Saint-Dennis

26 Mar

Saint-Dennis evoca noches de gigantes y cabezudos. Heroicidades y malos ratos para el madridista con memoria y muescas en el revólver. Saint-Dennis, llamado pomposamente como Stade de France, fue el tributo que París hizo al mundo a finales del siglo XX, cuando las ciudades competían entre sí por ver quién diseñaba el estadio más moderno. Los franceses pretendieron un tour de force que superase en aeroespacialidad al deslumbrante Amsterdam Arena, pero se quedaron un escalón por debajo. Así y todo, el escenario es imponente, y refleja muy bien el espíritu que gobernó las almas mayestáticas de aquella época, engrandecidas en el fútbol por el río en apariencia interminable del recién descubierto maná pecuniario de los derechos televisivos. Fue un momento en el que hasta Lopera, el cacique de Heliópolis, pregonó a los cuatro vientos un platillo volante en la avenida de La Palmera cuyo techo iba a ser diseñado por la mismísima NASA. El proyectil verdiblanco que aquel monigote altoparlante quiso lanzar desde Cabo Cañaveral nació muerto, y en Sevilla al híbrido donde juega el Betis aún se le conoce, no sin jácara, como el Ovni. Saint-Dennis se estrenó con un Francia-España que acabó 1-0 y en el que Zidane, un franciscano que todavía jugaba en la Juve, nos adelantó a los sufridos españolitos -que por entonces todavía nos disfrazábamos de hinchas del Aleti cuando tifábamos por España, no como ahora, que somos como del City pero con Bisbal sustituyendo a los Gallagher- lo que nos esperaba en su Mundial. Aquel día el césped también, como hoy, parecía un campo de patatas, o era incluso peor, pero como nuestro portero era Zubizarreta y el patapúm p´arriba nos permitía chutar más a puerta que ahora, nos daba un poco igual. El fútbol seguía siendo un juego en el que importaba más acosar al portero rival que obligar al propio a intervenir en una de cada tres jugadas cuando Fernando Redondo jugó en Saint-Dennis su último partido con el Real Madrid. Del Bosque ganó allí su primera Copa de Europa, a unos kilómetros de donde el Liverpool le arrebató la suya como jugador, y París se convirtió junto a Glasgow y Bruselas en las ciudad donde el Madrid ganó más veces su torneo. A los gigantes les sucedieron los cabezudos, y Almunia, un navarro alto y excéntrico amén de guardameta mediocre, regaló por su palo la gloria Barcelona de Rijkaard y su minuto de posteridad a Juliano Haus Belletti, un brasileño con cara de fado portugués. Otro brasileño, MVP underground de la Eurocopa de 2008, será añorado esta noche por quienes, como yo, todavía suspiramos por la mejor Selección nacional que vimos nunca: Marcos Senna, sostén, fuelle y puntal de la España más vertical y fantasista de la Historia. Esta noche será otra España, amenazada de muerte por sobredosis de manierismo, ensimismada en sí misma y al borde del colapso multiorgánico, la que danzará con la muerte sobre el césped de Saint-Dennis. Por entre los fantasmas de Zidane, Redondo, Ronaldinho y Marcos Senna.

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