Detritus

29 Feb

Con el transcurrir de los años vas aprendiendo cosas. Algunas buenas, otras malas, y la mayoría, necesarias. Útiles para el peregrinar constante hacia la nada que es esta vida perra. Es importante aprender, de todo y de todos, por que si no, cada experiencia vital corre el riesgo de quedar vacía. Es decir, si no sacas nada en claro de tus tropiezos, es que te has estrellado en vano. Y eso es muy peligroso, amén de estúpido.

El caso es que una de las cosas que a mis 23 octubres he aprendido, es que tienes que tomar partido. Prácticamente, en cualquier cuestión, circunstancia, coyuntura o dilema. Por simple y absurda que parezca. Es un hecho irrefutable que el no tomar partido por nada aburre, y la gente (los que tienen dos dedos de frente, claro) desprecia al ambivalente. Al que está entre las dos orillas. Al buenista que quiere quedar bien con todos, y no mojarse. Detrás de esta suspicacia hacia el maricomplejines se esconde la desconfianza antropológica hacia el avieso que oculta sus intenciones con algún inquietante fin. Y eso, como digo, no gusta.

Pero en ocasiones, la equidistancia también es una forma de postularse. Estoy convencido de ello. El ser humano tiene una aberrante tendencia al maniqueísmo, y reduce cualquier conflicto a un blanco y negro esquizofrénico. No es este un mundo para los grises. Y qué duda cabe que a veces la polarización es necesaria. Me refiero a que en algunas cuestiones de índole ética, moral, y también en otras más triviales, es justo y apropiado coger una espada y trazar en el suelo una línea que divida lo bueno de lo malo, para que todo quede mucho más claro. Pero son contadas esas ocasiones. Lo normal es el matiz, y resulta atorrante la propia necesidad de enfrentar siempre, bajo cualquier circunstancia, al individuo con la obligación de elegir un bando. Como si todo hubiese que convertirlo en una lucha. ¿No les parece que sobrevivir cada día ya es una tremenda lucha continua, interminable?

No tomar partido ya es hacerlo. Me gusta decir no, esperad, no me metáis en esta mierda. No uséis mi palabra, no hagáis esto en mi nombre. Yo no tengo nada que ver. El hastío es mayor y corre el riesgo de convertirse en spleen. Es tedioso, porque en la disputa cualquier argumento es susceptible de ser malversado, corrompido por la espuria intención de arrojarlo al contrario, cual bomba de racimo. En cuanto uno comete el yerro de entrar en un a priori debate tranquilo y serio sobre el tema más elemental, es asaltado por esto que digo. Que no es personalizable en algo o en alguien, sino que más bien consiste en un fenómeno global que afecta a todas las esferas no ya de lo público, sino de lo privado.

No estoy a salvo de este maniqueísmo, por supuesto. No soy perfecto. No existe eso que llaman perfección, es una quimera irrealizable desde el mismo instante de nuestra concepción. Trato sin demasiado éxito de limitar esa imperfección inherente a la condición humana, e incurro, casi a diario, en esto que analizo como el que fisgonea en el detritus de sus semejantes. Pero soy consciente de ello y me saco a mí mismo el stop and go antes de seguir, sea cual sea mi destino. Podría enlazar este fenómeno con esa llamada “tercera España” que siempre fue arrasada a lo largo de la Historia de este país por las mitades hechas tsunami que arramblaron con cualquier intento de raciocinio en nuestras históricas y dramáticas coyunturas. Es atemporal el sentimiento de desazón, incomprensión y hartazgo del español lúcido desbordado por una realidad desquiciante que lo engulle, como a un barco indefenso en medio de la tormenta perfecta.

Pero esa es otra historia, demasiado larga y demasiado triste, que no sé si algún día me atreveré a contar

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