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Espíritu de after

27 mar

Caímos bajo el influjo. El embrujo Ancelotti. Jugábamos bien, éramos felices. Habíamos descubierto eso tan remoto para el madridismo de infantería del control del partido y Modric jugaba montado en el caballo de Espartero. Las jornadas pasaban plácidas, las victorias se sucedían sin sangre. Sin dolor. Sin miedo. Ancelotti lo había logrado: la atmósfera previa a la grandeza, la antesala de la posteridad. El Madrid había transitado desde el perfil outsider al rol del líder carismático nimbado de invencibilidad, y todo con una tranquilidad inquietante. Como en las pelis de miedo, donde la vida de los protagonistas alcanza el cenit de la felicidad justo un segundo antes de que se desate el infierno. Así fue lo nuestro, también. En 4 días hemos caído de cabeza en el corazón de Carcosa, y ahora mismo estamos mirando de frente a los ojos de la Bestia. Aún queda por determinar si a los de la cara o al del culo que glosó Quevedo. Qué bonito, Quevedo. Qué bien nos vio. Cómo lo anticipó todo en ese librito de fascinante título, libro que nunca  verán en la biblioteca de Florentino Pérez ni de Fernando Fernández Tapias. Ni en la de Xabi Alonso. El Madrid perdió anoche en Sevilla y todavía estoy pensando en cómo sucedió. Qué proceso metafísico se desencadenó el domingo a las 6 de la tarde, cuando todavía éramos felices. Cuando aún soñábamos con llenar de ginebra el carro de la Cibeles y huir con los turbopropulsores al cielo infinito de los tripletes, las Décimas y las borracheras por venir. De hecho, todavía lo estoy reflexionando. A un palmo de sentenciar la Liga, el Madrid se ha despeñado por el acantilado de sus viejos fantasmas y ahora es tercero, a 2 puntos del mediocrissimo Barcelona del Tata y a 2 partidos, 2 ya, del Atlético de Madrid.

El fondo de los Biris recibió al Madrid con un tifo en el que se podía leer “nacidos para dominar Sevilla”. Hermosa demostración de provincianismo rampante. En ese momento pensé: es imposible que perdamos con estos paletos. La Sevilla balompédica es lo más cercano a Las Hurdes del siglo XIX. Ahí no ha llegado todavía la civilización, y el mundo exterior es una cosa abstracta y peligrosa de la que hablan los chamanes. Desconocen el sentido de la otredad, y su cosmovisión se circunscribe al perímetro exterior de la plaza del Triunfo. Cómo nos van a ganar estos gañanes, por los clavos de Cristo. Benzema avisó un par de veces y desde el minuto 5 el juego se desequilibró definitivamente hacia Modric. Alonso e Illarramendi acompañaban al croata, y desde la primera posesión resultó diáfano que Illarra ha dado un salto hacia adelante. Descolgado por el carril derecho, asumió responsabilidad y obligaciones. Asier se nos hizo mayor de repente. Si algo quedará para la Historia del partido de anoche será eso: en el Pizjuán, Illarra se sacó el carnet de conducir, se abrió una cuenta en el banco y comenzó a vacilarle a sus primeras novietas. Alonso, inscrito entre los centrales, jugó como si desde el domingo lo cubriese un manto gris, de plomo fundido. Cristiano Ronaldo marcó sobre el minuto 20 con un buen tiro libre que rebotó en un defensor, y parecía que el Madrid tenía el partido para ganarlo fácil. 0-3, algo así. Limpio, aseado. Pero fue precisamente la grieta abierta en torno a Xabi por la que se derramó el Sevilla y al Madrid se le apretó el nudo de la corbata.

El Madrid botó una jugada a balón parado en tres cuartos de cancha sevillista, y el rebote le cayó al 14. Tardó tanto en acomodársela, en levantar la cabeza y en ejecutar el pase, que para cuando abrió la JotDown ya tenía tres de blanco encima. Alonso perdió una pelota fantasmal, de esas que marcan el destino de los campeonatos: con todo el equipo en plena transición ofensiva, siendo él uno de los 3 que cerraba en el mediocampo. Entre Rakitic y Reyes llegaron hasta Diego López trenzando pases ante los ojos inyectados en miedo del madridismo universal. Vencido Marcelo y con los centrales en retroceso desesperado, alguien filtró un pase al desmarque de Bacca y este fulminó con cierta clase. El empate desmoronó la entereza madridista. Aunque recuperó el dominio de la autopista central, a Modric, Illarra y Bale le costaron 10 minutos largos empezar a percutir otra vez. Sin embargo, lo hicieron, y es ahí donde entró en juego la baraka. Si este Madrid casi nunca tuvo mentalitá vincente, también adoleció siempre de *eso* que hace que el balón entre cuando estás ahogándote en tu propio vómito y necesitas una colleja de Dios para salir con vida del momento. Cristiano sorteó con una parábola imposible la salida de Beto y el balón se quedó llorando entre el palo y la línea de gol. Bale se quedó solo ante el portero, otra vez, y se enrocó tanto sobre su pierna izquierda que acabó disparándose a sí mismo. Era kafkiano que el Madrid no fuese ganando al descanso.

Los primeros 15 minutos de la reanudación fueron como una manada de cuarentones borrachos rodeando a un par de veinteañeras solitarias en mitad de una discoteca, a las 6 de la mañana. El Madrid comenzó a defender con tres: Varane, Pepe y Alonso. Carvajal enlazaba la proa con la popa y Marcelo ya se fue a vivir al córner izquierdo del Sánchez Pizjuán. Pero el Madrid perdió claridad. Las paredes y las triangulaciones se hacían en un entorno demasiado hostil para los orfébres Benzema y Modric. Bale siempre intentaba romper con violencia y Ronaldo iba chocándose por las paredes como un sonámbulo. Mbami, Fazio y Coke repelían todos los balones frontales por tierra, mar y aire, y los visitantes iban consumiéndose en una bañera de desesperación y absenta. Ancelotti metió a Isco por Illarramendi, y aquí advertí un gesto muy inquietante: fue el primer ademán de hombre político de Carlo, hasta ahora más o menos acertado en sus decisiones pero siempre justo, honrado. Anoche dejó al peor jugador del Madrid sobre el terreno de juego, Alonso, y quitó al quizá más destacado, Illarramendi de Gotham, y para mí esto es peor que la derrota: anuncia turbulencias jerárquicas insalvables. Fue entrar Alarcón y el Sevilla encontrar de pronto una puerta abierta: Rakitic y Bacca se lanzaron sobre la salida de la discoteca como 2 tías que huyen despavoridas del outlet carnívoro del afterhour. El desmarque de ruptura del delantero colombiano lo estaban viendo desde la Estación Espacial Internacional, pero Marcelo tiró la diagonal de cobertura con la misma parsimonia con la que enfrentaría una ensalada de soja. El gol fue un navajazo. La pax ancelottiana con la que el Madrid construyó una identidad, un halo de majestuosidad, una manera de competir desapasionada y eficaz, ha saltado por los aires en 4 días. La herida no es demasiado honda todavía, en virtud de la lucha antropófaga que les espera a Barcelona y Atlético en la Copa de Europa, pero este Madrid necesita ahora un motivador que le de consignas y odio para recobrar la autoestima. Los viejos fantasmas asoman la cabeza de nuevo, haciendo frú-frú bajo las sábanas de los niños de Ancelotti, que han dejado de ser, de golpe, chulitos de instituto para volver a recibir hostias en el recreo. Como cuando estaban en el colegio.

Tengo un cruzado para usted

18 mar

En partidos así lo que pasa en el césped no le importa ni a los jugadores. Se notó en el Madrid: fue caer Jesé en la playa de Omaha que le montaron dos alemanes de padres balcánicos en un córner, al minuto 2, y apretársele el esfínter a todos. Congoja grupal. A Jesé lo atropelló Kolasinac, un boxeador bosnio metido a lateral izquierdo, y el golpe le giró al canario la rodilla hacia dentro. Al parecer, se ha roto el ligamento cruzado de su rodilla derecha, una lesión dramática para cualquier futbolista en cualquier momento de su carrera, pero más para quien está despegando en el Madrid con 21 años a la manera de un cazabombarderos Harrier. Bale saltó al campo casi sin calentar, pero no le hizo falta. El dragón galés se dedicó durante los 85 minutos en los que correteó por el Bernabéu a inmortalizar aquella portada de Marca en la que se anunciaba urbi et orbe que el chico estaba herniado. Esa tapa nació con el don de la posteridad: pasarán los años y la mofa se irá pasando de padres a hijos y de hijos a nietos. Mira, niño. Herniaman. Qué linces. Su partido fue pletórico, de fuegos artificiales. Ofrendó los tres goles de su equipo en un sacrificio ritual. Los alemanes, rebeldes ante su destino tan sólo la media hora final de la primera parte, volvieron a ser corderos llevados del ronzal a la inmolación. El 9-2 del agregado quedará como un oprobio permanente a la germanidad del Schalke, club que no descarto sea repudiado de la Bundesliga por permitir tal violación por parte del Madrid, que siempre fue el monigote con el que Alemania desfogaba la pulsión racial de los nibelungos para con los bajitos y roñosos latinos del sur.

La baja de Jesé para lo que resta de temporada abre una puerta nueva tras la que se esconden peligros inciertos y druidas acechando en las tinieblas. La irrupción de Big Flow, su meteórica emergencia, amplificaba los bafles de la plantilla: liberaba a Di María para que ejerciera las tareas de gendarmería del ausente Khedira y expandía la potencia de fuego del Madrid tanto por los costados como en la punta. Han sido tres meses de excelente alternancia con Bale, Ronaldo y Benzema. Jesé ha sido algo así como un as de copas, un comodín superior, una nueva ola de refresco para los velociraptors. Sin él, y sin Khedira ni Arbeloa hasta mayo, Ancelotti se halla de pronto huérfano de esa dimensión multidisciplinar de su Madrid. Habrá que apañárselas con lo que hay. Alonso, Ronaldo y Ramos fueron los tres únicos de los incuestionables que iniciaron el trámite. Varane acompañó a Ramos, Nacho regresó a su antigua patria del lateral derecho, y Coentrao se reencontró con el pasillo izquierdo donde tanto tabaco le costó superar las noches sin dormir que le dio el antimourinhismo militante. Illarramendi y Alarcón se dedicaron a postear como dos pívots bajo un aro de baloncesto en torno a Xabi, y Morata corrió de aquí para allá como suele hacer: con ímpetu de keniata. Falló un par de goles bíblicos, de esos que te ahogan para siempre en el océano del olvido madridista. Tras rematar con la tibia un pase taurino de Bale que lo dejaba en solitud frente a la boca del gol, cierto sector del estadio comenzó a pitarle. El Bernabéu es un campo que tal como te saca en procesión, te mete fuego, y parece que el calendario de Morata ya está deshojando el 14 de abril del 31. Lo que es de una inmoralidad manifiesta es lo de Piperland: algún día alguien debería escribir un opúsculo desenmascarando a esta gente indecente cuya alma bovina encumbra lo primero que se le señala desde una portada con rotulador fluorescente, para luego colgarlo en la plaza mayor de la opinión pública sin el menor rubor, acogiéndose a lo sagrado de unos supuestos valores ancestrales.

Un jugador, sin duda héroe alemán desconocido, empató al filo del descanso el gol inicial de Ronaldo. Tuvo el Schalke unos instantes de caótico dominio en los que pudieron meter otro, llevados a lomos de su gran afición. Recorrerte Europa tras perder 1-6 en casa y animar con denuedo durante todo el día tiene un mérito sideral. En el Bernabéu, alicaído por la tragedia de Jesé y con el alboroto faldicorto de los días sin historia, sólo se les oía a ellos. Lo vivieron como si estuvieran en Port Aventura, lo cual no dista mucho de la realidad, dado el carácter cada vez más museístico de un estadio que casi es ya indistinguible de un parque temático. El Madrid, en la segunda parte, decidió resolver la cuestión por la vía del encajonamiento, atávica tradición de Chamartín. A Isco le salieron unos cuantos requiebros y la gente se encendió, pero a mí me irritó bastante su partido. Es demasiado bueno para jugar así, como a cámara lenta, perfilando tanto cada movimiento que sólo le falta anunciar su siguiente pase por megafonía. Una cabalgata valquiria de Cristiano convirtió el 2-1, y casi sin respirar Bale le sirvió a Morata el 3-1. Marcó el muchacho y todos sonreímos. En su nerviosismo agónico se adivinan tardes grises de fútbol industrial en Getafe, pero no deja de ser uno de los nuestros. Quizá su rol se acerque más al del Fernando Torres crepuscular que aprovecha su explosividad en el arranque de las jugadas, y su zancada poderosa, para enrolarse en ambas bandas y hacer como de interior afilado, más que de 9. Quién lo sabe. Lo cierto es que carece de confianza y ahí Ancelotti tiene trabajo, porque el Madrid encara ya las cumbres borrascosas desde una posición inmejorable pero habiendo perdido una de las bombonas de óxigeno de repuesto, que se ha quedado en el ligamento cruzado de Big Flow Jesé.

Estructuras anfibias

2 mar

Hasta que llegó Simeone, el Madrid visitaba el Calderón como una excursión de alemanes a la que llevan a los suburbios en un autobús descapotable, de esos panorámicos, para que vean cómo es la España que no sale en los folletos que les vendió su turoperador. Después del Cholo, entra como un regimiento de rangers americanos en el centro de Faluya: con blindaje hasta en el cielo de la boca. La eliminatoria de Copa que hace un mes ganó con comodidad el Real al Atlético dejó secuelas: emocionales y tácticas. Diego Costa saltó hoy al campo con una factura larguísima en el bolsillo, dispuesto a cobrársela al contado a Pepe, Ramos y Arbeloa. Con esa sonrisa asesina que debe ser la misma que pone un sicario albanokosovar antes de ejecutar un encargo. Simeone también tenía otra muesca: el centro del campo. El argentino es un tío muy listo al que se la puedes dar una vez, pero a la siguiente estará esperándote con la navaja extensible escondida en el puño de la camisa. El Madrid de Ancelotti es, como si dijéramos, un organismo compuesto por diferentes entidades autónomas. No es, por ejemplo, como el equipo de su antecesor, Mourinho, ni como el del mismo Simeone, quienes se caracterizan por construir ejércitos de piedra con un sólo espíritu y un único panel de mandos: ellos mismos, el banquillo. En cambio, Ancelotti traslada el poder ejecutivo al césped. Ellos juegan, ellos deciden, yo sólo dispongo. Esto, como todo, tiene sus ventajas y sus inconvenientes: la estructura homogénea gana y se derrumba como una torre compacta, y el federalismo asimétrico de la gente como Carlo -o Del Bosque- desagua un buen trabajo colectivo por una única cañería defectuosa o, al revés, es capaz de conquistar algunas metas volantes gracias a la virtud de una de sus partes. Algo así ocurrió hoy en el Calderón, visto el partido como un diagrama geopolítico de los que resuelven los analistas de la CIA.

El Atlético de Madrid salió de toriles embistiendo con la furia de todos los parias del Universo juntos a la vez, puestos en pie, odiando fuerte. Pero a los 3 minutos el Madrid consiguió un córner. Modric la sacó en corto, Di María caracoleó sobre la cornisa del área rival, y con la retaguardia atlética haciendo el fuera de juego metió un balón diagonal que Benzema, escondido en el desván de Courtois, enganchó a gol con facilidad. El 0-1, totalmente legal a pesar de que el Realizador del Plus (en mayúsculas, por supuesto. La máxima autoridad en materia de propaganda y manipulación visual de España merece todos mis respetos) se empeñase en suscitar la ira de los bares de esa España fea, hortera y que huele a ajo, que es la antimadridista. El gol no alteró el guión: Ancelotti plantó en los laterales a sus guardias jurado, Arbeloa y Coentrao, esperando un calco de la ida de Copa en el Bernabéu. No se equivocó. Simeone recuperó a Luis Filipe y a Juanfran, la llave maestra de su plan de choque: adelantada la línea de 4 rojiblanca, Luka Alonso, el binomio medular madridista, quedaba ahogado por un tsunami termodinámico. Koke, Turan, Gabi, Raúl García y los laterales empujando, oprimieron la línea de flotación de Ancelotti hasta hundir el barco en mitad del Manzanares. Aun con el resultado a favor, ni Modric ni Alonso imantaron la pelota lo suficiente como para hilvanar la tela con la que terminan atrapando los partidos. Diego Costa pivotó entre Pepe y Ramos con la esperada agresividad patibularia, y esta vez el duelo cayó de su lado. Supo desquiciar a dos defensas que llevan desde Navidad jugando con el bozal puesto. Lo hizo fácil, sencillo, directo. A Pepe empezaron a ponérsele los ojos en blanco, y Ramos se vio a sí mismo con demasiada responsabilidad.

Modric debió asustarse al recordarle todo aquello el fuego de mortero serbio sobre su vieja casa de Zadar, y simplemente desapareció. Con él, el Madrid. Di María, gendarme plenipotenciario cuando Xabi y Luka dictaminan sobre lo permitido y lo conveniente en los partidos, fue la salida natural de los centrales cuando, agobiados por la presión atlética sobre la primera jugada madridista, pedían auxilio con el balón. Desactivados 2 de los 3 ejes naturales del Madrid, Simeone subió los decibelios hasta que al Real le estalló el iPod en los oídos: Koke recibió un pase filtrado de Arda en una solitud desacostumbrada, extraña, inesperada, a 2 metros de Superlópez y absolutamente libre de marca. Su trallazo fue como un flechazo sioux en el costado madridista. A partir de ahí todo fue una sucesión de golpes, caídas, contragolpes furibundos del Atlético y desorientación de los visitantes: la Mara del Cholo había encerrado al Madrid en un callejón sin salida, rompió las farolas y se aplicó con ansiedad eléctrica en el navajeo en corto. Bale, Benzema y Cristiano flotaban por los tres cuartos de cancha local como la isla esa que está naciendo delante de El Hierro: un volcán que rugía sin entrar en erupción. Karim conectó un latigazo en tres dimensiones de una pelota que Di María mandó a la frontal atlética como se le tira un chaleco salvavidas a un náufrago que está a la deriva. Los velociraptors orbitaban sobre la alfombra de Courtois como si fueran chatarra espacial girando alrededor de la Tierra: era un sitio que estaba lejísimos de donde se estaban matando a tiros y puñaladas. Y eso fue el 2-1, una puñalada: al 45 de juego, Gabi avanzó sin oposición alguna hasta que le zumbó al balón con la violencia del desheredado por la vida y por el fúbol, y por la fama. Llamarte Gabi y ser capitán del Atlético es como que por Reyes te regalen un puzzle, y tú te tienes que joder, conformándote sin el Action Man. Pues Gabi marcó un golazo que a Diego López se le escurrió entre las yemas de los dedos: la irregularidad en la portería afecta más a quien no tiene el Gramma de su parte. Superlópez es un héroe de la calle, pero no tiene baraka. Desde el rejonazo de Gabi, mostró cierta inseguridad que la combustibilidad del ambiente no ayudará a mejorar esta semana. Vienen tiempos duros para los outsiders.

En la segunda parte, el Madrid se libró del 4-1 hacia el que el Destino y el contexto volcaban el partido. Diego Costa siguió hiriendo la espalda de los centrales con esquizofrénica tenacidad hasta que los cambios de Ancelotti redujeron al Atlético a la condición del oso cansado que tira zarpazos al aire mientras los pitbulls les roen las entrañas. Una y otra vez, yendo y viniendo, como un hormiguero enfurecido. Carletto sacó sus pitbulls: Carvajal, Marcelo y Alarcón, e introdujo el partido en una espiral de caos controlado que terminó inevitablemente con Simeone pidiendo la hora. Con los laterales amables, Modric ganó superioridad en el centro del campo; Xabi instaló el campamento entre los centrales, y el carril derecho encontró, de pronto, la profundidad ausente con Arbeloa, que dejaba a Bale huérfano de espacio y velocidad. Ronaldo, maniatado los 70 minutos anteriores, empezó a agitarse por la media luna atlética. El Madrid superó entonces al Atlético desde donde había estado perdiendo el partido hasta el momento: las dualidades autónomas Peperamos, Luka Alonso y Benzema-Ronaldo activaron su núcleo de fisión y Simeone, entonces, gestionó muy mal los cambios: sólo agotó uno, y el cuerpo marmóreo de su Atlético se disolvió sin que nadie más que las cabalgadas fantasmales de Costa se atreviesen a cuestionar el nuevo orden del partido. Tras varios avisos, Carvajal holló por fin la línea de fondo virgen con bota de conquistador, centró atrás y Cristiano selló un empate que pudo ser victoria si Ancelotti y Zidane no hubieran sido educados tácticamente por Sacchi, Capello y Lippi. El Madrid salvó un punto cuyo valor estratégico es incalculable. Con la visita de la Agencia Tributaria a Chamartín en el horizonte y la regularidad metafísica que ha adquirido este equipo en la cara B de la Liga, Ancelotti negocia victorias parciales y cesiones calculadas. Este punto, y el goal-average, es una de ellas. Bien está.

Riot propaganda

12 feb

Media entrada en el Calderón y 0-2 en el minuto 15 de partido. Así, en frío, corta la digestión. Eso fue lo que le pasó al Atlético, que ya venía indispuesto desde la caseta: Simeone puso a Miranda en el centro de la defensa y lo rodeó de un pintor, un fontanero y un escayolista. Se preveía arreón inicial en los minutos de tanteo, o al menos alguna que otra cornada de amor propio. Algo, en definitiva, que darle a los plumillas con que empezar la crónica. Pero cuando no hay juego, la brocha se vuelve muy fina, por inercia. Y uno se ve abocado al impresionismo. Eso es lo que me quedó cuando Cristiano Ronaldo puso a Aranzubía frente al pelotón de fusilamiento por segunda vez en un rato. La eliminatoria estaba resuelta, 5-0, y empecé a oler mecha ardiendo detrás del banquillo local: un Atlético de cóctel incendiario y capucha que convirtió el resto de la primera parte en una bronca desacompasada, permanente, molesta y zafia. Tanto como Raúl García, que es un futbolista áspero y malencarado, como salido de una película de Almodóvar. El árbitro señaló dos penaltis en apenas cinco minutos. Fueron tan diáfanos que al Atlético no le quedó ni el consuelo de quejarse. Dos torpezas de sus laterales, Manquillo e Insúa, que atropellaron a Ronaldo y Bale sin poder huir de la escena del crimen. Ahí terminó la semifinal.

Después, el Madrid pudo aniquilar la decaída moral del vecino pero lo dejó pasar, con suficiencia. La noche no daba para mucho más. El equipo de Ancelotti se dedicó a dominar el partido con un rondo sin contemplaciones. De Modric a Ramos, de éste a Varane, de Arbeloa a Xabi, pase al otro lado para Carvajal y vuelta a empezar con Modric. La sumisión del Atlético, hasta la semana pasada un golem temible, era absoluta. Por un instante creí estar viendo al Barcelona de Guardiola: la defensa con balón que hizo el Madrid anoche en el Calderón fue a ráfagas puro tikinaccio. Economizar el gasto energético manteniendo la posesión no por inercia sociocultural, sino por la sencilla razón de que en el campo tienes a gente que puede hacerlo. Con Varane, Ramos, Carvajal, Modric, Illarra y Alonso, Ancelotti parecía ayer un españolito de infantería dándole vueltas al contador de la luz, buscando el gasto cero. El rival, sin el faro de Arda ni la referencia de ningún punta -jugó Adrián, o eso dice la ficha técnica- se dedicó a perseguir sombras blancas: parecía el patio de un colegio, todos detrás de una pelota a la que llegaban siempre cuando los madridistas se daban la vuelta. Don Carlo probó a Isco Alarcón donde Benzema, y permutó su posición con Bale y Cristiano durante todo el partido, lo que derivó en la ausencia efectiva de una referencia clara en la delantera, huérfana de Benzema. Sirvió, no obstante, como propósito a los planes del Madrid, que dejó que su frente de ataque agitase la dubitativa salida del balón local abriendo y cerrando muchas puertas a lo largo del pasillo central del Atlético.

El cambio de ubicación benefición a Isco. Liberado de toda responsabilidad defensiva -más allá del tibio pressing de la primera línea ofensiva- el malagueño destacó en el centro de la pista de baile, donde le gusta a las divas. Alarcón lo es. Necesita que tanto el rival como el espectador lo enfoquen. Necesita luces y taquígrafos, y que al terminar, su marcador le pida la camiseta. Ayer estaba cómodo y se notó desde que terminó su pared con Bale, en el segundo penalty, de un taconazo flamenco. Atrajo las estacas atléticas y habilitó espacios para los dos velociraptors, que no aprovecharon más el hueco abierto entre Arroyo de la Miel y la Puerta de Toledo porque llovía, hacía frío y el rival pedía perdón desde el calentamiento. Isco fue lo más notable de la noche en lo balompédico: el Madrid jamás permitió que Simeone entrase en la eliminatoria. El ejercicio competitivo del Real me dejó en el paladar el sabor de un equipo maduro capaz de entender la compleja ecuación entre necesidades, posibilidades y prioridades, eso que otros años pareció a veces jeroglífico. Ahí se pierden imperios, y también se ganan. Con esta eliminatoria, el Madrid se ha ganado a sí mismo, dando con ello un golpe de Estado cuyo impacto emocional en su vecino sioux se verá en el próximo derby: ambos equipos habrán de verse en el mismo escenario pero con la Liga en juego y Shalke y Milan mirando desde la barrera.

Al filo del descanso Cristiano y Manquillo saltaron a por el mismo balón. La diferencia entre las masas musculares de ambos, y la velocidad con la que encararon el brinco, quedó retratada en la demoledora caída del jugador atlético, quien se contorsionó en el aire y cayó mal, rematadamente mal. Tanto que pudo haberse roto el cuello. Por fortuna, quedó en un susto, y en un esguince cervical milagroso: la imagen del pobre lateral rojiblanco sobre el césped fue terrible, sobrecogedora. Alguien, en la grada, encontró el pretexto perfecto para desahogar la frustración acumulada durante una semana de pavorosa reducción de la autoestima atlética: lanzó con excelsa puntería un mechero que se reventó en el parietal de Cristiano Ronaldo. La secuencia no deja lugar a dudas: ahora queda el paripé de los comités, tan prolijos en España como las setas, o como los estatutos de autonomía y los centros de interpretación. Cuando el sol se apague y sobre la faz de la tierra sólo queden Viggo Mortensen, su hijo y unos cuantos caníbales, el Camp Nou seguirá sin cumplir la sanción por lo del cochinillo, así que no esperen ver el Calderón cerrado por esto. La fogosidad arrabalera de la tribuna se contagió al césped, donde Raúl García, el capitán atlético, se empeñó en salir en una foto con Xabi Alonso. Este jugador, al que David Beckham inmortalizó con aquel célebre ¿tú quién eres? Eres muy feo, es el vivo retrato de una España cañí, fea y grasienta, para la que gente como Ronaldo, Xabi o Becks son purititos casus belli: esculturas a tamaño natural de lo que no serán en toda su vida.

Metas volantes

13 ene

El Madrid llegó a Cornellá sabiendo ya que Atlético y Barcelona le habían concedido, de nuevo, un baile. La Liga 2013/2014 es una larguísima mano de póker, como esas partidas clandestinas de Los Soprano donde se tiraban toda una noche apostando miles de dólares. Fumando y bebiendo hasta que se hacía de día y uno se iba a casa, forrado, otro se quedaba a dormir la mona en el sofá y el tercero en discordia iba buscando un buen árbol donde colgarse, arruinado. Así es un poco este campeonato tras la marcha de Guardiola y Mourinho: la pelea de los dos titanes ha dejado paso a un pulso ambiguo, desapasionado y a ratos semejante a una etapa de montaña en el Tour de Francia. Rojiblancos y azulgranas, por primera vez desde 1996, esprintaron en las primeras metas volantes, formando una tête de la course a la que se fue enganchando lentamente el equipo de Ancelotti, haciendo el acordeón un par de veces. Pero coronando la primera vuelta, la Liga transita por un repecho del Tourmalet y el Madrid ya asoma en los retrovisores de los dos líderes, gracias al empate a miedo del Calderón. Con la presión de sumar 3+2 saltó el Madrid al coquetísimo estadio del Español, y la coyuntura, lejos de agigantar a los muchachos ayer de naranja, los amilanó. Los primeros 15 minutos del partido ofrecieron al madridista retazos de tragicomedias antiguas: once jugadores moviéndose entre la displicencia y el caos esquizoide, y un rival mordiéndoles los talones. Los locales, con una presión altísima sobre Modric y Alonso, empujaron al Madrid contra el fondo de Diego López, y cruzaron algunos balones émulos de otros que acabaron en estrépito y cuerpos mutilados en Dortmund o Pamplona, más recientemente. Por suerte, John Córdoba no es Lewandowski, y los primeros tiroteos en torno a López no exigieron la intervención de los antidisturbios. El Madrid se fue asentando en el partido a medida que Modric fue liberándose del marcaje al hombre que Aguirre había dispuesto sobre él en los minutos de fogueo. La imprecisión del Madrid se tornó paciente labor de costura desde que Marcelo abandonó el fuerte por su banda, aventurándose por donde disfruta: la puerta trasera de los rivales. Un magnífico centro suyo lo golpeó Benzema travestido de Van Basten, y el balón, aunque se fue dos metros más allá del poste de Casilla, sirvió de aviso a los locales: ya estamos aquí.

Ancelotti, que le tiene una fe ilimitada a Di María, eligió al argentino como acompañante de Modric y Alonso en la medular: la idea parecía atrevida, pero resultó eficaz. El Fideo jugó su partido más serio del año, precisamente cuando se ciñó al rol de interior y tercer hombre en la cabina de mandos. Su buen trabajo en la cobertura por la izquierda dio carta blanca a Marcelo, y Benzema sonrió feliz: por fin tenía alguien con quien jugar. De un ejercicio de plasticidad exuberante del esteta francés nació la jugada más peligrosa de la primera parte. Karino controló un balón en dos dimensiones y sin dejar que tocase el suelo, lo convirtió en HD, mandándoselo al punto de penalty, con lacito y gafas 3D, a Cristiano. Ronaldo punteó el césped, y ahí todos supimos que sigue frente a las murallas de Troya, llamando a voces a Héctor. Con el Madrid patrullando Cornellá a su antojo, Modric batiendo líneas y Bale junto a Ronaldo arañando cristales sin demasiado acierto, el Español se limitó a replegarse con criterio en torno a Casilla y sus centrales. Es aguerrido este equipo de Aguirre, aclamado como un caudillo por su grada. Por delante, John Córdoba, que tiene nombre de pandillero de The Shield, retaba a Ramos en lo puramente halterofílico, sin saber que en el cuerpo a cuerpo el sevillano es casi imbatible: para ganarle hay que usar la cabeza y acudir a la gambeta y el quiebro. No obstante, estuvo sobrio el capitán del Madrid, por fin centrado. Junto a Pepe, dominaron sin problemas el alboroto esporádico que lograba levantar el Español alrededor de la frontal visitante. Rememorando los buenos viejos tiempos, Ramos-Pepe, Pepe-Ramos, jugaron mejor cuando la lucha se centró en lo físico. Adelantaron dos pasos la presión, con lo que el equipo dejó de partirse tanto por el medio como en los partidos precedentes, y la ayuda de Di María resultó clave para que ni Alonso ni Lukita acabaran el partido pidiendo un gotero. A pesar de todo, el Madrid no pudo cristalizar su buena media hora con un gol: tal era la inconsistencia del frente de ataque a la hora de entrar a matar. Marcado por la opacidad de Ronaldo y la intrascendencia de Bale, el Strike Team madridista deambuló errático sobre la media luna españolista, pendientes sólo de la clarividencia de Benzema, el mejor junto a Modric, y los locales llegaron al descanso con la sensación de no haber sido forzados de manera suficiente por un rival que se preguntaba, como Hamlet, si ser o no ser en esta Liga. El Español, que es la Barcelona más rebelde y suburbana, la contestataria que vive en los márgenes enfangados del discurso catalán, saltó en la segunda parte decidido a resistir. Ese es, concluí, el rasgo diferencial de este club: resistencia. Olvidados por el establishment desde que llegó la democracia, o incluso antes, el Español se construye a la deriva, con un carácter radicalmente adversativo. En una ciudad domeñada por un club que se autodenomina ejército desarmado de un movimiento ideológico-político-sociocultural que lleva arrastrando Cataluña a un abismo oscuro desde hace décadas, el Español resulta molesto. Sospechoso desde su mismo nombre. La cámara enfocó una estelada colgando de una tribuna, y pareció por un instante que incluso en la aldea de Astérix se había inoculado el virus de la esquizofrenia colectiva que azota Cataluña. Falsa alarma: el equipo de Aguirre se limitaba a golpear al Madrid sin patriotismo, por pura supervivencia competitiva.

Avanzaba la segunda parte y el Madrid se volvía impreciso, precipitado y absurdo. El dominio tranquilo de la primera parte dejó paso a un caótico vodevil que amenazaba con un descarrilamiento en alguno de los balones en largo a la carrera de los delanteros locales, que atacaban con sangre en los ojos el espacio a la espalda de Marcelo y Carvajal. Sin embargo, fue entonces cuando llegó el gol del Madrid: Modric botó una falta al corazón del área de Casilla y Pepe saltó poderosísimo al cabezazo picado. Es curioso cómo Kepler comenzó a dejarse el pelo largo justo tras cometer la felonía contra un Mourinho que era ya moro muerto en el Madrid. Desde entonces parece que, en un fenómeno inverso al de Sansón, ha ido perdiendo masa corporal y por ende, fiereza, conforme la calva de guerrillero dejaba paso a una melena de hippie ibicenco. Pepe ya no asusta y hasta su mirada parece la de un rockstar amaestrado después de pasar un año en un centro de rehabilitación. Pero conserva una versión reducida de sí mismo que le permite sernos útil todavía, como Pussy Bonpensiero sirvió a Tony Soprano mientras podía ayudarle a resolver viejas cuentas pendientes. No obstante, antes de mandar a Laverán a dormir con los peces -quizá en Manchester con Pellegrini, quién sabe- Ancelotti tiene por gestionar algunas deficiencias en su equipo: aún con Di María rindiendo en el interior, la ausencia de Khedira lleva desangrando al equipo desde noviembre, justo cuando la última fecha FIFA gripó el motor de un bloque que ascendía a velocidad de crucero desde la derrota del Camp Nou. El partido acabó con el Español trepando por la pared del Madrid y Ronaldo abrumando al mundo con su propia desesperación: continúa persiguiendo su sombra con los ojos enrojecidos de cólera paranoide, y hasta que no destroce con un hat-trick al próximo infeliz que se le ponga delante, seguirá atascado en sus arenas movedizas. Ancelotti agotó sólo un cambio hasta el rush final y ahondó en la impresión de que su dirección de campo es laxa y previsible, más de corte pellegriniano que mourinhista. Pero qué creían, estábamos acostumbrados a Mick Jagger, y Carlo emite en una longitud de onda más mediterránea. El Madrid termina la primera vuelta a un partido de la cabeza de la Liga, y lo que es más importante: dependiendo de sí mismo para ganarla. 2014 aún no ha violado las redes ni de López ni de Casillas, lo que en sí mismo constituye un hito histórico, y más en una temporada irregular en la que la defensa, huérfana de Varane y con dos centrales en rebajas, asemejaba una verbena de pueblo español a las 4 de la mañana.

Illarra

14 jul

El Madrid ha hecho oficial el fichaje de Asier Illarramendi, con el que parece se inaugura una interesante dinastía de mediocentros guipuzcoanos que amenaza con colonizar Vasconia mediante la conquista silenciosa: mocosos de cinco años que nacen al fútbol pidiendo a sus aítas euskaldunes la camiseta del Madrí con el 14 y el 24. Illarramendi suena a brigadier carlista. Siempre soñé con que el Real jugase con un centrocampista apellidado Zumalacárregui, como el general. Illarra es lo más cerca que voy a estar de aquella fantasía fetichista. A mí me da mucho por los nombres, es una rareza que tengo. Por eso este fichaje cumple con el perfil patronímico que le exijo cada año a la plantilla madridista. Rubio, peinado corto, pendientes oscuros, nombre barojiano, a Illarra lo mismo lo podríamos ver de blanco en el Bernabéu que con una sudadera negra y unos vaqueros rotos quemando un autobús en Fuenterrabía. El aire borroka puede venir maravillosamente bien a este grupo carente de toda competitividad sucia, sí, esa que hace ganar Clásicos a navajazos y pasar eliminatorias turbias revirtiendo ambientes hostiles, arbitrajes malayos e inferioridades propias. No he visto jugar más de un partido a Asier Illarramendi, pero todo los intangibles los tiene de su parte, aunque en la presentación decidiera convertir la Castellana en la plazoleta de su pueblo y sus amigos tuviesen las bolsas del Dia con la cocacola, la ginebra y los vasos de plástico escondidos detrás de los asientos de la grada lateral oeste. Y el Madrí se lo permitiera. Aunque esto último me sorprende menos: cada vez tengo la tentación de quitarle la i latina acentuada al nombre del equipo de mis desamores, repaso el vídeo de la presentación juventina de Llorente, y se me pasa.

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