Lenguaje pervertido, realidad deformada

11 Abr

Uno de los síntomas más nítidos de la degeneración moral de una sociedad, o de su alienación cultural, es el de la perversión del lenguaje. Cuando desde el político de turno hasta el ciudadano pedestre comienzan a utilizar las mismas fórmulas lingüísticas, lexicosemánticas, terminológicas, para comentar ciertos fenómenos, hay que poner el ojo avizor: algo pasa. Llamar escrache a lo que no es sino una forma más de terrorismo político teledirigido por unos intereses muy concretos y fácilmente identificables es como cuando antes -antes de la crisis, me refiero. Ese remoto tiempo en el que nos preocupaban otras cosas aparte de trabajar, y eso- en España se adoptaron eufemismos repugnantes para hablar de lo que hacían los asesinos de ETA y su entorno. Incluso los propios asesinados, las víctimas, la gente sobre cuyo rostro iba dibujada una diana ambulante que les perseguía hasta la cama todas las noches, empezaron a utilizar palabras como “conflicto”, “lucha armada”, “izquierda abertzale” , un lenguaje inventado por los proetarras para enmascarar el evidente y consustancial elemento criminal, delictivo e inmoral de sus actividades. Este centrifugado propagandístico pasó de la marginalidad a las portadas de los periódicos de tirada nacional, y su asunción por quienes debían combatir el terrorismo etarra con la ley en una mano y el código penal en la otra fue la primera derrota del Estado de Derecho en España. Y no la menor. Al principio fue el Verbo, y el lenguaje es la matriz creadora no sólo de ideas sino también de realidades. La dictadura marxista, totalitaria, oligárquica, tribal, que el neo-carlismo pretende imponer en el País Vasco con tiros en la nuca y bombas lapa no sólo ha destrozado familias inocentes, sino que se ha cimentado deformando la realidad, apartando de la opinión pública la forma correcta de llamar a la verdad, disfrazándola de puta histriónica vendida al miedo de los asesinados. A la cobardía. Hoy la crisis ha borrado de la agenda setting el terrorismo de ETA pero lo ha sustituido por el terror político. La extrema izquierda española ha llevado su anacronismo y su desfase histórico a las calles, acaparando una violencia urbana y una estética bolivariana que cabalga a lomos de la desesperación de mucha gente desahuciada no por los bancos, sino por la crudeza coyuntural, y de la degradación cultural e intelectual de una sociedad cada día más atrasada. Mientras el terrorismo político se ceba, teledirigido, contra el PP -lo que anula todo lo que de espontáneo e individual y por tanto, honesto, pudieran tener los escraches- la izquierda institucional alienta el discurso del desorden contra el propio sistema del que cobran generosísimas dietas y sueldos en diputaciones, ayuntamientos, autonomías y parlamentos. Esta ambigüedad, tan peneuvística, este aprovechar las manzanas que caen al suelo mientras se aplaude aquiescente a quien agita el árbol, sólo puede terminar con una respuesta sobre el mismo terreno y con las mismas armas. Pues los primeros escraches no se inventaron en Argentina, sino en la España de 1936.

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