Una historia romana

16 Jun

Cuentan que el padre del celebérrimo (y sevillano) Conde-Duque de Olivares, don Enrique de Guzmán y Ribera, fue embajador de la Monarquía Hispánica en el Vaticano, allá por mil quinientos y pico, o mil seiscientos y algo. Cuentan también que por aquellas fechas, las relaciones entre la Santa Casa y España eran algo tensas, a pesar de que España era el baluarte de la cristiandad, y sus reyes derrochaban el oro y la plata de América, además del esfuerzo de los súbditos de la primera potencia de la época, en guerras de religión absurdas -y en mantener lujosas embajadas en Roma, también- y sangrantes para las arcas hispánicas. O precisamente por ello. No en vano, hacía relativamente poco que un rey español había consentido saquear la Ciudad Eterna, y esa manita pasada por la cara del Vicario de Cristo no era algo que la Santa Sede pudiera olvidar fácilmente. Era, digamos, como si el rencor se heredara generacionalmente, transmitido por la mitra y el sello.

Cuentan que el padre del Conde-Duque hacía avisar a sus ayudantes y mayordomos con el sonido de una campana. Parece ser que esto era un lujo reservado exclusivamente a los cardenales romanos: cada uno de ellos tenía su propia campanita con su sonido único e irrepetible y todo. Don Enrique, hombre soberbio, quiso adoptar esta romana costumbre para con su servicio. Era un hombre de mundo, naturalmente. Cosmopolitismo 1.0. Los cardenales romanos, muy suyos y muy de sus prebendas, pusieron el grito en el cielo. Cómo va a llegar este mindundi spanoglo figlio di puttana aquí, a nuestra casa, y va a hacerse una campanita como nosotros, para llamar a la chacha. Pero qué se habrá creído, el terrone di merda este, muerto de hambre. Que el pase VIP es nuestro, cazzo di Dio. Etcétera. El Santo Padre, el Sexto Pío, molesto por este hecho y quizá con ánimo de tensar un poco más las relaciones con España, estorbando en lo que pudiese a su representante en Roma, decidió prohibir el uso de este instrumento en todas las dependencias vaticanas, impidiendo así la rutina del embajador español.

Cuentan que nuestro hombre en Roma, ni corto ni perezoso, se hizo instalar un pequeño cañón de artillería en sus aposentos. Cada vez que quería llamar a algún ayudante, apuntaba al cielo de la Caput Mundi y lanzaba cañonazos estruendosos hasta que sus peticiones eran atendidas. Imagínense el cuadro, en una ciudad ya de por sí de nervio ligero, habituada a incursiones, ejecuciones públicas, saqueos, bandolerismo, escraches públicos y privados, y toda la parafernalia propia de un far west sin más ley que la que dictaban las grandes familias patricias y los cuerpos militares que acompañaban a los embajadores. En esto destacaban sobremanera los españoles, potencia hegemónica de la época, que gobernaban a su antojo las calles de la ciudad usando el arcabuz y la zanahoria, con lo que se pueden figurar lo apreciados que éramos por aquel entonces en Italia los hijos de Iberia. Cada cañonazo encogía más de un esfínter, sobre todo los de Sus Ilustrísimas. Y más viniendo del consulado español: poca broma, amici. Por entonces todavía no éramos los quiero y no puedo de hoy. Asustábamos.

Cuentan que el Papa, a punto de perder la audición y medio loco por el zumbido de los cañonazos, retiró la prohibición y consintió en que el padre del Conde-Duque de Olivares utilizara la campanita cada vez que necesitara la atención de algún mayordomo. Cobra valor esta anécdota si la comparamos con el estado actual de la diplomacia española, llamada eufemísticamente relaciones exteriores. Es interesante esto de los nombres: el ministerio de la guerra ya no es tal, sino de Defensa. La terminología nos indica un retroceso tanto material como espiritual. Antes estábamos preparados para hacer la guerra, lo que señalaba una predisposición positiva, animosa, de la nación. Ahora hemos de defendernos y relacionarnos con el exterior, asumiendo la inferioridad desde el mismo uso de las palabras con las que designamos las funciones de nuestro Estado. Piensen en Moratinos afirmándose ante sus homólogos británicos con la altanería del padre del Conde-Duque. O a Rajoy negociando los términos de un nuevo Concordato con el Vaticano. Lo único que encañonaría el cielo de Roma, en tal situación, sería el puro de Mariano, tan satisfecho de sí mismo. Tan complacido.

Edificante, ¿verdad?

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