Eufemiano

30 Ene

Declara Eufemiano, el doctor Mengele de la medicina deportiva, y la prensa del ramo que tan rauda es para destrozar reputaciones en portada al menor asomo de sospecha cuando no se trata de fútbol -Marta también era una mentira, recuerden- se muestra olvidadiza respecto al juicio. Eufemiano lleva varios años diciendo a todo el que le quiere escuchar que está sentado encima de una bomba que podría arrasar los cimientos del deporte en España si él la destapase. Nadie del establishment, por supuesto, se ha acercado nunca a preguntarle de qué se trata. Imagínense la desgracia, todos estos periodistas deportivos teniéndose que cambiar el avatar con la Copa del Mundo en Twitter; o peor aún, habiendo de limpiarse la boca tras un lustro de felación continua al Fútbol Club Barcelona, Guardiola y Messi, y encontrarse con que los grumos no son blancos -color maldito-, ni tan siquiera azulgrana, sino rojos: como la sangre oxigenada de Xavi Hernández, quien en 2008 dejó de ser un buen futbolista que echaba la pota al minuto 70 de los grandes partidos para convertirse en el superhombre moderno descrito por Nietzsche que en lugar de liberar a la raza humana de la moral cristiana del paria se conformó con acumular títulos con avaricia mientras nos ponía a nosotros, indómitos madridistas, frente al espejo de nuestra propia y miserable impotencia. Queda un día menos para que Guardiola salga de algún sitio esposado por cuatro picoletos, eso lo tengo clarísimo. Y todo el castillo de naipes construido alrededor de los soldados biónicos de Cataluña se derrumbará mientras Messi solaza sus penas articulando monosílabos en el programa de Oprah. Sin embargo, a nosotros nos quedará el regusto amargo de quien recibe uno, dos o cinco Tours de Francia a posteriori, casi una década después. Nos han robado nuestro instante de gloria subidos en lo alto del podio de los Campos Elíseos. Nuestros nietos jamás nos contemplarán ufanos alzando un ramo de flores, con el maillot amarillo y el Arco del Triunfo de Napoleón eternizando nuestra silueta. La fotografía en que se resume lo imperecedero de la posteridad es lo único que justifica la pelea diaria por esa gloria efímera que se desvanece en cuanto los dos pibones de la organización nos ayudan a bajar del podio. Y a nosotros, simples mortales, ningún juez de instrucción podrá quitarnos la cara de Óscar Pereiro que ya se nos ha quedado para siempre.

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