Agitprop: furibunda reacción contra el vacío

29 Ene

Hay muchos, muchos más de lo que parece. No están organizados, por que ni siquiera son conscientes de lo que son. No son nada. Tampoco son nadie. Son el producto de un tiempo que los devora, olvida y necesita al mismo tiempo, pero eso ellos no lo saben. Sólo lo intuyen. Son los hijos de una postmodernidad que en su agonía ha acabado con todo. Ellos son los desheredados, los parias de un Occidente descreído, opulento y podrido. Pero eso ellos, la mayoría, tampoco lo saben. No tienen conciencia de clase, pues ya no hay clases, sino castas. El dinero no es el problema. Ellos lo tienen todo. Lo tenemos todo. Enormes pantallas de plasma de cuarenta pulgadas donde jugamos con videoconsolas de última generación recién salidas de los altos hornos de la ingeniería tecnológica japonesa. Ropa de las más lujosas marcas adornan sus atestados armarios. Tienen estudios, muchos. Otros no, pero por que no quisieron, ya que nadie les obligó a renunciar a ellos. Pero les falta todo. Se la robaron, o simplemente, nacieron sin ella. Hay un mundo al que nunca podrán acceder. Hay castas, todavía, o de nuevo, por mejor decir. Hay sitios a los que no pueden acceder. Y sienten una rabia que carcome sus espíritus, aumentada por la confusión de no saber explicarse qué es lo que están haciendo. Son los hijos de la nada. Son los deshauciados. Sin duda, ellos matarían por un abrazo. Por una palabra de amor. Por un gesto de consuelo. Por una caricia. Por un beso. Nada de eso tienen. Sienten una locura naciendo dentro de sus almas, pero no saben darle forma. Pueden vislumbrarla en la oscuridad de sus espíritus sedientos, pero no saben cómo alcanzarla. Quizá no puedan, y eso explota su furia. Furibunda reacción contra el vacío. Son muchos más de los que la gente cree. Están ahí, son como todo el mundo. Gente normal. Sólo hay que fijarse en su mirada para reconocerlos. Ése es su único distintivo. Su único símbolo. Mirada vacía que se pierden en el fondo de una botella intentando encontrar un porqué que no existe. No se agrupan bajo ninguna bandera, ni alrededor de ninguna ideología. Los verás apiñados de noche, en las plazas, en las calles, en los parques, bajo un cartel luminoso que pone Desencanto. Los verás agarrarse a la botella como quien se agarra al clavo ardiendo de la anestesia general a los dolores. Ellos no lo saben, pero algo late en sus corazonces solitarios. Es odio. Es violencia. Sueño con el día en el que todos esos parias con los que nunca nadie cuenta, y a los que nadie toma en serio, se reúnan, como lobos hambrientos, en un mismo punto. Y desde allí lancen contra el viejo y ruinoso mundo la última gran andanada. Violencia. Fuego purificador. Que ardan todos en las llamas de la justicia. Ellos no lo saben, pero deberán traer el mismísimo infierno a la faz de la tierra, por que esa será la única forma de ser libres. Romper con todo. Romperlo todo. Descargar la ira, la ira del Dios que no existe, sobre esa casta dominadora, hegemónica. Machacar con furia desmedida y desbocada a esos que ríen enseñando el colmillo, a esos que impunemente creen estar a salvo de todo. A todos los que creen ser dueños de la verdad absoluta. Pasar por la pira destructora a todos esos hipócritas, fariseos, aduladores de vanidades vacías. Destruir a los que creen estar en la cima de un mundo al que ellos, los desheredados, tendrán que reventar para limpiarlo de un pecado que ya ni siquiera es original, sino secular, eterno. Acabar con todo, rebelarse contra la nada, despojarles de sus vestiduras ampulosas y arrastrarlos por el fango de la exterminación. El dinero no es el problema. Lo material no es el problema. Lo tenemos todo. Hogares dotados de todas las comodidades. Tiempo, ocio, seguridad. Futuro. Pero, sin embargo, no tenemos nada. Al menos, ellos, no lo tienen. Los otros sí. Ésos sí que lo tienen todo, de verdad. O eso creen. Lo que no tienen es escrúpulos, ni ética, ni moralidad. Ni códigos, ni valores. Y como lobos, como lobos hambrientos, se agruparán en la colina del Licabeto en la noche clara, cuando la luna llena ilumine el cielo de Atenas, y aullarán melodías de sangre y fuego, antes de lanzarse, colina abajo, a llevar la muerte y la destrucción a la vieja y apolillada metrópoli, asaltando las casas de los patricios, degollando a sus hijos, violando a sus mujeres, quemando sus caballos.

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