y Antunes, son como dos ediciones del mismo libro. Se peinan igual y tienen los mismos gestos: la única diferencia radica en las canas de uno y en la rubiez del otro. Duda estrelló sus 50 años contra los tacos de Pepe, y salió gritándole al linier que le habían rajado la rodilla. De haber sido Pepe el polifemo comeniños de antaño, hoy estaríamos viendo a la Guardia Civil tomándole declaración en Valdebebas. Pero Pepe es un chico bueno ahora. Tiene el pelo largo, susurra versos de Camoes y sonríe a los periodistas en zona mixta. Anoche compartió pareja con Varane, ausente Ramos, y volví a comprobar que jugar con Raphael es como conducir borracho un Mercedes: no importa que te pegues una hostia con la boca del metro, siempre saldrá peor parado quien se choque contigo. El Madrid sólo ganó 0-1 en Málaga, y dicen en Twitter que hubo descontrol. Normal, estamos en cuaresma y hasta el Clásico no se puede comer carne.

Miedo y asco en Valencia

6 oct

El pequeño recogepelotas del Levante lo mira extasiado, disimulando su admiración al héroe. Tras él, más arriba, a cuatro españolitos se les señala el DNI en el rostro, como iluminado con un neón fluorescente: odian. Odian fuerte. Odian muy duro. Entre ellos, una jovenzuela viste la camiseta roja del Madrid y a pesar de estar junto al que, parece, padre o novio, se le despunta una sonrisa de turbación erógena. Como a la señora de mediana edad de a su izquierda, un asiento más allá. Y como a Helena viendo pelear bajo las puertas de Troya a su cuñado con Aquiles. Me debí quedar con este, coño. Que es el hombre, y no la purria flácida esta de Paris. Una fila por encima, como escalonados, un nieto se anonada, una abuela no entiende lo que pasa -pero lo siente- y un jubilado no sabe si insultar o aplaudir. Con gorra y bufanda del equipo local, el pobre señor se queda parado frente al semidiós como un pensionista ante la pantalla de inicio de Google. El Progreso y la Velocidad paralizan incluso el veneno que le corre por las entrañas, ese que le grita al oído “portugués, hijo de puta”. Pero la imagen está abajo. Tribuna, primera fila, a la derecha de uno de los tres orangutanes que blanden la liana con la furia del depredador al que le han quitado la presa del colmillo cuando ya la sangre goteaba. Es ese niño. Ese, sí. Justo. Hoy, al levantarse, se habrá preguntado por qué la vida le obliga a tener en su cuarto la camiseta del Levante y no la de Cristiano Ronaldo. Y habrá llegado a la conclusión, en su joven mente en construcción, que la vida no tiene por qué ser así. En su mirada se refleja la idolatría más ingenua, la rendición de una barrera: ese niño ya es madridista. Sonríe sin tapujos: es el único en la fotografía que lo hace.

A su equipo le acaban de marcar el 2-3 en el minuto 94 pero a él le da igual: está embobado contando las marcas del cincel en la espalda de mármol de Carrara del jugador franquicia del contrario. Del Madrid. El niño sabe, como lo sé yo y lo saben ustedes, que en ese gladiador vestido de blanco, protagonista absoluto del Circo Máximo, está la fama, el dinero, las diosas y la inmortalidad. La vida más allá del bloque gris en la periferia, la estrechez y el póster acartonado de Ballesteros pegado en la pared. El horizonte de grandeza, también, es lo único a lo que el madridismo puede agarrarse hoy para no tirarse por el balcón. Ayer dieron ganas de hacerlo. Los 85 primeros minutos del partido fueron como estar atado a una silla con una camisa de fuerza y un señor con bata humedeciéndote los ojos mientras te pasan en un proyector un coloquio de 3 horas entre Valdano, Cappa y Guardiola. Con el 2-1, Ancelotti quemó naves enviando a su mejor jugador anoche, Varane, a que le metiera los dedos al equipo hasta la campanilla. El Madrid vomitó todas las anfetas y el cristal que había estado consumiendo durante el partido, Rapha le dio un par de hostias, le preparó café y le puso un ibuprofeno en la mesita de noche. El equipo se despabiló y vio que sólo tenía un suspiro para no perder la Liga. Ojo, que no ganarla. Pero con ese suspiro fue suficiente. Por ahora.

Fútbol de ayer y de hoy

26 sep

Al principio fue el Verbo, y cuando Dios repartió los dones, al Madrid le tocó el cantar de gesta y el truño atemporal en los campos de provincias. Indiferente a entrenadores, estrategas, jugadores, épocas, presidentes, estilos, esquemas, dibujos y hechicerías, hay un tipo específico de partido que se repite como una maldición de Jacques de Molay: los 90 minutos en los que 11 zombis vestidos de blanco son zarandeados por una turba embriagada por el olor de la sangre. Este tipo de aquelarres suelen abundar en años de crisis de identidad, cambios, revoluciones a medio hacer o de tumultos en los cuarteles. Ninguno de los entrenadores que han pasado por Concha Espina en los últimos 20 años ha esquivado este conjuro. Como las sequías, las crisis de la economía de mercado y las películas de Almodóvar, el sopor infumable del Madrid en provincias siempre vuelve. La mayor parte de las veces, estos paseíllos a medianoche suelen terminar con el Madrid frente a la tapia de un cementerio, desjarretado y con la Liga rumbo a Barcelona. Pero hay ocasiones en las que el azar, la imprevisibilidad del balompié, o la bruja Lola, liberan al equipo de una caída mortal con algún triple tirabuzón de épica factura como el penalty a Pepe de anoche en el Martínez Valero, cuando Muñiz Fernández ya se preparaba para finiquitar la comedia. Ese tipo de goles, como uno que marcó Helguera en Villarreal hace 9 o 10 años en una nuit del foc similar, son los que yo llamo de campeonato. No se merecen, ni tampoco sabe uno realmente por qué esos sí entran y otros, más claros y en mejores partidos, se van al poste o fuera. Qui lo sá. Pero fútbol es fútbol, como dijo Boskov, y dijo bien. Antes de que Cristiano ejecutara con cierto rictus prusiano el penalty de la victoria, el Madrid de Carletto estaba a dos partidos de la tête de la course. Ahora, tan sólo a uno. Puede parecer un detalle bizantino, pero así se han perdido imperios. El Real terminó la verbena como siempre quiso el patriarca Bernabéu: ganando al final, y con una decisión dudosa del árbitro mediante. Elche parecía la Puerta del Sol el 2 de mayo de 1808, saludando jovialmente el paso de los jugadores madridistas, y Diego López volvió a ser la estrella de las canciones de una afición local. Se pita al que se teme, y al que te jode, como dejó sentenciado Santo Tomás. Enganchado al brillante estado de forma del portero gallego, el Madrid espera a Varane como los judíos el maná en el desierto: el gol del empate ilicitano retrató todas las miserias de una línea defensiva cuyo pecado capital es la carencia constante de concentración. Ya asoma la proa del Atlético Aviación por la Castellana, y viene crecida la tropa. La suerte es que Ancelotti parece predestinado en el Madrid, y a esa elección de los hados es difícil hacerle frente, por más que Ramos y el 4-2-2-2 se empeñen. La realidad es obstinada, pero la tyche del Real lo es más.

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