Corinna y el abismo

25 Feb

España es un país al que se puede tildar de muchas cosas, pero jamás de aburrido. El Mundo, seguramente lo más interesante de la prensa española a millones de años luz de diferencia con el resto, continúa especializándose en el noble arte de remover el avispero como nadie. Esta vez, en una -imagino- hábil maniobra de Ego Jota Ramírez en ese resbaladizo fondo de reptiles de donde los periódicos sacan exclusivas, fuentes estratégicas y confesiones que ponen imperios en el filo de una navaja, la portada fue para Corinna. Y a estas alturas del espectáculo, quién en España no sabe quién es Corinna. Que la querida del rey haya pasado del vox populi a los mentideros mediáticos nacionales no deja de resultarme sintomático: la monarquía no sólo ya no es tabú, sino que ha perdido el barniz último de respetabilidad que todavía le quedaba entre el común de los españoles gracias a la labor de Juan Carlos I hasta los primeros años del siglo XXI. Siempre preocupado por alejar su Casa Real de los escándalos circenses de otras familias de sangre azul europea como los Grimaldi o los Windsor, el rey fue consciente desde la restauración de los borbones en 1978 que en España la monarquía podría sobrevivir si salvaguardaba la apariencia de austeridad y conservaba una extraordinaria cintura con la que adaptarse a cada coyuntura sociopolítica sin demasiados sobresaltos. Toda esta política de imagen lleva una década resquebrajándose y en los últimos 3 años ha saltado por los aires, principalmente a causa de la desidia de un rey que parece cansado de la circunspección y  que ya no puede evitar que incluso su hetaira favorita pose sus reales de MILF del Sacro Imperio Romano-Germánico en la primera página del diario español con más y mejores articulistas de opinión del momento. No me gusta hacer de pitoniso en algo tan incierto como el devenir de la Historia, y aun más tratándose de España, pero si algún día ésta fue una nación juancarlista –residiendo en ello la principal fuente de legitimación de la monarquía parlamentaria del 78- aventuro que esa jornada quedó ya atrás, y a poco que los devaneos del monarca lo pongan a un paso del Pudridero Real de El Escorial, este infeliz país estará al borde de otro abismo histórico. Pues para Felipe VII será prácticamente inviable alargar en el tiempo una jefatura del Estado a todas luces anacrónica, ya que al original problema del sucesor (la falta de méritos históricos para justificar su reinado, al contrario de lo que ocurrió con su padre) se ha añadido ya el tremendo desgaste social de una Casa Real a la que sólo preservaba de la desafección general la apariencia de comprometida sobriedad pública y estética que durante 30 años logró conservar.

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