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Ir a la playa

21 jul

Semana número 5

Ir a la playa es toda una ciencia. Además de una ciencia, es un coñazo mayúsculo. El ir, me refiero. Hacer el acto de. Luego, cuando ya se está tumbado y con todo el operativo establecido, no está mal. Pero la acción y efecto de ir, como digo, es una cosa tremenda. Superlativa. Como todo el verano, para qué nos vamos a poner exquisitos. El que tiene dinero no veranea. Veranear es un verbo de pobres. Es ir alquilar una lata de sardinas en Chipiona y llevarte quince días tomando salmorejo Don Simón. Ir a la playa, no obstante todas las connotaciones sociológicas que se quieran, supone un esfuerzo logístico apabullante. Yo, que tengo por blasón y heráldica el ir siempre ligero de equipaje, me sentí desfallecer al ir a la playa acompañado por mi novia la primera vez: ¿que si tengo qué? ¿sombrilla? ¿eso no se le pone a los cócteles? ¿toalla? ¿para qué? ¿palas? ¿vamos a enterrar a alguien? Ah vale, palas de las otras. ¿¡NEVERA!? ¿Y tengo que cargar yo con eso? ¿Crema? Cuando uno es joven y está soltero va a la playa lo justo, y por supuesto, temprano. O tarde. Nunca en ese intermezzo infernal del mediodía y tras el almuerzo, que es cuando Satán se pone a mear aceite hirviendo sobre el Valle del Guadalquivir. Como es natural, va con lo puesto: bañador, camiseta -vieja, fea y estropeada-, chanclas y llaves. El método es simple: se llega, se apunta a algún claro donde mozas turgentes exhiban su lozanía al mundo, se baña, se pelotea un poco en la orilla, y se va. Simple y efectivo. Todo cambia y es perversamente complejo cuando uno se empareja y va a la playa como se va a una boda o a un cóctel: todo requiere una refinería, una estética, unas particularidades socioeconómicas, una artesanía, si me lo permiten. Una vez uno está en disposición de todos los artefactos antes mencionados, queda una cuestión, digamos, cartográfica: a qué playa ir. Esta no, que está muy fea. Uy, qué arena más sucia. Aquella no tiene bandera azul. Etcétera. Luego de esta primera decisión queda caminar bajo un sol hiperbólico en busca del lugar ideal. Hallado este, hay que hincar la sombrilla. Parece sencillo. Sólo lo parece. Es como izar una bandera: tomas posesión de tu pedazo de territorio, conquistas tus Indias Occidentales, pones ese trozo de impura arena ardiente bajo la jurisdicción del Rey Católico. Lo juro, me metí bajo la sombra creyéndome Hernán Cortés.

El efecto dura lo que tarda el trapo en menearse de un lado para otro, sin control: la sombrilla salió despedida dos veces y a la tercera casi dejo tuerto a una pobre señora que pacía a nuestro lado. El viento de levante pega fuerte sin ser el alba y yo no tenía a Trillo para narrarme aquella epopeya que estaba viviendo en mis carnes quemadas de Iniesta mortecino. Es asombroso comprobar el grado de sofisticación de las mujeres cuando van a la playa: arrastran tras de sí toda una botica que haría palidecer al mago Merlín. ¿Cuántas clases de cremas hidratantes puede haber? Casi tantas como nombres tiene Alá. Otra cosa que descubrí yendo a la playa con sombrilla es que la sombra, claro, muta. Supongo que por envidia de Guilleflán y su teoría de los hechos mutantes y los facts periodísticos que cambian según el día y la hora. Por supuesto, hay que mover todo el campamento según rote la luz solar, y durante varias fases de la jornada playera me confundí fácilmente con Khedira abarcando toda la zona ancha de nuestra posición arenosa, de aquí para allá haciendo coberturas a los laterales y orbitando alrededor del mediocentro base. Es decir, de mi novia, reina de Saba en su toalla que con voz dulce me pedía ir tras el candor del sol en pos del bronceado perfecto. Uno sucumbe graciosamente a todo esto porque en el fondo es muy divertido. En la playa puedo oír al vulgo hablando de sus cosas, apreciar matices y analizar las estrategias pedagógicas de los padres y (sobre todo) las madres gaditanas: Jozé Cahlo ven pacá y deha de dá porculo con la pelotita o te juro que voy y de caliento fuerte, te deho zolo ahí y me voy pa caza. Ir a la playa en una cala de Roche, acompañado por una mujer bellísima y disfrutando del dolce far niente fugacísimo y placentero del verano -que no veraneo- sin preocupación me reconcilió con la vida y con el calor. Tanto que no me importó volver a Chipiona, Sodoma de la suciedad y la porquería. Me daba igual, yo traía La Belleza junto a mí contenida en 1.70 de altura, una melena rubimorena y dos perlas filipinas. Pero lo que es, es. Chipiona seguía estando hecha una puta mierda.

Hogares

13 jul

Semana número 4

Ya casi no hay viejos en las puertas de las casas. Me refiero a viejos sentados ante el zaguán, en la terraza, el porche o la misma acera, tomando el fresco en verano. Pensé en ello el otro día cuando recorría Chipiona por la noche. Es la imagen que más vivamente impresiona a los que conocen Andalucía por primera vez. A la Andalucía de los pueblos, digo. La profunda sacristía que huele a cerrado, parafraseando a Machado. Hombres y mujeres, especialmente mujeres, sentados en taburetes o sillas de playa, comentando las cosas del comer y del beber mientras la gente pasa a su alrededor y la luminiscencia carcelaria de las farolas se va adueñando del cielo tras la abdicación de los colores del ocaso. Ahora uno puede caminar por las calles sin toparse con nadie pero el verano aún conserva ese rasgo voyeur que trae aparejada la calor y sus devastadoras consecuencias: abre las casas de la gente. A través de los portales abiertos uno puede, sin ofender demasiado ni parecer mirón indiscreto, asomarse a la intimidad de los hogares. Las teles encendidas presidiéndolo todo. Las panzas sin camiseta, pies descalzos sobre el mármol veteado. Hay varias cosas que definen la psique de una comunidad y una de ellas es la fisonomía de las casas, por dentro y por fuera. Lo de las teles encendidas da para pasquín o para escribir una distopía paranoica en honor a Orwell.

Todo gravita en torno a las pantallas. El hogar se dispone a su alrededor, las personas orbitan, danzan en silencio. Se pueden ver sus destellos desde la calle, por entre las rendijas de las persianas. Casi todos los paisanos están viendo lo mismo, a ciertas horas. La gente ha cambiado, al menos aquí, la costumbre del mentidero a la fresca en las noches veraniegas de calor insaciable, por el despanzurre ante el televisor. Además es una cosa como muy tediosa. Apenas se oyen conversaciones, la gente aparece tirada en el sofá o absorta en el móvil mientras en la pantalla hablan y afuera la calle observa. Nadie habla. No voy a juzgar lo bueno o lo malo que pueda haber en esto. Eso se lo dejo a los filósofos de la tradición, que son legión y más en Andalucía. Un mono puede ir desde el peñón de Gibraltar hasta el paso de Despeñaperros saltando de guardián de las esencias en guardián de las esencias sin tocar el suelo, y eso tiene un mérito incuestionable, no me digan que no. Tierra tan vasta en extensión y tan cultivada por la Historia y por las civilizaciones que pasaron por ella, y la de hijos de la endogamia que da por metro cuadrado. El verano, no obstante, transcurre por sus cauces naturales. No paran de obligarme a beber. Julio y agosto son como una exaltación continua de lo extraordinario, pero hecho ya rutina. No sé si me explico. El primer finde está muy bien. ¡Es verano, bebamos y recitemos a Khayyam! Como la canción de Extremoduro pero transformada en necesidad social perentoria. Es que es verano, hombre. Hemingway gozaría como un cabrón en estas noches de verano donde el celebrar es ya un servicio religioso y todo está lleno de ministros del hedonismo. Pero al tercer día se vuelve todo funesto, cotidiano, casi obligatorio. Reclamo desde aquí mi derecho a saltar de esta locomotora.

Dietario del verano de 2014

22 jun

Semana número 1:

Ha comenzado oficialmente el verano del año de nuestro señor (o mejor dicho, de Nuestrx Señorx, no nos vayan a tachar de fascistas heteropatriarcales hijos de puta) de 2104. Pensé en escribir alguna cosa veraniega, al uso de un diario o un compendio general y asimétrico de reflexiones estúpidas. ¿Cada cuánto actualizo? Primera tragedia. Resuelto: de finde en finde. Así es mejor. Cuando uno pasa de los veintitrés los veranos empiezan a ser cadenas de semanas inertes unidas por los fines de semana. Por los sábados, quiero decir. El sábado es la síntesis del verano, el resto es elipsis. Luego resultó que el problema era el título. Reflexiones de un hombre atribulado era demasiado tonto. Diario del verano de la peste, no, que me denuncia Arcadi Espada. Rambo, Acorralado, muy pretencioso. Ya está: dietario. Y al carajo. Disueltas las incógnitas, hago las presentaciones y me voy, que ustedes querrán perder el tiempo en cualquier otra parte. Vivo en Chipiona. Chipiona es un lugar feo, sucio y destartalado. Para ser un destino que pretende ser turístico, está muy descuidado, innoblemente desaprovechado y apesta como un estercolero. Además está en un accidente geográfico que bien parece una coña de Estrabón: a desmano de todas partes, para entrar y salir de aquí hay que invocar tres veces al rey Argantonio con un billete de Los Amarillos en una mano y unas tijeras en la otra. Podría adornarlo todo diciendo que este pueblo es una suerte de Caribe gaditano, y que hay que ver la mala suerte que tenéis todos que no habéis nacido aquí y no compartís cementerio con la estatua de la Más Grande y qué me importa a mí lo que haya más allá de la carretera de Sanlúcar si esto es el World Trade Center y déjame ya de rollos, quillo, y pónme otra cruzcampo bien fresquita. Pero para eso ya hay gente de sobra dispuesta a hacer el papel de Pemán sin gracia. El rol de aldeano encantado de haberse conocido está muy cotizado en Andalucía, y Chipiona es como una Sodoma minúscula que reproduce todos los pecados a escala 1:100000: cualquier día me levanto y me veo a los Coen rodando planos secuencias en mi calle. Esto es un pueblo de diecisietemil habitantes que en tres meses quintuplica su población. Esto quiere decir, naturalmente, que también quintuplica todo lo defectuoso. Cinco veces más mierda, cinco veces más ruido, cinco veces más horteras zumbando por unas calles cinco veces más estrechas y un enjambre de langostas bíblicas que ríete tú de Stavros con el mongolo de su hijo llorando en el supermercado de Duluth. Chipiona es como Macondo pero en cutre, y aquí lo más mágico que puede pasarte es que un paisano te despierte a la hora de la siesta para venderte unos melones la mar de buenos y de gordos y de bien criados que le ha traído el cuñado de una parcelita que tiene. Explicándotelo, háganse una idea, echado con un donaire cervantino sobre la reja de tu porche, mientras a tu alrededor cae lava volcánica. En fin, yo sólo soy un escriba sentado y hago esto porque no tengo nada mejor que hacer y ya saben que los boxeadores no pueden perder el punch, que luego te oxidas y la gente termina leyendo solamente al Mesetas. Acaba de llamar un niño a la puerta. No levanta tres palmos del suelo, y me quería vender un par de huevos y tres melocotones que llevaba en una caja negra. ¿Se lo pueden creer?

Notas sueltas en el primer día de agosto

1 ago

El peso abrumador de la realidad se hace presente de repente en días como el de hoy. Lentos, pesados, agónicos bajo una manta abrasadora, transcurren desde el alba hasta el ocaso en la cama, con la cabeza cargada con la fiebre del despropósito. Despropósito sin sentido de una vida que extingue vidas al paso que descarrila un tren lleno de instantes ya cincelados en el mármol efímero de un segundo fugaz y eterno, para siempre.  En la tramoya de todo eso, donde nosotros los humanos guardamos como hormiguitas incansables los artefactos con los que pretendemos transformar la obra de nuestros días, se quedan los gestos, las ambiciones, la ilusión, la desesperanza, la tristeza y la amargura contenidas en sólo un parpadeo. Breve, como la respiración. Siempre soñé con que cada uno de nuestros movimientos, tanto físicos como espirituales, permaneciesen en la posteridad, grabados como en una micropelícula indeleble -e invisible- que Dios, o cualquiera, hubiese escondido detrás de lo que vemos con los ojos, en los rincones del mundo. En las esquinas de lo cognoscible. ¿Por qué ha de perderse el manantial de lógica y razón, de emoción y sensorialidad, que cada uno de nosotros alberga dentro de sí como una de esas antiguas cajas de música cuya bailarina petrificaba en un segundo inmortal toda la fuerza del presente que se escapa hacia ninguna parte?

Llevo dos semanas sin escribir y en el mundo ha pasado de todo. El otro día se me ocurrió que George R.R. Martin visualizó España cuando habló de los duros inviernos de más de siete, ocho o nueve años. Yo sobreviví a la crisis, podremos esculpir en el dintel de nuestras casas cuando este invierno terrible haya abandonado nuestra Invernalia. Si es que sobrevivimos. La plaga bíblica que sobrevuela el cotidiano combate entre el presente, las metas, las obligaciones, los límites y el futuro de los españoles desde hace siete años ya forma parte de nuestra familia. Es una más. Tan acostumbrada está a convivir en nuestros hogares que se queda casi siempre a comer, como un primo gorrón, un cuñado cansino o una vecina a la que en su casa han arrumbado en un rincón como a un trasto viejo. Uno deja de darle a la tecla un tiempo, pensando en que incluso los ronin sin amo -ni soldada- también tienen derecho a un noble descanso, y la realidad lo avasalla como una trepidante cabalgata de noticias, sucesos, acontecimientos y vida paralela que surca el océano que se abre tras la ventana por cuya persiana echada hasta abajo vislumbramos lo que pasa fuera de nuestro camarote oscuro y protegido del sol exterior. Trenes que descarrilan, émulos sin carisma de Randolph Hearst que sentencian a infelices con portadas cargadas de indigna mezquindad, presidentes que comparecen, senadores que teatralizan la farsa convenida para que la función siga llenando las salas, hombres buenos que mueren.

Es en esta última categoría en la que me quiero detener, pues si bien los hombres -los buenos y los malos, pero más lo buenos- tienen que poca delicadeza de morir demasiado, todos los días, hay algunos que no merecen la esquela en blanco del olvido. Quisiera decir mucho más de un gran madridista al que apenas conocí en 140 caracteres geniales repetidos día tras día durante casi cuatro años. Cuatro largos años en los que junto a otros bandoleros inconformistas, inadaptados y brillantes exégetas de lo no establecido, naturalizó la chispa intuitiva del espíritu contestatario que nos unió a los demás, junto a él, junto a ellos, en torno a un núcleo central al que todos fuimos llegando inconscientemente. Involuntariamente. Sin preverlo, casi sin quererlo. De pronto nos habituamos a leerlo con la normalidad con la que vemos al sol salir cada mañana, e interiorizamos una vida que él quiso mostrarnos a golpe de tweet, como si un escultor del Renacimiento instalase su taller en medio de una plaza y todos viésemos jornada tras jornada cómo va creciendo su gran obra maestra, delante de nuestros ojos, departiendo con él, tomando acaso el martillo y el cincel para indicarle un toque allí, un tajo allá. Ahora el taller ha cerrado de repente, pero ante nosotros queda la escultura inconclusa y el deber, inaplazable, de asumir su propiedad como si fuese nuestra, para que jamás se olvide lo que él compartió con todos nosotros.

Devaluación interior

19 abr

De habernos sobrevenido esta crisis económica hace 20 0 30 años, una de las posibles salidas hubiese sido la de la devaluación monetaria: le hubiéramos quitado valor a la peseta, y a vivir. Eso ahora, con el euro, es imposible, con lo que hemos quedado abocados a la inevitable devaluación interior: de costes, precios, salarios y rentas. Por devaluación interior yo entiendo además otra cosa: la que tenemos que llevar a cabo nosotros mismos, en dura pugna con lo que pensábamos que íbamos a ser y el punto desde el que debemos partir en realidad para lograr no ser lo que jamás creímos que podríamos acabar siendo. No sé si me explico. El caso es que aprecio en torno a mí una suerte de voluntad de cigarra que lleva a casi todos mis amigos, familiares y conocidos, a planificar su vida no ya desde el cortoplacismo más partitocrático sino desde la estacionalidad hecha forma de vida. Aquí se piensa en términos de invierno y verano, como si aún dominase la psyque del pueblo español una mentalidad netamente recolectora. Craso error, a mi juicio, cuando atravesamos un desierto sin Moisés que nos guíe ni tierra prometida que nos espere en ninguna parte. La devaluación, más allá de consistir en un ajuste legal de las condiciones de trabajo en España para hacer de nuestra economía algo competitivo y homologable en un entorno donde jugamos en franca desventaja, debe ser psicológica, y tan individual como colectiva. Hemos de asumir la mentalidad del cazador y meternos en el pellejo de un nómada, pues se asoman tiempos de acecho, constancia y salto de mata. Romper la no linealidad de nuestro horizonte, y tomarnos la vida como un avance permanente por territorio enemigo. Los españoles todavía seguimos esperando la llegada del verano como los judíos aguardaban el maná que caía del cielo. Algo saldrá en verano, seguro. Fijo que la cosa mejora, y al menos tenemos cómo pasar mejor el invierno. A una mala, que nos quiten lo que bailemos en la playa, borrachos de ron Hacendado mientras se nos hacen los ojos chiribitas mirando a las guiris en bikini con ojos de Alfredo Landa. Quizá esto no sea más que reminiscencia de la espera anual de la flota de Indias: es posible que aún visualicemos en nuestra mente el río de fortuna o al menos, sonrisa del azar que acompañaba siempre a aquellos barcos cargados de oro y plata cuando arribaban a nuestras costas; o quizá sea algo mucho más simple: seguimos siendo Los Bingueros, solo que 40 años después, y con estudios. La estacionalidad de la esperanza es una cosa como muy antigua, como muy de postguerra, y de ese rasgo psicológico tan propio de nuestros abuelos no hemos logrado desprendernos ni siquiera a la cuarta o quinta generación. Seguimos esperando el milagro de los panes y los peces estival que nos permita afrontar el invierno, puesto que al españolito de a pie el invierno se le figura como siete años de frío glacial, guerras y Caminantes Blancos trepando por el Muro. Lo puto peor. La devaluación interior que pregonan hemos de implementar, desde Bruselas hasta Tarifa, para ponernos al nivel de los alemanes o los franceses, sólo es técnica (y económica) en los papeles. La verdadera batalla estará en el interior de cada uno de nosotros. En lo que consigamos reajustar nuestras pretensiones de marajá a la realidad de payés que nos espera, estará la clave del asunto.

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