El engañabobos

17 Mar

Una vez leí en algún sitio que la democratización de la educación había creado en las clases populares la ilusión, ficticia por supuesto, de un futuro mejor para los hijos del tercer Estado. La apariencia de prosperidad escondida tras la licenciatura universitaria es una falacia, como no podía ser de otra manera. Una mentira en la que esforzados hombres y mujeres han proyectado no sus esperanzas, sino las de su progenie, con la quimérica idea de agarrar con los dientes la posibilidad de escapar del miserable porvenir al que ellos vieron atadas sus vidas desde la cuna y establecerse como lo que no eran. La universidad era el horizonte. El sueño tantas y tantas veces esbozado en duras noches de frío, humedad y escasez, cuando con ojos llenos de cansancio y determinación, esos hombres y esas mujeres humildes, sin gloria pasada ni futura, sin ni siquiera  un trozo de tierra propio en el que dejar caer su extenuada osamenta bajo una higuera a la puesta del sol, miraban a la criatura que dormía plácidamente en cunas modestas. Lo que las sacaría de allí, en el futuro. Cuando fuesen muchachos y muchachas fuertes, sanos y jóvenes prometedores llenos de ambición y oportunidades.

Cunas de segunda mano. Cunas prestadas. Cunas compradas a plazos. En ellas descansaban las ilusiones de aquellos padres cuya generación tuvo la desgracia de no tener ninguna oportunidad para elegir. A ellos nadie les preguntó si querían estudiar o trabajar. Ellos nunca tuvieron que escoger entre ciencias o letras. Para esos padres jamás hubo alternativas, pues sus existencias ya venían marcadas desde antes de nacer. Pero sus hijos sí las iban a tener. Sus hijos iban a ir a la universidad. Iban a estudiar. A licenciarse, y a trabajar en un despacho, a ganar dinero y a comerse el mundo. Iban a vivir muy lejos del campo, del andamio, de la hormigonera, y del barco. De la fábrica, y de esas escaleras siempre sucias, siempre pendientes de que alguna mujer sin apellido ni titulación se deje las rodillas y el lomo sacándoles brillo. Sus hijos iban a tragarse cada letra de cada palabra de cada uno de aquellos libros ininteligibles que servían para formar a gente que no sudaba al trabajar, ni pasaba jornadas de sol a sol sacándole a la tierra sus míseros frutos, ni se jugaba la vida colgando de un tejado con las manos llenas de mezcla. Ellos no. Ellos iban a ser el futuro.

Aquellos padres se tragaron el engaño. La estafa canalla y ruin, a la que dedicaron el fruto de sus esfuerzos. Cada gota de sudor, cada cicatriz en las manos desgastadas, cada articulación reumatizada para siempre, iban a pagar la carrera de sus hijos. Para que ellos no estuvieran rotos a los cincuenta años. Pero qué va. Cómo iba a ser eso posible. La universidad pública española es el gran timo de la estampita que hizo creer a la gente modesta que sus hijos podían dejar su lacaya condición de siervos y llegar a convertirse en amos. Ignominiosa y mezquina treta. Los amos nunca iban a permitir tal barbaridad. Nunca, jamás, ninguna revolución, ningún motín, ninguna declaración de derechos, ninguna huelga, ninguna ruptura del poder establecido, consiguió arrebatar algo verdaderamente importante a quien detenta la parte ancha del embudo en la correlación de fuerzas que siempre rigieron la Historia del mundo. Jamás, el que está arriba cederá una cuota de su privilegiada posición que conlleve el menor riesgo de que el que está abajo acceda a los centros de poder. Pero todos nos lo creímos. Nuestros padres se lo creyeron. Trabajaron con ahínco sobrehumano para pagarnos una licenciatura. Para que fuésemos hombres de provecho. Su inocente determinación, la ilusión de su fe, no les permitió advertir el engaño.

Yo sé muchas cosas. He leído libros. He visto películas. He viajado. He conocido. Sé. Intuyo cuáles son los equilibrios de poder y orden, y cuál es la armonía musical que se esconde tras el intrincado y en apariencia caótico mecanismo artesanal del universo. Sé que las universidades vomitan parados con los que se sigue alimentando la monstruosa rueda fagocitadora de destinos, porvenires y vidas enteras. Parados con máster. Desempleados con idiomas. Camareros con doble titulación. Gente que creyó en un abanico de posibilidades que no existía, pero que se les ofrecía impunemente, mostrándose como puerta entreabierta a un Dorado irreal. Absurdo. Mezcla perfecta de los sueños de la clase trabajadora y las necesidades coyunturales de las clases dominantes, quienes, en un momento dado de la Historia, supieron ver la idoneidad de darle a los primeros un espejismo barnizado con el tamiz de la luz de la razón y la formación académica, la universidad es el tocomocho del pobre. En el imaginario colectivo del vulgo, las facultades siempre fueron los templos totémicos del saber y el conocimiento. Lugares sagrados, respetados reverencialmente por quienes sabían que jamás los pisarían, donde se concentraba el destino de los hombres escrito en los legajos de su pasado con la tinta inmortal con la que siempre se escribió el futuro.

Pero esto no es verdad. El hijo del trabajador ahora no es un esclavo, sino un don nadie con diploma. Un sans-culotte con las herramientas para construir un mundo que no existe. Un tipo que ahora tiene muchas dudas razonables, y que posiblemente rompa la cadena de la transmisión de la ignorancia que desde la noche de los tiempos afectó al pueblo llano, pero sigue siendo un paria. Un paria con estudios. Un desesperado que ha llegado al punto, paradójico y monstruosamente alienante, de anhelar la felicidad inherente a la ignorancia de sus abuelos, por que sabe, que nunca podrá más que mirar desde fuera la bóveda del Edén al que sus padres quisieron enviarle y que sólo le condujo a la amarga certeza de la imposibilidad y la futilidad de su lugar en el cosmos.

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