Diego López

28 Ene

Las personas necesitamos iconos sobre los que proyectar nuestras propias fantasías frustradas; ilusiones, metas, o puro regocijo identitario. Suelen ser personajes que nadan entre la ficción y la realidad, y nos muestran vívidamente lo que podríamos ser y  no somos. Sin embargo, a esa misma necesidad de generar símbolos le precede su antítesis: el anhelo de destruirlos. El fuego iconoclasta es indicio de inteligencia en los espíritus elevados, y también de piromanía colectiva entre la canallesca embrutecida por los efluvios del licor intelectual que emana de sus cabezas principales. El madridismo debe ser inconformista en la misma medida que debe ser crítico, aunque estas dos cualidades se entremezclan, entre sus prínceps, con el individualismo tan ibérico y fatalista: de suerte que, sin homogeneidad en el discurso, a las masas ávidas de otras tablas de la ley que adorar -ahora que el agitprop ha conseguido deslizar la idea de la Revolución en el imaginario popular- les llega un mensaje confuso y deslavazado. Mas, los que tenemos tatuado en los genes la frase madridismo o barbarie consideramos que la coincidencia cabalística entre el número de centímetros y dorsal de nuestro nuevo portero -un gallego desgarbado, con porte de lansquenete imperial- y los de Bodo Illgner, no puede ser sino un guiño del Demiurgo hacia nosotros, y una señal: el anarcomadridismo iconoclasta debe hacer estallar ya un cóctel molotov sobre la platea del Liceo del madridismo burgués.

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