Sobre el fin del periodismo convencional

16 Abr

No es una cosa nueva, pero ayer se convirtió en una evidencia demostrable. Los atentados terroristas de Boston han sido el hito que todo proceso histórico que subyace bajo una realidad establecida marca, de pronto, su vigencia. Como la caída de Constantinopla selló la Edad Media en los libros, y la destrucción del muro de Berlín finiquitó formalmente la Guerra Fría, la era del periodismo convencional tal y como lo conocemos desde los 90 terminó ayer con los dramáticos sucesos de la capital de Massachussetts. Cuando, rondando la media noche en España, el Boston Globe decidió dejar de actualizar su web simplificando el proceso de información a tiempo real colgando para ellos su TL en la portada de su edición digital, todos nosotros, a la vez, entramos de un salto en otra era de la comunicación. No voy a ser yo quien la bautice, pues si de algo presumo es de no tener esa arrogancia corporativista de la que adolece buena parte del engreído gremio periodístico. Mas no me cabe duda de que una forma de entender el oficio ha muerto ya, para siempre. Quienes aún se nieguen a aceptar esta realidad estarán situándose justo en el lugar de quienes despreciaban, en los albores de los 60, ese nuevo cachivache al que llamaban televisión. O aun más: en el pellejo de los que, en la edad de oro de las cabeceras en papel, desdeñaron la radio puesto que a quién le iba a interesar un invento que sólo servía para que alguien leyera en voz alta por la tarde lo que venía en el periódico de la mañana. Esta suerte de ludismo moderno que aqueja a muchos periodistas -veteranos y noveles, aquí no hay distinción- lleva a gente incluso menor de 30 años a exigir titulación académica y formación reglada a quienes pretenden ejercer un oficio (el de comunicar) para el que no se necesita más que talento, honestidad y diligencia. Amparándose en un ridículo orgullo de gremio artificialmente creado en España para dar prurito aristocrático a la vieja artesanía del escriba mediante un plan de estudios de nada menos que cinco años -¡cinco años!- estos nuevos seguidores de Ned Ludd han llegado a pedir públicamente, en los casos más extremos, el cierre de Twitter. El valor de Twitter es simbólico. Trasciende al de mera red de microblogging y lo eleva a la categoría de icono de una nueva herramienta profesional cuya llegada llevaba aparejada desde el principio un nuevo periodismo: la web 2.0. Con Youtube, Twitter y Facebook, cualquiera puede cubrir la función primaria del periodismo: la de informar. Y además, de manera audiovisual gracias a la sinergia con Youtube y otras plataformas como Vimeo o Google Videos, y a tiempo real. En lo que hasta ahora tardaba una emisora de radio en localizar un testigo presencial y darle paso en directo, miles de personas han difundido una misma información desde un millón de perspectivas diferentes. Quienes fuimos educados en un periodismo convencional debemos abandonar toda pretensión aristocrática no sólo en lo referente a nuestro estatus preferente en el tratamiento de la información -eso es una falacia- sino que hemos de aprender el funcionamiento de la nueva mecánica de la comunicación global, y tenemos que hacerlo en lo que tarda un hastag en hacerse trending topic. De cualquier otra manera, acabaremos como una banda de obreros ingleses enfurecidos y confusos, vagando por los caminos de Nottingham buscando máquinas a las que pegarle fuego, con nuestro título de licenciado en una mano y el smartphone en la otra. Mirando a ver qué se dice de nosotros en Twitter.

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